selección Argentina

Messi sorprendió a la Scaloneta con un exclusivo regalo: un kit matero Stanley dorado para cada jugador

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A pocos días de la final del Mundial 2026, en la que la Selección Argentina cayó ante España, comenzó a conocerse una de las intimidades del plantel que refleja el fuerte vínculo construido durante el torneo. Lionel Messi sorprendió a todos sus compañeros con un regalo personalizado pensado alrededor de una de las tradiciones más arraigadas del fútbol argentino: el mate.

La revelación llegó de la mano de Kelci-Rose Bowers, futbolista e influencer británica y pareja del defensor Marcos Senesi, quien publicó un video en sus redes sociales mostrando el contenido del exclusivo obsequio que recibió el zaguero.

En el denominado “unboxing”, Kelci mostró primero un bolso personalizado con el nombre de Senesi y luego exhibió el regalo más llamativo: un completo equipo matero de la marca Stanley en color dorado, entregado por Messi a cada integrante del plantel argentino.

El kit incluía un bolso personalizado con el nombre de cada futbolista, un termo Stanley dorado personalizado, un mate, una bombilla, un recipiente adicional para compartir la infusión y un paquete de yerba mate -marca Baldo, auspiciante brasileño de la Selección-.

“Esto es para el mate, el cual les regaló Messi a todos los jugadores”, explicó Kelci mientras mostraba cada uno de los elementos. Incluso protagonizó un momento divertido cuando intentó recordar cómo se llamaba la bombilla. “Voy a decirle pajilla, pero no es pajilla”, comentó entre risas.

La influencer también contó que Senesi decidió dejar el equipo matero bajo su cuidado para conservarlo durante el viaje y trasladarlo luego a Miami, donde la pareja reside parte del año. Además, explicó que el defensor le regaló yerba para que pudiera comenzar a incorporar la tradicional infusión argentina.

Aunque la Selección regresó con el sabor amargo del subcampeonato mundial, el gesto de Messi volvió a poner de manifiesto el rol que ejerce dentro del grupo. Más allá de la competencia, el capitán eligió un presente profundamente ligado a la identidad argentina y a uno de los rituales cotidianos que acompañan la convivencia del plantel desde hace años.

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España fue demasiado para Argentina y el Mundial 2026 quedó en manos de la Roja

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La Selección argentina estuvo muy lejos de su mejor versión y terminó perdiendo 1-0 frente a España en la final del Mundial 2026, disputada este domingo en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. El equipo dirigido por Lionel Scaloni nunca logró imponer su juego, fue superado durante gran parte del encuentro y terminó cediendo en el segundo tiempo suplementario con un gol de Ferrán Torres, que le dio a la Roja una nueva conquista mundial.

Argentina llegaba con la ilusión de alcanzar su cuarta Copa del Mundo y defender el título conseguido en Qatar 2022. Sin embargo, se encontró con una España que monopolizó la posesión, manejó los tiempos del partido y generó las situaciones más claras de peligro. Leonel Messi nunca pudo imponer su calidad y pasó desapercibido la mayor parte del juego, rodeado de un mediocampo impotente ante el avasallante juego español, que prácticamente no pasó sobresaltos.

Desde el inicio, el conjunto de Luis de la Fuente se adueñó de la pelota. La presión alta y la circulación rápida complicaron a una Argentina que pasó largos pasajes replegada, sin capacidad para recuperar el balón ni para conectar a sus delanteros.

La primera gran intervención fue de Emiliano “Dibu” Martínez, quien respondió con solvencia ante un remate de Lamine Yamal. Más tarde volvió a lucirse frente a un disparo de Mikel Oyarzábal, sosteniendo el empate cuando España comenzaba a acumular méritos para ponerse en ventaja.

La única noticia positiva para Argentina durante la primera mitad fue mantener el arco en cero. Pero el costo fue alto: Lisandro Martínez sufrió una lesión muscular en el aductor derecho y debió abandonar el campo antes del descanso, siendo reemplazado por Nicolás Otamendi.

Scaloni intentó modificar el desarrollo con el ingreso de Leandro Paredes para reforzar el mediocampo, pero el panorama cambió poco. España continuó dominando territorialmente, mientras Argentina apenas conseguía cruzar la mitad de la cancha.

