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Los retos de la apuesta ambiental del gobierno de Gustavo Petro en Colombia

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Escribe Laura Natalia Cruz Cañón, Diálogo Chino. El primer presidente de izquierda de la historia de Colombia, Gustavo Petro, tomó posesión de su cargo este domingo 7 de agosto, junto a Francia Márquez, la primera vicepresidenta afrocolombiana del país, tras la victoria en las elecciones del 19 de junio. Obtuvieron 11,2 millones de votos en la segunda vuelta, la votación más alta en la historia de Colombia.

El gobierno de Petro y Márquez ha prometido una transformación social que lleve a Colombia a una “era de paz” en la que el cuidado del medio ambiente es una medida transversal a todo el programa de gobierno. El objetivo de la próxima administración, según se lee en el documento, es convertir al país en una “potencia mundial de la vida”, buscando “realizar transformaciones de fondo para enfrentar la emergencia por el cambio climático y la pérdida de biodiversidad […] dejando atrás la dependencia exclusiva del modelo extractivista y democratizando el uso de energías limpias”.

“El nuevo gobierno es el más ambientalista de la historia”, dice Manuel Rodríguez Becerra, presidente del Foro Nacional Ambiental y ex ministro de Ambiente, pues hay varios integrantes expertos en la materia, empezando por el mismo presidente. 

Rodríguez califica a la vicepresidenta Márquez, ex premio Goldman, como “una reconocida líder socioambiental”, y destaca que la nueva ministra de Ambiente, Susana Muhamad, estuvo al frente de la cartera de Medio Ambiente de Bogotá durante la etapa de Gustavo Petro como alcalde de la capital (2012-2015). 

Por otra parte, Rodríguez señala que la nueva ministra de Agricultura, la veterana Cecilia López Montaño, ya fue ministra de Ambiente en los años 90, y califica al nuevo ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, como “uno de los pocos en América Latina que ha investigado a fondo sobre desarrollo sostenible y medio ambiente”.

Puede que el gabinete esté repleto de progresistas, pero conseguir avances en cuestiones medioambientales no será del todo sencillo para el gobierno de Petro, que probablemente se enfrente a un parlamento muy dividido, a los impactos de las crisis mundiales y a la resistencia de la industria petrolera y del gas del país.

Las propuestas ambientales de Petro

El nuevo gobierno plantea dos desafíos fundamentales que debe enfrentar para lograr la transformación económica: el primero es la promoción de una economía descarbonizada, y el segundo es pasar de una economía que dependa más de la producción local que extranjera. 

La clave para afrontar este reto de impulsar la productividad local son las cuestiones de gobernanza y acceso al agua, como detalla el programa de gobierno de Petro, cuya gestión también es fundamental para su ambición de convertir a Colombia en un país “líder en la lucha contra el cambio climático”. Para lograrlo, Petro propone un ordenamiento territorial alrededor del agua que impulse actividades productivas acordes con la protección de la naturaleza, no se aclara exactamente qué tipo de actividades son.

También promete proteger las fuentes de agua, incluyendo las cuencas hidrográficas, los páramos y los acuíferos del país, con un mayor control para las autoridades ambientales. El presidente también se ha comprometido a garantizar el acceso universal al mínimo vital de agua como derecho fundamental y bien común, una promesa que Petro consiguió cumplir durante su etapa como alcalde de Bogotá, aunque no sin críticas.

De acuerdo con Manuel Rodríguez, el principal reto medioambiental de Colombia es la deforestación. Según el último informe de WWF sobre este tema, Colombia tiene 2 de los 24 frentes más afectados por la deforestación en el mundo, entre los cuales se incluye la región amazónica que en 2020 perdió más de 109 mil hectáreas de bosque, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).

Para resolver este tema el plan de gobierno dice que “impulsará el desarrollo de sistemas agroforestales, silvopastoriles, de aprovechamiento de productos no maderables del bosque y turismo de naturaleza bajo el liderazgo de organizaciones comunitarias… se detendrá la apropiación ilegal de predios, las actividades relacionadas con el narcotráfico y la minería, con especial énfasis en zonas de frontera agraria”.

Otro tema que el nuevo gobierno promete implementar es el acuerdo de paz firmado con las FARC, que incluye una reforma rural y agraria integral que resuelva la inequidad en la tenencia de la tierra, una de las principales causas de la guerra en el país. De acuerdo con un estudio de Oxfam, realizado a partir del Censo Nacional Agropecuario de 2014, en Colombia el 1% de las fincas de mayor tamaño concentran el 81% de la tierra. El 19% restante se reparte entre el 99% de las fincas.

Petro y Márquez proponen avanzar “hacia el cierre de la brecha de desigualdad en la tenencia y uso de la tierra y el agua a través de una reforma agraria y acuaria para transformar el campo en clave productiva y de justicia social y ambiental”. Esta apuesta también incluye un fuerte enfoque de género que dará protagonismo a las mujeres quienes tendrán prioridad en la titulación de la tierra.

