Brasil, rehén de Bolsonaro

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Las represalias de las derechas latinoamericanas no se quedan en un simple comentario en redes sociales, sino que se manifiestan en las calles. Tal es el caso de Brasil, en donde los bolsonaristas asaltaron las sedes de los tres poderes. El crecimiento de la influencia ideológica para semejante arrebato a la paz institucional tiene nombre y apellido: Jair Bolsonaro. 

El Congreso, Planalto y el Supremo Tribunal de Justicia en Brasilia fueron asediados por seguidores bolsonaristas, quienes, con afán de irrumpir el orden público, se llevaron por delante lo edilicio, lo artístico que decoraba los recintos, pero lo más importante, el respeto a las instituciones democráticas. La condena internacional hacia los hechos ocurridos en la capital brasileña la semana pasada, parece no encontrar total aceptación en el propio país de los sucesos golpistas. Tal es así, que la figura de Bolsonaro es la representación máxima de una porción grande de la sociedad, y que, como figura principal, sirvió de instigador para provocar estos asaltos. 

Fotos de Gabriela Bilo, Fotojornalista de Folha de S. Paulo cubriendo política em Brasília.

Justamente, en Brasil, y sobre todo dentro del oficialismo, apuntan hacia el ex presidente. Pero no solo como un opositor partidario, sino como una verdadera amenaza para la democracia. A tal punto, que su retorno a Brasil es una incógnita, y varias versiones giran en torno. Por un lado, el fantasma de la extradición, que podría tomar curso legal, y, por otro lado, la decisión estadounidense en mano de congresistas demócratas, exigiendo que se le revoque la visa diplomática. Más allá de eso, el concepto no busca diluirse en hipotéticos escenarios. Sino más bien, en la construcción de un fenómeno que hoy toma entidad y que amenaza seriamente al curso democrático de Brasil. 

Cuando se afirma que el vecino país es rehén de Bolsonaro, no se refiere al hecho de que no haya gente que pueda pensar de otra manera, o al hecho de intentar forzar la preferencia por el Partido de los Trabajadores, quién como todo ente que ejerció el poder tiene tópicos cuestionables. Aquí se va mucho más allá, y es al irrespeto total de las instituciones. El bolsonarismo, siendo gobierno y siendo oposición, marcó su agenda por el descrédito del sistema que eleva las voluntades populares al manejo estatal. Su posicionamiento como un cúmulo de “outsiders anti – comunistas”, solo profundizó aún más a la noción anti – Estado, que lejos de una premisa del anarquismo clásico, aboga por ampliar la diferencia entre los ricos y los pobres, casi como si se tratase de una suerte de darwinismo social, en donde se privilegie a los que mejor se adaptan a la jungla de concreto en sociedad. 

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El disparate del total desprecio del bolsonarismo por el modelo democrático esconde una cuestión aún más oscura. Son férreos defensores de la sangrienta dictadura que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. Básicamente, defender eso es estar de acuerdo con las desapariciones, con las disidencias, con los que piensan distinto, en otras palabras. Y no es tan distante al accionar poco tolerante que explicita hoy en día el bolsonarismo en términos de libertad de elección. Cierto es, Bolsonaro no promulgó un sistema de operaciones de terrorismo estatal en donde desapareció sistemáticamente a un grupo de personas, pero su afán por no aceptar a las voluntades populares, movilizado por las redes sociales y la falta de filtros en una sociedad cada vez más alejada del criticismo, resulta en un caldo de cultivo ideal para generar una fuerza de choque que, en este caso, responde a los intereses de la derecha más conservadora y recalcitrante que accedió al poder en América Latina en los últimos años. 

De esta forma, casi como en efecto en cadena entre el pastor y su rebaño, Bolsonaro al no aceptar su derrota en las urnas con Lula da Silva, solamente extendió esa incomprensión libertaria a sus seguidores. Las consecuencias están a la vista de todos y podrían continuar. De hecho, lo que se vio hasta el momento del bolsonarismo lejos está de ser lo último. Es solamente la punta del iceberg de un movimiento que acapara a millones de brasileños y que responden a la (i)lógica del ser apolítico. Esta manifestación es solo el vaciamiento de un orden crítico, y en donde pareciera ser que se marca una grieta lo suficientemente grande como para tragarse a todo Brasil: Lula o Bolsonaro – Bolsonaro o Lula. 

Sin embargo, el bolsonarismo lejos de ser una expresión nacional o, inclusive, regional de la derecha, tiene manifestaciones internacionalistas. Básicamente esto se desprende de dos lecturas. En primer lugar, es efecto de una conjunción ideológica en bloque, a modo latinoamericano. Es decir, donde existe un Bolsonaro, existe un Macri, existe un Lacalle Pou, existe un Lenin Moreno y existe una Jeanine Añez. Inclusive existen manifestaciones de esta nueva derecha de América Latina que no llegaron al poder principal de un país, pero están presentes en el espacio público y son grandes propaladores de este anti – estatismo, como por ejemplo Javier Milei o Luis Fernando Camacho (este último se encuentra detenido en Bolivia por su participación en el golpe de Estado de 2019). Este bloque fue una respuesta a un desgastado Socialismo del Siglo XXI que no supo renovarse a tiempo para mantener unida su hegemonía regional.

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Además de ello, hay una definición un tanto más alejado de nuestro bloque latino. Esta lectura responde a la presencia y la fuerte huella que dejó Donald Trump en Estados Unidos. De hecho, el trumpismo es una imagen “primermundista” del bolsonarismo. Los seguidores del ex presidente de EE.UU. se caracterizan por tintes racistas, xenofóbicos, anti – democráticos, defensores del uso de armas en civiles, entre otras aristas. Estas semejanzas se hacen aún más evidentes cuando se compara la reacción de sus líderes al perder las elecciones y lo que provocó en sus seguidores. En el caso de Trump, el asalto al Capitolio, y en el caso de Bolsonaro, el asalto a los edificios de los tres poderes en Brasil. Líderes mesiánicos que responden al discurso con mayor prevalencia en la derecha. 

Este conservadurismo político llegó renovado, con una versión más versátil, para jóvenes y adultos, con una imagen más “benevolente” y “cool” por el uso de redes sociales, pero manteniendo la premisa golpista que siempre lo caracterizó. Claro está que existen diferencias entre las derechas, aunque su espíritu de revanchismo ideológico se mantiene intacto, como si se tratará de años de la Guerra Fría, donde el mundo era una “izquierda o derecha” constante, o aún peor, un mundo en donde, según estas nuevas derechas latinoamericanas, no existe el otro, ni la otredad, ni la diferencia. 

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