Anhedonia de optimismo eléctrico

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Debido a las frecuentes tormentas de verano, he experimentado una cuestión que a menudo pasa desapercibido, como un subproducto de los cortes de luz. Esta situación me llevo a concluir que habría estado experimentando una adicción, una adicción a la electricidad. Desde perder conectividad, internet, hasta la carencia de la ducha caliente y ventiladores, he constatado que dicha abstinencia merecía un análisis mas profundo.

Creo apropiado tratar el problema de la energía eléctrica como una adicción, entendiendo que, según algunos de los principios fundamentales del término, un adicto entra en proceso de recuperación cuando el mismo se percata de que hay un problema. Al mismo tiempo, el tratamiento terapéutico a una adicción de algo tan cotidiano como lo es la electricidad misma, es en la actualidad, una meta a años luz de alcanzarse, ya que, en principio, aún no existen mínimos estudios que aborden la problemática.

El problema engorda cuando señalamos la raíz cimental de la problemática, ignorar, cual adictos, que la energía eléctrica es finita, como producto de la confianza depositada en un sistema cuyo principio fundamental es el crecimiento indefinido y la perpetua evolución de los medios de producción. El capitalismo ostenta el merito de ser extremadamente eficiente en renovarse a sí mismo de manera constante, claro, siempre y cuando cuente con un combustible tan energéticamente denso, como para impulsar la irracional idea del crecimiento indefinido en un hábitat donde los medios son finitos.

Una confianza que parece igualar la fe cristiana, y que trasciende el contexto, por mas hostil que sea éste. “Ya alguien lo va a resolver”, durante décadas enteras, ha sido una afirmación que parecía tener asidero, al ver la constante ebullición de nuevas tecnologías; del telégrafo al celular, del periódico a tiktok, del caballo al motor de combustión interna y de las velas al foco.

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En esta singular presente, podemos constatar dos corrientes de pensamiento claras; por un lado, quien, refugiado en la certeza acerca de un futuro “mejor”, peca de optimista promoviendo la normalización del colapso. Y por otro lado están los “colapsistas”, quienes, con un poco mas de conocimiento de causa que los primeros, ponen el acento en el apocalipsis inminente, tiñéndolo todo de terror y distopía normalmente innecesarias. Antonio Turiel, un científico español de renombre, lo dijo así: “No es el apocalipsis, es una situación nueva a la que podemos adaptarnos, y debemos hacerlo cambiando patrones de consumo, y en realidad, el modelo socioeconómico. No es el fin del mundo: es el fin de un mundo, uno depredador y destructivo, que en el fondo es mejor que deje de existir”.

Turiel promueve el “decrecentismo”, una iniciativa mas sensata, que busca un transito ordenado hacia el ya innegable futuro, en el que los recursos no nos sigan permitiendo el artificial y abrupto ritmo de consumo actual. Lo interesante del decrecentismo es que, por paradójico que a muchos les parezca, no es directamente proporcional a perder calidad de vida ni el acceso a las comodidades que hoy gozamos. Sino que plantea el uso sensato de los combustibles fósiles hoy escasos, para crear condiciones que nos permitan una salida más resiliente frente al cambio climático y la escases de materias primas.

Volviendo al eje, la energía eléctrica no es menos que un vicio, se trata de uno, incluso, equivalente a la benzoilmetilecgonina, popularmente conocida como cocaína. Inclusive, algunas de las etapas de abstinencia de esta potente droga, se asemejan a la conducta frente a un “corte de luz”. La etapa de “Crash” se caracteriza por actitudes violentas y eufóricas, y se trata solamente de las primeras 18 horas después del último consumo y puede durar una semana con un pico de dos o tres días. El deseo o craving (consumo de cocaína) es muy intenso y aparecerá anhedonia, ansiedad, irritabilidad, disforia, pérdida de peso, fatiga, hipersomnia y a veces agitación. Pueden asociarse ideas autolíticas. Seguida de varias etapas de la abstinencia, viene la Etapa de euforia (2-3 meses hasta 6-7), aquí, la sensación de que el problema ha desaparecido y todo está superado parece ser ya obvia. Está demasiado contento, haciendo planes de futuro muy lejanos de la realidad. En este momento hay gran riesgo de abandono del tratamiento.

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Etapa pared: (6-7 meses a 1 año): no encuentra mucho sentido a nada. Todo lo ve negativo, no encuentra aspectos positivos en haber dejado de consumir. Es una etapa clave en la que se necesita mucho apoyo. Etapa de mantenimiento: a partir del primer año, va desapareciendo esa perspectiva decepcionante de la vida para dar paso a una visión más realista y equilibrada.

Como podemos apreciar, dejar atrás una adicción no es pan comido, sobre todo si no lo ponemos en términos de adicción. De otra manera, seguiremos considerando a la electricidad como una parte de nuestra misma naturaleza, cuando en realidad no es más que fruto de la cultura moderna y los descontrolados impulsos consumistas.

Es en vísperas del inminente colapso energético o “Petrocalípsis”, como lo llama Turiel, que nos toca afrontar la primera etapa de la adicción a la electricidad, admitirnos adictos. El deterioro, producido por el consumo masivo de las luces, nos ha educado sobre las bases de la abundancia de un recurso finito, el petróleo, padre de la electricidad, la renovable y la que no lo es. Dejándonos como tarea la de resolver como afrontaremos las duras etapas de esta abstinencia global.

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