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Guerra en Medio Oriente: la suba del petróleo presiona a la Fed y redefine ganadores y perdedores globales

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La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán dejó de ser un episodio militar aislado y empezó a impactar de lleno en el tablero financiero global. Con el petróleo Brent en US$81,40 y el crudo estadounidense en US$74,56 tras subas de hasta 9% intradiarias, los mercados descuentan un shock energético que amenaza con frenar la desinflación y forzar a la Reserva Federal a recalibrar su política monetaria.

El dato central no es solo el precio del barril. Es la señal: el estrecho de Ormuz, por donde fluye casi el 20% del consumo mundial de petróleo, quedó bajo amenaza directa de Teherán. Si en 25 días no se normaliza el tránsito, el crudo podría superar los US$100. En ese escenario, la discusión deja de ser geopolítica para convertirse en macroeconómica. ¿Se impone la lógica de guerra corta o el mundo entra en una nueva fase de inflación importada?

Tasas en alza y ruptura del refugio tradicional

El mercado reaccionó con volatilidad. El Dow Jones cayó 404 puntos tras desplomarse más de 1.200 durante la rueda. El S&P 500 retrocedió 0,94% y el Nasdaq 1,02%. En Europa, el Stoxx 600 perdió 3,08%; en Asia, el Nikkei 225 cayó 3,06% y el Kospi surcoreano 7,24%.

Lo que sorprendió a los inversores fue el comportamiento de los bonos del Tesoro. El rendimiento a 10 años subió, señal de venta de activos que históricamente funcionaban como refugio. La “convenience yield” que durante décadas permitió a Estados Unidos financiarse a tasas menores parece erosionarse en un contexto de deuda federal que pasó de 60% del PBI antes de 2008 a más de 120% en la actualidad.

La guerra, lejos de generar automáticamente un “risk off” clásico, reabrió el debate sobre la sostenibilidad fiscal norteamericana. Si el conflicto se prolonga cuatro semanas, el costo directo para Washington podría superar los US$14.000 millones. El número luce marginal frente al presupuesto militar, pero el verdadero impacto pasa por expectativas inflacionarias y costo del dinero.


Energía, inflación y política monetaria

El gas natural europeo saltó casi 20% hasta su nivel más alto en tres años. La gasolina en Estados Unidos subió 11 centavos en un día, el mayor incremento desde 2005. Analistas advierten que un aumento persistente de US$10 por barril podría añadir varias décimas a la inflación estadounidense en un horizonte de uno a dos años.

El economista jefe del Banco Central Europeo, Philip Lane, reconoció que una caída prolongada del suministro energético implicaría un repunte sustancial de precios y una contracción de la producción en la Eurozona. Por ahora no anticipa cambios en la política monetaria, pero la señal está sobre la mesa.

La ecuación es delicada. Si la inflación se estabiliza en torno a 3,5% interanual en Estados Unidos, la Reserva Federal podría postergar recortes de tasas. El mercado ya internaliza esa posibilidad. El índice dólar subió 0,65% y acumula casi 1,5% en la semana.

China, Rusia y el rediseño del mapa energético

Cerca del 13% de las importaciones chinas de crudo en 2025 provienen de Irán, 8% de Venezuela y 18% de Rusia. Un cierre prolongado de Ormuz impactaría primero en Asia. Sin embargo, Beijing cuenta con reservas estratégicas estimadas entre 80 y 99 días y Rusia podría redirigir exportaciones.

El verdadero beneficiario estratégico podría ser Vladimir Putin. El conflicto desvía atención y recursos militares desde Ucrania, fortalece la posición rusa como proveedor energético y legitima, en términos narrativos, la doctrina de ataques preventivos.

China, en cambio, aparece en un equilibrio inestable: depende del Golfo para el 44% de sus importaciones energéticas, pero al mismo tiempo podría capitalizar un reordenamiento comercial si Occidente enfrenta costos crecientes.

Impacto político en Washington

En el frente interno, el presidente Donald Trump enfrenta un escenario complejo. Encuestas iniciales muestran que 59% de los estadounidenses no aprueba los ataques, según CNN/SSRS. Entre independientes el rechazo trepa a 68%.

