Petróleo

Los hutíes atacan Israel desde Yemen y abren un nuevo frente en la guerra regional

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A un mes del inicio de la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, la guerra en Medio Oriente sumó este sábado un nuevo frente con impacto directo en el tablero regional: desde Yemen, los hutíes lanzaron misiles balísticos contra territorio israelí. El ataque, confirmado por las Fuerzas de Defensa de Israel en la madrugada y posteriormente reivindicado por el grupo insurgente, no dejó víctimas ni daños tras ser interceptado, pero introduce una variable política clave: ¿se trata de una escalada puntual o del inicio de una guerra extendida en múltiples frentes?

La irrupción de Yemen en el conflicto no es un hecho aislado. Marca, en términos estratégicos, la ampliación del teatro de operaciones hacia la península arábiga y consolida la lógica de bloques que ya se venía insinuando desde finales de febrero. Los hutíes, alineados con Irán, no solo ejecutaron la amenaza de intervenir, sino que lo hicieron bajo una narrativa de “respuesta” a los ataques contra Teherán y otros territorios vinculados al denominado eje de resistencia.

Un conflicto que se regionaliza

El ataque desde Yemen se inscribe en un contexto de creciente interconexión entre distintos escenarios bélicos. Desde el 28 de febrero, cuando comenzaron las acciones contra Irán, la dinámica dejó de ser bilateral. Teherán respondió con misiles hacia Israel y también contra países del Golfo aliados de Washington, mientras Israel intensificó sus bombardeos en Líbano contra posiciones de Hezbolá.

En ese esquema, la participación hutí agrega una capa operativa y simbólica. El grupo controla desde 2014 el noroeste de Yemen, lo que le otorga una posición estratégica sobre el mar Rojo, una de las rutas comerciales más relevantes del mundo. No es un detalle menor: en conflictos anteriores, los hutíes ya habían atacado embarcaciones comerciales, obligando a desviar rutas y encarecer costos logísticos globales.

El dato técnico —misiles interceptados sin daños— no reduce el peso político del movimiento. La capacidad de proyectar ataques hacia Israel desde Yemen redefine el mapa de riesgos y amplía la zona de influencia directa del conflicto.

Impacto en mercados y correlación de fuerzas

La apertura de un nuevo frente tensiona aún más un escenario que ya venía afectando a los mercados internacionales. La posibilidad de una escalada en el mar Rojo, combinada con el cierre de facto del estrecho de Ormuz —por donde circula el 25% del petróleo mundial—, introduce un factor de presión adicional sobre la energía, el comercio y la inflación global.

Los antecedentes refuerzan esa preocupación. Ataques previos de los hutíes contra buques mercantes provocaron interrupciones en las cadenas de suministro y obligaron a las navieras a adoptar rutas más largas y costosas. En el contexto actual, una repetición de ese esquema tendría un efecto multiplicador.

En paralelo, la respuesta militar no se limita a Israel. Estados Unidos y otros países ya habían intervenido previamente contra posiciones hutíes para garantizar la navegación en la zona, lo que sugiere que el nuevo episodio podría reactivar operaciones similares. La guerra, así, deja de ser una serie de enfrentamientos aislados y se consolida como un sistema de conflictos conectados.

Un escenario abierto y con múltiples frentes

Mientras tanto, la dinámica militar continúa expandiéndose. En las últimas horas, países del Golfo informaron la interceptación de drones y misiles lanzados desde Irán, con impactos en infraestructura y víctimas en algunos casos. Israel, por su parte, confirmó nuevas operaciones en Líbano y ataques sobre objetivos en Irán.

En ese contexto, las señales políticas entran en tensión con los hechos en el terreno. Las declaraciones que anticipan un posible cierre del conflicto conviven con una realidad que muestra lo contrario: más actores, más frentes y mayor complejidad operativa.

La incorporación de Yemen no solo amplía el mapa bélico, sino que también introduce incertidumbre sobre la capacidad de contención del conflicto. En las próximas semanas, el foco estará puesto en si estos ataques se sostienen en el tiempo, si afectan rutas comerciales clave y, sobre todo, si otros actores regionales deciden intervenir de manera más directa.

