SÃO PAULO, New York Times. — El 30 de abril, un grupo de rancheros armados con rifles y machetes atacó un asentamiento de cerca de 400 familias de la tribu gamela, en el estado de Maranhão, en el noreste de Brasil. De acuerdo con el Consejo Indigenista Misionero, un grupo de activistas, veintidós indígenas resultaron heridos, entre ellos tres niños. A muchos les dispararon por la espalda o les cortaron las muñecas.
Poco después del ataque, el Ministerio de Justicia anunció en su página web que investigaría “el incidente entre pequeños campesinos y presuntas personas indígenas” (tras unos cuantos minutos se eliminó la palabra “presuntas”).
Esto era de esperarse. Fue el tercer ataque registrado contra el pueblo gamela en tres años y parte de una ola de asaltos contra indígenas brasileños. Todas las semanas parece haber reportes de una nueva atrocidad cometida en contra de los indígenas en algún paraje remoto de Brasil. Sin embargo, ya nada parece impactar a la sociedad brasileña. Ni siquiera cuando, hace unas semanas, le dispararon en la cabeza a un bebé de un año de la tribu manchineri.
Esos ataques son parte de un patrón más amplio de abuso, marginación y falta de atención. Desde 2007, han sido asesinados 833 indígenas y 351 se han suicidado, de acuerdo con la Secretaría Especial de Salud Indígena; estas tasas son mucho más altas que el promedio nacional. Entre los niños, la tasa de mortalidad es dos veces mayor que en el resto de la población.
Según el censo, en la actualidad hay 900.000 indígenas de los entre tres y cinco millones que habitaban el país cuando llegaron los conquistadores portugueses en 1500. Las enfermedades traídas de Europa arrasaron con millones durante el primer siglo de contacto. Más tarde, se les esclavizó en plantaciones. No obstante, ahí no terminó el genocidio.
Durante el siglo pasado, decenas de miles de indígenas fueron víctimas de violaciones, tortura y asesinatos en masa, perpetrados con ayuda de una agencia gubernamental, el desaparecido Servicio de Protección al Indio. Algunas tribus fueron completamente eliminadas. Actualmente, solo el 12,5 por ciento de la tierra en Brasil sigue en manos de los indígenas.
La historia de los guaraní-kaiowá, del estado occidental de Mato Grosso del Sur, es típica de los obstáculos que enfrentan los grupos indígenas. Primero, se les expulsó de sus tierras ancestrales a finales de la década de 1940, cuando el gobierno otorgó títulos de propiedad en esa zona a campesinos y rancheros. Luego, fueron enviados a reservas sobrepobladas y a campamentos a las orillas de las carreteras.
Parecía que la situación de la tribu mejoraría en 1988, cuando Brasil adoptó una nueva constitución que reconocía los derechos de los indígenas a las tierras que tradicionalmente hubieran ocupado. Se suponía que el gobierno demarcaría esos territorios en los cinco años siguientes a la entrada en vigor de la Constitución. Llevó más tiempo del esperado: la identificación y demarcación de las tierras de los guaraní-kaiowá comenzó en 1999 y terminó en 2005. Regresaron a su territorio, pero solo durante un periodo corto. Meses después, tras una demanda por parte de los rancheros locales, un juez federal suspendió el decreto con el que sus tierras quedaban demarcadas. La tribu, de nuevo, fue desalojada.
En agosto de 2015, algunos guaraní-kaiowá decidieron volver a ocupar parte de su territorio. Acamparon en tierras ahora propiedad de los rancheros. Los terratenientes tenían otros planes: de acuerdo con los reportes, contrataron milicias armadas para que sacaran a la tribu. A Semião Vilhalva, el jefe de la tribu, le dispararon y lo mataron. Hay recuentos de tortura, violaciones y secuestro de niños. Menos de un año después, en otro ataque, mataron a otro jefe guaraní-kaiowá y les dispararon a nueve personas. Arrestaron a cinco granjeros locales por participar en el asalto, pero se les dejó en libertad tras unos cuantos meses.
Los indígenas que no son asesinados o secuestrados enfrentan otro reto: que se les borre. Puesto que muchos de ellos se han visto forzados a irse a las afueras de las ciudades y los pueblos, donde adoptan nuevas costumbres (como usar pantalones de mezclilla, andar en motocicleta y tener teléfonos celulares), deben hacer frente al estigma de ser llamados “indígenas falsos”. Poco antes del ataque de este mes en Maranhão, un senador se refirió públicamente a las familias gamelas como “seudoindígenas”.
Después del asesinato del jefe de la tribu guaraní-kaiowá, Vilhalva, el representante en Sudamérica del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Amerigo Incalcaterra, urgió al gobierno a proteger los derechos de los indígenas, incluyendo su derecho a la tierra. El gobierno brasileño retrasó la demarcación de las tierras indígenas y permitió que los pueblos indígenas sufrieran la violencia debida a los conflictos con los terratenientes, señaló. Incalcaterra convocó a las autoridades “a detener los desalojos de las comunidades guaraní-kaiowá y finalizar de manera urgente el proceso de demarcación de sus tierras”.
Eso parece cada vez menos probable. Cerca de la mitad del Congreso de Brasil tiene vínculos con cabilderos rurales. El gobierno del presidente Michel Temer es tan cercano que acaba de nombrar a Osmar Serraglio, un miembro destacado del grupo de la agroindustria, como ministro de Justicia. Temer también designó a un general del ejército como jefe interino de la Fundación Nacional del Indio, a pesar de las vigorosas protestas por parte de las comunidades originarias.
A principios de mayo, una comisión parlamentaria creada y conformada por miembros del cabildo rural emitió un informe en el que condena las actividades de “presuntos” indígenas, así como de una decena de antropólogos, unos cuantos fiscales y miembros de organizaciones de derechos indígenas, incluyendo al Consejo Indigenista Misionero.
A menos que haya un clamor público en defensa de los indígenas de Brasil, continuarán muriendo —aislados de sus tierras, oficialmente silenciados, asesinados, devastados por la desnutrición y las enfermedades— y así se concluirá su genocidio
New York Times. La montaña se alza reluciente desde una base de glaciares en el extremo más lejano de la cordillera del Karakórum. Con forma de pirámide y una conexión solemne con la eternidad, el K2 queda solamente detrás del Everest en altura… pero es más mortífero. Sus muros son vertiginosos por donde se les quiera ver.
Solo los más experimentados han intentado escalarlo, y por cada cuatro que llegan a rastras hasta su cumbre, muere uno.
Hay catorce montañas en la Tierra que superan los 8000 metros de altura; los montañistas han alcanzado la cima de 13 de ellos durante el invierno. El K2 es la excepción prohibida. Diez polacos esperan poder escalar hasta su cumbre en la próxima temporada y hacer historia.
