Soja

Crece la volatilidad en el mercado de granos en medio del conflicto en Medio Oriente

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La guerra en Medio Oriente empezó a pegar de lleno en el mercado de granos y dejó una señal doble para la Argentina: mientras la volatilidad financiera se acelera en Chicago por la presión geopolítica, el país logra capitalizar una ventana comercial excepcional para el maíz y el girasol, con exportaciones que rompen récords y sostienen el movimiento interno de mercadería. El dato central no es solo productivo, según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario. En plena campaña 2025/26, con una oferta abundante y costos logísticos globales más altos por la crisis en el estrecho de Ormuz, la competitividad argentina gana espacio en el comercio internacional, aunque bajo una condición frágil: que el conflicto no deteriore todavía más el transporte marítimo ni profundice el desorden en los precios.

La novedad combina alivio comercial y riesgo sistémico. Por un lado, la cosecha récord y la demanda externa están permitiendo dar salida a volúmenes muy altos, especialmente en girasol y maíz. Por otro, la guerra y la acción de los fondos especulativos transformaron a los futuros agro en un terreno mucho más sensible a cualquier titular. En ese escenario, la Argentina aparece beneficiada por precios competitivos y por una ventana de exportación favorable, pero queda también expuesta a un mercado internacional cada vez más nervioso, donde una noticia diplomática o militar puede mover las cotizaciones con violencia en una sola rueda.

El girasol rompe todos los techos y acelera la comercialización interna

El caso más contundente es el del girasol. La campaña 2025/26 ya muestra una performance histórica en exportaciones y confirma que el complejo encontró una salida externa pocas veces vista. En el primer trimestre se embarcaron 391.000 toneladas de aceite, el mejor arranque aceitero de campaña desde 2005. Pero el dato más disruptivo está en la exportación de semilla de girasol, que alcanzó 421.136 toneladas en lo que va del trimestre: equivale a 12 veces la cifra del año pasado (31.688 toneladas) y casi 17 veces el promedio de los últimos cinco años para esta altura del calendario (25.000 toneladas).

Ese salto no es una curiosidad estadística. Cambia la lógica comercial del cultivo. Cuando se homogeneizan las exportaciones de aceites, pellets y harinas en semilla procesada equivalente, surge que ya se utilizaron 1,12 millones de toneladas de semillas para producir los derivados industriales exportados en lo que va de la campaña. El registro supera en más del doble el promedio del último lustro y es 1,7 veces superior al del año pasado a esta altura.

La magnitud de la demanda externa ya tuvo impacto interno. El mercado doméstico respondió con compras totales por 3,1 millones de toneladas, lo que ubica a la campaña 2025/26 como el segundo registro más alto del siglo, a la par de la 2007/08. En términos comparativos, el ritmo comercial corre 62% por encima del ciclo anterior y 111% más que el promedio de los últimos cinco años. No se trata solo de más exportaciones: se trata de una cadena que encuentra precio, fluidez comercial y ritmo de descarga en un momento donde la oferta es abundante.

Un mercado inusual: hasta un gran exportador compró girasol argentino

Dentro de esa dinámica aparece un dato con peso propio: la producción argentina logró ingresar en destinos que no son compradores habituales. En un hecho sin precedentes dentro del texto base, Bulgaria, uno de los mayores exportadores mundiales de semillas y aceite de girasol, apareció como destino del producto argentino y explicó el 37% de las compras de semilla en bruto.

Ese dato revela dos cosas a la vez. Primero, que la competitividad argentina no solo funciona en mercados tradicionales, sino también en plazas donde normalmente la lógica comercial iría en sentido inverso. Segundo, que el contexto global empuja a los importadores y procesadores a buscar mercadería donde haya precio y disponibilidad, incluso si eso altera esquemas históricos del comercio agrícola. Cuando un exportador estructural pasa a comprar, el mercado está enviando una señal sobre escasez relativa, oportunidades transitorias o reacomodamientos fuertes en la formación de precios.

El maíz aprovecha una ventana de competitividad y apunta a un récord exportador

El maíz ofrece otra foto relevante. La cosecha avanza al 14% a nivel nacional y, solo en marzo, ya se descargaron 3 millones de toneladas en los puertos del Gran Rosario, es decir, 1,4 millones más que en igual momento del año pasado. A la par, la comercialización interna muestra un ritmo firme: ya está comprometido el 30% de las toneladas esperadas para esta campaña, 10 puntos porcentuales por encima del ciclo pasado.

