PETRÓLEO

Ante la duda (y la guerra) acumular

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Centro de Economía Política Argentina. La mayoría de los análisis vinculados a la guerra en Oriente Medio han priorizado la situación política y económica inmediata en Estados Unidos como driver para proyectar los acontecimientos. Así, entonces, tomó centralidad la hipótesis de guerra corta, dado que Donald Trump enfrenta elecciones legislativas este año y la guerra afecta su imagen por la combinación de subas en el precio de los combustibles y las tasas de interés. Sin embargo, bajo una mirada de realismo en clave geopolítica, se puede sostener que los intereses de la nación (EE.UU.) están por encima de los intereses particulares (Trump). Siguiendo esta línea de pensamiento, pesa sustancialmente más el hecho de que EE.UU. es un país exportador neto de energía. La hipótesis toma aún más fuerza cuando, incluso, el propio Trump sostuvo, en marzo de 2026 “Estados Unidos es, con mucha diferencia, el mayor productor de petróleo del mundo, así que cuando suben los precios del petróleo, ganamos mucho dinero.”

Priorizar el poder geopolítico y el negocio económico ha sido una prioridad para EE.UU. y para el propio Trump, quien llevó adelante: la imposición de aranceles récord a la importación en abril de 2025, la decisión de comprar acciones “estratégicas” como Intel, empresas relacionadas a minerales críticos como las tierras raras y el litio, la destrucción del Nord Stream y el cierre del estrecho de Ormuz.

Con Europa condicionado por el suministro de gas proveniente de Rusia, el cierre del estrecho de Ormuz deja al viejo continente a merced, económica y geopolíticamente del Gas Natural Licuado de Estados Unidos. A ello se suma el efecto sobre China que, si bien ha logrado sortear, en parte, las limitaciones para acceder al petróleo iraní, un tercio del abastecimiento provenía del estrecho de Ormuz. 
Con incentivos a extender el conflicto, parece oportuno evaluar los efectos de ese escenario. 

Envión externo pero sacudón fiscal e inflacionario


Con el Brent 60% por encima del precio pre guerra, los efectos son diversos. Por un lado, en el frente cambiario genera un fuerte envión para la balanza energética (que explica el 43% del superávit comercial), lo que se comenzó a ver con la fuerte acumulación de dólares del BCRA en lo que va del año (USD 8.855 millones). Podría, además, matizar el efecto estacional sobre la balanza energética en el segundo semestre del año. En base a las estimaciones conservadoras del mercado, si el petróleo se mantiene en estos niveles, el efecto precio llevaría a un aumento del superávit cercano a los USD 4.000 millones para este año. Complementariamente, en el corto plazo permite grandes ganancias para las petroleras, entre ellas YPF, que presentó un flujo libre de caja de USD 871 millones en el primer trimestre (USD 500 millones por la venta de Profertil). El prolongamiento del conflicto podría permitir también acelerar las inversiones o algún mecanismo que le permita lograr financiamiento al Tesoro, sea por giro de dividendos (en principio empezarían en 2028) o porque YPF coloque su excedente en un bono corto como el AO27. 

El efecto no se acota al 2026. El vicepresidente del BCRA mostró, en enero, proyecciones de superávit energético por USD 19.000 millones para 2027 y USD 22.000 millones 2028, con un Brent en 70 dólares. Si el conflicto trae un régimen de mayores precios en los próximos dos años, ello podría incrementar el saldo en, al menos, USD 14.000 millones.

Mientras que en el frente cambiario Argentina es uno de los pocos países que se benefician, en el panorama fiscal e inflacionario se pierde esa excepción. La fuerte suba de los combustibles presiona los datos de inflación y el valor de las tarifas energéticas. Estas últimas tienen la particularidad de contar con subsidios por parte del Estado, por lo que, frente a una suba en el costo de generación, el gobierno enfrenta la disyuntiva entre absorber el shock y aumentar los subsidios o dejar subir el precio y que impacte en la inflación. La estrategia del gobierno es mantener los subsidios a la tarifa de gas durante el invierno, comprometiendo de corto plazo el frente fiscal, pero recuperar ese diferencial en verano, cuando el consumo de gas es significativamente menor. Básicamente asumen el costo fiscal hoy y patean el efecto en la inflación hasta el verano, aunque si el conflicto efectivamente se prolonga, el shock en la tarifa se vería potenciado porque debería absorber tanto lo postergado en invierno como los nuevos precios. Por otro lado, la decisión de posponer la implementación del FAL es reconocer la debilidad en el frente fiscal. La medida, aprobada en el marco de la reforma laboral de febrero, es imposible cumplir con los objetivos de superávit si impacta con menor recaudación en cerca del 0,2% del PBI. Como contracara de ese “ahorro fiscal”, esta semana el presidente anunció una reducción en dos puntos porcentuales de las retenciones al trigo y la cebada mientras sostuvo que, si la situación fiscal se lo permite, en enero 2027 comenzará una baja gradual de las retenciones a las exportaciones de soja de entre 0,25 y 0,5 puntos por mes. En síntesis: la complejidad del escenario fiscal llevó a que el gobierno prefiriera dar marcha atrás con el FAL y hacer una promesa condicional con las retenciones. 

