A propósito del populismo
Carta abierta al diputado Diego Hartfield
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
El mercado jamás podrá resolver un detalle esencial. No abraza ni puede ni quiere a nadie
Diputado, le habla un hombre del interior argentino. Un misionero, igual que usted. Uno que desde hace más de veinte años trabaja en el sector privado real y representa con orgullo a su provincia desde la gastronomía y la cultura. No desde conferencias elegantes ni desde la comodidad de un despacho climatizado, sino desde la experiencia concreta de invertir, sostener empleados, pagar impuestos, atravesar crisis y seguir apostando al trabajo aun en los peores momentos del país.
Tal vez allí aparezca también una diferencia importante entre ambos recorridos. Mientras muchos de nosotros elegimos generar trabajo, abrir persianas y asumir el riesgo cotidiano de producir en la Argentina profunda, usted, luego de retirarse del tenis profesional, eligió vincularse al sector financiero, un ámbito que claro está no produce trabajo operativo real dentro de la sociedad ni construye tejido productivo concreto en la escala en que lo hacen quienes todos los días sostienen comercios, restaurantes, chacras, talleres o pequeñas empresas.
Son caminos distintos. Pero conviene mencionarlo porque resulta curioso escuchar extensas lecciones sobre “la economía real” pronunciadas desde espacios donde el capital suele desplazarse con mucha más velocidad que el esfuerzo concreto de quienes todavía dependen de vender, producir, atender clientes o llegar abiertos a fin de mes.
Por eso llama la atención cierta pedagogía del sacrificio pronunciada desde sectores acomodados que parecen haber descubierto recientemente la pobreza, aunque siempre desde una prudente distancia estética.
Porque hay algo casi refinadamente irónico en escuchar explicaciones sobre “el sinceramiento de la economía” dadas por dirigentes cuyo salario llega puntualmente todos los meses gracias al mismo Estado que cuestionan con fervor doctrinario. Resulta siempre más sencillo teorizar sobre el sufrimiento social cuando el sufrimiento ocurre lejos del propio comedor.
Y eso hoy se percibe con claridad en toda la Argentina. Se percibe en el pequeño comerciante que empieza a apagar heladeras para ahorrar electricidad. En el restaurante que reduce calidad para no espantar clientes con nuevos precios. En las familias que reorganizan silenciosamente su alimentación. En el jubilado que vuelve a mirar el costo de un medicamento como quien observa un lujo inaccesible. También se percibe en economías regionales como la yerba mate, donde el productor cobra cada vez menos por la hoja verde mientras el paquete continúa costando prácticamente lo mismo en góndola.
Allí el relato del libre mercado comienza a exhibir un problema incómodo: cuando el productor pierde, el consumidor jamás gana. El sacrificio parece detenerse siempre en el mismo lugar. Abajo.
Y quizá allí aparezca el aspecto más frío de ciertas miradas ultraliberales contemporáneas. Su dificultad para observar al ser humano por fuera de la lógica de rentabilidad. La sociedad deja entonces de ser una comunidad para convertirse en una competencia permanente donde algunos logran conservar privilegios mientras otros aprenden lentamente a naturalizar la caída.
John Maynard Keynes comprendió algo elemental que muchos liberales contemporáneos parecen olvidar: cuando una economía destruye consumo, empleo y capacidad adquisitiva de las mayorías, termina destruyéndose a sí misma. Porque el mercado no se mueve solamente por grandes capitales. Se mueve también por el pequeño comerciante, por el trabajador que consume, por la familia que todavía puede sentarse en un restaurante, comprar ropa o sostener una vida digna.
Sin demanda no existe rueda económica posible.
Por eso el keynesianismo jamás fue simplemente gasto indiscriminado como tantas veces se caricaturiza superficialmente. Fue, antes que nada, una doctrina económica que entendió algo profundamente humano: las sociedades necesitan evitar la exclusión absoluta de grandes sectores de la población porque cuando el tejido social se rompe, el daño deja de ser únicamente económico y pasa a ser civilizatorio.
Y allí emerge una pregunta moral incómoda que rara vez se formula con honestidad brutal: qué lugar ocupa el semejante dentro de un modelo que naturaliza que siempre deba existir una parte de la sociedad perdiendo para que otra pueda conservar privilegios y niveles de consumo.
Porque en el fondo determinados modelos económicos necesitan rezagados. Necesitan personas desesperadas aceptando cualquier condición para sostener salarios bajos, trabajos precarios y sistemas donde la rentabilidad siempre encuentre mano de obra disponible. Nadie imagina para sus hijos una vida de descarte. Sin embargo alguien debe hacerlo para que la maquinaria siga funcionando con eficiencia matemática y sensibilidad mínima.
Entonces el problema deja de ser solamente económico. Empieza a ser profundamente humano.
Y allí aparece algo que ciertas miradas economicistas modernas parecen olvidar: la tradición espiritual y humanista sobre la que se construyó Occidente jamás colocó al mercado en el centro de la vida humana. El Evangelio no habla de competitividad. Habla del prójimo.
“Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber”. El Evangelio según San Mateo no pregunta primero por la rentabilidad ni por el equilibrio fiscal. Pregunta qué hicimos frente al sufrimiento del otro.
También resulta difícil no recordar aquella frase bíblica que afirma que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. No la riqueza. No el trabajo. No el esfuerzo individual. El amor desmedido al dinero por encima de toda dimensión humana.
El mercado no abraza ni puede ni quiere a nadie. No acompaña a un enfermo. No contiene emocionalmente a quien perdió su trabajo. No tiene misericordia ni compasión porque simplemente no fue creado para eso. El mercado calcula. Selecciona. Descarta. Y luego llama “adaptación” a las consecuencias humanas de esa lógica.
Por eso existen las sociedades. Por eso existe la política. Porque la civilización nació precisamente para impedir que la ley del más fuerte organizara completamente la vida humana.
Y quizá allí resida la diferencia más profunda entre ciertas miradas economicistas y la tradición humanista de nuestros pueblos. Unos creen que el hombre debe adaptarse al mercado aun cuando quede roto en el camino. Otros todavía creen que la economía debe estar al servicio del ser humano.
Tal vez por eso generan tanto rechazo algunos discursos pronunciados con una serenidad casi clínica frente al deterioro social, como si el hambre fuese apenas una transición estadística y no una tragedia concreta que ocurre mientras se redactan largos hilos sobre libertad económica desde una banca calefaccionada.
Y quizá toda esta discusión termine resumiéndose en aquella frase atribuida a antes de la Revolución Francesa: “si el pueblo no tiene pan, que coma tortas”.
La historia demuestra que las sociedades pueden tolerar muchas cosas. Lo que rara vez perdonan es la indiferencia volitiva.
