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La cuarta vida de Lula: una remontada que cambia la historia de Brasil

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Luiz Inácio Lula da Silva volvió a hacer historia. A los 80 años (el martes cumple 81), el antiguo obrero metalúrgico que emergió de las huelgas del ABC paulista consiguió este domingo una victoria inédita en Brasil: será presidente por cuarta vez, un récord que ningún otro dirigente alcanzó mediante elecciones directas.

Pero lo extraordinario no fue solamente el resultado, fue el camino: el 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había obtenido el 47,03% de los votos contra el 45,16% de Lula. Una ventaja de 2.224.965 sufragios que colocaba al presidente frente a una elección que parecía escapársele de las manos.

Veintiún días después, todo cambió. 

Con el 99,91% de las urnas escrutadas, Lula alcanzaba el 51,77% de los votos válidos frente al 48,23% de Bolsonaro. Según ese corte del Tribunal Superior Electoral (TSE), la diferencia era de 4.389.072 votos.

De perder por 2,2 millones pasó a ganar por casi 4,4 millones. Un cambio de aproximadamente 6,6 millones de votos en la diferencia entre los dos candidatos. Por primera vez desde el regreso de las elecciones presidenciales directas en 1989, un candidato que terminó segundo en la primera vuelta consiguió ganar el balotaje.

¿Cómo se explica semejante transformación en apenas tres semanas?

Tres millones de ausentes menos: la elección que también se disputó fuera de las urnas

En la primera vuelta, 33,47 millones de brasileños se quedaron en sus casas. La abstención alcanzó el 21,08% del padrón, una cifra que revelaba un enorme universo de electores todavía por movilizar.

En el balotaje, ese porcentaje cayó al 19,21%, con aproximadamente 30,46 millones de ausentes. Unos tres millones menos de brasileños se abstuvieron entre una elección y otra.

El dato adquiere una dimensión histórica: según un relevamiento de Folha de S.Paulo, fue la primera vez que la abstención disminuyó entre ambas vueltas de una elección presidencial brasileña.

También se redujeron los votos blancos y nulos, que pasaron del 4,77% al 3,24% de los sufragios emitidos. La participación creció y una mayor proporción de los votantes eligió efectivamente a uno de los dos candidatos.

La reducción de la abstención se registró en 18 de los 27 estados y el Distrito Federal considerados en conjunto como unidades federativas. Bahia y Pernambuco estuvieron entre los territorios con mayores caídas.

No puede afirmarse que esos tres millones de electores adicionales hayan votado mayoritariamente por Lula. Pero el aumento de la participación modificó el escenario electoral y coincidió con uno de los principales objetivos de su campaña: buscar a quienes no habían concurrido el 4 de octubre.

El propio presidente eligió una frase para interpretar el resultado durante su primer discurso en San Pablo: “Ganamos esta batalla junto al pueblo brasileño”.

No era solamente una expresión de agradecimiento. Era también una reivindicación de la movilización que había transformado el clima de la campaña.

El mapa electoral: la importancia de perder por menos

La remontada también tuvo una dimensión territorial.

Bolsonaro había construido su ventaja inicial sobre buena parte del Sur, Sudeste y Centro-Oeste. Lula, en cambio, conservaba su principal fortaleza histórica en el Nordeste, donde el Partido de los Trabajadores mantiene una importante estructura política y electoral.

La segunda vuelta exigía una ecuación diferente.

En Minas Gerais, el segundo colegio electoral del país, el oficialismo necesitaba mejorar su desempeño y fue más allá: ganó. En San Pablo, el mayor distrito brasileño, y Río de Janeiro, donde el bolsonarismo conserva una fuerte presencia, el desafío consistía en reducir las diferencias.

La lógica era sencilla: en una elección nacional, perder por menos en un estado de millones de habitantes puede resultar tan importante como ganar otro. Pero hubo un elemento adicional. La caída de la abstención en estados del Nordeste, especialmente Bahia y Pernambuco, reforzó la importancia de una región donde Lula había construido sus mayores ventajas.

La combinación de una movilización más intensa, el crecimiento de la participación y la disputa de los grandes colegios electorales contribuyó a modificar la correlación de fuerzas.

El resultado no significa que Brasil haya dejado atrás su polarización. Los casi 60 millones de votos obtenidos por Flávio Bolsonaro muestran que el espacio político construido alrededor de su padre conserva una enorme capacidad de representación.

De presidente a candidato: la revolución digital de Lula

Quizás uno de los cambios más visibles de las últimas tres semanas ocurrió en las redes sociales. Durante la primera vuelta, Lula había privilegiado una comunicación institucional: discursos, actos oficiales, inauguraciones y mensajes vinculados con la gestión.

Bolsonaro, en cambio, se movía con mayor naturalidad en un ecosistema digital donde la derecha brasileña había desarrollado una estructura de influencia durante años.

Para el balotaje, Lula modificó su estrategia. Comenzó a grabar videos verticales con su teléfono, mirando directamente a cámara, con mensajes más breves y un lenguaje menos institucional.

El diputado André Janones impulsó el canal de WhatsApp denominado Ejército de Lula, que reunió a más de diez millones de seguidores y se convirtió en una herramienta para distribuir contenidos, coordinar acciones digitales y amplificar los mensajes de campaña.

La movilización también salió de las pantallas. Manifestaciones multitudinarias ocuparon las calles de San Pablo y otras ciudades brasileñas durante las últimas semanas.

En su discurso de victoria, Lula reconoció especialmente el trabajo de Janones, al que llamó su “general”, y anunció que esa experiencia tendrá consecuencias sobre su próximo gobierno.

“Esta elección me enseñó muchas lecciones”, afirmó, antes de anticipar que cambiará su manera de gobernar y dará mayor participación a la ciudadanía.

También prometió que la comunicación digital tendrá mucho más espacio y que comenzará a conversar directamente con los brasileños todos los días.

La declaración es reveladora: a los 80 años, después de cuatro décadas de protagonismo político, Lula reconoció que necesitaba modificar su manera de comunicarse.

La disputa digital también apareció en otro pasaje de su discurso. “Esta elección fue una derrota del negacionismo y de la mentira”, sostuvo el presidente, que volvió a defender la regulación de las grandes plataformas tecnológicas.

Alckmin, el antiguo adversario que volvió a acompañarlo

La victoria también ratificó una de las alianzas más singulares de la política brasileña. Geraldo Alckmin, histórico dirigente del centroderecha paulista y adversario presidencial de Lula en 2006, fue reelegido vicepresidente por segunda vez consecutiva junto al líder del PT.

Una sociedad que nació en 2022 como expresión de una coalición amplia y que ahora consiguió atravesar otra elección extremadamente polarizada.

Lula tuvo un gesto significativo durante la celebración en San Pablo: le cedió la palabra a Alckmin antes de pronunciar su discurso y reconoció públicamente su contribución. “Alckmin tiene mucho que ver con nuestra victoria”, afirmó el presidente.

El vicepresidente agradeció especialmente a los jóvenes, las mujeres y los adultos mayores que participaron del balotaje.

Luego dirigió a Lula una frase cargada de significado político: “Usted, por segunda vez, salvó la democracia brasileña”.

La continuidad de Alckmin representa algo más que un acuerdo electoral. Es la permanencia de una alianza entre dirigentes que durante décadas estuvieron enfrentados y que encontraron en la construcción de una coalición más amplia una manera de disputar el poder.

En un Brasil profundamente dividido, esa sociedad seguirá siendo una de las piezas centrales del cuarto gobierno de Lula.

Flávio Bolsonaro desconoce la derrota y anuncia que pedirá anular las elecciones

La celebración de Lula tuvo su contracara en Brasilia. Después de permanecer reunido durante varias horas con los principales dirigentes del Partido Liberal, Flávio Bolsonaro rompió el silencio y anunció que solicitará la anulación de las elecciones presidenciales.

El candidato derrotado cuestionó el desarrollo de la jornada electoral y calificó lo ocurrido como una “sacanagem”, una expresión brasileña que puede traducirse como una jugarreta o una maniobra inadmisible.

El conflicto gira alrededor de una decisión excepcional adoptada durante la votación. Ante denuncias de dificultades en el transporte de electores, especialmente en determinadas ciudades de San Pablo y Bahia, el ministro Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal, ordenó extender el horario de votación hasta las 19, dos horas más de lo previsto inicialmente.

La decisión provocó cuestionamientos porque algunas mesas ya habían cerrado cuando se comunicó la prórroga y no fueron reabiertas. El bolsonarismo considera que esa situación afectó la igualdad de condiciones del proceso electoral y anticipó que recurrirá a la Justicia.

Sin embargo, existe una particularidad: la propia campaña de Flávio Bolsonaro también había solicitado extender la votación en determinadas localidades afectadas por condiciones climáticas adversas.

Especialistas en derecho electoral consultados por la prensa brasileña reconocieron que la medida podría generar controversias jurídicas. No obstante, una eventual solicitud de anulación deberá ser examinada por los tribunales y no implica, por sí misma, que el resultado haya perdido validez.

El anuncio abre un nuevo escenario de tensión institucional. Lula consiguió revertir una desventaja superior a dos millones de votos y obtener su cuarto mandato, pero su adversario anunció que buscará cuestionar judicialmente el resultado. La disputa que comenzó en las urnas podría continuar en los tribunales.

La obstinada costumbre de volver

Hay algo excepcional en la biografía política de Lula.

Perdió tres elecciones antes de llegar a la Presidencia. Gobernó durante ocho años, dejó el poder con una enorme popularidad, atravesó investigaciones judiciales, estuvo preso, recuperó sus derechos políticos y regresó al Palacio del Planalto. 

Ahora, cuando muchos imaginaban que su último capítulo político ya estaba escrito, consiguió otra remontada histórica. Entre el 4 y el 25 de octubre no cambió radicalmente la sociedad brasileña. Tampoco desaparecieron la polarización, el rechazo al oficialismo ni las fortalezas territoriales de la derecha.

Hubo más participación, menos votos inválidos, una movilización territorial más intensa y una campaña que modificó profundamente su manera de comunicarse.

Lula no necesitó transformar Brasil en 21 días. Necesitó transformar la manera de disputar sus votos.

La nueva presidencia comenzará el 5 de enero de 2027, cuando Lula ya tendrá 81 años. Será el presidente de mayor edad en ejercer el cargo en la historia de Brasil. Y también el único que habrá conseguido cuatro mandatos mediante el voto popular.

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