Con elecciones de medio término en noviembre, el riesgo político no es menor. Una guerra prolongada con impacto en la inflación y en la nafta erosiona capital político. La narrativa de conflicto corto —cuatro o cinco semanas— empieza a tensionarse frente a señales de escalada.

¿Quién gana y quién pierde?

Pierden los consumidores, que enfrentan energía más cara y tasas más altas. Pierden los países importadores netos de petróleo. Pierde la estabilidad macro global si la inflación vuelve a acelerarse.

Ganan, al menos en el corto plazo, los productores de crudo si el barril se sostiene por encima de US$80. Gana Rusia por reposicionamiento estratégico. Gana el dólar como activo de reserva, aunque con fisuras en el mercado de bonos.

Pero el desenlace depende de una variable crítica: la duración del conflicto y el control efectivo del estrecho de Ormuz. Si el tránsito energético se normaliza rápido, el shock puede diluirse. Si se prolonga, el mundo podría ingresar en una nueva etapa de inflación energética y endurecimiento monetario.

La guerra, una vez más, trasciende el campo militar. Se juega en los mercados, en las tasas y en la capacidad de los gobiernos para administrar costos políticos y económicos. El tablero global ya se movió. Falta saber si el reacomodamiento será transitorio o estructural.

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El Gobierno recalibra el esquema monetario y sale a captar “argendólares” para financiar deuda sin ir a Wall Street

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Según la consultora Ecolatina, Milei irá tras los argendólares. El Gobierno recalibra tasas y lanza bono en dólares para captar depósitos récord y financiar deuda sin ir a Wall Street.

Transcurrió una semana caracterizada por el recalibramiento del esquema cambiario-monetario. El tipo de cambio llegó a ubicarse por encima de los $1.400 durante la rueda del miércoles y el jueves, y finalizó hoy en $1.397, ubicándose de esta forma 1,5% por encima del viernes de la semana anterior.

Decimos esto recalibración porque, a diferencia de lo ocurrido desde inicio de año, el BCRA inyectó pesos mediante intervenciones en el mercado secundario y el Tesoro convalidó un rollover por debajo del 100%. De esta forma, las tasas de interés descomprimieron del 40% TNA a 20% TNA, y el dólar respondió al alza. En otro orden, Finanzas volvió a emitir un bono en dólares, con una TNA del 6%, con intereses pagadero de forma mensual y amortización una semana posterior a las elecciones nacionales de 2027. Con un tope máximo de USD 2.000 M que se usaran para el pago de capital por vencimiento de soberanos el próximo julio (USD 2.700 M), Finanzas logró un buen debut al capturar USD 250 M en la semana (el tope de emisión quincenal). La estrategia se enmarca en la decisión de no recurrir a Wall Street, depósitos en dólares en el sistema máximos en veinte años y no es casualidad tampoco que esto surja junto a la sanción de la Ley de Inocencia Fiscal y con un Gobierno que desea ir por la desregulación de los préstamos en dólares. No queda claro que un relajamiento de las condiciones permita expandir el crédito en dólares.

Dejando a un lado los riesgos de una potencial flexibilización de los préstamos en USD, las actuales condiciones permiten al Gobierno inclinar en mayor medida su programa financiero al mercado local. Mientras haya confianza, los depósitos en dólares serán un aliado para el BCRA producto de la mayor capacidad prestable de los bancos en USD (que se liquidan en el MULC) y para que Finanzas encuentre un mercado ávido por poner a rendir sus depósitos.

Transcurrió una semana caracterizada por el recalibramiento del esquema cambiario-monetario. El tipo de cambio llegó a ubicarse por encima de los $1.400 durante la rueda del miércoles y el jueves, y finalizó hoy en $1.397, ubicándose de esta forma 1,5% por encima del viernes de la semana anterior. Más allá de ello, el mes cerró con un dólar descendiendo 3,5% de punta a punta (-2,8% promedio) y una distancia al techo de la banda que promedió el nivel más bajo desde julio del año pasado.

Asimismo, el BCRA extendió el programa de compras. En la semana, la autoridad monetaria sumó USD 300 M, acumulando compras en febrero por USD 1.555 M y extendiendo a USD 2.713 M en lo que va del año. Un aspecto que vale la pena destacar es el ritmo de compras de febrero, que casi se duplicó respecto a enero al pasar de USD 58 M a USD 86 M promedio diario.

