Día: 6 junio, 2026

Juanfa Suárez y la herencia del tiempo: una historia de vino, familia y territorio

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Juanfa Suárez, productor vitivinícola y viticultor, representa la cuarta generación al frente de Finca Suárez, un proyecto familiar que comenzó hace más de un siglo de la mano de su bisabuelo. La bodega se especializa en vinos elaborados exclusivamente con uvas propias de Paraje Altamira, en el sur del Valle de Uco, una zona que Juan define como “muy especial, de vinos de calidad”.

La historia de Finca Suárez es la de una construcción intergeneracional. Su bisabuelo fundó la finca; su abuelo implantó viñedos en la década de 1950; su padre volvió a plantar a fines de los años noventa, tras la crisis que atravesó la actividad en los setenta; y Juan comenzó a elaborar vinos alrededor de 2010, aportando una nueva mirada sin perder el vínculo con la tradición familiar.

Músico de formación académica, Juan describe su desembarco en el mundo del vino como un proceso “muy orgánico y lento”. Vivía en Buenos Aires, daba clases en el Conservatorio Manuel de Falla y desarrollaba una carrera profesional como trompetista. Sin embargo, cada verano regresaba a Mendoza para participar de la vendimia. Con el tiempo, la pasión por la viticultura terminó inclinando la balanza. “Me acuerdo el día que dije: ‘Okay, ya no estoy más en el mercado de la música’”, recuerda al evocar el momento en que vio a antiguos compañeros tocar con otro músico ocupando su lugar.

En 2017 dio un paso más y creó Rocamadre junto a su pareja, Cecilia Durán. Aunque el proyecto también tiene su base en Altamira, se diferencia de Finca Suárez porque incorpora uvas provenientes de otras zonas del Valle de Uco. Juan explica que Rocamadre surgió de la “necesidad de tener mi propio proyecto” y que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una efectiva estrategia comercial.

La convivencia de ambas marcas les permitió ampliar mercados y diversificar canales de comercialización. “Podemos ocupar más espacio de góndola, llegar a más lugares y, al trabajar con distintos importadores en un mismo mercado, contar con equipos de venta más amplios para nuestras marcas”, resume.

La búsqueda del detalle

Tanto Finca Suárez como Rocamadre poseen identidades propias y un amplio portfolio de etiquetas. Uno de los aspectos que más destaca Juan es la posibilidad de elaborar vinos muy distintos a partir de parcelas cercanas e incluso de un mismo viñedo.

Un ejemplo es el Chardonnay. En apenas dos hectáreas de una misma finca producen tres vinos diferentes. La explicación surgió a partir de un estudio geológico realizado en 2020, que permitió comprender la extraordinaria heterogeneidad de los suelos de Altamira.

Para Juan, interpretar esas diferencias y expresarlas en cada botella constituye la máxima forma de generación de valor. “Es lo máximo en valor agregado que podemos hacer”, sostiene.

La cercanía a la Cordillera de los Andes también juega un papel determinante. Allí aparecen suelos antiguos, ricos en carbonato de calcio, un componente conocido localmente como “caliche”, que se ha convertido en una de las señas de identidad de Altamira y en una característica distintiva de sus vinos de parcela.

El arte como puerta de entrada

La búsqueda de identidad no se limita al vino. También se expresa en el diseño de las etiquetas.

En Finca Suárez, el trabajo visual está inspirado en la técnica de “paper cut” desarrollada por la artista Cecilia Farías, con ilustraciones que Juan define como “más juguetonas y algo más literales”.

Rocamadre, en cambio, adopta una estética más conceptual y poética. “Habla del origen, que para nosotros es fundamental, pero lo hace de una manera casi poética, casi como un haiku”, explica.

Para Juan, el diseño cumple un papel decisivo en la relación inicial con el consumidor. “La primera botella la vendemos con la etiqueta, de eso no hay ninguna duda. Si no conocés el vino, tiene que tentarte por los ojos. No hay otra entrada”, afirma.

Mercados y desafíos

Actualmente, Estados Unidos constituye el principal mercado para ambas marcas, seguido por Brasil y Argentina.

Entre Finca Suárez y Rocamadre producen alrededor de 100.000 botellas por año. Aproximadamente la mitad se comercializa en el mercado argentino, mientras que el resto se destina a la exportación.

A pesar de las dificultades económicas que atraviesa el país, Juan observa oportunidades en el escenario internacional. Incluso considera que la llegada de vinos importados a Argentina puede convertirse en un estímulo para elevar estándares de calidad.

“Nos va a dejar mejor posicionados a los que hacemos las cosas bien”, asegura.

El Semillón y la fuerza de la memoria familiar

Aunque reconoce un profundo afecto por todos los vinos que elabora, hay uno que ocupa un lugar especial: el Semillón.

La conexión es tanto técnica como emocional. Juan recuerda a su abuelo sosteniendo que quien lograra elaborar un gran Semillón en La Consulta -la zona donde se encuentra la finca- estaría produciendo uno de los mejores vinos blancos de Argentina. Esa convicción llevó a la familia a plantar Semillón en 2013 y elaborar su primera cosecha en 2016.

