El nacimiento del yaguareté número 50 en libertad en los Esteros del Iberá marca un nuevo hito en uno de los procesos de restauración ecológica más ambiciosos de Argentina. La cifra confirma el éxito de un proyecto que logró reintroducir al mayor felino de América en una región donde había desaparecido hace más de siete décadas.
El registro representa mucho más que un dato simbólico. Refleja la consolidación de una población reproductiva de yaguaretés en estado silvestre, capaz de sostenerse y expandirse en un ecosistema donde la especie había sido extinguida por la caza y la pérdida de hábitat.
El proceso fue posible gracias al trabajo articulado entre Rewilding Argentina, el Gobierno de Corrientes, la Administración de Parques Nacionales, instituciones científicas, equipos veterinarios, técnicos especializados y comunidades locales. Durante años, las tareas incluyeron la construcción de corrales de adaptación, el traslado de ejemplares, programas de reproducción, monitoreo permanente y liberaciones controladas.
La recuperación del yaguareté tiene un impacto que trasciende a la propia especie. Como principal depredador terrestre del país, cumple un rol clave en el equilibrio de los ecosistemas, regulando poblaciones de otras especies y contribuyendo a la restauración de procesos ecológicos que se habían perdido tras su desaparición.
Con una población creciente de ejemplares libres en Iberá, los esfuerzos de conservación ingresan ahora en una nueva etapa. El desafío pasa por fortalecer la conectividad entre poblaciones silvestres y promover la recuperación del yaguareté en otros ambientes naturales de Argentina, favoreciendo corredores biológicos que permitan ampliar su distribución histórica.
Desde la organización conservacionista destacan que el concepto de rewilding va más allá de la reintroducción de una especie. El objetivo es reconstruir ecosistemas completos, recuperar funciones ecológicas esenciales y generar condiciones para que los procesos naturales vuelvan a desarrollarse de manera autónoma.
El nacimiento del yaguareté número 50 se convierte así en un símbolo de la recuperación de la biodiversidad en el nordeste argentino y en una muestra de que la convivencia entre las comunidades humanas y la fauna silvestre es posible cuando existen políticas de conservación sostenidas en el tiempo.
El Parque Iberá confirmó en abril el nacimiento del yaguareté silvestre número 50, un registro que consolida el avance del programa de reintroducción de la especie en Corrientes. La nueva cría es hija de Porá, una de las primeras hembras liberadas en el marco del proyecto que busca restituir al mayor felino de la región en su hábitat natural.
El dato no es menor: el yaguareté había desaparecido de esta región y su regreso marca un punto de inflexión en términos ecológicos, pero también en la gestión territorial de áreas protegidas. Con medio centenar de ejemplares en libertad, Iberá vuelve a contar con un depredador tope activo dentro de su ecosistema.
Restauración ecológica como política territorial
El proceso de reintroducción del yaguareté forma parte de una estrategia de restauración ambiental basada en la recuperación de especies clave. Según lo informado, el objetivo central es restablecer el equilibrio natural a través de la presencia del depredador tope, cuya ausencia había alterado la dinámica del ecosistema.
En términos concretos, la reaparición del yaguareté implica recuperar funciones ecológicas críticas, como el control de poblaciones de otras especies. Este tipo de iniciativas se inscribe en modelos de conservación que combinan gestión científica, intervención humana y monitoreo sostenido.
El caso de Iberá muestra un avance progresivo: desde la liberación inicial de ejemplares —entre ellos Porá— hasta la consolidación de una población reproductiva en estado silvestre.
De la reintroducción a la consolidación poblacional
El nacimiento del ejemplar número 50 introduce un cambio cualitativo en el proyecto. Ya no se trata únicamente de liberar animales, sino de confirmar que la especie logró adaptarse y reproducirse en libertad.
Porá, como una de las primeras yaguaretés liberadas, vuelve a ser protagonista del proceso al convertirse nuevamente en madre. Esto refuerza la evidencia de que el ecosistema ofrece condiciones aptas para sostener una población estable.
El crecimiento del número de individuos también permite inferir una mayor capacidad de dispersión y ocupación del territorio, elementos centrales para la viabilidad a largo plazo de la especie en la región.
Conservación, territorio y modelo de gestión
El avance del proyecto posiciona al modelo de rewilding como una herramienta concreta de intervención sobre el territorio. La consolidación de una población de yaguaretés no solo tiene implicancias ambientales, sino que también reconfigura el uso y la percepción del espacio natural.
En este esquema, los actores vinculados a la conservación ganan centralidad en la agenda pública, al tiempo que se fortalecen iniciativas que combinan preservación de biodiversidad con desarrollo local.
