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Caputo: “Nos deslomamos para que este cambio continúe”

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“Nos deslomamos para que este cambio continúe y se dé para todos lo más rápido posible”, afirmó el ministro de Economía, Luis Caputo, en una suerte de revival de la frase fallida de Manuel Adorni. Según el ministro, los elogios que recibe el rumbo argentino en el exterior constituyen una señal de que el país avanza en la dirección correcta, aunque reconoció que los efectos positivos todavía demandarán tiempo y paciencia para alcanzar al conjunto de la sociedad. 

Caputo defendió el programa de Javier Milei, aseguró que la Argentina transita el camino correcto y pidió paciencia ante una recuperación que todavía no llega a todos los hogares. Reconoció que dentro de dos años persistirán las dificultades para cubrir los gastos básicos y sostuvo que transformar el país demandará décadas.

El ministro de Economía, Luis Caputo, volvió a defender el rumbo económico del Gobierno de Javier Milei, aunque acompañó el optimismo oficial con una advertencia que enfría las expectativas de una recuperación inmediata: dentro de dos años todavía habrá argentinos que no podrán llegar a fin de mes.

No puedo hacer magia”, respondió el funcionario al ser consultado por los sectores que aún no perciben las mejoras que el Gobierno atribuye a su programa económico. Caputo sostuvo que la Argentina “no va a ser Suiza en un año” y trasladó el horizonte de transformación estructural hacia las próximas dos décadas.

“Si no nos desviamos del camino, de acá a los próximos veinte años este va a ser otro país”, afirmó durante el encuentro Vientos de Cambio, realizado en el hotel Sheraton de Buenos Aires.

El mensaje combinó una defensa cerrada de la política económica con un pedido explícito de paciencia. Según Caputo, el Gobierno eligió el rumbo correcto y ahora necesita perseverar para que los resultados alcancen progresivamente a una mayor parte de la sociedad.

El ministro admitió que la estabilización de algunos indicadores macroeconómicos no significa que las dificultades hayan desaparecido de los hogares. “Dentro de dos años también va a haber gente que no va a llegar a fin de mes. En Estados Unidos hay gente que no llega a fin de mes”, planteó.

Caputo argumentó que ningún gobierno puede revertir en apenas un año los problemas acumulados durante un siglo. En ese sentido, señaló que su responsabilidad consiste en reducir gradualmente la cantidad de personas cuyos ingresos resultan insuficientes para cubrir sus gastos mensuales.

“Yo no puedo hacer magia. Tengo que lograr que cada vez esos argentinos que no llegan a fin de mes sean menos”, insistió.

La declaración expuso la tensión que atraviesa el discurso económico oficial: mientras el Gobierno exhibe la desaceleración de la inflación, el ordenamiento fiscal y la reducción de la pobreza como señales de éxito, una parte considerable de la población continúa enfrentando salarios rezagados, pérdida de poder adquisitivo y dificultades para sostener el consumo cotidiano.

Caputo aseguró que la pobreza “bajó a la mitad” y cuestionó que ese resultado no reciba suficiente reconocimiento. También rechazó las críticas sobre la falta de mejoras concretas y sostuvo que cualquier evaluación debe considerar cuál habría sido la situación del país si continuaba el programa económico anterior.

Si se observan los últimos veinte años, la Argentina fue un desastre. Si se mira hacia dónde vamos hoy, todo es para bien”, afirmó el también ex ministro de Finanzas de Mauricio Macri. 

El titular del Palacio de Hacienda también defendió la integración de la Argentina al comercio internacional y descartó la posibilidad de sostener una economía cerrada.

“Si no nos adaptamos al mundo, cerremos las fronteras. Argentina no tiene opción de no conectarse con el mundo”, expresó.

Caputo definió el proceso en marcha como una reconversión económica y afirmó que el respaldo al programa no se limita al Gobierno. Según aseguró, el rumbo también es valorado por empresarios y actores internacionales.

“Estamos seguros de que este es el camino correcto. Estamos seguros nosotros, en el exterior y los empresarios. Lo importante es la perseverancia”, señaló.

La respuesta a la Unión Industrial Argentina

Durante su exposición, Caputo también respondió al vicepresidente de la Unión Industrial Argentina, Guillermo Moretti, quien había acusado al Gobierno de desconocer la realidad del país y del entramado fabril.

El ministro rechazó el cuestionamiento y aseguró que mantiene conversaciones permanentes con representantes de diferentes sectores productivos.

