PETRÓLEO

Inflación en EE.UU.: el shock energético complica a la Fed y tensiona al mercado

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La inflación en Estados Unidos volvió a acelerarse en marzo, impulsada principalmente por el salto en los precios de la energía en medio del conflicto con Irán. Sin embargo, la dinámica subyacente se mantiene contenida, lo que abre un nuevo interrogante para la política monetaria.

“Los datos del IPC salieron en línea con lo esperado, considerando el impacto energético”, señaló John Kerschner, gestor de carteras en Janus Henderson Investors. La inflación mensual se ubicó en 0,87%, por debajo del 1,0% previsto, aunque marcó el nivel más alto desde junio de 2022. En términos interanuales, el índice general alcanzó el 3,29%. El dato más relevante para el mercado es que la inflación subyacente —que excluye energía y alimentos— se mantuvo moderada: subió 0,20% en el mes y se ubicó en 2,60% interanual, un nivel considerado “razonablemente benigno”.

Energía: el factor que todavía no terminó de impactar

El componente energético explica gran parte de la presión reciente. Los precios de la gasolina subieron 21% en marzo, pero acumulan cerca de un 40% desde el inicio del conflicto. Y el traslado a otros rubros aún no terminó. “Los alimentos todavía no reflejan este impacto, pero es solo cuestión de tiempo. El aumento del gasoil va a filtrarse en toda la cadena”, advirtió Kerschner. Incluso en un escenario de rápida distensión geopolítica, el panorama no cambiaría de inmediato. “Aunque el estrecho de Ormuz se reabra hoy, los precios de la energía seguirán elevados durante meses, posiblemente años”, agregó.

Señales mixtas en la inflación de servicios

En contraste, algunos indicadores clave mostraron alivio. El denominado “super core” —servicios básicos excluyendo vivienda— avanzó apenas 0,18%, muy por debajo del promedio reciente. A su vez, el componente de alquiler equivalente (OER) se mantuvo estable, con una suba mensual del 0,22% por tercer mes consecutivo. Esto llevó la tasa interanual de este indicador al 3,02%, niveles que no se observaban desde 2021.

La Fed, ante un dilema incómodo

El dato deja a la Reserva Federal de Estados Unidos frente a una decisión compleja: priorizar la lucha contra la inflación o evitar enfriar aún más una economía que muestra señales de desaceleración. “El mercado hoy descuenta que la Fed mantendrá sin cambios las tasas al menos en las próximas diez reuniones”, explicó Kerschner. “Habrá discurso duro, pero con medidas más bien moderadas”. Sin embargo, el riesgo inflacionario sigue latente. Existe una regla empírica en el mercado: un aumento del 10% en el precio del petróleo suma entre 25 y 30 puntos básicos al IPC general.

Con el crudo aún entre 40% y 50% por encima de los niveles previos al conflicto, el escenario podría complicarse. “Si estos precios se sostienen, podríamos ver una inflación general por encima del 4% y una subyacente cercana al 3%”, advirtió.

En definitiva, el dato de marzo trajo cierto alivio en la inflación núcleo, pero el impacto energético todavía no terminó de desplegarse. La Fed gana tiempo, pero el margen es estrecho y dependerá, en gran medida, de un factor imposible de anticipar: la duración del conflicto en Medio Oriente.

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El frágil alto al fuego en Irán y la reacción en cadena en el mercado de divisas y las criptomonedas

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La reciente distensión parcial entre Estados Unidos e Irán trajo un alivio momentáneo a los mercados, pero lejos está de disipar la incertidumbre. El alto al fuego vigente, cuestionado por ambas partes y atravesado por dudas operativas, convive con un factor estructural que sigue dominando el escenario: la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde transita cerca del 20% del suministro global de petróleo. En ese equilibrio inestable, los analistas advierten que el mercado podría estar frente a un punto de inflexión.

Para Justin Khoo, Analista Senior de Mercados de VT Markets, la tensión en torno al estrecho ya dejó de ser un evento regional para convertirse en “una crisis sistémica que afecta al sistema financiero mundial”. Aunque el alto al fuego generó una baja inicial en los precios, el rápido retorno del crudo a la zona de los 100 dólares refleja que los inversores siguen descontando disrupciones en el suministro energético.