Sobre esa base, el programa exportador del primer mes de campaña se perfila para quebrar marcas. La previsión indica que marzo cerraría con más de 4 millones de toneladas exportadas, un récord para el arranque de campaña del cereal. La explicación central está en la competitividad del producto argentino. Aun con subas en los costos globales de los fletes marítimos, el maíz local sigue siendo presentado como el más competitivo del mundo dentro de la ventana que se extiende hasta el ingreso más fuerte de la oferta brasileña, previsto para junio/julio.

Ahí aparece una lectura política y económica concreta. La Argentina no está aprovechando solo una buena cosecha, sino una combinación excepcional entre volumen disponible, salida exportadora y timing comercial. En un momento de disrupción global, esa ventaja puede ser decisiva para sostener ingreso de divisas, actividad en terminales portuarias y dinamismo en la cadena comercial. Pero también es una ventaja con fecha de vencimiento: depende de cuánto dure la ventana frente a Brasil y de que la crisis internacional no encarezca aún más la logística.

Chicago sube, las primas FOB aflojan y el mercado local se sostiene

El comportamiento de los precios muestra ese equilibrio inestable. En Chicago, los futuros de maíz recibieron impulso por el conflicto en Medio Oriente y por el mayor posicionamiento de los fondos en commodities agrícolas. Desde que el escenario internacional empezó a tensionarse, el contrato de referencia del cereal subió 6%. Sin embargo, al mismo tiempo, las primas FOB del maíz argentino se debilitaron, en parte por la presión de oferta y en parte por el aumento en los costos de transporte marítimo.

El resultado es una especie de compensación. La baja de las primas resta, pero la suba en Chicago más que equilibró ese efecto, permitiendo que el precio de exportación a cosecha se revalorizara US$ 15 por tonelada desde enero. Esa mejora ayudó a sostener los valores en el mercado de futuros local, que promedian entre US$ 182 y US$ 186 por tonelada.

Ese punto es central para entender el momento. La Argentina gana competitividad por precio, pero esa ventaja no surge en un contexto de estabilidad, sino dentro de un mercado global donde sube la tensión, suben los costos y se vuelve más agresiva la operatoria financiera. El beneficio existe, aunque no descansa sobre bases tranquilas.

Ormuz cerrado y fondos especulativos: la nueva fuente de inestabilidad

La otra gran variable del escenario es la guerra. El texto base marca que el estrecho de Ormuz sigue virtualmente cerrado, con una caída del 94% en el tráfico de buques. Esa cifra no impacta solo en petróleo y energía. Repercute también en el costo del comercio internacional, en las expectativas de abastecimiento y en el comportamiento de los capitales especulativos que operan sobre materias primas.

En ese clima, la volatilidad dejó de ser un factor lateral y pasó al centro del negocio. La soja dio la señal más fuerte. Durante el lunes de esta semana, el futuro más operado en Chicago registró la mayor caída diaria desde julio de 2024, con una pérdida de US$ 20 por tonelada en una sola rueda, hasta activar el límite automático del CME. El disparador fue una noticia política: la postergación del viaje de Donald Trump a China.

El mercado venía descontando en precios la promesa de que China sumaría 8 millones de toneladas de soja a sus compras de 12 millones de esta campaña. La postergación del viaje se leyó como una señal bajista porque debilitó el sustento político de ese compromiso. La reacción fue inmediata. Y dejó una enseñanza clave: ya no hacen falta cambios estructurales en oferta o demanda para mover fuerte los precios. Alcanza con un titular de alto impacto geopolítico.

La soja expone el nuevo patrón: subas violentas, caídas bruscas y fondos con poder de fuego

La soja venía de tocar máximos de 21 meses el viernes pasado. Antes del rally comprador, cotizaba por debajo de US$ 390 por tonelada. Luego llegó a operar en US$ 451, una suba del 16% en siete semanas. Después, ante una sola noticia con sesgo bajista, cayó con fuerza. Ese patrón no es anecdótico: muestra que el mercado agro quedó sometido a un nivel de sensibilidad mucho mayor.

El texto remarca que la volatilidad anualizada en las últimas diez ruedas escaló a máximos desde julio de 2023 y que los fondos especulativos tienen un rol central. La posición neta comprada supera los 600.000 contratos entre granos y derivados, tras un aumento del 337% desde fines de enero. Ese volumen de apuestas le da a los fondos un poder decisivo para mover cotizaciones. Una toma de ganancias, un cambio de expectativas o una noticia internacional pueden desatar correcciones violentas en cuestión de horas.