“Nosotros vamos por lo que es moralmente justo”, afirmó. Además, sostuvo que habla con industriales “todas las semanas” y que las opiniones que recibe en esos encuentros no coinciden con la posición expresada por el vicepresidente de la entidad.

El cruce se produjo en medio de las tensiones entre el Gobierno y una parte de la industria nacional por la apertura comercial, la competencia de productos importados, los costos internos y la debilidad del mercado doméstico.

Caputo, sin embargo, ratificó que no habrá modificaciones sustanciales en la hoja de ruta. El planteo oficial es que la recuperación requiere tiempo y disciplina, aunque la promesa de bienestar generalizado quedó ahora ubicada en un horizonte mucho más extenso que el calendario electoral.

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Más trabajo, menos consumo y más deuda: la economía que atraviesa a mujeres y disidencias

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El ajuste económico dejó de expresarse solamente en las grandes variables macroeconómicas para ingresar de lleno en la administración cotidiana de los hogares. Comprar menos, sustituir alimentos, buscar ofertas, sumar trabajos, refinanciar deudas y postergar proyectos personales aparecen como distintas manifestaciones de un mismo fenómeno: ingresos que resultan insuficientes para sostener el nivel de vida.

Esa es la principal conclusión que emerge de Futuro en pausa, sobreviviendo al ajuste de Milei, el informe elaborado por el Observatorio “Mujeres, Disidencias, Derechos” de Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá), en articulación con el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI). El estudio analiza específicamente el impacto económico sobre mujeres y personas LGBTTINB+ después de dos años y medio de gestión de Javier Milei.

El relevamiento tiene una particularidad que le otorga dimensión federal. Se obtuvieron 1.605 respuestas y se validaron 1.538 casos, relevados presencialmente entre el 29 de mayo y el 15 de julio de 2026. La muestra fue distribuida territorialmente: 65% corresponde a la región Centro, 15% al NOA, 8% al NEA —Misiones, Corrientes, Chaco y Formosa—, 7% a Cuyo y 5% a Patagonia. El estudio declara un nivel de confianza del 95% y un margen de error del 2%.

La composición de la muestra también obliga a leer cuidadosamente sus resultados: el 94% se identificó como mujer, el promedio de edad fue de 40 años y el 16% de las encuestas correspondió a población LGBTTINB+. Es, por lo tanto, una radiografía deliberadamente enfocada sobre una población determinada y no una medición general de todos los hogares argentinos.

Ocho de cada diez hogares están por debajo de $1,8 millón

El punto de partida económico resulta revelador. El 84% de las personas relevadas vive en hogares cuyos ingresos mensuales son inferiores a $1,8 millón. Apenas el 15% se ubica entre $1,8 millón y $5 millones y solamente el 1% supera esa última cifra.

La estructura de esos ingresos también muestra una elevada exposición a la precariedad: 36% proviene del trabajo formal en relación de dependencia, 28% del empleo informal, 12% de jubilaciones y pensiones, 11% del trabajo independiente formal, 9% de programas sociales y 3% de aportes familiares u otras fuentes. Además, el 55% tiene personas económicamente a cargo; entre ellas, tres de cada cuatro sostienen a niños, niñas o adolescentes.

Es precisamente sobre esa estructura de ingresos donde aparece uno de los resultados centrales de la investigación: el 90% debió realizar ajustes en las compras y consumos cotidianos del hogar.

No se trata únicamente de gastos considerados prescindibles. El 52% recortó alimentos, el 27% medicamentos y el 19% servicios básicos como electricidad, agua o gas. Al preguntar por la evolución de la capacidad adquisitiva durante los seis meses anteriores, el 88% respondió que podía comprar menos o mucho menos.

La distancia entre ingresos y necesidades básicas aparece todavía con mayor claridad cuando se pregunta si el dinero alcanza: el 21% respondió que nunca cubre los gastos básicos y otro 49% que solamente lo consigue a veces. Es decir, aproximadamente siete de cada diez personas encuestadas viven con ingresos que nunca o sólo ocasionalmente alcanzan para cubrir sus necesidades esenciales.

Los alimentos son señalados como el rubro con precios excesivos por el 62% de las consultadas, seguidos por los medicamentos, con 53%; alquileres, 52%; ropa, 44%; transporte público, 38%; y combustibles, 34%.

