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Petro, el exguerrillero y exalcalde que será el primer presidente de izquierda de Colombia

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Gustavo Petro se convertirá este domingo en el primer presidente de izquierda de Colombia, un país históricamente dominado por el conservadurismo y los liberales, que prometió gobernar con un “gran acuerdo nacional para construir los máximos consensos” en torno a las ambiciosas reformas que propuso en campaña.

A sus 62 años, este economista que integró la guerrilla, fue alcalde de Bogotá y tuvo varios periodos en el Congreso logró entrar en la historia colombiana al obtener en junio pasado el 50,4% de los votos en su tercer intento por llegar a la Casa de Nariño.

Colombia debió esperar 212 años para tener un mandatario de izquierda, con un discurso favorable a un cambio profundo.

Su victoria fue también histórica porque consiguió la votación más alta para la izquierda, en una nación marcadamente conservadora, lo que le valdrá todavía más respeto entre el progresismo de la región, dentro del cual podría convertirse en un líder clave.

Con una ventaja de 700.601 votos, el jefe de la oposición convenció a la mitad de los colombianos con su plan para transformar un país con la segunda brecha más amplia entre ricos y pobres en América Latina y azotado por la violencia del narcotráfico.

El resultado llegó en base al denominado Pacto Histórico, una amplia alianza que reúne a fuerzas de izquierda, feministas, ambientalistas, juveniles y sindicales, todas en torno de Colombia Humana, el partido que él mismo fundó.

Destaca, asimismo, que en un país marcado por el accionar de la guerrilla sea justamente un exinsurgente, integrante del M-9 –de las primeras organizaciones que firmó la paz con el Gobierno- el que se quede con la jefatura del Estado, que ya había buscado en 2010 y 2018.

Antes de esta victoria, Petro pasó por la alcaldía de Bogotá y por el Congreso. En los dos puestos su tarea fue ruidosa.

En 2012 ganó la alcaldía capitalina, de donde fue destituido después de una investigación sobre el sistema de recolección de residuos. Se le prohibió entonces ejercer cargos públicos por 15 años, pero esa sanción fue un búmeran para los sectores que lo habían tumbado, porque Petro logró un impulso popular de relevancia y, además, la Corte IDH lo repuso en el cargo en 2014.

Había sido concejal en Zipaquirá, tenido un cargo diplomático y conseguido una banca de representante antes y se hizo de una plaza de senador después, la actual por haber sido segundo en las elecciones que llevaron a Iván Duque a la presidencia.

Nacido en Ciénaga de Oro, en el noroeste del país, Petro fue un estudiante casi ejemplar y con apenas 17 años ingresó al M-19, una de las varias guerrillas que actuaban por entonces en Colombia y también una de las primeras en retornar a la vida civil, en 1990.

En la organización y como homenaje a la obra de Gabriel García Márquez usó el nombre ficticio de Andrés Aureliano, un juego con el Aureliano Buendía de “Cien años de soledad”.

Años después, desde el Congreso empezó a lograr notoriedad, en buena medida en base a sus denuncias de corrupción, contra la llamada “parapolítica” -las relaciones de grupos paramilitares con dirigentes- y de los casos de “falsos positivos”, los asesinatos de desocupados y campesinos presentados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate.

En 2010, en su primer intento por la presidencia, consiguió solo 9% de los votos pero se instaló entre las figuras notorias de la política local. Y 8 años después, ya con 25% de los sufragios, obtuvo el derecho de disputar la segunda vuelta, que perdió con Duque.

En su tercera y última tentativa, no sólo conformó una red de fuerzas y movimientos de izquierda que extendió hasta sumar a sectores evangelistas, sino que también eligió a una mujer negra y feminista como compañera de fórmula: la lideresa social Francia Márquez.

En el Pacto Histórico están Colombia Humana, la Unión Patriótica, el Partido Comunista, el Movimiento Alternativa Indígena y Social, Polo Democrático, Todos Somos Colombia, Partido del Trabajo y el Movimiento de Acción Democrática, junto a otros cinco sellos.

El discurso de Petro en favor de profundas reformas sociales y económicas alentó algunas advertencias de quienes lo consideran un camino hacia el “castrochavismo”, lo tildaron de comunista o lo consideran un “populista peligroso”.

Pero cierta moderación discursiva, un plan cuidadoso y los esfuerzos por mostrarse previsible le dieron a Petro la victoria en las legislativas de marzo. El pasado 19 de junio repitió ese triunfo en un mano a mano con el autoproclamado “antisistema” Rodolfo Hernández y desde el próximo 7 de agosto sucederá a Duque.

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Petro y Colombia ¿hay un giro progresista en Sudamérica?

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Con el reciente triunfo de Gustavo Petro en Colombia, la región sudamericana se ha resignificado a nivel ideológico, de tal manera que no se apreciaba hasta hace al menos una década. Colombia dio un paso histórico al elegir a la izquierda en una elección democrática, algo que no había ocurrido previamente y que puede ser tomado como un síntoma de la época y el contexto global con un impacto regional. 

El batacazo colombiano 

Gustavo Petro, de la mano de la coalición política Pacto Histórico, trastocó la realidad colombiana, regional y americana. Su triunfo, plasmado en una segunda ronda contra Rodolfo Hernández, significa un giro de 180 grados en el seno del entramado político colombiano. Petro proviene de la izquierda revolucionaria, explicado desde las acciones guerrilleras del Movimiento 19 de abril, inclusive participando de los conflictos armados en Colombia entre 1974 y 1990. 