En la misma línea, el frente financiero muestra obstáculos. La expectativa de suba de la inflación en el mundo y el efecto en las finanzas de los estados llevó a una fuerte suba en las tasas de interés internacionales. Un incremento en la tasa “libre de riesgo” puede generar una percepción de mayor riesgo a nivel global, con inversores vendiendo deuda argentina para comprar deuda estadounidense y ampliando el riesgo país (RP), fenómeno comúnmente llamado “flight to quality”. El tema es que el acceso al financiamiento del país se ve afectado incluso sin suba del RP, ya que, si suben los rendimientos libres de riesgo y el RP se mantiene, los rendimientos de los bonos argentinos también suben.  

Si bien el Tesoro argentino todavía no logró acceso al mercado internacional, sí lo hicieron las provincias y empresas por montos más que relevantes, lo que le permitió al BCRA comprar reservas. Sólo las provincias se endeudaron por USD 3.650 millones, mientras que las empresas lo hicieron por USD 9.900 millones, por lo que la suma es mayor al superávit comercial acumulado desde la elección (USD 13.550 vs USD 11.363 millones). Si bien el cepo previene grandes movimientos negativos de la cuenta financiera, si el flujo positivo se reduce fuertemente habrá un impacto en las compras del BCRA.

Otro punto relevante para el frente financiero es como la guerra pega en la imagen de Trump. En ediciones pasadas ya desarrollamos el efecto directo entre el resultado de las elecciones legislativas y el programa financiero, tanto por los vencimientos con organismos internacionales como por un eventual salvataje electoral. La extensión de la guerra hace cada vez más probable una derrota de Trump, lo que viene acompañado de un pedido de juicio político, que -aun siendo improbable dado que los votos para destituirlo no están-, sí podría dañar fuertemente su imagen y capacidad para afrontar críticas en un eventual nuevo swap con Argentina.

Armando la línea de fondo


Entre los hechos más relevantes de las últimas semanas, el Banco Central publicó sus Estados Contables para el ejercicio 2025 y, repitiendo el modus operandi del resultado anterior, puso a disposición del Tesoro parte de las ganancias del período: de un acumulado de $35,8 billones, $24,4 billones se giraron al Ministerio de Economía. 

El Balance del Banco Central es una foto del activo, pasivo y patrimonio neto del banco. Resulta relevante, además, porque brinda información sobre hechos que no son monitoreables periódicamente, como el estado de los acuerdos de intercambio de monedas, sus tenencias de títulos de deuda y los resultados derivados de diferencias de cotización en sus activos.  

De los $24,4 billones que tiene a disposición, Luis Caputo dispuso dos cosas. 
Por un lado, el ministro comunicó que $18,4 billones (~USD 13.500 millones) sean aplicados a la cancelación de Letras Intransferibles (LLII). El ministro especificó que se recomprarían USD 21.000 millones de Valor Nominal Original, lo que implica que el Tesoro reconocerá una paridad alrededor del 60,0%, mientras que el BCRA lo hace a una paridad promedio de 31,3%. La ganancia que obtenga el BCRA depende de las Letras que finalmente compre el Tesoro, pero podemos estimar que generará un monto cercano a los $6,0 billones. Lo curioso de esta ingeniería financiera es que lo que le genera una ganancia contable al BCRA es el Tesoro pagando por encima de la valuación y luego recibe ese dinero como transferencia de utilidades. Particularmente, $6,3 billones fue la ganancia por diferencia de valuación de LLII durante el ejercicio de 2025 y al cierre se le depositaron $6,0 billones al Tesoro (que a la vez es similar a la ganancia contable que estimamos tendrá por la nueva cancelación de LLII). Para el cierre del ejercicio 2026, el BCRA probablemente vuelva a obtener ganancias y volverá a girarle utilidades al Tesoro. 
Por otro lado, Caputo decidió que se aplicarán $6,0 billones para constituir depósitos del Tesoro en BCRA, destinados a la llamada “cuenta 2020” que -como resultado de las sucesivas licitaciones de deuda donde absorbió Base Monetaria mediante endeudamiento neto-, había llegado a registrar $7,8 billones. El saldo, ahora, ascendería a $13,8 billones. 

