Gallos, I.A y posverdad

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El pasado domingo, la cantante estadounidense Alicia Keys, protagonizaría un espectáculo en el entretiempo del “SuperBowl” de la NFL (Liga Nacional de Fútbol Americano). Dicho momento captaría de manera abrupta la atención de los oyentes, tanto virtuales como presentes, producto de un error humano cometido por parte de la cantante. En el primer verso de aquella canción, la neoyorquina se desafinaría por completo, desatando tanto críticas negativas como empáticas en la red social Twitter (X). La noticia se volvería viral, no por el “gallo” en sí, sino por el intento de ocultarlo por parte de YouTube y la misma NFL que, intentando arreglarlo, terminaron por desatar el escándalo.

Horas más tarde, luego del Show, la cuenta oficial de la NFL debía de publicar en su cuenta oficial la grabación del evento, pero algo no cuadraba. No se trataría de algo que le agregaron al video, sino de que es lo que “ya no estaba” en el mismo. En el video, el error de Alicia Keys habría desaparecido como por arte de magia, mostrando una versión “sin gallo” de la canción, contrastando con el recuerdo presencial de las miles de personas que espectaron el traspié de primera mano. A esto se le suma, que cualquier intento por publicar el video original sería instantáneamente reprimido por parte de YouTube, dejando la versión alterada como la “oficial” o “lo que si pasó”.

Más allá de haber trastocado la cualidad “humana” del error cometido por la cantante, esta pequeña corrección insignificante haría saltar las alarmas en materia de posverdad. Bien sabemos que hoy la verdad es más fácil de alterar que nunca, desde las tormentas de Fakenews hasta la frágilvulnerabilidad de nuestras mentes a la sucesión de una verdad alterada, podemos entender que tan fácil es trastornar la realidad en esta modernidad virtual. Conocer los últimos avances en materia de inteligencia artificial le condimentan de terror a la amplitud de posibilidades que caracteriza a los “hacedores de verdad” en un mundo donde los consumidores de contenido, constantemente demandan la opinión de los intérpretes (terceros) de los eventos, diarios, youtubers, periodistas, o incluso influencers.

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Podemos observar cómo, por fuera de la descares que caracteriza a los encargados de difundir los hechos al alterar la realidad (normalmente influidos por fuerzas de poder o simplemente por el dinero suficiente), los consumidores de noticias, tienden a verse atraídos por consumir variaciones preferentemente positivas y preprocesadas por sus difusores favoritos. Es que acaso… ¿Simplemente preferimos la “pulpa sin semilla” sin importar el precio a pagar?

En ciencias políticas se conoce a esta estrategia como posverdad, un resultado convenientemente manipulado por un estrato de poder de turno, que, busca implantar una idea o romper con alguna otra en la sociedad. Las alteraciones convenientes de los hechos reales no son unanovedad, sino que se remonta hasta tiempos inmemoriales. Un claro ejemplo lo fue el repudio del Estalinismo hacia León Trotsky, el cual fue llevado a tal extremo de exiliar al líder revolucionario, como a borrarlo de la historia misma de su país. Aquí esta la médula de la cuestión; Trotsky fue borrado de fotos, fue censurado de discursos y fue difamado en el propio país que le vio triunfar, a esto hay que agregarle el connotativo no menos importante de haberse logrado hace casi cien años.

Del otro lado de la trinchera, el régimen fascista liderado por el Fürer de turno, delegaría como ministro de propaganda al mismísimo Joseph Goebbels, cuya consigna fundamental supo ser “miente, miente, miente, que algo quedará”. No es acaso un matiz más en este oleo sobre lienzo que llamamos “posmodernismo”. Me fascina la habilidad humana y la dedicación destinados al estudio de la propia psicología en favor de la conveniencia de algún incógnito. Es que somos profesionales en convencernos de lo que queramos escuchar.

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No es “un gallo” y ya, es un síntoma de una realidad subyacente (cada vez más peligrosa) que, tarde o temprano, termina por llevarnos puestos a todos. Hoy basta con repetir una mentira la suficiente cantidad de veces para que se convierta mágicamente en una verdad socialmente aprobada, aplastando a cualquiera que se muestre en contra, con el arma más eficaz del postmodernismo, ignorarle.

Con la tecnología actual, eliminar un nombre de la historia es pan comido “algo demasiado fácil”, pues hoy podemos desdibujar un discurso, haciéndole decir otra cosa. Esto se veía reflejado en las fakenews, caracterizadas por las citas fuera de contexto y la manipulación de los hechos en función de una dirección normalmente política. Pero ahora ya ni siquiera hace falta mentir, pueden usar mi rostro y mover mis labios para ponerme a decir cualquier irracionalidad, pueden censurar mi respuesta en las redes sociales o amenazarme en privado.

Pero lo peor de todo este desastre no es ni la tecnología ni la atroz aplicación de las mismas a conveniencia, sinó la aprobación colectiva y masiva de dicha utilización, tanto en nombre del progreso como de la comodidad del ciudadano promedio, que, mientras las noticias le sean satisfactorias a su oído, no mostrará queja alguna. Lo que vuelve poderosos a los peligrosos es la fé ciega de sus adeptos que, carentes de pensamiento crítico, defienden a muerte a su propio verdugo.

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