En términos de poder de mercado, eso significa que la formación de precios ya no depende solo de rindes, clima o demanda física. También depende de la velocidad con la que el capital financiero entra y sale de posiciones largas sobre commodities. Para la Argentina, esa dinámica abre oportunidades de precios, pero también complica la toma de decisiones comerciales, porque el margen entre una rueda favorable y una corrección abrupta se achicó mucho.

Qué gana la Argentina y qué riesgo enfrenta

La campaña 2025/26 encuentra a la Argentina en una situación singular. Tiene volumen, tiene competitividad y, por ahora, tiene demanda externa. El girasol exhibe una performance histórica. El maíz se encamina a un arranque récord. Y los precios internacionales, aun con altibajos, siguen ofreciendo respaldo al negocio exportador. En ese plano, los sectores vinculados a la exportación y a la logística portuaria aparecen fortalecidos.

Pero el mismo contexto que habilita esa ventana también impone límites. El cierre virtual de Ormuz, la suba de fletes, la fragilidad diplomática y el peso creciente de los fondos especulativos pueden alterar en pocos días el escenario. Un agravamiento del conflicto podría disparar todavía más los costos logísticos. Un cambio brusco en las expectativas sobre Estados Unidos, China o Medio Oriente puede desarmar posiciones compradas y provocar bajas intensas. Y el ingreso de la oferta brasileña en junio/julio meterá presión sobre la competitividad del maíz argentino.

Un momento de oportunidad, pero sin red de seguridad

Lo que hoy muestra el mercado de granos no es una foto de bonanza lineal, sino una combinación de oportunidad y fragilidad. La Argentina está logrando colocar mercadería en volúmenes excepcionales y aprovechar un contexto favorable para el maíz y el girasol. Sin embargo, esa ventaja se construye sobre un sistema internacional alterado por la guerra, con rutas marítimas bajo presión y precios moldeados por fondos que amplifican cada shock.

Las próximas semanas serán decisivas. Habrá que mirar si el conflicto en Medio Oriente profundiza el bloqueo comercial, si Chicago mantiene el sesgo alcista o entra en una nueva fase de corrección, y si la competitividad argentina logra sostenerse cuando cambie la oferta global. Por ahora, el negocio exportador encontró aire. La pregunta es cuánto dura esa ventana en un mercado que ya no reacciona por ciclos previsibles, sino por sobresaltos.

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Brasil, una potencia agrícola en auge y un ejemplo con vulnerabilidades

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Escribe Mario Osava / IPS Noticias – Brasil es un caso singular de desarrollo agrícola acelerado, multiplicó casi por nueve su producción de granos en 50 años, se presenta como un modelo de agricultura tropical, pero tiene vulnerabilidades acentuadas por las guerras y, más existencial y permanente, por la crisis climática.

De 39,4 millones de toneladas de cereales, leguminosas y oleaginosas en 1975, la cosecha anual saltó para 346,1 millones de toneladas en 2025, según datos del estatal Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (Ibge).

De importador de cerca de 30 % de los alimentos que consumía, el país se convirtió en gran exportador, con un superávit de 149 000 millones de dólares en el sector agrícola. Las importaciones se limitaron a 20 000 millones de dólares, registró el Ministerio de Agricultura y Ganadería.

En ese período de cinco décadas, la población brasileña se duplicó, de 107 millones de habitantes a 213 millones, según el mismo Ibge. En 1975 aún era mayoritariamente rural, con 52 %. El censo de 2022 apuntó que 87 % de los brasileños viven en ciudades.

Es decir, el salto en la producción agrícola ocurrió en un período de intenso éxodo rural, con la rápida urbanización de la población brasileña.

La investigación científica que permitió al país incorporar a la agricultura extensas tierras del Cerrado, la sabana brasileña, antes consideradas inadecuadas, suele ser apuntada como un factor decisivo de la transformación de Brasil en uno de los graneros del mundo.

¿Razones financieras detrás del bum?

“Hay varias explicaciones, pero quizás una de las más importantes sean las restricciones de recursos externos para importar alimentos. Brasil era muy dependiente de alimentos importados, y eso se agravó por la crisis de los años 80”, evaluó Jorge Arbache, profesor de economía de la Universidad de Brasilia.

Los países latinoamericanos y muchos otros en desarrollo sufrieron en aquella “década perdida” una empobrecedora crisis de la deuda externa que forzó a duros ajustes económicos.

Brasil vivió entonces un recrudecimiento de la hiperinflación, que alcanzó 235 % en 1985, y el inicio de un proceso de desindustrialización. El sector manufacturero pasó a perder participación en el producto interno bruto (PIB), al contrario de la agricultura.

