populismo

A propósito del populismo

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El mercado jamás podrá resolver un detalle esencial. No abraza ni puede ni quiere a nadie

Diputado, le habla un hombre del interior argentino. Un misionero, igual que usted. Uno que desde hace más de veinte años trabaja en el sector privado real y representa con orgullo a su provincia desde la gastronomía y la cultura. No desde conferencias elegantes ni desde la comodidad de un despacho climatizado, sino desde la experiencia concreta de invertir, sostener empleados, pagar impuestos, atravesar crisis y seguir apostando al trabajo aun en los peores momentos del país.

Tal vez allí aparezca también una diferencia importante entre ambos recorridos. Mientras muchos de nosotros elegimos generar trabajo, abrir persianas y asumir el riesgo cotidiano de producir en la Argentina profunda, usted, luego de retirarse del tenis profesional, eligió vincularse al sector financiero, un ámbito que claro está no produce trabajo operativo real dentro de la sociedad ni construye tejido productivo concreto en la escala en que lo hacen quienes todos los días sostienen comercios, restaurantes, chacras, talleres o pequeñas empresas.

Son caminos distintos. Pero conviene mencionarlo porque resulta curioso escuchar extensas lecciones sobre “la economía real” pronunciadas desde espacios donde el capital suele desplazarse con mucha más velocidad que el esfuerzo concreto de quienes todavía dependen de vender, producir, atender clientes o llegar abiertos a fin de mes.

Por eso llama la atención cierta pedagogía del sacrificio pronunciada desde sectores acomodados que parecen haber descubierto recientemente la pobreza, aunque siempre desde una prudente distancia estética.

Porque hay algo casi refinadamente irónico en escuchar explicaciones sobre “el sinceramiento de la economía” dadas por dirigentes cuyo salario llega puntualmente todos los meses gracias al mismo Estado que cuestionan con fervor doctrinario. Resulta siempre más sencillo teorizar sobre el sufrimiento social cuando el sufrimiento ocurre lejos del propio comedor.

Y eso hoy se percibe con claridad en toda la Argentina. Se percibe en el pequeño comerciante que empieza a apagar heladeras para ahorrar electricidad. En el restaurante que reduce calidad para no espantar clientes con nuevos precios. En las familias que reorganizan silenciosamente su alimentación. En el jubilado que vuelve a mirar el costo de un medicamento como quien observa un lujo inaccesible. También se percibe en economías regionales como la yerba mate, donde el productor cobra cada vez menos por la hoja verde mientras el paquete continúa costando prácticamente lo mismo en góndola.

Allí el relato del libre mercado comienza a exhibir un problema incómodo: cuando el productor pierde, el consumidor jamás gana. El sacrificio parece detenerse siempre en el mismo lugar. Abajo.

Y quizá allí aparezca el aspecto más frío de ciertas miradas ultraliberales contemporáneas. Su dificultad para observar al ser humano por fuera de la lógica de rentabilidad. La sociedad deja entonces de ser una comunidad para convertirse en una competencia permanente donde algunos logran conservar privilegios mientras otros aprenden lentamente a naturalizar la caída.

John Maynard Keynes comprendió algo elemental que muchos liberales contemporáneos parecen olvidar: cuando una economía destruye consumo, empleo y capacidad adquisitiva de las mayorías, termina destruyéndose a sí misma. Porque el mercado no se mueve solamente por grandes capitales. Se mueve también por el pequeño comerciante, por el trabajador que consume, por la familia que todavía puede sentarse en un restaurante, comprar ropa o sostener una vida digna.

Sin demanda no existe rueda económica posible.

Por eso el keynesianismo jamás fue simplemente gasto indiscriminado como tantas veces se caricaturiza superficialmente. Fue, antes que nada, una doctrina económica que entendió algo profundamente humano: las sociedades necesitan evitar la exclusión absoluta de grandes sectores de la población porque cuando el tejido social se rompe, el daño deja de ser únicamente económico y pasa a ser civilizatorio.

