juan carlos furlán

Misiones y Basavilbaso sellaron un convenio para fortalecer la agricultura familiar y la agroecología

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Basavilbaso, Entre Ríos. La ciudad natal de Fabián Tomasi fue escenario de un acuerdo histórico: la Municipalidad de Basavilbaso y la Secretaría de Estado de Agricultura Familiar de Misiones firmaron un Convenio Marco de Colaboración Institucional para potenciar la agricultura familiar, la agroecología y la soberanía alimentaria mediante acciones conjuntas de cooperación, formación e intercambio de experiencias.

El entendimiento fue rubricado por el intendente Mario Hernán Besel y la secretaria de Agricultura Familiar de Misiones, Marta Ferreira, con la participación de Juan Carlos Furlán, en representación de la provincia de Misiones.

El convenio formaliza una cooperación que ya venía desarrollándose en la práctica. Productores agroecológicos de Basavilbaso, especializados en granos como trigo y maíz, vienen asesorando a pequeños agricultores de Misiones, aportando su experiencia en producción a escala con técnicas sustentables.

A cambio, Misiones compartirá con la ciudad entrerriana su trayectoria en legislación, organización de ferias francas, bancos de semillas y promoción de huertas urbanas, consolidando un esquema de intercambio bidireccional que beneficia a ambos territorios.

“Es un día histórico para Misiones y para Basavilbaso, porque entendemos que la agroecología es el camino. Este convenio nos permitirá avanzar en el resguardo de semillas nativas y criollas y en la difusión de prácticas que fortalecen la salud de los pueblos y de la tierra”, expresó Furlán tras la firma.

Un puente agroecológico

El documento establece una agenda compartida con objetivos concretos:

  • Producción agroecológica y certificación participativa.
  • Promoción de huertas urbanas y periurbanas para fomentar el consumo de alimentos saludables y de cercanía.
  • Intercambio y resguardo de semillas nativas y criollas, mediante ferias, bancos comunitarios y redes de guardianes.
  • Innovación tecnológica y social para la adaptación frente al cambio climático.
  • Formación e investigación en buenas prácticas y soberanía alimentaria.

La Secretaría de Agricultura Familiar de Misiones aportará asistencia técnica, capacitaciones, acceso a su Banco de Semillas y materiales de trabajo. En tanto, la Municipalidad de Basavilbaso pondrá a disposición espacios públicos para huertas demostrativas, viveros y ferias, además de generar normativas locales que impulsen la comercialización de productos agroecológicos.

El convenio marca un precedente en la cooperación interprovincial en materia de desarrollo sustentable. Representa un paso firme hacia la construcción de políticas públicas de largo plazo, orientadas a enfrentar los desafíos del cambio climático, la soberanía alimentaria y la producción responsable.

“Que Basavilbaso, ubicada en plena zona núcleo de la agricultura convencional, apueste por la agroecología, es un gesto de enorme valor. Significa abrir un camino alternativo, necesario e indispensable”, remarcaron desde la comitiva misionera.

Con esta alianza, Misiones consolida su liderazgo en políticas de agricultura familiar y Basavilbaso se incorpora a la red de territorios que avanzan hacia un modelo productivo más inclusivo y respetuoso con el ambiente.

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No es un colectivo, es un derecho humano fundamental

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Juan Labandozka fue un vecino sexagenario que, allá por el 2019, decidió irse a vivir a uno de los parajes de Cerro Corá para iniciar una nueva vida en familia. Lleno de ilusiones y sueños no tardó en afincarse en su nuevo hogar, aunque sin sospechar que su salud estaba por jugarle una mala pasada. 

Comenzaban las primeras alertas y restricciones por la pandemia, mientras Juan asistía en colectivo a médicos que procuraban darle un diagnóstico. 

Para cuando se supo que aquello que lo afectaba era cáncer y que por lo cual sus visitas al médico debían ser regulares en pos del tratamiento pertinente, resulta que la empresa de colectivos toma la repentina decisión de suspender indefinidamente el servicio que prestaba por aquella zona. Dado lo cual, quedando en absoluto aislamiento, no tuvo más remedio que soportar su enfermedad sin asistencia más que aquella que con mucho amor pudieron brindarle sus allegados y vecinos.