El gobierno sostuvo que este movimiento no representa emisión, ya que sus depósitos no forman parte de la Base Monetaria (BM) y, además, no serían usados para expandirla. Ahora bien, ¿qué destino le dieron a esos fondos? En 2025, se realizó un giro de utilidades del BCRA al Tesoro que alcanzó $12,0B y la Cuenta Corriente en BCRA (Cuenta 2020) ascendió a $15,9B al 25 de abril. Para poner en dimensión, como la Base Monetaria de ese momento alcanzaba los $31,5B, el Tesoro contaba con liquidez por el 50,6% de la BM. 

¿Para qué necesitó el Tesoro contar con semejantes disponibilidades? En primer lugar, porque el anuncio de la eliminación de las LeFi, apenas 6 semanas después, generó un desorden severo del esquema monetario que obligó a la Secretaría de Finanzas a pagar, a inicios de julio, $4,3 billones en efectivo a inversores que no quisieron refinanciar sus títulos en pesos. Vale recordar que la medida provocó que alrededor de $10,0 billones de pesos previamente depositados en LeFi pasaron a “sobrar” en la economía, provocando un derrumbe de las tasas de interés del mercado de dinero hasta el 10,0% TNA (para tener una referencia, semanas más tarde llegaron a superar el 100,0% TNA y hoy se ubican en la zona de 20,0% TNA). En segundo lugar, porque aun con una suba del requerimiento de encajes -para eliminar dicho “exceso de pesos”- que alcanzó niveles récord, el Tesoro tuvo que volver a desembolsar efectivo de la Cuenta 2020 para el pago de títulos en licitaciones con bajo refinanciamiento. Fueron $5,8B a fines de julio y otros $1,0B a mediados de agosto. Y, en tercer lugar, porque usó otros $2,8B de la Cuenta 2020 para comprar los dólares que instó a liquidar en 3 días plazo durante septiembre a partir de la medida de alícuota 0% de retenciones. 

En suma, podríamos concluir que el giro de utilidades financió el esquema económico que el gobierno eligió para sortear los meses previos a la elección, que buscaba -aunque sin tanto éxito, ya que necesitó un rescate de Estados Unidos- mantener el esquema cambiario y la inflación controlada. 

Analizando hacia adelante, repetir una jugada que hoy le provee de $6,0B para engrosar sus depósitos y que en 12 meses le significarán nuevamente un monto similar (por el reconocimiento de valuaciones por encima de las que contabiliza el Banco Central), denota un interés especial del gobierno por contar con esos fondos, justamente para repetir las maniobras de emergencia preelectorales durante el 2027. La estrategia de inyectar pesos desde el Tesoro según lo que pase en cada licitación encuentra contradicciones con el supuesto marco de política monetaria que propone el equipo económico, de control de agregados. Si bien discursivamente recurrieron a crear un nuevo agregado, la “Base Monetaria Amplia” -que incluye los depósitos del Tesoro en el BCRA, justamente para esconder el efecto expansivo de utilizar esos recursos e inyectarlos en la Base Monetaria tradicional- éste nunca tuvo una lógica razonable y ya perdió total credibilidad. Como consecuencia, no creemos que la política monetaria pueda funcionar como un ancla. 

Esta estrategia también está profundamente relacionada con lo que graficamos en la edición del 8 de mayo: los vencimientos de deuda en pesos -la misma que, como explicamos más arriba, no encontró refinanciamiento y el Tesoro tuvo que pagar en efectivo durante 2025- representan un paredón de $240,0B de cara a 2027 (alrededor de $120,0B con el Sector Privado, 3 veces la Base Monetaria) y es uno de los puntos más frágiles del gobierno si apuesta por armar una nueva línea de fondo y colgarse del travesaño. 