Estos hombres tendrán la nieve hasta las rodillas en su camino hasta el campamento base que se encuentra a 5683 metros. Desde las cascadas de hielo que rodean las pendientes prácticamente verticales del K2 caen trozos del tamaño de un automóvil. Los vientos en la cima alcanzan la fuerza de un huracán y las temperaturas pueden alcanzar -26 grados centígrados.
Los escaladores podrían quedarse hasta dos meses en sus tiendas de campaña, con la esperanza de que se suavicen los vendavales por unos días. No hay margen de error: el K2 asesina de forma rutinaria a quienes quedan atrapados en sus laderas.
Quizá el distintivo de los escaladores polacos, cuya historia y cultura les han otorgado la reputación de ser los mejores escaladores del Himalaya durante el invierno, es que son prisioneros de sus sueños.
Janusz Golab es un escalador de largas extremidades cuyo pelo rizado va de aquí para allá cual aureola. Tiene 49 años, una edad que aún lo posiciona en la plenitud para ser un gran escalador, y será uno de los diez que intentarán llegar a la cima del K2 el próximo invierno. Conversamos mientras se encontraba en el ático oscuro de una cabaña ubicada en el valle de Morskie Oko en Polonia, y anudaba una cuerda morada como preparación para un ascenso de entrenamiento bajo cero en las montañas Tatra.
Escalar el K2 en invierno no es una locura cualquiera para Golab. Tiene hijos y una novia; parece estar lleno de amor por la vida. Pero resulta que disfruta los retos mortales que le plantea su existencia. Ha escalado en la Antártica, Groenlandia y el Himalaya. “El invierno es la mejor estación”, dice y se encoge de hombros. “Es más desafiante. Por supuesto que es la mejor época”.
Hay tanto que decir sobre este ascenso a la cima más hostil del planeta: una montaña de 8611 metros de altura que se encuentra en la cordillera del Karakórum, en la frontera de Pakistán y China. Hay desafíos técnicos, estratégicos y la labor de escoger un equipo de escaladores de grandes alturas. Durante meses, estos hombres vivirán y trabajarán en las peores condiciones posibles. Cada uno sabe que podría no regresar.
Cuatro escaladores harán el último tramo a la cima sin oxígeno. Todos han perdido a compañeros en ascensos.
Una historia a lo alto
Hay que tomar en cuenta la historia que recae sobre los polacos: después de la Segunda Guerra Mundial y sus masacres, los comunistas impusieron un régimen controlador. Las montañas ofrecían liberarse de todo eso.
Los polacos con ese anhelo acudían en parvadas a los picos oscuros y dentados de las montañas Tatra, las cuales se alzan en la frontera sur de Polonia con Eslovaquia. Hombres y mujeres escalaban sus muros de granito en el calor veraniego y en pleno invierno.
Los clubes de escaladores de Polonia comenzaron a estar repletos de miembros. El más famoso estaba en Katowice, un pueblo acerero ubicado a unas horas en auto de las Tatra.
El escudo de armas del club de Katowice tiene un águila y una piqueta para hielo. Todas las noches había varios escaladores que hablaban de las montañas, de la vida, de más montañas; cantaban y bebían vodka. Para ser admitido en esa época, un escalador joven tenía que demostrar su destreza técnica, dormir en una saliente conocida como vivaque, aprobar exámenes escritos y dominar la historia, el arte y la literatura del montañismo.
Krzysztof Wielicki, de 67 años y uno de los mejores escaladores del Himalaya, guiará el ascenso al K2. Credit Max Whittaker para The New York Times
Krzysztof Wielicki, un escalador de ojos azules que a sus 67 años es uno de los mejores alpinistas del Himalaya, será el guía de la expedición al K2. Es ágil, vivaz; ha escalado tres picos del Himalaya en invierno, entre ellos el Everest.
Le brillan los ojos ante una pregunta sobre su espíritu juvenil. “Escalamos aquí, allá y acullá”, recuerda. “Y si eras bueno, decían: ‘Bien, pasaste el verano en las Tatra. Ahora debes pasar el invierno’”.
Cuando los escaladores polacos de ese entonces obtuvieron el permiso para escalar los picos de Europa Occidental, descubrieron otro problema: era aterradoramente caro.
Una noche de enero, mientras estaba en el pueblo, fui a la casa de Janusz Majer, un hombre fornido de 70 años que está trabajando para obtener los 335.000 dólares de financiamiento gubernamental y privado que se necesitan para asegurar el asalto al K2. Nos acompañó su amigo y también escalador, Wojciech Dzik.
Con salami, queso y una gran cantidad de vino, hablamos de sus aventuras de montañismo. En la década de 1970, después de escalar en las Dolomitas, vieron un letrero que anunciaba capuchinos. Dzik, quien es matemático, hizo la conversión a su moneda. “¡Era la décima parte de mi salario!”, relata. “Después de eso, vivimos como Jesús, solo con pan y vino”.
Los polacos entonces recurrieron a las montañas de Asia, donde el desafío técnico era de una magnitud mayor pero los costos eran menores. Para juntar el dinero entraban a las oficinas de las fábricas en Katowice, señalaban a lo alto hacia las chimeneas industriales y ofrecían pintarlas a mitad de precio. Los gerentes de las fábricas hacían una mueca y les decían que un andamio costaba más de lo que cobraban. Entonces los escaladores respondían que lo harían al estilo alpino. En breve había ingenieros, matemáticos y electricistas haciendo rapel de sol a sol por las chimeneas.
Después se subían a camionetas viejas, todos a lo Jack Kerouac, y se iban al Hindú Kush. No llevaban equipo sofisticado, patrocinios o publicidad, solo el afán de liberarse de las restricciones de vida en Polonia. “En aquel entonces, no había problema si dejabas tu trabajo”, comenta Wielicki. “Apenas ganábamos 50 dólares al mes, así que les decíamos adiós”.
Para cuando los polacos llegaron en grandes cantidades a Asia, los escaladores de otras naciones ya habían coronado todos los picos de 8000 metros. Los polacos decidieron buscar la fama al estilo Tatra y escalaron los picos en invierno o por rutas nuevas y riesgosas.
La audacia de sus ascensos se volvió legendaria. De sus filas salió la primera mujer en alcanzar la cima del K2, Wanda Rutkiewicz, y el primer hombre en escalar tres picos gigantes en invierno, Jerzy Kukuczka. Este y un compañero escalaron el K2 en verano por una ruta tan peligrosa, incluso suicida —pasaba debajo de crestas inestables de hielo—, que nadie lo ha vuelto a intentar. Hasta el día de hoy, se le conoce como la “Línea polaca”.
En la década de 1980, Ryszard Pawlowski, un reconocido escalador polaco, solía ganar dinero pintando chimeneas para irse a sus expediciones.
Algunos escaladores eran artistas que se especializaban en ascensos libres, usando la menor cantidad de equipo posible. Otros eran genios expedicionarios que planeaban los ascensos como asaltos militares. Los periódicos polacos hacían crónicas de estos sucesos como los periódicos estadounidenses lo hacen con el béisbol.