La estrategia defensiva: ofertas, mayoristas y menos consumo

La consecuencia es un cambio profundo en los patrones de consumo. El 98% implementó alguna estrategia para proteger su economía.

La respuesta predominante es buscar precios: el 80% compra ofertas y el 41% recurre a compras mayoristas. Otro 27% compra productos usados y 17% reemplaza el transporte público por caminatas, bicicleta u otras alternativas.

Pero el ajuste no termina en el supermercado. El 85% dejó de realizar al menos alguna actividad por razones económicas. Entre quienes efectuaron recortes, salir a comer con familiares o amistades aparece como la actividad más afectada; también se eliminaron actividades culturales, cuidado personal, viajes, vacaciones, atención psicológica, remodelaciones y capacitaciones.

El dato resulta relevante porque permite observar una segunda etapa del deterioro. Primero desaparece el consumo recreativo y postergable; después, cuando esa reducción ya no alcanza, el ajuste avanza sobre alimentos, medicamentos y servicios esenciales.

El dato más duro: 42% tuvo que saltear alguna comida

La dimensión alimentaria constituye probablemente el indicador más sensible del informe.

El 87% modificó su alimentación como consecuencia de la situación económica. Dentro del total de la muestra, el 65% redujo simultáneamente calidad y cantidad de los alimentos; otro 13% disminuyó solamente la calidad y 9% solamente la cantidad.

La sustitución tampoco es neutra desde el punto de vista nutricional. El 65% dejó de comprar carne por falta de dinero; 35% redujo lácteos y 29%, frutas y verduras.

Y aparece un umbral todavía más crítico: en el 42% de los hogares relevados algún integrante debió directamente suprimir una comida por falta de recursos económicos. El propio estudio considera esa situación, junto con la reducción de cantidades ingeridas, como un indicador de inseguridad alimentaria.

Así, el deterioro del poder adquisitivo deja de ser solamente una discusión sobre capacidad de consumo. Cuando casi dos tercios reducen simultáneamente calidad y cantidad de la comida y cuatro de cada diez hogares atraviesan episodios en los que alguien saltea una comida, el ajuste alcanza directamente la seguridad alimentaria.

Trabajar más para sostener el mismo hogar

El mercado laboral ofrece otra pieza para comprender el fenómeno.

El 67% de las personas relevadas percibe ingresos provenientes de algún trabajo remunerado, pero dentro de ese universo apenas 47% tiene empleo formal en relación de dependencia. El 38% trabaja informalmente y 13% lo hace como independiente formal. Sumadas estas dos últimas categorías, el informe considera que 51% de las ocupaciones remuneradas tiene carácter precarizado.

A eso se suma un fenómeno cada vez más significativo: el pluriempleo.

El 29% de quienes trabajan tiene más de una ocupación remunerada: 22% tiene dos trabajos, 5% tres y 2% más de tres. Y más de la mitad de quienes agregaron actividades —56%— lo hicieron durante los últimos seis meses.

Las nuevas fuentes de ingreso describen una economía paralela de supervivencia: venta de ropa, comida o cosméticos en ferias o de manera particular, conducción mediante aplicaciones, clases particulares, manejo de redes sociales y changas vinculadas con limpieza y cuidado de personas.

La comparación incluida en el propio estudio permite dimensionar el fenómeno. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares citados por MuMaLá, el pluriempleo alcanza al 12,2% de la población general y al 15,5% de las mujeres. En la población ocupada relevada por el informe llega al 29%.

Al mismo tiempo, el 25% declaró haber perdido su empleo o principal fuente de ingresos durante los seis meses previos. Y entre el 33% de la muestra que no percibe ingresos provenientes de una actividad laboral, el 55% señaló estar desempleada y 22% dedicarse al trabajo doméstico no remunerado.

El dato permite matizar una idea frecuente: el problema no es únicamente conseguir trabajo. Para una proporción relevante, un empleo ya no resulta suficiente y es necesario acumular ocupaciones para completar ingresos.

Deuda para llegar a fin de mes

El tercer mecanismo de compensación es financiero.

El 63% de las personas encuestadas está endeudada. Entre ellas, la tarjeta de crédito bancaria aparece como principal fuente de obligaciones, mencionada por el 49%; siguen los créditos o préstamos de billeteras virtuales, con 32%; servicios públicos e impuestos, 25%; préstamos familiares, 24%; créditos bancarios, 20%; préstamos informales barriales, 14%; financieras vinculadas con casas de electrodomésticos, 11%; y alquileres, 4%.

