Petróleo

El brent se hunde más del 13 %, por debajo los 95 dólares, tras el alto el fuego entre EE.UU. e Irán

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El barril de petróleo brent para entrega en junio se hunde este miércoles más del 12 %, hasta situarse en los 95 dólares en el mercado de futuros de Londres, después de que Estados Unidos e Irán hayan acordado un alto el fuego de dos semanas.

A las 7:00 horas de este miércoles, y según datos de Bloomberg recogidos por EFE, el precio del brent baja el 12,55 %, hasta los 95,53 dólares el barril.

Durante esta madrugada, tras conocerse que se había alcanzado ese acuerdo cuando estaba a punto de cumplirse el plazo del ultimátum que había dado Donald Trump a irán, el petróleo ha llegado a caer hasta un 16 % y ha tocado un mínimo en los 91,70 dolares.

El petróleo de Texas baja con fuerza

De la misma manera que el brent, el petróleo intermedio de Texas (WTI, por sus siglas en inglés) baja con fuerza este miércoles antes de la apertura oficial del mercado en Estados Unidos. Retrocede el 14,48 %, hasta los 94,9 dólares.

El brent ya cerró la víspera con una leve caída del 0,46 %, hasta los 109,27 dólares, mientras el mercado estaba muy pendiente del vencimiento del ultimátum impuesto por el presidente estadounidense, Donald Trump, a Irán para reabrir el estrecho de Ormuz.

Ante de dicho vencimiento, el propio Trump anunció en redes sociales un acuerdo con Irán para un alto el fuego de dos semanas, periodo durante el cual se negociará un acuerdo de paz en Islamabad, la capital de Pakistán, con base a un plan de diez puntos presentado por Teherán.

Trump aseguró que la posibilidad de alcanzar un acuerdo de paz «definitivo» con Irán se encuentra en «una etapa muy avanzada», e indicó que la razón de este pacto es haber «cumplido y superado todos los objetivos militares».

Asimismo, el ministro iraní de Exteriores iraní, Abas Araqchí, dijo que será posible «el paso seguro» por el estrecho de Ormuz durante las próximas dos semanas, después del cese del fuego bilateral.

El gas natural se hunde un 19 %, hasta los 42,8 euros

El precio del gas natural para entrega a un mes en el mercado TTF de Países Bajos, el de referencia en Europa, se hunde más del 19 % en la apertura de este miércoles, hasta los 42,8 euros por megavatio hora (MWh), después de que Estados Unidos e Irán hayan acordado un alto el fuego durante dos semanas.

Dicho acuerdo permitirá restablecer el flujo de petróleo y gas a través del estrecho de Ormuz.

En este sentido, Irán ha asegurado que, durante las dos próximas semanas, habrá «paso seguro» a través de Ormuz en coordinación con el Ejército de la República Islámica.

A las 8 horas de hoy (6.00 GMT), y según datos de Bloomberg recogidos por EFE, el gas natural se hunde el 19,6 %, hasta los 42,80 euros.

De esta manera, el precio del gas se acerca a los 31,6 euros en los que cotizaba el pasado 27 de febrero, un día antes de que Estados Unidos e Israel iniciaran la guerra contra Irán.

Durante este periodo, el precio del gas se ha disparado con fuerza y ha llegado a cotizar en los 72 euros.

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Jamie Dimon advierte sobre el “riesgo Europa” y reabre el debate estratégico del acuerdo Mercosur-UE

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La carta anual a accionistas del CEO de JPMorgan Chase, Jamie Dimon volvió a irrumpir en el tablero político-económico global con un mensaje que excede al sistema financiero: Europa enfrenta una “década decisiva” y podría hundirse si no corrige su rumbo. La advertencia, difundida en abril de 2026, llega en un momento sensible, justo cuando el Mercosur busca avanzar en su acuerdo comercial con la Unión Europea. El dato no es menor: el peso relativo del PIB europeo cayó del 90% del estadounidense en 2000 a cerca del 70% en la actualidad. ¿Se trata de un diagnóstico tardío para un socio estratégico o de una señal que obliga a recalibrar alianzas?