Estar con los alpinistas polacos, viejos y jóvenes, permite escuchar historias de camellos que cargan provisiones, del coqueteo con fascinantes mujeres locales y de los negocios que hicieron con mecánicos que usan turbantes para poder sacarle más kilómetros a las camionetas destartaladas. Recuerdan comer bolas de masa hervida en Silesia, tomar vodka en los campamentos base, los vivaques a 6700 metros, los cerebros congelados y las alucinaciones (no utilizan oxígeno cuando ascienden). Siempre había otras visiones del mundo.
“Cuando estás allá arriba, de noche, puedes escuchar cómo paren los glaciares: bum, bum, bum. Dios mío”, recuerda Dzik, el matemático canoso. “Yo era solamente un pobre académico aburrido en Polonia. Era como ir al cielo”.
Otro visitante que los ha acompañado es la muerte. La tasa de mortalidad de los grandes escaladores es aterradora. Muchos se quedaron atrapados en tempestades turbulentas; murieron del mal de altura; se resbalaron y cayeron en el abismo. No hay una rama de logro atlético en la que la muerte cabalgue en tus hombros de manera tan insistente.
Habría que preguntarse si estos hombres tienen un romance con dos amantes: la vida y la muerte.
De izquierda a derecha, Marek Chmielarski, Wilku Wilczynski, Martin Koziol, Pearl Mazur y Janusz Golab, en la cabaña Morski Oko junto a las Tatra. Credit Max Whittaker para The New York Times
Wielicki, el líder de la próxima expedición, era famoso por sus ascensos en solitario de los picos del Himalaya. Su resistencia no tenía igual (para el ascenso al k2 se quedará en el campamento base, como deben hacer los líderes de las expediciones). Le pregunté si lo seducía la muerte y negó con la cabeza. Siempre ha querido vivir, incluso cuando tuvo que enfrentarse al filo de un cuchillo. Mencionó un axioma del alpinismo: un escalador joven corre más peligro, porque no sabe lo suficiente como para preocuparse. Agregó otro: un escalador viejo no debe confiarse demasiado porque domina la técnica, que puede ser un escudo frágil.
“Se necesita suerte”, dice. “Cualquiera puede cometer un error”.
Antes de ascender cuesta conciliar el sueño: un escalador se aferra a un muro que se derrumba, otro ve a un amigo que le pasa al lado mientras cae. Hay otro que siente que hay criaturas que le jalan los pies.
Ya en la montaña, los escaladores se refugian en una concentración tan pura como la del repose de un monje. La vida se convierte en detalles: meter y sacar la cuerda de los mosquetones; asegurar los crampones de las botas y buscar puntos de apoyo. Se escucha un golpe de la piqueta para hielo, después otro y otro más. Escalan rompecabezas de 8000 metros. A veces los escaladores pasan uno o dos días sin comer; en ocasiones es porque no se dan cuenta de que no lo hicieron.
Kacper Tekieli instala el rapel en las Tatra. “Quiero seguir encontrando caminos hermosos en las montañas”, dice, pero “no estoy seguro si necesito ir al K2 en invierno”. Credit Max Whittaker para The New York TimesMarek Chmielarski escalando en las Tatra. Chmielarski es parte del equipo que intentará ascender el K2 el próximo invierno. Se gana la vida pintando plataformas petroleras. Credit Max Whittaker para The New York Times
Kacper Tekieli tiene rizos oscuros y una sonrisa traviesa; es un licenciado en filosofía de 32 años con una gran pasión por la literatura sobre montañismo. Habla de la particular concentración que se necesita para alcanzar la cima de un pico del Himalaya en las fauces del invierno. El universo se encoge un par de metros. “Hay algo místico. Lo importante no es la montaña; ella está inerte. Eres tú. Es lo que descubres de ti mismo en todas esas horas de concentración”.
Sangre, sudor y estrategia
Es una tarde de enero, y seis escaladores del K2 están reunidos en un gimnasio de Varsovia bajo la mirada de Karol Hennig, un entrenador que trabaja con institutos estatales de salud. La edad de los escaladores va desde los treinta y tantos hasta los 63, y la mayoría tiene una musculatura modesta. Llenan mochilas con barras de hierro y se suben a las escaladoras. Se torturan haciendo levantamientos y dominadas en barras.
Retienen un tercio más de oxígeno que un adulto con buena condición. Después del ejercicio, su ritmo cardiaco regresa a la normalidad con la misma facilidad de un elevador que desciende de un piso a otro.
Piotr Tomala trabaja duro en una escaladora mientras carga una mochila con peso. Se espera que sea parte del ascenso al K2. Credit Max Whittaker para The New York Times
Marek Chmielarski, de 40 años, estará en el equipo del K2. Trabaja en plataformas petroleras desde el mar del Norte hasta Azerbaiyán. Le da risa cuando se le menciona la capacidad que tienen para retener el oxígeno: “Y eso que Janusz tiene de las calificaciones más bajas. Ha llegado a la cima del K2 y es el mejor escalador de Polonia”.
Los escaladores también monitorean los niveles de vitamina D y de hierro, los cuales les ayudan a prevenir la hipoxia hipobárica, el proceso mediante el cual la baja cantidad de aire priva al cuerpo del reabastecimiento de oxígeno.
Nadie sabe realmente cómo reaccionará un cuerpo en la cima del mundo. En el campamento base del K2, el aire tiene la mitad del oxígeno que al nivel del mar. A 7900 metros, los escaladores entran a la “zona de la muerte”: es muy complicado respirar y el corazón se esfuerza para bombear la sangre. Cuando los escaladores lleguen a la cima, su respiración será un jadeo veloz y superficial. Vomitarán, sufrirán de deshidratación y comenzarán a alucinar.
Lukasz Debowska practica en el club de escaladores de Katowice, el más famoso de Polonia. Credit Max Whittaker para The New York Times
Wielicki, el líder de la próxima expedición, recordó una noche en la que alcanzó algo más allá del agotamiento durante un ascenso que hizo solo al Himalaya. Se acurrucó en una diminuta tienda de campaña e hizo té para dos: él y su acompañante, cuya presencia no fue menos intensa por ser imaginaria. “Lo sentí ahí”, dice. “Y, claro, no lo estaba”.
El K2 es un solitario ubicado al norte; se encuentra a casi 1300 kilómetros al noroeste de los grandes picos del Himalaya en Nepal y está expuesto a vientos que resoplan desde el círculo polar ártico. En febrero, sus paredes son frías y el viento las golpea más que las del Everest.
Todo lo anterior vuelve primordial tener la estrategia apropiada para escalar. El estilo de montañismo preferido en la actualidad es el alpino, es decir, ir solo o con un compañero, y sin cuerdas fijas. Se premia a las rutas audaces o a la velocidad del ascenso.
En febrero, nada de esto funcionará en el K2.