Tiempo después, mientras revisaba un libro escrito por su bisabuelo Leopoldo Suárez en 1911, encontró una referencia que lo conmovió profundamente: “Leopoldo Suárez en 1911 dice que el Semillón es la mejor uva blanca para Mendoza”.

El hallazgo confirmó una intuición transmitida durante generaciones y reforzó la idea de continuidad que atraviesa toda la historia familiar.

Un proyecto pensado en generaciones

Padre de dos hijos, Juan entiende la viticultura como una actividad donde el tiempo tiene una dimensión distinta. Por eso define a Finca Suárez como un verdadero “consorcio intergeneracional”.

En una industria donde las decisiones tomadas hoy pueden verse reflejadas recién décadas después, el valor de la paciencia, la transmisión de conocimientos y el arraigo territorial adquieren una importancia central.

“Valorar el tiempo, la paciencia, las generaciones y los lugares” es, para Juan, una de las claves que hacen de la viticultura una actividad tan apasionante como compleja. Una filosofía que atraviesa más de cien años de historia familiar y que continúa proyectándose hacia el futuro desde los suelos calcáreos de Altamira.

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Geoeconomía, redescubierta

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Por Josh Lipsky / F&D FMI – “¿Qué es la geoeonómica?” Un alto funcionario financiero brasileño se inclinó y me hizo esa pregunta durante una sesión que presidía en Río de Janeiro en 2024, durante la presidencia del G20 de Brasil. Una delegación del Atlantic Council había venido a debatir sobre stablecoins, cadenas de suministro y las reservas de divisas de Rusia.

Respondí rápidamente: “Es esto—lo que estamos haciendo aquí, la combinación de finanzas y seguridad nacional.” “Oh,” dijo y luego se detuvo. “Aquí en Brasil, a eso simplemente lo llamamos política.”

La verdad es que, aunque muchos en Occidente, especialmente en Estados Unidos y Europa, están redescubriendo el concepto de geoeconomía, para la mayor parte del mundo es simplemente la forma en que se hacen los negocios. La idea de separar la seguridad nacional y la economía tiene poco sentido para los responsables políticos de países como India y Turquía, y por supuesto Brasil, que cada día se despiertan preocupados por un choque geopolítico que podría limitar su suministro energético o un conflicto político regional que asuste a los inversores extranjeros y desencadene un éxodo repentino de capitales.

Durante gran parte de la era posterior a la Guerra Fría —hasta la pandemia y la invasión rusa de Ucrania— Estados Unidos y Europa tuvieron el lujo de separar a menudo la política económica de la seguridad nacional. Incluso después del 11-S y el aumento de las sanciones financieras, los funcionarios del Tesoro en Washington aún tuvieron que luchar por un asiento en la mesa durante los debates sobre las guerras de Irak y Afganistán.

Wall Street y Washington podían, y a menudo lo hacían, operar con una desconexión. En los últimos 15 años, mientras presidentes de ambos partidos y miembros del Congreso alertaban continuamente sobre el trato de China a la propiedad intelectual y la sobrecapacidad industrial, las firmas financieras estadounidenses profundizaron la inversión y aumentaron los flujos financieros hacia Pekín.

Hoy en día, la capacidad de aislar la formulación de políticas económicas y de seguridad nacional ha desaparecido. Estados Unidos está redescubriendo la geoeconomía y lo hace dentro de un sistema que también sirve como el corazón palpitante de las finanzas globales. Como hemos visto en los últimos cinco años con el auge de las políticas industriales, la propiedad gubernamental en empresas privadas y las sanciones generalizadas que reorientan sectores enteros y bancos, esta evolución es—y seguirá siendo—un proceso doloroso y a veces costoso.

Algunos lamentarán este cambio y otros lo celebrarán, pero la realidad es que durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos, la geoeconomía fue la norma. Las últimas tres décadas fueron la excepción.

La geoeconomía tiene un largo y rico historial académico, pero esas versiones clásicas de la geoeconomía no capturan del todo lo que está ocurriendo ahora.

La geoeconomía actual se sitúa en la intersección de finanzas, seguridad nacional y macroeconomía. Se trata de cómo el comercio y los flujos de capital se reconfiguran en tiempo real mediante la rivalidad estratégica. En el Atlantic Council dividimos la geoeconomía en tres pilares. La primera es el futuro del capitalismo y el comercio: piensa en el sistema de Bretton Woods y el desafío del crecimiento inclusivo. La segunda es el futuro del dinero, que comprende stablecoins, criptomonedas, monedas digitales de bancos centrales y sistemas de pago. La tercera es la diplomacia económica: las herramientas de la geoeconomía, incluyendo sanciones, controles de exportación y aranceles.

Guerra Fría

Un ejemplo destacado de geoeconomía en la historia de Estados Unidos es el Comité Coordinador para los Controles Multilaterales de Exportaciones (COCOM), creado en 1949. Al inicio de la Guerra Fría, el secretario de comercio del presidente Harry Truman, Averell Harriman, fundador de la famosa firma de Wall Street Brown Brothers Harriman, argumentó que Estados Unidos no podía por sí solo seguir una política de control de exportaciones para limitar la capacidad militar soviética. Creía que las naciones alineadas con Occidente debían coordinarse con sus aliados.