Europa bajo presión: diagnóstico económico con implicancias políticas

El planteo de Jamie Dimon no se limita a un análisis técnico. Apunta a una falla estructural: la falta de una unión económica plena dentro de Europa. Según el ejecutivo, esa debilidad explica el rendimiento por debajo de lo esperado de las economías del bloque.

El señalamiento retoma discusiones previas —como las advertencias sobre la falta de integración— y las proyecta hacia un escenario de competencia global más exigente. En ese marco, Dimon identifica barreras internas, costos elevados en los sistemas de bienestar y dificultades para articular una estrategia común frente a potencias como China y Rusia.

Sin embargo, introduce un matiz: Europa aún tiene margen de maniobra. Destaca el aumento del gasto militar y sostiene que una Europa más fuerte, tanto en lo económico como en defensa, resulta funcional a los intereses de Estados Unidos.

Mercosur en la encrucijada: oportunidad o riesgo estratégico

El diagnóstico impacta directamente en el Mercosur. El bloque regional intenta consolidar un acuerdo comercial con la Unión Europea, pero lo hace en un contexto donde su potencial socio aparece cuestionado en términos de competitividad y cohesión.

La advertencia de Dimon introduce una tensión implícita: si Europa no logra revertir su estancamiento, ¿qué valor estratégico tiene ese acuerdo en el mediano plazo? Al mismo tiempo, una Europa que busque fortalecerse podría acelerar definiciones comerciales y regulatorias, lo que abriría una ventana de oportunidad para los países sudamericanos.

En ese equilibrio inestable, el vínculo deja de ser meramente comercial y pasa a ser geopolítico.

Estados Unidos resiliente, pero con fisuras internas

En paralelo, Dimon describió a la economía estadounidense como “resiliente”, sostenida por consumidores que continúan gastando, aunque advirtió señales de debilitamiento y un clima de desconfianza hacia el gobierno.

El análisis incorpora tensiones internas: presión impositiva, migración desde ciudades con altos costos y una distribución del crecimiento que deja afuera a sectores amplios de la población. Esa desigualdad, según el propio diagnóstico, erosiona el “sueño americano”.

Aun así, el ejecutivo identifica factores que podrían sostener la expansión hacia 2026: una agenda desreguladora, estímulos monetarios y el impulso de la inversión en inteligencia artificial.

Energía, guerra e incertidumbre global

El escenario internacional agrega otra capa de complejidad. Dimon advirtió sobre posibles “perturbaciones importantes y continuas” en los precios del petróleo y las materias primas, en el contexto de la guerra que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán.

Ese factor introduce un riesgo directo sobre las economías, especialmente aquellas dependientes de importaciones energéticas o con estructuras productivas sensibles a los costos logísticos.

IA y mercado laboral: el próximo frente de tensión

El CEO de JPMorgan también puso el foco en la inteligencia artificial como vector de cambio estructural. La advertencia es clara: la tecnología transformará prácticamente todas las funciones laborales, eliminando algunos empleos y redefiniendo otros.

El punto crítico no es la innovación en sí, sino la velocidad. Si la implementación avanza más rápido que la adaptación de la fuerza laboral, el desajuste podría generar tensiones sociales y económicas. En ese marco, Dimon plantea la necesidad de políticas públicas orientadas a la recapacitación y la transición laboral.

Un sistema financiero en alerta

Finalmente, el ejecutivo encendió una señal sobre el sistema de crédito. Alertó que las pérdidas en préstamos a empresas altamente endeudadas podrían ser mayores de lo esperado, en un contexto donde crecen los actores no bancarios y la competencia tecnológica.

El mercado de crédito privado, estimado en US$ 1,8 billón, aparece como un foco de atención. La expansión de este segmento, combinada con estándares de otorgamiento más flexibles, introduce riesgos que todavía no terminan de dimensionarse.

Un tablero en redefinición

La carta de Dimon no define escenarios, pero ordena variables. Europa en tensión, Estados Unidos con fortalezas y fisuras, mercados energéticos volátiles, tecnología disruptiva y un sistema financiero bajo presión.

Para el Mercosur, el mensaje llega en un momento clave. No cierra debates; los abre. Porque si el mundo entra en una fase de reconfiguración, las alianzas que hoy parecen estratégicas podrían necesitar una revisión más profunda en el corto plazo.