El dato de los 50 ejemplares funciona, además, como un indicador de resultados en un campo donde los tiempos suelen ser largos y los resultados, inciertos.
Aunque el informe no detalla variables económicas, la recuperación de una especie emblemática como el yaguareté suele tener efectos indirectos sobre actividades como el turismo de naturaleza.
La presencia de fauna icónica puede incrementar el atractivo de áreas protegidas, generando oportunidades para servicios vinculados al ecoturismo. Este tipo de impacto depende, sin embargo, de la consolidación sostenida del proyecto y de su articulación con estrategias locales.
Implicancias para el NEA y la biodiversidad
El avance en Iberá tiene relevancia para el NEA, una región donde la biodiversidad constituye un activo estratégico. La recuperación del yaguareté en Corrientes puede funcionar como referencia para otras iniciativas de conservación en provincias vecinas, incluyendo Misiones, donde la especie también tiene presencia.
En este contexto, la experiencia de reintroducción aporta un modelo replicable, aunque condicionado por las características de cada ecosistema y por la capacidad de gestión local.
Sostenibilidad del proceso y expansión territorial
El desafío hacia adelante será sostener el crecimiento de la población y garantizar su equilibrio con el entorno. Variables como la disponibilidad de hábitat, la interacción con actividades humanas y la continuidad del monitoreo serán determinantes.
También queda por observar si el proceso logra expandirse más allá del área actual, consolidando corredores biológicos que aseguren la viabilidad genética y territorial de la especie.
Con 50 ejemplares en libertad, el proyecto entra en una nueva etapa: la de consolidación. El resultado, sin embargo, dependerá de la continuidad de las condiciones que hicieron posible este avance.
Emanuel Grassi es Doctor en Ciencias Biológicas y especialista en hongos. Vino a Misiones, con una tésis de estudio que se convirtió en práctica y terminó, como suele suceder, prendado de la tierra roja que no se despega de la piel. Hoy se describe como un apasionado de la selva, del monte, casi como una regresión ancestral, que comparte en charlas con la presidenta del Instituto Misionero de Biodiversidad, Viviana Rovira, a la sazón, su mentora y responsable de haberlo convertido en director ejecutivo de ese ente que pasó de estudiar algunas especies de la flora y fauna a encabezar un proyecto inédito: reforzar la población de yaguaretés en la selva misionera.
Su historia empieza lejos del monte misionero. En Buenos Aires, cuando era niño, Emanuel ya experimentaba con el mundo natural con la curiosidad irreverente de la infancia.
“De chico siempre me gustó la experimentación con los animales. A veces un poco desde el lado de la maldad, viste… jugaba con sapos en la casa de mis padres”, recuerda entre risas. Pero esa curiosidad pronto encontró una dirección.
Su abuelo era paisajista. Las plantas y el diseño de jardines estaban presentes en la vida familiar. Y luego apareció un mentor inesperado: el botánico Osvaldo Morrone, investigador que había trabajado con orquídeas en Misiones.
Fue él quien lo empujó hacia el mundo de las ciencias biológicas.
Grassi estudió la licenciatura y el doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Pero el destino ya estaba trazado.
El primer viaje a Misiones fue casi casual. Corría el año 2006 y vino con su entonces novia, cuya familia era de Garupá.
“Cuando conocí Misiones fue un flechazo”, recuerda. “Me acuerdo que la abuela me dijo: ‘Mirá que la tierra roja mancha… y se pega’. Y fue tal cual”.
La advertencia terminó siendo una profecía. Durante su doctorado decidió estudiar hongos de la selva misionera. El trabajo académico se convirtió en un puente con la provincia. Y cuando apareció la posibilidad de radicarse definitivamente, no hubo dudas.
La selva ya lo había elegido.
Fotos Sofía Schiavoni.
Hoy Grassi está al frente del IMiBio, un organismo científico que abrió sus puertas hace ocho años para estudiar y proteger la biodiversidad de Misiones. Pero también para algo más ambicioso: poner la ciencia al servicio de las decisiones políticas.
La institución nació con una idea impulsada por Viviana Rovira -presidenta del instituto y su mentora-: construir una ciencia diferente.
“No queríamos repetir el modelo clásico de investigación encerrada en los laboratorios”, explica. “La ciencia tiene que escuchar a la sociedad y estar al servicio de quienes toman decisiones”.
Esa lógica llevó al instituto a involucrarse en proyectos concretos: restauración ambiental, investigación aplicada, monitoreo de especies y asesoramiento científico para políticas públicas.
Pero también implica convivir con una paradoja de nuestro tiempo.