Mencionábamos al comienzo la recalibración del esquema cambiario-monetario. Decimos esto porque, a diferencia de lo ocurrido desde inicio de año, el BCRA y el Tesoro se volcaron con mayor determinación a otorgar mayor liquidez al mercado, lo que derivó en una recomposición del colchón de liquidez de las entidades financieras, una descompresión de las tasas y como consecuencia un dólar que revirtió la tendencia bajista. En un contexto de arbitrariedad respecto al manejo monetario, estará por verse si esto se torna sistemático o si obedece a una operación coyuntural a raíz de la lectura del equipo económico.

Siguiendo, el Central habría inyectado liquidez mediante el mercado secundario. Durante finales de la semana pasada, se registraron volúmenes inusuales en la curva de la tasa fija, lo que insinuaba la presencia de la autoridad monetaria en el mercado. Con los últimos datos monetarios, se observa que la Base Monetaria registró un crecimiento de $1,4 bn entre el jueves y viernes de la semana pasada, donde las compras de divisas explican tan sólo $0,3 bn de dicha expansión. Dado que no existieron operaciones relevantes con el Tesoro durante esas fechas, si se descuenta las operaciones por compras de dólares y las operaciones netas en el mercado de Pases, queda un remanente cercano a $1,2 bn sin una fuente clara de explicación y que habrían correspondido a compra de bonos en el mercado secundario (por tanto, inyección de pesos).

Justamente, luego de esas operaciones la tasa en pesos comenzó a bajar. La tasa de caución y los REPOs a 1 día pasaron de poco más de 40% TNA PP durante la semana pasada a deslizarse hacia los 20% TNA PP en la semana. En paralelo, las condiciones más laxas de liquidez se reflejaron en que las entidades financieras recompusieron los encajes en moneda local en el Central. Luego de caer $1,5 bn para fondear la liquidación de la última licitación (donde Finanzas obtuvo un rollover superior al 120%), durante la semana del 18 de febrero los encajes recuperaron el saldo en lo que entendemos corresponde a las mencionadas operaciones del Central. Asimismo, el stock de operaciones de Pases de los bancos con el BCRA saltó a $1,9 bn el pasado miércoles desde un promedio de $0,4 bn durante todo febrero.

En la misma línea, la última licitación del mes de Finanzas vino con dos grandes novedades. Por un lado, por primera vez desde noviembre del 2024 el menú ofrecido por las autoridades no incluyo instrumentos de tasa fija ni TAMAR, generalmente utilizados por los bancos para su integración y demandados por contener vencimientos en el corto plazo, y se concentró exclusivamente en instrumentos indexados a la inflación y al tipo de cambio. En concreto, ante vencimientos por $7,2 billones, el Tesoro adjudicó $6,7 billones (rollover del 93%) e inyectará unos $0,5 bn en el mercado durante la liquidación que tendrá lugar en la jornada de hoy.

Más importante aún fue la novedad de la emisión de un nuevo bono en dólares. A partir de la última subasta, será parte de las licitaciones quincenales el flamante bono en dólares AO27, que pagará una tasa de interés de forma mensual por un cupón de 6% TNA y cuya amortización será en octubre del 2027 (la semana siguiente de las elecciones presidenciales). El monto máximo de emisión será de USD 2.000 M (cupo de USD 250 M por licitación) y tendrá como destino el próximo pago en julio de capital de Bonares y Globales (cerca de USD 2.700 M).

El debut fue auspicioso. Se adjudicó el total por USD 250 M entre el miércoles y el jueves, y cortó a una TIR del 5,9%, rendimiento similar al BOPREAL comparable en el mercado secundario al día previo de la adjudicación, el cual es emitido por el BCRA y por tanto tiene una percepción de riesgo menor a los bonos emitidos por el Tesoro.