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Trump amenaza con escalar la guerra en Irán

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En medio de negociaciones por un alto el fuego, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fijó un plazo hasta este martes para que Irán acepte un acuerdo y reabra el estrecho de Ormuz, bajo amenaza de “volarlo todo por los aires”. El mensaje, difundido en vísperas de Pascua, incluyó advertencias explícitas sobre ataques a infraestructura energética, plantas desalinizadoras y redes de transporte.

El dato no es solo retórico. Llega en un momento donde el petróleo alcanzó los US$ 114 por barril y por donde circula una quinta parte del comercio global de crudo. La tensión es evidente: ¿la presión de Washington busca forzar una negociación o empuja a una escalada que incluso divide al propio oficialismo?

Entre la diplomacia y la coerción: el marco de una negociación inestable

El ultimátum se produce mientras Estados Unidos, Irán y mediadores regionales discuten un posible alto el fuego de 45 días, con un esquema en dos fases que podría derivar en un acuerdo más amplio. Sin embargo, Teherán ya rechazó condiciones inmediatas como la reapertura del estrecho y cuestionó la lógica de negociar bajo amenazas.

El trasfondo es más complejo. Desde el 28 de febrero, el conflicto escaló con ataques coordinados junto a Israel, incluso mientras existían canales de diálogo abiertos sobre el programa nuclear iraní. Esa superposición entre negociación y acción militar erosiona la credibilidad del proceso.

En paralelo, el señalamiento de Irán sobre posibles crímenes de guerra por amenazas a infraestructura civil introduce un componente jurídico que condiciona la diplomacia. No es solo una disputa militar: es también una batalla por legitimidad internacional.

Golpes económicos y presión sobre el régimen iraní

La ofensiva no se limita al plano discursivo. Israel confirmó ataques sobre instalaciones clave como South Pars, responsable de cerca del 50% de la producción petroquímica iraní, y que junto a otras plantas concentra hasta el 85% de las exportaciones del sector. Según esa evaluación, el impacto económico asciende a decenas de miles de millones de dólares.

En paralelo, la muerte de altos mandos iraníes en ataques recientes refuerza una estrategia orientada a debilitar la estructura de poder del régimen. El mensaje es claro: el frente militar busca condicionar la negociación desde el daño económico y operativo.

Pero esa lógica también tiene costos. La interrupción en la producción energética y el bloqueo del estrecho de Ormuz amplifican la volatilidad global y colocan a los mercados como un actor indirecto en el conflicto.

La presión interna sobre Trump

Si el frente externo está tensionado, el interno no es menos complejo. Las declaraciones de Trump generaron una reacción inusual dentro del Partido Republicano. Referentes de su propio espacio cuestionaron la amenaza de atacar infraestructura civil y el giro hacia un conflicto abierto.

Las críticas no se limitan a la estrategia militar. Apuntan a una contradicción central: el alejamiento de la promesa de campaña de evitar nuevas guerras. La renuncia de un asesor clave en materia antiterrorista y las objeciones públicas de figuras del propio espacio exponen una fisura que atraviesa al oficialismo.

En paralelo, la oposición en el Congreso ya activó pedidos de investigación sobre decisiones vinculadas al conflicto, lo que suma presión institucional en un momento donde la conducción política intenta sostener coherencia en medio de una escalada.

Entre la negociación y el punto de no retorno

El plazo fijado por Trump introduce un reloj político y militar que condiciona las próximas horas. Si Irán mantiene su rechazo, la amenaza de nuevos ataques podría materializarse. Si cede, la negociación avanzaría bajo una lógica de presión que deja heridas abiertas.

Habrá que observar tres variables clave: la evolución del precio del petróleo, la capacidad de los mediadores para sostener el canal diplomático y la respuesta interna dentro del propio oficialismo estadounidense.

Por ahora, la escena muestra un equilibrio inestable. La negociación sigue en pie, pero cada movimiento parece acercar más a las partes a un punto donde la política deja de ordenar la guerra y empieza a correr detrás de ella.