Los polacos desarrollaron una maestría para el estilo de expedición preferido hace medio siglo. Se requiere de una disposición especial para minimizar al ego como parte del colectivo. Si es un equipo de diez escaladores, seis tendrán la función de abejas obreras: colocarán pitones, cuerdas y tiendas de campaña en los campamentos que se encuentran en lo alto de la montaña.
Estos hombres escalarán riscos de granito a 7620 metros, aunque el K2 amenace con provocar una lluvia de avalanchas. El equipo de la cima jalará esas cuerdas y dormirá en esas tiendas. Cuando estén a 900 metros de la cima, seguirán adelante sin oxígeno.
La manera de prepararse enciende el debate.
Adam Bielecki es un hombre alto de rastas con un entusiasmo infantil, tiene 33 años, está casado con un niño y tiene otro bebé en camino; comenzó a escalar cuando era adolescente. Desborda ambición y le irrita la vieja escuela. Bielecki prefiere enviar a los escaladores de la cima a Chile, donde es verano cuando en el hemisferio norte es invierno, a que escalen un pico andino de 6700 metros. Que se queden ahí hasta que los cuerpos se ajusten a los niveles bajos de aire y vuelen a Paquistán para llegar rápido al campamento base.
“Lo único que necesitamos son tres días de buen clima y llegaremos a la cima del K2”, afirma. “Puede ser una revolución en el montañismo de grandes alturas”.
Bielecki intentó esa estrategia durante un ascenso invernal al Nanga Parbat, una montaña de 8125 metros que se encuentra en Paquistán y se le conoce por un sobrenombre que se explica solo: “Montaña asesina”. Los escaladores llegaron aclimatados, pero descendió un frente tormentoso y no se fue.
La generación más joven de escaladores cree que la estrategia de Bielecki es una buena apuesta. Cuando le pregunté a Wielicki, se nota que la vieja leyenda no está convencida. “Se necesita tener una gran cantidad de suerte para ir desde Sudamérica y encontrar el clima de tu agrado”, dice Wielicki. Sonríe ligeramente. “No es posible depender de una gran cantidad de suerte”.
Escaladores polacos, incluido Artur Hajzer, en el Nanga Parbat durante una expedición invernal entre los años 2006 y 2007. Ese pico del Himalaya está entre los más altos del mundo y lo llaman la “Montaña asesina”. Credit Artur Hajzer, vía Janusz Majer
La muerte y la nueva generación
Las expediciones polacas al Himalaya prácticamente terminaron en 1989. Su mejor escalador, Jerzy Kukuczka, murió en una caída, y una avalancha en el Everest se llevó a otros cinco reconocidos alpinistas polacos.
El gobierno comunista colapsó. Mientras se reconstruía aquella nación herida, comenzó una época de empresarios. La vida de alpinistas vagabundos parecía frívola.
Artur Hajzer fue de los que se retiraron de manera prematura. Hajzer fue compañero del famoso Kukuczka. Después de que murió su amigo, no pudo enfrentarse a más montañas. Abrió una cadena de tiendas de alpinismo y para los amantes de los deportes al aire libre.
Pero surgió la inquietud; anhelaba el Himalaya. Creó, junto con Wielicki, un manifiesto: los alipinistas polacos que son “jóvenes, iracundos y ambiciosos” deben acoger el “sufrimiento positivo” y volver a escalar el Himalaya en invierno.
Ofrecieron entrenamiento tradicional: invierno en las Tatra, después en los Alpes y luego en el Himalaya. Su obsesión era muy polaca: conquistar el K2.
A la izquierda, Janusz Majer con Jerzy Dudala en las Tatra en la década de 1970. Escalar se volvió popular en Polonia durante la Guerra Fría como un modo de escape, al menos temporal, del control del régimen político. Credit Jacek Wiltosinski, vía Janusz Maje
Bielecki, el hombre de rastas de 33 años, buscó a Hajzer y lo convenció de que fungiera como su mentor. “Se enojaba muy rápido. Nunca se disculpaba, pero era justo”, confiesa Bielecki de su maestro. “Éramos huérfanos generacionales y él nos presentó el alpinismo en el Himalaya”.
Surgieron las tensiones generacionales. Los escaladores más jóvenes habían entrenado menos y alcanzaron la mayoría de edad en una época donde los logros individuales tenían mayor primacía. Cuando los discípulos volvían de una incursión en el Himalaya con heridas provocadas por el frío, los escaladores veteranos se burlaban del grupo de “jardín de niños”.
El éxito llegó a paso trepidante, pero también la tristeza. En el invierno de 2013, Bielecki y otros tres escaladores se dispusieron a ascender el Broad Peak, o K3, de 8051 metros. Dos quedaron exhaustos cerca de la cima y Bielecki se percató de que caería la noche y que se avecinaba un frío aplastante; dijo que tal vez debían regresar. Los demás no estuvieron de acuerdo. Bielecki y su compañero lograron regresar a sus tiendas, con heridas graves por el frío. La otra pareja no lo logró.
“Cuando estás en la cima de una montaña en invierno en el Karakórum, no hay palabras para tu estado mental”, explica Bielecki. “Estás más allá de lo que la gente llama fatiga”.
Era una decisión mortal quedarse a esperar a que llegaran los otros a una altura de 7620 metros y una temperatura de -31 grados centígrados. Se forma hielo en las fosas nasales y las gafas. El agua y el gel energético se congelan. Las manos, los pies y los brazos se entumecen. Se forma una tumba a tu alrededor. Aún así, un comité de montañismo polaco acometió a Bielecki por haber violado la hermandad de las cuerdas al dejar atrás a sus compañeros.
Las muertes en la montaña son como fichas de dominó: una sigue a la otra. Poco tiempo después, Hajzer voló al Himalaya para intentar encontrar la paz escalando. Una tormenta se enrolló como serpiente alrededor de la montaña. El veterano perdió de vista a su compañero más joven y descendió rápido para buscarlo. Perdió el equilibrio y cayó hacia su muerte. Tenía 51 años. Su cuerpo sigue estando en alguna grieta del Himalaya.
“Fue la última lección de Artur”, dijo un escalador en su funeral, el cual tuvo lugar en 2013 en la gran catedral de Katowice. “La gente muere en las montañas, hasta los mejores”.
Wielicki es el maestro que queda. Debe escoger entre sus hijos escaladores y es implacable. Para la cima debe elegir a los mejores de entre los mejores.
Está Golab, y otra opción lógica es Bielecki, quien tiene una resistencia fuera de este mundo cuando está cerca de la cima. Sin embargo, su hambre de fama es una hoguera, y eso le preocupa al viejo. Wielicki defendió al escalador joven después de las muertes en el Broad Peak, pero es claro que tiene dudas.
“Es un escalador muy bueno, pero ha escalado para él mismo”, asegura el veterano. “Tal vez sería un poco extraño que esté en nuestro equipo porque todos debemos trabajar juntos”.