Fue tan grande la influencia del socialismo en la vida de Gustavo Petro, que había recibido el apodo de “Petrosky”, haciendo alusión a un apellido de origen soviético. Más allá de lo anecdótico del seudónimo de Gustavo Petro, el flamante mandatario colombiano llevó adelante un proceso de institucionalización de sus prácticas políticas, materializadas en distintas participaciones de espacios políticos de que provienen de la vertiente revolucionaria, de una izquierda plenamente latinoamericana y con claras influencias en la gesta de Castro y Guevara en Cuba. 

Sin embargo, Petro, desde la concepción del entendimiento de la construcción de una imagen política y del conocimiento de los engranajes del sistema, comprendió que la moderación era una cualidad necesaria para acceder a un cargo de decisión política. En ese último punto, la influencia del socialismo del siglo XXI en sus distintas experiencias latinoamericanas, ha sido un puntapié para el accionar de Gustavo Petro. 

Con poco más del 50% de los votos del balotaje, Pacto Histórico se quedó con la presidencia de la Nación colombiana, y en este sentido cabe analizar a su rival político: Rodolfo Hernández. 

Este último es presentado como un outsider, una persona alejada de la política tradicional, con una verborragia demagógica que se transformó en su leitmotiv, y con severas intenciones de profundizar en políticas económicas neoliberales o de monetarismo estatal. 

Con esto se busca aclarar que Colombia pasó por elecciones verdaderamente históricas, no solo por su resultado, sino por sus máximos representantes: un izquierdista revolucionario y un outsider con aires bolsonaristas. Esto, a las claras, simboliza el quiebre político en el que se encuentra inmerso el país cafetero. 

Los extremos, representados en las figuras de los candidatos presidenciales, hablan de la situación actual por la que pasa Colombia, en donde dos respuestas fueron las expuestas por la población. Una, era ampliar y radicalizar las prácticas derechistas ejercidas desde el Estado (cuestión que Colombia la conoce bien), y, por otro lado, un cambio de paradigma ideológico que rompa con todos los esquemas que, históricamente, fueron construidos en Colombia. 

Este escenario lleva a la necesidad de la comprensión del panorama en el que se encuentra la sociedad colombiana, y que expresa, en el voto popular, la necesidad de un cambio trascendental. Colombia es un bastión de la derecha y del Tío Sam en América Latina. Desde los albores de la problemática del narcotráfico, Estados Unidos marcó su presencia en el país sudamericano, llevando adelante la bandera de la lucha contra los narcos, la cual, en décadas, no obtuvo ningún resultado positivo, sino que, por el contrario, profundizó la virulencia social que gira en torno a la producción y comercialización de estupefacientes. Esa sensación de cuidado, impregnado por la idealización del destino manifiesto estadounidense, le permitió tener una constante presencia de Washington en suelo colombiano, ya desde las primeras acciones de Pablo Escobar como expresión máxima del narcotráfico. El arribo estadounidense en Colombia también se traslado al marco político y económico, generando una tradición de presidentes derechistas, más conservadores o más moderados, pero siempre pujando por los intereses de la acumulación del capital y por las relaciones carnales con EEUU y sus instituciones amigas. Ante esto, es simple de reconocer que los años de hartazgo de la sociedad colombiana, se gestaron a partir de la ingeniería social plasmada por la derecha en ese país. Situaciones claves que son parte del día a día de Colombia: la falta de salud y educación pública, que genera la dificultad al acceso de los mismos y la consecuente marginación de los sectores menos pudientes hacia servicios tan necesarios; por otro lado, la falta de seguridad generada por un marco policial corrupto, la creación de un narcoestado y el accionar de los paramilitares; y, finalmente, el hecho de la integración regional. En este último punto cabe la posibilidad de ahondar analíticamente, entendiendo que Colombia limita geográficamente con Venezuela, atravesada por una experiencia totalmente distinta. Aunque, la historia reciente en Sudamérica, es más que influyente

¿Patria Grande 2.0?

La llegada de Gustavo Petro, además de las promesas preelectorales, como así también su propia postura e imagen como un representante de izquierda en el poder político, significa la reconfiguración del mapa ideológico de América del Sur. Para comprender cabalmente esto, es necesario comenzar a analizar cómo queda la conformación geopolítica de nuestra región. Es posible realizar una división entre progresistas y conservadores. Esta referencia no pretende caer en la simplificación de la izquierda y la derecha, sino que pretende comprender los fenómenos políticos con las contradicciones que presentan, aunque, casi como por descarte, es posible relacionar a la centroizquierda con el progresismo y al conservadurismo con la centroderecha. Más allá de esto, y de los avances y retrocesos de una América Latina con una dinámica producida a nivel macro y micro, es posible realizar la división conceptual previamente establecida. 