Esta estrategia se enmarca en la decisión de no recurrir a Wall Street para el rolleo del pago de capital de la deuda, en un contexto en el que, además, el Riesgo País nuevamente está por encima de los 500 puntos básicos. No es casualidad tampoco que esto surja junto a la sanción de la Ley de Inocencia Fiscal y con un Gobierno que desea ir por la desregulación de los préstamos en dólares (no solamente que sean a exportadores o vinculados, sino también al resto de los agentes) para que se multiplique la circulación de dólares en la economía.

El objeto es darle curso a depósitos en dólares que están en los valores más altos en veinte años (en términos nominales). El stock de depósitos en USD del sector privado alcanzó la cifra récord de USD 38.400 M en febrero de este año (y esto no contempla las suscripciones en dólares en la industria FCI), producto de dos etapas bien marcadas desde el cambio de gestión: el blanqueo de 2024, que implicó un ingreso de USD 15.000 M; y, tras una ventana de retiro del sistema (por el fin del blanqueo) donde se estabilizaron en torno a los USD 30.000 M, un nuevo ingreso continuó al sistema desde julio del año pasado que los ubica en la presente cifra.  

No obstante, los préstamos en dólares crecieron en menor medida. Los préstamos en moneda dura con relación a los depósitos se ubican 53% durante febrero (51% si se excluye préstamos por tarjeta), y promedian desde el 2025 cerca del 50%, por debajo del 56% que supieron mostrar entre el 2018-19 o el 67% que supieron exhibir entre la etapa 2004-10 (previo al recrudecimiento de los controles cambiarios). Por tanto, de los USD 38.400 M que se encuentran depositados en el sistema, unos USD 20.000 M tienen como contrapartida un crédito, otros USD 18.500 M se encuentran encajados en el BCRA y USD 5.000 M en efectivo en las sucursales bancarias.

De todas formas, no queda claro que un relajamiento de las condiciones permita monetizar la economía en dólares. Los depósitos y los préstamos en moneda dura con relación al producto no se encuentran muy lejos a los máximos alcanzados durante la gestión de Juntos por el Cambio. Además, bajo las condiciones actuales, tienen margen para seguir creciendo en lo que resta del 2026, permitiendo un mayor dinamismo en el MULC y que el BCRA sostenga el programa de compras. No obstante, no es evidente que una eventual flexibilización del otorgamiento del crédito impulse mucho más de lo visto hasta el momento los depósitos, y al mismo tiempo la capacidad prestable ociosa deberá volcarse a una economía que tendrá como horizonte una contienda electoral que despertará la habitual incertidumbre económica.

Dejando a un lado los riesgos de una potencial flexibilización de los préstamos en USD, las actuales condiciones permiten al Gobierno inclinar en mayor medida su programa financiero al mercado local. Mientras haya confianza, los depósitos en dólares serán un aliado para el BCRA producto de la mayor capacidad prestable de los bancos en USD (que se liquidan en el MULC) y para que Finanzas encuentre un mercado ávido por poner a rendir sus depósitos.

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ADRs se desploman hasta 24% en febrero y el riesgo país supera los 570 puntos en medio de tensión financiera

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Febrero dejó una señal contundente para el mercado argentino: los ADRs se hundieron hasta 24% en Wall Street y el riesgo país volvió a ubicarse en torno a los 571 puntos básicos, borrando toda la baja acumulada en el año. El deterioro de los activos ocurre en un contexto de compresión de tasas, inyección de liquidez en pesos y una dinámica cambiaria más volátil, mientras el Congreso avanza con la aprobación final de la reforma laboral.

El movimiento no es aislado. Combina frente externo inestable, presión leve sobre el dólar y un esquema financiero que perdió parte del atractivo de las colocaciones en moneda local tras la última licitación del Tesoro. La lectura política es inevitable: el mercado reevalúa riesgo en medio de definiciones institucionales y ajustes en la estrategia monetaria.

Bonos en baja y liquidez en expansión

En Nueva York, los bonos soberanos en dólares registraron caídas generalizadas de hasta 0,9%, encabezadas por el Bonar 2035 (-0,9%) y el Bonar 2041 (-0,8%), mientras el Global 2041 avanzó apenas 0,1%. En el mes, los títulos en dólares acumularon una baja aproximada de 0,7%.