Así que Estados Unidos, trabajando con Alemania Occidental, Francia, Reino Unido y finalmente 17 países, desarrolló listas, incluyendo una lista de tecnología de doble uso que incluía productos como ordenadores y los procesadores que los alimentaban. En 1952, el mismo grupo lanzó un proyecto hermano, CHINCOM, diseñado con controles aún más estrictos sobre las exportaciones de computación avanzada a China. Todo le resulta inquietantemente familiar.

Estos esfuerzos no fueron indolores ni sin coste. Las empresas intentaron evitar los controles. La designación de ciertos productos causó tensiones entre Estados Unidos y otros países, incluyendo el infame escándalo Toshiba-Kongsberg de finales de los años 80, cuando los soviéticos se hicieron con piezas que permitieron que sus submarinos funcionaran con mayor tranquilidad.

Pero el sistema en general fue efectivo y cumplió su propósito hasta principios de los años 90, cuando caducó.

Por supuesto, como ocurre hoy en día, la geoeconomía no se limitaba a los bienes: está y siempre ha estado relacionada con cómo se mueve el dinero para pagar esos bienes por el mundo.

Consideremos la creación de la Sociedad para la Telecomunicación Financiera Interbancaria Mundial (SWIFT) a principios de los años 70. Tras la suspensión de la convertibilidad de dólares en oro por parte del presidente Richard Nixon, las transacciones transfronterizas en diversas monedas se aceleraron. First National City Bank (predecesor de Citibank) desarrolló un nuevo estándar global de mensajería, pero el riesgo de que una gran institución estadounidense dominara los pagos preocupaba a muchos, especialmente en Europa.

Así que un consorcio de bancos se unió en Estados Unidos y Europa, y desarrolló el sistema SWIFT como un compromiso. Dependería en gran medida de instituciones financieras estadounidenses, pero su sede estaría en Bélgica.

Hoy en día, se está desarrollando una lucha paralela entre aliados. Un estudio de 2025 para el Parlamento Europeo advirtió que “la continua dependencia de las redes de pagos fuera de la UE, especialmente Visa y Mastercard, representa una vulnerabilidad estructural tanto para los bancos europeos como para la soberanía financiera de la Unión.” ¿Qué tienen en común Visa y Mastercard? Son empresas estadounidenses. Si cambiabas Visa y Mastercard por First National City Bank y las mismas palabras podrían haberse escrito en 1971.

La geoeconomía hoy en día

Lo que es diferente hoy, sin embargo, es que la economía global ha cambiado. La mayor economía del mundo —donde las finanzas representan aproximadamente una cuarta parte de los beneficios corporativos, cuyo mercado del Tesoro de aproximadamente 30 billones de dólares ancla el sistema financiero global, y cuyo banco central ha intervenido repetidamente para estabilizar los mercados no solo para los estadounidenses sino para el mundo— está reconsiderando su modelo. Todos los demás se han dado cuenta.

En 2020, el director del consejo económico nacional del presidente Joe Biden pidió pronunciar un discurso sobre una “nueva política industrial” en el Atlantic Council. Fue una petición sorprendente: durante años en Washington, la política industrial había sido una palabra sucia. Pero ese discurso fue una señal temprana del cambio ya en marcha.

En los años siguientes, funcionarios de varios mercados emergentes han sentido cierta satisfacción de que Estados Unidos se esté acercando más a algo más parecido a su modelo. En Delhi, en 2024, un alto responsable político comentó que todos esos años de conferencias estadounidenses sobre mercados libres y abiertos podrían haber sido “un pequeño error”. Muchos de esos mismos países han pasado la última década acumulando reservas de divisas, diversificando proveedores y firmando acuerdos regionales de swaps de divisas para superar los choques que durante mucho tiempo asumían que llegarían. Ahora esa resiliencia está siendo puesta a prueba, y Estados Unidos presta mucha atención a un tipo de política económica que hace que se ignore durante demasiado tiempo.

Sin embargo, sería un error a cambio que el resto del mundo pensara que la nueva versión estadounidense de la geoeconomía igualará la versión de la Guerra Fría. En aquel entonces, Estados Unidos, una potencia manufacturera, podía competir con sus adversarios en todo, desde coches hasta televisores. Durante las décadas de 1960 y 1970, el crecimiento del PIB de EE. UU. y su participación global en la manufactura fueron consistentemente el doble que el de la Unión Soviética. E incluso cuando esa ventaja disminuyó en los años 80, fue porque Japón, un aliado, alcanzó a Estados Unidos. Eso facilitó la gestión de negociaciones sobre todo, desde el comercio hasta la moneda.

Más peligro

La era geoeconómica actual es más complicada y peligrosa. Las dos mayores economías del mundo, Estados Unidos y China, están llevando a cabo sus propias versiones de la geoeconomía en acción. La situación ha cambiado de varias maneras. China produce ahora aproximadamente el 30 por ciento de la producción manufacturera mundial, frente a aproximadamente el 16 por ciento de Estados Unidos. No es un cambio a corto plazo, pero nuestros modelos aún no han aceptado la nueva realidad de la rivalidad entre grandes potencias entre las mayores economías del mundo. Para los responsables de la política financiera, eso significa que las preocupaciones por primas de riesgo más altas y flujos de capital más volátiles deben estar en primer plano.

