El triunfo de Lula: El metalúrgico y la inteligencia artificial
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Hay una escena del discurso de anoche que ningún cable de agencia va a destacar y que, sin embargo, lo explica todo. Un hombre que el 27 de octubre cumple 81 años, que se presenta como el único metalúrgico sin diploma universitario elegido cuatro veces presidente, que admite en público que hay mucha gente más preparada que él, que leyó más libros y estudió más, se para frente a la multitud y promete más matemática y más ingeniería. Y remata: no quiere depender de una inteligencia artificial china ni norteamericana. Quiere crear una brasileña.
La paradoja es deliciosa. El hombre que llegó al poder sin títulos entiende mejor que muchos doctores que el siglo XXI se juega en las aulas de ciencias exactas, en los centros de datos y en los algoritmos. Acaso porque conoce desde el torno lo que significa depender de la máquina ajena.
Lula ganó su cuarto mandato con el 51,7% frente a Flávio Bolsonaro, con la menor abstención de la historia de Brasil, según él mismo subrayó, y con una remontada que confirma su vieja marca personal: nunca ganó en primera vuelta, nunca perdió una segunda. Del otro lado, el hijo de Bolsonaro se niega a reconocer el resultado. Pero lo interesante de la noche no fue la épica. Fue el programa.
Confieso que lo escuché con una mezcla de emoción y de extrañeza. Emoción, por la biografía. Extrañeza, porque buena parte de lo que dijo está escrito, con otras palabras, en Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI, el libro que publicamos este año con Gustavo Reija y Lucas Arias, y en los artículos que venimos difundiendo desde hace más de un año, cuando hablar de soberanía tecnológica en la Argentina te ganaba la etiqueta de nostálgico. No lo digo para reclamar patente. Como enseñaba el sociólogo Everett Rogers, las innovaciones nunca las adopta primero la mayoría: las adoptan unos pocos y después llega la ola. La pregunta incómoda es otra. Ahora que la ola viene de Brasil, ¿quién en la Argentina piensa realmente como Lula?
Inteligencia propia
Detengamos la mirada en la secuencia, porque tiene la lógica de un plan y no de una arenga: escuela de tiempo integral hasta la secundaria; becas para que ningún joven, “ni una chica”, abandone por tener que trabajar; más matemática y más ingeniería; una IA propia; la que acaso sea la mayor capacidad de energía renovable del planeta puesta a atraer centros de datos, con la información de los brasileños resguardada en Brasil; y economía digital, verde y creativa para dejar de ser periférico y volverse un país central.
Educación, ciencia, energía, datos, producción, centralidad. Es el encadenamiento de nuestras tres revoluciones: la Educativa 5.0, la Científico-Tecnológica Soberana y la Industrial Inteligente. El libro lo diagnostica sin anestesia: formamos excelentes abogados, contadores y médicos, pero insuficientes ingenieros mecatrónicos, físicos aplicados y científicos de datos, y esa brecha es, en sí misma, una forma de desindustrialización. Por eso proponemos programación e inteligencia artificial obligatorias en todos los niveles. No resulta desatinado suponer que, cuando dos diagnósticos honestos miran el mismo siglo, llegan al mismo lugar.
Hay, con todo, dos matices. Atraer centros de datos no alcanza: sin capacidad de cómputo soberana, un polo de IA es apenas un mercado para la inteligencia ajena, no una fábrica de la propia. Y formar ingenieros tampoco alcanza: el Desarrollismo Inteligente propone formar desde la escuela un verdadero ejército de emprendedores, porque el ingeniero sin ecosistema emprendedor termina diseñando, con enorme talento, los productos de otros.
Patio trasero
“Este país no acepta ser patio trasero de nadie.” La frase llegó después de que la multitud cantara el himno de la Independencia y fue el titular de la noche. Pero Lula la completó con una anécdota más fina que cualquier tratado de relaciones internacionales. Contó que Chico Buarque, su cantor preferido, apreciaba su gobierno porque no le hablaba grueso a Bolivia ni fino a los Estados Unidos. Le hablaba igual a todo el mundo.
Es exactamente la política exterior que el libro reclama frente al hiperoccidentalismo de Milei. Allí escribimos que una Argentina aislada de sus vecinos no es soberana sino prescindible, y pusimos a Brasil bajo Lula, junto a la India, Vietnam o los Emiratos, entre los países que saben capitalizar a Occidente y a Asia al mismo tiempo. En el barrio lo diríamos sin eufemismos: ni chupamedias del poderoso ni patotero con el vecino. La soberanía del siglo XXI no se defiende con consignas sino con laboratorios, satélites y datos procesados en casa.
