Lucas Doronuk

Docente, divulgador e investigador en proceso

El patio trasero de Trump

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El mandatario estadounidense es un fiel reflejo del producto político de su país. Más allá de todas las polémicas y novedades en las que se involucra, hay tradiciones que no cambian. Es evidente que el intervencionismo continúa siendo parte de la agenda de Donald Trump, más allá de cierto proteccionismo económico. América Latina parece seguir ocupando el lugar de patio trasero de los Estados Unidos, con todo lo que ello implica.

Son tres los grandes ejemplos que modelan hoy la política exterior de los Estados Unidos con América Latina: Colombia, Venezuela y Argentina.

En el caso colombiano, Trump ha marcado una profunda distancia con su par Gustavo Petro. Las diferencias políticas e ideológicas son evidentes, aunque también pesan las acusaciones cruzadas por narcotráfico. Casi como en un déjà vu, Colombia vuelve a enfrentar denuncias sobre los vínculos entre la política y el narcotráfico, e incluso sobre el control territorial que mantienen los cárteles.
¿Realmente le preocupa a los Estados Unidos el narcotráfico en Colombia? Difícilmente, cuando ni siquiera logra resolver sus propios problemas internos con las drogas ilegales. Lo que se observa es más bien un aprovechamiento de la disparidad ideológica entre los líderes para generar polarización y externalizar el conflicto, con el objetivo de justificar la expansión de su flota bélica cerca de Panamá. La cercanía con este país sigue siendo estratégica para ejercer un control más riguroso —e incluso ilegal— del canal de Panamá, en el marco de una disputa comercial de mayor envergadura con China.

Con Venezuela el escenario es distinto, aunque igualmente tenso. Hay un fuerte enfrentamiento con Nicolás Maduro, a quien Trump acusa de encabezar un grupo de jerarcas con lazos directos con los cárteles de droga. Tampoco parece que al gobierno estadounidense le interese demasiado la producción o distribución de drogas desde ese país, más allá de los efectos internos que pueda generar. El trasfondo es otro: los intereses petroleros. Venezuela es uno de los mayores productores de petróleo del mundo, y mantener bajo control su comercio —al mismo tiempo que se bloquea la injerencia rusa y china— es un objetivo central de la administración republicana.

En el caso argentino, la presión es más indirecta pero responde a las mismas intenciones. No existe aquí una amenaza de militarización, sino de dominación económica. Es sabido que el gobierno de Javier Milei busca financiamiento externo para sostener sus “logros” económicos. En ese contexto, las advertencias sobre la continuidad del régimen político o el fortalecimiento institucional a cambio de apoyo financiero adquieren un tono de chantaje. Los Estados Unidos, una vez más, sacan provecho: el acceso a recursos estratégicos como el litio o el cobre, sumado al respaldo diplomático que genera efectos en cadena en la región, consolidan su posición de influencia. Además, la reducción de la presencia china en la economía argentina es un objetivo explícito en los despachos de la Casa Blanca.

En este contexto, el factor común es evidente: la enemistad con China. América Latina sigue siendo, para los Estados Unidos, su zona de influencia natural y prioritaria.

Ayer la URSS, hoy China

La receta se repite: dominar América Latina para apropiarse de sus recursos y fortalecer la zona de control ante la influencia de potencias extranjeras. Como en los tiempos de la Guerra Fría y bajo la Doctrina de Seguridad Nacional, los Estados Unidos intensifican, bajo el mandato de Trump, su presencia en la región mediante amenazas bélicas, chantajes económicos y estrategias culturales.

Si se observa el tablero geopolítico actual, los tres principales líderes del mundo —Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping— comparten una misma lógica: la expansión de sus zonas de influencia. Como si se tratara de una nueva “paz armada”, cada potencia busca extender sus fronteras de control. Trump entendió que Joe Biden había descuidado América Latina desde la perspectiva de los intereses estadounidenses y, casi a contrarreloj, busca ahora recuperar ese terreno aplicando una vieja fórmula. América Latina no es solo su patio trasero: también es su laboratorio y su proveedor de recursos.

Con China y Rusia ocurre algo similar. Xi Jinping mantiene una fuerte presencia en torno a Taiwán, en el marco de un conflicto histórico que se articula con la llamada Línea de los Nueve Puntos. Paralelamente, Rusia busca preservar su influencia en Europa del Este, con la guerra en Ucrania y la amenaza constante sobre países miembros de la OTAN y de la Unión Europea cercanos a su frontera, como Polonia, Finlandia y los Estados Bálticos.

Este panorama desnuda el modus operandi de las potencias en un mundo cada vez más multipolar. Pueden añadirse otros ejemplos, como las tensiones en el subcontinente indio o los movimientos nacionalistas en África, para comprender que la tendencia dominante es la desglobalización.

Lejos de un Estados Unidos hegemónico, lo que predomina es una nueva distribución de zonas de influencia, donde las potencias refuerzan su presencia histórica y profundizan las relaciones desiguales con los países más pobres o dependientes. En síntesis: América para los Estados Unidos, Asia para China y Europa para Rusia. El resto, que se las arregle como pueda.

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Braden o Perón, edición 2025

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Se cumplieron 80 años del hito fundacional del movimiento político más grande de Argentina y uno de los más emblemáticos de América Latina: el peronismo. En ese bravío político en el cual se encontraba la Argentina y previo al comienzo de una era que iba a cambiar nuestra historia para siempre, esa famosa grieta dijo presente con la disyuntiva Braden o Perón, la cual pareciera seguir presente hasta hoy en día. 

Kicillof o ¿Trump? 

La historia pareciera estar condenada a repetirse, y en un país como Argentina, una semana política es el equivalente a meses de política en otros lugares del mundo. Esta misma vorágine se expresa en cuestiones que en la inmediatez afectan al gusto/disgusto por un político o por otro. Más allá de eso y hasta más allá de resultados electorales, el peronismo siempre está. 

Esa situación de perdurabilidad del peronismo nos trae a una inevitable comparación actual con el lema Braden o Perón. Esta dualidad tuvo relieve en 1945, entre el entonces embajador de Estados Unidos y secretario de trabajo próximo a convertirse en presidente de la nación. Básicamente lo que plantean, a través de dardos cruzados y hasta de producciones escritas (“carpetazos”, en la jerga actual política) son dos modelos de país yuxtapuestos. Braden bajo el ala del sometimiento o la alineación a Estados Unidos y Perón bajo la consigna de la soberanía nacional y la Tercera Posición o el no alineamiento con ninguno de los órdenes de mando mundial en ese entonces, el comunismo soviético y el capitalismo estadounidense. 

Hoy es difícil ponerle nombres propios a esa disputa. ¿Quiénes representan el pensamiento de Braden? Curiosamente la dirigencia actual, encabezada por el mismo presidente Milei, hasta, quizás llegar a suelo estadounidense. Personalidades como Trump o Bessent han puesto sus ojos (y garras) en la realidad argentina, a tal punto que intentan influenciar en el resultado eleccionario con el argumento de girar dinero al país si la Libertad Avanza consigue un buen resultado. 

Del otro lado es aún más difícil pero más previsible saber de dónde saldrá ese estirpe que represente los valores de Perón. Con Cristina Fernández de Kirchner presa, dirigentes peronistas con poca intención de voto como Guillermo Moreno y Santiago Cuneo, con provincialismos cada vez más fuertes que engloban al peronismo, todo parece indicar que la figura que toma fuerza es la de Axel Kicillof. El gobernador de Buenos Aires no solo sacó un buen resultado en las legislativas de su provincia, sino que pareciera ser un rostro conocido que se quedaría con esa base electoral a nivel nacional, y, por qué no, ser quien cuadre en esa fuerza de soberanía nacional por sobre el interés del extranjero. 

Lo curioso de “Braden – Perón 2025” son las condiciones de unos y otros. Por un lado un líder “bradenista” con amplio apoyo popular como Javier Milei y que detenta el poder de mando del país, y por otro un líder exógeno del peronismo. Kicillof supo ser crítico del gobierno de Néstor y de la economía de Lavagna – Moreno, a tal punto que hasta CFK lo llamó marxista en cierto momento. Parece ser que este contexto no se da entre la pureza ideológica como tal, sino en un mboyeré político, propio de los tiempos que corren. 

La grieta, un invento argentino 

Si bien esta diferencia marcada de modelos de países actualmente nos lleva hasta el famoso lema Braden o Perón. Esta disputa de intereses es algo tan argentino como el dulce de leche, el asado y el mate. 

Si uno se pone quisquilloso, debería decir que antes de ser Argentina como tal, ya teníamos este inconveniente o está característica. 

Algunos de los hechos que le dan veracidad a esta afirmación son las disputas en el Virreinato del Río de la Plata entre pro españoles y aquellos que abogaban por el uso libre del comercio en el puerto de Buenos Aires. Ya consumada la Revolución de Mayo, la pelea entre morenistas y saavedristas dentro de la Primera Junta y los círculos intelectuales y patriotas se hizo presente. Con el correr del tiempo se consolidó la marcada diferencia entre federales y unitarios, que conllevó a un ciclo de inestabilidad y combates dentro del territorio de la actual Argentina. La figura paradigmática de Juan Manuel de Rosas y su oposición al desastre de Rivadavia, en conjunto con su manera de manejar los hilos de Buenos Aires y su reticencia o sus argumentos para no sancionar una constitución le valió el mote de líder autoritario con el correr de los años, pero en ese momento fue la generación del 37 quien lo enfrentó severamente. Si seguimos avanzando en el tiempo, la generación del 80 tuvo sus evidentes detractores, como también Irigoyen con su arribo al poder mediante la Ley Saenz Peña, de hecho a este último le cabió la crítica de ser el primer populista de nuestra historia. Llegado el tiempo de Perón en adelante, la contraparte tuvo muchos nombres y significados a nivel social, pero siempre con la misma premisa de marcar rumbos diferentes. 

Eso es lo que tienen en común todos esos procesos históricos, marcan modelos de país distintos, ya sea por economía, por gobierno o por formas políticas, la grieta estuvo siempre. Los valores que representan al capital extranjero suele verse en las élites urbanas y conservadoras, en tanto que los sectores más de corte popular es donde se encontró ese refugio de resistencia, que tuvo y tiene muchos nombres: San Martín, Rosas, Perón, etc. 

¿Algún día esto se va a zanjar en Argentina? Posiblemente nunca, ya que forma parte de las dos caras de los argentinos o al menos de los dos tipos de argentinos que existen. Luego podemos cuestionar y analizar cómo se forma cada uno, pero es innegable que son modelos imperantes que en nuestra historia existen. Como fenómenos nacionales tienen particularidades propias de los cultural y la idiosincrasia, muy visible en ambos lados pero fácil de denotar en el peronismo o en los sectores populares. En otros países hubo guerras internas para terminar con esas diferencias, como la Guerra de Secesión en EEUU que terminó por marcar al modelo industrial por sobre el agrario, sentando las bases para un capitalismo de mayor desarrollo. 

En nuestro país sí que corrió sangre, pero no en forma de guerras directas. Hubo golpes de estado, gobiernos que desaparecieron personas, hubo bombardeo de plaza de mayo y hasta una situación de enfrentamiento entre guerrillas y cuadrillas policiales y militares, pero nunca se terminó esa imposición de uno sobre otro. Nuestro ADN argentino tiene una lucha interna por ambos modelos, de difícil coexistencia pero no imposible. 

A 80 años de la creación del peronismo parece que nada cambió, hay nuevos Braden que dicen que van a terminar con ese modelo y a nuevos “cabecitas negras” que se movilizan día y noche hacia el lugar donde Cristina Fernández de Kirchner cumple con su prisión domiciliaria, y lejos de pedir por su liberación como la de Perón en el 45, sigue expresando un deseo de parte de la población. Tal y como dice una popular canción de Viejas Locas: Todo sigue igual

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¿Paz o circo?: El triste caso de Gaza

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Después de meses de insistencia por parte de la administración de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, el alto al fuego duradero —al menos en los papeles— parece ser una realidad en el enclave palestino. Sin embargo, surgen interrogantes inevitables: ¿qué se esconde detrás de este acuerdo? Y, sobre todo, ¿es real o meramente mediático?

Dos años de infierno

Casi con precisión de cronómetro, Hamás e Israel acordaron un alto al fuego en Gaza, apenas dos años después del inicio de la conflagración que siguió al devastador ataque de la organización terrorista con base en Gaza contra los kibutz israelíes.
Las esperanzas comenzaron a resurgir en movimientos sociales de todo el mundo, y una tenue sonrisa se dibujó en los rostros de miles de palestinos que caminan lentamente hacia los restos de lo que alguna vez fue su hogar, hoy reducido a escombros.

Mientras tanto, dentro de los Estados Unidos crecía la presión para acelerar un acuerdo en Medio Oriente, ante la sensación de que Israel comenzaba a desbordar los márgenes del control diplomático de Washington.
Si bien el gobierno de Trump había asumido con la promesa electoral de contener los conflictos bélicos heredados de la administración Biden, en el caso de Gaza la intervención fue especialmente insistente.
Más allá de la guerra en Ucrania, la cuestión de Medio Oriente se volvió prioritaria debido a las acciones cada vez más desmedidas de un Netanyahu fuera de control. No es novedad que Estados Unidos e Israel mantienen una alianza estrecha desde la fundación del Estado israelí, pero las decisiones del primer ministro comenzaron a sobrepasar incluso los intereses estratégicos de su aliado histórico.

Es ingenuo creer en la supuesta benevolencia del poderoso frente al oprimido: la historia es otra. Dos hechos específicos motivaron la presión de Washington. En primer lugar, el ataque directo de Israel contra miembros de Hamás en Qatar, un socio clave de los Estados Unidos en la región. La posibilidad de una escalada que involucrara a Doha amenazaba con desestabilizar el equilibrio de alianzas en Medio Oriente y reabrir un conflicto árabe-israelí al estilo de la década de 1960. Si eso ocurriera, el dominio estadounidense en la región —y en especial sus intereses petroleros— se verían comprometidos, provocando un aumento del precio de los combustibles y, con ello, una potencial crisis económica. En el contexto de una guerra comercial con China, ese escenario sería un golpe directo al sistema internacional.

Además de las razones geopolíticas, existió un factor cultural y humanitario que impulsó a Trump a apurar el alto al fuego: la creciente condena internacional por las atrocidades cometidas en Gaza. Los miles de civiles muertos —entre ellos mujeres y niños—, los desplazamientos forzados y la obstrucción de la ayuda humanitaria convirtieron el conflicto en un símbolo del horror contemporáneo.

En numerosos países, especialmente musulmanes y árabes, se multiplicaron las manifestaciones masivas, que pronto se replicaron en Occidente. Reino Unido, Italia, España, Francia, Australia y los propios Estados Unidos fueron escenario de marchas multitudinarias que denunciaron el accionar del gobierno de Netanyahu sobre Gaza.
Aun cuando las investigaciones internacionales siguen su curso, los hechos exhiben una violencia sistemática y sostenida contra la población palestina. Washington comprendió que, más allá de la retórica, la presión internacional podía volverse insoportable: financiar al aliado implicaba asumir parte de su responsabilidad.

Por estas razones, Trump aceleró las negociaciones para alcanzar un principio de acuerdo en Gaza. No lo hizo por convicción pacifista, sino por conveniencia política y geoestratégica.

Una paz frágil

Detrás de los titulares optimistas, la realidad se impone: este acuerdo no pacifica Medio Oriente. La conflictividad seguirá latente, alimentada por las incertidumbres sobre la reconstrucción de Gaza, la delimitación fronteriza, la presencia militar israelí y el papel de la Autoridad Nacional Palestina.
Si la comunidad internacional pretende respaldar a la Autoridad Palestina, deberá comprometer financiamiento para reconstruir el enclave y garantizar el cumplimiento de las promesas israelíes. Nada asegura que, tras la devolución de rehenes y los cuerpos de quienes murieron en cautiverio, el gobierno de Netanyahu no mantenga fuerzas militares en las zonas aledañas a Gaza.

El otro problema es histórico. Medio Oriente difícilmente alcance estabilidad mientras coexistan Israel e Irán: dos países con modelos políticos y religiosos opuestos, que niegan la legitimidad del otro. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán asumió la causa palestina como propia, transformando la región en un tablero geopolítico de tensiones permanentes.

No es cierto que “Medio Oriente siempre fue un caos”. Hubo períodos de coexistencia y de relativa estabilidad. Pero mientras persistan las actuales condiciones de enfrentamiento —y la presencia activa de Estados Unidos—, la región seguirá siendo un polvorín.
Hoy Gaza respira, pero nada garantiza que mañana no vuelva a estallar un nuevo conflicto. Y si eso ocurre, los protagonistas volverán a ser los mismos del triángulo bélico que define el destino de la región: Estados Unidos, Israel e Irán.

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No hay plata for export

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Una de las tantas frases que catapultó al estrellato en los titulares de los medios internacionales al actual presidente Javier Milei, parece ser que no sólo resonó sino que caló hondo en las tierras de un aparente aliado político. Donald Trump tomó con un guante los dichos de Milei y parece demostrar poco a poco que está dispuesto a mostrar gestos de reformas estatales por las buenas o las malas. La motosierra de Elon Musk se fue pero la decisión de Trump sigue siendo la misma, sobre todo porque es una decisión política, no económica. 

Shutdown e incertidumbre 

El sistema estadounidense tiene un curioso sistema electoral, y sobre todo cuando se trata del tratamiento del presupuesto, en una evidente contraposición a la realidad argentina. Si las cámaras no se ponen de acuerdo y no se dan los votos necesarios, el ejecutivo entra en un shutdown o en un cierre de gobierno. Esto no significa que el gobierno tambalea o que procede a hacer cambios profundos en nombres de funcionarios ni tampoco a un llamado anticipado a elecciones, es sólo una crisis. Decir “sólo” es irónico. El shutdown es, literalmente, la paralización de las funciones del Estado, en pos de no haber alcanzado un acuerdo en común para el presupuesto del año venidero. 

Esta situación en la que se encuentra actualmente Estados Unidos se ha repetido durante 21 veces en su historia, al menos desde la aplicación de este sistema en la década de los 70. Estás 21 veces contemplan la crisis actual. La que más tiempo duró fue de 35 días entre diciembre de 2018 y enero de 2019, bajo la primera presidencia de Trump. Coincidencias si las hay. 

El funcionamiento de las partes esenciales del gobierno federal trae a colación el cese temporal de trabajo de al menos 800 mil personas. Estás no cobran su sueldo hasta que el país no salga del cierre de gobierno. Además de eso, se interrumpen los servicios en lugares como parques nacionales, atracciones como el museo Smithsoniano y monumentos y sitios tales como la Casa Blanca o el Capitolio. Además de ello, entes burocráticos que realizan controles como la FDA o el visado y demás departamentos también se ven afectados. Cabe destacar que la pérdida de productividad por un shutdown es de miles de millones por día, comprendiendo retrasos en pagos, suspensión de vuelos en aeropuertos y programas como préstamos estudiantiles. Literalmente es un golpe a la economía. 

Hasta ahora, la radiografía del shutdown, producto de falta de consenso partidario, no arroja indicio alguno que lo relacione con el famoso “no hay plata”. Sin embargo, la situación cambia de consideración cuando se filtra la información de supuestos pedidos de la Casa Blanca para preparar órdenes de despidos y cierre en distintas entidades u organismos del Estado estadounidense. Esta filtración por parte de medios internacionales ha puesto los pelos de punta a parte del sistema, entendiendo al shutdown no solo como el desenlace de un conflicto partidario en el Congreso, sino como el aprovechamiento para ejecutar un recorte pronunciado en el Estado. 

“No hay plata” pronunciaba Milei cuando recién había asumido y su popularidad brotaba a cada paso que daba, ¿y si ahora es Trump quien se está preparando para el ajuste? No es una novedad que al mandatario estadounidense le seduce la idea de achicar lo máximo posible a los gastos del Estado, no tanto inclusive para ganar dinero, sino para marcar un campo de batalla contra la idiosincrasia demócrata de la multiplicidad de organismos, los cuales, además de toda crítica válida hacia la burocracia, expresa representatividad para varios sectores sociales. De hecho, aunque en los papeles está asegurado, el mayor temor es comenzar a perder terreno en espacios como la seguridad social y la salud. De por si, esos paradigmas en EEUU suelen ser foco de discusión, si poco a poco pierden financiamiento, el país podría estar a las puertas de una profundización de la desigualdad y el acceso a oportunidades. ¿Un modelo Milei en EEUU? 

El fenómeno barrial 

Milei constantemente pretende generar la idea de que su figura tiene proyección internacional y, si tomamos como parámetro lo antes analizado de Trump y el shutdown, pareciera ser que sí, aunque en realidad forma parte de algo más grande. Hay un fenómeno global que muestra cierta predilección por líderes a los que no les interesa las formas sino la resolución. Hay una crisis evidente de la democracia liberal tal y como se la conocía al menos desde mediados del siglo XX que es digna de prestar atención. 

En la actualidad parece ser que hay un desgaste de los modelos democráticos con sus instituciones y un evidente hartazgo poblacional ante las fallas o grietas que presenta este sistema, ampliado por discursos que lo envalentonan. La constante necesidad de hablar de un Estado grande o un Estado chico, la cantidad de empleados, la funcionalidad de los organismos, el dinero que se destina a cada sector y la falta de compromiso de partidos tradicionales, está generando a nivel mundial una complicidad para aceptar a líderes cada vez con tintes más autoritarios. Y si, es cierto, el “no hay plata” no fue una explicación económica, fue una declaración de principios sobre cómo imponer por sobre consensuar. En una sociedad del hartazgo, dar meras esperanzas de estabilización económica y hablar con el lenguaje de los vecinos de a pie es suficiente para ganarse el voto y ahí es donde la democracia empieza a perder absoluta validez. Lo que lleva a la pregunta, ¿Vale una democracia que solo promete o un autoritarismo que intenta “resolver”? Aunque claro, detrás de esa “resolución”, siempre hay intereses y siempre está el lobby, esperando con el cuchillo y el tenedor en las manos. 

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Mister President, gud blis iu

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Hay quienes afirman que quienes no aman a su patria la condenan a nunca crecer, y no parece una idea tan alejada de la realidad. Más allá de la romántica semántica del sentir nacional, es cierto que el camino hacia el crecimiento y desarrollo económico que culmina con la formación de potencias nace desde el posicionamiento. Hoy Argentina está volviendo a mostrar un alineamiento absoluto con Estados Unidos, algo que parece poner en segundo término a los intereses nacionales, sobre todo los de largo plazo. 

Buenos Aires – Washington, sin escalas 

Decir que Milei es un ferviente admirador de Estados Unidos y particularmente de Donald Trump no es una novedad, de hecho, a cada paso en política exterior, es más notoria la cercanía política. Ciertamente a Estados Unidos no le importa demasiado Argentina, no tenemos mucho que ofrecerles más que algún voto en la ONU… siempre y cuando no hablemos de recursos. 

Recién a final del siglo XIX es que comenzaron a aceitarse las relaciones bilaterales con el comercio internacional, principalmente de carne y trigo desde nuestro país hacia el norte, además de la senda inversión en ferrocarriles, no dejando pasar por alto la famosa “importación” de maestras de Estados Unidos bajo el mandato de Sarmiento.

Ya a principios del siglo XX, la batalla en los frigoríficos argentinos era entre Estados Unidos y Reino Unido, y de hecho, este último ganaría la pulseada por la economía nacional debido al nefasto pacto Roca-Runciman en 1933 que le concedía prácticamente el monopolio del comercio argentino a cambio de mantener la compra de carne. 

Con la llegada de Juan Domingo Perón la relación se tensó bastante, sobre todo por la famosa “Tercera Posición” del entonces presidente argentino que no se alineaba ni con Estados Unidos ni con la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, en pleno contexto de Guerra Fría. 

De hecho, como dato de color, tras la caída de Perón en 1955 por el bombardeo a Plaza de Mayo, un puñado de años después, Argentina ingresa al Fondo Monetario Internacional, un ente multilateral con evidente influencia estadounidense. 

Los dos tres momentos de mayor cercanía entre Estados Unidos y Argentina se dan en la última dictadura cívico-militar con la adopción de políticas “neoliberales” y la doctrina de los Chicago Boys. Después, el menemismo y los 90’s con la Convertibilidad y la cercanía diplomática en la ONU y en conflictos de extranjeros como la Guerra del Golfo, a tal punto de ser considerado como un aliado extra-OTAN. Finalmente, el macrismo representó un punto de cercanía entre Washington y Buenos Aires, sobre todo en materia comercial y lucha contra el narcotráfico. 

¿Qué tienen en común estos gobiernos? La falta de concepción nacional en el desarrollo, el debilitamiento de la industria nacional y el endeudamiento. No se trata de vanagloriar al kirchnerismo por su política exterior, que demostró cercanía a regímenes como el ruso, el chino o el iraní, sino qué lugar ocupa la nación propia a la hora de representar intereses. Si hay algo que está claro es que aquel que se arrastró por Estados Unidos nunca tuvo un final feliz. 

Make Milei Great Again 

¿Que puede ofrecer nuestro país para que Estados Unidos nos dé tanto respaldo?  Si bien no hay una respuesta única, sí hay una tesitura que se desprende de las experiencias paralelas y previas que tiene el Tio Sam con otras zonas del mundo: endeudamiento y ocupación. 

Difícilmente en el corto plazo Argentina tenga cómo devolverle al Tesoro de Estados Unidos si se ejecuta un swap o un préstamo, debido a la propia dinámica del mercado y de las condiciones estructurales de nuestra economía. Sin embargo, hay algo que Argentina tiene y a Estados Unidos le importa mucho: recursos naturales y minerales. 

Por dónde se mire en un mapa, Argentina goza de una riqueza absoluta con minerales como litio y cobre, por nombrar algunos de ellos, como así también extensas tierras y ecúmenes en cuántas regiones se observe. En el caso del litio, es menester aclarar que Argentina forma parte del triángulo de este mineral, compuesto además por Chile y Bolivia, detentando alrededor del 70% de la producción mundial, lo cual lo hace un punto de vital atracción para las potencias. 

Por otro lado, algo que podría interesar al Tío Sam es el posicionamiento geopolítico de Argentina. Nuestro país goza de un territorio extenso, en donde la instalación de bases militares y de investigación podrían ser claves para la inteligencia y operatividad de Estados Unidos. 

Sin ir más lejos, la Triple Frontera es un eterno lugar de interés y, además, de profunda utilidad geopolítica por su cercanía con Paraguay y Brasil, comprendiendo el comercio internacional y el delito transnacional fronterizo. 

Es también importante dedicar palabras al cipayismo rojo. Mucho se critica la postura libertaria en cuanto a relaciones carnales con Estados Unidos mantenga, sin embargo, es igual de grave aquellos que se casan con China. 

El gigante rojo es la otra gran potencia global con intereses en la República Argentina. Creer que China es más “bueno” que Estados Unidos es ingenuo. En términos de capital, es imposible establecer una diferencia en cuanto a relación de intercambio desigual. Tanto China como Estados Unidos buscan sacar provecho de Argentina por el mínimo esfuerzo o retribución posible. Aquellos quienes creen que uno es mejor que otro sólo afirma una falta de compromiso nacional, sea de izquierda como de derecha. 

“Si ellos son la patria, yo soy extranjero”, dice la canción Botas Locas de Sui Generis. Hoy parece más real que nunca. Quienes no tengan aspiraciones de defender a la patria que los vio nacer para embanderarse por un puñado de monedas, nunca verá los frutos del desarrollo. 

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