El peligro de esta nueva era de la geoeconomía es que, una vez que los gobiernos la invocan, puede convertirse en el papel que justifica casi cualquier política. El secretario de Comercio de EE. UU., Howard Lutnick, y su predecesora, Gina Raimondo, suelen decir: “La seguridad económica es seguridad nacional.”

Pero otra forma de enmarcar ese concepto es: “La seguridad nacional es lo que decimos que es.”

En un mundo así, las empresas pierden la previsibilidad necesaria para invertir. Las corporaciones cambian la forma en que interactúan con el gobierno, y prevalece el capitalismo de amiguetes. El dinero se desperdicia. Se pierden empleos. La fragmentación, el proteccionismo y un mundo en conflicto tienen un alto precio.

Así que redescubrir la geoeconomía de la manera correcta—de una manera que reconozca el progreso de las últimas décadas y altere, en lugar de abandone, las reglas que hicieron posible el progreso—no podría ser más crítico. El sistema basado en reglas, que muchos ahora parecen tan dispuestos a dejar de lado, logró la mayor reducción de pobreza en la historia humana y un aumento dramático del nivel de vida tanto en Estados Unidos como en el extranjero, en gran parte gracias a más comercio, inversión y difusión tecnológica.

Pero el mundo que produjo esos avances no estuvo exento de fallos. Incluso cuando la prosperidad general avanzó tanto en el país como en el extranjero, la globalización vació oportunidades y resiliencia en demasiados lugares. La pandemia —y los choques de suministro que la acompañaron— dejaron esa realidad al descubierto. Por eso, quienes esperan volver a una era de mercados libres descontrolados seguirán sintiéndose decepcionados.

No hay vuelta atrás

Estados Unidos no va a retroceder. Está buscando un nuevo sistema —o quizás redescubriendo uno antiguo— dispuesto a romper con las convenciones del pasado reciente en comercio y finanzas.

En 2022, los responsables políticos occidentales lo encontraron.

Hace cuatro años, una mañana de sábado de febrero, los países del G7 decidieron bloquear el acceso a los activos soberanos de un país del G20: Rusia, que acababa de lanzar una invasión a gran escala de Ucrania. Más de 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso fueron inmovilizados, y la mayor parte sigue congelada hoy en día. Fue la decisión geoeconómica más importante de la década hasta ahora.

No había ningún manual que consultar. Ocurrió por culpa de personas que pensaron de forma creativa e intentaron hacer algo que, incluso unos años antes, habría sido descartado como demasiado arriesgado. El terreno se había sentado durante décadas. Desde el aumento de las sanciones financieras tras el 11-S hasta la forma en que el dólar y el euro trabajaron juntos para presionar a Irán hacia un acuerdo nuclear en 2015.

Lo que ocurrió aquella mañana de sábado de 2022 abrió una caja de Pandora con la que el mundo vivirá durante una generación. Demostró al mundo que la estrategia rusa de diversificar hacia el euro tras la invasión de Crimea en 2014—un enfoque racional en un mundo pre-geoeconómico—ya no funcionaba. Los aliados podían ahora armar conjuntamente los sistemas de pago en cualquier momento para asegurar que las finanzas avanzaran en los objetivos de seguridad nacional. De hecho, como muestran investigaciones del Atlantic Council, desde la respuesta a las sanciones del G7 ha habido un aumento del 100 % en el número de proyectos piloto de sistemas de pago transfronterizo (casi todos diseñados fuera de los sistemas de dólar y euro).

Aunque las sanciones tan severas sorprendieron al gobierno ruso y a gran parte del mundo, no deberían haberlo hecho.

La geoeconomía siempre ha formado parte de la política económica y exterior de Estados Unidos. El sistema de Bretton Woods es la creación geoeconómica por excelencia: fundada no después de la guerra, sino durante la guerra, seis semanas después del Día D.

Que líderes de 44 países se reúnan en New Hampshire para discutir una nueva arquitectura financiera internacional mientras sus conciudadanos enfrentaban disparos a miles de kilómetros parece, a simple vista, ilógico. Pero, como dijo el presidente Franklin Roosevelt al inicio de la conferencia, “Es apropiado que, incluso cuando la guerra por la liberación está en su punto álgido, [nosotros] nos reunamos para hablar mutuamente sobre la forma del futuro que vamos a conquistar.”

Nadie tuvo que explicar qué significaba geoeconomía en 1944.

El reto hoy es diferente: navegar esta nueva era, con toda la complejidad e interdependencia del sistema financiero global, no construir un sistema nuevo, sino adaptar uno que ya no sirve para su propósito. Para ver si la mayor economía del mundo puede cambiar su formulación de políticas económicas sin una interrupción masiva tanto en el país como en el extranjero. La distancia entre las capitales financiera y política mundial se está reduciendo rápidamente.

El cambio exige que los economistas comprendan conceptos como la rivalidad entre grandes potencias y que los profesionales de la política exterior se formen en macroeconomía y microeconomía como requisito previo para sus puestos.

Y significa que todos nosotros en Occidente debemos reaprender lo que la mayoría del mundo nunca olvidó: la geoeconomía es simplemente cómo el mundo hace negocios.