Por un lado, el progresismo, plasmado en fuerzas políticas con puntos de contacto y desconexiones. En principio, en este grupo se puede sumar a Venezuela de Nicolás Maduro, Bolivia de Luis Arce, Chile de Gabriel Boric, Argentina de Alberto Fernández, Perú de Pedro Castillo y el ferviente ascenso de Gustavo Petro en Colombia. Hablar de puntos de contacto que lleva al hecho de establecer una agenda de intereses en común a nivel regional, que involucren al crecimiento de los mercados y las industrias, haciendo frente a una situación económica y energética completamente adversa, generada por la guerra en Ucrania. En ese sentido, los países previamente nombrados gozan de una producción diversa y significativa, la cual es un punto a favor si pensamos en el concepto de multilateralismo como horizonte al que se aproxima el globo. También hay características políticas que hacen propia a la región. Cabe pensar que gran parte de estos países, salvo Venezuela, vienen de experiencias derechistas verdaderamente destructivas en términos políticos, económicos, sociales e inclusive culturales. Esta característica compartida genera cierta identidad interna entre los nuevos progresismos sudamericanos. Sin embargo, también cabe recordar las contradicciones que se presentan en este bloque. Ante esto, el ejemplo se puede demostrar en las políticas de género. Argentina y Chile mantienen una fuerte presencia estatal en ese ámbito y con un constante discurso de resarcimiento histórico con las mujeres y las diversidades. Sin embargo, Perú bajo el gobierno de Pedro Castillo, ha mantenido una reacia postura reaccionaria con la Educación Sexual Integral, el matrimonio igualitario y el aborto. Estas prácticas y políticas sociales han sido material de la agenda de los países progresistas, pero en Perú genera rechazo, aunque el mismo Pedro Castillo provenga de la izquierda. Una contradicción que se genera en el seno ideológico peruano y que levanta dudas acerca de la veracidad del manejo político izquierdista de Castillo en Perú.

En el otro lado del “ring” se encuentran los abiertamente conservadores de Sudamérica. Hablamos de Jair Bolsonaro de Brasil, Luis Lacalle Pou en Uruguay, Mario Abdo Benítez en Paraguay y Guillermo Lasso en Ecuador. Estos países presentan una serie de características en común: conservadurismo político, presencia religiosa en las decisiones estatales, neoliberalismo y desfinanciamiento del aparato público, y líderes carismáticos con un discurso que apela a la construcción de relatos posverídicos, alejados del análisis científico y académico, con una fuerte reminiscencia en el sentido común. Estos puntos de encuentro responden a una agenda integral de los intereses empresariales en Sudamérica, y con un claro desencuentro y descalificación del socialismo, y de aquel concepto tan manoseado, como lo es el populismo. Sin embargo, también existen los desencuentros en el ala conservadora de América del Sur. Por ejemplo, Jair Bolsonaro mantiene una fuerte presencia del evangelismo político en el marco del manejo estatal, e incluso en la sanción de leyes. En contraposición, Lacalle Pou maneja un país en donde el aborto y el consumo recreacional de la marihuana es legal. En este último punto, el mismo gobierno nacional uruguayo piensa en la ampliación de la comercialización de cannabis para turistas, ampliando aún más el rango de consumidores que pueda tener el país. Eso también se explica por la postura más bien liberal de Luis Lacalle Pou.

Ahora bien, hay una situación que remite a un contexto internacional mucho más abarcador que refiere a su relación con Estados Unidos y la presencia hegemónica de la política occidental en Sudamérica. 

En ese sentido, los dos “bombos” de modelos políticos que se han propuesto antes, marcan una gran diferencia en ese rubro. Por un lado, los países con líderes políticos conservadores y una clara reivindicatoria de la presencia estadounidense en suelo sudamericano, como así también de una evidente relación cercana con las instituciones económicas con los intereses del Tío Sam. Asimismo, un ejemplo enorme acerca de la presencia de la hegemonía occidental la da la mismísima Colombia, con su estatus de país asociado a la OTAN. 

Por otro lado, en el grupo de los progresismos, es posible ver una situación de rechazo, sea moderada o evidente, a las políticas de capitalismo salvaje y a la presencia estadounidense en la región. Claro está, que no es lo mismo la situación de Venezuela con más de dos décadas de presencia socialista, que el contexto argentino con un refinanciamiento de la deuda externa con el Fondo Monetario Internacional, generado por la gestión de Mauricio Macri, en donde Argentina debe mediar constantemente con el fin de lograr un desendeudamiento paulatino, con el menor riesgo para los sectores más carenciados.   

En base a lo previamente expuesto, ¿es posible pensar en un retorno del concepto de la Patria Grande? Nos referimos al momento histórico comprendido entre el principio del siglo XXI hasta mediados de la década del 2010, en donde América del Sur conformó un bloque regional, a nivel político, económico y social con una clara agenda de centroizquierda. Este momento histórico se caracterizó por las figuras de Hugo Chávez, Evo Morales, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Fernando Lugo, Pepe Mujica, Rafael Correa y Lula Da Silva. 

Es decir, si uno traza una comparación equivalente a la actualidad, ve que hay una mayoría progresista. Pero está claro que no son los mismos contextos. Sin embargo, sí es cierto que esta nueva reconfiguración del mapa ideológico sudamericano remite fuertemente a esa época y permite visualizar en una conjunción de políticas integrales de relaciones internacionales entre los países, y por qué no pensar en un bloque emergente en un contexto de crisis global. 