Pero quizás el indicador más importante no sea solamente cuántas personas tienen deuda, sino cuántos acreedores acumulan.

El 59% de las endeudadas mantiene obligaciones simultáneas con dos o más fuentes. El informe menciona además préstamos de amigos, fiado en comercios de cercanía, deudas con profesionales, cuotas educativas, vehículos, viviendas y terrenos.

La lectura que propone MuMaLá es que el crédito dejó de funcionar exclusivamente como instrumento para anticipar consumo o financiar bienes durables. Para una parte importante de la población estudiada, la deuda pasó a integrar el presupuesto corriente del hogar: se toma dinero para afrontar necesidades básicas, sostener gastos cotidianos e incluso pagar compromisos anteriores.

Eso configura un círculo particularmente delicado: pérdida de poder adquisitivo, reducción del consumo, búsqueda de ingresos adicionales y, cuando esas estrategias no alcanzan, endeudamiento y refinanciación.

La economía también se traslada al cuerpo

El informe incorpora una dimensión menos habitual en los relevamientos económicos: el efecto psicofísico de la incertidumbre material.

El 83% afirmó que las preocupaciones económicas afectaron su descanso o sueño. El 81% manifestó haberse sentido emocionalmente desbordada con alguna regularidad y el 86% registró durante junio síntomas físicos asociados al estrés, como dolores de cabeza, tensión muscular o insomnio.

Entre estos últimos, 29% calificó los síntomas como intensos y 30% como moderados. La preocupación fue, además, el estado emocional más mencionado, con 61%, seguida por angustia y tranquilidad —ambas con 45%—, ansiedad, intranquilidad, enojo, desilusión y tristeza.

En otras palabras, la economía doméstica no termina en la billetera. La tensión financiera aparece asociada a alteraciones del sueño, síntomas físicos y sobrecarga emocional.

Una doble jornada que persiste

Existe además una desigualdad estructural que atraviesa todos los demás indicadores.

El 94% de las encuestadas realiza tareas domésticas en su hogar: 53% siempre, 24% frecuentemente y 17% algunas veces. Paralelamente, 55% sostiene económicamente a otras personas y, dentro de ese grupo, 75% tiene niños, niñas o adolescentes bajo su responsabilidad.

El estudio contrasta estos resultados con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del INDEC: 30,6% de las mujeres participa del cuidado de otros integrantes de la familia frente a 18,9% de los varones, mientras que las tareas domésticas no remuneradas son realizadas por 89,9% de las mujeres y 68,3% de los hombres.

Esa distribución desigual tiene una consecuencia económica directa: el 22% de las encuestadas sin ingresos indicó que su situación se explica por la dedicación al trabajo doméstico no remunerado.

Un presente peor y un futuro suspendido

Todos esos indicadores confluyen finalmente en una variable difícil de capturar mediante estadísticas tradicionales: las expectativas.

Siete de cada diez encuestadas consideran que su situación económica es peor que seis meses atrás. Apenas alrededor del 2% identifica una mejora, mientras que 28% considera que permanece igual. Pero el resultado más contundente aparece cuando la pregunta abandona el presente y se concentra en los proyectos: el 89% sostiene que la situación económica limita sus planes personales.

Tampoco predominan expectativas de recuperación. El 47% considera que su economía empeorará hacia adelante, 32% cree que seguirá igual y solamente 21% espera una mejora.

Ese probablemente sea el dato que mejor explica el título elegido por las organizaciones para el trabajo: Futuro en pausa.

Porque la fotografía que surge de las 1.538 encuestas no muestra un único mecanismo de ajuste sino una secuencia acumulativa. Primero se eliminan consumos secundarios. Después se buscan ofertas y se sustituye calidad. Luego se reducen alimentos y medicamentos. Se agrega un segundo empleo o una changa. Cuando tampoco alcanza, aparece la tarjeta, la billetera virtual, el préstamo familiar o el fiado. Y, detrás de todo ello, se postergan vacaciones, capacitación, vivienda, salud, recreación y proyectos.

MuMaLá interpreta este conjunto de resultados como una profundización de la feminización de la pobreza y vincula el deterioro con las políticas económicas y de reducción del Estado aplicadas por la administración de Javier Milei. Esa atribución causal forma parte del marco conceptual y político de las organizaciones autoras del estudio y debe distinguirse de los datos relevados por la encuesta.