Un congreso aliado y renovado

Para llevar a cabo este ambicioso paquete de reformas el gobierno ya se encargó de construir una bancada mayoritaria en el Congreso de la República; además del Pacto Histórico -la coalición de partidos que apoyó la candidatura de Petro- que tiene la mayoría de curules en el Senado, el presidente ha recibido el apoyo incluso de otros partidos que antes se habían opuesto a sus ideas como el Liberal, el Conservador, el Partido de la U y la Alianza Verde, entre otros. Para sus seguidores, con esta alianza el gobierno muestra su talante conciliador, pero para la oposición es señal de que Petro está “dispuesto a venderle el alma al diablo” con tal de ejecutar su programa, frase utilizada por varios críticos en el último mes. 

El Congreso de la República que se posesionó el 20 de julio también ha supuesto una renovación para la política colombiana pues de los 295 legisladores, 181 ingresan al Congreso por primera vez y muchos de ellos vienen de los movimientos sociales, indígenas, afrodescendientes, del movimiento feminista y por supuesto también hay reconocidos líderes ambientalistas y animalistas. 

La bancada gobiernista ya hizo sentir su influencia apenas una semana después de su posesión con la aprobación en segundo debate en el Senado del Acuerdo de Escazú, con 74 votos a favor y 22 en contra. Para que el Acuerdo de Escazú entre en vigencia en Colombia hace falta que sea aprobado en dos debates más en la Cámara de Representantes y que luego sea ratificado por el presidente.   

Esta aprobación es clave, teniendo en cuenta que Colombia es el país más peligroso del mundo para los líderes ambientales, de acuerdo con el último informe de Global Witness que reportó 65 personas asesinadas en 2020 por su trabajo de defensa del medio ambiente. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) tiene un listado de más de 600 líderes y lideresas ambientales asesinados desde la firma del acuerdo de paz en 2016. Esta administración se ha comprometido a investigar las causas y responsables de los conflictos ambientales.

Una propuesta energética impopular

El cambio en la matriz energética es el otro gran objetivo ambiental del gobierno entrante que propone superar la economía fósil y dependiente de las ganancias de la producción de petróleo, carbón y gas. Aunque el presidente Petro ha dicho que el desescalamiento del modelo extractivista será gradual, esta idea ha suscitado mucha preocupación porque la principal exportación de Colombia es el petróleo -en 2021 la petrolera estatal Ecopetrol obtuvo 3,6 mil millones de dólares en utilidades, la cifra más alta de la historia- y la producción de gas va en aumento. Concretamente el plan de gobierno afirma que no se otorgarán nuevas licencias para la exploración de hidrocarburos pero que respetarán los acuerdos que están vigentes.

Ni siquiera los ambientalistas como Camilo Quintero, ex Subsecretario de Ambiente de la Alcaldía de Medellín, ven prudente frenar la producción. “La transición energética debe ser justa y ordenada para que al dar solución al problema ambiental no estemos creando otros problemas. Hay unas finanzas públicas que hay que cuidar y que en parte han financiado los programas sociales”, concluye.

Lo mismo opina Manuel Rodríguez: “es distinto descarbonizar la economía -es decir, producir menos gases de efecto invernadero- que suspender la exploración y explotación de hidrocarburos. Si Colombia renuncia a exportar pues otro país va a tomar ese mercado”.  

El presidente Petro también manifestó en campaña que no habrá fracking en su administración y esto lo ratificó la nueva ministra de ambiente Susana Muhamad: “queremos prohibir el fracking en el Congreso de la república y detener las licencias de los pilotos que van a ser una de las primeras acciones que realizaremos como gobierno”, dijo a Noticias Caracol el mismo día de su nombramiento. 

Este anuncio generó preocupación en el gremio de los hidrocarburos pues Ecopetrol tiene actualmente dos proyectos piloto de fracking en etapa de alistamiento y dos contratos vigentes con la Agencia Nacional de Hidrocarburos para evaluar los efectos de este método de explotación.

Algunos representantes del gobierno han tenido que salir a matizar esta propuesta como el nuevo ministro de Hacienda José Antonio Ocampo quien dijo el mes pasado que Colombia debía “explorar más y buscar más gas” y que debía seguir produciendo petróleo para autoabastecerse y para seguir exportando o si no “el problema de balanza de pagos se vuelve inmanejable”. 

Otro obstáculo es la falta de dinero que evitaría alcanzar las metas propuestas. El saliente gobierno de Iván Duque dejó el déficit fiscal en más de 19 mil millones de dólares, el más alto de la historia de Colombia. Y los problemas financieros y energéticos se podrían ver agravados por la crisis mundial que ha causado la pandemia así como la guerra entre Rusia y Ucrania. 

Con esa situación adversa, Mauricio Jaramillo, profesor de ciencia política de la Universidad del Rosario cree que la transición energética no será un proceso fácil. “Ante la falta de recursos, Colombia no se puede dar el lujo de perder las ganancias del petróleo y en eso coincide un sector de la coalición de gobierno y también los partidos de centro que lo apoyaron, pero si se retrasa la transición energética puede que sus bases se sientan defraudadas”. 