En ese marco se entiende la dureza de Lula con las plataformas digitales. Denunció una intromisión “de afuera hacia adentro” en la elección, anunció que habrá que regularlas, sostuvo que el delito en el mundo digital debe tratarse igual que el delito en la vida real y apuntó contra empresas monstruosamente grandes que ganan miles de millones sin pagar impuestos en el país mientras intentan orientar su resultado electoral. No es tecnofobia. Es soberanía fiscal y democrática en el terreno donde hoy se libra la batalla.
Otra manera
“Vamos a cambiar la manera de gobernar este país.” Cualquier candidato lo dice, pero en boca de quien ya gobernó tres veces significa otra cosa. Lula anunció que el pueblo participará más de las decisiones, que él mismo, celular en mano, hablará directamente con la gente varias veces al día, y que antes de asumir se reunirá con empresarios, educadores, científicos, mujeres y policías.
Conviene leer esa lista con atención. El físico argentino Jorge Sabato propuso en los años sesenta un triángulo virtuoso entre el Estado, la estructura productiva y la infraestructura científico-tecnológica. El Desarrollismo Inteligente lo amplió hasta una pirámide de base hexagonal: ciencia, producción, educación, emprendedores, financiamiento y trabajo en la base, y el Estado en la cúspide, articulando veintiuna conexiones posibles. Ese Estado puede ser sinérgico, cooperador, abandonador o directamente ausente. El mileísmo eligió ser ausente y lo llamó libertad. Buena parte del peronismo eligió ser omnipresente y lo llamó justicia social. Lula, con su agenda de reuniones, describe otra cosa: un Estado que convoca y articula. La cúspide de la pirámide.
Lo mismo se ve en la salud pública, con la promesa de un hospital inteligente y quince terapias intensivas inteligentes para que nadie muera por falta de atención a tiempo. Y en seguridad, un giro notable para un líder de su tradición: admitió que los estados no dan abasto y que el gobierno federal va a entrar. “Para el trabajador, protección. Para el bandido, prisión.” Nuestro libro lo plantea con la misma crudeza: ningún plan económico, por sofisticado que sea, funcionará si el Estado no recupera primero el control físico, simbólico y educativo de los territorios que hoy le disputa el narco.
Hubo una frase más, que en la Argentina suena casi a herejía. Ante quienes anticipan que un Congreso más conservador le hará difícil gobernar, respondió que ese Congreso no lo eligió él sino el pueblo, y que con él va a trabajar y aprobar leyes. Agregó que, ganada la elección, ya no tiene adversarios, porque gobierna para 215 millones. Max Weber distinguía entre la ética de la convicción, que se guía por principios, y la ética de la responsabilidad, que se hace cargo de las consecuencias. Lula, viejo zorro, practica las dos: convence con épica y gobierna con aritmética parlamentaria.
Las mujeres
Hubo un registro del discurso que conviene no pasar por alto. Lula prometió que las mujeres serán tratadas con mucho más respeto por las políticas públicas y confesó que el cariño recibido, sobre todo de las mujeres brasileñas, es algo que jamás imaginó que un político pudiera recibir. No fue un párrafo de compromiso: la beca universitaria está pensada, en sus propias palabras, para que ni una chica deje de estudiar por tener que trabajar.
El Desarrollismo Inteligente sostiene lo mismo con una herramienta concreta. La economista Esther Duflo, premio Nobel, insiste en que los pobres no deciden peor: deben tomar más decisiones críticas con menos margen. En las madres solas eso tiene un nombre técnico, pobreza de tiempo. De ahí nuestro Plan Madres Productivas: ingreso de transición, formación técnica certificada y cuidado infantil garantizado en una sola ventanilla territorial. Un proyecto de desarrollo que no pone a las mujeres en el centro está, sencillamente, mal calculado.
Una de cal
Sería deshonesto seguir sin escuchar la objeción más seria, que ya circula en los paneles de anoche: la economía brasileña de los próximos meses podría decepcionar. Más inflación, más déficit, menos crecimiento. Si eso ocurre, el oficialismo argentino tendrá servido el argumento: “¿vieron lo que pasa cuando vuelve el populismo?”.