Si se acerca una tormenta o si desciende la oscuridad, los escaladores deben volver, aunque la legendaria cima esté a la vista. “Si yo digo, ‘no, bajemos’, me tienen que hacer caso”, dice Wielicki. “Todos quieren ser el mejor y así es como podemos morir”.
Aunque reconoce la ambición de los jóvenes. “La lógica compite con las emociones. Todos quieren escribir su propia historia”.
¿Hasta la cima?
La expedición del K2, arriesgar todo por hacer historia, es un peso que cae de manera desigual sobre los hombros de estos hombres. Marek Chmielarski, que trabaja en las plataformas petroleras, va a ir, aunque se preocupe su esposa, quien es maestra de escuela. “Creen que estamos locos”, afirma. “Por supuesto que tienen razón”.
Golab también aceptó: “A veces me pregunto por qué lo estoy haciendo. No me gusta relacionar el nacionalismo con el montañismo, pero son mis amigos y estamos en una misión”.
Kacper Tekieli, el otro alpinista que estuvo en las Tatra en esta ocasión, podría unirse al grupo de cuatro que irán a la cima del K2. Esa montaña mítica, malhumorada y mortal lo consumió alguna vez.
“Me tenía cautivado”, explica. “Sabía que sufrir es la especialidad de los polacos”.
Tekieli trabaja de medio tiempo en un café. Aunque es de los mejores alpinistas polacos y tiene patrocinios, no le es suficiente para costear vivir y los viajes de escalar. Credit Max Whittaker para The New York Times
El verano pasado, Tekieli perdió a un amigo en el lado indio del Himalaya: vio cómo se resbalaba cuando se acercaban los rescatistas. “Estaba muy cerca cuando se cayó”, dice. Tekieli parpadea y señala hacia su anillo de bodas, el cual cuelga de una cuerda alrededor de su cuello. “Seguiré escalando, pero creo que aún no conozco el resultado” de haber presenciado eso.
¿Y el K2? Se encoge de hombros y responde: “Las montañas son muy importantes para mí: es el mundo original, un lugar apasionante. Quiero seguir encontrando caminos hermosos en las montañas”. Luego hace una pausa y añade: “No estoy seguro de si necesito ir al K2 en invierno”.
Unos días más tarde, Wielicki, la vieja leyenda, dijo que reconoce que su época de ascensos invernales podría estar por terminar. El peligro le pesa como no lo hacía hace décadas. Su esposa es adepta en el alpinismo, pero él se crispa cuando ella se acerca a una roca. Le da gusto que sus hijos no hayan heredado su pasión. Sin embargo, ¡qué montaña!
“No solo está el problema de la gente del club de Katowice, sino de la gente de Polonia. Siempre me preguntan: ‘¿Vas a ir? ¿Por qué no? Deberías escribir algo histórico. Termina tu historia’”.
La sombra de la bestia
Aquellos que se paran debajo de la sombra de ese monolito en invierno describen una sensación similar a haber llegado a un mundo extraterrestre. Todo es blanco, negro y gris, con destellos vivaces y regulares del cielo azul y del sol. El K2 se encuentra a 112 kilómetros del pueblo más cercano, al final de un sendero que se enhebra a través de los glaciares Baltoro y Godwin-Austen. Periódicamente, estos caudales de hielo devuelven los huesos de escaladores muertos.
La fortaleza del K2 es tan completa que no recibió un nombre por parte de las tribus bálticas, las cuales no supieron de su existencia durante milenios. Un geógrafo británico que estaba realizando una evaluación trigonométrica es quien le dio el nombre a la montaña.
Los montañistas polacos llegarán a finales de diciembre y se quedarán esperando días, semanas y meses con la esperanza de que los vientos incesantes no desgarren sus tiendas. Por aquí y por allá, escalarán esa montaña fantásticamente empinada y tenderán sus cuerdas en sus laderas.
Después se meterán en sacos de dormir a temperaturas de -34 a -40 grados centígrados. Actualizarán las páginas de la expedición en Facebook y enviarán correos electrónicos a sus esposas, novias e hijos. Rogarán por tener un descanso de ese clima.
¿Por qué lo escalan? le pregunté a Bielecki. “Escalar es placer y es dolor; en invierno se pierde ese equilibrio”, dice. “No hay placer en estar en el Karakórum durante el invierno. Te sientes incómodo cada minuto de cada día. Pero la gran emoción de hacer historia, de lograr lo que nadie ha logrado, es inmensa, casi espiritual”.
¿Alguien recuerda el trato con Carrier? En diciembre el presidente electo Donald Trump anunció, triunfante, que había llegado a un acuerdo con el fabricante de aires acondicionados para mantener 1100 empleos en Estados Unidos en vez de trasladarlos a México. Los medios celebraron el logro durante días.
En realidad, el número de empleos en juego se acercaba más a los 700, pero ¿quién lleva la cuenta? Cerca de 75.000 trabajadores estadounidenses son despedidos cada día hábil, así que unos cuantos cientos aquí o allá difícilmente hacen una diferencia en el panorama total.
Sin importar lo que Trump haya logrado o no con Carrier, la verdadera pregunta era si tomaría medidas para lograr una diferencia duradera.
Hasta ahora, no lo ha hecho; ni siquiera hay un esbozo ambiguo de una verdadera política trumpista en torno al empleo. Además, las corporaciones y los inversionistas parecen haber decidido que el acuerdo con Carrier fue parte de un espectáculo sin sustancia y que, a pesar de toda su retórica proteccionista, Trump es un perro que ladra pero no muerde. Después de una breve pausa, se ha retomado la decisión de trasladar la manufactura a México, mientras que el peso mexicano, cuyo valor es un barómetro de las expectativas que hay sobre las políticas comerciales estadounidenses, ha recuperado casi todas sus pérdidas posteriores a noviembre.
En otras palabras: las acciones mediáticas que conquistan un ciclo informativo o dos no sustituyen a las políticas reales y coherentes. De hecho, su efecto duradero más importante puede ser desgastar la credibilidad del gobierno. Eso trae a colación el ataque con misiles dirigidos de la semana pasada en Siria.
El ataque transformó instantáneamente la cobertura informativa del gobierno de Trump. De pronto los informes acerca de conflictos internos y deficiencias fueron remplazados por titulares sobre la tenacidad del presidente y videos de los lanzamientos de 59 Tomahawk.
Sin embargo, además de su efecto en el ciclo de noticias, ¿qué tanto se logró en realidad con el ataque? Unas horas después del ataque, aviones sirios de guerra despegaron desde la misma base de aviación y los ataques aéreos continuaron en el pueblo donde el uso de gas venenoso provocó que Trump entrara en acción. No hay duda de que las fuerzas de Assad sufrieron pérdidas reales, pero no hay motivo para creer que una acción puntual tendrá algún efecto en el transcurso de la guerra civil de Siria.
De hecho, si la acción de la semana pasada fue el fin de la historia, el efecto final bien podría ser reforzar el régimen de Asad —“¡Miren, se alzó contra una superpotencia!”— y debilitar la credibilidad estadounidense. Para lograr cualquier resultado duradero, Trump tendría que involucrarse de manera continua en Siria.