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El Gobierno habilita más bioetanol en naftas para contener el impacto del petróleo

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Un ajuste técnico con lectura económica En un contexto de presión sobre los precios energéticos, el Gobierno avanzó con una decisión de impacto indirecto pero estratégico: habilitó a las refinadoras a incrementar el contenido de bioetanol en las naftas hasta un 15%. La medida, formalizada el 26 de marzo a través de la Resolución 79/2026 de la Secretaría de Energía, busca amortiguar el traslado del encarecimiento del petróleo a los surtidores.

El movimiento no modifica el corte obligatorio vigente, pero introduce una flexibilidad clave en la composición del combustible. Para hacerlo viable, el Ejecutivo elevó el límite máximo de oxígeno permitido en naftas al 5,6%, un ajuste técnico que habilita mayor presencia de biocombustibles sin alterar formalmente la estructura regulatoria. La decisión abre una pregunta de fondo: ¿es una herramienta coyuntural para contener precios o el inicio de un rediseño más amplio en la política de combustibles?

Marco regulatorio y lógica de intervención

La resolución se inscribe en el esquema definido por la Ley de Hidrocarburos y la Ley 27.640 de biocombustibles, que establece los porcentajes obligatorios de mezcla. En ese marco, la Secretaría de Energía actúa como autoridad de aplicación y tiene facultades para ajustar las especificaciones técnicas de los combustibles.

El punto central de la norma no está en el porcentaje en sí —que ya estaba contemplado en regulaciones previas— sino en la adecuación del parámetro de oxígeno. Ese indicador resulta determinante para la calidad del combustible y está directamente vinculado con la proporción de bioetanol en la mezcla.

Según los informes técnicos que respaldan la decisión, elevar el contenido de oxígeno mejora la eficiencia de la combustión, incrementa el número de octano y reduce las emisiones de monóxido de carbono. Pero, en términos políticos, el efecto más relevante es otro: habilita a las empresas a sustituir parcialmente componentes derivados del petróleo por biocombustibles, con potencial impacto en los costos.

La resolución aclara un punto sensible: no se incorporan nuevos compuestos oxigenados. Es decir, el cambio se limita a ampliar el margen para el bioetanol, sin alterar la naturaleza del producto final ni imponer nuevas exigencias regulatorias.

Impacto en el mercado y señales a la cadena energética

El Gobierno elige un camino intermedio. No interviene directamente en precios ni modifica los cortes obligatorios, pero introduce una herramienta que puede influir en la estructura de costos de las refinadoras. En un escenario de volatilidad internacional del petróleo, esa flexibilidad puede funcionar como amortiguador.

Para las empresas, la medida abre un margen de decisión: podrán aumentar el contenido de bioetanol hasta el nuevo límite si lo consideran conveniente. No es una obligación, sino una opción habilitada por regulación. Esa lógica preserva el funcionamiento de mercado, pero bajo parámetros redefinidos por el Estado.

Al mismo tiempo, el sector de biocombustibles encuentra una señal implícita de respaldo. Aunque no se modifican los porcentajes mínimos, la ampliación del techo potencial refuerza su rol dentro de la matriz energética. En paralelo, el gasoil mantiene sin cambios su esquema, con mezclas de hasta el 20% de biodiesel ya contempladas.

Entre la coyuntura y la estrategia

La decisión aparece alineada con un objetivo inmediato: reducir el impacto del petróleo en los precios internos. Pero también deja abierta una dimensión más amplia. El uso de biocombustibles como herramienta de política energética no es nuevo, pero su activación como variable de ajuste frente a shocks externos introduce un matiz distinto.

En ese sentido, el Gobierno evita una intervención directa en precios —con alto costo político y fiscal— y opta por un mecanismo técnico que desplaza parte del problema hacia la composición del producto. Es una forma de intervenir sin hacerlo de manera explícita.

Queda por ver hasta qué punto las refinadoras utilizarán esta flexibilidad y cómo impactará en la dinámica de precios. También, si este tipo de medidas se consolidan como parte de una estrategia más amplia o quedan circunscriptas a la coyuntura.

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Chevron elogió a Milei y volvió a poner a Vaca Muerta en el centro de su mapa global

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En medio de la tensión global por la guerra en Medio Oriente y el impacto sobre los mercados energéticos, Chevron envió desde Houston una señal política que el Gobierno buscaba capitalizar: su CEO global, Mike Wirth, elogió las reformas de Javier Milei, destacó mejoras en las condiciones para invertir y colocó a Vaca Muerta entre los activos estratégicos de la compañía a futuro. La definición no es menor. Llega en el marco de CERAWeek by S&P Global, el principal foro del sector, y en un momento en que la administración libertaria intenta consolidar un relato de normalización económica capaz de atraer capital en áreas sensibles como energía, infraestructura y exportaciones. La incógnita es si ese respaldo empresario se traducirá en inversiones sostenidas o si, por ahora, funciona sobre todo como validación política internacional.

