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La selva como activo: la empresa que consiguió US$7 millones para restaurar bosques en Misiones

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En una provincia donde históricamente la riqueza se midió por lo que se extraía del monte -madera, yerba, té, tabaco o biodiversidad convertida en recurso-, está sucediendo una transformación silenciosa. Tardará años en verse, pero que comienza a transformarse en un legado a perpetuidad. En lugar de cortar monte, de expandir la frontera agraria, hay quienes vieron el negocio en reforestar, en cuidar, en replantar monte caído. Y el negocio está funcionando: consiguió inversiones por siete millones de dólares. 

La firma detrás de esta transformación es Nideport, que encontró en Misiones el laboratorio perfecto para desarrollar créditos de carbono de alta integridad. Hace seis meses, el proyecto Selva Paranaense Vida Nativa – GS1, desarrollado por la empresa Nideport, obtuvo la certificación internacional de Verra bajo los estándares VCS (Verified Carbon Standard) y CCB Gold Label (Climate, Community & Biodiversity – Nivel Oro), el máximo nivel de reconocimiento global por su impacto en clima, comunidad y biodiversidad.

La certificación de 138.000 créditos de carbono (VCUs) posiciona a Vida Nativa como uno de los proyectos de restauración de selvas tropicales más grandes del mundo y el primero de bosque nativo en Argentina en alcanzar este nivel de validación. La certificación abarca dos años, 2021 y 2022, sobre la retención de emisiones en la selva misionera.

Verra -la misma entidad que certifica los bonos de carbono del programa jurisdiccional de Misiones– garantiza que estos créditos poseen trazabilidad, adicionalidad y permanencia verificable, lo que les otorga credibilidad y competitividad en los mercados internacionales.

Juan Núñez -junto a su socio Tomás Gutiérrez– es uno de los empresarios detrás de uno de los proyectos más singulares de la nueva economía verde argentina: transformar la recuperación de bosque nativo degradado en un activo rentable, escalable y financieramente sostenible.

No podíamos depender de la filantropía. Salvar la selva tenía que ser rentable, porque si no, nunca iba a escalar”, resume, con una frase que funciona como manifiesto de época. “Entendíamos que la filantropía para nosotros no era el camino y que también para que eso sea escalable necesitamos que tuviera rentabilidad. Como cualquier negocio”.

No habla desde el ambientalismo tradicional. Es abogado, viene del mundo de la tecnología y la seguridad, con formación en Israel y trayectoria lejos del universo forestal. Pero encontró en la crisis climática una certeza brutal: el sistema natural del planeta ya no logra regenerarse solo.

“Los umbrales biológicos ya están prácticamente cruzados. El mundo ya no se regenera naturalmente”, dice. “La economía global depende mucho de lo que sucede con los bosques, con la producción incluso hídrica de los ríos y demás, tienen origen en los bosques”.

Juan Núñez y Tomás Gutierrez son los socios fundadores de Nideport, que certificó bonos de carbono en Misiones.

Y allí nació la pregunta fundacional: si toda la economía global depende de los bosques -del agua, del clima, de los suelos, de la biodiversidad-, ¿por qué restaurarlos no podía ser también un gran negocio?

La respuesta apareció en el mercado de créditos de carbono.

Ese sistema, consolidado tras el Protocolo de Kioto y luego reforzado por el Acuerdo de París, permite que empresas que emiten dióxido de carbono compensen su huella comprando créditos generados por proyectos que capturan o evitan emisiones.

Pero no todos los créditos son iguales.

Nideport eligió trabajar en el segmento más exigente y más valorizado: créditos asociados a restauración real de naturaleza, con impacto medible en biodiversidad, trazabilidad tecnológica y licencia social validada con comunidades locales.

“Hoy el mercado está orientado a créditos que restauran la naturaleza. Eso es lo que hacemos nosotros”, explica. “Es un tipo de producto barra servicio ideado para hacer un negocio detrás de restaurar el planeta”.

La compañía emite créditos certificados bajo estándares internacionales de máxima exigencia, entre ellos Verra, principal referencia global del mercado voluntario de carbono, además de la distinción CCB Gold -la máxima calificación por impacto positivo en clima, biodiversidad y comunidades- y una calificación A de Sylvera, que la ubica entre los proyectos IFM de mayor integridad y desempeño del mercado .

