Bad Bunny rompió el Super Bowl: récord de audiencia, identidad latina y choque político
Bad Bunny's Full #SuperBowlLX HalfTime Show pic.twitter.com/2iI5dzkdB4
— celebsnapz (@celebsnapzx) February 9, 2026
Si de cultura pop se trata, el calendario global está escrito casi de memoria: entre enero y marzo, la temporada de premios; junio, el Mes del Orgullo; septiembre, los Emmy; octubre, Halloween; noviembre y diciembre, el ritual navideño; y en febrero, el Super Bowl. Pero -más allá del deporte- el mundo mira otra cosa: el show de medio tiempo. Este domingo, Bad Bunny le agregó a ese ritual una dimensión poco habitual en el actual clima estadounidense: unidad.
En un contexto político áspero, con el inmigrante nuevamente ubicado en el centro del conflicto discursivo y una retórica de ultraderecha en ascenso, el artista puertorriqueño eligió un camino sin consignas explícitas ni slogans militantes. Su mensaje fue más sofisticado: identidad, pertenencia y celebración. Un gesto cultural que funcionó tanto como abrazo simbólico para millones de latinos como incomodidad abierta para los sectores más conservadores.
Bad Bunny shouted out every country in Latin America with flags in his NFL #SuperBowl Halftime show ❤️🔥 pic.twitter.com/XVmlXJzhCO
— Salt 💫 (@ilySalt) February 9, 2026
La cita tuvo lugar en el Levi’s Stadium, escenario del Super Bowl que enfrentó a los New England Patriots y los Seattle Seahawks, pero el partido quedó rápidamente relegado a un segundo plano. La palabra que atravesó todo el espectáculo fue una sola: latinidad. No fue casual. Bad Bunny, ganador de seis premios Grammy y recientemente consagrado con el Álbum del Año por “DeBí TiRAR MáS FOTos”, es el primer artista en lograr ese galardón con un disco íntegramente en español. Ese hito cultural fue llevado, sin traducciones ni concesiones, al evento deportivo más visto del planeta.
En la semana más triunfal de su carrera, el músico había anticipado que “el mundo va a bailar”. Y cumplió. Con una puesta alegre, precisa y cuidadosamente diseñada para una audiencia global, recorrió distintas etapas de su discografía en un medley pensado tanto para sus fans como para los más de cien millones de espectadores que lo veían por primera vez. El acompañamiento de figuras como Lady Gaga, Ricky Martin y agrupaciones tradicionales reforzó el cruce entre mainstream global y raíces caribeñas.

La escenografía replicó el espíritu de su residencia “No Me Quiero Ir de Aquí” en Puerto Rico y transformó el campo de juego en una vecindad isleña: barbería, licorería y la ya emblemática casita, ese espacio íntimo desde el cual Bad Bunny recibe invitados durante sus shows. Lejos del folclore vacío, la puesta funcionó como una reivindicación concreta de la vida cotidiana, la memoria familiar y el trabajo rural, con referencias visuales a plantaciones de caña y plátano que también atraviesan la estética de su último álbum.
El espectáculo sumó capas de impacto con apariciones de celebridades y escenas que desbordaron el formato tradicional: bailarines ocupando el campo, una pista gigante y hasta una boda real celebrada en vivo. Pero el momento de mayor densidad simbólica llegó sin palabras. En pantalla apareció un fragmento del discurso de Bad Bunny en los Grammy y la imagen de un niño que muchos asociaron con casos recientes de detenciones migratorias. El gesto fue mínimo —ofrecer el premio, compartir el plano— y por eso mismo potente.
El cierre terminó de ordenar el mensaje. “God bless America”, dijo Bad Bunny, una frase históricamente leída en clave nacionalista. Pero inmediatamente comenzó a nombrar, uno por uno, a los países de América del Norte, Central y del Sur, mientras una consigna se iluminaba sobre el estadio: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. No hubo insultos ni confrontación directa, pero sí una redefinición del concepto de América: no como país, sino como continente.
Para la industria del deporte y el entretenimiento, el show confirmó varias tendencias. El Super Bowl ya no es solo una final deportiva, sino una plataforma cultural y política de escala global. La música latina dejó de ser un nicho y se consolidó como motor de audiencia, conversación y valor de marca. Y Bad Bunny, sin levantar la voz, dejó una señal clara: en el negocio del espectáculo global, la identidad también cotiza alto.
Récord de audiencia global
El show de medio tiempo del Bad Bunny en el Super Bowl 2026 marcó un antes y un después en la historia del evento deportivo más visto de los Estados Unidos. Con 142,3 millones de espectadores, la presentación se convirtió en la más vista de todos los tiempos, superando cualquier registro previo del espectáculo central de la NFL.
Los datos, atribuidos a NFL Football Operations, confirman no solo un récord de audiencia televisiva, sino también un impacto amplificado por redes sociales y plataformas digitales, donde el contenido se multiplicó en YouTube, TikTok, X y Facebook, extendiendo el alcance mucho más allá de la transmisión tradicional. Para la industria del entretenimiento y el deporte, el fenómeno reafirma el valor estratégico del show de medio tiempo como activo global de marca.
Desde el plano cultural, la actuación tuvo un fuerte contenido simbólico. Bad Bunny utilizó mayoritariamente el español en un escenario históricamente dominado por el inglés, convirtiendo el espectáculo en una declaración de identidad latina frente a una audiencia global. La puesta en escena, atravesada por referencias a Puerto Rico y a la cultura caribeña, consolidó al artista como un actor central en la conversación cultural de los Estados Unidos.
El impacto, sin embargo, no se limitó al entretenimiento. El show derivó rápidamente en un debate político y cultural, luego de que el presidente estadounidense Donald Trump criticara públicamente la presentación, calificándola como “una de las peores de la historia” y cuestionando tanto el idioma utilizado como la coreografía. Las declaraciones, difundidas en redes sociales, alimentaron aún más la viralización del evento.
Lejos de dañar la repercusión, la controversia potenció la visibilidad del espectáculo y reforzó su centralidad en la agenda mediática. Analistas del sector coinciden en que el Super Bowl volvió a demostrar su doble condición: no solo como final deportiva de la NFL, sino como plataforma cultural, política y económica de escala global, donde música, identidad, audiencia y poder blando se entrecruzan.
En términos de negocio, el récord de audiencia consolida al Super Bowl como el evento televisivo más valioso del planeta, y confirma que la música latina dejó de ser un nicho para convertirse en un driver central de audiencias, conversación y monetización en el mercado estadounidense.