El elogio no fue a la geología, sino al cambio de reglas

Wirth no presentó a la Argentina como una novedad geológica. De hecho, dejó claro que el potencial de sus recursos nunca estuvo en discusión. “La geología es excelente”, dijo, y ubicó el problema histórico del país “arriba del suelo”: régimen impositivo, legislación laboral, restricciones a la importación de equipos y límites para exportar producción.

Ahí es donde el CEO de Chevron marcó el cambio. Según planteó, esas trabas empezaron a ser abordadas de manera sistemática, y por eso elogió al presidente Milei por “mejorar la capacidad de inversión” en el país. El mensaje tiene una lectura institucional precisa: el principal activo político que hoy ofrece el Gobierno al sector energético no es el subsuelo, sino la promesa de un entorno regulatorio más previsible.

En términos de poder, la intervención de Wirth refuerza uno de los ejes discursivos del oficialismo. Milei necesita mostrar que su programa de reformas no solo ordena variables macroeconómicas, sino que también modifica decisiones concretas de inversión en actores globales. Cuando una de las petroleras más grandes del mundo sugiere que Argentina mejoró su clima de negocios, el Gobierno gana una pieza de validación externa que vale más que una declaración de apoyo doméstica.

Vaca Muerta deja de ser un proyecto lateral y sube en la cartera global

La señal más relevante quizá no estuvo en el elogio político, sino en la forma en que Chevron reubicó a la Argentina dentro de su estructura operativa. Wirth mencionó al país junto a Bolivia, la cuenca Permian y Bakken como parte de una misma cartera de yacimientos no convencionales administrados bajo una estructura única. La lógica es clara: acelerar la circulación de tecnología, capital humano y mejores prácticas entre activos shale de distintos países.

Ese cambio de encuadre no es retórico. Si Vaca Muerta ingresa a esa arquitectura común, deja de ser observada como una apuesta marginal y empieza a ser gestionada como parte de un núcleo productivo donde Chevron espera mejorar productividad y costos. La propia empresa, según el texto base, prevé que Vaca Muerta desempeñe un papel más importante en su cartera de productos en los próximos años.

Para el Gobierno, esa definición funciona como un respaldo estratégico. En una economía que necesita dólares, exportaciones y señales de largo plazo, que una petrolera global asigne mayor centralidad a Vaca Muerta fortalece la narrativa oficial de que el sector energético puede convertirse en uno de los motores de la estabilización. También ordena expectativas dentro del propio mercado: si una firma de esa escala eleva el perfil de Argentina, otros jugadores miran con más atención.

El apoyo llega en un momento global inestable

El respaldo de Chevron no ocurrió en un vacío. CERAWeek estuvo atravesado por la crisis en Medio Oriente, el freno logístico en el Estrecho de Ormuz y el encarecimiento de combustibles y seguros en la cadena energética global. En ese contexto, el debate sobre inversión dejó de girar solo en torno al precio del crudo y pasó a concentrarse también en la seguridad de suministro.

El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, abrió el evento con una definición alineada con ese nuevo clima: “El mundo necesita masivamente más energía”. En su exposición, vinculó el conflicto con Irán a la estabilidad de los mercados y remarcó que los precios todavía no habían subido lo suficiente como para provocar una destrucción significativa de la demanda.

A su vez, el CEO de Total Energies, Patrick Pouyanné, cuantificó la magnitud del problema: entre 10 y 11 millones de barriles diarios de crudo varados fuera de circulación en Ormuz, equivalentes al 20% del abastecimiento global destinado normalmente a exportación. En refinados, la interrupción ronda entre 4 y 5 millones de barriles diarios, mientras que en gas natural licuado también quedó detenido otro 20% del mercado mundial por la paralización de flujos desde Catar.

Ese cuadro vuelve más valioso cualquier activo energético que ofrezca previsibilidad fuera de la zona de conflicto. Ahí Vaca Muerta gana relevancia relativa. No porque pueda reemplazar de inmediato esos volúmenes, sino porque aparece como parte de un portafolio global menos expuesto a un corredor geopolítico hoy bajo máxima tensión.