Para ello contribuyó, de forma decisiva en la mirada agronómica, un gran esfuerzo en investigación y desarrollo volcado al sector agrícola. La estatal Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), creada en 1975, tuvo un rol principal, pero otras instituciones especializadas también fueron relevantes.

“Eso resultó en un plan sofisticado de cultivos en el Cerrado”, recordó Arbache, en referencia al bioma que conforma la sabana más biodiversa del mundo.

El maíz y el algodón también tuvieron saltos de producción en las dos últimas décadas, impulsados por la soja, la locomotora cultivada entre noviembre y marzo. Enseguida se siembra algodón o maíz en la misma tierra. Con dos o tres cosechas al año, la agricultura tropical es naturalmente competitiva. Imagen: Mario Osava / IPS

La decisiva soja

La adaptación de la soja al suelo ácido y al clima del Cerrado, que ocupa dos millones de kilómetros cuadrados en el centro de Brasil, fue determinante para el bum agrícola. En 2025 esa oleaginosa, y también leguminosa, representó 48 % de la producción total de granos en Brasil, o sea 166,1 millones de toneladas.

Hace 50 años era un cultivo marginal restringido al extremo sur del país. Hoy Mato Grosso, un estado de la región del Centro-oeste en su mayor parte ocupado por el Cerrado y parte por la Amazonia, concentra 30,4 % de la cosecha nacional de soja.

“La gran capacidad de adaptación de la soja a suelos y clima distintos favoreció esa expansión. La Embrapa y otros centros de investigación lograron seleccionar variedades de producción espectacular en el Centro-Oeste”, explicó Jean Marc von der Weid, economista agrícola con maestría en la francesa Universidad París I Panthéon Sorbone.

Pero más importante fue la inversión en recursos humanos y en la extensión rural, a través de una red que llevó el conocimiento a los agricultores, opinó Arbache a IPS en una entrevista desde Brasilia.

Además, la soja impulsó la siembra de maíz y algodón, de los que Mato Groso se convirtió en el mayor productor nacional en años recientes. Ello porque que esos dos cultivos componen la segunda cosecha anual en las mismas áreas, una ventaja de la agricultura tropical.

El sol presente todo el año permite la fotosíntesis permanente y por ende dos o tres cosechas al año, limitadas solo por el clima, especialmente el régimen de lluvias. Es lo que asegura un protagonismo creciente de Brasil y otros países tropicales en la alimentación mundial, asegura Roberto Rodrigues, exministro de Agricultura brasileño.

“No conozco otro caso (de desarrollo agrícola) comparable al de Brasil. Si hay proyectos específicos y controlados, casi experimentales, de siembras en zonas áridas, pero nada relevante en ninguna mirada global”, acotó Arbache

Una vulnerabilidad fue que la concentración de granos en la frontera agrícola centro-occidental generó una fuerte demanda logística.

La implantación de carreteras, ferrocarriles e hidrovías no acompañó la velocidad del avance agrícola, lo se tradujo en insuficiencias en el almacenamiento y costos elevados en el transporte, en el quinto país más extenso del mundo, con 8,6 millones de kilómetros cuadrados.

Pequeña porción de un bosque amazónico incendiado. Cada árbol talado o quemado en la Amazonia representa miles de litros de agua a menos cada día en los llamados ríos voladores, que llevan lluvias a la agricultura más productiva de Brasil, hacía el sur. Imagen: Mario Osava / IPS

¿Bum sostenible pese a las vulnerabilidades?

Hay además otras neurálgicas vulnerabilidades.

“Nuestra agricultura es demasiado dependiente de insumos importados, tecnologías, fertilizantes, agroquímicos variados, servicios digitales, y buena parte del comercio es dominado por empresas internacionales”, señaló el profesor de economía Arbache.

“El valor agregado local es relativamente bajo. El sector tiene un talón de Aquiles. Una crisis internacional, como la que ocurre actualmente, puede poner nuestra agricultura de rodillas, a causa de un modelo de negocios muy vulnerable”, acotó.

Se refiere a la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, desde febrero de 2022, y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero, que afectan el suministro de dos insumos indispensables: fertilizantes y diésel.

Brasil importa cerca de 85 % de los fertilizantes que consume. Rusia, principalmente, y países del Medio Oriente como Arabia Saudí y Qatar son sus proveedores y, por lo tanto, fuentes de inseguridad, como las guerras en Ucrania y contra Irán evidencian.

