Cabrera: “Lo que tenemos que hacer es ponernos a trabajar en una agenda constructiva”

“Somos uno de los países más cerrados del mundo y tenemos que concretar acuerdos comerciales con países para ganar mercados”, explicó el ministro de la Producción de la Nación, Francisco Cabrera.
El comercio internacional volvió a crecer en 2017 de modo significativo, y se prevé que también lo haga en 2018, pero Argentina permanece relegada, sin que el gobierno atine a dar respuestas de política doméstica ante uno de sus peores momentos que atraviesan las exportaciones. Mira por tevé el avance del proteccionismo de USA aunque ya se haya cobrado víctimas compatriotas al haber bloqueado la entrada de biodiésel, acero y aluminio.
De un plumazo se evaporan US$2.000 millones en las arcas nacionales más el trabajo que los generaba. Pero para el ministro de la Producción, Francisco Cabrera, la estrategia de integración al mundo sólo pasa por las importaciones. “Somos uno de los países más cerrados del planeta después de Sudán y Nigeria”. Lo atribuye a la falta de acuerdos comerciales con el resto de los países desde hace muchísimos años. “Tenemos que abrir nuevos mercados”, sostuvo en declaraciones a radio Continental. “La Argentina no está preparada para competir”, sentenció en exclusiva alusión a la vulnerabilidad de algunos sectores de la industria frente a las importaciones. Las exportaciones no contaron, al menos según el relato que hizo de la reunión, en el temario tratado con los empresarios, habida cuenta de que el nivel de recaudación de divisas ha venido dependiendo de la producción de commodities y su precio.
Marcelo Elizondo, desde la consultora Desarrollo de Negocios Internacionales que dirige, deslizó un par de datos sobre los que el gobierno debería ponerse a trabajar si de competitividad se trata: 1) en 10 años se redujo un 60% la cantidad de empresas que colocan productos fuera de las fronteras (Brasil nos duplica y México triplica); 2) apenas el 1% de los exportadores argentinos supera los US$ 100 millones por unidad. Reflejarían, por un lado, un exiguo aporte vendedor de las filiales locales de las grandes compañías en las transacciones globales a nivel corporativo, y por otro, la necesidad de redoblar esfuerzos en pos de abrir mercados exteriores para las Pymes.

No es casual que Argentina haya tenido reiteradas performances decepcionantes en las exportaciones. No sólo en el concierto internacional sino también en el regional. La comparación de los últimos dos años de la década pasada con los dos años recientes es contundente: mientras los más grandes, México y Brasil, crecieron, nuestro país se estancó, lo cual amplió la desventaja. También una economía más chica como la de Chile nos pasó por arriba, como no lo hacía en la primera década del siglo XXI. Hasta Perú se arrima con ímpetu

Los problemas de competitividad que ahora treparon en la agenda de la relación entre el gobierno y los empresarios vienen de larga data y los testimonia la disminución de la cantidad de empresas exportadoras: de 15.075 que había hace 10 años fue a 9.637 en 2016, según datos oficiales. México triplica ese número y Brasil lo duplica.

De los exportadores argentinos, nada más que el 1% vende por valor de más de US$100 millones anuales.

Es cierto que el macrismo heredó este retroceso relativo que viene de largo y que se había estado disimulando en tanto eran altos los precios internacionales de los commodities.

Pero en cuanto dejaron de pesar en el platillo de la balanza comercial afloró y se agravó la descolocación de la producción nacional frente a competidores en los mercados externos.

El director general de Desarrollo de Negocios Internacionales (DNI), Marcelo Elizondo, quien trabajó activamente en la campaña que llevó a Mauricio Macri a la Presidencia e iba a ser el primer director de la Agencia de Inversiones y Comercio Internacional hasta que el ministro de la Producción Francisco Cabrerale bajó el pulgar, aporta desde el llano 5 tips para revertir la caída:

-Que maduren las políticas dirigidas a reducir al mínimo los desequilibrios macroeconómicos (con mejoras la tasa de inflación, el costo financiero, la presión tributaria; y con adelantos en la calidad del entorno regulatorio). La consecuente elevación de la tasa de inversión será, al respecto, de gran utilidad.

-Que mejore el entorno mesoeconómico (infraestructura, acceso a servicios varios, acceso a recursos humanos, capital social) de las empresas exportadoras. Hay en acción políticas gubernamentales que aún no han culminado en su proceso de implementación.