La sustentabilidad en Nideport, se construye con datos. La empresa desarrolló una plataforma tecnológica propia basada en inteligencia artificial, drones autónomos y monitoreo forestal en tiempo real que permite supervisar grandes extensiones de bosque y detectar amenazas ambientales antes de que se conviertan en daño irreversible.

Cada árbol plantado está georreferenciado. Cada avance del bosque puede medirse y cada riesgo puede anticiparse.

La estructura incluye tecnología LiDAR, fotogrametría, sensores IoT para detección temprana de incendios e intrusiones, cámaras trampa, cámaras en vivo, imágenes satelitales y protocolos de seguridad orientados a prevenir incendios, monitorear deforestación y detectar incluso caza furtiva en zonas críticas .

Además, incorporan blockchain para garantizar transparencia y trazabilidad total de los créditos emitidos, una condición central en un mercado donde la credibilidad define el valor.

Misiones no es el único territorio en el que invierten. En Uruguay están en la etapa de planificación, gestión y análisis de nuevos ecosistemas y proyectan una expansión global con más de 2 millones de hectáreas evaluadas en múltiples países. 

El desembarco en Misiones no fue casual. Uno de los founders tenía tierras en la provincia y fue el anzuelo. Luego, ante complicaciones sucesorias, iniciaron la búsqueda de nuevos campos y encontraron una oportunidad única en el norte misionero: superficies de bosque nativo degradado por décadas de tala selectiva.

“Entendiendo que había una gran oportunidad en Misiones por toda la actividad forestal de bosques nativos”, relata.

No se trata de selva virgen, pero tampoco tierra perdida. Territorios donde todavía sobrevive entre el 20% y el 30% de la biomasa original de un bosque prístino.

“Buscamos tierras que compatibilicen con la emisión de crédito de carbono y que impliquen la necesidad de restaurarlas. Ese es el punto”, explica. “En nuestro caso, en el primer campo que estamos desarrollando, la biomasa está más o menos en un 20% de un bosque prístino”.

Su proyecto insignia es Vida Nativa, en San Pedro, frontera con Brasil: una intervención de 22.878,5 hectáreas sobre el Bosque Atlántico misionero, uno de los ecosistemas más biodiversos y amenazados del continente .

Se trata de una ex forestal belga atravesada por cuatro sierras, con una geografía compleja y una biodiversidad que aún resiste: más de 50 especies endémicas y al menos diez especies en peligro de extinción, incluido el yaguareté .

El modelo fue de arrendamiento con opción a compra. “El arrendamiento genera la rentabilidad que tenía por la extracción de madera, pero con muchos menos conflictos y riesgos”, explica Núñez. “Después adquirimos la tierra y ya la preservamos a perpetuidad”.

Plantar no alcanza: restaurar lleva décadas

Hablar de árboles puede sonar simple. No lo es. La restauración ecológica seria no consiste en plantar especies en línea para una foto institucional.

Implica entender el suelo, los doseles, la dinámica, los corredores biológicos y la recuperación funcional del ecosistema.

En Nideport comenzaron con ensayos en 2021. En 2022 iniciaron plantaciones.

Entre 2023 y 2024 ya superaron los 40.000 árboles nativos plantados y mantienen una proyección de 100.000 árboles para 2026.

“Queremos alcanzar los 100 mil árboles por año, pero con rigor científico. Primero hay que entender el suelo y cómo responde el bosque”, explica. “Hoy ya estamos en 30 mil árboles por año”.

La intervención cubre entre 200 y 300 hectáreas por año, dependiendo del nivel de degradación y de la presencia de “bambucias”, esas etapas de transición natural del monte.

Restaurar completamente un bosque puede llevar entre 20 y 60 años. En algunos casos, incluso siglos.

“La selva puede tardar entre 500 y 1000 años en restaurarse sola. Nosotros aceleramos ese proceso”, dice.

Además, el proyecto ya incorporó una estrategia de conservación a 100 años, una definición poco habitual incluso dentro del mercado internacional de carbono .

Lo que empezó como una idea entre amigos durante la pandemia terminó atrayendo a uno de los fondos más relevantes de América Latina.

“Surge de un grupo de amigos. A mí particularmente se me ocurre que no podíamos ir por la filantropía. Ya conocía el mercado de créditos de carbono por otro inicio de negocio y empezamos a plantear esa idea. Nos agarra la pandemia y en lugar de dedicarle tiempo a Netflix decidimos empezar a desarrollar el modelo”, recuerda.