La consecuencia directa fue el repunte del riesgo país, que se ubica en torno a los 571 puntos básicos, por encima del cierre de 2025. Es un dato sensible: encarece el financiamiento y reabre interrogantes sobre la sostenibilidad del sendero financiero.

En paralelo, los títulos en pesos mostraron un comportamiento alineado con la estrategia del Tesoro y del Banco Central, que implicó inyección de liquidez vía acumulación de reservas. Tras la última subasta, el Tesoro inyectará $0,5 billones y el Banco Central elevó los repos a un día hasta $1,96 billones. Las tasas recortaron a lo largo de toda la curva: la caución descendió de 26,1% TNA a 22,0% TNA y la curva de tasa fija en pesos cerró en torno a 2,5% TEM.

La compresión de tasas redujo el atractivo relativo de las colocaciones en moneda local. En ese marco, el dólar oficial mostró una suba moderada en las últimas ruedas y el mercado empezó a exhibir mayor sensibilidad.

Acciones argentinas en Wall Street: el mes más duro del año

El golpe más visible se dio en la renta variable. Los ADRs de empresas argentinas cayeron casi en su totalidad en la última rueda, con Grupo Supervielle (-6,3%), Banco Macro (-6,2%) y BBVA Argentina (-5,3%) liderando las pérdidas. Solo Telecom logró avanzar marginalmente (+0,1%).

En el acumulado mensual, la caída alcanza hasta 24%, encabezada por BBVA Argentina. El contexto internacional aportó volatilidad adicional: el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que determinó que Donald Trump había excedido su autoridad al imponer aranceles generalizados añadió ruido a los mercados globales.

A nivel local, el S&P Merval retrocedió 3,1% en la última rueda hasta los 2.669.266,060 puntos en pesos. Medido en dólares, cayó 2,9% hasta 1.807,85 puntos. En el mes, la bolsa porteña se desplomó 16,6% en moneda local y 15,6% en dólares. Banco Macro encabezó las bajas del día (-6,6%), seguido por Grupo Supervielle (-6,2%) e YPF (-4,5%), mientras que Bolsas y Mercados Argentinos avanzó 1,4%.

La magnitud del ajuste sugiere algo más que una simple toma de ganancias. Los inversores reducen exposición en activos argentinos en un escenario de menor rendimiento en pesos, mayor volatilidad cambiaria y definiciones legislativas en curso.

Reforma laboral y señales políticas al mercado

El Senado se dispone a dar la aprobación final a la reforma laboral, luego de que la Cámara Baja avanzara con el proyecto tras retirar el artículo 44 que establecía reducciones en la remuneración por licencias médicas según circunstancias de enfermedad o accidente. La sesión se desarrolla mientras miles de personas se movilizan en contra del proyecto.

El mercado observa de cerca ese desenlace. La reforma laboral se inscribe dentro de una agenda de cambios estructurales que busca enviar señales de previsibilidad al sector productivo. Sin embargo, la volatilidad financiera de febrero muestra que las expectativas no se sostienen solo con reformas en trámite: también pesan la liquidez, las tasas y el frente externo.

El repunte del riesgo país, la caída de los ADRs y el retroceso del Merval en dólares configuran una advertencia. La compresión de tasas alivió el costo financiero interno, pero al mismo tiempo alteró el equilibrio de incentivos en el mercado.

Febrero cierra con una fotografía incómoda para los activos argentinos. La incógnita ahora es si marzo traerá recomposición o si el ajuste financiero marcará un punto de inflexión en la relación entre política económica y mercado.

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El FMI advierte sobre desequilibrios en EE.UU. y anticipa impacto global

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El Fondo Monetario Internacional (FMI) presentó la revisión del Artículo IV de Estados Unidos correspondiente a 2026 con un mensaje dual: destacó el dinamismo de la mayor economía del mundo —crecimiento de 2,2% en 2025 y proyección de 2,4% para 2026— pero advirtió que el déficit fiscal y el déficit de cuenta corriente son “demasiado grandes” y que la deuda pública podría alcanzar el 140% del PBI en 2030.