Mientras las potencias globales enfrentan crecientes tensiones geopolíticas, las sanciones, los controles de exportación y los aranceles vuelven a ser herramientas de apalancamiento, marcando el resurgimiento de la geoeconomía, donde convergen la política económica y la seguridad nacional. En este pódcast, Josh Lipsky, de Atlantic Council, y Matteo Maggiori, de Stanford, hablan sobre la nueva cara de la geoeconomía y su aparentemente vengativo regreso.

JOSH LIPSKY es presidente del departamento de economía internacional y director fundador del Centro de Geoeconomía en el Atlantic Council.

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¿Qué son las materias primas?

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Por Jean-Marc Natal / F&D FMI – Las mercancías son la materia prima de la civilización: la savia vital de la economía mundial. Pero su propio nombre les hace sonar mucho más ordinarios de lo que son. Una mercancía es, por definición, algo sin una identidad distintiva. Cuando algo ha sido “mercantilizado”, carece del glamour de los bienes de consumo de marca. No hay ningún logotipo de lujo en un barril de petróleo ni en una tonelada de cobre, ni campaña de marketing detrás de un envío de trigo. Y, sin embargo, es precisamente esta naturaleza uniforme e intercambiable la que permite que las materias primas se negocien sin problemas en los mercados globales, asegurando que las personas de todo el mundo puedan acceder a las materias primas que necesitan, independientemente de dónde vivan.

Dado que las materias primas son esenciales pero distribuidas de forma desigual entre países, siempre han sido una fuente tanto de oportunidad económica como de vulnerabilidad geopolítica. Surgieron las primeras rutas comerciales de larga distancia para transportar materias primas valiosas a través de continentes: las caravanas transaharianas conectaban los yacimientos de oro y las minas de sal de África Occidental con el norte de África y Europa; las primeras redes marítimas a través del Océano Índico comerciaban especias, marfil, gemas y metales preciosos entre África Oriental, Arabia, India y el sudeste asiático. Pero esos mismos recursos también desencadenaron conflictos.

Hoy en día, las materias primas siguen desempeñando un papel muy similar: impulsan la vida diaria mientras moldean el destino económico del mundo. Su importancia vuelve a aumentar a medida que el mundo avanza hacia una energía más limpia, la expansión de la infraestructura digital y la reconstrucción de sus capacidades de defensa. Y estos cambios están generando nuevas tensiones geopolíticas. Comprender las mercancías no es solo comprender el pasado; se trata de dar sentido a los desafíos económicos y políticos definitorios de nuestro tiempo. Pero, ¿qué son las materias primas? ¿Cómo se negocian en los mercados actuales? ¿Qué impulsa sus precios, a menudo volátiles? ¿Y por qué están en el centro de los mercados financieros modernos y la geopolítica?

Duro y blando

En el nivel más básico, las materias primas son las cosas que extraemos del suelo, como el petróleo, el cobre, el hierro o el oro (materias primas duras), y las que cultivamos del suelo, como el trigo, el café, el algodón o el cacao (materias blandas). Todo lo que tocamos, comemos, vestimos o construimos comienza con estas sustancias discretas.

El teléfono que tienes en la mano, por ejemplo, contiene unos 42 minerales diferentes: cobalto congoleño, cobre peruano, mineral de hierro australiano y una cantidad vertiginosa de tierras raras, procedentes principalmente de China. Incluso la electricidad que la carga depende de materias primas: petróleo, gas, carbón y uranio, o de los minerales críticos incrustados en paneles solares y aerogeneradores.

Ya sea negociando con materias primas duras o blandas, productores y compradores siempre se han enfrentado a un desafío común: cómo afrontar precios que fluctuan mucho. Una cosecha abundante un año y una sequía al siguiente podían hacer o fracasar a un agricultor—y la misma volatilidad amenazaba a molineros, comerciantes y bancos que los financiaban.

Para poner orden en este caos, se fundó en 1848 la Junta de Comercio de Chicago (CBOT), creando el primer mercado estandarizado donde agricultores y clientes podían fijar precios con meses de antelación. Al vender a un comprador potencial un contrato de futuros—un papel que garantiza un precio determinado para una determinada cantidad de un producto concreto que se entregará en una fecha concreta—los agricultores podían asegurar un precio de entrega determinado para su producción con meses de antelación. Más allá de garantizar ingresos estables, los mercados de futuros permitieron a los agricultores contratar fácilmente préstamos para riego, semillas, fertilizantes y pesticidas, mejorando sus rendimientos y protegiendo sus cultivos.

Instituciones similares pronto siguieron en otros grandes centros comerciales: la Bolsa Mercantil de Nueva York (NYMEX) para productos energéticos y metales, la Bolsa de Metales de Londres (LME) para metales básicos, por ejemplo. Estos intercambios liberaron el comercio de materias primas de las limitaciones de los mercados físicos y, a menudo, locales. La flexibilidad de los contratos financieros globales permitió a los productores cubrir riesgos y a los compradores asegurar precios estables. De forma crucial, también permitieron a los comerciantes escalar sus operaciones: al cubrir riesgos financieros que antes limitaban su alcance, los comerciantes podían mover volúmenes cada vez mayores a través de continentes, acelerando la globalización de muchos mercados de materias primas.