Más allá de esa interpretación, los números describen por sí mismos un fenómeno económico concreto: una parte muy amplia de la población relevada está compensando la pérdida de capacidad adquisitiva mediante tres variables simultáneas -menos consumo, más trabajo y más deuda-. Cuando esas tres estrategias aparecen juntas, el ajuste deja de ser transitorio y empieza a modificar decisiones de largo plazo.

Y allí aparece quizá el indicador más inquietante del informe: no es solamente que el dinero alcance menos hoy. Para nueve de cada diez personas consultadas, la economía ya está condicionando aquello que imaginan hacer mañana.

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Criar y sostener a un hijo: la canasta de crianza llegó hasta casi $700.000 en julio

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El costo económico de criar a un niño volvió a mostrar en julio la magnitud de los recursos que demanda una familia para sostener su desarrollo. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la canasta de crianza alcanzó los $545.683 para los menores de un año, trepó a $649.935 para quienes tienen entre 1 y 3 años, se ubicó en $554.646 para el tramo de 4 y 5 años y llegó a $697.268 para niños, niñas y adolescentes de 6 a 12 años.

La estadística incorpora una particularidad que resulta central para interpretar el dato: la canasta no representa solamente el dinero necesario para comprar alimentos, ropa, transporte, educación, salud y otros bienes y servicios. También incorpora una valorización monetaria del tiempo destinado al cuidado, es decir, una aproximación económica al trabajo que realizan las familias para garantizar la atención cotidiana de sus hijos.

En el caso de los menores de un año, los $545.683 mensuales se componen de $177.233 correspondientes a bienes y servicios y $368.450 vinculados al costo del cuidado. Para los niños de 1 a 3 años, el total de $649.935 surge de $228.850 en bienes y servicios y $421.086 en cuidados. En el tramo de 4 a 5 años, los $554.646 se dividen entre $291.467 y $263.179, respectivamente. Para los chicos de 6 a 12 años, el costo total de $697.268 incluye $361.566 en bienes y servicios y $335.702 en cuidado.

La estructura del indicador permite observar por qué el costo de crianza no sigue una trayectoria lineal según la edad. El INDEC calcula los bienes y servicios a partir de la Canasta Básica Total (CBT) del Gran Buenos Aires y aplica coeficientes de adulto equivalente para cada grupo etario. Allí se contemplan tanto consumos alimentarios como gastos no alimentarios, entre ellos vestimenta, transporte, educación, salud y vivienda.

El segundo componente es el cuidado. Para valorizarlo, el organismo estima las horas teóricas necesarias y las multiplica por una remuneración de referencia correspondiente a la categoría de “Asistencia y cuidado de personas” del régimen de trabajadores de casas particulares. En julio, el cálculo contempló 147 horas mensuales para menores de un año, 168 horas para niños de 1 a 3 años, 105 horas para el grupo de 4 a 5 años y 84 horas para quienes tienen entre 6 y 12 años.

El dato también permite dimensionar la evolución del costo durante el último año. En julio de 2025, la canasta estaba valuada en $427.889 para menores de un año y en $536.830 para el grupo de 6 a 12 años. Un año después, esos valores ascendieron a $545.683 y $697.268, respectivamente. Para el tramo de 1 a 3 años pasó de $508.333 a $649.935, mientras que para los niños de 4 y 5 años aumentó de $426.741 a $554.646.

Más allá de su utilización como referencia económica, la canasta de crianza ofrece una herramienta para discutir políticas públicas y familiares con una mirada más amplia sobre los costos reales de la infancia. Al incorporar el trabajo de cuidado, el indicador reconoce que una parte sustancial del esfuerzo necesario para criar no aparece en las transacciones de mercado, aunque tiene un valor económico concreto.

El INDEC calcula esta referencia para cuatro grupos de edad y hasta los 12 años inclusive. La metodología combina el costo de bienes y servicios con el tiempo requerido para el cuidado, siguiendo los lineamientos elaborados por la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género y UNICEF.

En términos sociales, el indicador permite trasladar una discusión habitualmente abstracta —cuánto cuesta criar— a una magnitud monetaria concreta. Para hogares que deben distribuir ingresos entre alimentación, vivienda, educación, salud y cuidados, los valores publicados por el INDEC funcionan como una referencia para dimensionar la presión económica asociada a la crianza y para evaluar la suficiencia de ingresos, transferencias y políticas de cuidado.