“La ciencia dejó de ser el faro en algunos debates. Hoy estamos discutiendo cosas que parecían saldadas hace siglos”, dice. “Pero eso también nos obliga a salir del laboratorio, a explicar, a dialogar”.
El estado de la selva
Cuando se le pregunta por la salud de la selva misionera, Grassi no elige ni el optimismo ingenuo ni el pesimismo alarmista.
Prefiere una definición más precisa: “Está estable, pero es muy sensible”.
La selva paranaense que sobrevive en Misiones es uno de los relictos mejor conservados del Bosque Atlántico, un ecosistema que alguna vez cubrió gran parte de Brasil, Paraguay y Argentina. Pero también es un sistema frágil.
“El gran riesgo es que se rompan los corredores biológicos”, explica. “Si se corta la conectividad entre las poblaciones, empezamos a aislar especies y aparecen problemas genéticos”.
Por eso la palabra clave de la conservación actual es restauración.
Restaurar bosques, restaurar corredores ecológicos y, en algunos casos, restaurar poblaciones animales.
El yaguareté -el mayor felino de América- es el símbolo máximo de la selva. Pero su presencia es cada vez más escasa. Se estima que en toda la región sobreviven alrededor de 90 ejemplares, con mayor presencia en el norte misionero.
El plan del IMiBio apunta a fortalecer la población en la Reserva de Biosfera Yabotí, un territorio de más de 250 mil hectáreas donde aún sobreviven condiciones ecológicas adecuadas, en la frontera con Brasil.
La estrategia no es una reintroducción o rewilding, como ocurrió en Corrientes. En Misiones el animal nunca desapareció completamente. Lo que se busca es reforzar la población.
Grassi plantea una diferencia conceptual importante con la idea más difundida del rewilding: mientras la reintroducción se aplica en territorios donde una especie ya desapareció por completo, en Misiones lo que se proyecta es un refuerzo poblacional, es decir, intervenir en un ambiente donde el yaguareté todavía existe, aunque en números críticos. Para el director del IMiBio, antes de liberar animales hay que resolver las causas que llevaron a la retracción de la especie y garantizar que el hábitat siga siendo funcional. Por eso su mirada pone menos énfasis en el gesto épico de “devolver” fauna y más en una estrategia integral de restauración: recomponer corredores, asegurar presas, sostener el control sobre la caza y preservar la genética local.
En términos ecológicos, ambos modelos -Iberá y Misiones- forman parte de una misma corriente global de conservación: la restauración de grandes ecosistemas a través de especies clave. El objetivo final es el mismo: devolver al yaguareté su rol como ingeniero ecológico de los ecosistemas, capaz de regular poblaciones de herbívoros y mantener el equilibrio natural del bosque.
En esa lógica, Misiones no busca copiar el modelo de Corrientes, sino diseñar uno propio, ajustado a una selva que aún resiste y cuya prioridad no es volver a empezar desde cero, sino evitar que lo que todavía late termine por apagarse.
“Tenemos un macho residente en la zona desde hace más de diez años. La idea es introducir una hembra para generar un núcleo reproductivo”, explica Grassi.
Si el proyecto prospera, la reserva Yabotí podría albergar entre 20 y 30 yaguaretés en el futuro. Pero el objetivo va más allá de los números.
“La idea es preservar esa genética y generar un flujo de individuos que pueda conectarse con otras poblaciones, incluso con Brasil”.
En ese mismo espíritu de redescubrimiento de la selva, otro episodio marcó a los investigadores del IMiBio: el regreso inesperado del águila harpía. Durante años se la consideró prácticamente extinta en Misiones, al punto de que casi no existían estudios sobre su presencia porque las probabilidades de encontrarla eran mínimas. Pero fue un colono de la zona de la Reserva de Biosfera Yabotí quien cambió la historia al fotografiar un ejemplar posado en el monte.
A partir de ese primer registro comenzaron a multiplicarse los avistamientos, hasta confirmar incluso la presencia de un juvenil. Para Grassi, ese dato tiene un valor enorme: significa que hubo reproducción reciente en la selva. “Si apareció un juvenil, quiere decir que hace uno o dos años eclosionó un huevo. Eso implica que hay un nido activo en algún lugar del corredor entre Argentina y Brasil”, explica.
En los extremos de su distribución -desde México hasta el norte argentino- la harpía había desaparecido casi por completo. Por eso su presencia en Misiones no es solo una rareza biológica: es una señal de que la selva aún conserva la estructura ecológica necesaria para sostener a uno de los depredadores más poderosos de América. la confirmación de que la especie aún persistía en uno de los extremos de su distribución -donde se la consideraba prácticamente extinta- generó un impacto inmediato en la comunidad científica internacional.