El impacto no se limita al petróleo. La suba de los costos energéticos se traslada a transporte, producción e insumos básicos, con efectos directos sobre la inflación global. “Comprender los efectos en cadena en las economías mundiales y el flujo de capital ya es una necesidad, no una opción”, plantea Khoo. En ese contexto, el mercado enfrenta un escenario atípico: el dólar se fortalece no sólo como refugio, sino también por tasas que podrían mantenerse más altas durante más tiempo, generando un endurecimiento de las condiciones financieras globales.

En paralelo, de acuerdo a Khoo, el reacomodamiento también alcanza a los activos digitales. El bitcoin enfrenta una prueba clave en su aspiración de consolidarse como “oro digital”. Por un lado, la inestabilidad en monedas tradicionales impulsa su adopción como reserva de valor alternativa. Por otro lado, la restricción de liquidez global y las nuevas regulaciones bancarias podrían limitar el ingreso de capital institucional, generando tensiones en su comportamiento.

Desde Janus Henderson Investors, el Analista de Investigación Noah Barrett aporta otra perspectiva al poner el foco en la fragilidad del alto al fuego y sus implicancias para los mercados energéticos. “La reapertura del estrecho (de Ormuz) durante dos semanas permitiría reanudar el flujo de crudo bloqueado y aliviar la presión sobre los precios”, explica. Sin embargo, advierte que la clave no es sólo la apertura, sino su sostenibilidad: “Necesitamos confianza en que no volveremos a enfrentarnos a amenazas o ataques graves en el corto plazo”, agregó.

La reacción inicial del mercado después del anuncio de Donald Trump fue contundente, con una caída del Brent cercana al 15,5%. Aun así, Barrett anticipa que los precios se mantendrán elevados en relación con los niveles previos al conflicto. “La prima de riesgo sigue siendo alta, por lo que esperamos un piso más alto para el petróleo”, señala, lo que refuerza la idea de un nuevo régimen de precios energéticos.

Más allá del petróleo, el impacto se amplifica a toda la economía. El encarecimiento del gas natural, clave en la producción de fertilizantes, introduce presión sobre los alimentos y la cadena agroindustrial, trasladando la inflación al consumidor final. En América Latina, este fenómeno expone vulnerabilidades estructurales: Argentina enfrenta limitaciones para absorber shocks externos, Perú depende de importaciones energéticas y México combina oportunidades por su perfil petrolero con riesgos derivados de su dependencia del gas.

En este contexto, el mercado también reevalúa el comportamiento de activos tradicionales como el oro. La fragilidad del alto al fuego sostiene la demanda de refugio, pero la posibilidad de tasas más altas introduce presión a la baja, configurando un escenario de volatilidad sin una dirección clara.

El resultado es un entorno donde la geopolítica deja de ser un factor externo y pasa a ser un determinante central de precios, tasas y flujos de capital. Con el estrecho de Ormuz como epicentro, los mercados enfrentan un escenario donde la volatilidad no es un episodio transitorio, sino una característica estructural. Y en esa dinámica, más que el alto al fuego en sí, lo que está en juego es la capacidad del sistema global para adaptarse a un nuevo mapa energético.

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Mercados globales: marzo dejó la peor caída en años y reavivó temores de estanflación

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Los mercados financieros globales atravesaron en marzo uno de sus meses más complejos de los últimos años. Según el último análisis de Janus Henderson, la combinación de tensiones geopolíticas, suba del petróleo y cambios en las expectativas sobre tasas de interés generó una fuerte corrección en activos de riesgo y reavivó los temores de estanflación.

A nivel global, las acciones registraron su peor desempeño mensual desde 2022, con caídas particularmente marcadas en Europa y Asia, luego de un inicio de año positivo. El índice MSCI World retrocedió 6,3% en dólares, reflejando un marcado cambio en el apetito por riesgo de los inversores.

El detonante principal fue la escalada del conflicto en Medio Oriente, que dominó la narrativa de mercado durante todo el mes. La incertidumbre geopolítica impulsó una dinámica “risk-off”, con movimientos bruscos en los precios de los activos y una mayor aversión al riesgo.