Pero, sin duda, la mayor vulnerabilidad es la climática, dijo a IPS, en su residencia en Río de Janeiro, von der Weid, fundador de la organización no gubernamental AS-PTA Agricultura Familiar y Agroecología, originalmente Asesoría y Servicios a Proyectos en Agricultura Alternativa, cuyas siglas mantiene.

Ferrocarriles y almacenes insuficientes encarecen la soja y otros granos de exportación brasileños. Esa infraestructura logística es de Anápolis, en el estado centro-oriental de Goiás, donde se conectan dos ferrocarriles. Imagen: Mario Osava / IPS

¿Camina la bonanza de monocultivos hacia la insolvencia?

El agronegocio, como se denomina a la agricultura industrial, de gran escala y monocultivos, “marcha hacia una insolvencia general”, sostuvo. Los eventos climáticos extremos provocan crecientes pérdidas y exigen cada día más subsidios y condonaciones, hasta la inviabilidad financiera, argumentó.

Ese fenómeno ya ocurrió de manera brutal en el estado de Rio Grande do Sul, en el extremo sur brasileño, donde lluvias torrenciales en mayo de 2024 afectaron 2,4 millones de personas, con por lo menos 183 muertos, sumergieron ciudades enteras, mataron miles de animales e inundaron los principales cultivos.

Las olas de calor redujeron la producción de café y cacao en todo el mundo y hacen mucho daño a la soja y el maíz, los cultivos más voluminosos de Brasil, siendo el maíz el más vulnerable a la sequía, ejemplificó Von der Weid.

Las áreas más productivas para el agronegocio, en el Centro-oeste, Sudeste y Sur de Brasil, dependen en buena parte de las lluvias provenientes de la Amazonia, en los llamados “ríos voladores”.

La humedad del océano Atlántico cercano a la línea ecuatorial, de los vientos alisios que soplan de este a oeste, entra Amazonia adentro y se agranda por la transpiración de los árboles. Al chocarse con la cordillera de los Andes, las nubes se propagan por el centro sur de Brasil y partes del Paraguay, Argentina e incluso Uruguay.

La agricultura de esas áreas depende de esos ríos aéreos, pero la población rural vinculada al agronegocio está entre los negacionistas del cambio climático. La extrema derecha, liderada por el expresidente Jair Bolsonaro (2019-2022), es la más activa en el combate al ambientalismo, aunque sean víctimas directas de la crisis climática.

Campesinos del Corredor Seco Centroamericano se adiestran en la construcción de un estanque de piedra, una de las «tecnologías» de acopio de agua de lluvia en el Semiárido brasileño, donde estuvieron en junio de 2018, para un intercambio de conocimientos sobre cómo lidiar con las sequias. Imagen: Mario Osava / IPS

¿El Semiárido, la respuesta para el futuro?

La irregularidad climática provoca sequías y lluvias excesivas, dispersas e imprevisibles, de forma distinta en lugares incluso cercanos, se generaliza y se impone de manera similar a la que ocurre en la ecorregión del Semiárido, en el Nordeste de Brasil, donde AS-PTA más actúa desde su fundación en 1983, detalló Von der Weid.

En esa región predomina otro tipo de agricultura, la que en Brasil se denomina familiar, por involucrar poca tierra y el trabajo principalmente de las familias en la producción rural.

El Nordeste concentra 47 % de los predios de la agricultura familiar, según el censo del Ibge de 2017. Es donde más se diseminaron las prácticas agroecológicas, incluso por razones naturales, es decir las condiciones adversas, como lluvias concentradas en pocos meses, agua subterránea salobre, calor y mucha pobreza.

Las sequías periódicas en el Nordeste ya no provocan los desastres sociales que solían repetirse en la región, con fugas masivas de pobladores hacia el sur más desarrollado e industrial, invasión de las ciudades y saqueos del comercio.

La diseminación de cisternas para acopio de agua de la lluvia, más de 1,2 millones desde 2003, fue el principal factor de los cambios ocurridos y que limitaron los daños sociales de las sequias en el Semiárido.

La mayor parte de esas cisternas, más de un millón, se destina a proveer agua potable para beber y cocinar en los hogares. Las demás, llamadas para producción, son para el riego de los huertos y para los animales.

A ello se sumaron variados programas sociales, como la Bolsa Familia, un subsidio directo a los más pobres, beneficios a los jubilados y discapacitados, y compras gubernamentales de alimentos producidos por agricultores familiares para la alimentación escolar y de las instituciones de asistencia social.

Son “tecnologías sociales” que se exportaron a regiones semiáridas del continente y de África, como el Corredor Seco Centroamericano y el Chaco argentino.