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Inflación en EE.UU.: el shock energético complica a la Fed y tensiona al mercado

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La inflación en Estados Unidos volvió a acelerarse en marzo, impulsada principalmente por el salto en los precios de la energía en medio del conflicto con Irán. Sin embargo, la dinámica subyacente se mantiene contenida, lo que abre un nuevo interrogante para la política monetaria.

“Los datos del IPC salieron en línea con lo esperado, considerando el impacto energético”, señaló John Kerschner, gestor de carteras en Janus Henderson Investors. La inflación mensual se ubicó en 0,87%, por debajo del 1,0% previsto, aunque marcó el nivel más alto desde junio de 2022. En términos interanuales, el índice general alcanzó el 3,29%. El dato más relevante para el mercado es que la inflación subyacente —que excluye energía y alimentos— se mantuvo moderada: subió 0,20% en el mes y se ubicó en 2,60% interanual, un nivel considerado “razonablemente benigno”.

Energía: el factor que todavía no terminó de impactar

El componente energético explica gran parte de la presión reciente. Los precios de la gasolina subieron 21% en marzo, pero acumulan cerca de un 40% desde el inicio del conflicto. Y el traslado a otros rubros aún no terminó. “Los alimentos todavía no reflejan este impacto, pero es solo cuestión de tiempo. El aumento del gasoil va a filtrarse en toda la cadena”, advirtió Kerschner. Incluso en un escenario de rápida distensión geopolítica, el panorama no cambiaría de inmediato. “Aunque el estrecho de Ormuz se reabra hoy, los precios de la energía seguirán elevados durante meses, posiblemente años”, agregó.

Señales mixtas en la inflación de servicios

En contraste, algunos indicadores clave mostraron alivio. El denominado “super core” —servicios básicos excluyendo vivienda— avanzó apenas 0,18%, muy por debajo del promedio reciente. A su vez, el componente de alquiler equivalente (OER) se mantuvo estable, con una suba mensual del 0,22% por tercer mes consecutivo. Esto llevó la tasa interanual de este indicador al 3,02%, niveles que no se observaban desde 2021.

La Fed, ante un dilema incómodo

El dato deja a la Reserva Federal de Estados Unidos frente a una decisión compleja: priorizar la lucha contra la inflación o evitar enfriar aún más una economía que muestra señales de desaceleración. “El mercado hoy descuenta que la Fed mantendrá sin cambios las tasas al menos en las próximas diez reuniones”, explicó Kerschner. “Habrá discurso duro, pero con medidas más bien moderadas”. Sin embargo, el riesgo inflacionario sigue latente. Existe una regla empírica en el mercado: un aumento del 10% en el precio del petróleo suma entre 25 y 30 puntos básicos al IPC general.

Con el crudo aún entre 40% y 50% por encima de los niveles previos al conflicto, el escenario podría complicarse. “Si estos precios se sostienen, podríamos ver una inflación general por encima del 4% y una subyacente cercana al 3%”, advirtió.

En definitiva, el dato de marzo trajo cierto alivio en la inflación núcleo, pero el impacto energético todavía no terminó de desplegarse. La Fed gana tiempo, pero el margen es estrecho y dependerá, en gran medida, de un factor imposible de anticipar: la duración del conflicto en Medio Oriente.

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El frágil alto al fuego en Irán y la reacción en cadena en el mercado de divisas y las criptomonedas

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La reciente distensión parcial entre Estados Unidos e Irán trajo un alivio momentáneo a los mercados, pero lejos está de disipar la incertidumbre. El alto al fuego vigente, cuestionado por ambas partes y atravesado por dudas operativas, convive con un factor estructural que sigue dominando el escenario: la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde transita cerca del 20% del suministro global de petróleo. En ese equilibrio inestable, los analistas advierten que el mercado podría estar frente a un punto de inflexión.

Para Justin Khoo, Analista Senior de Mercados de VT Markets, la tensión en torno al estrecho ya dejó de ser un evento regional para convertirse en “una crisis sistémica que afecta al sistema financiero mundial”. Aunque el alto al fuego generó una baja inicial en los precios, el rápido retorno del crudo a la zona de los 100 dólares refleja que los inversores siguen descontando disrupciones en el suministro energético.

El impacto no se limita al petróleo. La suba de los costos energéticos se traslada a transporte, producción e insumos básicos, con efectos directos sobre la inflación global. “Comprender los efectos en cadena en las economías mundiales y el flujo de capital ya es una necesidad, no una opción”, plantea Khoo. En ese contexto, el mercado enfrenta un escenario atípico: el dólar se fortalece no sólo como refugio, sino también por tasas que podrían mantenerse más altas durante más tiempo, generando un endurecimiento de las condiciones financieras globales.