Futuros y opciones

Pero se produjo un cambio notable a medida que estos mercados maduraron. El comercio giraba cada vez más en torno a barriles, bushels o lingotes, sino en torno a los contratos vinculados a ellos. Los futuros, opciones y otros derivados—originalmente diseñados como herramientas de seguros—se convirtieron en activos independientes. Atrajeron a especuladores, fondos de cobertura y, finalmente, a traders de alta frecuencia. Dado que estos instrumentos requieren solo una fracción del valor del activo subyacente como garantía, las posiciones apalancadas amplificaron tanto el riesgo como la recompensa, llevando las materias primas más al corazón de las finanzas globales. Los precios de las materias primas pueden reflejar a veces más la especulación financiera que la demanda física de los bienes subyacentes. El auge y la posterior corrección brusca en los precios del oro entre octubre y noviembre de 2025 ilustran esta dinámica de forma vívida.

Los precios de las materias primas son notoriamente volátiles por razones que van mucho más allá de las acciones de los especuladores. En el lado de la oferta, la producción suele tardar en ajustarse: perforar pozos, excavar minas y sembrar cultivos requieren tiempo, capital y décadas de planificación. En el lado de la demanda, los compradores no pueden sustituir fácilmente una materia prima por otra. Las fábricas no pueden rediseñar las líneas de producción de la noche a la mañana, las refinerías solo procesan ciertos grados de crudo, y las cadenas de suministro globales no se redirigen con solo pulsar un interruptor. Como resultado, cuando la demanda global cambia o cuando choques geopolíticos, climáticos o logísticos interrumpen la oferta, los precios tienden a moverse rápidamente y considerablemente.

La historia reciente ofrece innumerables ejemplos. Cuando China entró en el sistema comercial global y comenzó su auge de infraestructuras a principios de los 2000, la demanda aumentó tan bruscamente en tantos sectores que los precios del petróleo, los metales y las materias primas agrícolas se dispararon juntos, produciendo el llamado superciclo de materias primas. Pero cuando los choques se limitan a un solo insumo, los precios pueden moverse en direcciones opuestas, incluso dentro del mismo sector.

Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, los confinamientos en China provocaron el colapso de la demanda de acero. Sin embargo, los precios del mineral de hierro, del que se obtiene el acero, siguieron subiendo. Esto se debió a que las principales minas de África y Brasil o bien cerraron o ralentizaron la producción al mismo tiempo, estrechando la oferta justo cuando la demanda se debilitaba. Por eso es tan difícil prever los precios de las materias primas. No basta con seguir la economía global. La predicción requiere comprender claramente la dinámica distintiva de cada mercado con todas sus peculiaridades.

Fracturas geopolíticas

Los mercados de materias primas están profundamente entrelazados con la geopolítica. Y esta relación no es nueva: los imperios luchaban por oro, plata, azúcar y especias; y las flotas navales forzaban el acceso a caucho, petróleo y otros suministros estratégicos. Durante la época colonial, la competencia por las materias primas moldeó el propio mapa: a menudo se tallaban fronteras alrededor de cuencas de recursos. Muchas de las fronteras nacionales y estructuras económicas actuales siguen reflejando estos legados impulsados por las materias primas.

Hoy en día, la creciente dependencia mundial de las materias primas críticas —las esenciales para la industria de defensa, la transición energética y las tecnologías digitales para impulsar la inteligencia artificial— ha creado un nuevo conjunto de líneas de fractura geopolíticas. El litio, el cobalto y las tierras raras hoy tienen la misma importancia estratégica que el petróleo y el acero tuvieron en su día. Los países ricos en estos materiales están ganando influencia; quienes no los tienen compiten por asegurar un acceso a largo plazo mediante alianzas, acuerdos de inversión y cadenas de suministro rediseñadas. Los controles de exportación, las sanciones y la “relocalización” se dirigen cada vez más a los minerales que definirán la futura fortaleza militar, industrial y tecnológica.

Centralidad duradera

Desde antiguas caravanas hasta intercambios modernos de derivados, desde conquistas coloniales hasta la actual carrera por minerales críticos, las materias primas siempre han estado en la intersección entre economía, política y tecnología. Son los pilares más antiguos de la actividad humana, pero siguen siendo indispensables para los sectores más avanzados de la economía global. A medida que la transición energética se acelera, la digitalización se profundiza y la rivalidad geopolítica se intensifica, el papel de las materias primas se volverá cada vez más central. Su control moldeó la economía global del pasado, y podría influir en el orden global del futuro.

JEAN-MARC NATAL es jefe de la Unidad de Materias Primas del FMI.

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El regalo especial: el grupo Bencivenga transforma su histórica base de colectivos en un nuevo paseo comercial

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Donde durante décadas partieron colectivos y se construyó una de las empresas de transporte más emblemáticas de Misiones, ahora comenzará otra historia. La familia Bencivenga avanza con un paseo comercial a cielo abierto que busca atraer nuevas marcas, emprendedores y propuestas culturales. La inauguración tiene una fecha simbólica: el cumpleaños número 18 de Nabila Bencivenga, heredera del proyecto.

Hay inversiones que nacen de una oportunidad de negocios. Otras, de una visión urbana. Y algunas, además, están atravesadas por una historia familiar.