El futuro sudaca 

Para generar aún más incertidumbre en el plano geopolítico de América Latina, próximamente hay países que afrontarán nuevos comicios, en donde el plano del poder político central puede cambiar, y con ello, nuevamente tener un sesgo de dinamismo ideológico en la región. En principio, hay que hablar de Brasil. El país verdeamarelho enfrentará elecciones presidenciales el próximo 2 de octubre. Esto enfrentará a dos líderes natos y referentes yuxtapuestos de las controversias de una sociedad compleja como la brasileña: Jair Bolsonaro y Lula da Silva. Un conservador, evangelista y derechista, y por otro lado, un progresista, de la vieja guardia de la Patria Grande e izquierdista. Una dicotomía que demuestra una vez más, las dos caras de una sociedad fragmentada como la de Brasil. 

Asimismo, hablamos del enfrentamiento de dos grandes potencias, ambos llegarán con el peso de haber dirigido el rumbo de su país y de ser representantes de la voluntad popular. Jair Bolsonaro, por su parte, cuenta con la ventaja de la dinámica de la gobernabilidad, entendiendo que es el actual presidente de Brasil. Esto significa que llegará con ruedo, prensa, poderío mediático y con la posibilidad de dar un último “manotazo de ahogado”, con alguna ley o medida que realce su imagen pública. 

Lula, tiene a su favor el contexto regional. Es decir, el impulso de los líderes que conforman el bloque progresista en Sudamérica, casi como si fuese una oleada centroizquierdista, puede ser un factor que beneficie a la figura de Lula da Silva. El expresidente lo sabe, y, de hecho, su discurso preelectoral hace una breve reminiscencia a los años de preponderancia y dominio de Brasil, como la potencia sudamericana que fue bajo su mandato y en conjunto con la Patria Grande. Es cierto, que varias cuestiones han cambiado, y que hoy en día enfrenta a un rival poderoso y sin escrúpulos a la hora de encarar las elecciones. 

Si seguimos analizando el futuro que le depara a Sudamérica, podemos ver dos elecciones importantes donde puede haber cambios: Argentina y Paraguay. Si arrancamos por el último, cierto es, que hay pocas posibilidades de un nuevo arrebato progresista en el país guaraní, aunque las dinámicas políticas pueden hacer un cambio de 180 grados en el tiempo que aún queda por delante. Es menester recordar que, las próximas elecciones paraguayas, tendrán un nuevo agente social, expresado como candidato a la presidencia: José Luis Félix Chilavert. El ex arquero de la selección paraguaya en posición de outsider, contestatario e irreverente, buscará ser una opción más para el pueblo de Paraguay. Asimismo, también habrá una puja de poder entre los partidos considerados como tradicionales en ese país. Todo indica que el país paraguayo mantendría una posición mas cercana al conservadurismo sudamericano.

Por el lado argentino, el Frente de Todos, representando al histórico frente peronista que, en este caso, se presenta con tintes centroizquierdistas y que, hoy en día, aún cuenta con la figura de Cristina Fernández de Kirchner en sus filas. Del otro lado se asoman dos fantasmas, un viejo conocido y un nuevo representante del pensamiento político. Hay que hablar de Juntos por el cambio, el partido político que lidera el expresidente Mauricio Macri, y que presenta en su espacio a representantes que podrían erigirse como opciones a la hora de ser los representantes de la centroderecha nacional. Por otro lado, lo que no puede faltar, el ala libertaria. Javier Milei y José Luis Espert, dos representantes del liberalismo con ideas fuertemente basadas en la derecha conservadora, en la liberalización de la economía y en un ajuste brutal del financiamiento estatal. Es un panorama donde Argentina puede mantener su posición progresista o ceder ante el conservadurismo.

En el hipotético caso que Sudamérica se mancomune en la bandera de centroizquierda podría pensarse en la proyección de una zona de influencia e integración económica y política que represente a nivel global. Esto podría traer beneficios si uno comprende la fragilidad diplomática de Estados Unidos en la figura del presidente Joe Biden, e incluso la influencia del BRICS en Sudamérica. Recordemos que este último bloque está integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y justamente representa a las economías emergentes no occidentales o, que al menos, no dependen directamente de las decisiones tomadas en la Casa Blanca. 

Esta aparición del BRICS en el mapa geopolítico sudamericano puede ser una vía de escape de la dependencia estadounidense y también beneficioso para los países productores y más desarrollados de la comunidad en el marco de acuerdos bilaterales con Sudamérica. 

El ruido siempre está en el sur 

Con todas sus vicisitudes y controversias, esta región del mundo mantiene una dinámica política que, a las claras, es característica identitaria. América del Sur ha sido el escenario de disputas ideológicas desde el desarrollo del capitalismo de libre concurrencia, y aún más polarizado desde los años de la Guerra Fría. Esta disputa entre izquierda y derecha, entre progresismo y conservadurismo, es un capítulo más de la vorágine con la que se convive en Sudamérica. Indudablemente, siempre está en los planes, la planificación a largo plazo y para ello, hay que conseguir unidad y estabilidad. Podría ser la posibilidad de un crecimiento sostenido de América Latina, incluyendo a Centroamérica y a México, en el marco de una serie de países con intereses compartidos y con una agenda global. Sin embargo, mucho depende de los procesos eleccionarios, y, sobre todo, por los vaivenes económicos generados en el capitalismo. No es casualidad que, durante mayor crisis económica, crecen las figuras conservadoras o los discursos demagógicos, y tampoco es casualidad que la historia de Latinoamérica pareciera ser cíclica de cierta forma. 