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Petróleo, inflación y Fed: el verdadero frente de la guerra entre Estados Unidos e Irán

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Por Justin Khoo, analista sénior de mercados, VT Markets. El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase más delicada para los mercados mundiales. Lo que comenzó como un foco de tensión geopolítica se está convirtiendo ahora en algo más amplio: un riesgo de interrupción prolongada del suministro energético y del transporte marítimo que está afectando directamente a las perspectivas macroeconómicas mundiales.

Durante el fin de semana, el conflicto se intensificó al aumentar la implicación directa de los hutíes, lo que ha suscitado nuevas preocupaciones en puntos estratégicos del tráfico marítimo, como el mar Rojo, Bab el-Mandeb y el ya tensionado estrecho de Ormuz.

En ningún otro lugar es más evidente esta escalada que en los mercados petroleros. El precio del crudo Brent va camino de registrar una subida mensual récord, tras haber subido recientemente hasta un 3.7% para alcanzar los 116.78 dólares por barril, mientras que el West Texas Intermediate ha superado la barrera de los 100 dólares. Este repunte no es solo una cuestión energética: está alimentando directamente las expectativas de inflación y la fijación de precios de los activos en general. Este enfrentamiento también mantiene elevado el índice del dólar estadounidense (USDX) y somete a presión al S&P 500.

Desde una perspectiva económica, esto ya no es simplemente una prima de guerra sobre el petróleo; es una crisis global del costo de la vida. 

La realidad de la energía y la inflación, la divergencia entre el dólar y el oro

Cuando el precio del crudo Brent se mantiene por encima de los 115 dólares, deja de ser una cuestión geopolítica y se convierte en una limitación macroeconómica. El aumento de los costos energéticos se traslada rápidamente a los precios del transporte, la producción y los productos de consumo, lo que eleva el riesgo de que la inflación resulte más persistente de lo previsto.

Esto plantea un dilema difícil para la Reserva Federal. En una desaceleración típica, los políticos tendrían margen para flexibilizar la política monetaria con el fin de apoyar el crecimiento. Pero con los precios de la energía impulsando la inflación al alza, esa flexibilidad es limitada. La Fed se encuentra atrapada: incapaz de dar un giro decisivo hacia recortes de tasas, mientras los riesgos de inflación siguen activos.

Este cambio en las perspectivas de política monetaria se está trasladando ahora directamente a los mercados de divisas y materias primas.

En una clásica crisis geopolítica, el oro y el dólar suelen subir juntos mientras que las acciones caen. En esta ocasión, la subida del petróleo es tan acusada que los mercados también están reevaluando la trayectoria de la Fed, y los inversores se alejan de las expectativas de recortes de tipos para 2026 y se inclinan hacia la posibilidad de una política más restrictiva.

El dólar estadounidense va camino de registrar su mayor subida mensual desde julio, mientras que el oro ha caído más de un 15% en marzo y está registrando su peor rendimiento mensual desde 2008.

¿Supondrá abril un punto de inflexión?

A medida que los mercados se adentran en abril, es probable que la atención pase de los titulares sobre temas militares a los datos económicos de EE. UU. Las publicaciones clave, entre las que se incluyen el índice JOLTS, las nóminas no agrícolas y el índice PMI manufacturero del ISM, serán fundamentales para determinar si el motor del crecimiento mundial está empezando a ralentizarse bajo el peso del aumento de los costes energéticos. 

Una combinación de datos laborales más débiles y una inflación persistentemente alta reforzaría el discurso actual: crecimiento más lento, políticas más restrictivas y volatilidad sostenida en los activos de riesgo.

Al mismo tiempo, los acontecimientos geopolíticos siguen siendo fundamentales. El 6 de abril marca el final de la actual pausa táctica de 10 días en los ataques contra la infraestructura energética iraní. Aunque el mercado espera algún tipo de distensión, el riesgo de nuevos ataques sigue estando muy presente.

También existe una clara lógica militar y económica que sustenta las expectativas de un punto de inflexión. Los informes sugieren que una parte significativa del arsenal de misiles de Irán ya ha quedado inutilizada, mientras que la presencia de la 31.ª Unidad Expedicionaria de Marines a bordo del USS Tripoli indica que la presión podría intensificarse rápidamente si fracasan las negociaciones.