Canasta Crianza 08 26 INDEC by CristianMilciades

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La mitad del país se percibe clase baja y casi 9 de cada 10 asegura que su salario no le gana a la inflación

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El Monitor de Opinión Pública (MOP) de Zentrix Consultora de junio confirma que el malestar económico ya no es sólo una percepción difusa, sino un dato estructural con anclaje directo en el bolsillo: el 50,2% de los argentinos se autopercibe de clase baja, el 86,1% asegura que su salario no le está ganando a la inflación, y el 61% llega con sus ingresos, como máximo, hasta el día 20 del mes.

La autopercepción de clase social confirma una sociedad que se ubica mayoritariamente en la base de la pirámide: el 50,2% se define como clase baja, contra apenas un 10,5% que se reconoce en la clase alta; el resto —cerca de cuatro de cada diez— se percibe de clase media. Esta fotografía no es un dato subjetivo aislado ni una simple etiqueta de autopercepción. A diferencia de otras mediciones donde la clase social es sólo una variable descriptiva, en este informe se convierte en la clave explicativa de todo lo demás: cuando se la cruza con la experiencia concreta del ingreso, la autopercepción se confirma número por número, y ahí es donde el diagnóstico deja de ser una sensación para volverse un patrón sistemático.
 


El primer punto de contacto entre percepción y realidad es el salario. El 86,1% de los encuestados afirma que su ingreso no le está ganando a la inflación, un nivel apenas por debajo del máximo de la serie (86,6% en abril) que confirma que, desde marzo, ese indicador se mantiene estable en una franja alta, sin señales de mejora en los últimos cuatro meses. La estabilización del dato no debería leerse como buena noticia: significa que la sociedad lleva ya un tercio de año conviviendo con la misma sensación de pérdida, sin que la desaceleración de la inflación general alcance para revertirla. Lo notable es que este malestar no es exclusivo de quienes se oponen al Gobierno: entre los propios votantes oficialistas, el 70,2% reconoce que su salario pierde contra la inflación, contra un 96,6% entre los votantes opositores. La brecha entre ambos electorados es amplia, pero lo que los separa no es si el ajuste existe —lo sienten los dos, incluso los que respaldan al Presidente— sino cómo se lo interpreta: como costo de una transición todavía en curso para unos, como prueba de un fracaso para otros.
 


Esa pérdida de poder adquisitivo tiene, además, una fecha concreta en el calendario, y es ahí donde el informe encuentra su dato más contundente. El 61% de los encuestados llega con sus ingresos, como máximo, hasta el día 20 del mes, y sólo el 13% llega a fin de mes y logra ahorrar. Es en este punto donde la autopercepción de clase deja de ser una etiqueta y se convierte en el eje explicativo de todo el informe: entre los sectores de clase alta, apenas el 11,8% se queda sin ingresos antes del día 20; entre la clase media, esa cifra trepa al 43%; y entre la clase baja llega al 86,1% —el mismo número que, a nivel país, dice perder contra la inflación—.
 

La coincidencia entre ambos indicadores no es casual: describe, desde dos preguntas distintas del estudio, exactamente el mismo fenómeno. Para la mitad de la Argentina que se percibe pobre, quedarse sin salario antes de fin de mes dejó de ser la excepción para convertirse en la norma con la que se convive todos los meses, un ritmo que se repite de manera casi mecánica cada treinta días.

Ese mismo patrón de clase se repite cuando se mide la confianza en el termómetro oficial de los precios, lo que sugiere que no se trata de un fenómeno aislado al ingreso, sino de una desconfianza más amplia hacia el relato de la estabilización económica. A nivel país, el 68,8% considera que el índice de inflación del INDEC no refleja la variación de precios que percibe en su vida diaria; entre los sectores de clase baja esa desconfianza es sensiblemente mayor, unos 15 puntos por encima del promedio nacional, rozando el 84%.

Cuanto más ajustado está el bolsillo, menos crédito se le da al dato oficial: quien vive al límite del día 20 tiene, lógicamente, menos margen para creer que los precios subieron sólo lo que dice el organismo estadístico. Y esa misma lógica se proyecta hacia el futuro: el 55,1% de los encuestados cree que “lo peor está por venir” en materia económica, contra apenas un 24% que considera que lo peor ya pasó, con el pesimismo otra vez más marcado entre los sectores de clase baja.