En México, donde la harpía también había desaparecido de los registros recientes, investigadores y organizaciones de conservación lanzaron entonces un programa específico de búsqueda para verificar si aún sobrevivían ejemplares en las selvas del sur del país. Para Grassi, el caso demuestra cómo un hallazgo local puede activar procesos de conservación a escala continental: “Cuando aparece en uno de los extremos de su distribución, automáticamente surge la pregunta de si en otros lugares donde se creía perdida todavía puede estar”. El avistamiento en Misiones no solo devolvió esperanza para la selva paranaense, sino que volvió a encender la búsqueda de uno de los depredadores más imponentes de América.
Sin embargo, la conservación no depende solo de científicos.
La caza furtiva, la presión económica sobre el territorio y la fragmentación del bosque siguen siendo amenazas reales. “Cuando la economía se deteriora, la cacería aumenta”, admite Grassi. “Por eso la conservación también tiene que entender el contexto social”.
En ese escenario, el rol de los guardaparques, las comunidades locales y los productores rurales resulta clave. Y también el de las organizaciones ambientales. “Hay diferencias, claro. Pero el objetivo común es la conservación”, dice.
Educar para coexistir
Padre de dos hijas, Grassi también piensa en el futuro desde una perspectiva personal. La educación ambiental es parte de la vida cotidiana en su casa. “Intento que se pregunten cuál es el impacto de nuestras acciones sobre la biodiversidad”, cuenta. “Que entiendan que la naturaleza no es algo separado de nosotros”.
Para él, la clave no es la convivencia con la naturaleza, sino algo más profundo. “La idea es la coexistencia”.
Cuando se le sugiere que el trabajo que hoy impulsa podría ser histórico -un proyecto que cambie el destino del yaguareté en la selva misionera-, Grassi se revuelve en su asiento, incómodo.
“No soy consciente de eso”, responde.
Tal vez porque la ciencia se mueve en tiempos largos, invisibles para el vértigo de la actualidad.
Tal vez por eso, cuando Grassi habla de la selva, parece escuchar algo más que el rumor del monte. Hay en su relato una intuición antigua, casi instintiva, como la que Jack London narró en El llamado de la selva: ese impulso profundo que empujaba a Buck a volver a lo esencial. En Misiones, ese llamado no proviene de la nostalgia, sino del futuro. De una selva que resiste y que, si la ciencia, la política y la sociedad logran escucharlo a tiempo, puede volver a llenarse de vida, de alas enormes en el dosel y del rugido del yaguareté.
En diciembre pasado, San Miguel, un pueblo vecino del Parque Iberá en Corrientes, fue sede del Primer Festival del Yaguareté Correntino. Ahora, impulsaron la creación de una efemérides que mantendrá viva para siempre a esta significativa celebración.
San Miguel era la sede “natural” para el evento por su papel fundamental en la recuperación de la especie: a pocos kilómetros del pueblo se alza el Centro de Reintroducción del Yaguareté (CRY), donde se criaron y liberaron los primeros ejemplares que hoy ya se reproducen en libertad y suman más de cuarenta.
El Festival del Yaguareté Correntino nació con el objetivo de poner en valor este extraordinario logro de conservación, visibilizar el rol de las comunidades y acercar a la ciudadanía a una de las historias ambientales más inspiradoras de la región.
El evento tuvo como disparador la inauguración del nuevo mural del yaguareté a cargo del grupo de artistas correntinos “Ñande Arte”, en una obra colectiva que rinde homenaje al regreso de esta especie emblemática y a la identidad cultural de Iberá. Las agrupaciones de danza folclórica de los barrios de San Miguel sumaron tradición y orgullo con una participación destacada.
San Miguel, el pueblo elegido para la celebración
La comunidad sanmiguelina ha sido clave en la construcción de un modelo local de desarrollo basado en el orgullo, la identidad cultural, la belleza de su naturaleza y las oportunidades de un Iberá protegido: guías, emprendedores, artesanos, cocineros, anfitriones y familias que encontraron en la conservación un camino de trabajo y arraigo.
Y fueron más allá: tras el festival, impulsaron un y de esa forma asegurar una fecha para celebrar al yaguareté en la memoria colectiva de la provincia. La fecha de celebración votada por la gente fue el 6 de junio, el día en que nacieron los primeros cachorros del proyecto, por el año 2018.
Esta edición inaugural fue el punto de partida de un festival anual e itinerante, que recorrerá cada año una localidad portal distinta del Iberá.