Juan falleció y el parte nos habla de un deceso fruto de una cruel enfermedad. Pero las voces que recorren las chacras cuentan otra historia en la que se dice que Juan falleció de abandono por la avaricia inescrupulosa de una empresa de colectivos. 

“Nuestra Señora del Rosario” tiene esta línea adjudicada y dejó de prestar el servicio sin darle explicaciones a nadie, literalmente de la noche a la mañana desde que se impusieran las restricciones por la pandemia, allá por el 2019.

Hablamos aquí de un territorio olvidado al sur de la provincia de Misiones. El trayecto establecido por la ruta provincial 208 o “Ruta J”, que une la localidad de Cerro Cora con Cerro Azul y que afecta de manera directa a los parajes de Las Quemadas, Villa Venecia, Campiñas 1, Campiñas 2, Alberdi, Arroyo Tomas, Tacuaruzu, Colonia Alemana y Güemes. 

Territorio de chacras y campesinos pobres para quienes el colectivo significaba su único medio de movilidad e interacción con la ciudad.

Aquí hace ya casi cuatro años que a la tragedia de falta de lluvias y la apatía municipal se le suma la condena de estar absolutamente aislados del mundo y por ende con la carestía cercenada de sus derechos humanos fundamentales.

Hacer compras o visitar un médico se convirtió en literales privilegios de quienes aún pueden, ante la falta del transporte público, pagar un remis o flete a un precio realmente astronómico. 

Graciela Daneluk, vecina de la zona nos cuenta que “hay docentes que tuvieron que dejar de venir a dar clases… si se nos enferma un hijo tenemos que pagar un flete de $4000 para poder llegar al hospital o esperar que venga la ambulancia, pero si no está convulsionando, o no se está muriendo la ambulancia no llega, y si llega igual tenemos que caminar 2.5 km hasta la ruta porque no vienen hasta la casa… Tenemos un abuelo de 70 años que camina 25 km con una sonda médica a cuestas desde su casa hasta Cerro Azul para recibir su tratamiento y poder llegar al banco y así poder cobrar”.

La gestión municipal de Cerro Corá y Cerro Azul se han desentendido totalmente del tema agravando aún más el desamparo pero esto no ha sido suficiente para frenar la indignación. Los vecinos se reúnen, debaten y gestionan igual, aún en estas denigrantes condiciones. Con infinito amor a su tierra se plantan ante la injusticia porque para ellos, abandonar la chacra no es una opción.

Me tocó ser testigo de que en reunión vecinal, recibiendo la presencia de un concejal en funciones por Cerro Corá y con mandato casi cumplido, se supo tolerar en calma discursos sobre su supuesto interés y compromiso. Un tal Márques, del Frente PAyS, para quien los escrúpulos no parecen fundamentales y para quien, a su vez, en su mandato popular no pareció necesario contemplar la calamidad que esas chacras sufren.

Infinita paciencia e infinito amor de más de 100 familias que hoy reclaman por su derecho al transporte, a la salud, a la dignidad. 

Familias campesinas a quienes la sociedad les debe gratitud por ser quienes producen los alimentos para nuestras mesas. Seres humanos maravillosos, honestos, trabajadores, sufridos, que no viven de subsidios ni de limosnas. Seres humanos que solo piden poder pagar su boleto en una línea de colectivos que para ellos lo es todo.

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La utopía de los mercados de cercanía: el caso Cerro Corá

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De que los campesinos del mundo están sufriendo un silencioso éxodo hacia las urbes no es noticia, como tampoco lo es el desastre medioambiental que las aglomeraciones generan. Metrópolis gigantescas que no descansan en su afán de parasitar el planeta con sus tentáculos insaciables de recursos naturales no renovables. 

Los registros históricos de ésta disfunción ecosistémica nos transportan hacia finales del medioevo, en lo que Adam Smith llamó “previous accumulation”. Fenómeno mediante el cual, campesinos y artesanos, siervos de su señor, pasaron a ir formando parte de un inmenso ejército de mano de obra disponible con la libertad suficiente para vender su fuerza de trabajo y así procurar su supervivencia y la de su prole.