El futuro de la agricultura será agroecológico, asegura Von der Weid, una exigencia de la adaptación a los cambios climáticos, a las condiciones adversas que los campesinos ya enfrentan en el Semiárido.

“La crisis del agronegocio ya se instaló y va creciendo, pese a la pujanza que exhibe en Brasil. No se pueden ampliar indefinidamente los subsidios”, concluyó.

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La economía argentina podría dar un salto productivo en diez años y sin retenciones

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En un contexto en el que la economía argentina necesita consolidar generación genuina de divisas y crecimiento sostenido, un nuevo informe elaborado por el Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral y el IAE Business School plantea que el sector agroindustrial podría expandirse un 90% en la próxima década si se eliminan los derechos de exportación y se corrigen los principales cuellos de botella estructurales.

Según el estudio, realizado en conjunto con la Bolsa de Comercio de Rosario bajo el modelo Agmemod, la producción podría alcanzar 251 millones de toneladas en diez años, impulsando una expansión significativa del PBI y de las exportaciones.

Actualmente, el complejo agroindustrial aporta el 23% del Producto Bruto Interno y genera el 60% de las exportaciones totales del país. Solo los complejos oleaginosos y cerealeros explican el 45% de las divisas que ingresan a la economía argentina.

“Argentina cuenta con una base productiva agroindustrial extraordinaria, pero su potencial está condicionado por factores macroeconómicos que limitan la inversión y el crecimiento”, señala Guillermo D’Andrea, profesor del IAE Business School.

Para la campaña 2025/26 se estima que habrá 27,7 millones de toneladas en cosecha fina, con ingresos superiores a 4.500 millones de dólares, y 154 millones de toneladas en cosecha gruesa, con un ingreso estimado de entre 32.000 y 37.000 millones de dólares.

En las últimas tres décadas, la producción se triplicó mientras el área sembrada sólo se duplicó, impulsada por biotecnología, agricultura de precisión, digitalización y mejoras logísticas.

El costo macroeconómico de la presión fiscal

El informe advierte que la presión sobre la renta agrícola alcanza el 55,5% y llegó al 63,6% en junio de 2025 al ponderar cultivos clave como soja, maíz, trigo y girasol.

En contraste, los productores de la Unión Europea reciben apoyos equivalentes al 16%, en China al 13% y en Estados Unidos al 7%. En Brasil, el respaldo promedio al sector ronda el 0,5% del PBI.

Entre 1997 y 2023, Argentina extrajo del sector recursos equivalentes al -1,6% del PBI anual.

“La presión fiscal actual reduce fuertemente los incentivos a invertir y adoptar tecnología en el agro. Corregir ese esquema impositivo es clave para liberar el potencial productivo del sector”, explica Daniel Mamone, investigador del IAE Business School.

“Eliminando las retenciones y mejorando infraestructura y adopción tecnológica, el agro podría convertirse en el principal motor estructural del crecimiento argentino”, sostiene Bernardo Piazzardi, investigador del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral.

Al respecto de la infraestructura e inversión, ahí se presenta otro cuello de botella. El 90% del transporte de granos se realiza por camión y solo el 10% por tren. De los 640.000 km de red vial, el 62% corresponde a caminos municipales, mayormente sin pavimentar. Apenas el 6% son rutas nacionales y solo 3.200 km son autopistas o autovías.

El sector aportó 28.686 millones de dólares en tributos en 2023. Mantener en condiciones adecuadas la red vial demandaría entre 3.200 y 6.500 millones de dólares anuales, equivalente a apenas el 17% de su aporte tributario.

“Si se corrigen los déficits de infraestructura y se incentiva la inversión tecnológica, el agro puede convertirse en un vector central de crecimiento para toda la economía”, afirma Ernesto Ruete Güemes, investigador del IAE Business School.

En paralelo, el parque de maquinaria presenta atraso tecnológico: el 73% de los tractores y el 46% de las cosechadoras superan los 15 años de antigüedad. Mientras la productividad total de factores cayó 6% en Argentina en los últimos 20 años, en Brasil creció 45%.

A pesar de todas las trabas, la última encuesta AgBarometer Austral, conocida como el índice de confianza del campo que elabora el Centro de Agronegocios y Alimentos, indica que el 80% de los productores estaría dispuesto a modernizar su maquinaria si mejoran las condiciones de rentabilidad y financiamiento.

Según el estudio, la modernización tecnológica no es consecuencia del crecimiento, sino condición previa para impulsarlo.

El potencial impacto en la economía argentina

Bajo un escenario de eliminación de retenciones, mejora de infraestructura, adopción tecnológica y expansión de 6,5 millones de hectáreas adicionales, el sector podría crecer 90% en diez años.

En ese contexto, la producción podría alcanzar 251 millones de toneladas, lo que aumentaría significativamente su participación en el PBIaceleraría la generación de divisas para la economía argentina y permitiría financiar la reconstrucción integral de la red vial en apenas tres años.

La clave no es sólo sectorial sino macroeconómica. “Reemplazar la lógica extractiva por una estrategia de inversión y productividad permitiría transformar al agro en el eje estructural del crecimiento argentino”, concluye Piazzardi.

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El peso argentino resiste el shock y entra en el top 5 de monedas más estables en medio de la guerra

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En medio de la escalada geopolítica en Medio Oriente y del salto en los precios del petróleo, el peso argentino aparece entre las monedas con mejor desempeño relativo frente al dólar. Mientras gran parte de las divisas del mundo registran fuertes depreciaciones por la búsqueda de refugio en activos seguros, la moneda local figura entre las cinco que menos se debilitaron desde el inicio del conflicto.

De acuerdo con datos de mercado, el ranking lo encabeza el shekel israelí, que se aprecia cerca de 0,7% frente al dólar. Luego se ubican el dólar canadiense, con una suba de 0,4%, y el dólar de Hong Kong, prácticamente estable. En cuarto lugar aparece la lira turca, con una depreciación de 0,3%, mientras que el peso argentino ocupa el quinto puesto, con una caída moderada de 0,4% desde el cierre de febrero.

Aunque el saldo es levemente negativo, el desempeño resulta destacado si se lo compara con el de otras monedas relevantes como el euro, el franco suizo o el yuan chino, que mostraron mayores caídas frente al dólar en medio de la incertidumbre global.

En América Latina, además, el peso argentino exhibe el mejor resultado relativo: divisas como el peso chileno, el sol peruano, el peso mexicano y el real brasileño acumulan depreciaciones que llegan hasta 5,3% en el mismo período.

Energía y materias primas, claves en la resistencia

Según el análisis de Guardian Capital, varias de las monedas que logran resistir la presión del dólar pertenecen a economías con fuerte vínculo con las materias primas, cuyos precios se dispararon tras las tensiones en el Estrecho de Ormuz, una ruta por donde circula cerca del 20% del petróleo comercializado en el mundo.

En el caso argentino, la diferencia radica en el cambio estructural del sector energético. Gracias a la expansión de Vaca Muerta, el país pasó de ser importador a exportador neto de energía, lo que mejora la balanza comercial cuando el petróleo sube.

En ese escenario, los mayores precios internacionales del crudo anticipan más ingreso de dólares vía exportaciones, lo que contribuye a sostener al peso.

El flujo de dólares y las tasas, otro sostén

El economista Gustavo Ber sostiene que la relativa estabilidad del peso también se explica por el flujo de ingreso de divisas al mercado local, junto con tasas de interés elevadas que siguen atrayendo capitales financieros.

Estos factores ayudan a amortiguar el impacto del fortalecimiento global del dólar, impulsado por la búsqueda de refugio de los inversores en momentos de incertidumbre internacional.

Desde el equipo económico del Gobierno también minimizan el impacto del conflicto. El ministro de Economía, Luis Caputo, afirmó desde Nueva York que la guerra en Medio Oriente no generó presión significativa sobre el mercado cambiario.

“Estamos ante uno de los mayores shocks externos de los últimos tiempos y el dólar no se movió. Lo importante es tener una macro sólida. En otro contexto, hubiera generado una debacle”, sostuvo.

La intervención del Banco Central

Los analistas de GMA Capital señalan que el comportamiento del peso también estuvo influido por la actividad del Banco Central en los mercados financieros.

Durante la última semana, la autoridad monetaria moderó el ritmo de compras de reservas, con un promedio cercano a US$62 millones diarios, mientras en el mercado de futuros de dólar se registraron volúmenes elevados de contratos en el corto plazo y una baja en las tasas implícitas, señales que sugieren intervenciones oficiales para limitar la presión alcista sobre el tipo de cambio.

Agro y energía: los dólares que vienen

Hacia adelante, el desempeño del peso dependerá en gran medida de cuánto se prolongue la tensión global. Sin embargo, el mercado anticipa que la oferta de divisas podría fortalecerse en los próximos meses.