Y allí emerge una pregunta moral incómoda que rara vez se formula con honestidad brutal: qué lugar ocupa el semejante dentro de un modelo que naturaliza que siempre deba existir una parte de la sociedad perdiendo para que otra pueda conservar privilegios y niveles de consumo.

Porque en el fondo determinados modelos económicos necesitan rezagados. Necesitan personas desesperadas aceptando cualquier condición para sostener salarios bajos, trabajos precarios y sistemas donde la rentabilidad siempre encuentre mano de obra disponible. Nadie imagina para sus hijos una vida de descarte. Sin embargo alguien debe hacerlo para que la maquinaria siga funcionando con eficiencia matemática y sensibilidad mínima.

Entonces el problema deja de ser solamente económico. Empieza a ser profundamente humano.

Y allí aparece algo que ciertas miradas economicistas modernas parecen olvidar: la tradición espiritual y humanista sobre la que se construyó Occidente jamás colocó al mercado en el centro de la vida humana. El Evangelio no habla de competitividad. Habla del prójimo.

“Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber”. El Evangelio según San Mateo no pregunta primero por la rentabilidad ni por el equilibrio fiscal. Pregunta qué hicimos frente al sufrimiento del otro.

También resulta difícil no recordar aquella frase bíblica que afirma que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. No la riqueza. No el trabajo. No el esfuerzo individual. El amor desmedido al dinero por encima de toda dimensión humana.

El mercado no abraza ni puede ni quiere a nadie. No acompaña a un enfermo. No contiene emocionalmente a quien perdió su trabajo. No tiene misericordia ni compasión porque simplemente no fue creado para eso. El mercado calcula. Selecciona. Descarta. Y luego llama “adaptación” a las consecuencias humanas de esa lógica.

Por eso existen las sociedades. Por eso existe la política. Porque la civilización nació precisamente para impedir que la ley del más fuerte organizara completamente la vida humana.

Y quizá allí resida la diferencia más profunda entre ciertas miradas economicistas y la tradición humanista de nuestros pueblos. Unos creen que el hombre debe adaptarse al mercado aun cuando quede roto en el camino. Otros todavía creen que la economía debe estar al servicio del ser humano.

Tal vez por eso generan tanto rechazo algunos discursos pronunciados con una serenidad casi clínica frente al deterioro social, como si el hambre fuese apenas una transición estadística y no una tragedia concreta que ocurre mientras se redactan largos hilos sobre libertad económica desde una banca calefaccionada.

Y quizá toda esta discusión termine resumiéndose en aquella frase atribuida a antes de la Revolución Francesa: “si el pueblo no tiene pan, que coma tortas”.

La historia demuestra que las sociedades pueden tolerar muchas cosas. Lo que rara vez perdonan es la indiferencia volitiva.

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Populismo cambiario y la república aspiracional

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Hay una frase que anda girando por ahí: “Con Milei al menos el dólar está tranquilo”. Y sí, es verdad: tranquilo, anestesiado, sedado y con respirador, pero tranquilo al fin. El único problema es que detrás de ese dólar que no se mueve (o se mueve lo justo para la foto) se está moviendo todo lo demás: cierran fábricas, se pierden empleos y el país sigue corriendo como hámster en la rueda… pero sin la semilla al final.

Lo que vivimos no es otra cosa que populismo cambiario, la versión libertaria del viejo truco peronista: mantener contentos a unos cuantos con la ilusión de prosperidad, mientras el resto mira desde la tribuna. Antes era el choripán, ahora es el dólar para pocos.

¿Progreso? No. Es un espejismo de aeropuerto: el país se achica, pero los free shops se llenan.

Y acá aparece la parte más divertida —o más triste, según el humor del día—: el fenómeno aspiracional. Ese delirio colectivo donde millones creen que, si pueden pagar un vuelo o comprar una notebook importada, ya están un paso más cerca de ser “ricos”.