Los analistas aseguran que sólo quedará en el mundo rural el 30% de la población mundial para el año 2050, lo que implica que 6.700 millones de personas exijan, entre otras cosas, la provisión de alimentos sanos y nutricionalmente completos, pero cuyos garantes, los campesinos, habrán desaparecido del todo.

Todo lo concerniente a la comida quedará en manos absolutas y definitivas de Multinacionales latifundistas con amplio desarrollo tecnológico, transgénico y biocida.

Una agricultura sin agricultores, sin humanos y sobre la base de una dramática profundización de la desigualdad. Para mediados del presente siglo se deberá aumentar en un 70% la producción de alimentos y la vía del transhumanismo nos conduce hacia un futuro de seres enajenados de todo rastro de naturaleza. 

Sainsbury ‘s, el segundo supermercado más grande del Reino Unido, contrató a un equipo de científicos para predecir qué vamos a comer y cómo se producirán los alimentos, según indicadores económicos, demográficos, ambientales, tendencias sociales e innovaciones tecnológicas. De esta forma, predijeron que en 50 años predominarán las dietas personalizadas que combinarán nutrientes y vitaminas (a través de parches, píldoras adhesivas o goteo intravenoso) con alimentos fortificados, a veces con aditivos naturales. Según el mismo informe, será común desayunar con pan hecho de proteína de insecto y medusa regada de leche de algas, almorzar un kit de carne “cultivado en laboratorio” y cenar lo que el drone te traiga del supermercado, según tus necesidades nutricionales detectadas por un microchip personal incrustado debajo de tu piel y las actividades planificadas en los próximos días de tu agenda. 

Una humanidad en la que un puñado de inversores, agentes, empresarios, intermediarios y exportadores internacionales impondrán “dietas de adaptación al cambio climático” explotando lo que se pueda explotar de un planeta agotado. Todo lejos, ya muy lejos de una alimentación saludable como son verduras y hortalizas, frutas, cereales integrales, aceite de oliva, legumbres, frutos secos, pescados y mariscos, huevos, lácteos y las carnes blancas.

Se piensa en un negocio vertebrado sobre alianza empresarial del tipo Bayer-Monsanto, es decir, quien produce alimentos nutricionalmente deficitarios y quien responde con medicamentos químicos a los desbarajustes que éstos propician en nuestros débiles cuerpos. 

Todo este paisaje perturbador no es otra cosa muy distinta al presente que a diario padecemos. Se trata de una continuidad lógica pero con los condimentos de la crisis energética, la agudización de fenómenos como la escasez de agua dulce y la desertificación de los suelos, la concentración económica, la pérdida de soberanía de los Estados Nacionales, la multiplicación de las guerras en pos de los recursos aún disponibles, la apatía y el embrutecimiento de la sociedad civil, etc.

La última línea de defensa de una humanidad con anhelos de conservar cualidades físicas, mentales y espirituales alineadas con la naturaleza son, justamente, los pequeños productores campesinos minifundistas que aún resisten en el mundo. Clase social en peligro de extinción pero que aún conserva el conocimiento milenario, la sabiduría ancestral capaz de extraer de la tierra las energías vitales que la evolución dispuso como nuestro alimento y medicina. Son ellos hoy los partisanos del Siglo XXI, con las condiciones materiales de sostener el cableado de nuestra especie con su hermana tierra. Ejército disperso e inconexo de hombres y mujeres heroicos sometidos a los regímenes y exigencias del agronegocio,  pero que aún guardan las llaves del retorno a la sensatez y la cordura, ambas claramente opuestas a las ofertas transhumanistas en boga.

Vemos así las inconmensurables desventuras que acarrea este singular proceso al que llamamos “éxodo rural”. Vemos cómo se escurre entre nuestros dedos la esperanza por cada campesino que abandona la chacra día a día. 

Según el último Censo Nacional Agropecuario hay en Argentina 75.193 viviendas deshabitadas en chacras abandonadas, desapareciendo a un promedio de 5.166 chacras por mes. Así de vertiginoso es el drama que se vive y del cual nada se dice en medios de comunicación ni redes sociales.