Pero ¿qué debe hacer? Esa es la gran pregunta… y la falta de buenas respuestas es la razón por la cual el presidente Barack Obama decidió no comenzar algo que nadie sabía cómo terminar. Entonces, ¿qué hemos aprendido del ataque a Siria y sus consecuencias?
No, no hemos aprendido que Trump es un líder efectivo. Ordenarle al ejército estadounidense que dispare unos misiles es fácil. Hacerlo de una manera que realmente sirva a los intereses estadounidenses es la parte difícil, y no hemos visto indicios de que Trump y sus asesores hayan resuelto esa parte. De hecho, lo que sabemos del proceso de toma de decisiones es todo menos tranquilizador. Tan solo días antes del ataque, la administración de Trump parecía mostrar falta de interés en modificar el régimen sirio.
¿Qué cambió? Las imágenes de las víctimas del gas venenoso fueron horribles, pero Siria ha sido una increíble historia de terror durante años. ¿Acaso Trump está tomando decisiones de seguridad nacional, de vida o muerte, con base en lo que ve en televisión?
Algo es seguro: la reacción de los medios al ataque a Siria demostró que muchos expertos y medios no han aprendido nada de los fracasos pasados.
Puede que a Trump le guste decir que los medios tienen un prejuicio en su contra, pero la verdad es que se han puesto a su favor. Quieren parecer equilibrados, incluso cuando no hay equilibrio; han estado desesperados por tener pretextos para ignorar las circunstancias dudosas de su elección, así como su comportamiento errático en el puesto, y ahora comienzan a tratarlo como un presidente normal.
Podríamos recordar cómo, hace un mes y medio, los expertos declaraban con entusiasmo que Trump “se convirtió en el presidente del Estados Unidos actual” porque logró leer un discurso en un teleprompter sin salirse del guion. Después comenzó a publicar mensajes en Twitter de nuevo.
Podríamos haber esperado que esa experiencia sirviera de lección. Pero no: Estados Unidos disparó misiles y una vez más Trump “se convirtió en presidente”. Aparte de todo lo demás, pensemos en los incentivos que esto crea. El gobierno de Trump ahora sabe que puede distraer a los medios acerca de sus escándalos y fracasos si bombardea algún país.
Así que esta es una pista: el verdadero liderazgo significa idear y llevar a cabo políticas continuas que hagan del mundo un lugar mejor. Los trucos publicitarios pueden generar algunos días de noticias favorables, pero terminan haciendo que Estados Unidos sea más débil, no más fuerte, porque le demuestran al mundo que tenemos un gobierno que no puede darles seguimiento.
¿Acaso alguien ha visto alguna señal, cualquiera, de que Trump esté listo para ejercer liderazgo real en ese sentido? Yo no.
CAPIATÁ, Paraguay, New York Times — En las profundidades del corazón subtropical de Sudamérica es temporada de caza.
Enterrados debajo de las calles de tierra color ocre, o tal vez bajo la sombra de los mangos en los campos cercanos, esparcidos en cientos de kilómetros, se encuentran tesoros opulentos… al menos según una fábula que ha inundado el imaginario colectivo de Paraguay durante generaciones.
Los tesoros se conocen como plata yvygüy, en guaraní, el idioma nacional de Paraguay. Principalmente, se cree que el gobierno y la élite asustada de Asunción, la capital, los escondieron a tan solo 20 kilómetros al noroeste, cuando las fuerzas de ocupación avanzaron durante la Guerra de la Triple Alianza, que se peleó contra Brasil, Argentina y Uruguay hace 150 años.
Sin embargo, el paso del tiempo no ha menguado la esperanza de desenterrar toneladas de lingotes, tesoros de monedas de libras británicas y, lo más codiciado de todo, piñas decorativas hechas de oro.
“Paraguay está lleno de plata yvygüy”, comentó Juan Alberto Díaz, de 57 años, buscador de tesoros de tiempo completo que vive en un rincón rural de Capiatá. Los vecinos de Díaz fabrican ladrillos, ahí donde el calor se extiende hasta la tierra como el aliento de un horno. “Todos los que saben que existe andan tras él”.
En años recientes, oficiales de alto rango del ejército, alcaldes, el hermano de un presidente, arquitectos, médicos y jornaleros por igual se han dejado llevar por la leyenda: han planeado expediciones, han descifrado mapas, han barrido sitios con detectores de metales y han cortado franjas de tierra.
En ciertas maneras, es una de las cacerías de tesoros más grande de la era moderna en el continente americano. En distintos países, la naturaleza de estas cacerías ha variado. En Estados Unidos, la búsqueda de un cofre del tesoro escondido por un marchante de arte excéntrico continúa en las Montañas Rocallosas. En Perú, el saqueo de sitios ancestrales en décadas recientes algunas veces ha puesto en peligro la conservación arqueológica del país.
Ana Rosa Lluis O’Hara, directora de Patrimonio en la Secretaría de Cultura, encabeza la lucha para evitar que ocurra algo similar en Paraguay. Tiene un expediente de 64 páginas sobre Díaz y rechaza solicitudes de autorización para hacer excavaciones desde su oficina ubicada en el sótano de la Biblioteca Nacional, amparándose en una ley que protege los artefactos y sitios arqueológicos.
“Es una amenaza para nuestro patrimonio cultural”, exclamó Lluis O’Hara.
La polémica surge debido a que el código civil del país incluye disposiciones que otorgan derechos de propiedad a aquellos que encuentren tesoros escondidos. Sin embargo, las disposiciones no aplican a artículos que tengan valor histórico, incluyendo la mayoría de los artefactos de guerra, según los asesores legales del gobierno.
Sentado cerca de un orificio de tres metros de profundidad, cubierto parcialmente con acero corrugado —vestigios de una excavación fallida reciente— Díaz, quien era vendedor de aparatos electrónicos, recordó una audaz excavación que dirigió en 2013 y atrajo la curiosidad de todo el país.
En aquel intento, Díaz y otros varios buscadores de tesoros, autorizados por el entonces alcalde de Capiatá, Antonio Galeano, abrieron un pozo con excavadoras, donde pensaban que habían detectado 13 toneladas de lingotes de oro.
En dos semanas, descubrieron un pesado cofre de acero, recordó Díaz. Sin embargo, para entonces, un fiscal federal había puesto un alto a la búsqueda tras acusar a Díaz de poner en riesgo un importante acuífero, además de ordenar que se rellenara el pozo.
Otro caso sonado se dio en 2006 y contó con la participación de un importante grupo de funcionarios, entre los que se encontraban un juez de la Suprema Corte de Paraguay y un general del ejército, a los que un dentista les había entregado un mapa del tesoro.