El mercado mira menos el barril y más el cuello de botella

La conferencia también dejó una señal importante para entender el nuevo tablero: el mayor impacto de la crisis no se agota en el petróleo, sino que se traslada a combustibles, logística y seguros. El texto base señala que el diésel cotiza a USD 160 por barril y el combustible para aviones a USD 200, por encima de las referencias del crudo. Además, las primas de riesgo de guerra para petroleros en la zona saltaron de 0,25% a 5%, lo que puede llevar el costo de seguro de un buque a USD 5 millones por trayecto.

En la práctica, eso modifica la ecuación de competitividad global. Ya no alcanza con producir; también importa desde dónde se produce, por qué rutas se exporta y qué costo financiero y logístico soporta cada operación. En ese escenario, Argentina mejora su atractivo relativo como proveedor futuro de energía, aunque todavía deba resolver sus propios problemas de infraestructura, costos y estabilidad normativa.

Una validación que fortalece al Gobierno, pero no cierra el proceso

El elogio de Chevron fortalece a Milei en un terreno donde el oficialismo necesita resultados visibles: la captación de inversión real. También robustece el lugar de Vaca Muerta como activo estratégico en la agenda económica nacional y le da densidad internacional a una política que el Gobierno presenta como apertura y desregulación.

Pero la señal empresaria, por sí sola, no clausura nada. Que un CEO global valore las reformas no equivale automáticamente a una expansión inmediata de desembolsos. Tampoco elimina los problemas que el propio Wirth señaló: impuestos, legislación laboral, trabas operativas y condiciones de exportación. Más bien confirma otra cosa: que el potencial argentino sigue atado tanto a la calidad del recurso como a la persistencia de las reglas.

En las próximas semanas habrá que observar si este respaldo se traduce en anuncios concretos, aceleración de proyectos o nuevas definiciones sobre infraestructura y comercio exterior. Porque en energía, como en política, las señales importan. Pero el poder real se mide cuando esas señales empiezan a modificar decisiones.

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EE.UU. e Israel elevan la guerra con Irán, golpean Natanz y tensan el tablero energético en Oriente Medio

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La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán entró este sábado en una nueva fase de intensidad militar y riesgo geopolítico. Irán denunció un ataque estadounidense-israelí contra el complejo de enriquecimiento de uranio de Natanz, mientras Washington aumenta el despliegue de marines en Oriente Medio y Tel Aviv anticipa una escalada coordinada para la semana entrante. El dato central no es solo el bombardeo sobre una instalación nuclear sensible, sino la señal política que lo acompaña: la ofensiva dejó de moverse en la lógica de ataques limitados y empieza a mostrar rasgos de una campaña más profunda, con impacto directo sobre la seguridad regional, la navegación en Ormuz y el mercado global del petróleo. La tensión ya no pasa por si habrá una ampliación del conflicto, sino por hasta dónde están dispuestos a llevarla sus protagonistas.

Natanz vuelve al centro y la guerra toca un núcleo estratégico

El hecho más delicado de las últimas horas fue la denuncia iraní sobre un ataque contra el complejo de enriquecimiento Shahid Ahmadi Roshan de Natanz. La Organización de Energía Atómica de Irán informó que la instalación fue alcanzada durante la mañana del sábado y sostuvo, tras evaluaciones técnicas, que no se detectó liberación de material radiactivo ni peligro para los residentes de las zonas cercanas.

La ausencia de fuga nuclear evita, por ahora, un salto todavía más grave en la crisis. Pero el blanco elegido dice mucho por sí mismo. Natanz no es un objetivo cualquiera. En el lenguaje del poder, atacar una instalación de enriquecimiento de uranio implica correr el eje del conflicto hacia un terreno mucho más sensible, porque involucra capacidades estratégicas, compromisos internacionales y una señal concreta sobre lo que Washington e Israel consideran aceptable destruir para modificar la ecuación militar.

La propia organización iraní encuadró el hecho como una violación de normas y compromisos internacionales, incluido el Tratado de No Proliferación. Del otro lado, las fuerzas armadas israelíes dijeron no estar al tanto del ataque cuando fueron consultadas, sin aclarar si la operación correspondió únicamente a Estados Unidos. Esa respuesta, más que despejar dudas, deja a la vista otro dato político: en una guerra de este nivel, la ambigüedad también funciona como herramienta.