El ingreso de Ferrán Torres le dio todavía más profundidad al ataque español. El delantero exigió nuevamente al Dibu con un cabezazo y luego sería el protagonista de la jugada decisiva.

Argentina sufrió otro golpe cuando Enzo Fernández fue expulsado a los 49 minutos del segundo tiempo tras una dura infracción sobre Pau Cubarsí. Con un jugador menos, la resistencia argentina se sostuvo gracias al arquero y a una cuota de fortuna: un gol de Nico Williams fue anulado por una infracción previa sobre Otamendi y Mikel Merino desperdició una ocasión inmejorable con un cabezazo que pasó junto al poste.

Pero la presión española terminó encontrando premio. Apenas comenzado el segundo tiempo suplementario, Ferrán Torres aprovechó una desatención defensiva y definió para establecer el 1-0 que terminaría siendo definitivo.

Argentina tuvo una última oportunidad en los pies de Giuliano Simeone, quien recibió dentro del área en los minutos finales, pero definió por encima del travesaño y dejó escapar la posibilidad de forzar los penales.

El pitazo final encontró a España celebrando una conquista construida desde el juego y la superioridad futbolística. La Roja fue ampliamente mejor durante los 120 minutos y encontró en el alargue el gol que merecía.

Para Argentina quedó una imagen distinta a la mostrada durante gran parte del ciclo de Lionel Scaloni. La Selección nunca logró imponer condiciones, dependió de las atajadas del Dibu Martínez para mantenerse en partido y terminó sucumbiendo ante un rival que dominó el trámite desde el comienzo hasta el desenlace.

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Argentina va por su cuarta estrella ante España: una final con historia, estilos opuestos y un nuevo lugar en la leyenda

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La Selección argentina disputará este domingo una de las finales más trascendentes de su historia cuando enfrente a España en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, con la posibilidad de conquistar la cuarta Copa del Mundo y convertirse en apenas la tercera selección en lograr dos títulos mundiales consecutivos.

Más allá del trofeo en juego, el encuentro enfrenta a dos de las selecciones que marcaron el fútbol internacional de las últimas décadas, con propuestas futbolísticas diferentes y un plantel repleto de figuras.

El equipo dirigido por Lionel Scaloni llega con la posibilidad de seguir ampliando una de las vitrinas más importantes del fútbol mundial. En caso de coronarse campeón, la Albiceleste alcanzará su 24° título oficial.

Hasta aquí, el palmarés argentino incluye:

  • 3 Copas del Mundo (1978, 1986 y 2022).
  • 16 Copas América.
  • 2 Finalissimas.
  • 1 Copa Rey Fahd (actual Copa Confederaciones).
  • 1 Copa Campeonato Panamericano.

España, por su parte, buscará sumar el séptimo título oficial de su historia, luego de conquistar el Mundial de Sudáfrica 2010, cuatro Eurocopas y una Liga de Naciones.

Aunque Lionel Scaloni mantiene algunas incógnitas, la base del equipo parece definida.

En el arco seguirá Emiliano “Dibu” Martínez, mientras que la defensa tendría a Nicolás Tagliafico, Lisandro Martínez y Cristian Romero como titulares. La principal duda pasa por el lateral derecho, donde compiten Nahuel Molina y Gonzalo Montiel.

En la mitad de la cancha son una fija Leandro Paredes, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister. El cuarto volante saldrá entre Rodrigo De Paul, Giuliano Simeone y Nicolás González.

En ataque volverá la dupla integrada por Lionel Messi y Julián Álvarez.

🇦🇷 Argentina (4-4-2)

🧤 Emiliano Martínez
⬅️ Tagliafico
Lisandro Martínez
Cuti Romero
Molina / Montiel ➡️
De Paul / Simeone / Nico González
Paredes
Enzo Fernández
Mac Allister
⚽ Messi
⚽ Julián Álvarez
DT: Lionel Scaloni

España apuesta a su identidad

Luis de la Fuente mantendrá el modelo que convirtió a España nuevamente en una de las grandes potencias internacionales.

El juego gira alrededor de Rodri, encargado de marcar el ritmo desde el mediocampo. A su alrededor aparecen Fabián Ruiz y Dani Olmo, mientras que la velocidad y el desequilibrio recaen sobre Lamine Yamal y Álex Baena. Como referencia ofensiva estará Mikel Oyarzabal.