En paralelo, de acuerdo a Khoo, el reacomodamiento también alcanza a los activos digitales. El bitcoin enfrenta una prueba clave en su aspiración de consolidarse como “oro digital”. Por un lado, la inestabilidad en monedas tradicionales impulsa su adopción como reserva de valor alternativa. Por otro lado, la restricción de liquidez global y las nuevas regulaciones bancarias podrían limitar el ingreso de capital institucional, generando tensiones en su comportamiento.

Desde Janus Henderson Investors, el Analista de Investigación Noah Barrett aporta otra perspectiva al poner el foco en la fragilidad del alto al fuego y sus implicancias para los mercados energéticos. “La reapertura del estrecho (de Ormuz) durante dos semanas permitiría reanudar el flujo de crudo bloqueado y aliviar la presión sobre los precios”, explica. Sin embargo, advierte que la clave no es sólo la apertura, sino su sostenibilidad: “Necesitamos confianza en que no volveremos a enfrentarnos a amenazas o ataques graves en el corto plazo”, agregó.

La reacción inicial del mercado después del anuncio de Donald Trump fue contundente, con una caída del Brent cercana al 15,5%. Aun así, Barrett anticipa que los precios se mantendrán elevados en relación con los niveles previos al conflicto. “La prima de riesgo sigue siendo alta, por lo que esperamos un piso más alto para el petróleo”, señala, lo que refuerza la idea de un nuevo régimen de precios energéticos.

Más allá del petróleo, el impacto se amplifica a toda la economía. El encarecimiento del gas natural, clave en la producción de fertilizantes, introduce presión sobre los alimentos y la cadena agroindustrial, trasladando la inflación al consumidor final. En América Latina, este fenómeno expone vulnerabilidades estructurales: Argentina enfrenta limitaciones para absorber shocks externos, Perú depende de importaciones energéticas y México combina oportunidades por su perfil petrolero con riesgos derivados de su dependencia del gas.

En este contexto, el mercado también reevalúa el comportamiento de activos tradicionales como el oro. La fragilidad del alto al fuego sostiene la demanda de refugio, pero la posibilidad de tasas más altas introduce presión a la baja, configurando un escenario de volatilidad sin una dirección clara.

El resultado es un entorno donde la geopolítica deja de ser un factor externo y pasa a ser un determinante central de precios, tasas y flujos de capital. Con el estrecho de Ormuz como epicentro, los mercados enfrentan un escenario donde la volatilidad no es un episodio transitorio, sino una característica estructural. Y en esa dinámica, más que el alto al fuego en sí, lo que está en juego es la capacidad del sistema global para adaptarse a un nuevo mapa energético.

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Mercados globales: marzo dejó la peor caída en años y reavivó temores de estanflación

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Los mercados financieros globales atravesaron en marzo uno de sus meses más complejos de los últimos años. Según el último análisis de Janus Henderson, la combinación de tensiones geopolíticas, suba del petróleo y cambios en las expectativas sobre tasas de interés generó una fuerte corrección en activos de riesgo y reavivó los temores de estanflación.

A nivel global, las acciones registraron su peor desempeño mensual desde 2022, con caídas particularmente marcadas en Europa y Asia, luego de un inicio de año positivo. El índice MSCI World retrocedió 6,3% en dólares, reflejando un marcado cambio en el apetito por riesgo de los inversores.

El detonante principal fue la escalada del conflicto en Medio Oriente, que dominó la narrativa de mercado durante todo el mes. La incertidumbre geopolítica impulsó una dinámica “risk-off”, con movimientos bruscos en los precios de los activos y una mayor aversión al riesgo.

En ese contexto, el petróleo se convirtió en el gran protagonista: los precios del crudo se dispararon —con el Brent subiendo con fuerza— ante el temor por interrupciones en el suministro global. Este shock energético alimentó nuevas presiones inflacionarias y obligó a los mercados a recalibrar sus expectativas sobre la política monetaria.

“El repunte del petróleo no sólo impactó en la inflación, sino que también cambió rápidamente la percepción sobre el rumbo de las tasas de interés”, señala un informe de Janus Henderson.  