 


La brecha se agranda todavía más si se mira por identidad política: entre los votantes de Milei en 2025, el 55,4% cree que lo peor ya pasó; entre los votantes de la oposición, sólo el 3,4% piensa lo mismo. Es, junto con la fecha en la que se acaba la plata, una de las divisiones más nítidas de todo el estudio: la misma economía, leída como el final de un ajuste necesario por unos y como un fracaso sin salida por otros, según de qué lado de la grieta electoral —y, cada vez más, de qué lado de la pirámide social— se la mire.

Ese cuadro de ajuste generalizado también ordena la agenda de preocupaciones y ayuda a explicar por qué la corrupción, y no la economía, es hoy la palabra que más rápido asocian los argentinos con los problemas del país. Cuando se pregunta, sin opciones cerradas, cuál es en una sola palabra el principal problema de Argentina, corrupción es la respuesta más repetida y Milei aparece en segundo lugar, por delante de economía: el diagnóstico social ya no se agota en una categoría abstracta, se personaliza tanto en una causa estructural como en una figura de gobierno concreta. La pregunta cerrada de preocupaciones lo confirma: corrupción lidera con el 51,3%, apenas por delante de ingresos/salario (48,2%) y de la incertidumbre económica (37,1%). Que la corrupción encabece la respuesta espontánea es la forma en que una sociedad que vive el ajuste en el cuerpo canaliza ese malestar hacia una explicación moral y política, antes que estrictamente económica.
 

Imagen del Gobierno en este contexto


Frente a este cuadro económico, el dato político de junio llama la atención por contraste. La desaprobación a la gestión de Javier Milei, que venía en ascenso sostenido desde marzo hasta tocar un pico del 61,2% en mayo, retrocedió en junio al 56,6%, cortando por primera vez en cuatro meses la racha negativa; la aprobación, en el mismo lapso, pasó del 32,2% al 33,2%. Es un freno acotado y todavía dentro de lo que puede leerse como estabilización más que como reversión de tendencia, pero contrasta con la dureza del resto de los indicadores: el malestar económico no cede en ninguno de los planos relevados —ni en el salario, ni en el calendario del bolsillo, ni en la confianza hacia el futuro— y, sin embargo, ese malestar dejó de traducirse en más desaprobación para el Gobierno nacional.

Una lectura posible es que ese freno no responda todavía a una mejora real en la percepción económica, sino a que buena parte de la sociedad ya “descontó” el ajuste como parte del paisaje: cuando el deterioro se estabiliza en un piso alto durante varios meses seguidos, como ocurre con el 86,1% de los salarios perdiendo contra la inflación, deja de operar como sorpresa negativa capaz de erosionar más la imagen presidencial.
 


El freno en la desaprobación de la gestión, sin embargo, no implica que la erosión de imagen haya quedado atrás. El desgaste es un fenómeno que atraviesa a casi toda la dirigencia medida: de las cuatro figuras del informe, tres tienen balance neto de imagen negativo en junio —Milei (-22,4 pp), Kicillof (-13,8 pp) y Bullrich (-13,3 pp) —, y sólo Myriam Bregman muestra un balance positivo (+3,8 pp), con la mejor imagen positiva del grupo (44,1%). Más que una debilidad puntual del oficialismo, el dato sugiere un humor social crítico con la dirigencia política en general, donde ningún referente logra, por ahora, capitalizar de forma sólida el malestar económico que describe el resto de este informe.
 


Cuando se analiza por tipo de votante, tanto en 2023 como en 2025, el crecimiento de Bregman parece estar capitalizando, al menos en parte, a un electorado que no encuentra representación plena ni en el kirchnerismo ni en el peronismo más tradicional. Ambos espacios, absorbidos por sus disputas internas, no logran generar un debate de propuestas que interpele a una sociedad que reclama alternativas. Ese vacío es el que el espacio de Bregman parece estar ocupando.

En un contexto donde gran parte de la sociedad no logra recomponer sus ingresos y convive con el ajuste —ya sea aceptándolo como condición necesaria para una mejora futura, o rechazándolo como un fracaso de modelo—, lo que no aparece con claridad es una oposición que le hable a ese malestar, que genere propuestas y plantee un horizonte alternativo. En la práctica, Milei enfrenta una oposición más ocupada en sus conflictos internos que en capitalizar los errores del Gobierno. Eso le despeja el escenario a oficialismo.

Con los recientes cambios en el gabinete —la salida de Adorni y el ingreso de perfiles más dialoguistas—, si la economía cotidiana comienza a mejorar, el año 2027 podría ser relativamente tranquilo para un gobierno que ya logró estabilizar la macro y que tiene pendiente estabilizar la micro. Si lo consigue, y considerando la ausencia de figuras opositoras con peso propio —incluyendo la del centroderecha, como el PRO, que podría plantearle una interna competitiva—, la reelección empieza a ser un escenario plausible. La condición, en todo caso, sigue siendo la misma: que la mejora llegue a los ingresos y al día a día de las familias.

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Ravier admitió que la recuperación aún no alcanza a todos, pero defendió el rumbo económico del Gobierno

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El vocero presidencial, Adrián Ravier, reconoció que la mejora macroeconómica impulsada por el Gobierno todavía no se traduce de manera homogénea en la realidad cotidiana de los argentinos. Durante una nueva conferencia de prensa en Casa Rosada, el funcionario admitió que existen sectores que continúan atravesando dificultades, aunque ratificó que la administración de Javier Milei mantendrá sin cambios el programa de estabilización económica y las reformas estructurales.

“Yo también escucho en mi entorno que hay personas que no están bien y es una realidad”, afirmó Ravier, en una de las definiciones más autocríticas desde que asumió como portavoz presidencial. Sin embargo, sostuvo que el país “no está todavía donde quiere estar” y que el camino elegido sigue siendo el correcto para consolidar el crecimiento de largo plazo.

El vocero vinculó la recuperación económica con el ordenamiento macroeconómico, la estabilidad monetaria y el proceso de desregulación impulsado por el Ejecutivo. Según explicó, la estrategia apunta a reducir el peso del Estado sobre la actividad privada para favorecer la inversión, el incremento de las exportaciones y una expansión sostenida del empleo y la producción.

En ese contexto, defendió los resultados obtenidos en los primeros dos años y medio de gestión. Señaló que, respecto de diciembre de 2023, “la Argentina ya es otra” y aseguró que numerosos indicadores económicos muestran una mejora significativa. No obstante, reconoció que esos avances todavía no son percibidos por todos los sectores sociales y económicos.

“Está claro que no todo el mundo siente que está bien. Nos encantaría que esa sensación fuera generalizada, pero todavía falta”, sostuvo el economista, quien remarcó que los procesos de estabilización suelen requerir plazos más extensos para reflejarse plenamente en los ingresos y el bienestar de la población.

Ravier también destacó el papel que, según el Gobierno, comenzará a desempeñar el interior del país en la nueva etapa de crecimiento. En ese sentido, mencionó a provincias como Neuquén, Catamarca y San Juan como ejemplos de jurisdicciones donde las inversiones comienzan a dinamizar la actividad económica, impulsadas principalmente por proyectos vinculados a energía y minería.

En paralelo, el vocero puso como ejemplo del nuevo esquema de desarrollo la inversión anunciada por la estadounidense Meitner Energy, perteneciente al Ansari Group, que destinará unos 1.200 millones de dólares para construir un reactor nuclear privado en Argentina. Desde la Casa Rosada califican la iniciativa como la mayor inversión privada de la historia del sector nuclear nacional y la presentan como el primer proyecto enmarcado en el denominado “Súper RIGI”.

Según Ravier, este tipo de desembolsos reflejan la confianza que comienza a generar el nuevo marco regulatorio. “Será la cuarta central nuclear del país y la primera desarrollada íntegramente con inversión privada, lo que implica mayor seguridad energética sin costo para el Estado”, afirmó.

Durante la conferencia también surgieron cuestionamientos de periodistas acreditados respecto de las restricciones para circular libremente dentro de Casa Rosada. El funcionario respondió que el tema se encuentra bajo evaluación, aunque defendió las actuales limitaciones por razones de seguridad.

En el plano político, el vocero proyectó que la consolidación del programa económico requerirá continuidad institucional. En ese sentido, manifestó su expectativa de que el presidente Javier Milei obtenga la reelección en 2027 para profundizar el proceso de estabilización, la desregulación y las reformas orientadas a atraer inversiones.

La declaración deja al descubierto una estrategia comunicacional que busca combinar una defensa firme del rumbo económico con un reconocimiento explícito de las dificultades que aún enfrentan numerosos hogares. Mientras el Gobierno sostiene que los principales indicadores macroeconómicos muestran una recuperación, admite que el desafío inmediato pasa por trasladar esa mejora al bolsillo de una mayor parte de la población y consolidar el crecimiento en las economías regionales y el interior del país.

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