Tomemos como ejemplo una localidad como Cerro Cora, Misiones. Esta localidad tenía, para 1935, 884 plantaciones de cereales, 180 de legumbres y hortalizas, 975.365 plantas de yerba, 3.200 vacunos, 1.500 equinos, 1.800 porcinos, 800 lanares, y 16.000 aves de corral. El sector yerbatero reunía a 181 productores para ese mismo año repartidos en los distintos parajes, mientras que en el pueblo, para ese entonces, florecían múltiples  comercios y emprendimientos de todo tipo, apalancados por la prosperidad creciente de su vasto campesinado. Por múltiples factores, la decadencia de la localidad creó  las condiciones para un lento  pero constante desplazamiento  de población. Aquí sucedió un éxodo rural específico y singular, dado que no se trató, en primer término, de una migración hacia las ciudades, sino más bien hacia tierras más fértiles, ubicadas más al norte de la provincia. Esta suerte de éxodo “rural-rural” fue el inicio de un ininterrumpido deterioro que, para mediados del siglo pasado, ya había convertido a la localidad en algo menos que un pueblo fantasma, quedando habitado sólo por aquellos que, dado sus escasos recursos, no tuvieron más remedio que quedarse. Se crean así las condiciones para el éxodo rural tradicional, que acompaña a esta localidad hasta hoy día. Hoy nada queda de aquellos tiempos de esplendor, y la producción  primaria pasó a ser, desde hace varias décadas, la del carbón vegetal, representado por un número cada vez más pequeño de chacras habitadas. En términos de potencial geopolítico, el sentido común indica que debería ser esta localidad quien abastezca, con frutas y hortalizas, a la ciudad capital, distante apenas unos 40 kilómetros. Sin embargo, las sucesivas administraciones municipales  nunca han podido ver que, en un pueblo eminentemente rural, sólo los campesinos pueden devolver la prosperidad que antaño sólo ellos fueron capaces de manifestar. Aquí anida la gran tragedia, porque que que a la opinión  pública no le importe en absoluto el éxodo rural no es lo mismo que que ese desinterés sea también observable en aquellos de quien se supone administran y planifican la cosa pública. Un desamparo crónico, en el que incluso se festeja el abandono de la chacra como señal socialmente compartida de progreso. De esta manera, quien aún resiste con su familia en el campo, experimenta sus vivencias cotidianas como condena, y no tiene por tanto más anhelo que el de lograr, algún día, que sus hijos puedan al fin escapar del suplicio. 

El caso de Cerro Corá es también fiel reflejo de un fenómeno que, como ya vimos, es también planetario, pero elegí exponerlo aquí porque reúne, también, características que lo hacen un modelo paradigmático. 

La expansión de la ciudad de Posadas amenaza seriamente en convertir a la localidad de Cerro Corá en parte de su conurbano para mediados del 2030. Una franja de masiva vegetación  y biodiversidad bajo la lupa de intereses inmobiliarios es hoy el destino de una ciudad, que debería ser parte de una verdadera agenda pública  provincial. El crecimiento descomunal de la ciudad capital debe obligadamente ser observado como un fenómeno que va a demandar una enorme producción de alimentos. Cerro Corá debiera ser la huerta de Posadas, pero si no les ofrecemos a sus campesinos algo mejor que la mera producción  de carbón vegetal, si no volcamos sobre ellos el respeto y la veneración que merecen, si no existe una administración  municipal que se empodere de un proyecto de desarrollo que vaya en este sentido, entonces, Cerro Corá al igual que todos los pueblos rurales del mundo cercanos a la ciudad terminaran por ser víctimas de la metástasis  metropolitana. 

Cada campesino que abandona la chacra en localidades como Cerro Corá acelera la cuenta regresiva del poco tiempo que ya nos queda para poder aún soñar con una humanidad distinta. 

Duele ver que vamos como en un auto a toda velocidad rumbo al colapso y no atinamos siquiera a soltar el acelerador.

Frenar el éxodo rural es vital y estratégico para la lucha contra el cambio climático, el restablecimiento de la integridad de nuestros sistemas inmunológicos, la soberanía alimentaria y el resguardo de la biodiversidad por solo mencionar algunos de los múltiples beneficios. 