Igualmente, dice Jaramillo, el sector empresarial se opone a la transición y a la prohibición de los pilotos de fracking, entonces probablemente veremos una tensión constante en el gobierno por avanzar en el cambio de la matriz energética a un ritmo que no alarme al empresariado pero que tampoco decepcione a las bases que lo eligieron.

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Juraron Petro y Márquez, presidente y vice de Colombia por los próximos cuatro años

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Gustavo Petro y Francia Márquez iniciaron hoy el primer gobierno de izquierda en toda la historia de Colombia, tras haber prestado esta tarde el juramento de rigor en una emotiva ceremonia al aire libre en una Plaza de Bolívar inusualmente colmada.

Primero fue Petro, a las 15.19 (las 17.19 en la Argentina), quien juró ante los presidentes del Senado, Roy Barreras, y de la Cámara de Representantes, David Racero.

Tras el juramento, a Petro le colocó la banda presidencial la senadora María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, compañero del mandatario en la guerrilla del M-19 y asesinado en 1990, cuando era candidato a la Presidencia.

Petro se convirtió hoy en el primer presidente de izquierda de Colombia, un país históricamente dominado por conservadores y liberales, que prometió gobernar con un “gran acuerdo nacional para construir los máximos consensos” en torno a las ambiciosas reformas que propuso en la campaña.

A sus 62 años, este economista que integró la guerrilla, fue alcalde de Bogotá y tuvo varios períodos en el Congreso logró entrar en la historia colombiana al obtener en junio pasado 50,4% de los votos en su tercer intento por llegar a la Casa de Nariño.

Colombia debió esperar 212 años para tener un mandatario de izquierda, con un discurso favorable a un cambio profundo.

Su victoria fue también histórica porque consiguió la votación más alta para la izquierda, en una nación marcadamente conservadora, lo que le valdrá todavía más respeto entre el progresismo de la región, dentro del cual podría convertirse en un líder clave.

Con una ventaja de 700.601 votos, el jefe de la oposición convenció a la mitad de los colombianos con su plan para transformar un país con la segunda brecha más amplia entre ricos y pobres en América latina y azotado por la violencia del narcotráfico.

El resultado llegó sobre la base del denominado Pacto Histórico, una amplia alianza que reúne a fuerzas de izquierda, feministas, ambientalistas, juveniles y sindicales, todas en torno de Colombia Humana, el partido que él mismo fundó.

Se destaca, asimismo, que en un país marcado por el accionar de la guerrilla sea justamente un exinsurgente, integrante del M-19 -de las primeras organizaciones que firmó la paz con el Gobierno- el que se quede con la jefatura del Estado, que ya había buscado en 2010 y 2018.

Antes de esta victoria, Petro pasó por la alcaldía de Bogotá y por el Congreso. En los dos puestos su tarea fue ruidosa.

En 2012 ganó la alcaldía capitalina, de donde fue destituido después de una investigación sobre el sistema de recolección de residuos. Se le prohibió entonces ejercer cargos públicos por 15 años, pero esa sanción fue un búmeran para los sectores que lo habían tumbado, porque Petro logró un impulso popular de relevancia y, además, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) lo repuso en el cargo en 2014.

Había sido concejal en Zipaquirá, tenido un cargo diplomático y conseguido una banca de representante (diputado) antes y se haría de una plaza de senador después, la que ejerció hasta ahora por haber sido segundo en las elecciones que llevaron a Iván Duque a la Presidencia.

Nacido en Ciénaga de Oro, en el noroeste del país, Petro fue un estudiante casi ejemplar y con apenas 17 años ingresó al M-19, una de las varias guerrillas que actuaban por entonces en Colombia y también una de las primeras en retornar a la vida civil, en 1990.

En la organización y como homenaje a la obra de Gabriel García Márquez usó el nombre ficticio de Andrés Aureliano, un juego con el Aureliano Buendía de “Cien años de soledad”.

Años después, desde el Congreso empezó a lograr notoriedad, en buena medida a base de sus denuncias de corrupción, contra la llamada “parapolítica” -las relaciones de grupos paramilitares con dirigentes- y de los casos de “falsos positivos”, los asesinatos de desocupados y campesinos presentados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate.

En 2010, en su primer intento por la Presidencia, consiguió solo 9% de los votos pero se instaló entre las figuras notorias de la política local. Ocho años después, ya con 25% de los sufragios, obtuvo el derecho de disputar la segunda vuelta, que perdió con Duque.

En su tercera y última tentativa, no solo conformó una red de fuerzas y movimientos de izquierda que extendió hasta sumar a sectores evangelistas, sino que también eligió a una mujer negra y feminista como compañera de fórmula: la lideresa social Francia Márquez.

En el Pacto Histórico están Colombia Humana, la Unión Patriótica, el Partido Comunista, el Movimiento Alternativa Indígena y Social, Polo Democrático, Todos Somos Colombia, Partido del Trabajo y el Movimiento de Acción Democrática, junto a otros cinco sellos.

El discurso de Petro a favor de profundas reformas sociales y económicas alentó algunas advertencias de quienes lo consideran un camino hacia el “castrochavismo”, lo tildaron de comunista o lo consideran un “populista peligroso”.