No es la primera vez que Natanz queda bajo fuego. El texto base recuerda que las instalaciones ya habían sido alcanzadas en el cuarto día de la guerra iniciada el 28 de febrero y también en la guerra de 12 días de junio pasado, cuando fueron atacadas además las plantas de Fordo e Isfahán. La diferencia ahora es que el golpe alcanzó la planta de enriquecimiento de combustible. Eso eleva el espesor estratégico del episodio.

La ofensiva coordinada deja atrás la idea de contención

La declaración del ministro de Defensa israelí refuerza esa lectura. Según el comunicado difundido por su ministerio, Israel y Estados Unidos se disponen a incrementar considerablemente la intensidad de sus ataques contra Irán y contra las infraestructuras sobre las que se sostiene el régimen iraní durante la semana próxima.

Ese anuncio funciona como un parte político tanto como militar. Expone que la coordinación entre ambos gobiernos ya no se presenta como una cooperación táctica de corto alcance, sino como una campaña con vocación de continuidad. Y eso altera todo el tablero regional. Porque cuando un conflicto entra en su tercera semana sin señales de desescalada, con nuevas oleadas de ataques sobre Beirut, Teherán e Isfahán y con Irán respondiendo contra bases estadounidenses y ciudades israelíes, la lógica deja de ser la del castigo selectivo y se parece cada vez más a una guerra de desgaste ampliada.

En ese marco, el despliegue adicional de marines en Oriente Medio no aparece como un movimiento precautorio aislado. Es una señal operativa y política. Washington muestra capacidad de sostener presencia militar mientras la Casa Blanca mantiene un discurso de superioridad y objetivo cercano. El mensaje hacia aliados, adversarios y mercados es el mismo: Estados Unidos no se está preparando para una salida rápida.

Ormuz, petróleo y la dimensión económica de una guerra que escala

Si Natanz concentra la gravedad nuclear, el estrecho de Ormuz condensa la presión económica. El conflicto ingresó en su tercera semana con crecientes dudas sobre esa vía clave para el comercio energético global, obstruida por Irán en el actual escenario bélico. Y allí se juega una de las variables más delicadas del enfrentamiento: la capacidad de transformar una guerra regional en una crisis de abastecimiento global.

Desde Washington, el Departamento del Tesoro autorizó temporalmente la compra y venta del petróleo iraní que se encuentra varado en el mar. El objetivo declarado es contener el alza de los precios de la gasolina. El secretario del Tesoro estimó que la medida permitiría agregar unos 140 millones de barriles al mercado petrolero. La respuesta iraní fue inmediata: su portavoz petrolero aseguró que el país prácticamente no tiene excedente de crudo para abastecer otros mercados y acusó a Washington de intentar influir sobre la psicología del mercado.

Ese cruce revela una disputa paralela. Mientras en el terreno militar se destruyen capacidades, en el frente económico se libra otra batalla: la de las expectativas energéticas. Si Ormuz sigue bajo restricciones, la presión sobre los precios del petróleo y sobre la inflación internacional puede profundizarse. Y eso convierte a la guerra en un problema que excede a sus combatientes directos.

Trump dejó además otra definición relevante: Estados Unidos solo intervendrá para garantizar la seguridad de navegación en Ormuz si sus aliados se lo piden. La frase intenta trasladar parte del costo político y operativo hacia terceros, aunque al mismo tiempo subraya que Washington considera esa operación militar “sencilla”. No hay neutralidad allí. Hay una advertencia con formato condicional.

Irán responde en varios frentes y amplía el radio del riesgo

La reacción iraní tampoco se limitó a una denuncia diplomática. Según el texto base, la República Islámica informó que atacó cinco bases militares de Estados Unidos en la región y también ciudades israelíes como Tel Aviv y Haifa. La Guardia Revolucionaria mencionó específicamente objetivos en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, el Kurdistán iraquí y Baréin. A su vez, Baréin, Kuwait y Arabia Saudí informaron intercepciones recientes de drones y misiles.

La amplitud geográfica de esa respuesta modifica la lectura del conflicto. Ya no se trata solo de un intercambio entre Washington, Tel Aviv y Teherán. La guerra empieza a rozar, de manera más directa, la infraestructura de seguridad regional. Y eso obliga a observar no solo los ataques consumados, sino la capacidad de arrastre del conflicto sobre otros actores que, aun sin protagonizarlo, pueden quedar comprometidos.