Aunque la conferencia se centró en la economía estadounidense, el diagnóstico tiene implicancias directas para países como la Argentina. No solo por el rol del dólar y de la Reserva Federal en el sistema financiero global, sino porque el eventual ajuste fiscal, la trayectoria de tasas de interés —entre 3,25% y 3,5% hacia fines de 2026— y la política comercial de EE.UU. condicionan flujos de capital, precios de exportación y acceso al financiamiento externo.

En un contexto en el que el FMI subraya la necesidad de “acciones decididas” para encauzar la deuda norteamericana, el escenario global que enfrenta la Argentina combina crecimiento sólido en EE.UU. con un entorno de vigilancia fiscal y monetaria que seguirá marcando la liquidez internacional.

Déficit externo y deuda: el mensaje estructural del Fondo

La directora gerente, Kristalina Georgieva, fue explícita: bajo la metodología del organismo, el déficit de cuenta corriente de EE.UU. es excesivo y debe corregirse en el mediano plazo. A la par, el déficit fiscal y el aumento sostenido de la deuda pública continúan como “una preocupación”.

El Fondo proyecta que tanto la deuda federal como la deuda general del gobierno seguirán en ascenso hasta alcanzar el 140% del PBI en 2030. Si bien no ve una crisis inmediata, recomienda reducir el rojo fiscal hacia el 3% del PBI mediante una combinación de mayores ingresos y control del gasto.

Para la Argentina, este punto es clave. Un proceso de consolidación fiscal en EE.UU. podría implicar menor estímulo global en los próximos años, mientras que cualquier tensión en el mercado de deuda norteamericano impactaría en el costo de financiamiento para economías emergentes. El vínculo es estructural: la deuda estadounidense funciona como referencia para el precio del riesgo global.

Tasas, inflación y liquidez: el marco financiero que enfrenta el mercado emergente

El FMI avaló la decisión de la Reserva Federal de recortar tasas en 2025 y anticipó un sendero de política monetaria que llevaría el rango de referencia a entre 3,25% y 3,5% hacia fines de 2026, con inflación convergiendo al 2% a comienzos de 2027.

Este escenario combina crecimiento, baja gradual de tasas e inflación controlada. Para la Argentina, significa un entorno potencialmente más favorable para la búsqueda de financiamiento externo y para el apetito por activos emergentes, siempre que el riesgo global no se altere por tensiones comerciales o fiscales.

Sin embargo, el propio Fondo advirtió que la incertidumbre es elevada y que los movimientos en materia de aranceles y política comercial aún no están plenamente cuantificados. Los aranceles aplicados —que habrían pasado de anuncios cercanos al 23% a una recaudación efectiva en torno al 10%— tienen efectos negativos sobre la oferta y distorsionan la asignación de recursos.

Para una economía como la argentina, que depende de exportaciones agroindustriales y de la estabilidad del comercio global, la evolución de estas tensiones no es un dato menor.

Instituciones, déficit y señales sistémicas

El organismo también puso el foco en la importancia de mantener instituciones sólidas, desde la administración tributaria hasta los organismos estadísticos y de supervisión financiera. Destacó la relevancia de la independencia de la Reserva Federal y advirtió que la reducción del empleo federal —cercana al 15% en el último año— no debería afectar funciones críticas.

Este mensaje tiene una lectura más amplia. El FMI vincula crecimiento sostenido con calidad institucional. Para la Argentina, que mantiene una relación financiera activa con el organismo, el énfasis en marcos regulatorios sólidos y en disciplina fiscal funciona como señal indirecta sobre las condiciones de estabilidad necesarias para sostener programas económicos.

Un contexto externo más estable, pero con condicionantes

El diagnóstico final del Fondo es que la economía estadounidense muestra dinamismo, productividad elevada y resiliencia. No ve una crisis inminente, pero sí desequilibrios que deben corregirse de manera ordenada.

Para la Argentina, el escenario combina oportunidades y restricciones. Un EE.UU. creciendo al 2,4% en 2026 sostiene la demanda global. Una inflación convergiendo al 2% y tasas en torno al 3,5% mejora el clima financiero. Pero la advertencia sobre déficit y deuda introduce un elemento de vigilancia estructural que puede limitar márgenes de expansión fiscal o monetaria global.