La nueva clase media ya no aspira a tener casa, trabajo estable o vacaciones en la costa: aspira a tener una tarjeta que pase en dólares.

En Argentina, ser rico o de clase media, dejó de ser una categoría económica para convertirse en un estado mental.

Nos creemos ricos si viajamos, aunque debamos hasta el documento.

Nos creemos “en el primer mundo” si podemos traer un iPhone más barato, aunque el taller de la esquina haya cerrado porque no puede competir con China.

Mientras tanto, los verdaderos ricos, esos que no aparecen en TikTok o Instagram, ni hacen fila en Ezeiza, están ganando en serio: compran bonos a precio de remate, venden más caros, arbitran tasas, fugan capitales y se van a dormir tranquilos con la cuenta grande.

Los únicos inversores que hay hoy mayoritariamente, son los que aprovechan tasas altas en pesos para ganar intereses y luego compran dólares baratos, obteniendo ganancias rápidas sin producir nada real.

Y el resto… soñando con “invertir en dólares” desde Mercado Pago. Aspiracional nivel: querer ser el que te está estafando.

Porque esa es la gran trampa del populismo cambiario: te hace creer que estás participando del banquete, cuando en realidad estás lavando los platos.

El dólar “ficticio” se mantiene para calmar ansiedades, no para impulsar producción.

El país no gana competitividad; la pierde. Los dólares no se generan; se fugan.

Y la industria —ese bicho prehistórico que todavía da trabajo— sigue apagando las luces: más de 220.000 empleos formales menos, más de 15.000 pymes cerradas en apenas un año y medio.

Pero, “por lo menos el dólar no se disparó”.

Es la típica historia nacional: nos enamoramos del síntoma y no curamos la enfermedad.

Nos reímos del que fabrica, idolatramos al que especula, y aplaudimos al que viaja.

Mientras tanto, el país productivo muere de hambre en silencio.

Y el discurso oficial repite: “ganamos las elecciones, el rumbo es correcto, pronto vamos a ser potencia”.

Perfecto, pero una potencia que no produce nada, salvo memes, influencers y mucha deuda.

Y que encima exporta lo único que le queda competitivo: sus propios cerebros.

A este paso, el próximo unicornio argentino va a ser una app para fugar dólares con estética patriótica. Capaz que ya hay.

¿Queremos ser como Perú? Bueno, vamos camino a eso: una economía de materias primas, con elites dolarizadas y clase media con síndrome aspiracional crónico.

Nos venden el sueño de la libertad individual mientras las fábricas cierran colectivamente.

Nos venden la épica del mérito mientras el mérito real es tener dólares afuera.

Nos venden la ilusión de ser “ricos por un rato”, pero los únicos que se hacen ricos son los que escriben las reglas del juego.

El problema es que el “país aspiracional” nunca se construye, solo se imagina.

Y mientras todos corremos detrás del sueño importado, los que de verdad importan —literalmente— se llevan el botín.

Así que, sí, el dólar está tranquilo.

Pero el país no produce, la industria se desangra y el sueño de progreso se convirtió en un delirio de consumo.

Nos estamos volviendo expertos en parecer ricos mientras nos empobrecemos con estilo.

Si ganaron las elecciones —felicidades— ahora es cuando hay que ponerse el overol y enchufarse a la línea de producción, no sólo al aeropuerto.

Si se pretende “ser primero”, pues hay que fabricar, exportar, generar empleo. Si no, nos quedamos con el slogan de promesa de campaña.

Y si seguimos pensando “viajemos, compremos afuera, dólar barato para algunos” mientras la fábrica de al lado baja la persiana… bueno, al menos tendremos muchas fotos de nostalgias para Instagram, pero un país con menos motor productivo.

En Argentina, el éxito no es tener dólar para vacacionar: es tener fábricas que trabajen, gente que cobre, país que crezca.

Si no, el único “turismo” que estamos exportando es el de la fuga de divisas.