🇪🇸 España (4-3-3)

🧤 Unai Simón
⬅️ Cucurella
Pau Cubarsí
Laporte
Pedro Porro ➡️
Fabián Ruiz
Rodri
Dani Olmo
Lamine Yamal
Mikel Oyarzabal
Álex Baena
DT: Luis de la Fuente

La final promete un interesante duelo táctico.

Argentina llega consolidada con un sistema flexible que puede mutar entre un 4-4-2 y un 4-3-3, privilegiando la presión en la mitad de la cancha, las transiciones rápidas y la movilidad permanente de Lionel Messi, quien suele retroceder varios metros para participar en la generación del juego.

España, en cambio, basa su identidad en la posesión, las triangulaciones y el control del ritmo a través de Rodri. La Roja intenta construir desde sus defensores centrales y presiona muy arriba tras cada pérdida, buscando recuperar rápidamente el balón.

Uno de los aspectos que podría inclinar la balanza será el aprovechamiento de los espacios. La defensa española suele adelantar muchos metros sus líneas, una característica que podría favorecer las diagonales de Julián Álvarez y Giuliano Simeone si finalmente integra el equipo titular.

Del otro lado, Argentina necesitará reducir la influencia de Rodri para impedir que España imponga su tradicional circulación de pelota.

Incluso Luis de la Fuente dejó una definición que resume buena parte del plan español para la final: “A Messi no le vamos a hacer una marca individual, pero vamos a estar muy atentos a él”.

El desenlace enfrentará dos escuelas futbolísticas que privilegian el manejo del balón, aunque desde conceptos distintos: la verticalidad y la agresividad de la Scaloneta frente a la paciencia, el control y la posesión que caracterizan a la selección española.

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Soberanía: la palabra que el Gobierno no logró sacar de la cancha

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Hay errores políticos que nacen de una mala decisión. Otros, de una mala lectura de la realidad. Y hay un tercer tipo, quizás el más peligroso: creer que un símbolo compartido por millones de personas puede administrarse como si fuera un problema de comunicación.

Eso fue, en definitiva, lo que ocurrió esta semana.

La historia no empezó con la bandera desplegada por la Selección Argentina después del partido frente a Inglaterra. Empezó unos días antes, cuando la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, anunció que, tras reuniones con autoridades de la FIFA, organismos de seguridad estadounidenses, representantes británicos y argentinos, se había acordado impedir el ingreso a los estadios de banderas, camisetas u otros elementos que exhibieran el “mapita” de las Islas Malvinas, por considerarlos manifestaciones políticas.

La declaración cayó como una bomba.

No sólo porque se trataba del reclamo histórico de soberanía de la Argentina, sino porque la medida fue interpretada por amplios sectores como una aceptación anticipada de que un símbolo nacional debía quedar fuera de un partido precisamente contra Inglaterra.

La polémica ya estaba instalada.

Y entonces apareció la Selección.

Los jugadores desplegaron una bandera sencilla, hecha por un hincha. Sin consignas partidarias. Sin agravios. Sin llamados a la confrontación. Apenas una frase que cualquier argentino escuchó desde la escuela primaria:

“Las Malvinas son Argentinas”.

Hasta ese momento, el episodio podía haber quedado como una imagen emotiva de un partido cargado de historia.

Pero el Gobierno decidió jugar otro juego, precisamente.

El presidente Javier Milei sostuvo que “la política no debía apropiarse de la fiesta”, habló de una posible sanción de la FIFA, calificó de “miserables” a quienes pretendían convertir el gesto en un hecho político y luego aclaró que, por supuesto, las Malvinas son argentinas y que el reclamo debe mantenerse por la vía diplomática.

Sin embargo, la discusión ya no era esa.

Porque el problema nunca fue la posición histórica sobre Malvinas.

El problema fue el encuadre elegido por el Gobierno.

Mientras millones de argentinos veían una expresión de identidad nacional, la Casa Rosada discutía reglamentos deportivos, neutralidad política y eventuales multas.

Y ahí comenzó una derrota que no se jugó en la cancha.

Se jugó en la opinión pública.

No es una conclusión basada en intuiciones.

Es lo que reflejan los estudios de dos consultoras especializadas en análisis de conversación pública digital.

Ad Hoc, una empresa dedicada al monitoreo y análisis de millones de interacciones en redes sociales para medir tendencias, reputación e impacto de acontecimientos públicos, registró más de dos millones de menciones vinculadas a Malvinas en apenas cinco días.