Misiones podría sacar ventaja en un mercado internacional donde interesen los productos y bienes generados y elaborados en la tierra colorada. Solo basta con pensar en la forestoindustria, la yerba mate y el té, como los elementos de exportación más trascendentales de Misiones. De hecho, Chile es uno de los compradores más importantes de la provincia misionera, y a eso hay que agregar el constante flujo de una frontera dinámica con Paraguay y Brasil. 

Dicho esto, pareciera lógico que, a mayor integración a nivel subcontinental, mayor provecho de una zona que, geopolíticamente, es un enclave internacionalista, comprendido como una ecúmene desde la perspectiva del análisis del espacio geográfico. Todo indica que el futuro de toda una región, vasta y extensa como América del Sur, siempre depende de las elecciones nacionales y de las consecuencias de la misma.

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Los desafíos económicos del próximo gobierno de Gustavo Petro en Colombia

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El presidente electo en Colombia, Gustavo Petro, asumirá un gobierno con desafíos económicos por los que tendrá que manejar con pericia las expectativas de un establishment económico que lo mira con recelo y la forma de satisfacer las necesidades esenciales que fueron ejes de las demandas de las protestas sociales contra el actual gobierno.

“Nosotros vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia. No porque lo adoremos, sino porque tenemos primero que superar la premodernidad”, dijo ayer Petro durante los festejos, una vez que se conoció el resultado del balotaje.

El líder del Pacto Histórico (PH) estimó que la campaña electoral estuvo llena de “mentiras y miedo” porque lo acusaron de querer “expropiar a los colombianos” y “destruir la propiedad privada”.

Esa campaña condujo a Petro y su futura vicepresidenta, Francia Márquez, a firmar un documento -bajo juramento- en el que se comprometieron a no expropiar.

“No expropiaré. No voy a expropiar nada ni a nadie”, repitió Petro casi como un mantra en distintas oportunidades.

“No vamos a expropiar a nadie y todo el mundo puede estar tranquilo”, repitió hoy Francia Márquez en una entrevista con la cadena de televisión Caracol.

El economista y politólogo, Jorge Bustamante, que fue titular del Departamento de Estadísticas de Colombia, comentó a Télam que “el país está muy polarizado y tiene problemas de confianza en las instituciones del Estado” lo cual se expresa en un indicador del Banco Interamericano de Desarrollo que determinó que “el 85% de los colombianos no creen ni en la dirigencia pública ni privada, ni en las instituciones”.

En ese contexto, la dirigencia colombiana debe dar respuesta a “una situación social delicada” ya que “cerca del 42% de las familias están entre pobreza o pobreza extrema”, eso quiere decir que “son personas que no comen dos veces al día o una”.

El Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia, en los datos más recientes, estimó que en 2021 la pobreza monetaria estuvo en un 39%, que se traduce en que 19,6 millones de ciudadanos no tienen suficientes ingresos para satisfacer sus necesidades básicas.

En tanto, la pobreza extrema llegó al 12,2%, es decir a 6,1 millones de colombianos que no suplen su alimentación esencial.

A eso se suman que “el desempleo sigue muy alto, está en 13.7%” y el problema de la inflación “que es complejo porque buena parte de esa ella es por factores externos”, agregó.

En tanto, el politólogo colombiano Alejandro Cortés-Arbeláez, desde una mirada de los acuerdo políticos para impulsar reformas económicas valoró que el primer cambio que necesitará impulsar Petro es “la forma en la cual se capta la renta”.

“Colombia es un país que concentra la riqueza y esa situación hace que nos convirtamos en un país poco democrático”, describió el politólogo.

El presidente electo estipuló en su programa “Colombia Potencia Mundial de la Vida” que impulsará la “justicia tributaria” de “equidad y progresividad”.

Prometió que no extenderá el IVA a la canasta familiar, además de desmontar “beneficios tributarios” al sector de energías no renovables.

Habló de un gravamen a las grandes fortunas y latifundios “sin producción” y proponer prohibir que se recurra a paraísos fiscales a “quienes reciben recursos públicos”.

Respecto a la reforma tributaria Cortés-Arbeláez consideró que “grava a los grandes capitales en beneficio de construir una base lo suficientemente sólida para generar beneficios para los menos privilegiados, en términos de subsidios y de posibilidades de accesos”.

Otros factores a considerar como desafíos de la agenda económica de Petro es para Bustamante la deuda externa que “subió mucho y está en 170 mil millones de dólares, entre pública y privada. Es bastante grande y hay que tener cuidado con eso porque el peso colombiano se ha devaluado”.

El diario colombiano El Espectador informó hoy que el país lleva “uno tres años con déficits fiscales que rondan el 7% del PIB y con una deuda que, hasta esta semana, algunos proyectaban cerraría el año por encima del 60 % del PIB”.

Según el mismo medio, las previsiones del gobierno de Iván Duque son más favorables ya que esperan que el contexto de aumento de precio de los commodities ayude a cerrar el 2022 con una “reducción de 4,3 puntos porcentuales”.