Draper Cygnus -ligado a Tim Draper, histórico inversor de Tesla y SpaceX- tomó participación en la compañía. Hoy posee el 10%.

En total, entre equity y deuda de impacto, Nideport levantó cerca de siete millones de dólares.

Entre los inversores figuran además Koi Ventures, Antom.la, Alma Vest y Embarca, fondos vinculados a innovación climática y capital de impacto .

Ese capital permitió desarrollar tecnología propia, certificar créditos de carbono -una barrera que muchos proyectos nunca logran superar- y comenzar la fase de retorno. Hoy el negocio ya es rentable.

“Sí, es un negocio rentable. Supera el 40% de retorno”, afirma. “Ya somos un proyecto que logró certificar créditos de carbono, algo que muchos desarrolladores nunca llegan a conseguir”.

Pero advierte: no es un negocio rápido. Requiere paciencia, certificación, tiempo y credibilidad.

No hay greenwashing posible cuando se trabaja con estándares internacionales serios.

En tiempos donde la sustentabilidad suele reducirse a discursos corporativos, Núñez insiste en una premisa poco habitual en el mundo financiero: antes que cualquier aprobación política, importa la licencia social.

Antes que cualquier oficina pública. Primero, la comunidad Mbya.

“Lo importante para nosotros es que el cacique y la comunidad nos den su consentimiento con la comunidad. Eso está antes que cualquier político o estructura de gobierno, los dueños ancestrales de la tierra”, afirma.

Y profundiza: “Eso es el modelo principal. Una vez que tenemos la licencia social, que fue lo primero que hicimos antes de tocar cualquier planta o poner un pie en la tierra, logramos esa aprobación”.

La comunidad Tekoa Alecrín fue el primer actor consultado y hoy forma parte estructural del proyecto, junto al trabajo con cooperativas locales, fortalecimiento comunitario, acceso al agua potable, mejoras habitacionales tradicionales, apoyo educativo y empleo local.

“Nos juntamos con la comunidad, con las cooperativas locales, con el intendente de San Pedro que tiene una apertura muy interesante, y con esa base de licencia social ya estamos conformes”, explica.

Después llegaron las cooperativas, el municipio y recién luego el resto del sistema institucional. En el negocio del carbono, sin legitimidad territorial, no hay proyecto posible.

La burocracia argentina y la urgencia del planeta

Misiones avanza en una estructura provincial para créditos de carbono. La Nación también tiene registros y marcos regulatorios.

Pero para Núñez, el problema sigue siendo la velocidad. “Misiones está recién teniendo una estructura bastante sólida”, señala. “La Nación tiene un tratamiento sobre los créditos de carbono y un registro, pero son realmente estructuras muy burocráticas. Llevamos años en conversación”.

Y ahí aparece una tensión profunda entre la urgencia climática y la lentitud estatal.

Mientras el planeta pierde entre 10 y 20 millones de hectáreas de bosque por año, la regulación suele caminar a velocidad de expediente.

“Si tuviésemos un mercado de créditos de carbono regulado como existe en Japón, en Paraguay o en México, estaríamos en la panacea, pero bueno, es la Argentina”, ironiza Núñez.

“La humanidad necesita restaurar 2.500 millones de hectáreas de bosques desaparecidos”, advierte.

La visión corporativa ya está planteada con una meta concreta: restaurar 45 millones de hectáreas hacia 2035 y consolidarse como referente regional en soluciones climáticas basadas en la naturaleza .

Núñez no evita hablar del contexto político ni de la mirada ambiental del Gobierno nacional.

Sabe que el presidente Javier Milei tiene una visión distante respecto del cambio climático y la agenda ambiental, pero asegura que eso no modifica la convicción de la empresa.

“El Presidente tiene su visión sobre el planeta y sobre lo que es el cambio climático, la restauración ambiental; nosotros tenemos la nuestra”, afirma.

Y remata con una definición que resume su postura: “Así como él no lo frena a nadie, nosotros tampoco, y veremos el impacto que tiene cada uno en el tiempo”.

El legado: devolverle algo a la tierra

Hay una frase que atraviesa toda la conversación y que define más que un modelo de negocios.

“Nosotros generamos recursos naturales donde la mayoría de los modelos se basan en extraer recursos naturales”, dice.

Núñez sabe que el capitalismo define las reglas actuales del juego. Y si la única forma de salvar bosques es que salvarlos sea rentable, entonces prefiere jugar ahí.