Sólo durante la jornada del partido hubo 660 mil menciones, casi el doble de las registradas el último 2 de abril, fecha en la que cada año se conmemora el inicio de la Guerra de Malvinas.

Hay un dato todavía más revelador.

Mientras algunos sectores intentaban instalar la discusión sobre si correspondía o no exhibir aquella bandera, el término “Malvinas” apareció más de dos millones de veces en la conversación digital, mientras que “Falklands” apenas superó las 210 mil menciones.

Es decir: incluso en el territorio más fragmentado y caótico de nuestro tiempo —las redes sociales— el consenso argentino resultó abrumador.

El informe también detectó que las conversaciones que asociaban al Presidente con el episodio tenían un 66,7% de sentimiento negativo.

Por su parte, Monitor Digital, otra consultora especializada en inteligencia digital y monitoreo de agenda pública, llegó a una conclusión similar: la controversia desplazó otros temas de la agenda y produjo un deterioro en la reputación digital del Gobierno.

No se trata de que una consultora tenga razón porque sí.

Se trata de que dos equipos diferentes, utilizando metodologías distintas, describieron el mismo fenómeno.

Y después apareció un tercer dato.

La Política Online publicó un análisis según el cual dos de cada tres usuarios rechazaron la postura presidencial frente a la bandera de la Selección.

Cuando distintas mediciones coinciden en señalar la misma dirección, conviene prestar atención.

Porque ya no estamos hablando solamente de redes sociales.

Estamos hablando del modo en que una sociedad interpreta un hecho político.

Y ahí aparece la verdadera pregunta.

¿Quién politizó la bandera?

¿Los jugadores?

¿O quienes decidieron cuestionarla?

Porque conviene recordar algo elemental.

Las Malvinas no son una consigna de un partido.

Son una política de Estado sostenida por todos los gobiernos democráticos, incorporada a la Constitución Nacional que, en su Disposición Transitoria Primera, ratifica la legítima e imprescriptible soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes, además de estar respaldada por resoluciones de las Naciones Unidas que reconocen la existencia de una disputa de soberanía e instan a ambos países a reanudar negociaciones.

Por eso resulta extraño presentar esa bandera como una apropiación política.

Si así fuera, habría que concluir que cada acto oficial del 2 de Abril, cada discurso presidencial sobre Malvinas y cada mapa que aparece en un aula argentina constituyen también una manifestación partidaria.

Hay paradojas que no necesitan explicación. Se explican solas.

Quizás el mayor error del Gobierno haya sido creer que una bandera podía leerse únicamente desde la lógica de la coyuntura.

Pero las banderas no pertenecen a la coyuntura.

Pertenecen a la memoria colectiva.

Y la memoria suele ser bastante más resistente que cualquier estrategia de comunicación.

Como si todo esto fuera poco, la semana terminó ofreciendo una ironía difícil de pasar por alto.

Mientras el país discutía una bandera que reivindicaba la soberanía sobre las Islas Malvinas, el Senado debía debatir un proyecto impulsado por el oficialismo para modificar el régimen de tierras rurales, una iniciativa que, según sus críticos, abre la puerta a una mayor extranjerización de un recurso estratégico.

La sesión finalmente se cayó y el tratamiento quedó postergado.

Puede tratarse de una coincidencia del calendario legislativo.

Pero la imagen es potente.

En pocos días, la palabra soberanía apareció en tres escenarios completamente distintos.

En una cancha de fútbol.

En millones de conversaciones digitales.

Y en el Congreso de la Nación.

Eso debería servir, al menos, para una reflexión.

Porque la soberanía no empieza ni termina en Malvinas.

También se expresa en quién controla los recursos estratégicos, quién decide sobre el territorio, quién define el rumbo económico y qué lugar ocupa el interés nacional frente a las presiones externas.

Quizás por eso una bandera de tela terminó diciendo mucho más que cuatro palabras.

Recordó que hay causas que sobreviven a los gobiernos.

Que existen símbolos que ningún consultor puede resignificar a voluntad.

Y que hay consensos que siguen vivos, incluso en una Argentina atravesada por divisiones profundas.

El Gobierno creyó que discutía una bandera.

Los argentinos, en cambio, discutían algo bastante más grande.

Discutían la soberanía.

Y esa, por suerte, todavía no salió de la cancha.

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