Una batalla que se plasma en territorio, no en la virtualidad. Una batalla real y palpable donde cavar trincheras en pos de un futuro para nuestros hijos y nietos. Una batalla por la hermana tierra y la humanidad. 

Creo que se puede. Que estamos a tiempo aún. ¿Y usted?

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¿Cuánto debe valer un vino misionero?

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Por Juan Carlos Furlán. Estos días he tenido que publicar un breve (pero vehemente) texto acerca del porqué del precio de nuestro vino, el cual para muchos viene siendo caro ($200). Dada la muy buena respuesta de los lectores, quienes se han manifestado complacidos por la valiosa información, intentaré explayarme un poco más.
Argumentos acerca de las bondades de nuestro producto es algo de los que dispongo en amplia abundancia y muchas veces uno mismo da por sabida la cosas olvidando que el cliente no tiene por qué conocer lo que uno conoce merced a la experiencia y los estudios acumulados en tantos años.
Empecemos por el principio. En Misiones no se produce vino. Esto es una realidad palpable para todos, no es una provincia en la que la producción de vinos florezca, y esto se debe a multitud de factores. El suelo es eminentemente ácido, siendo que la vid requiere de las cualidades calcáreas para producir racimos abundantes, de alta concentración de azúcar, y de bayas firmes y duraderas. Una uva de mesa es cosechada en Mendoza, pasa por distintas manos intermediarias, viaja cientos de kilómetros hasta aquí, vuelve a pasar por varias manos intermediarias hasta que finalmente acaba en su mesa y a pesar de toda esa travesía las frutas aún permanecen prístinas, firmes y sin mayores deterioros por descomposición. Esto se debe al calcio del suelo que, así como brinda rigidez y resistencia a nuestros huesos, también lo hace para con las frutas. En nuestra provincia la uva manifiesta severos deterioros por descomposición al día siguiente de ser extraída de la planta, las bayas son tan frágiles que con solo apilar los racimos en un cajón sufren de aplastamiento y esto ocasiona que las pérdidas por transporte alcancen en algunos casos (dependiendo de los caminos y picadas de cada chacra) hasta un 60%. Los pocos colonos que hacen aún uva de mesa obtienen cierta rentabilidad en base al uso indiscriminado de potentes fungicidas y al precio de mercado en donde consiguen ser primicia y la unidad de medida al precio es la competencia de Mendoza o San Juan, encarecida por el flete. Empero en calidad de fruta, teniendo usted ambas para elegir (la uva de aquí y la de otras provincias) créame que elegirá siempre la de otro lado, por su tamaño y ante todo por su sabor. La uva de Misiones, también producto de la acidez del suelo, es muy ácida al paladar y su concentración de azúcares muy baja.
Veamos ahora el clima. En las provincias vitivinicolas el clima es seco y frío. La vid necesita de ambos factores para ser productiva. El enemigo número uno de las uvas son los hongos y basta un mínimo de humedad para que la planta contraiga enfermedades relacionadas a este mal. En Misiones estamos pasando (producto del cambio climático) de un clima subtropical sin estación seca a uno tropical. Basta con imaginar simplemente las complicaciones que esto genera al productor. Si bien las instituciones gubernamentales como INTA se han ocupado de propagar genética “labrusca” (las dos grandes familias de vides son “vitis vinifera” y “vitis labrusca”) e hibridos por sus cualidades de resistencia a nuestro clima, así como a las enfermedades, injertadas así mismo sobre pies de alta tecnología genética como es el Paulsen 1103, todo esto no ha podido ser suficiente para paliar un déficit que es intrínseco a la propia vid, su altísima susceptibilidad a las enfermedades por hongos. Por tanto el uso de fungicidas (veneno para hongos) es indispensable a la hora de asegurar una mínima cosecha. Venenos tales como Folpan (hoy prohibido en el mercado como marca aunque sigue saliendo bajo otras denominaciones) y Carbendazim 50, ambos de amplio espectro y duración, empero siendo éste último el más usado y el más dañino para el ser humano ya que es SISTEMICO (es decir que a diferencia de los “de contacto” como Folpan, éstos penetran en la planta y permanecen allí, en su tallo, sus hojas y claro está también en las frutas). 
Desde el punto de vista técnico se recomienda también mantener bien baja la maleza en la viña.
 