Más aún cuando desde las Fuerzas Armadas iraníes surgió una advertencia sobre posibles objetivos israelíes y estadounidenses “en cualquier parte del mundo”, incluidos lugares de ocio y turísticos. Esa frase amplía la noción de teatro de operaciones y agrega un componente de incertidumbre que complica cualquier intento de encapsular la guerra en un perímetro militar convencional.

El frente diplomático no desaparece, pero retrocede

En paralelo a la escalada, aparece un dato que no cierra la crisis, aunque sí muestra que la diplomacia no está del todo clausurada. En una entrevista difundida por Kyodo, el ministro iraní de Exteriores aseguró que Teherán está dispuesto a facilitar el paso de buques japoneses por Ormuz. La condición implícita es clara: Irán distingue entre países implicados en los ataques y países con los que puede coordinar un paso seguro.

Ese gesto no equivale a una desescalada general. Pero sí revela que Teherán intenta administrar el uso de Ormuz como herramienta de presión, no como cierre indiscriminado. La maniobra combina coerción y selectividad. Y deja abierta una pregunta central para las próximas semanas: si el estrecho será utilizado como instrumento de negociación o como frente adicional de confrontación.

Correlación de fuerzas: coordinación militar arriba, incertidumbre estratégica abajo

En la superficie, Estados Unidos e Israel aparecen hoy alineados y con iniciativa. Tienen capacidad de ataque, coordinación declarada y margen para seguir elevando la presión. Irán, en cambio, responde con bombardeos regionales, amenazas expansivas y control parcial sobre una vía crítica como Ormuz. Pero esa asimetría no resuelve la ecuación política de fondo.

Porque una cosa es mostrar superioridad táctica y otra, muy distinta, traducirla en una salida estratégica estable. Golpear Natanz, escalar ataques y reforzar despliegues puede fortalecer, en el corto plazo, la imagen de decisión de Washington y Tel Aviv. Sin embargo, también multiplica los costos potenciales: más exposición regional, más tensión energética, más riesgo de internacionalización del conflicto y más presión sobre aliados que todavía no aparecen plenamente integrados a una arquitectura común de seguridad.

Del lado iraní, la capacidad de sostener represalias en distintos puntos de la región y de condicionar la circulación por Ormuz le permite preservar poder de daño aun bajo fuerte presión militar. Esa combinación explica por qué la guerra sigue abierta pese a la diferencia de capacidades.

Lo que viene: más ataques, más presión sobre Ormuz y una guerra sin salida clara a la vista

El próximo dato a observar no será solo cuántos ataques adicionales se producen, sino qué tipo de blancos empiezan a ser considerados legítimos por cada parte. Si continúan los golpes sobre infraestructura estratégica, el conflicto puede entrar en una fase todavía más desestabilizadora. También habrá que seguir de cerca la evolución de Ormuz: si persisten las restricciones, si se consolidan excepciones selectivas como la que Irán insinuó para Japón, o si Estados Unidos termina asumiendo un rol más directo en la seguridad de navegación.

En paralelo, la combinación entre despliegue de marines, ofensiva coordinada y presión sobre el mercado petrolero sugiere que el conflicto ya no se mide solo en términos militares. Se juega también en precios, suministros, alianzas y resistencia política.

Por ahora, la guerra no muestra un canal visible de cierre. Muestra, más bien, una superposición de escaladas: nuclear, regional, energética y diplomática. Y cuando todos esos planos se activan al mismo tiempo, lo que está en disputa ya no es solo una victoria táctica, sino la forma incierta de un nuevo equilibrio que todavía nadie puede dar por escrito.

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Acciones argentinas suben hasta 6% y desafían la crisis global, pero el riesgo país y las reservas marcan un límite

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En una jornada atravesada por la volatilidad global por el conflicto en Medio Oriente, los activos argentinos mostraron un comportamiento atípico: subieron hasta 6% en Wall Street y el S&P Merval avanzó 2,8%, mientras los principales mercados internacionales caían hasta 2,8%. El dato no es menor en el actual escenario económico: con un riesgo país que se mantiene por encima de los 600 puntos —cerró en 602 tras tocar 632— y reservas que perforaron los USD 44.000 millones, el mercado local exhibe señales de resiliencia, pero también deja abierta una incógnita clave: ¿se trata de un rebote táctico o de un voto de confianza al programa económico?