La soja, principal fuente de ingreso de dólares del país, sube cerca de 6% desde el inicio del conflicto y acumula un avance de 17% en lo que va del año, con precios cercanos a US$450 por tonelada. Las exportaciones del complejo agroindustrial podrían ubicarse entre US$34.000 millones y US$36.000 millones en 2026.

A esto se suma el sector energético. En 2025 la balanza comercial energética registró un superávit récord de US$7.800 millones, y las proyecciones para este año, antes del conflicto, estimaban entre US$8.000 millones y US$10.000 millones. Con el petróleo en alza, el ingreso de divisas podría superar esas previsiones.

Un escenario todavía desafiante

Pese a la resiliencia reciente, el panorama cambiario sigue condicionado por la evolución del conflicto global. Si la tensión se prolonga, el equipo económico podría intensificar su presencia en el mercado de futuros de dólar para moderar eventuales presiones.

Mientras tanto, el Gobierno apuesta a que la combinación de mayor oferta de dólares del agro, exportaciones energéticas en expansión y tasas altas continúe sosteniendo la estabilidad relativa del peso frente a un contexto internacional volátil.

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Coninagro: el trigo y la yerba mate pierden poder de compra mientras soja y hacienda se fortalecen

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Un nuevo informe de Coninagro confirma la creciente heterogeneidad del agro argentino: mientras el trigo y la yerba mate registran un marcado deterioro en su capacidad de compra frente a insumos y costos productivos, la soja y la hacienda muestran una mejora significativa en su relación insumo-producto.

El relevamiento compara enero de 2026 contra enero de 2025 y también frente al promedio de los últimos cinco años, y revela fuertes contrastes entre cadenas productivas.

Trigo: fletes récord y caída frente al gasoil

En el caso del trigo, el deterioro es evidente. La cosecha récord del cereal coincidió con un debilitamiento de su precio internacional, afectando directamente el poder adquisitivo del productor.

Uno de los datos más preocupantes es el costo logístico: para un traslado de 300 kilómetros, el flete representa hoy el 21% del valor del trigo, el nivel más alto de los últimos años. Además, en comparación con el promedio de los últimos cinco años, el productor necesita 55% más de trigo para adquirir la misma cantidad de gasoil.

Frente a los insumos, el cereal perdió 10% interanual respecto de la urea y 8% frente a la bolsa de semillas de 40 kilos. Solo muestra una leve mejora coyuntural frente a la cosechadora (-3%), aunque en el mediano plazo el deterioro alcanza el 35%.

El informe advierte que esta brecha entre precios de venta y costos genera un escenario de vulnerabilidad, obligando a replantear decisiones de siembra, financiamiento y manejo de recursos en un contexto de alta volatilidad.

Soja: mejora de rentabilidad y recuperación del poder de compra

En contraste, la soja atraviesa un momento favorable. Se requiere 25% menos de oleaginosa para adquirir glifosato, camionetas y cosechadoras, y 19% menos para cubrir gasoil y fletes.

En la comparación de cinco años, los granos en general mejoraron su relación frente a glifosato, urea, inmuebles, camionetas y construcción, aunque perdieron contra fletes, maquinaria, hacienda, semillas y salarios rurales.

Dentro del complejo agrícola, la soja aparece como el mejor desempeño relativo, mientras que el trigo es el más afectado. El maíz, por su parte, mejora frente al gasoil y cosechadora, pero empeora frente a semillas y urea.

Hacienda: fuerte recomposición de precios

La ganadería también muestra señales positivas. Durante 2025, la hacienda aumentó en promedio 75%, consolidando una mejora real en el poder de compra del productor.

En diciembre pasado se necesitaron 34% menos kilos de novillito para adquirir un kilo de semillas de alfalfa que un año antes, pasando de casi 4 kilos a aproximadamente 2,7 kilos.

La hacienda hoy permite comprar más inmuebles, alambre, camionetas, pasturas y materiales de construcción, aunque pierde frente a la compra de terneros.

Yerba mate: el peor desempeño relativo

La situación más crítica es la de la yerba mate. Tras un muy mal 2024 y 2025, el sector acumula una pérdida del 30% en su poder de compra respecto del promedio de los últimos cinco años.

En el inicio de 2026, los registros siguen débiles: solo mejora frente a fitosanitarios (tomando la media desde 2020), pero pierde frente a gasoil, salario rural y camionetas.

El informe deja en claro que no hay un “campo” homogéneo: mientras algunos complejos productivos recuperan margen y capacidad de inversión, otros enfrentan una creciente presión de costos que erosiona rentabilidad y competitividad.

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