Bustamante también estimó que “en este momento hay una ventaja para Colombia porque exporta petróleo, carbón, coltán, níquel, cobre, oro y café. Todos esos commodities están a precios muy interesantes”, lo que podría ofrecer oportunidades al nuevo gobierno.

“Le va a dar un espacio fiscal interesante desde el punto de vista de los ingresos tributarios”, aseveró Bustamante.

Además, el PH propuso para su gestión de gobierno un sistema de “pensión no contributiva universal” para cierto sector de la población además de unificar el actual sistema mixto de pensiones en uno con mayor participación estatal.

El primero de sus pilares será uno “solidario básico” que garantizará un “bono pensional no contributivo” a adultos mayores sin pensión.

Bustamante estimó, en la misma línea que Cortés-Arbeláez, que si Petro piensa en “programas sociales de envergadura, tiene que hacer una reforma tributaria muy complicada”.

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El izquierdista Gustavo Petro es el nuevo presidente de Colombia

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El senador y exalcalde bogotano Gustavo Petro es el nuevo presidente electo de Colombia, según los resultados del preconteo oficial de la segunda vuelta de hoy, en la que derrotó al populista Rodolfo Hernández.

El boletín número 10 de la Registraduría señala que, informadas el 89,35 de las mesas, Petro, candidato del Pacto Histórico, sumó el 50′,88 % de los votos, frente a un 46,85 % de Hernández, lo que significa una ventaja indescontable.

Petro, consideró que la jornada electoral constituyó “un día de fiesta para el pueblo” y exhortó a los colombianos a festejar “la primera victoria popular”.

Que tantos sufrimientos se amortigüen en la alegría que hoy inunda el corazón de la Patria. Esta victoria para Dios y para el Pueblo y su historia. Hoy es el día de las calles y las plazas“, escribió Petro en su cuenta de la red Twitter, apenas una rato después de que se oficialice su victoria en la segunda vuelta.

Francia Márquez, 40 años, antigua empleada doméstica, es la nueva vicepresidente de Colombia. Por primera vez una mujer negra llega a ese escalón.  Hizo un llamado a los pueblos marginados del país -indígenas, negros, rurales- para que se unieran. Apuntó las élites que “han condenado a nuestra gente a la miseria, al hambre, a la desolación”, y evocó el movimiento Black Lives Matter llamando a sus seguidores a romper “el racismo estructural que no nos ha permitido respirar en este país y que nos ha mantenido con la rodilla en el cuello”.

Francia Márquez durante la campaña electoral en Yumbo, una pequeña ciudad al norte de Cali. Credit…Federico Rios para The New York Times

Mimado por el progresismo de la región, Petro llegó a la presidencia que ya buscó en otras dos oportunidades. Esta vez encabeza una alianza que reúne a fuerzas de izquierda, feministas, ambientalistas, juveniles y sindicales, todas en torno de Colombia Humana, su propio partido.

Es el primer triunfo nacional de la izquierda en un país marcadamente conservador, en el que el accionar guerrillero, además, dejó una fuerte huella.

No deja de ser un dato enorme que sea justamente él, un exinsurgente del M-19, el que se quede con la jefatura del Estado, que ya buscó en 2010 y 2018.

Antes y en medio de esos intentos, Petro pasó por la alcaldía de Bogotá y por el Congreso. En los dos puestos su tarea fue ruidosa.

En 2012 ganó la alcaldía capitalina, de donde fue destituido después de una investigación sobre el sistema de recolección de residuos. Se le prohibió entonces ejercer cargos públicos por 15 años, pero esa sanción fue un búmeran para los sectores que lo habían tumbado, porque Petro logró un impulso popular de relevancia y, además, la Corte IDH lo repuso en el cargo en 2014.

Había sido concejal en Zipaquirá, tenido un cargo diplomático y conseguido una banca de representante antes y se hizo de una plaza de senador después, la actual por haber sido segundo en las elecciones que llevaron a Iván Duque a la presidencia.

De 61 años, nacido en Ciénaga de Oro, Petro fue un estudiante casi ejemplar y con apenas 17 años ingresó al M-19, una de las varias guerrillas que actuaban por entonces en Colombia y también una de las primeras en retornar a la vida civil, en 1990.

En la organización, usó el nombre ficticio de Andrés Aureliano, en homenaje al Aureliano Buendía de la genial obra de Gabriel García Márquez “Cien años de soledad”.

Años después, desde el Congreso empezó a lograr notoriedad, en buena medida en base a sus denuncias de corrupción, contra la llamada “parapolítica” -las relaciones de grupos paramilitares con dirigentes- y de los casos de “falsos positivos”, los asesinatos de desocupados y campesinos presentados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate.

En 2010, en su primer intento por la presidencia, consiguió solo 9% de los votos pero se instaló entre las figuras notorias de la política local. Y 8 años después, ya con 25% de los sufragios, obtuvo el derecho de disputar la segunda vuelta, que perdió con Duque.

Para este intento de ahora, además de conformar una red de fuerzas y movimientos de izquierda, pero que extendió hasta sumar a sectores evangelistas, eligió, además, a una mujer negra y feminista como compañera de fórmula: Francia Márquez.

En el Pacto Histórico están Colombia Humana, la Unión Patriótica, el Partido Comunista, el Movimiento Alternativa Indígena y Social, Polo Democrático, Todos Somos Colombia, Partido del Trabajo y el Movimiento de Acción Democrática, junto a otros cinco sellos.