Enrique Riera, quien en aquella época era alcalde de Asunción, les otorgó un permiso para buscar en el Parque Caballero, ubicado en el centro de la capital, a condición de que parte de lo que encontraran fuera para la ciudad. No obstante, la búsqueda se vio interrumpida cuando los vecinos llamaron a una estación de radio local, exponiendo al grupo y alertando a los fiscales públicos.
Más recientemente, en 2014, tres hombres murieron en una excavación para buscar un tesoro en uno de los pueblos aledaños a Asunción.
La mayoría de los paraguayos parecen creer la teoría de la plata yvygüy, considerando que es factible que, en medio de una guerra brutal, la élite de Asunción enterrara pequeñas fortunas y los tesoros del Estado se enviaran fuera de la ciudad en vagones de tren y después se escondieran al lado de las vías o en colinas cercanas.
Ahora, los mitos de todo tipo dan color a la búsqueda.
“Hay tantas fantasías, cuentos y rumores”, comentó Jorge Rubiani, de 71 años, arquitecto y exsecretario de Cultura de Asunción que ha escrito sobre los tesoros. “La historia se ha reducido a un relato bobo”.
Algunos creen que los tesoros están bajo el resguardo de duendes locales como Karai Pyhare, el llamado Pombero o Señor de la Noche, asignado a proteger la naturaleza. Otros dicen que familias o incluso el gobierno mataron a soldados paraguayos y los enterraron junto con las fortunas con la esperanza de que sus espíritus fungieran como guardianes. Se dice que en medio de la noche, aparecen misteriosas llamaradas fugaces en los lugares donde se encuentran los tesoros.
En sus expediciones, muchos buscadores de tesoros contratan a clarividentes locales para encontrar las fortunas escondidas. Otros recurren a expertos como Francisco Moreno, de 68 años, un trabajador portuario jubilado que tiene una fascinación por la plata yvygüy desde que su abuela le contó de un tesoro que descubrió hacía unos 80 años: una urna de barro llena de monedas españolas.
Los paraguayos que sienten que podría haber un tesoro enterrado en su patio trasero le pagan a Moreno 175 dólares al día para que les haga una visita en su camioneta Mitsubishi equipada con detectores de metales, que también vende a los buscadores de tesoros en ciernes.
Mientras hacía una demostración del funcionamiento de los detectores en su casa de Asunción, flanqueada por higueras y palmeras, Moreno dijo que había desenterrado monedas aquí y allá, aunque nunca había encontrado un botín mayor. A pesar de ello, no desiste.
“Un pesimista nunca triunfa”, dijo Moreno con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver el destello de un diente de oro.
Incluso hay rumores de un conjunto de mapas de origen incierto que detallan las ubicaciones de los tesoros a lo largo de todo el centro de Paraguay, supuestamente elaborados por Domingo Francisco Sánchez, vicepresidente de Francisco Solano López durante la Guerra de la Triple Alianza.
La búsqueda masiva de tesoros envuelve a esta nación a tal grado que cineastas y guionistas se han abocado al tema.
“Se encuentra en el ADN de Paraguay”, explicó Miguel Rodríguez, de 37 años, director de Latas vacías, un largometraje de bajo presupuesto de 2014 sobre buscadores de tesoros rurales. “¿Quién no quiere ganarse la lotería?”.
Las teorías sobre los orígenes de los tesoros abundan, con explicaciones oscuras que incluyen faraones egipcios y placas tectónicas desplazadas. Una teoría popular es que durante la era colonial varios galeones españoles que se dirigían al Atlántico con cargas de metales preciosos de las minas bolivianas se hundieron en el río Paraguay. Otros apuntan a los colonizadores jesuitas en el siglo XVII.
Sin embargo, la principal creencia popular, respaldada por importantes historiadores locales como Alfredo Boccia Romañach, es que familias adineradas enterraron reliquias que incluían joyas, relojes y porcelana durante su escape de Asunción en 1868, cuando Paraguay perdió una batalla decisiva contra los ejércitos dirigidos por los brasileños y el gobierno ordenó que se evacuara la ciudad. Los historiadores afirman que también es muy probable que el presidente en aquellos tiempos de guerra, López, escondiera las reservas gubernamentales de metales preciosos.
La mayoría de estos tesoros, algunos de los cuales se escondieron en cavidades de las paredes, fueron robados por las tropas enemigas que saquearon la ciudad, comentó Boccia Romañach.
“Los brasileños destruyeron Asunción, incendiaron las casas para seguir buscando durante la noche”, comentó Rubiani, el arquitecto. “Probablemente encontraron la mayor parte de los tesoros”.
No obstante, esto no ha disipado el interés de aquellos que andan en busca de un tesoro escondido.
Por Simón Romero, New York Times. En lo profundo de la Amazonía, hay un escuadrón de ambientalistas estudiosos.
Uno de sus miembros trabajó más de una década como activista para una organización sin fines de lucro. Otro estudió la oceanografía del Ártico en Alemania. Su comandante es un exprofesor de preparatoria que enseñaba ciencias.
Juntos han forjado una de las unidades élite de lucha más temidas de América Latina; están en la vanguardia de la lucha de Brasil para frenar la destrucción del Amazonas.
Equipos de tala entran en los bosques de manera ilegal para extraer la codiciada madera noble. El escuadrón de protección identificó un aserradero desde el aire. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
El comandante del equipo, Roberto Cabral, se rió cuando le pregunté hace poco cómo se unió su unidad de operativos especiales formada por nerds.
“En el universo de actividades ilegales en la Amazonía hay deforestación, extracción de oro, caza de animales salvajes para su consumo, explotación forestal clandestina y contrabando de animales”, dijo Cabral, de 48 años, a quien le dispararon en el hombro en 2015 mientras perseguía a tiradores que arrasaban tramos de bosque. “Queríamos combatir estas actividades con la mente y el cuerpo en el terreno”.
En marzo, me sumé a una sesión de patrullaje agotadora con la unidad de nueve miembros, que tiene el nombre poco glamuroso de Grupo de Inspección Especializado.
El escuadrón, mejor conocido por su sigla en portugués, GEF, opera en algunas de las franjas más anárquicas de la cuenca del Amazonas… lugares tan remotos que toma días llegar a ellos en balsa o camioneta desde el asentamiento más cercano.
Un integrante del escuadrón GEF, por su sigla en portugués, vigilaba mientras el helicóptero que usan para misiones de reconocimiento recargaba combustible en Santa Luiza. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
Frente a estos obstáculos logísticos, el GEF, que opera como parte de Ibama, la agencia de protección ambiental de Brasil, suele patrullar en helicópteros, utilizando imágenes satelitales e inteligencia reunidas a través de las oficinas regionales de Ibama para detectar deforestación y señales de minería ilegal.
La unidad, que Ibama creó en 2014, necesita toda la ayuda que pueda obtener. La deforestación está aumentando nuevamente en la Amazonía brasileña; ascendió al 29 por ciento entre agosto de 2015 y julio de 2016. Casi 809.371 hectáreas de selva fueron destruidas durante ese periodo, según cálculos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales en Brasil.