En otras palabras, el contexto externo no luce adverso en el corto plazo. Sin embargo, el Fondo dejó claro que el equilibrio global sigue siendo frágil. Y en ese tablero, las economías emergentes —entre ellas la argentina— dependen de decisiones que se toman en Washington pero repercuten en sus propias variables domésticas.

El próximo Staff Report y el World Economic Outlook de abril aportarán mayor precisión. Hasta entonces, la señal es clara: el ciclo internacional acompaña, pero exige disciplina.

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Deuda con el FMI: el verdadero riesgo para América Latina en 2026 pasa por la caja

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País Deuda con el FMI (USD aprox.)
Argentina ≈ 57.300.000.000
Ecuador ≈ 9.889.000.000
Costa Rica ≈ 2.432.000.000
Jamaica ≈ 1.220.000.000
Honduras ≈ 644.000.000
Surinam ≈ 589.000.000
Barbados ≈ 551.000.000
Paraguay ≈ 318.000.000
El Salvador ≈ 236.000.000
Haití ≈ 222.000.000

Estimación en dólares estadounidenses a partir de una tasa aproximada de conversión de 1 DEG ≈ 1,37 USD (principios de febrero de 2026). Montos originales en derechos especiales de giro (DEG/SDR), saldo al 06/02/2026. Fuente: FMI, “Total IMF Credit Outstanding”.

América Latina llegará a 2026 con un desafío menos visible, pero más exigente: el problema no es el tamaño del stock de deuda, sino la capacidad de pagar intereses y amortizaciones sin perder acceso al financiamiento ni desestabilizar la macroeconomía. Esa es la principal conclusión del análisis publicado por Bloomberg Línea a partir de datos del Fondo Monetario Internacional y de entrevistas con economistas del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF).

El contexto es adverso: tasas internacionales altas en términos reales, crecimiento regional moderado y una menor tolerancia de los mercados a desvíos fiscales. En ese escenario, el servicio de la deuda absorbe una porción creciente de los ingresos públicos y vuelve más frágil el equilibrio financiero, incluso en países sin problemas inmediatos de solvencia.

Argentina, el caso más desafiante

Dentro del ranking regional, Argentina se mantiene como el país más endeudado con el FMI en todo el mundo. El desafío, según los analistas citados por Bloomberg Línea, no pasa solo por el volumen de la deuda, sino por la gestión de flujos en un contexto de acceso limitado al mercado y necesidad de acumular reservas.

Un dato que ilustra esa tensión operativa: a comienzos de febrero, el Gobierno argentino pagó intereses al FMI utilizando Derechos Especiales de Giro (DEG) adquiridos al Tesoro de los Estados Unidos. La operación fue reportada por Forbes, que detalló que el pago rondó los US$808 millones, en el marco de un calendario de vencimientos exigente para 2026.

Actualmente, Argentina mantiene un acuerdo de Facilidades Extendidas con el Fondo por US$20.000 millones, con un programa que pone el foco en el ancla fiscal, la transición monetaria y cambiaria y una agenda de reformas estructurales orientadas a mejorar productividad y competitividad.

Ecuador y las economías dolarizadas

Detrás de Argentina aparece Ecuador, segundo mayor deudor regional con el FMI. Si bien su exposición es menor en términos absolutos, resulta elevada en relación con el tamaño de su economía. Además, el país opera bajo un régimen de dolarización, lo que elimina amortiguadores monetarios y concentra todo el ajuste en la caja fiscal, el crecimiento y el acceso al financiamiento.

Según el análisis, esta característica vuelve especialmente sensibles a Ecuador y también a El Salvador, donde cualquier deterioro en la confianza se traduce rápidamente en mayores costos financieros.

El foco se desplaza del stock al flujo

El consenso entre los analistas es claro: lo que separará a las economías más resilientes de las más expuestas en 2026 no será el nivel heredado de deuda, sino la capacidad de absorber pagos de intereses y amortizaciones. En un escenario de tasas altas y crecimiento insuficiente, incluso déficits primarios moderados pueden volverse problemáticos.

Por eso, el riesgo ya no se mide solo en ratios de deuda sobre PIB, sino en cuánta “caja” requiere el servicio de la deuda y cuán creíble resulta el mix de políticas fiscales, monetarias y financieras ante los mercados.

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