El discurso de Petro en favor de profundas reformas sociales y económicas alienta las advertencias de quienes lo consideran un camino hacia el “castrochavismo”, lo tildan de comunista o lo consideran un “populista peligroso”.

En las legislativas de marzo quedó claro que ese discurso no pegó, al menos en un sector mayoritario: la fuerza hizo su mejor elección histórica. Y el exalcalde usaba “cambio” y “transformación” casi como latiguillos.

Tampoco parecieron alcanzar las “fake news” para evitar su victoria en la primera vuelta, con algo más de un 40%. Se verá el domingo si con esa base y cierto hartazgo de la población colombiana le alcanza para que Duque le ponga la banda presidencial en agosto.

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Colombia, una elección inédita con condimentos repetidos

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Por Marcelo Taborda, revista Mayo. Petro versus Hernández. El “exguerrillero” frente al “Trump tropical”. El economista, político y escritor que ha logrado abroquelar a la izquierda y llevarla hasta el umbral de la Casa de Nariño, contra el ingeniero y empresario de derecha que se autopromociona en las redes sociales como un outsider dispuesto a acabar con “la politiquería y la corrupción”. Son dos exalcaldes: el primero fue de Bogotá y el segundo de Bucaramanga. En extremos opuestos, ambos encarnaron el pasado 29 de mayo el voto del hartazgo por el viejo sistema de partidos y de fuerzas tradicionales del segundo país más poblado de Sudamérica.

Así se presenta en los medios el balotaje decisivo que el próximo 19 de junio animarán en Colombia Gustavo Petro, de 62 años y abanderado del Pacto Histórico, y Rodolfo Hernández, de 77 años y candidato por la Liga de Gobernantes Anticorrupción.

En la primera vuelta, Petro obtuvo una victoria clara pero insuficiente, al cosechar 8.527.768 votos, que representaron el 40,32% del total.

Hernández sorprendió a casi todos al lograr 5.953.200 sufragios (28,15%) que desplazaron al candidato oficialista Federico Gutiérrez, tercero con 5.058.010 votos y un 23,91% de preferencias, en el peor desempeño del llamado Centro Democrático que encarna hace años de manera orgánica al expresidente derechista Álvaro Uribe Vélez.

En cuarto lugar, con un 4,20% y 888.585 votos quedó relegado Sergio Fajardo, de la coalición Centro Esperanza, cuyos diferentes líderes anunciaron la libertad de acción de cada dirigente para hacer en el segundo turno lo que dicte su conciencia “a favor del país”.

Rompecabezas electoral

Los comportamientos posibles de los marginados del balotaje comenzaron a ser puestos bajo la lupa en la misma noche del 29 de mayo, cuando el escrutinio certificaba que la utopía del favorito Petro de llegar a presidente en el primer round era un deseo imposible de realizar. El sistema electoral colombiano de doble vuelta sólo proclama vencedor a quien obtiene al menos un voto más del 50%.

Con la legislación vigente en Argentina, al postulante del Pacto Histórico le hubieran bastado los más de 40% de sufragios y 12,17 puntos de diferencia sobre su rival más cercano para imponerse en primer turno y Petro sería a esta hora el presidente electo de Colombia.

Pero la implementación de balotajes puros como los que rigen en Colombia, Brasil, Bolivia, Uruguay o Chile, emulando al vigente en Francia, hacen muy difícil que alguien venza en primera vuelta y obligan a candidatos y fuerzas a establecer pactos y alianzas que a veces responden a afinidades ideológicas o programáticas, pero en muchas otras sólo persiguen el fin de doblegar al rival a cualquier precio.

Estas consideraciones no deben soslayarse a la hora de hacer números y cuentas sobre lo que puede acontecer en Colombia dentro de pocos días. Y es que si algo quedó claro tras los resultados de la primera vuelta es que la inmensa mayoría de los votantes colombianos apostó por cambiar las estructuras partidarias y de poder en el país. 

Tanto Petro, quien desde hace años batalla por abrir hacia la izquierda un esquema siempre usfructuado por conservadores y liberales de derecha, como Hernández, con su prédica tiktokera “antisistema”, capitalizaron el hartazgo ciudadano que poco más de un año atrás derivó en las protestas callejeras, el estallido social y una feroz represión que dejó más de 50 muertos y cientos de heridos.

Paradojas y contrasentidos

La mayoría de quienes ganaron las calles contra el gobierno del uribista Iván Duque tras la fallida reforma tributaria que elevaba los precios de productos de primera necesidad y acentuaba la profunda brecha social de esta nación de unos 51 millones de habitantes, se encolumnaron detrás de la plataforma del Pacto Histórico y la candidatura de Petro.

Jóvenes, estudiantes y trabajadores que se manifestaron por una Colombia socialmente más justa y de menos privilegios, fueron las principales víctimas del Escuadrón Móvil Antidisturbios (el temible Esmad que uso Duque) en ciudades como Bogotá, Cali o Pereira. Seguramente ellos apostaron por cambiar de cuajo las estructuras que en el primer turno encarnaba “Fico” Gutiérrez y un “Centro Democrático” que, como su mentor Uribe, nunca fue plenamente ni lo uno ni lo otro.

El discurso y la trayectoria de Petro, ex miembro de la guerrilla del M-19, desmovilizada en los ’90, denunciante de los “falsos positivos” en los que militares colombianos en tiempos de Uribe abatían campesinos e indígenas a quienes vestían luego de insurgentes para ganar un ascenso en la fuerza, está en sintonía con los planteos y reivindicaciones de los movilizados de 2019 y 2021. La consigna de “no más de los mismos” parece abonada por el candidato y sus votantes.

La otra punta

No tan fácil es hallar coherencia en el discurso ni el electorado que puede encolumnarse detrás de Hernández, con chances ciertas de darle el triunfo en el balotaje del día 19.

Si bien los casi seis millones de sufragios logrados en la primera vuelta pueden atribuirse a sus pegadizas y simplistas consignas de campaña en contra de “la politiquería y la corrupción”, en las que incluyó a la derecha gobernante, este empresario -que hizo parte de su fortuna con la construcción de viviendas sociales-, sabe que allí están los votos que le faltan para llegar al poder.

“Cero alianzas, cero Uribe, cero Petro, cero todos… Mi única alianza es con el pueblo colombiano”, repitió Hernández como latiguillo de campaña.

“Yo creo que lo que pasa es que quieren votar en contra de Petro y votan a favor mío. Yo recibo esos votos pero no les cambio el discurso”, matizó días atrás el propio empresario, a poco de conocerse un par de encuestas que daban empate técnico entre él y el candidato izquierdista de cara al próximo balotaje.

No sería un escenario inédito pero sí un contrasentido, al menos en lo discursivo, que quien se jacta de enarbolar las banderas del cambio y el fin de un sistema político fustigado y corrupto acceda al poder gracias al apoyo crucial de aquellos a quienes denostó y situó en sus antípodas.

Para que la contradicción no fugue votos hacia el enemigo, algunos medios emblemáticos del establishment colombiano llevan días tratando de edulcorar la figura de Hernández ante el votante uribista. O bien intentan disimular el machismo o la misoginia destilada en campaña por el empresario, o bien buscan minimizar sus derrapes ideológicos con justificaciones tan insólitas como alegar que dispensar elogios a la figura de Adolf Hitler pensando que se trataba de Albert Einstein es un “leve desliz” (!) que le puede ocurrir a cualquiera…

Campaña de miedo

Los focos se ponen en el histriónico ingeniero y recuerdan que aquél advirtió que pensaba apelar al estado de conmoción interior para gobernar por decreto, ya que su Liga de Gobernantes sólo conquistó dos bancas de la Cámara de Representantes. Mientras, a su rival le toca remar contra corriente.

Pese a ganar por clara diferencia el primer turno, Petro sabe que desde antes del 29 de mayo se viene gestando en Colombia una campaña de miedo en su contra.

“Hoy por hoy no se avizora un ganador claro del balotaje. Hernández fue hábil en apropiarse por ejemplo del discurso anticorrupción. Su estrategia de campaña se asienta en las redes sociales y rehúye de los debates políticos con Petro porque sabe que los perdería”, afirmó a Redacción Mayo desde Bogotá el periodista Wilson Cabrera.

Al igual que otros colegas de su país, este comunicador y politólogo cree que el factor “miedo” o las asociaciones que se hacen de Petro con Venezuela, las guerrillas o una reforma agraria, inciden en votantes conservadores. “Esa gente no vota tanto a favor de Rodolfo Hernández sino en contra de Gustavo Petro”, explica Cabrera, quien destaca que el candidato que ganó la primera vuelta busca ahora dar tranquilidad a quienes no lo votaron.

A su vez, muchos medios y encuestadores son parte de una campaña donde abundan las fake news y se multiplican las operaciones desde sectores que no están dispuestos a resignar su poder.

Fenómeno en la región

En un país donde la pandemia dejó 140 mil muertos y potenció las desigualdades y urgencias sociales el discurso antisistema gana adeptos y el equipo de campaña de Hernández ha sabido canalizar parte de ese voto bronca. En el fenómeno del “Trump colombiano” hay también componentes comunes con el de Jair Bolsonaro y su irrupción en Brasil; el del ultraderechista José Antonio Kast en Chile, y -tal vez- el del mediático Javier Milei en Argentina.

Lenguaje agresivo, mensaje de ruptura o promesas efectistas de difícil concreción; desconocimiento de cuestiones de género o de nuevos derechos; discursos de mano dura, apelaciones a invisibles derrames económicos, retracción del Estado a favor del mercado y muchas viejas recetas empaquetadas en los flamantes envoltorios de las nuevas tecnologías.

Tratándose de Colombia siempre hay que dejar margen para una sorpresa. Hace casi seis años, luego de que el entonces presidente Juan Manuel Santos firmara la paz con las Farc (la mayor guerrilla del continente), y pusiera fin a un conflicto de más de medio siglo y miles de víctimas, los votantes dieron en las urnas el triunfo a un No simbólico a esos acuerdos.

En pocos días más se sabrá si el electorado colombiano, cuya mitad se quedó en casa en lugar de votar el 29 de mayo, confirma su portazo contra el uribismo y lo que ha representado en los últimos años, o si -bajo las promesas de un anti-sistema- legitima en el poder real a los mismos de siempre.

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