Desacople en un contexto global adverso

El contexto externo no ofrecía margen para el optimismo. La escalada de tensiones en Medio Oriente impactó en los precios energéticos y en la dinámica financiera global. El petróleo Brent llegó a superar los USD 111 y cerró en USD 108,30, mientras que el gas natural subió 2,3%. En paralelo, Wall Street retrocedió entre 0,3% y 0,4% y los mercados europeos profundizaron caídas de hasta 2,8%.

Sin embargo, en ese escenario, los activos argentinos se movieron en sentido inverso. El S&P Merval trepó 2,8% hasta los 2.768.681 puntos, impulsado por el sector energético. En Nueva York, los ADR reflejaron ese movimiento: YPF avanzó 5,3% y Vista Energy 5,1%, mientras que Banco Francés lideró con una suba de 6,4% y Edenor con 6%.

La explicación inmediata aparece vinculada a la dinámica del petróleo, que favorece a las compañías energéticas, pero también a señales locales. Las declaraciones del ministro de Economía, que aseguró tener cubiertos los próximos vencimientos de deuda por unos USD 9.000 millones sin acudir al mercado internacional, aportaron un ancla en medio de la incertidumbre.

Entre la deuda y el dólar: señales cruzadas del programa

El comportamiento positivo de las acciones contrastó con la deuda soberana. Los bonos en dólares —Globales y Bonares— retrocedieron en promedio 0,5%, con mayores pérdidas en los títulos de mayor duración. Esa divergencia no es menor: mientras la renta variable muestra apetito, el mercado de deuda mantiene cautela.

El riesgo país sintetiza esa tensión. Aunque recortó sobre el cierre, se mantuvo en 602 puntos básicos, lejos de niveles compatibles con un acceso pleno al crédito internacional.

En paralelo, el frente cambiario mostró estabilidad, pero con matices. El dólar mayorista cerró en $1.394,50, con una brecha de 17,4% respecto del techo de la banda cambiaria ($1.637,01), la mayor desde julio del año pasado. El dólar minorista se mantuvo en $1.415 en el Banco Nación y el blue retrocedió a $1.430.

El Banco Central, por su parte, extendió a 52 ruedas su racha compradora y sumó USD 132 millones en la jornada, acumulando más de USD 3.600 millones en 2026. Sin embargo, ese esfuerzo no se tradujo en una mejora del stock: las reservas cayeron USD 793 millones hasta USD 43.702 millones, afectadas principalmente por la baja en la cotización del oro (-4,8%) y del yuan (-0,4%).

El dato refuerza una paradoja del programa: el Central compra divisas, pero no logra consolidar reservas, una variable central para la credibilidad macroeconómica.

El mercado financiero y la estrategia oficial

La jornada dejó otra señal relevante: el intento del Gobierno de profundizar el mercado de capitales. Desde la Comisión Nacional de Valores se anticipó la creación de un ETF que replique el panel líder de la Bolsa local y cotice en el exterior. La iniciativa apunta a atraer flujos hacia la renta variable argentina y aumentar la liquidez del mercado.

Al mismo tiempo, informes privados empiezan a marcar límites en la estrategia en pesos. Según Adcap, los bonos indexados mostraron una sobreperformance de entre 12% y 15% desde fines de enero, impulsados por la estabilidad cambiaria, pero advierten que esa dinámica podría agotarse sin una apreciación adicional de la moneda.

La recomendación de rotar hacia activos en moneda dura sugiere que, detrás del repunte accionario, persiste una lectura defensiva del mercado.

Un equilibrio frágil en medio de tensiones externas

El desacople de los activos argentinos frente a la caída global introduce un dato político y económico relevante. El Gobierno logra sostener, al menos en el corto plazo, un clima de relativa estabilidad en el mercado local, apoyado en señales de financiamiento y en un tipo de cambio contenido.

Sin embargo, las variables estructurales siguen bajo presión: reservas en descenso, riesgo país elevado y un contexto internacional volátil que impacta en energía, commodities y flujos financieros.

En las próximas semanas, la atención estará puesta en dos frentes. Por un lado, si el flujo de dólares —clave para sostener la acumulación del Banco Central— logra consolidarse. Por otro, si las herramientas anunciadas, como el ETF o las fuentes de financiamiento alternativas, logran traducirse en mayor ingreso de capitales.

El mercado, por ahora, parece otorgar margen. Pero lo hace con cautela.

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