Cayeron los bonos y asoma la posibilidad de estanflación

En paralelo, los bonos soberanos también registraron caídas a nivel global, en un contexto de suba de rendimientos. Los activos corporativos y titulizados siguieron la misma tendencia, afectados por la ampliación de spreads y el deterioro del sentimiento de mercado.

Con este telón de fondo, volvió a instalarse el debate sobre un escenario de estanflación: crecimiento económico más débil combinado con inflación persistente, especialmente en países dependientes de la importación de energía.

Aun así, el informe de Janus Henderson destaca algunos factores de resiliencia. Las expectativas de ganancias corporativas se mantuvieron relativamente estables y la actividad de fusiones y adquisiciones continuó dinámica, lo que sugiere que el mercado aún encuentra fundamentos positivos en el mediano plazo.

Para Argentina, el nuevo escenario global suma presión sobre la inflación

En clave local, el salto en los precios internacionales del petróleo introduce un factor adicional de presión sobre la inflación, en un contexto donde Argentina aún depende de importaciones energéticas en determinados períodos del año. Esto podría trasladarse a mayores costos en subsidios o a ajustes en tarifas, con impacto directo en el índice de precios.

Al mismo tiempo, el cambio en las expectativas de tasas a nivel global complica el acceso al financiamiento para mercados emergentes. Para Argentina, esto se traduce en un contexto externo más restrictivo, con menor apetito por riesgo y mayores exigencias para captar capital, incluso en un escenario de normalización macroeconómica.

Sin embargo, el nuevo escenario también presenta oportunidades. La suba de los commodities energéticos y agrícolas podría mejorar los términos de intercambio y sostener el ingreso de divisas, en un año donde el frente externo sigue siendo clave para la estabilidad económica. En este contexto, la evolución de los precios internacionales será determinante para el equilibrio local en los próximos meses.

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Cuando la guerra entra al bolsillo

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Durante días -o semanas- miramos la guerra en Medio Oriente desde lo bélico: misiles, mapas, ofensivas, contraataques. Una lógica casi automática. Pero mientras la atención seguía puesta en lo militar, el conflicto empezó a correrse de eje.

No dejó de ser una guerra armada. Pero pasó a jugarse, cada vez más, en otro terreno: el económico. Un terreno en el que Irán encontró rápidamente herramientas para mostrar su poderío estratégico. 

Y ahí el impacto es mucho más amplio.

El punto de quiebre fue el estrecho de Ormuz. Por esa vía circula cerca del 20% del petróleo mundial. No hace falta que se cierre completamente: alcanza con que se vuelva inestable y peligroso para que el sistema global entre en tensión. Eso fue exactamente lo que pasó. En los últimos días una imagen sintetizó la actualidad de la guerra: un petrolero tailandés atacado mientras intentaba atravesar el estrecho. La economía mundial también recibe el impacto de los misiles reales.  

Surgen varias preguntas que aún no tienen respuesta: ¿Estados Unidos e Israel evaluaron este riesgo antes de aprobar el ataque? ¿Pensaron que Irán sería igual a Venezuela con un ataque e intervención rápida? 

En cuestión de semanas, el precio del crudo saltó entre 40% y 50%, mientras que el gas natural registró subas de hasta 60% en mercados internacionales. El combustible para aviación superó los USD 200 por barril equivalente, un nivel que no se veía desde crisis energéticas históricas.

Esos números, más que cualquier declaración política, explican el cambio de escenario.

Porque cuando la energía sube en esa magnitud, el conflicto deja de ser regional. Se vuelve global por definición.

Europa es uno de los primeros lugares donde ese impacto se hace visible. El aumento del gas importado ya está trasladándose a tarifas y costos industriales, en algunos casos con subas superiores al 30% interanual. Gobiernos como el de España volvieron a desplegar paquetes de ayuda por miles de millones de euros para amortiguar el golpe, en un contexto fiscal mucho más limitado que en crisis anteriores.

Asia, en cambio, enfrenta un problema más estructural. Países como Japón, Corea del Sur o India dependen en más de un 70% de importaciones energéticas, gran parte provenientes del Golfo. El encarecimiento del crudo y el gas no sólo impacta en precios: reduce márgenes industriales y compromete el crecimiento. Algunos análisis ya recortan proyecciones de expansión en la región en hasta 1 punto porcentual para este año. En países como Filipinas hay estaciones de servicio cerradas y se han viralizado imágenes de miles de personas yendo a sus trabajos caminando por rutas y autopistas. En Vietnam y Tailandia los ascensores se han apagado y se utilizan solo en casos de emergencia. Incluso Japón analiza reducir la velocidad máxima en sus autopistas buscando desalentar el uso de automóviles. 