En nuestra provincia, una vez cortada la maleza (capuera) ésta muestra signos de regeneración a los dos días en primavera y al día siguiente en verano. Lo que implica un elevado costo en mantenimiento excepto mediante el uso (ampliamente propagado) de los mal denominados “mata yuyos” para con los cuales no pienso explayarme ya que me basta con mencionar la marca más usada: Raund Up (glifosato).
Ahora bien, hemos visto suelo y clima en detalle, aunque requeriría detallar mucho más, hasta aquí podemos apreciar minimamente cuales son las particularidades específicas que hacen a la producción vitivinicola en Misiones, poniendo el acento en las dificultades agro culturales y quedando así mismo ausente aún lo que refiere a nutrientes. Veamos ahora lo que hace al vino en sí. En nuestra provincia el vino es una rareza, una excentricidad de algún nostálgico y extraviado productor que lo sigue haciendo en homenaje a sus padres y para el uso propio, llevando a vender algún eventual excedente. Se caracteriza por ser un vino dulce y esto se debe a que está adulterado. Como vimos con anterioridad, la uva de Misiones tiene una muy elevada acidez y una muy baja concentración de azúcar. El vino se forma al fermentar las frutas, es decir cuando las levaduras se alimentan del azúcar, desdoblado sus componentes en anhídrido carbónico y alcohol etílico. Si las frutas no contienen suficiente azúcar el vino no tendrá suficiente alcohol, por tanto es necesaria la incorporación de azúcar extra para la fermentación. Esto es un hecho para cualquier productor de vino en nuestra provincia, empero es un disparate en provincias de suelo calcáreo con clima frío y seco ya que la concentración de azúcar en las frutas allí esta muy pero muy por encima de las que se registran en misiones. Ahora bien, el que se le agregue azúcar a la fermentación no equivale a que el vino sea dulce, ya que como vimos, la levaduras “se comen” el azúcar para hacer con él alcohol. Lo que ocurre es que una vez concluido el proceso de fermentación el vino de Misiones queda demasiado ácido (y digo demasiado porque todo vino debe tener una acidez pero equilibrada) y la única manera de regular esa acidez que lo hace intomable es agregando nuevamente azúcar una vez concluida la fermentación, es decir adulterando el vino, quedando por tanto éste de sabor dulce.
Créanme que vino hace cualquiera. Rompa las frutas, póngalas en una olla, tape con un repasador unos cinco días, luego filtre, lleve a la heladera dos días y allí esta… Su propio vino. Sin embargo, hacer un buen vino es increíblemente complicado y lejos de ser una ciencia sistemática y predecible es más bien un apasionante ARTE.
Hablemos hora de “UN DENARIO” (que es el nombre que recientemente elegimos en familia para nuestro querido vino). Nuestra humilde bodeguita nació hace unos siete años más o menos como hobby y a fuerza de ensayo y error hemos logrado un vino de nota frutal, de acidez controlada sin adulterar, sin conservantes, con textura suave y delicada en porcentajes de alcohol en su justo punto, lo que lo hace para nada agresivo al paladar. Es un vino que nos trae reminiscencias del silencio y la quietud de la selva paranaense, y que preserva a su vez su vitalidad y biodiversidad. Al degustarlo, en soledad (es lo que sugiero) o con amigos, su impronta nos transporta lenta y suavemente a nuestros propios espacios interiores de silencio, quietud y de vida. Esta es la alquimia del producto artesano… Lo que el fruto capturó del lugar en el que creció y maduró nos transmite y comunica en un lenguaje angelical donde la mente pensante poco puede comprender. El proceso de su producción guarda un sin fin de secretos que aunque quisiera no pueden ser comunicados ya que no se restringen a la técnica en sí, sino que guardan más bien relación con el arte y la vida misma la cual es de Dios, por tanto infinita e inaprensible.
Nuestro viñedo contiene unas 600 plantas, injertadas sobre Paulsen 1103, encontraremos variedades como Concord Clon 30; Niagara y Niagara blanca, Isabella Francesa Antigua y Venus.
 