La objeción merece respeto, porque toca el punto exacto donde el Desarrollismo Inteligente no es un eco de Lula sino una corrección. El límite histórico de los gobiernos progresistas de la región no estuvo en sus propósitos sino en su aritmética: repartieron a buen ritmo mientras el viento de las materias primas soplaba a favor y descubrieron tarde que la distribución sin productividad tiene fecha de vencimiento. El bolsillo es la víscera más sensible de los pueblos, y también la primera en pasar factura.
Por eso insistimos en un orden que no es retórico: primero la plataforma productiva, científica y educativa; después, sobre esa base, la justicia social duradera. Y con financiamiento genuino: la renta soberana del litio y de Vaca Muerta y un verdadero banco de desarrollo, como el BNDES que financió a Embraer y a Petrobras durante décadas. Sin solvencia no hay soberanía, porque el país que se endeuda para sostener lo que no produce termina siendo patio trasero de sus acreedores.
La ola
En los próximos días vamos a ver a muchos dirigentes argentinos sacarse la foto con Lula, citarlo y proclamarse sus herederos. Está bien que así sea. Pero conviene leer la letra chica. Buena parte de quienes hoy se suben a la ola pasaron años defendiendo un modelo que distribuía lo que no producía, que miraba con sospecha al emprendedor y que trataba a la ciencia como un gasto. Eso no es Lula. Lula habla de ingenieros, de centros de datos, de economía creativa y de una inteligencia artificial propia. Habla, digamos sin eufemismos, como un desarrollista.
Por su parte, el gobierno de Milei, que ató su suerte regional a los Bolsonaro y celebra el ajuste como si fuera una estrategia de desarrollo, leerá el resultado como amenaza o como oportunidad para quedarse solo en el escenario ideológico del continente. Ambas lecturas comparten un error: creen que en Brasil ganó la izquierda. Tal vez haya ganado algo que escribimos hace meses y que anoche Brasil votó: destruir fábricas no crea industria, debilitar universidades no crea conocimiento. El propio Lula atribuyó la victoria al nacionalismo, a la democracia y al futuro que la gente quiere para sus hijos. Ni izquierda ni derecha: la idea de que un país puede crecer, incluir y ser soberano al mismo tiempo.
A modo de provocación operativa sentenciaré: si a ese discurso le quitamos el acento y lo ponemos al lado de los candidatos argentinos, el ideario que más se le parece no está en el peronismo que hoy corre a sacarse la foto ni en la oposición tímida. Está en un pequeño movimiento que hace un año empezó a decir, casi en soledad, estas mismas cosas.
Matriz de correspondencias
Para quien prefiera verlo sin adornos, dejo la correspondencia en limpio. A la izquierda, lo que dijo Lula. A la derecha, dónde está eso mismo en el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI.
Una figura identificatoria
Si hubiera que preguntarse a quién quisiera parecerse Lula en este cuarto mandato, no resulta desatinado suponer que la respuesta no es Getúlio Vargas ni ninguno de sus propios fantasmas. Es Juscelino Kubitschek, el presidente que prometió “cincuenta años en cinco”, levantó Brasilia en medio del cerrado e instaló la industria automotriz brasileña. Kubitschek fue, a su modo, el Frondizi de Brasil. Ambos gobernaron casi al mismo tiempo, a fines de los cincuenta, y ambos entendieron que el subdesarrollo no se combate con discursos sino con acero, energía e ingenieros.
Acá se cierra el círculo. Brasil nunca abandonó del todo esa herencia. Creó Embraer en 1969, la financió y protegió durante dos décadas exigiéndole exportar, y hoy es el tercer fabricante mundial de aviones comerciales. La Argentina tiene sus Embraer potenciales, el INVAP que exporta reactores y la CONAE con sus satélites, pero archivó a Frondizi entre los capítulos inconclusos de su historia. No le falta el punto de partida. Le falta la decisión.
Quien escribe estas líneas no pretende ser Lula. Las biografías no se copian, y la de un tornero que llega cuatro veces a la presidencia es, por definición, intransferible. Pero las ideas sí viajan, y a veces llegan antes que los resultados. Lula pidió anoche más matemática, más ingeniería y una inteligencia artificial propia. En la Argentina, algunos lo venimos pidiendo desde hace un año.
Brasil ya tiene a su metalúrgico. A la Argentina todavía le falta su arquitecto.
Acá estamos.
Federico González — Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI
