Misiones economía

La coparticipación de marzo cayó 4,3% y Misiones perdió 38 mil millones en el primer trimestre

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En marzo las transferencias automáticas del Estado nacional a las provincias y CABA totalizaron $ 5,05 billones presentando un nuevo descenso en términos reales, que esta vez fue del -4,3% respecto a igual mes del 2025. A su vez, contra el mes previo también mostraron un retroceso (-9,9% real mensual).

En ese marco, los envíos a Misiones totalizaron $ 160.767 millones con una variación también negativa del 4,3%
interanual, al tiempo que contra el mes anterior disminuyeron en 9,6% real.
El volumen total captado durante marzo es, además, el más bajo en términos nominales desde abril de 2025, indicó un reporte de la consultora Politikon Chaco en base a datos de la DNAP y INDEC.

La Coparticipación Federal para la provincia totalizó $ 144.385 millones, cayendo -7,4% interanual por las bajas en la recaudación del IVA y de Ganancias, entre otros.

Por su parte, los fondos por Leyes y Regímenes Especiales mostraron un desempeño positivo, creciendo en 33% interanual real (apoyado casi en su totalidad por el buen desempeño del impuesto a los combustibles y al monotributo) al igual que los recursos por Compensación del Consenso Fiscal con +37,9% real interanual, aunque ninguno de estos dos últimos casos logró compensar la baja de la coparticipación y ello arrastró el resultado general provincial a la baja, tal como ya ocurrió en enero y febrero pasados.

La caída total para Misiones equivale a una pérdida cercana a los $ 8.000 millones respecto a marzo de 2025.

Con este resultado, el primer trimestre 2026 cerró con envíos a Misiones por $ 519.104 millones, que representa un -6,5% en términos reales contra igual período del 2025. Medido en pesos constantes a precios actuales, la provincia perdió casi $ 38.000 millones en el período.

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El INYM rechazó sugerir un precio de referencia y profundiza la tensión en la cadena yerbatera

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El Directorio del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) resolvió rechazar la posibilidad de sugerir un precio de referencia para la hoja verde, en una decisión que vuelve a exponer la fractura interna del sector y profundiza la incertidumbre de cara a la zafra 2026.

Según fuentes oficiales, el rechazo al precio sugerido se sustentó en un dictamen técnico que consideró que la implementación de valores orientativos “va en contra del Decreto 812 del Gobierno nacional”, al entender que “distorsiona el mercado y afecta la competencia del sector privado”. La postura fue respaldada por la presidencia del organismo, en manos del libertario Rodrigo Correa, la representación de Corrientes y la mayoría de los sectores industriales, secaderos y cooperativas.

En la votación, dos representantes del sector productivo y el director por Misiones, Ricardo Maciel, se pronunciaron a favor de avanzar con una referencia de precios, mientras que un representante productivo y la UATRE optaron por la abstención. La correlación de fuerzas dejó sin efecto la iniciativa, en un escenario donde la pérdida de facultades regulatorias del INYM ya había debilitado su capacidad de intervención.

El documento sostiene que no resulta jurídicamente factible que el Instituto publique un precio de referencia, ya que cualquier señal institucional en ese sentido sería considerada una intervención en el mercado.

El argumento central se apoya en la modificación del marco normativo tras la desregulación. En particular, el dictamen cita el artículo 8° del Decreto 1240/2002 —modificado por el Decreto 812/2025—, que prohíbe expresamente al INYM “dictar normas o establecer intervenciones que provoquen distorsiones en los precios de mercado o interfieran en la libre interacción entre oferta y demanda”.

Pero el punto más sensible es otro: el dictamen advierte que incluso un precio “indicativo” podría funcionar como señal de mercado. En un sector caracterizado como oligopsónico -como sostiene Misiones-, esa referencia institucional podría derivar en una coordinación indirecta de precios entre actores privados, lo que chocaría con la Ley 27.442 de Defensa de la Competencia.

En ese marco, la asesoría legal fue contundente: publicar un precio, bajo cualquier denominación, podría interpretarse como una práctica restrictiva equivalente a “concertar directa o indirectamente el precio de venta o compra”.

El dictamen se apoya en el cambio de rol del INYM. Tras el DNU 70/2023, el organismo dejó de tener como objetivo la “sustentabilidad de la cadena” y pasó a enfocarse en “proteger el carácter competitivo de la industria”, eliminando además la facultad de acordar precios entre los distintos sectores.

Esto implica que cualquier intento de reconstruir mecanismos de referencia -aunque sean informativos- podría exceder las funciones actuales del Instituto.

Otro de los argumentos del dictamen apunta a desarmar la comparación con otros mercados. Según el texto, las referencias de precios en granos o hacienda (como las de la Bolsa de Comercio o mercados ganaderos) no son fijaciones institucionales, sino simples publicaciones de operaciones ya realizadas entre privados.

En cambio, si el INYM difundiera un precio, aun como promedio o referencia, estaría emitiendo una señal institucional con capacidad de influir en la formación de precios, lo cual está prohibido por la normativa vigente.

El dictamen también advierte sobre las consecuencias de avanzar en ese camino:

  • Posibles sanciones por violación de la Ley de Defensa de la Competencia
  • Riesgo de impugnación y nulidad del acto administrativo
  • Eventuales observaciones de la Secretaría de Agricultura de la Nación, bajo cuya órbita funciona el INYM

Incluso la publicación de costos de producción es puesta en discusión. El dictamen señala que determinar un único costo promedio podría distorsionar el mercado, ya que no refleja la heterogeneidad productiva del sector (tecnología, escala, logística, mano de obra).

La posición de Misiones

Hace apenas un mes, Maciel había formalizado el planteo mediante una nota dirigida al presidente del Instituto, Rodrigo Correa, en la que solicitaba avanzar en la construcción de una “pizarra” de precios para la hoja verde y la yerba canchada antes del inicio de la cosecha.

El documento, fechado el 12 de febrero en Posadas, partía de un diagnóstico crítico sobre el funcionamiento del mercado tras la desregulación. Allí, el funcionario reconocía que el INYM ya no cuenta con herramientas para fijar precios obligatorios, pero advertía sobre las consecuencias que esa pérdida tuvo en las últimas campañas.

“No hace falta redundar en la pérdida de facultades para fijar precios, pero tampoco podemos desconocer el impacto negativo que esa decisión generó en el sector productivo primario”, señalaba.

El eje central del planteo de Misiones giró en torno a la estructura del negocio yerbatero, caracterizada como un mercado “oligopsónico”, donde pocos compradores concentran la demanda y tienen capacidad para incidir en los valores que perciben los productores.

La advertencia apuntaba a una asimetría estructural: unos 12.500 productores frente a un número reducido de molinos. En ese contexto, sin precios de referencia ni herramientas regulatorias, el eslabón primario queda sujeto a negociaciones individuales, con fuerte dispersión de valores.

“El libre mercado no existe o es injusto en este escenario”, sostenía el documento, al tiempo que reclamaba información oficial que contemple costos de mano de obra, energía, combustibles y fertilizantes, además de un margen mínimo de rentabilidad.

La discusión no es teórica. Hoy el mercado está pagando alrededor de 220 pesos por kilo de hoja verde, muy por debajo de los costos estimados por el sector productivo y lo que empiezan a pagar a sus asociados las cooperativas, como Las Tunas -380 pesos- o Piporé -450-.

Distintos trabajos técnicos indican que el costo de producción para un yerbal de alto rendimiento ronda los 391,2 pesos por kilo. Si se incorpora una rentabilidad mínima del 30%, el precio debería ubicarse en torno a los 508,56 pesos.

La brecha es significativa y, según advierten los productores, se amplifica en explotaciones de menor escala, donde los costos son aún más elevados por menor productividad.

Un conflicto que excede lo productivo

El planteo de Maciel introducía una definición que atraviesa el actual conflicto: “La yerba mate no está en crisis; lo que está en crisis es la distribución de lo que genera el negocio yerbatero”.

La negativa del INYM a establecer siquiera una referencia de precios deja al descubierto el cambio de paradigma tras la desregulación nacional: de un esquema con intervención estatal a uno donde predomina la lógica de mercado, en un sector históricamente regulado.

Mientras la industria sostiene que el mercado debe autorregularse, el sector productivo y el Gobierno de Misiones insisten en la necesidad de mecanismos que compensen las asimetrías y eviten una mayor concentración.

Con la zafra 2026 a punto de comenzar, la decisión del Directorio implica que la actividad se desarrollará sin precios orientativos oficiales, en un contexto de alta volatilidad y tensión en la cadena.

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Yerba: en febrero hubo caídas en el mercado interno y una desaceleración externa

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Mientras el debate de fondo sigue siendo el precio de la materia prima, la cadena yerbatera muestra señales mixtas en el inicio de 2026. La cosecha de hoja verde comienza a tomar ritmo, pero los despachos al mercado interno y las exportaciones evidencian una desaceleración que impacta en el balance general del sector y que contrastan con el cierre del año pasado.

De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), en febrero se cosecharon 18.126.439 kilos de hoja verde, lo que representa un incremento del 10,35% respecto a enero y una suba del 8,79% interanual. Este crecimiento en la materia prima confirma un buen arranque de la zafra en términos productivos, a pesar de la fuerte disputa por el precio de la hoja verde, que en promedio no supera los 220 pesos, aunque aparecen algunas señales que ubican los nuevos valores entre 380 y 450 pesos.

Sin embargo, el desempeño comercial no acompaña esa dinámica. La salida de molinos alcanzó los 19.261.816 kilos en febrero, con una caída del 10% mensual y del 9% en comparación interanual, lo que refleja un menor ritmo de colocación tanto en el mercado interno como en los canales de distribución, lo que avala el argumento de la industria de no tener rentabilidad para aumentar el precio de la materia prima.

El dato más llamativo aparece en el frente externo. Las exportaciones totalizaron 2.725.681 kilos, con una fuerte contracción del 23,72% mensual y del 30% interanual, marcando un retroceso significativo en uno de los motores clave del negocio yerbatero, que el año había cerrado con un récord. El primer bimestre sumó 6,3 millones de kilos, apenas por debajo del mismo período del año pasado.

Un bimestre en retroceso

En el acumulado de enero y febrero, la yerba mate alcanzó 46.961.725 kilos, frente a los 48.020.466 kilos del mismo período del año anterior, lo que implica una caída del 2,2%.

Dentro de ese total, el mercado interno absorbió 40.662.630 kilos, mientras que las exportaciones sumaron 6.299.094 kilos.

El INYM destaca que este indicador incluye tanto los envíos a centros de distribución como las compras de mayoristas y supermercados, por lo que funciona como un termómetro directo del consumo

En paralelo, el ingreso de hoja verde a secaderos durante el primer bimestre alcanzó 34.552.751 kilos, consolidando el aumento en la oferta primaria. Este desfasaje entre mayor producción y menor salida comercial podría generar tensiones en los precios de la materia prima en el corto plazo, en un contexto donde ya existe discusión abierta entre industria y productores.

En cuanto a las preferencias de los consumidores, no se registran cambios relevantes. Los paquetes de medio kilo concentran el 54,04% de las ventas en el mercado interno, seguidos por los de un kilo con el 41,08%. Entre ambos formatos explican el 95,13% del total, confirmando la estabilidad estructural del consumo.

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De la chacra misionera al fitness europeo: cómo reinventan la yerba mate afuera

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Mientras en Europa el mate se transforma en suplemento premium y se vende en tubos efervescentes como bebida funcional, la Argentina atraviesa uno de los mejores momentos exportadores de su historia. La paradoja no podría ser más clara: nunca se vendió tanta yerba mate al mundo, pero el negocio más rentable empieza a construirse lejos de donde se produce.

En 2025, las exportaciones argentinas de yerba mate alcanzaron un récord cercano a los 58 millones de kilos, con un crecimiento superior al 30% interanual. La infusión emblemática de la región logró expandirse a más de 50 mercados, con Siria como principal destino -concentrando cerca del 60% del total- seguida por Chile, España y, en ascenso, Estados Unidos y algunos países asiáticos. El dato confirma algo que el sector ya percibe hace tiempo: el mate dejó de ser un consumo regional para convertirse en un producto global.

Sin embargo, ese salto en volumen no se traduce de manera proporcional en valor. Las exportaciones rondaron los 78 millones de dólares, una cifra que crece, pero a un ritmo mucho menor que las cantidades. La explicación está en el perfil de lo que se vende: mayormente yerba a granel o con bajo nivel de procesamiento, donde el margen es reducido y el precio se define más por volumen que por diferenciación.

En ese contexto aparece una nueva capa del negocio, que ya no está en la chacra ni en el molino, sino en los laboratorios de productos funcionales y en las góndolas del mundo wellness. El caso de “Gaucha Energy”, un suplemento europeo que combina extracto de yerba mate con electrolitos, vitaminas y minerales en formato efervescente, expone con claridad ese cambio. El mate ya no se toma: se disuelve. Ya no se comparte: se dosifica. Y, sobre todo, ya no se vende como tradición, sino como energía natural.

La aparición de productos como Gaucha Yerba Mate Electrolytes, producidos en Dinamarca y pensados para mercados europeos, confirma un cambio estructural en la forma en que se posiciona la yerba mate a nivel global. En este caso, ya no se presenta como una infusión tradicional, sino como un suplemento funcional orientado al rendimiento físico y la hidratación: combina extracto de yerba mate -con alto contenido de cafeína natural- con electrolitos, vitaminas del complejo B (B1-B6) y minerales como hierro y magnesio. El formato también es disruptivo: sticks o tabletas en tubos, pensados para diluir en agua, en línea con productos fitness como bebidas isotónicas premium. El paquete analizado contiene 6 tubos de 15 porciones cada uno (90 dosis en total), con precios promocionales que rondan los 159 coronas danesas (unos 23-24 dólares), lo que refleja una estrategia de penetración en el mercado europeo.

La transformación no es menor. El consumidor europeo no compra una costumbre sudamericana, sino un producto que promete rendimiento físico, hidratación y bienestar. En ese proceso, la yerba mate deja de ser una bebida cultural para convertirse en un ingrediente activo dentro de una categoría mucho más amplia: la de los suplementos y las bebidas funcionales.

Ahí es donde se reconfigura la cadena de valor. Mientras Misiones y Corrientes concentran la producción primaria, la innovación, el desarrollo de productos y el marketing se desplazan hacia Europa y Estados Unidos. El resultado es una cadena invertida: la materia prima se genera en origen, pero el valor se captura en destino. Incluso, en muchos casos, estos nuevos productos ya no utilizan la hoja tal como se consume en Argentina, sino extractos concentrados o derivados industriales, lo que reduce aún más el vínculo directo con la producción tradicional.

El contraste es evidente. Por un lado, un sector que muestra cifras récord de exportación y una demanda global en expansión. Por otro, tensiones internas por precios, rentabilidad y distribución del ingreso en la cadena. El crecimiento existe, pero no necesariamente derrama.

El fenómeno abre una pregunta de fondo para la economía regional: ¿puede la Argentina dar el salto hacia el valor agregado o quedará anclada en el rol de proveedor de materia prima? La oportunidad está planteada. El mundo ya validó al mate como producto global. Lo que está en discusión es quién construye el negocio alrededor de esa demanda.

Porque, en definitiva, el cambio ya ocurrió. El mate dejó de ser solo una infusión. Es, cada vez más, una plataforma. Y en esa transformación, la Argentina lidera la producción, pero todavía no lidera el negocio.

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El acopio yerbatero comienza con precios más bajos que hace dos años y menos demanda industrial

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La zafra gruesa de yerba mate en Misiones vuelve a arrancar con señales de alarma. Este año, incluso antes de comenzar formalmente, el proceso ya muestra signos de parálisis: varias de las principales industrias del sector anticiparon que no iniciarán el acopio en abril, en un escenario atravesado por la falta de precios de referencia y condiciones productivas que aún no acompañan.

La Cooperativa Flor de Jardín, de Jardín América, puso sobre la mesa una grilla de precios que refleja la dispersión actual del mercado: ofrece $240 por kilo de hoja verde con pago a 120 días, una alternativa mixta de $230 (con $100 al contado y el saldo diferido a 120 días) y un valor de $210 totalmente al contado. La propuesta, además, contempla descuentos adicionales -como costos de cosecha y eventuales penalizaciones por falta de certificaciones-, lo que en la práctica reduce aún más el ingreso efectivo del productor y profundiza las dificultades para alcanzar un precio de equilibrio en la cadena.

El comunicado de la Flor de Jardín refleja ese intento de ordenar un mercado que, en la práctica, funciona sin brújula. Allí se fijan valores escalonados según modalidad de pago, pero que no logran traducirse en acuerdos generalizados. La consecuencia es directa: la zafra no arranca o lo hace a cuentagotas.

“Yerba con mucha semilla aún, por lo que con seguridad no vamos a iniciar el acopio antes del 15 de abril”, explicó un ejecutivo del sector, dejando en claro que el retraso no responde únicamente a una cuestión económica, sino también agronómica. Sin embargo, el trasfondo del problema es otro: la dificultad para encontrar un precio que cierre en toda la cadena.

Hoy, los valores que comienzan a circular -entre $210 y $240 por kilo de hoja verde, según condiciones de pago- no logran conformar a nadie. “Esos 240 pesos nos quedan caros a la industria para pagar y al productor tampoco le sirve. Es malo para toda la cadena”, sintetizó el dueño de una de las principales yerbateras. La frase resume con crudeza el momento: no hay precio de equilibrio.

El contraste con años recientes evidencia un deterioro progresivo. En abril de 2024, en el primer ciclo sin precio sostén del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), tras la desregulación que impuso el presidente Javier Milei, el mercado operó con referencias de entre $290 y $370 por kilo, aunque con fuerte tensión frente a productores que reclamaban cifras mucho más altas. En 2025, los valores se estabilizaron en torno a los $300, todavía lejos de las expectativas del sector primario. En comparación con 2024, los valores ofrecidos ahora son 35 por ciento más bajos, mientras que la inflación fue de 270 por ciento desde que asumió Milei.

Ahora, en 2026, no solo hay una baja nominal de precios -que en términos reales es aún más profunda- sino también una novedad más preocupante: parte de la industria directamente decide no comprar.

Ese freno tiene implicancias inmediatas. Para los productores, significa postergar ingresos en un contexto de costos crecientes. Para los tareferos, implica un retraso en el inicio del empleo estacional. Para la industria, suma incertidumbre en la planificación productiva. Y para el mercado en general, abre interrogantes sobre el abastecimiento y la evolución de los precios en los próximos meses.

El punto de fondo sigue siendo la desregulación del sector. Sin un precio de referencia oficial, el sistema quedó librado a negociaciones directas entre actores con distinto poder de mercado. En ese marco, la falta de acuerdos en un momento clave como el inicio de la zafra expone las tensiones de un modelo que todavía no logra encontrar un nuevo equilibrio.

Así, la cosecha 2026 de yerba mate no solo empieza más tarde: arranca con un nivel de incertidumbre que atraviesa a toda la cadena y que vuelve a poner en debate la sostenibilidad del esquema actual.

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