En ese contexto, el petróleo se convirtió en el gran protagonista: los precios del crudo se dispararon —con el Brent subiendo con fuerza— ante el temor por interrupciones en el suministro global. Este shock energético alimentó nuevas presiones inflacionarias y obligó a los mercados a recalibrar sus expectativas sobre la política monetaria.

“El repunte del petróleo no sólo impactó en la inflación, sino que también cambió rápidamente la percepción sobre el rumbo de las tasas de interés”, señala un informe de Janus Henderson.  

Cayeron los bonos y asoma la posibilidad de estanflación

En paralelo, los bonos soberanos también registraron caídas a nivel global, en un contexto de suba de rendimientos. Los activos corporativos y titulizados siguieron la misma tendencia, afectados por la ampliación de spreads y el deterioro del sentimiento de mercado.

Con este telón de fondo, volvió a instalarse el debate sobre un escenario de estanflación: crecimiento económico más débil combinado con inflación persistente, especialmente en países dependientes de la importación de energía.

Aun así, el informe de Janus Henderson destaca algunos factores de resiliencia. Las expectativas de ganancias corporativas se mantuvieron relativamente estables y la actividad de fusiones y adquisiciones continuó dinámica, lo que sugiere que el mercado aún encuentra fundamentos positivos en el mediano plazo.

Para Argentina, el nuevo escenario global suma presión sobre la inflación

En clave local, el salto en los precios internacionales del petróleo introduce un factor adicional de presión sobre la inflación, en un contexto donde Argentina aún depende de importaciones energéticas en determinados períodos del año. Esto podría trasladarse a mayores costos en subsidios o a ajustes en tarifas, con impacto directo en el índice de precios.

Al mismo tiempo, el cambio en las expectativas de tasas a nivel global complica el acceso al financiamiento para mercados emergentes. Para Argentina, esto se traduce en un contexto externo más restrictivo, con menor apetito por riesgo y mayores exigencias para captar capital, incluso en un escenario de normalización macroeconómica.

Sin embargo, el nuevo escenario también presenta oportunidades. La suba de los commodities energéticos y agrícolas podría mejorar los términos de intercambio y sostener el ingreso de divisas, en un año donde el frente externo sigue siendo clave para la estabilidad económica. En este contexto, la evolución de los precios internacionales será determinante para el equilibrio local en los próximos meses.

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Cuando la guerra entra al bolsillo

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Durante días -o semanas- miramos la guerra en Medio Oriente desde lo bélico: misiles, mapas, ofensivas, contraataques. Una lógica casi automática. Pero mientras la atención seguía puesta en lo militar, el conflicto empezó a correrse de eje.

No dejó de ser una guerra armada. Pero pasó a jugarse, cada vez más, en otro terreno: el económico. Un terreno en el que Irán encontró rápidamente herramientas para mostrar su poderío estratégico. 

Y ahí el impacto es mucho más amplio.

El punto de quiebre fue el estrecho de Ormuz. Por esa vía circula cerca del 20% del petróleo mundial. No hace falta que se cierre completamente: alcanza con que se vuelva inestable y peligroso para que el sistema global entre en tensión. Eso fue exactamente lo que pasó. En los últimos días una imagen sintetizó la actualidad de la guerra: un petrolero tailandés atacado mientras intentaba atravesar el estrecho. La economía mundial también recibe el impacto de los misiles reales.  

Surgen varias preguntas que aún no tienen respuesta: ¿Estados Unidos e Israel evaluaron este riesgo antes de aprobar el ataque? ¿Pensaron que Irán sería igual a Venezuela con un ataque e intervención rápida? 

En cuestión de semanas, el precio del crudo saltó entre 40% y 50%, mientras que el gas natural registró subas de hasta 60% en mercados internacionales. El combustible para aviación superó los USD 200 por barril equivalente, un nivel que no se veía desde crisis energéticas históricas.

Esos números, más que cualquier declaración política, explican el cambio de escenario.

Porque cuando la energía sube en esa magnitud, el conflicto deja de ser regional. Se vuelve global por definición.

Europa es uno de los primeros lugares donde ese impacto se hace visible. El aumento del gas importado ya está trasladándose a tarifas y costos industriales, en algunos casos con subas superiores al 30% interanual. Gobiernos como el de España volvieron a desplegar paquetes de ayuda por miles de millones de euros para amortiguar el golpe, en un contexto fiscal mucho más limitado que en crisis anteriores.