En la esquina de avenida López y Planes y Lavalle, donde durante décadas funcionó la histórica base operativa de la empresa Bencivenga, el paisaje comienza a cambiar. Entre estructuras nuevas, senderos peatonales, vegetación y locales en construcción toma forma el Paseo Bencivenga, un desarrollo comercial a cielo abierto que busca convertirse en un nuevo punto de encuentro para Posadas.

La iniciativa es impulsada por la familia Bencivenga, vinculada desde hace más de siete décadas al transporte público de pasajeros en la capital misionera. Pero detrás del proyecto hay una motivación adicional: el paseo fue concebido como un legado para la nueva generación familiar y su inauguración está prevista para coincidir con una fecha muy especial, los 18 años de Nabila Bencivenga.

“Es un regalo para mi hija, pero también una forma de que continúe el legado de su abuelo”, resume Lici Dallabrida, impulsora y directora ejecutiva del proyecto.

También representa una reconversión urbana cargada de historia empresarial. Según explicó José Barros, el terreno formó parte de la división patrimonial realizada por la familia tras el cierre de una etapa de la empresa de transporte. “Ese es el lugar donde estaba emplazada la empresa Bencivenga. Es un terreno que conecta López y Planes con la calle Queirel y tiene las dimensiones ideales para desarrollar una galería comercial abierta”, explicó.

La idea comenzó a gestarse durante la pandemia. Con la actividad económica paralizada y la necesidad de repensar espacios urbanos, la familia decidió buscar un destino para los terrenos heredados de Antonio Bencivenga, fundador del emprendimiento familiar.

El resultado fue un concepto poco habitual en Posadas: un paseo comercial abierto, inspirado en desarrollos similares observados en Brasil, donde la experiencia de compra se combina con espacios de permanencia, vegetación, gastronomía y actividades culturales.

La propuesta se desarrolla sobre un predio de aproximadamente 13 metros de frente por 86 metros de profundidad, conectando López y Planes con la calle Queirel.  Barros señala que el diseño busca generar una experiencia diferente a la de una galería tradicional. Los locales estarán enfrentados entre sí y conectados por una senda peatonal central de cinco metros de ancho, concebida como una pequeña peatonal urbana. Allí convivirán espacios verdes, señalización accesible, música funcional y áreas de permanencia. “No es un pasillo. Queremos que la gente circule, permanezca, disfrute y encuentre un ambiente agradable para comprar o simplemente pasear”, resumió.

El emprendimiento prevé entre 13 y 30 locales comerciales, según las configuraciones finales, además de espacios de coworking, estacionamiento propio y sectores destinados a actividades culturales y comunitarias.

Uno de los aspectos más llamativos es el enfoque inclusivo. El paseo contará con baldosas podotáctiles, accesibilidad integral para personas con movilidad reducida y señalización adaptada para personas con discapacidad visual.

Pero la apuesta va más allá de la infraestructura.

La familia busca atraer emprendimientos emergentes, marcas locales y propuestas provenientes de otras provincias e incluso del exterior. Según Dallabrida, ya hubo consultas de potenciales inversores de Córdoba, Jujuy, Chile y Brasil interesados en desembarcar en Posadas.

“Lo que más me entusiasma es que vengan nuevas inversiones a la ciudad. Que lleguen marcas nuevas, diseñadores, emprendedores y empresas que aporten movimiento económico”, señala.

La estrategia comercial también busca diferenciarse del mercado tradicional. Los desarrolladores aseguran que procurarán mantener valores de alquiler competitivos y evitar la repetición de rubros para fomentar una oferta diversa dentro del complejo.

En paralelo, el proyecto incorpora una dimensión social poco frecuente en desarrollos inmobiliarios privados. La familia planea ceder espacios para ferias francas, productores locales, exposiciones culturales y actividades comunitarias sin costo. La intención es que el paseo no sea únicamente un centro de compras, sino también un espacio de encuentro ciudadano.

La inauguración está prevista entre octubre y noviembre, aunque la fecha definitiva dependerá del avance de las obras. Si todo marcha según lo previsto, la apertura coincidirá con el cumpleaños número 18 de Nabila, quien ya participa activamente en el desarrollo y es presentada por su familia como la futura continuadora del emprendimiento.

En una ciudad que en los últimos años sumó centros comerciales, polos gastronómicos y nuevos espacios de servicios, el Paseo Bencivenga representa una reconversión cargada de simbolismo: donde antes circulaban colectivos y pasajeros, ahora circularán consumidores, emprendedores y nuevas inversiones.

Aunque la familia evita precisar el monto de la inversión, reconoce que se trata de uno de los proyectos privados más importantes encarados sobre ese predio desde la salida de la actividad del transporte. “La inversión es muy grande. Es un emprendimiento que se fue construyendo paso a paso y por eso resulta difícil cuantificarlo en un único número. Pero es una apuesta de largo plazo”, sostuvo Barros.

Detrás de la historia familiar y del regalo simbólico para Nabila, también aparece una lectura empresarial. La familia Bencivenga entiende que Posadas atraviesa una nueva etapa de expansión comercial y que existe espacio para formatos urbanos distintos a los tradicionales centros comerciales cerrados. La apuesta es convertir un antiguo activo vinculado al transporte en una plataforma para nuevos negocios, emprendedores y marcas emergentes. Si la respuesta inicial del mercado se mantiene, el Paseo Bencivenga podría convertir una herencia empresarial de más de 70 años en un proyecto pensado para la próxima generación.