-Que las negociaciones económicas que están en marcha progresen para permitir a Argentina acceder a más mercados externos en condiciones que al menos permitan el m ismo confort de acceso que el que logran otros países de la región. Y que otras nuevas comiencen especialmente en mercados de potencial creciente.

-Que se trabaje en la dotación de servicios a las empresas internacionales que les permitan obtener atributos competitivos necesarios para afrontar la nueva economía. La baja internacionalidad de los actores económicos debe ser subsanada.

-Que la oferta argentina aproveche mejor la demanda de muchos grandes importadores internacionales.

Salvo en los dos primeros puntos, que dependen de los resultados que logre la denominada mesa chica de la economía, los otros tres tienen como denominador común el trabajo, la dedicación, de una cartera de Estado que no se mostró demasiado activa en la materia duran te el primer medio término de gestión: la de Producción, cuyo responsable reaccionó mediáticamente con declaraciones que expresaban el malhumor presidencial hacia sus ex colegas empresarios por habérsela pasado criticando y sin invertir.

En los hechos, propuso en el encuentro corporativo con la Unión Industrial Argentina reactivar las mesas sectoriales, que no se sabe por qué fueron interrumpidas el año pasado, a pesar de que venían generando consensos en algunas áreas, como la petrolera, automotriz, electrónica y metalmecánica.

Proteccionismo ajeno

Otro partido que se le fue de las manos al Ministerio de la Producción fue el del reacomodamiento del intercambio bilateral con Estados Unidos, víctima de la acción de lobbies americanos que se montaron en el proteccionismo proclamado por el presidente Donald Trump.

El golpe más duro lo recibió la nueva industria nacional del biodiésel, que llegó a ser el principal producto de exportación a Estados Unidos, con 1,5 millón de toneladas, por US$ 1.140 millones en 2016, hasta que una presión local logró que la International Trade Administration del Departamento de Comercio la sacara de circulación, con subas de aranceles imposibles, a partir de las cuales a Louis Dreyfus Corporation Argentina le fijaron 72,28%, a Vicentín 71,45% y al resto de las empresas 71,87% por las ventas del biodiésel. No hay competitividad que valga ante tamaña barrera.

No hubo llamadas telefónicas de Macri a la Casa Blanca, ni misiones al Departamento de Comercio que valieran para revertir el daño. Como tampoco tuvieron efecto alguno las respuestas del gobierno argentino a la nueva discriminación arancelaria de Estados Unidos contra las ventas de acero y aluminio, si bien al estar exceptuados México y Canadá de la medida, el grupo Techint lo padecerá desde este lado del mapa, pero no en los principales negocios siderúrgicos que hacen sus plantas radicadas en el norte del continente.

Para Estados Unidos, el acero que le llega de Argentina representa apenas 0,6% del total que importa y el aluminio 2,3%, por lo que los despachos de ambos rubros provenientes de estas latitudes no causan ni contribuyen a las distorsiones que afectan a los mercados.

La balanza comercial del país sí estará afectada, al resignar unos US$770 millones por estas exportaciones industriales vedadas, que se suman a los US$1.200 millones que faltarán por el bloqueo al biodiésel.

O sea que casi US$2.000 millones en total se restan a la columna del haber en el intercambio bilateral con USA, destino de nuestras exportaciones que, paradójicamente por primera vez en varios lustros, el año pasado se había convertido en el segundo de Brasil y desplazando, aunque apenas, a China como nunca había ocurrido desde hace muchos años en el inicio del siglo.

De todos modos, ese ascenso de las ventas argentinas al País del Norte modificó lo alto del podio, pero no la estructura que asumió el platillo exportador de la balanza, donde 3 de los principales 6 destinos son asiáticos.

Precisamente, Sudamérica y Asia son los dos principales continentes receptores de nuestros productos.

En ese sentido, Asia Pacífico (US$10.237 millones) se ha venido acercando al Mercosur (US$11.970 millones).

La provisión de alimentos constituyó el principal componente (57% del total) de las exportaciones en 2017. La industria oleaginosa fue artífice de este resultado y los vegetales (especialmente primarios) se ubicaron segundos.

En cambio, el abastecimiento para la producción industrial fue el principal componente de lasimportaciones (58%), con preeminencia de máquinas y aparatos (28% del total), seguidos por el equipamiento de transporte.

Una vez más, las compras externas se concentraron en tres países: Brasil, China y EE.UU., que ocuparon más de la mitad del total en 2017.

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