Pero cierta moderación discursiva, un plan cuidadoso y los esfuerzos por mostrarse previsible le dieron a Petro la victoria en las legislativas de marzo. El pasado 19 de junio repitió ese triunfo en un mano a mano con el autoproclamado “antisistema” Rodolfo Hernández y hoy, por fin, sucedió a Duque y llegó a la Casa de Nariño.

Minutos después, el flamante mandatario tomó el juramento a su compañera de fórmula, según se pudo ver en la transmisión en directo por televisión.

Antes de tomarle el juramento a Márquez, Petro emitió su simbólica primera decisión, al ordenar a la Casa Militar que le llevaran allí mismo la espada del libertador Simón Bolívar.

Esa reliquia había quedado depositada en la Casa de Nariño, sede del gobierno, por decisión expresa del antecesor de Petro, Iván Duque, quien rehusó autorizar su salida.

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Fernández se reunió con Petro y abogó por una Colombia “activa en el camino de integración”

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El presidente Alberto Fernández invitó hoy a su par electo de Colombia, Gustavo Petro, a realizar una visita oficial a la Argentina en los próximos meses y le reafirmó su compromiso de seguir apoyando la paz en su país, durante la reunión bilateral que ambos mantuvieron en Bogotá, horas antes de la asunción del mandatario electo.

Del encuentro, en el que ambos avanzaron en una potencial agenda bilateral en materia política, social, económica y comercial, participaron por la Argentina el canciller Santiago Cafiero y el embajador Gustavo Dzugala.

Por Colombia, en tanto, estuvieron presentes quien ocupará la Cancillería en el nuevo gobierno, Alvaro Leyva Durán; y su vice Francisco Coy.

Fernández fue el primer presidente, de todos los países asistentes al acto de asunción, al que Petro recibió personalmente en la Casa Privada del Palacio de San Carlos, la residencia donde habitó el libertador Simón Bolívar.

“Hemos seguido con atención las propuestas y lineamientos de alcanzar una paz total, tanto durante la campaña electoral como luego del triunfo. Estamos decididos a continuar y reforzar el compromiso y apoyo argentino con la paz en Colombia”, expresó Fernández, quien a modo de mensaje esperanzador enfatizó: “Necesitamos una Colombia activa en el camino de integración latinoamericana”.

Presidencia informó en un comunicado que el jefe de Estado valoró la decisión de Petro de “retomar el diálogo con el Ejército de Liberación Nacional (ELN)”.

“Transmitimos la disposición de la Argentina para acompañar este proceso”, dijo Fernández y subrayó que “vamos a mantener nuestra presencia en la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en la República de Colombia (UNMVC), que integramos desde sus inicios”.

También destacó el importante potencial para ampliar y diversificar el relacionamiento económico bilateral, “en sectores como el alimenticio, automotriz, maquinaria agrícola y la industria farmacéutica, como así también en lo que respecta a industrias culturales y servicios”.

Fernández, que también preside la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), le comunicó a Petro el interés de “dialogar e identificar intereses comunes para lograr proyectos que integren el próximo Programa de Cooperación”, lo que será “una hoja de ruta que refleje los intereses de trabajo conjunto”.

Fernández había mantenido este sábado reuniones bilaterales con sus pares de Honduras, Xiomara Castro, y de Bolivia, Luis Arce.

Además, participó de un encuentro con el Grupo de Puebla, al que asistieron la expresidenta de Brasil Dilma Rousseff y los exmandatarios de Colombia, Ernesto Samper, y de Paraguay, Fernando Lugo, entre otros políticos destacados de la región.

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Petro, el exguerrillero y exalcalde que será el primer presidente de izquierda de Colombia

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Gustavo Petro se convertirá este domingo en el primer presidente de izquierda de Colombia, un país históricamente dominado por el conservadurismo y los liberales, que prometió gobernar con un “gran acuerdo nacional para construir los máximos consensos” en torno a las ambiciosas reformas que propuso en campaña.

A sus 62 años, este economista que integró la guerrilla, fue alcalde de Bogotá y tuvo varios periodos en el Congreso logró entrar en la historia colombiana al obtener en junio pasado el 50,4% de los votos en su tercer intento por llegar a la Casa de Nariño.

Colombia debió esperar 212 años para tener un mandatario de izquierda, con un discurso favorable a un cambio profundo.

Su victoria fue también histórica porque consiguió la votación más alta para la izquierda, en una nación marcadamente conservadora, lo que le valdrá todavía más respeto entre el progresismo de la región, dentro del cual podría convertirse en un líder clave.

Con una ventaja de 700.601 votos, el jefe de la oposición convenció a la mitad de los colombianos con su plan para transformar un país con la segunda brecha más amplia entre ricos y pobres en América Latina y azotado por la violencia del narcotráfico.

El resultado llegó en base al denominado Pacto Histórico, una amplia alianza que reúne a fuerzas de izquierda, feministas, ambientalistas, juveniles y sindicales, todas en torno de Colombia Humana, el partido que él mismo fundó.

Destaca, asimismo, que en un país marcado por el accionar de la guerrilla sea justamente un exinsurgente, integrante del M-9 –de las primeras organizaciones que firmó la paz con el Gobierno- el que se quede con la jefatura del Estado, que ya había buscado en 2010 y 2018.