Estados Unidos y las economías occidentales entran en otro tipo de tensión. La OCDE estima que este shock podría empujar la inflación global nuevamente hacia la zona del 4%, cuando el mundo todavía no terminó de digerir la ola inflacionaria post pandemia. El problema es conocido: si suben las tasas para contener precios, se enfría la economía; si no lo hacen, el riesgo es que la inflación se vuelva persistente.

América Latina aparece, como suele pasar, en una zona intermedia. El aumento de los combustibles —en algunos casos por encima del 20% en pocas semanas— se traduce rápidamente en inflación. En Argentina, por ejemplo, el impacto se filtra en transporte, logística y alimentos, amplificando tensiones que ya existían. Este fin de semana la nafta súper alcanzó los $2250 por litro en algunas regiones del país, Misiones entre ellas. 

Al mismo tiempo, algunos países exportadores de energía encuentran una mejora en sus ingresos externos. Pero incluso ahí el efecto no es lineal: mayores precios conviven con mayor volatilidad y menor previsibilidad.

El problema no se limita a la energía. La guerra también está reconfigurando la logística global. El costo de los fletes marítimos en rutas vinculadas al Golfo subió entre 25% y 40%, mientras que los seguros por riesgo de guerra se multiplicaron e incluso hay aseguradoras que no validan nuevas pólizas para embarcaciones en esas zonas. A eso se suman desvíos de rutas aéreas y demoras que impactan en cadenas de suministro sensibles.

Y ahí aparece otro dato clave: no sólo se encarece el petróleo. También lo hacen los fertilizantes, los alimentos y determinados insumos industriales. Es un efecto en cascada.

Por eso, medir esta guerra únicamente en términos militares hace que el análisis quede corto. Hoy se mide en inflación, en costo energético, en puntos de crecimiento perdidos. Se mide en cuánto paga cada país por sostener su funcionamiento básico.

Y en ese terreno, la distancia geográfica deja de importar.

Porque esta es una guerra que ya se está pagando. En la nafta, en la luz, en el supermercado.

Escenarios a futuro: tres caminos posibles

Escenario de estabilización (poco probable en el corto plazo)

  • Reapertura de rutas energéticas
  • Baja gradual de precios
  • Recuperación económica

    Escenario de guerra prolongada (el más probable hoy)
  • Energía cara durante años
  • Inflación estructural
  • Crecimiento débil global

La propia dinámica actual sugiere que los efectos pueden durar “varios años” en el mercado energético. 

Escenario de escalada total (alto riesgo sistémico)

  • Bloqueo prolongado del comercio energético
  • Recesión global o estanflación
  • Fragmentación económica mundial

Algunos analistas ya describen esta crisis como el mayor shock energético de la historia moderna.

Incluso si el conflicto se detuviera hoy mismo, el mercado tardaría entre 6 y 9 meses en recuperarse. Pero hoy ese no parece ser el escenario central.

Lo más probable es una prolongación del conflicto con precios energéticos altos durante meses —o incluso años— y un impacto sostenido sobre la economía global. Algunos informes ya hablan de un shock que podría recortar entre 0,5 y 1 punto del crecimiento mundial si se mantiene en el tiempo.

El riesgo mayor, aunque todavía no es el escenario base, es una escalada más profunda. Ahí ya no estaríamos hablando sólo de inflación o desaceleración, sino de estanflación global: bajo crecimiento con alta inflación, una combinación especialmente difícil de manejar.

En paralelo, empieza a insinuarse algo más estructural. Un mundo donde la seguridad energética pesa más que la eficiencia económica. Donde las cadenas de suministro se acortan, se regionalizan o se encarecen. Donde la geopolítica vuelve a meterse de lleno en las decisiones económicas.

En definitiva, un mundo menos integrado.

La guerra en Medio Oriente no sólo está redefiniendo un equilibrio regional. Está mostrando que, en el escenario actual, el poder ya no se expresa únicamente en términos militares.

Se expresa en la capacidad de alterar precios, de interrumpir flujos, de tensionar economías enteras.

Y en ese tipo de guerra, los efectos no se ven en un mapa.

Se ven —todos los días— en los números y en el bolsillo. 

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