“Ojalá que los árboles no tuviesen que pagar por ser salvados. Esto lo hablamos mucho internamente. Nosotros no creamos eso ni pusimos eso ahí”, admite.

“De alguna manera nuestro trabajo y nuestro fundamento es devolver a la tierra lo que está quitando la humanidad”, sostiene. “No sé si es una mochila que nos corresponde, pero sí que asumimos”.

Y concluye con una mirada de largo plazo: “Yo creo que las generaciones futuras particularmente no nos lo van a agradecer. Hoy no sé si se siente tanto, pero estamos muy convencidos de lo que hacemos”.

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Iguazú será sede de la cumbre Latinoamericana de Turismo de Naturaleza y Aventura

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Del 11 al 13 de septiembre, se realizará NATIVA LATAM 2026, la Cumbre Latinoamericana de Turismo de Naturaleza y Aventura, en Puerto Iguazú.

La presentación fue realizada por la Asociación Argentina de Ecoturismo y Turismo Aventura (AAETAV), en la Casa de Misiones en Buenos Aires. Allí, el secretario de Turismo y Ambiente de la Nación, Daniel Scioli, expresó que “el turismo de naturaleza es fundamental para mostrar a la Argentina al mundo”. Además, valoró el trabajo de Misiones “a partir de la decisión del gobernador Hugo Passalacqua y de su ministro” para identificar eventos como el presentado.

Por su parte, el ministro de Turismo de Misiones, José María Arrúa, destacó que “la designación de Misiones como Destino Anfitrión consolida el protagonismo del ecoturismo y el turismo aventura como ejes estratégicos de nuestro territorio. Este evento representa una oportunidad única para potenciar las capacidades de nuestros prestadores turísticos, impulsar la profesionalización del sector y proyectar al mundo nuestra biodiversidad”.

NATIVA 2026 será una plataforma de articulación regional e internacional que abordará los principales desafíos y oportunidades del sector: sostenibilidad, innovación, inversión, desarrollo local y nuevas tendencias del viajero global.

Durante las jornadas, se reunirán actores clave del ecosistema turístico para impulsar alianzas, generar conocimiento y acelerar la evolución del sector en América Latina.

La elección de Puerto Iguazú como sede responde a su posicionamiento como uno de los destinos naturales más emblemáticos de la región y representa una gran vidriera internacional para la ciudad. Entre sus atributos, se destacan su riqueza natural, áreas protegidas, experiencias consolidadas de ecoturismo, conectividad internacional y certificaciones de sostenibilidad; en un trabajo público y privado que viene desarrollando el destino para el fortalecimiento de un turismo sostenible.

En este sentido, el presidente de AAETAV, Diego Noia, agregó que “en un contexto global donde el turismo atraviesa una profunda transformación, este encuentro se posiciona como un espacio estratégico para repensar el futuro de la industria desde una perspectiva sostenible, regenerativa e integrada al territorio”.

A su vez, la presidente de CAT, Laura Teruel, sostuvo que “NATIVA LATAM refleja el camino que el turismo debe consolidar: un desarrollo sostenible, innovador y articulado entre el sector público y privado”. Mientras que el presidente de FAEVYT, Andrés Deyá, afirmó que “las agencias de viajes no solo comercializamos productos sino que además interpretamos la demanda y estructuramos la oferta para que el pasajero tenga lo que está buscando y en ese camino el turismo de naturaleza se está posicionando fuertemente, por acompañamos este tipo de iniciativas”.

El evento contó, además, con la presencia de autoridades nacionales, provinciales, cámaras, instituciones, partners de la acción y prensa.

Para más información, ingresar a nativa.aaetav.org.ar

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Iguazú Argentina S.A. obtuvo la certificación internacional Preferred by Nature

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Amanece en la selva misionera y el aire húmedo anuncia la vida que se despliega entre la vegetación. El graznido de un tucán rompe el silencio mientras, en la espesura, quizá un yaguareté se mueve en busca de alimento. Todo ocurre bajo el telón de fondo de una de las maravillas naturales del planeta: las Cataratas del Iguazú.

Pero esta vez la noticia no proviene del monte sino de la gestión que lo protege. En el corazón del Parque Nacional Iguazú, Iguazú Argentina S.A. obtuvo la certificación internacional de Preferred by Nature (PBN) para Actividades Turísticas Sostenibles, un reconocimiento que valida su modelo de operación en uno de los ecosistemas más sensibles y visitados de América Latina.