Asia, en cambio, enfrenta un problema más estructural. Países como Japón, Corea del Sur o India dependen en más de un 70% de importaciones energéticas, gran parte provenientes del Golfo. El encarecimiento del crudo y el gas no sólo impacta en precios: reduce márgenes industriales y compromete el crecimiento. Algunos análisis ya recortan proyecciones de expansión en la región en hasta 1 punto porcentual para este año. En países como Filipinas hay estaciones de servicio cerradas y se han viralizado imágenes de miles de personas yendo a sus trabajos caminando por rutas y autopistas. En Vietnam y Tailandia los ascensores se han apagado y se utilizan solo en casos de emergencia. Incluso Japón analiza reducir la velocidad máxima en sus autopistas buscando desalentar el uso de automóviles. 

Estados Unidos y las economías occidentales entran en otro tipo de tensión. La OCDE estima que este shock podría empujar la inflación global nuevamente hacia la zona del 4%, cuando el mundo todavía no terminó de digerir la ola inflacionaria post pandemia. El problema es conocido: si suben las tasas para contener precios, se enfría la economía; si no lo hacen, el riesgo es que la inflación se vuelva persistente.

América Latina aparece, como suele pasar, en una zona intermedia. El aumento de los combustibles —en algunos casos por encima del 20% en pocas semanas— se traduce rápidamente en inflación. En Argentina, por ejemplo, el impacto se filtra en transporte, logística y alimentos, amplificando tensiones que ya existían. Este fin de semana la nafta súper alcanzó los $2250 por litro en algunas regiones del país, Misiones entre ellas. 

Al mismo tiempo, algunos países exportadores de energía encuentran una mejora en sus ingresos externos. Pero incluso ahí el efecto no es lineal: mayores precios conviven con mayor volatilidad y menor previsibilidad.

El problema no se limita a la energía. La guerra también está reconfigurando la logística global. El costo de los fletes marítimos en rutas vinculadas al Golfo subió entre 25% y 40%, mientras que los seguros por riesgo de guerra se multiplicaron e incluso hay aseguradoras que no validan nuevas pólizas para embarcaciones en esas zonas. A eso se suman desvíos de rutas aéreas y demoras que impactan en cadenas de suministro sensibles.

Y ahí aparece otro dato clave: no sólo se encarece el petróleo. También lo hacen los fertilizantes, los alimentos y determinados insumos industriales. Es un efecto en cascada.

Por eso, medir esta guerra únicamente en términos militares hace que el análisis quede corto. Hoy se mide en inflación, en costo energético, en puntos de crecimiento perdidos. Se mide en cuánto paga cada país por sostener su funcionamiento básico.

Y en ese terreno, la distancia geográfica deja de importar.

Porque esta es una guerra que ya se está pagando. En la nafta, en la luz, en el supermercado.

Escenarios a futuro: tres caminos posibles

Escenario de estabilización (poco probable en el corto plazo)

  • Reapertura de rutas energéticas
  • Baja gradual de precios
  • Recuperación económica

    Escenario de guerra prolongada (el más probable hoy)
  • Energía cara durante años
  • Inflación estructural
  • Crecimiento débil global

La propia dinámica actual sugiere que los efectos pueden durar “varios años” en el mercado energético. 

Escenario de escalada total (alto riesgo sistémico)

  • Bloqueo prolongado del comercio energético
  • Recesión global o estanflación
  • Fragmentación económica mundial

Algunos analistas ya describen esta crisis como el mayor shock energético de la historia moderna.

Incluso si el conflicto se detuviera hoy mismo, el mercado tardaría entre 6 y 9 meses en recuperarse. Pero hoy ese no parece ser el escenario central.

Lo más probable es una prolongación del conflicto con precios energéticos altos durante meses —o incluso años— y un impacto sostenido sobre la economía global. Algunos informes ya hablan de un shock que podría recortar entre 0,5 y 1 punto del crecimiento mundial si se mantiene en el tiempo.

El riesgo mayor, aunque todavía no es el escenario base, es una escalada más profunda. Ahí ya no estaríamos hablando sólo de inflación o desaceleración, sino de estanflación global: bajo crecimiento con alta inflación, una combinación especialmente difícil de manejar.