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Grupo árabe refuerza su apuesta por Iguazú: capitalizó el Gran Meliá con más de $1.446 millones

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La industria turística argentina registró un movimiento corporativo de relevancia que involucra a uno de los activos hoteleros más valiosos del país y uno de los principales emblemas turísticos de Misiones.

Hotel Internacional Iguazú S.A., la sociedad propietaria del Gran Meliá Iguazú, aprobó una profunda reestructuración societaria que incluyó una capitalización superior a los $1.446 millones, la absorción de pérdidas acumuladas y una mayor concentración accionaria en manos de su principal controlante internacional.

La decisión fue adoptada durante una asamblea general ordinaria y extraordinaria realizada el 21 de octubre de 2024 y quedó reflejada en una publicación del Boletín Oficial de la Nación difundida el pasado viernes.

La operación comenzó con un aumento de capital que elevó el patrimonio nominal de la compañía desde $3,3 millones hasta $1.450 millones mediante la emisión de 1.446.750.000 acciones ordinarias nominativas no endosables. La totalidad de esos títulos fue suscripta por HM Holdings (Holland) Coöperatief U.A., sociedad radicada en los Países Bajos que ya era accionista mayoritaria de la empresa.

Sin embargo, el objetivo principal de la maniobra no fue expandir el capital permanente de la compañía, sino sanear su estructura patrimonial. Tras la capitalización, la asamblea resolvió absorber pérdidas acumuladas mediante una reducción de capital prevista en la Ley General de Sociedades.

Como consecuencia, el capital social quedó fijado en $29 millones y fueron canceladas más de 1.421 millones de acciones.

Se trata de una práctica habitual en grandes grupos internacionales cuando buscan recomponer balances afectados por pérdidas acumuladas y fortalecer financieramente a una compañía.

El control quedó prácticamente en una sola mano

Tras la reorganización, HM Holdings pasó a controlar prácticamente la totalidad del capital social. La nueva composición accionaria quedó distribuida entre HM Holdings (Holland) Coöperatief U.A., con 28.989.607 acciones; ASB Iguazú S.A.U., con 8.124 acciones; y Hotelko S.A.U., con otras 4.276 acciones.

En términos prácticos, la firma holandesa concentra más del 99,9% del capital de la sociedad.

Aunque la capitalización fue realizada por HM Holdings, detrás de esa estructura societaria se encuentra Albwardy Investment, uno de los conglomerados privados más importantes de Emiratos Árabes Unidos. Fundado por el empresario Ali Albwardy, el grupo posee inversiones en hotelería, logística, construcción, seguros, retail, distribución y transporte.

Ali Albwardy recibió al gobernador Hugo Passalacqua cuando compró el Sheraton para transformarlo en el Meliá.

La hotelería constituye una de sus principales unidades de negocios a través de ASB Hospitality, división que participa en una red internacional de establecimientos de lujo distribuidos en destinos turísticos de alto nivel en África, Europa, Medio Oriente, Asia y América Latina.

Entre sus activos figuran hoteles operados bajo la marca Meliá en Tanzania, Maldivas, Dubái, Seychelles, Londres y Argentina, además de alianzas estratégicas con cadenas internacionales como Four Seasons.

El principal activo de Hotel Internacional Iguazú S.A. es el Gran Meliá Iguazú, considerado uno de los hoteles más exclusivos de América Latina. Su principal diferencial es que se encuentra emplazado dentro del Parque Nacional Iguazú, a escasos metros de la Garganta del Diablo.

Se trata del único hotel ubicado dentro del área protegida, una condición prácticamente irrepetible debido a las restricciones ambientales y urbanísticas vigentes.

Gracias a esa localización privilegiada, los huéspedes pueden acceder a sectores del parque en horarios sin la presencia masiva de visitantes, una experiencia especialmente valorada por el turismo internacional de alta gama.

El establecimiento cuenta con más de 180 habitaciones y suites, varias con vistas directas a las Cataratas del Iguazú, además de servicios premium como restaurantes de alta gastronomía, spa y piscina infinita frente a las cascadas.

Una señal de confianza para Misiones

La magnitud de la capitalización adquiere relevancia porque proviene de un grupo especializado en turismo de lujo con presencia global y no de un inversor financiero de corto plazo. El aporte superior a los $1.446 millones constituye una señal concreta de respaldo hacia el negocio turístico local en un contexto en el que el turismo receptivo comienza a mostrar signos de recuperación.

Al mismo tiempo, la decisión reafirma la importancia estratégica que mantiene Puerto Iguazú dentro del mapa mundial del turismo premium. A diferencia de otros activos hoteleros que pueden ser replicados mediante nuevos desarrollos, la ubicación del Gran Meliá Iguazú dentro del parque nacional lo convierte en un establecimiento prácticamente único a escala global.

La operación es interpretada por el mercado como una apuesta de largo plazo por uno de los activos turísticos más valiosos de la Argentina y una muestra de confianza en el potencial de Iguazú como destino internacional de alta gama. Mientras numerosos grupos revisan sus inversiones en mercados emergentes, Albwardy Investment eligió fortalecer financieramente su presencia en el país y consolidar el control sobre una de las joyas turísticas de Misiones.

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