Como operador turístico del Área Cataratas, la empresa administra cerca de 200 hectáreas que constituyen el núcleo de la experiencia turística dentro de las 67.698 hectáreas del parque, donde se concentran los principales servicios e infraestructura que permiten el acceso a los saltos y a la Selva Paranaense. En ese entorno de alta sensibilidad ambiental, la operación se desarrolla bajo los criterios establecidos por la Administración de Parques Nacionales, con el objetivo de compatibilizar la conservación del ecosistema con el uso público.

La certificación fue otorgada por Preferred by Nature, una organización internacional sin fines de lucro que promueve una mejor gestión de la tierra y prácticas empresariales responsables que benefician a las personas, la naturaleza y el clima. Su marco de evaluación contempla cuatro ejes principales: gestión responsable y buenas prácticas empresariales, respeto por las personas y los derechos humanos, protección de la naturaleza y el medio ambiente, y reducción de los impactos climáticos.

El proceso incluyó una auditoría integral que combinó revisión documental con trabajo en terreno. Durante varios días se analizaron políticas internas, sistemas de gestión y prácticas operativas orientadas a la protección del entorno natural y al vínculo con las comunidades locales.

El estándar para Actividades Turísticas Sostenibles utilizado en la evaluación está además reconocido por el Global Sustainable Tourism Council (GSTC), organismo que establece los criterios internacionales de sostenibilidad para el sector turístico.

Infraestructura pensada para convivir con la selva

Como concesionaria de los servicios turísticos dentro del parque, Iguazú Argentina S.A. tiene a su cargo el diseño, construcción, mantenimiento y operación de la infraestructura destinada a la atención del visitante.

Durante la auditoría, los especialistas recorrieron los circuitos del parque y analizaron el funcionamiento de las pasarelas que atraviesan la selva, una infraestructura diseñada para minimizar el impacto ambiental y reducir la erosión del suelo. También evaluaron el funcionamiento del Tren Ecológico de la Selva, un sistema de transporte pensado para organizar el flujo de visitantes dentro del área protegida.

Este tren circula a velocidades reducidas, entre 20 y 22 kilómetros por hora, y utiliza motores a gas licuado o eléctricos, lo que permite reducir el impacto ambiental en un entorno natural altamente sensible.

La visita técnica permitió además verificar el esquema de ordenamiento que regula la experiencia turística dentro del parque y que busca mantener el equilibrio entre conservación y acceso público.

Comunidad y compromiso social

El proceso de certificación también incluyó instancias de diálogo con trabajadores de diferentes áreas de la empresa. Esa interacción permitió constatar que el personal conoce la política ambiental de la organización y comprende el impacto que su trabajo cotidiano tiene sobre el entorno natural.

Asimismo, se analizaron prácticas vinculadas a la contratación de proveedores locales y al vínculo con las comunidades de la región, incluyendo la interacción con pueblos originarios.

En ese contexto, el gerente general de Iguazú Argentina, Roberto Enríquez, destacó el significado del reconocimiento y señaló que “esta certificación refleja el compromiso de la empresa con un modelo de gestión turística que busca equilibrar la experiencia del visitante con la protección del ambiente y el desarrollo de la comunidad local”.

Desde Preferred by Nature también subrayaron el valor del proceso de evaluación. Los auditores remarcaron que el estándar aplicado “permite analizar de manera integral cómo las organizaciones gestionan su impacto ambiental, social y económico dentro de destinos turísticos de alto valor natural”.

Entre los aspectos destacados del proceso también se valoró la incorporación de mujeres en roles de liderazgo dentro de la organización, una política que apunta a fortalecer la igualdad de oportunidades y consolidar un modelo de desarrollo turístico con impacto social positivo.

Un camino de mejora continua

La certificación representa un paso importante dentro de un proceso que requiere evolución permanente. En áreas naturales como el Parque Nacional Iguazú, los desafíos cambian constantemente: el clima, la presión turística y la conservación de especies obligan a ajustar de manera continua las estrategias de gestión.

En ese contexto, el reconocimiento internacional confirma que las prácticas implementadas por Iguazú Argentina S.A. cumplen con estándares globales de sostenibilidad y refuerzan su modelo de operación dentro de una de las áreas naturales más emblemáticas del país.

Cada pasarela conecta al visitante con la selva sin dañarla. La comunidad local y los pueblos originarios cumplen un rol central como guardianes del patrimonio natural. Y el Tren Ecológico de la Selva se consolida como un ejemplo de movilidad sustentable en áreas protegidas.