Exploradores nació con el objetivo de que chicos y chicas pudieran tener experiencias reales en la naturaleza del Parque Patagonia, en Santa Cruz. Que pudieran salir al cañadón, compartir tiempo al aire libre y aprender desde el encuentro. Cinco años después, ese punto de partida sigue siendo el mismo, aunque el camino recorrido le dio forma, profundidad e identidad propia.
“Cuando miro hacia atrás siento que Exploradores hizo un recorrido muy orgánico, de ir aprendiendo mientras hacíamos”, resume Rocío Navarro, responsable del programa y una de sus impulsoras. Al principio, cuenta, era una idea sencilla: ir al cañadón con chicos y chicas y propiciar el contacto directo con la naturaleza. Con el tiempo, la experiencia se volvió “más profunda, más compleja, más consciente”.
Ese crecimiento no fue azaroso, sino planificado. Exploradores se fue consolidando como un programa con una mirada pedagógica definida, equipos formados y un fuerte anclaje en el lugar donde sucede. También implicó revisar procesos, pensar alcances, qué grupos faltan sumar y dónde poner más esfuerzo. “Fuimos entendiendo qué funciona, qué necesita la comunidad y qué sentido tiene hacerlo acá, en este territorio”, explica Rocío.
En estos cinco años, Rocío vio transformaciones que si bien no aparecen en planillas ni en métricas, se notan. “El cambio más fuerte se da en la forma de estar en los campamentos. Los chicos llegan con tiempos acelerados, poca tolerancia al aburrimiento o a la frustración, y distante con el entorno. Con el correr de las horas, empiezan a registrar el paisaje, a escucharse, a cuidarse entre ellos”.
Ahí ocurre algo central. Y es que la naturaleza deja de ser el fondo para una foto y pasa a ser espacio de vínculo, de aprendizaje y de responsabilidad compartida. “Eso no se enseña con discursos. Se construye con experiencia real”, dice Rocío.
Foto: Julieta Peña Vasquez
Para Rocío, repasar los momentos más importantes o que dejaron una huella en el recorrido de todos estos años es algo sencillo, aunque no habla de grandes hitos, sino de escenas que, aunque sean mínimas, están llenas de simbolismo. Chicos que al principio no querían caminar y después piden quedarse un rato más; grupos que se organizan solos para resolver una dificultad; silencios compartidos mirando el paisaje. Y también situaciones más profundas, más personales, donde Exploradores “fue refugio” para pibes atravesados por contextos de vulnerabilidad. “Ahí entendés que no es solo una actividad al aire libre. Lo que se construye es confianza, cuidado, un lugar distinto y más seguro. Y eso vale la pena sostenerlo en el tiempo”.
“Ahora lo entiendo”
Ese impacto se vuelve todavía más claro cuando habla uno de los chicos que participó en las primeras ediciones. Martín Contreras tenía diez u once años cuando fue por primera vez. Hoy, con un poco más de distancia, puede poner en palabras lo que quedó.
“Me acuerdo de la primera vez”, dice. “Me sentía feliz, emocionado. Lo que más esperaba era ayudar a cocinar o armar las carpas”. Entre risas, recuerda juegos, tareas compartidas y aprendizajes… desde cómo se organizan las manadas de guanacos, hasta descubrir que ¡era alérgico a las hormigas!… y que “me encanta estar en contacto directo con la naturaleza”.
Pero hay algo que aparece con fuerza cuando mira hacia atrás. “Antes, cuando hablaban de cuidar el planeta, yo pensaba que lo decían por decir. Ahora lo entiendo”. Hoy, con quince años, entiende también por qué insistían tanto en el cuidado, en el trabajo en grupo, en el respeto por el entorno. Y si tuviera que contarle a otro chico qué es Exploradores, lo tiene claro: “Es un lugar donde nunca te aburrís, siempre estás haciendo cosas. Y ojalá sigan contando historias cuando cocinamos al lado del fuego o cuando comemos todos juntos”.
Foto: Julieta Peña Vasquez
Volver a salir, volver a encontrarse
Exploradores llega a sus cinco años con la certeza de no ser solo un proyecto más de verano. Es un espacio vivo. “Se mantiene en movimiento, porque no somos rígidos”, explica Rocío. Hay una filosofía clara —aprender desde el territorio, desde el cuerpo, desde el encuentro y el cuidado— pero también escucha, adaptación y equipo.
Por eso Exploradores vuelve. Porque sigue teniendo sentido, porque hay chicos que crecen, que recuerdan, que entienden, que quieren volver y compartir, y porque la naturaleza sigue enseñando. Y porque, como resume Rocío, Exploradores es experiencia, comunidad e identidad; “una forma de aprender estando”.