Al mismo tiempo, el incentivo económico es igualmente claro: volver a situar el precio del crudo Brent por debajo de los 80 dólares sigue siendo una prioridad para aliviar las presiones inflacionistas y estabilizar las expectativas de crecimiento.

Esto deja a los mercados en una situación conocida, pero incómoda. Aunque el incentivo para la distensión es fuerte, el camino a seguir sigue siendo incierto. Por ahora, los inversores deben prepararse para tres posibles resultados: un avance en la distensión, una nueva fase de ataques directos o un conflicto por poder prolongado que se extienda hasta el resto de 2026.

Hasta que uno de estos escenarios comience a imponerse, es poco probable que los mercados encuentren una dirección clara, lo que hará que la volatilidad, más que la tendencia, sea la característica definitoria en las próximas semanas.

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El Gobierno frena el impuesto a los combustibles y apuesta a los biocombustibles para contener la inflación

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Con el precio de la nafta por encima de los $2.000 y el impacto de la guerra en Medio Oriente trasladándose a los surtidores, el Gobierno nacional decidió suspender la actualización del impuesto a los combustibles prevista para abril. La medida, oficializada en las últimas horas, busca contener la escalada inflacionaria en un rubro sensible, pero también expone una tensión de fondo: hasta dónde puede intervenir el Estado sin desarmar su propio esquema fiscal.

La decisión no llegó sola. Se complementa con otra señal: el aumento del corte obligatorio de bioetanol al 15% en las naftas, en un intento por amortiguar el traslado del precio internacional del petróleo. En conjunto, el paquete configura una respuesta de corto plazo frente a una presión externa que el Gobierno no controla, pero que impacta de lleno en su principal objetivo económico.

Un equilibrio delicado entre inflación y recaudación

La suspensión del impuesto se inscribe en una lógica más amplia: evitar que el aumento del costo energético termine filtrándose al resto de los precios. En términos prácticos, implica resignar ingresos fiscales en un momento donde el equilibrio de las cuentas públicas sigue siendo una prioridad.

Al mismo tiempo, el incremento del componente de biocombustibles introduce un mecanismo de sustitución parcial. No se trata solo de una decisión técnica, sino de una señal política: reducir la dependencia del petróleo importado y amortiguar la volatilidad internacional con producción local.

El trasfondo es claro. La suba del barril, empujada por el conflicto en Medio Oriente, reconfigura los márgenes de maniobra. Frente a ese escenario, el Gobierno combina herramientas fiscales y regulatorias para sostener el ancla inflacionaria sin modificar el esquema general de política económica.

Presión política y disputa por la agenda energética

La decisión oficial reactivó de inmediato el frente legislativo. Desde Provincias Unidas, un grupo de diputados y una senadora reclamaron que el Congreso trate el proyecto presentado el 19 de marzo para elevar el corte obligatorio de biocombustibles a nivel nacional.

El planteo no es nuevo, pero adquiere otra dimensión tras las medidas del Ejecutivo. Los impulsores del proyecto sostienen que el contexto internacional abre una “oportunidad concreta” para reducir importaciones, generar empleo y fortalecer la industria local. También buscan que el Ministerio de Relaciones Exteriores impulse gestiones ante la Unión Europea para evitar restricciones al comercio de biocombustibles.

En ese cruce, la política energética empieza a mostrar una disputa más amplia: quién fija el rumbo de la matriz productiva y bajo qué criterios. El Gobierno toma medidas puntuales, mientras sectores legislativos intentan capitalizar ese movimiento para instalar una agenda más estructural.

Entre la urgencia y el rediseño de la matriz

El combo de medidas revela un movimiento táctico más que un cambio de paradigma. La prioridad sigue siendo contener la inflación en el corto plazo, incluso a costa de resignar recursos o intervenir precios indirectamente.

Sin embargo, el debate sobre biocombustibles introduce una variable de mediano plazo. La posibilidad de diversificar la matriz energética, reducir la exposición a shocks externos y generar divisas aparece como una discusión que excede la coyuntura.

En las próximas semanas, la clave estará en observar si el Congreso toma el guante y avanza con el proyecto pendiente, y si el Gobierno profundiza esta línea o la mantiene como una herramienta puntual. La presión internacional no cede. Tampoco la inflación. Entre ambas, se juega algo más que el precio en surtidor.

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