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Iguazú suma hotelería premium: abre Entre Árboles, un nuevo boutique

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El destino Puerto Iguazú continúa ampliando su oferta de hotelería de alta gama. El próximo 15 de marzo abrirá Entre Árboles Iguazú, un nuevo hotel boutique impulsado por el empresario y exgobernador de Misiones, Maurice Closs, cuya operación estará a cargo del grupo Amérian Hoteles bajo su nueva marca Singular Collection by Amérian.

El proyecto demandó una inversión cercana a 100 mil dólares por habitación, sin considerar el valor del terreno -propiedad de Closs desde hace años-, y contará con 14 houses integradas a la selva misionera. La arquitectura fue diseñada para convivir con el entorno natural y suma tecnología domótica, además de una propuesta vinculada al slow travel, la tendencia global que prioriza experiencias más pausadas, personalizadas y en contacto con la naturaleza.

La apertura de Entre Árboles marca además el debut en Argentina de Singular Collection by Amérian, una nueva marca con la que el grupo busca posicionarse en el segmento de hotelería boutique y experiencias exclusivas.

El establecimiento está ubicado en avenida Tres Fronteras 780, a unos 100 metros del Hito Tres Fronteras y a 30 minutos de las Cataratas del Iguazú. El desarrollo se emplaza en un predio de selva nativa preservada, donde las construcciones se implantaron respetando la vegetación y los claros naturales del terreno.

En materia gastronómica, el hotel contará con Monarca, su restaurante principal, que propone una cocina de inspiración regional con influencias de la Triple Frontera. La propuesta se complementará con experiencias personalizadas vinculadas al entorno natural y cultural de la región.

“Comprometido con una gestión responsable, Entre Árboles integra la sustentabilidad como eje central de su propuesta”, señaló Closs. En ese sentido, el proyecto incorpora paneles fotovoltaicos para la generación de energía limpia, mientras que el sistema de recolección de agua de lluvia se utilizará para el riego de los espacios verdes, optimizando el uso de los recursos naturales.

El emprendimiento apunta a captar un perfil de viajero que prioriza exclusividad, privacidad y contacto con la naturaleza.

“Entre Árboles inaugura un formato inédito en Argentina: un alojamiento boutique de diseño que propone dormir entre copas y troncos, integrando naturaleza, tecnología y servicio en una experiencia realmente nueva para Iguazú”, sostuvo.

El hotel funcionará bajo el concepto adult only, orientado a huéspedes que buscan estadías tranquilas y personalizadas. Las tarifas iniciales oscilarán entre 400 y 600 dólares por noche, según la categoría de alojamiento.

Con este proyecto, Iguazú consolida una tendencia que gana fuerza en los principales destinos turísticos del país: el desarrollo de propuestas premium vinculadas al paisaje natural, donde la selva misionera se convierte en el principal diferencial de valor.

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El llamado de la selva

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Emanuel Grassi es Doctor en Ciencias Biológicas y especialista en hongos. Vino a Misiones, con una tésis de estudio que se convirtió en práctica y terminó, como suele suceder, prendado de la tierra roja que no se despega de la piel. Hoy se describe como un apasionado de la selva, del monte, casi como una regresión ancestral, que comparte en charlas con la presidenta del Instituto Misionero de Biodiversidad, Viviana Rovira, a la sazón, su mentora y responsable de haberlo convertido en director ejecutivo de ese ente que pasó de estudiar algunas especies de la flora y fauna a encabezar un proyecto inédito: reforzar la población de yaguaretés en la selva misionera. 

Su historia empieza lejos del monte misionero. En Buenos Aires, cuando era niño, Emanuel ya experimentaba con el mundo natural con la curiosidad irreverente de la infancia.

“De chico siempre me gustó la experimentación con los animales. A veces un poco desde el lado de la maldad, viste… jugaba con sapos en la casa de mis padres”, recuerda entre risas. Pero esa curiosidad pronto encontró una dirección.

Su abuelo era paisajista. Las plantas y el diseño de jardines estaban presentes en la vida familiar. Y luego apareció un mentor inesperado: el botánico Osvaldo Morrone, investigador que había trabajado con orquídeas en Misiones.

Fue él quien lo empujó hacia el mundo de las ciencias biológicas.

Grassi estudió la licenciatura y el doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Pero el destino ya estaba trazado.