Como diría un amigo sociólogo: “Argentina no es un país pobre; es un país que se cree millonario cuando el dólar baja 10 pesos”. De tanto mirar el blue, nos olvidamos de mirarnos en el espejo.

¡¡¡Qué día que tengo señor… que día!!!!

Como siempre, de un lado de la reja esta la realidad, del otro esta la realidad. Lo único irreal es la reja. Y se nota.

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Caputo, tras la reunión con Trump: “Los anuncios se harán pronto”

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El ministro de Economía calificó de “espectacular” la reunión con Donald Trump y afirmó que los mercados reaccionaron a la baja por una “interpretación errónea” de las declaraciones del presidente de EEUU.

El ministro de Economía, Luis Caputo, habló esta noche sobre la reunión que encabezó el presidente Javier Milei con el mandatario de EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca, que derivó en una caída de los mercados ante la confusión generada por las declaraciones electoralistas del magnate republicano y la falta de anuncios sobre un eventual acuerdo comercial. Al respecto, afirmó que la caída de las acciones se debió a una “interpretación errónea” de la palabra del estadounidense y aseguró: “Los anuncios se harán pronto”.

“Esperamos que haya anuncios pronto”

El jefe del equipo económico brindó una entrevista televisiva desde Washington, donde se encuentra junto a la comitiva presidencial con motivo de la reunión bilateral que se llevó a cabo esta tarde. “La reunión fue espectacular”, dijo y valoró la “generosidad” del Presidente americano por retornar desde Medio Oriente, donde encabezó la firma del acuerdo de paz sobre Gaza, para participar del encuentro.

Si bien se esperaba una confirmación respecto a un posible entendimiento comercial, Caputo aseguró que siguen trabajando en los detalles. “Esperamos que haya anuncios pronto”, señaló el ministro y añadió: “Preferimos no decir nada hasta que esté concretado”.

“Tan pronto lo formalicemos en los papeles, el Canciller o la Secretaría de Comercio lo estarán anunciando”, aseguró el titular del Palacio de Hacienda y remarcó que el propio Trump se encuentra siguiendo de cerca las negociaciones.

Durante el encuentro, Trump advirtió que su país no será “generoso” con Argentina si Milei pierde las elecciones. “Puede que no gane, pero creo que ganará. Y si gana, nos quedamos con él. Y si no gana, nos vamos”, aseguró.

“El apoyo de Trump es a la gestión de Milei”

Consultado por el canal A24 sobre la reacción de los mercados, Caputo manifestó que “fue confusa y diferente a lo que ocurrió en la reunión. Hubo una interpretación errónea en función de que se creyó que el apoyo del presidente de EEUU iba solamente hasta el 26 de octubre”. “No tiene nada que ver con eso. El apoyo de Trump es a la gestión de Milei“, resaltó el ministro.

“Todo el esfuerzo que estamos haciendo desde hace meses hablando con ellos, lo que estamos arreglando y lo que está haciendo EEUU, no es por ocho días. No va a estar supeditado a que se gane o se pierda una elección por un punto o dos. Lo que quiso dejar claro Trump es la alineación con Argentina y el soporte que EEUU le da a lo que es el camino económico que estamos siguiendo. Lo que dijo es que mientras Argentina se mantenga dentro de este camino nos van a seguir apoyando”, reafirmó.

Para el jefe de Economía, el mercado “interpretó de otra manera” las palabras de apoyo de Trump. “Seguramente mañana se corregirá, porque fue aclarado por el presidente Trump y por el secretario del Tesoro (Scott Bessent)”, dijo y reiteró: “La reunión fue espectacular y no creo que haga falta una aclaración adicional”.

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Milei tras reunirse con Trump: “Argentina perderá el apoyo de EE.UU. si vuelve al populismo”

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Tras su encuentro con Donald Trump en la Casa Blanca, el presidente Javier Milei destacó el alineamiento estratégico entre la Argentina y Estados Unidos y advirtió que el respaldo financiero y político de Washington depende de la continuidad del programa económico y de las reformas estructurales.