En paralelo, empieza a insinuarse algo más estructural. Un mundo donde la seguridad energética pesa más que la eficiencia económica. Donde las cadenas de suministro se acortan, se regionalizan o se encarecen. Donde la geopolítica vuelve a meterse de lleno en las decisiones económicas.

En definitiva, un mundo menos integrado.

La guerra en Medio Oriente no sólo está redefiniendo un equilibrio regional. Está mostrando que, en el escenario actual, el poder ya no se expresa únicamente en términos militares.

Se expresa en la capacidad de alterar precios, de interrumpir flujos, de tensionar economías enteras.

Y en ese tipo de guerra, los efectos no se ven en un mapa.

Se ven —todos los días— en los números y en el bolsillo. 

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La Guerra sacude al mundo y genera preocupaciones con la inflación mientras Argentina lucha con su propia inercia

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Por Damian Vlassich, Team Leader de Estrategias de Inversión en IOL. Finaliza una de las semanas más complejas de 2026. El mercado global intenta digerir un conflicto en Medio Oriente que ya no se percibe como un shock pasajero, sino como una crisis estructural, mientras que, en el plano local, el IPC de febrero marca una hoja de ruta desafiante para el inversor.

El Petróleo en la zona de los USD 100: ¿Por cuánto tiempo más? 

A pesar de las medidas de la AIE y de que el Tesoro de EE. UU. permitió la compra de crudo ruso para aliviar el mercado, el Brent cerró cerca de los USD 100,17. La desconfianza reina por dos motivos:

El bloqueo de Ormuz es real: El Secretario de Defensa, Pete Hegseth, prometió escoltas navales, pero el flujo de tanqueros sigue paralizado.

Ataques a infraestructura: Irán ha pasado de las amenazas a los hechos, golpeando instalaciones petroleras en países vecinos. Los analistas de ANZ advierten que el mercado ya no ve esto como algo transitorio; el “skew” de los precios es claramente al alza.

 Wall Street en rojo: La baja de tasas, un horizonte cada vez más lejano

El mercado cerró la semana con una dosis de realismo que tiñó las pantallas de rojo. El Índice Dólar (DXY) escaló hasta los 100,32 puntos, consolidándose como el refugio ante un escenario donde el dinero “barato” no parece estar en los planes de nadie.

Expectativas enterradas: La combinación de un petróleo cerca de las tres cifras y una inflación subyacente que no termina de ceder ha enfriado por completo las apuestas por una política expansiva.

El dilema de la Fed: En Wall Street ya no se debate cuándo bajarán las tasas, sino si la Fed tendrá que subirlas nuevamente para evitar un desborde inflacionario energético. Este giro en la narrativa golpeó al Nasdaq (-0,81%) y al S&P 500 (-0,38%), que sufren ante la perspectiva de costos financieros elevados por un tiempo indefinido.

Argentina: La inflación de febrero y el “atractivo” de los BONCER

En el plano local, el INDEC informó un IPC del 2,9% para febrero, confirmando que la desinflación encontró un escalón difícil de romper, especialmente por el peso de la carne (+6,6%) y los ajustes tarifarios (+6,8%).

El mercado está más cauteloso: Por tercer mes consecutivo, el REM ajustó sus proyecciones al alza. El mercado ya no espera ver una inflación debajo del 2% antes de mayo, lo que obliga a recalcular las carteras de inversión.

Renta Variable: El sector energético local marca el ritmo

A contramano de la debilidad que mostró Wall Street, la renta variable local mostró una notable firmeza durante la semana por su correlación con el sector energético, que fue el gran protagonista, capturando el interés de los inversores que buscan cobertura ante el escenario internacional de precios altos.

YPF y Vista (VIST) a la cabeza: Ambas compañías se mantuvieron sólidas y registraron ganancias del 3% en promedio, impulsadas por la expectativa de mejores márgenes de exportación y la aceleración de proyectos en Vaca Muerta. En un mundo donde la seguridad energética es la prioridad número uno, los activos argentinos vinculados al petróleo y gas se consolidan como vehículos de valor, logrando desacoplarse parcialmente del pesimismo que afectó a otros sectores del Merval.

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