El primer viaje a Misiones fue casi casual. Corría el año 2006 y vino con su entonces novia, cuya familia era de Garupá.

“Cuando conocí Misiones fue un flechazo”, recuerda. “Me acuerdo que la abuela me dijo: ‘Mirá que la tierra roja mancha… y se pega’. Y fue tal cual”.

La advertencia terminó siendo una profecía. Durante su doctorado decidió estudiar hongos de la selva misionera. El trabajo académico se convirtió en un puente con la provincia. Y cuando apareció la posibilidad de radicarse definitivamente, no hubo dudas.

La selva ya lo había elegido.

Fotos Sofía Schiavoni.

Hoy Grassi está al frente del IMiBio, un organismo científico que abrió sus puertas hace ocho años para estudiar y proteger la biodiversidad de Misiones. Pero también para algo más ambicioso: poner la ciencia al servicio de las decisiones políticas.

La institución nació con una idea impulsada por Viviana Rovira -presidenta del instituto y su mentora-: construir una ciencia diferente.

“No queríamos repetir el modelo clásico de investigación encerrada en los laboratorios”, explica. “La ciencia tiene que escuchar a la sociedad y estar al servicio de quienes toman decisiones”.

Esa lógica llevó al instituto a involucrarse en proyectos concretos: restauración ambiental, investigación aplicada, monitoreo de especies y asesoramiento científico para políticas públicas.

Pero también implica convivir con una paradoja de nuestro tiempo.

La ciencia dejó de ser el faro en algunos debates. Hoy estamos discutiendo cosas que parecían saldadas hace siglos”, dice. “Pero eso también nos obliga a salir del laboratorio, a explicar, a dialogar”.

El estado de la selva

Cuando se le pregunta por la salud de la selva misionera, Grassi no elige ni el optimismo ingenuo ni el pesimismo alarmista.

Prefiere una definición más precisa: “Está estable, pero es muy sensible”.

La selva paranaense que sobrevive en Misiones es uno de los relictos mejor conservados del Bosque Atlántico, un ecosistema que alguna vez cubrió gran parte de Brasil, Paraguay y Argentina. Pero también es un sistema frágil.

“El gran riesgo es que se rompan los corredores biológicos”, explica. “Si se corta la conectividad entre las poblaciones, empezamos a aislar especies y aparecen problemas genéticos”.

Por eso la palabra clave de la conservación actual es restauración.

Restaurar bosques, restaurar corredores ecológicos y, en algunos casos, restaurar poblaciones animales.

Ese es el corazón de uno de los proyectos más ambiciosos que hoy se discuten en Misiones: reforzar la población de yaguaretés.

El yaguareté -el mayor felino de América- es el símbolo máximo de la selva. Pero su presencia es cada vez más escasa. Se estima que en toda la región sobreviven alrededor de 90 ejemplares, con mayor presencia en el norte misionero.

El plan del IMiBio apunta a fortalecer la población en la Reserva de Biosfera Yabotí, un territorio de más de 250 mil hectáreas donde aún sobreviven condiciones ecológicas adecuadas, en la frontera con Brasil.

La estrategia no es una reintroducción o rewilding, como ocurrió en Corrientes. En Misiones el animal nunca desapareció completamente. Lo que se busca es reforzar la población.

Grassi plantea una diferencia conceptual importante con la idea más difundida del rewilding: mientras la reintroducción se aplica en territorios donde una especie ya desapareció por completo, en Misiones lo que se proyecta es un refuerzo poblacional, es decir, intervenir en un ambiente donde el yaguareté todavía existe, aunque en números críticos. Para el director del IMiBio, antes de liberar animales hay que resolver las causas que llevaron a la retracción de la especie y garantizar que el hábitat siga siendo funcional. Por eso su mirada pone menos énfasis en el gesto épico de “devolver” fauna y más en una estrategia integral de restauración: recomponer corredores, asegurar presas, sostener el control sobre la caza y preservar la genética local. 

En términos ecológicos, ambos modelos -Iberá y Misiones- forman parte de una misma corriente global de conservación: la restauración de grandes ecosistemas a través de especies clave. El objetivo final es el mismo: devolver al yaguareté su rol como ingeniero ecológico de los ecosistemas, capaz de regular poblaciones de herbívoros y mantener el equilibrio natural del bosque.