Una alianza estratégica condicionada por el rumbo político

El presidente Javier Milei publicó este martes un mensaje en sus redes sociales tras reunirse con Donald Trump en la Casa Blanca, donde reiteró su visión de que la Argentina debe ser una aliada estratégica de Estados Unidos y advirtió que ese apoyo podría perderse “si el país vuelve al populismo”.

“Desde antes de ser Presidente vengo sosteniendo que la República Argentina debe ser una aliada estratégica de los Estados Unidos de América, y ahora que el pueblo argentino confió en mí para guiar los destinos de nuestra patria, cumplir con esa promesa es un paso más en la dirección que emprendimos el 10 de diciembre de 2023: Hacer Argentina Grande Otra Vez (MAGA)”, expresó Milei.

El mandatario sostuvo que el respaldo de Washington “es de vital importancia para la continuidad del largo camino de reformas” iniciado por su gobierno.
“Los argentinos saben que la principal potencia del mundo continuará apoyándonos salvo que volvamos a abrazar al populismo”, añadió.

En el mismo mensaje, Milei reafirmó su confianza en que el país mantendrá el rumbo de las políticas de mercado:

“Si la Argentina se alejara de la senda de las ideas de la libertad para volver al populismo, Estados Unidos dejará de apoyar a nuestro país. Pero confío en que esta vez el esfuerzo va a valer la pena, que los argentinos no van a volver al pasado y que vamos a volver a ser una potencia mundial donde la inflación, la inseguridad y la pobreza sean solo un mal recuerdo”.

Trump: “Si Milei pierde las elecciones, no seremos generosos con la Argentina”

Durante el almuerzo celebrado en la Casa Blanca, en el que participaron también el titular del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y la comitiva argentina, Donald Trump ratificó su respaldo al gobierno libertario, aunque lo vinculó directamente al resultado de las próximas elecciones legislativas en Argentina.

“Si Milei pierde las elecciones, no seremos generosos con Argentina”, advirtió el mandatario republicano.

El encuentro se desarrolló luego de que se confirmara la asistencia financiera de Estados Unidos al programa económico argentino, en un contexto en el que el Gobierno busca consolidar el superávit fiscal y mantener el respaldo externo para sostener la estabilidad cambiaria.

Durante el almuerzo, Milei agradeció el apoyo estadounidense y destacó el “rescate de los rehenes argentinos en Gaza”, mientras que Trump subrayó el valor ideológico del vínculo bilateral: “Estamos apoyando una gran filosofía. Es ideológico el apoyo. Si a la Argentina le va bien, otros la van a seguir”, señaló.

Por su parte, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, remarcó el interés de Washington en fortalecer la cooperación económica: “No vamos a ignorar a nuestros aliados. Es mejor formar puentes económicos con ellos. Es una gran oportunidad para los argentinos”, expresó.

Contexto político y proyección bilateral

La visita de Milei a Washington se enmarca en una estrategia de consolidación de alianzas geopolíticas y financieras, con foco en el respaldo estadounidense a las reformas estructurales impulsadas desde el inicio de su gestión.

El alineamiento con Estados Unidos forma parte de la política exterior de “realineamiento occidental” que el gobierno argentino busca profundizar, tras años de vínculos más heterogéneos con distintas potencias globales.

En lo económico, el apoyo de Washington resulta clave para sostener la relación con los organismos multilaterales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), y para generar confianza en los mercados internacionales.

Sin embargo, las declaraciones de Trump también introducen una advertencia explícita: el respaldo estadounidense no es incondicional y dependerá del resultado electoral y de la continuidad de las políticas de ajuste y liberalización económica.

Milei, en tanto, reafirma su apuesta por mantener la orientación hacia “las ideas de la libertad” y su convicción de que el país puede recuperar su posición internacional bajo un modelo de disciplina fiscal, apertura comercial y estabilidad monetaria.

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