Antes de esta victoria, Petro pasó por la alcaldía de Bogotá y por el Congreso. En los dos puestos su tarea fue ruidosa.

En 2012 ganó la alcaldía capitalina, de donde fue destituido después de una investigación sobre el sistema de recolección de residuos. Se le prohibió entonces ejercer cargos públicos por 15 años, pero esa sanción fue un búmeran para los sectores que lo habían tumbado, porque Petro logró un impulso popular de relevancia y, además, la Corte IDH lo repuso en el cargo en 2014.

Había sido concejal en Zipaquirá, tenido un cargo diplomático y conseguido una banca de representante antes y se hizo de una plaza de senador después, la actual por haber sido segundo en las elecciones que llevaron a Iván Duque a la presidencia.

Nacido en Ciénaga de Oro, en el noroeste del país, Petro fue un estudiante casi ejemplar y con apenas 17 años ingresó al M-19, una de las varias guerrillas que actuaban por entonces en Colombia y también una de las primeras en retornar a la vida civil, en 1990.

En la organización y como homenaje a la obra de Gabriel García Márquez usó el nombre ficticio de Andrés Aureliano, un juego con el Aureliano Buendía de “Cien años de soledad”.

Años después, desde el Congreso empezó a lograr notoriedad, en buena medida en base a sus denuncias de corrupción, contra la llamada “parapolítica” -las relaciones de grupos paramilitares con dirigentes- y de los casos de “falsos positivos”, los asesinatos de desocupados y campesinos presentados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate.

En 2010, en su primer intento por la presidencia, consiguió solo 9% de los votos pero se instaló entre las figuras notorias de la política local. Y 8 años después, ya con 25% de los sufragios, obtuvo el derecho de disputar la segunda vuelta, que perdió con Duque.

En su tercera y última tentativa, no sólo conformó una red de fuerzas y movimientos de izquierda que extendió hasta sumar a sectores evangelistas, sino que también eligió a una mujer negra y feminista como compañera de fórmula: la lideresa social Francia Márquez.

En el Pacto Histórico están Colombia Humana, la Unión Patriótica, el Partido Comunista, el Movimiento Alternativa Indígena y Social, Polo Democrático, Todos Somos Colombia, Partido del Trabajo y el Movimiento de Acción Democrática, junto a otros cinco sellos.

El discurso de Petro en favor de profundas reformas sociales y económicas alentó algunas advertencias de quienes lo consideran un camino hacia el “castrochavismo”, lo tildaron de comunista o lo consideran un “populista peligroso”.

Pero cierta moderación discursiva, un plan cuidadoso y los esfuerzos por mostrarse previsible le dieron a Petro la victoria en las legislativas de marzo. El pasado 19 de junio repitió ese triunfo en un mano a mano con el autoproclamado “antisistema” Rodolfo Hernández y desde el próximo 7 de agosto sucederá a Duque.

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Petro y Colombia ¿hay un giro progresista en Sudamérica?

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Con el reciente triunfo de Gustavo Petro en Colombia, la región sudamericana se ha resignificado a nivel ideológico, de tal manera que no se apreciaba hasta hace al menos una década. Colombia dio un paso histórico al elegir a la izquierda en una elección democrática, algo que no había ocurrido previamente y que puede ser tomado como un síntoma de la época y el contexto global con un impacto regional. 

El batacazo colombiano 

Gustavo Petro, de la mano de la coalición política Pacto Histórico, trastocó la realidad colombiana, regional y americana. Su triunfo, plasmado en una segunda ronda contra Rodolfo Hernández, significa un giro de 180 grados en el seno del entramado político colombiano. Petro proviene de la izquierda revolucionaria, explicado desde las acciones guerrilleras del Movimiento 19 de abril, inclusive participando de los conflictos armados en Colombia entre 1974 y 1990. 

Fue tan grande la influencia del socialismo en la vida de Gustavo Petro, que había recibido el apodo de “Petrosky”, haciendo alusión a un apellido de origen soviético. Más allá de lo anecdótico del seudónimo de Gustavo Petro, el flamante mandatario colombiano llevó adelante un proceso de institucionalización de sus prácticas políticas, materializadas en distintas participaciones de espacios políticos de que provienen de la vertiente revolucionaria, de una izquierda plenamente latinoamericana y con claras influencias en la gesta de Castro y Guevara en Cuba. 

Sin embargo, Petro, desde la concepción del entendimiento de la construcción de una imagen política y del conocimiento de los engranajes del sistema, comprendió que la moderación era una cualidad necesaria para acceder a un cargo de decisión política. En ese último punto, la influencia del socialismo del siglo XXI en sus distintas experiencias latinoamericanas, ha sido un puntapié para el accionar de Gustavo Petro. 

Con poco más del 50% de los votos del balotaje, Pacto Histórico se quedó con la presidencia de la Nación colombiana, y en este sentido cabe analizar a su rival político: Rodolfo Hernández. 

Este último es presentado como un outsider, una persona alejada de la política tradicional, con una verborragia demagógica que se transformó en su leitmotiv, y con severas intenciones de profundizar en políticas económicas neoliberales o de monetarismo estatal. 