En esa lógica, Misiones no busca copiar el modelo de Corrientes, sino diseñar uno propio, ajustado a una selva que aún resiste y cuya prioridad no es volver a empezar desde cero, sino evitar que lo que todavía late termine por apagarse.

“Tenemos un macho residente en la zona desde hace más de diez años. La idea es introducir una hembra para generar un núcleo reproductivo”, explica Grassi.

Si el proyecto prospera, la reserva Yabotí podría albergar entre 20 y 30 yaguaretés en el futuro. Pero el objetivo va más allá de los números.

“La idea es preservar esa genética y generar un flujo de individuos que pueda conectarse con otras poblaciones, incluso con Brasil”.

En ese mismo espíritu de redescubrimiento de la selva, otro episodio marcó a los investigadores del IMiBio: el regreso inesperado del águila harpía. Durante años se la consideró prácticamente extinta en Misiones, al punto de que casi no existían estudios sobre su presencia porque las probabilidades de encontrarla eran mínimas. Pero fue un colono de la zona de la Reserva de Biosfera Yabotí quien cambió la historia al fotografiar un ejemplar posado en el monte.

A partir de ese primer registro comenzaron a multiplicarse los avistamientos, hasta confirmar incluso la presencia de un juvenil. Para Grassi, ese dato tiene un valor enorme: significa que hubo reproducción reciente en la selva. “Si apareció un juvenil, quiere decir que hace uno o dos años eclosionó un huevo. Eso implica que hay un nido activo en algún lugar del corredor entre Argentina y Brasil”, explica.

En los extremos de su distribución -desde México hasta el norte argentino- la harpía había desaparecido casi por completo. Por eso su presencia en Misiones no es solo una rareza biológica: es una señal de que la selva aún conserva la estructura ecológica necesaria para sostener a uno de los depredadores más poderosos de América. la confirmación de que la especie aún persistía en uno de los extremos de su distribución -donde se la consideraba prácticamente extinta- generó un impacto inmediato en la comunidad científica internacional.

En México, donde la harpía también había desaparecido de los registros recientes, investigadores y organizaciones de conservación lanzaron entonces un programa específico de búsqueda para verificar si aún sobrevivían ejemplares en las selvas del sur del país. Para Grassi, el caso demuestra cómo un hallazgo local puede activar procesos de conservación a escala continental: “Cuando aparece en uno de los extremos de su distribución, automáticamente surge la pregunta de si en otros lugares donde se creía perdida todavía puede estar”. El avistamiento en Misiones no solo devolvió esperanza para la selva paranaense, sino que volvió a encender la búsqueda de uno de los depredadores más imponentes de América.

Sin embargo, la conservación no depende solo de científicos.

La caza furtiva, la presión económica sobre el territorio y la fragmentación del bosque siguen siendo amenazas reales. “Cuando la economía se deteriora, la cacería aumenta”, admite Grassi. “Por eso la conservación también tiene que entender el contexto social”.

En ese escenario, el rol de los guardaparques, las comunidades locales y los productores rurales resulta clave. Y también el de las organizaciones ambientales. “Hay diferencias, claro. Pero el objetivo común es la conservación”, dice.

Educar para coexistir

Padre de dos hijas, Grassi también piensa en el futuro desde una perspectiva personal. La educación ambiental es parte de la vida cotidiana en su casa. “Intento que se pregunten cuál es el impacto de nuestras acciones sobre la biodiversidad”, cuenta. “Que entiendan que la naturaleza no es algo separado de nosotros”.

Para él, la clave no es la convivencia con la naturaleza, sino algo más profundo. “La idea es la coexistencia”.

Cuando se le sugiere que el trabajo que hoy impulsa podría ser histórico -un proyecto que cambie el destino del yaguareté en la selva misionera-, Grassi se revuelve en su asiento, incómodo.

No soy consciente de eso”, responde.

Tal vez porque la ciencia se mueve en tiempos largos, invisibles para el vértigo de la actualidad.

Tal vez por eso, cuando Grassi habla de la selva, parece escuchar algo más que el rumor del monte. Hay en su relato una intuición antigua, casi instintiva, como la que Jack London narró en El llamado de la selva: ese impulso profundo que empujaba a Buck a volver a lo esencial. En Misiones, ese llamado no proviene de la nostalgia, sino del futuro. De una selva que resiste y que, si la ciencia, la política y la sociedad logran escucharlo a tiempo, puede volver a llenarse de vida, de alas enormes en el dosel y del rugido del yaguareté.

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