El sistema de sustentación es sudafricano según paquete tecnológico INTA. Se encuentra situado a unos 320 MSNM, y rodeado de monte y naturaleza intacta. El manejo es absolutamente sustentable, orgánico y de naturaleza biodinamica, lo que implica el respeto por la dinámica de la vida in situ, haciendo la menor intervención posible. Esto hace que la “capuera” permanezca alta dejando que la naturaleza se autoregule y rija en sus propios parámetros y potencialidades. Es un suelo que lleva libre de intervención humana ya cuatro décadas, y por tanto preserva cualidades extraordinarias de fertilidad y potencia. Ademas es Cerro Cora, lo que merece un párrafo aparte. Nuestro pueblo ha sido olvidado (gracias a Dios) por el desarrollismo productivista hace ya muchos años y por tanto a quedado casi como en el olvido. Los técnicos de ayer y de hoy juzgan nuestro suelo como muy malo por sus cualidades toscosas y de extrema pendiente. Empero aquello que nos ha mantenido aislado a venido a ser nuestro mayor tesoro. La tosca contiene fósforo en abundancia, mineral esencial para el desarrollo vegetativo de las plantas y que permite así mismo la inserción de raíces a mucha profundidad creando, con inmediaciones de monte, redes fluidas de comunicación e intercambio solidaria como un sistema unificado de interconexion cual neurotransmisores que provee nutrientes, advertencia y protección múltiple. Nuestro viñedo ES MONTE. No desde una aspiración poética sino más bien desde una perspectiva analítica consciente y bien fundada. 
Hacemos cada año solo dos grandes intervenciones, poda y cosecha. En ambas procuramos que sea siempre con la participación de la mayor cantidad de gente posible, lo que nos aliviana el trabajo y brinda a las plantas un amplio y diverso espectro de energías vitales para intercambio. Toda vez que usted se relaciona con una planta ocurre allí una simbiosis donde ambos se benefician. Mucho de lo que hace a la cualidad de nuestro vino tiene que ver con esto. 
Nuestra capacidad productiva es, debido a que no usamos venenos, de apenas unos 150 a 200 litros, dependiendo del año; y trabajamos para ampliarla a unos 400 con un segundo vino más económico. La cosecha es, como se sabe, solo una al año, lo que implica que de lo obtenido con la venta debemos sustentar nuestra familia todo el año. Si pensaremos en competir con los mal llamados “vinos” que hay en el mercado y vendemos a, digamos 60 o 70 pesos la botella de 3/4 deberíamos de sobrevivir en la chacra con apenas $1000 o $1200 mensual (!!!). Lo que claro está, haría que sea imposible de sostener. Este vino, por todo lo expuesto, NO TIENE PRECIO. Sepa usted que los vinos más caros del planeta rondan en unos 3000 a 5000 euros y son muy pero muy escasos, los producen pequeños productores de Italia y su altísimo valor se debe a que preservan las cualidades artesanales y técnicas milenarias, y cuyos secretos son intransferibles al público por místicos y profundos. Usted no puede juzgar jamás un vino así, artesanal y biodinamico, a partir de lo que sabe su paladar mal educado (con todo respeto) por lo que la góndola le ofrece al trabajador de clase media promedio. Es esto una defensa, no sólo de nuestro vino, hecho con amor y dedicación, sino también de la misma humanidad toda, que ha visto deteriorada a tal punto su salud física y espiritual que hoy por hoy, los que aún trabajamos la tierra con paz interior y esperanza somos una especie en extinción. Nuestro vino puede que aparezca ante ustedes como un producto, una mercancía, pero créame que no lo es… No puede convertirse en mercancía el amor, la paz. Tiene un precio justo como valor de uso en sí, sin embargo, más allá de las formas, aquello que encierra y brinda UN DENARIO, (nuestro vino), no tiene precio… No se paga con dinero. Está más allá. El gran poeta cubano Carlos Puebla supo expresar: “nuestro vino… de plátano, pero nuestro vino”. La tierra da para su sustento lo que el hombre de allí, de aquel lugar necesita … Un mendocino a su vino, un misionero al suyo. Gracias.
 

 Furlán es un productor orgánico de Cerro Corá.

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