Con esto se busca aclarar que Colombia pasó por elecciones verdaderamente históricas, no solo por su resultado, sino por sus máximos representantes: un izquierdista revolucionario y un outsider con aires bolsonaristas. Esto, a las claras, simboliza el quiebre político en el que se encuentra inmerso el país cafetero. 

Los extremos, representados en las figuras de los candidatos presidenciales, hablan de la situación actual por la que pasa Colombia, en donde dos respuestas fueron las expuestas por la población. Una, era ampliar y radicalizar las prácticas derechistas ejercidas desde el Estado (cuestión que Colombia la conoce bien), y, por otro lado, un cambio de paradigma ideológico que rompa con todos los esquemas que, históricamente, fueron construidos en Colombia. 

Este escenario lleva a la necesidad de la comprensión del panorama en el que se encuentra la sociedad colombiana, y que expresa, en el voto popular, la necesidad de un cambio trascendental. Colombia es un bastión de la derecha y del Tío Sam en América Latina. Desde los albores de la problemática del narcotráfico, Estados Unidos marcó su presencia en el país sudamericano, llevando adelante la bandera de la lucha contra los narcos, la cual, en décadas, no obtuvo ningún resultado positivo, sino que, por el contrario, profundizó la virulencia social que gira en torno a la producción y comercialización de estupefacientes. Esa sensación de cuidado, impregnado por la idealización del destino manifiesto estadounidense, le permitió tener una constante presencia de Washington en suelo colombiano, ya desde las primeras acciones de Pablo Escobar como expresión máxima del narcotráfico. El arribo estadounidense en Colombia también se traslado al marco político y económico, generando una tradición de presidentes derechistas, más conservadores o más moderados, pero siempre pujando por los intereses de la acumulación del capital y por las relaciones carnales con EEUU y sus instituciones amigas. Ante esto, es simple de reconocer que los años de hartazgo de la sociedad colombiana, se gestaron a partir de la ingeniería social plasmada por la derecha en ese país. Situaciones claves que son parte del día a día de Colombia: la falta de salud y educación pública, que genera la dificultad al acceso de los mismos y la consecuente marginación de los sectores menos pudientes hacia servicios tan necesarios; por otro lado, la falta de seguridad generada por un marco policial corrupto, la creación de un narcoestado y el accionar de los paramilitares; y, finalmente, el hecho de la integración regional. En este último punto cabe la posibilidad de ahondar analíticamente, entendiendo que Colombia limita geográficamente con Venezuela, atravesada por una experiencia totalmente distinta. Aunque, la historia reciente en Sudamérica, es más que influyente

¿Patria Grande 2.0?

La llegada de Gustavo Petro, además de las promesas preelectorales, como así también su propia postura e imagen como un representante de izquierda en el poder político, significa la reconfiguración del mapa ideológico de América del Sur. Para comprender cabalmente esto, es necesario comenzar a analizar cómo queda la conformación geopolítica de nuestra región. Es posible realizar una división entre progresistas y conservadores. Esta referencia no pretende caer en la simplificación de la izquierda y la derecha, sino que pretende comprender los fenómenos políticos con las contradicciones que presentan, aunque, casi como por descarte, es posible relacionar a la centroizquierda con el progresismo y al conservadurismo con la centroderecha. Más allá de esto, y de los avances y retrocesos de una América Latina con una dinámica producida a nivel macro y micro, es posible realizar la división conceptual previamente establecida. 

Por un lado, el progresismo, plasmado en fuerzas políticas con puntos de contacto y desconexiones. En principio, en este grupo se puede sumar a Venezuela de Nicolás Maduro, Bolivia de Luis Arce, Chile de Gabriel Boric, Argentina de Alberto Fernández, Perú de Pedro Castillo y el ferviente ascenso de Gustavo Petro en Colombia. Hablar de puntos de contacto que lleva al hecho de establecer una agenda de intereses en común a nivel regional, que involucren al crecimiento de los mercados y las industrias, haciendo frente a una situación económica y energética completamente adversa, generada por la guerra en Ucrania. En ese sentido, los países previamente nombrados gozan de una producción diversa y significativa, la cual es un punto a favor si pensamos en el concepto de multilateralismo como horizonte al que se aproxima el globo. También hay características políticas que hacen propia a la región. Cabe pensar que gran parte de estos países, salvo Venezuela, vienen de experiencias derechistas verdaderamente destructivas en términos políticos, económicos, sociales e inclusive culturales. Esta característica compartida genera cierta identidad interna entre los nuevos progresismos sudamericanos. Sin embargo, también cabe recordar las contradicciones que se presentan en este bloque. Ante esto, el ejemplo se puede demostrar en las políticas de género. Argentina y Chile mantienen una fuerte presencia estatal en ese ámbito y con un constante discurso de resarcimiento histórico con las mujeres y las diversidades. Sin embargo, Perú bajo el gobierno de Pedro Castillo, ha mantenido una reacia postura reaccionaria con la Educación Sexual Integral, el matrimonio igualitario y el aborto. Estas prácticas y políticas sociales han sido material de la agenda de los países progresistas, pero en Perú genera rechazo, aunque el mismo Pedro Castillo provenga de la izquierda. Una contradicción que se genera en el seno ideológico peruano y que levanta dudas acerca de la veracidad del manejo político izquierdista de Castillo en Perú.

En el otro lado del “ring” se encuentran los abiertamente conservadores de Sudamérica. Hablamos de Jair Bolsonaro de Brasil, Luis Lacalle Pou en Uruguay, Mario Abdo Benítez en Paraguay y Guillermo Lasso en Ecuador. Estos países presentan una serie de características en común: conservadurismo político, presencia religiosa en las decisiones estatales, neoliberalismo y desfinanciamiento del aparato público, y líderes carismáticos con un discurso que apela a la construcción de relatos posverídicos, alejados del análisis científico y académico, con una fuerte reminiscencia en el sentido común. Estos puntos de encuentro responden a una agenda integral de los intereses empresariales en Sudamérica, y con un claro desencuentro y descalificación del socialismo, y de aquel concepto tan manoseado, como lo es el populismo. Sin embargo, también existen los desencuentros en el ala conservadora de América del Sur. Por ejemplo, Jair Bolsonaro mantiene una fuerte presencia del evangelismo político en el marco del manejo estatal, e incluso en la sanción de leyes. En contraposición, Lacalle Pou maneja un país en donde el aborto y el consumo recreacional de la marihuana es legal. En este último punto, el mismo gobierno nacional uruguayo piensa en la ampliación de la comercialización de cannabis para turistas, ampliando aún más el rango de consumidores que pueda tener el país. Eso también se explica por la postura más bien liberal de Luis Lacalle Pou.

Ahora bien, hay una situación que remite a un contexto internacional mucho más abarcador que refiere a su relación con Estados Unidos y la presencia hegemónica de la política occidental en Sudamérica. 

En ese sentido, los dos “bombos” de modelos políticos que se han propuesto antes, marcan una gran diferencia en ese rubro. Por un lado, los países con líderes políticos conservadores y una clara reivindicatoria de la presencia estadounidense en suelo sudamericano, como así también de una evidente relación cercana con las instituciones económicas con los intereses del Tío Sam. Asimismo, un ejemplo enorme acerca de la presencia de la hegemonía occidental la da la mismísima Colombia, con su estatus de país asociado a la OTAN. 

Por otro lado, en el grupo de los progresismos, es posible ver una situación de rechazo, sea moderada o evidente, a las políticas de capitalismo salvaje y a la presencia estadounidense en la región. Claro está, que no es lo mismo la situación de Venezuela con más de dos décadas de presencia socialista, que el contexto argentino con un refinanciamiento de la deuda externa con el Fondo Monetario Internacional, generado por la gestión de Mauricio Macri, en donde Argentina debe mediar constantemente con el fin de lograr un desendeudamiento paulatino, con el menor riesgo para los sectores más carenciados.   

En base a lo previamente expuesto, ¿es posible pensar en un retorno del concepto de la Patria Grande? Nos referimos al momento histórico comprendido entre el principio del siglo XXI hasta mediados de la década del 2010, en donde América del Sur conformó un bloque regional, a nivel político, económico y social con una clara agenda de centroizquierda. Este momento histórico se caracterizó por las figuras de Hugo Chávez, Evo Morales, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Fernando Lugo, Pepe Mujica, Rafael Correa y Lula Da Silva. 

Es decir, si uno traza una comparación equivalente a la actualidad, ve que hay una mayoría progresista. Pero está claro que no son los mismos contextos. Sin embargo, sí es cierto que esta nueva reconfiguración del mapa ideológico sudamericano remite fuertemente a esa época y permite visualizar en una conjunción de políticas integrales de relaciones internacionales entre los países, y por qué no pensar en un bloque emergente en un contexto de crisis global. 

El futuro sudaca 

Para generar aún más incertidumbre en el plano geopolítico de América Latina, próximamente hay países que afrontarán nuevos comicios, en donde el plano del poder político central puede cambiar, y con ello, nuevamente tener un sesgo de dinamismo ideológico en la región. En principio, hay que hablar de Brasil. El país verdeamarelho enfrentará elecciones presidenciales el próximo 2 de octubre. Esto enfrentará a dos líderes natos y referentes yuxtapuestos de las controversias de una sociedad compleja como la brasileña: Jair Bolsonaro y Lula da Silva. Un conservador, evangelista y derechista, y por otro lado, un progresista, de la vieja guardia de la Patria Grande e izquierdista. Una dicotomía que demuestra una vez más, las dos caras de una sociedad fragmentada como la de Brasil. 

Asimismo, hablamos del enfrentamiento de dos grandes potencias, ambos llegarán con el peso de haber dirigido el rumbo de su país y de ser representantes de la voluntad popular. Jair Bolsonaro, por su parte, cuenta con la ventaja de la dinámica de la gobernabilidad, entendiendo que es el actual presidente de Brasil. Esto significa que llegará con ruedo, prensa, poderío mediático y con la posibilidad de dar un último “manotazo de ahogado”, con alguna ley o medida que realce su imagen pública. 

Lula, tiene a su favor el contexto regional. Es decir, el impulso de los líderes que conforman el bloque progresista en Sudamérica, casi como si fuese una oleada centroizquierdista, puede ser un factor que beneficie a la figura de Lula da Silva. El expresidente lo sabe, y, de hecho, su discurso preelectoral hace una breve reminiscencia a los años de preponderancia y dominio de Brasil, como la potencia sudamericana que fue bajo su mandato y en conjunto con la Patria Grande. Es cierto, que varias cuestiones han cambiado, y que hoy en día enfrenta a un rival poderoso y sin escrúpulos a la hora de encarar las elecciones. 

Si seguimos analizando el futuro que le depara a Sudamérica, podemos ver dos elecciones importantes donde puede haber cambios: Argentina y Paraguay. Si arrancamos por el último, cierto es, que hay pocas posibilidades de un nuevo arrebato progresista en el país guaraní, aunque las dinámicas políticas pueden hacer un cambio de 180 grados en el tiempo que aún queda por delante. Es menester recordar que, las próximas elecciones paraguayas, tendrán un nuevo agente social, expresado como candidato a la presidencia: José Luis Félix Chilavert. El ex arquero de la selección paraguaya en posición de outsider, contestatario e irreverente, buscará ser una opción más para el pueblo de Paraguay. Asimismo, también habrá una puja de poder entre los partidos considerados como tradicionales en ese país. Todo indica que el país paraguayo mantendría una posición mas cercana al conservadurismo sudamericano.

Por el lado argentino, el Frente de Todos, representando al histórico frente peronista que, en este caso, se presenta con tintes centroizquierdistas y que, hoy en día, aún cuenta con la figura de Cristina Fernández de Kirchner en sus filas. Del otro lado se asoman dos fantasmas, un viejo conocido y un nuevo representante del pensamiento político. Hay que hablar de Juntos por el cambio, el partido político que lidera el expresidente Mauricio Macri, y que presenta en su espacio a representantes que podrían erigirse como opciones a la hora de ser los representantes de la centroderecha nacional. Por otro lado, lo que no puede faltar, el ala libertaria. Javier Milei y José Luis Espert, dos representantes del liberalismo con ideas fuertemente basadas en la derecha conservadora, en la liberalización de la economía y en un ajuste brutal del financiamiento estatal. Es un panorama donde Argentina puede mantener su posición progresista o ceder ante el conservadurismo.

En el hipotético caso que Sudamérica se mancomune en la bandera de centroizquierda podría pensarse en la proyección de una zona de influencia e integración económica y política que represente a nivel global. Esto podría traer beneficios si uno comprende la fragilidad diplomática de Estados Unidos en la figura del presidente Joe Biden, e incluso la influencia del BRICS en Sudamérica. Recordemos que este último bloque está integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y justamente representa a las economías emergentes no occidentales o, que al menos, no dependen directamente de las decisiones tomadas en la Casa Blanca. 

Esta aparición del BRICS en el mapa geopolítico sudamericano puede ser una vía de escape de la dependencia estadounidense y también beneficioso para los países productores y más desarrollados de la comunidad en el marco de acuerdos bilaterales con Sudamérica. 

El ruido siempre está en el sur 

Con todas sus vicisitudes y controversias, esta región del mundo mantiene una dinámica política que, a las claras, es característica identitaria. América del Sur ha sido el escenario de disputas ideológicas desde el desarrollo del capitalismo de libre concurrencia, y aún más polarizado desde los años de la Guerra Fría. Esta disputa entre izquierda y derecha, entre progresismo y conservadurismo, es un capítulo más de la vorágine con la que se convive en Sudamérica. Indudablemente, siempre está en los planes, la planificación a largo plazo y para ello, hay que conseguir unidad y estabilidad. Podría ser la posibilidad de un crecimiento sostenido de América Latina, incluyendo a Centroamérica y a México, en el marco de una serie de países con intereses compartidos y con una agenda global. Sin embargo, mucho depende de los procesos eleccionarios, y, sobre todo, por los vaivenes económicos generados en el capitalismo. No es casualidad que, durante mayor crisis económica, crecen las figuras conservadoras o los discursos demagógicos, y tampoco es casualidad que la historia de Latinoamérica pareciera ser cíclica de cierta forma. 

Misiones podría sacar ventaja en un mercado internacional donde interesen los productos y bienes generados y elaborados en la tierra colorada. Solo basta con pensar en la forestoindustria, la yerba mate y el té, como los elementos de exportación más trascendentales de Misiones. De hecho, Chile es uno de los compradores más importantes de la provincia misionera, y a eso hay que agregar el constante flujo de una frontera dinámica con Paraguay y Brasil. 

Dicho esto, pareciera lógico que, a mayor integración a nivel subcontinental, mayor provecho de una zona que, geopolíticamente, es un enclave internacionalista, comprendido como una ecúmene desde la perspectiva del análisis del espacio geográfico. Todo indica que el futuro de toda una región, vasta y extensa como América del Sur, siempre depende de las elecciones nacionales y de las consecuencias de la misma.

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