A pesar de que el GEF trabaja con tecnología de punta, sus misiones a menudo se asemejan a un juego elusivamente frustrante del gato que acecha al ratón.
Integrantes del escuadrón destruyen un aserradero ilegal en la ciudad Centro do Guilherme. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
El primer día que los acompañé a un operativo en el estado de Maranhão, en los límites del Amazonas, los miembros de la unidad se levantaron a las tres de la mañana.
Vestidos con ropa militar, armadura y cascos a prueba de balas, se colgaron unos fusiles de asalto Taurus en los hombros y viajaron durante horas en una camioneta de tracción de cuatro ruedas por los caminos empedernidos de São Luis, la capital del estado, hasta Santa Inês, un puesto fronterizo en el interior.
Luego esperaron a que el clima mejorara.
Las fuertes lluvias impidieron que los dos helicópteros Bell de la unidad despegaran para patrullar sobre el Maranhão y el vasto estado vecino de Pará. Después de horas de estar detenidos, los helicópteros finalmente despegaron cerca del mediodía; volaron a lo largo de tramos monótonos, por encima de terrenos despejados para la cría de ganado.
“Debes ver el Amazonas desde arriba para saber cuánto se ha devastado”, dijo Mauricio Brichta, de 44 años, un oceanógrafo que se especializaba en el estudio de las algas árticas en el Instituto Alfred Wegener para la Investigación Polar y Marina en Alemania, antes de unirse a Ibama.
“Como te lo puedes imaginar”, agregó con una sonrisa, “en Brasil no había mucha demanda de expertos en regiones del Ártico”.
Un integrante del GEF destruye hornos que se usan para hacer carbón, en un aserradero ilegal. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
Al igual que casi todos los otros miembros de la unidad —que incluye a ingenieros forestales, un biólogo de vida silvestre, un especialista en pesca e incluso a alguien que trabajaba en publicidad— Brichta dijo que nunca esperó tomar las armas para proteger la Amazonía.
Antes de esta etapa de su vida, era amo de casa en Yakarta y Nueva York, ciudades donde su exesposa trabajaba como diplomática para el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil.
Después de regresar a Brasil, Brichta dijo que se sintió atraído a Ibama por el sentimiento de idealismo de la agencia y por los avances que había tenido en reducir las tasas de deforestación después de sus niveles alarmantes a principios de la década anterior.
Cuando se creó el GEF, lo eligieron porque completó un curso de supervivencia extenuante en el que los candidatos aguantan saltos desde helicópteros, trayectos prolongados por la selva, búsqueda de alimentos, tratamiento de mordeduras de serpiente, largas caminatas sin comer ni dormir y entrenamiento para combate con armas y peleas con cuchillos.
Los integrantes del escuadrón se preparan para quemar un tractor y una motosierra usados en la tala ilegal. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
“Obviamente, este tipo de trabajo no es para todo el mundo”, dijo Eduardo Rafael de Souza, de 39 años, un veterano militar de barba que fuma un cigarrillo tras otro y a menudo es piloto de los helicópteros utilizados para las misiones del GEF.
Los miembros de la unidad regresaron en silencio a Santa Inês después del primer día de patrullajes sin haber logrado mucho después de volar durante horas por encima de remotas vías forestales en busca de grupos de deforestación. Algunos se preguntaban si podría haber soplones en las filas de Ibama que pudieran haber avisado a los madereros sobre el patrullaje que harían.
Al igual que otraspartes del gobierno federal de Brasil, Ibama ha luchado con sus propios escándalos de corrupción, los cuales a veces involucraron a inspectores que sirven de dobles agentes para proteger los intereses de los ganaderos o equipos de exploración forestal.
No obstante, los activistas ambientales argumentan que una de las razones principales para la deforestación renaciente en Brasil tiene que ver con esfuerzos para reducir el poder de Ibama; se trata de un paralelo con los planes del gobierno de Trump de reformar la Agencia de Protección Ambiental. Desde 2013, el presupuesto de Ibama se ha reducido en cerca del 46 por ciento.
El escuadrón incendió un tractor usado para la tala ilegal. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
De cualquier manera, la suerte del GEF cambió en el segundo día de patrullaje.
Al acercarse a tierras indígenas donde las tripulaciones de tala hacen incursiones para extraer ilegalmente maderas codiciadas, el escuadrón vio desde el aire un aserradero improvisado cerca del límite de la Tierra Indígena Alto Turiaçu, hogar del pueblo ka’apor.
“Vi que su helicóptero aterrizaba en un terreno despejado, como una escena salida de una película de Hollywood”, dijo Francinaldo Martins Araújo, de 43 años, quien estaba llegando en su camioneta para comprar retazos de madera desechada del aserradero mientras la unidad avanzaba para hacer su redada.
Los miembros del escuadrón (algunos ocultaban sus rostros con pasamontañas por temor a represalias si sus identidades se hacen públicas) rápidamente pusieron manos a la obra. Incendiaron el aserradero y destruyeron dos hornos con domo utilizados para hacer carbón, antes de despegar otra vez en los helicópteros para dirigirse a su próximo objetivo.
Unos minutos después, volvieron a descubrir un blanco cuando uno de los pilotos vio un camión en una vía forestal. La unidad bajó del helicóptero en un terreno cercano mientras un miembro perforaba el tanque de combustible del camión e incendiaba el vehículo.
En general, el equipo patrulla desde helicópteros, usando imágenes satelitales e información de las oficinas regionales de Ibama, para detectar la deforestación y señales de minería ilegal. Credit Lalo de Almeida para The New York Times
Entonces se oyeron gritos en la selva. Durante la búsqueda de la tripulación de tala, dos miembros del GEF tropezaron con un tractor utilizado para transportar árboles talados. Una motosierra, todavía caliente por haber sido utilizada minutos antes, quedó atrapada en un árbol, evidencia de un escape apresurado.
La unidad incendió el tractor y la motosierra antes de reanudar la búsqueda de los leñadores. Todos estaban nerviosos. En un operativo similar a este en una jungla cercana, Cabral, el comandante del GEF, fue sorprendido por los disparos de un leñador que huía.
Esta vez no hubo disparos, pero los leñadores lograron escapar del escuadrón y huyeron a la selva. Un piloto transmitió por radio las coordenadas del punto de exfiltración, y la unidad comenzó el largo trayecto de regreso a los helicópteros en medio de una humedad tan espesa que podría cortarse con un cuchillo.
Empapados de sudor mientras abordaban los helicópteros, los miembros del escuadrón pudieron ver el humo que salía de los vehículos destruidos, una pequeña victoria en la batalla contra la deforestación.
“Nunca soñé que tendría un rifle en mis manos para defender la Amazonía”, dijo un miembro de 44 años del GEF, un exactivista ambiental que se negó a revelar su nombre debido a cuestiones de seguridad. “Pero esto es una guerra y las guerras pueden abrirte los ojos para que veas lo que se debe hacer”.