CIENCIA

Día Mundial del Reciclaje: un siglo usando diferentes versiones del plástico

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El material que utilizamos a diario el plástico, que no deberíamos transformar en basura, un día como hoy cobra relevancia, ante los grandes problemas de contaminación al no reciclarlo.

El plástico es un material que aparece en todos lados, desde el tablero de un auto, hasta en los precintos para cerrar bolsas y es en el uso que se define que tan bueno o malo puede ser. Una cosa cierta, es que casi todas las piezas de plástico fabricadas a lo largo de la historia todavía existen.

Es conveniente armar un glosario de tres términos que no son tan frecuentes. Existen monómeros (moléculas) que se convierten en polímeros (sustancias compuestas por distintos monómeros), mediante la polimerización (proceso químico en el que los monómeros se agrupan entre sí, dando lugar al polímero). El polímero es aquello que se suele llamar plástico.

Los polímeros pueden ser naturales como el caucho, o sintéticos como el poliestireno (Telgopor); y es en este último caso en el que son derivados del petróleo. Hace poco tiempo aparecieron los plásticos biodegradables, que después de un tiempo se transforman en dióxido de carbono, agua y biomasa. Hay plásticos PET (Tereftalato de polietileno), PVC (cloruro de polivinilo), HDPE (polietileno de alta densidad), LDPE (polietileno de baja densidad), PP (polipropileno) y PU (poliuretano), son ejemplos de polímeros con usos específicos, pero que generalmente llamamos plástico.

En la década del 60’ las maderas, cartones, vidrios que se empleaban en envases se empezaron a reemplazar por el plástico; en los 70’ se reemplazaron algunos metales livianos; en los 80’ la producción de plásticos aumentó un 620%. Tanta fue su aceptación que se empezaron a emplear en áreas como la salud, la indumentaria y el hogar, después se expandieron a todas las áreas. Al 2020 la Asociación Europea de Productos de Plástico produjo un total de 367 millones de toneladas, que se suman a los 60 millones de toneladas producidas en Estados Unidos.

La industria de los plásticos es aún más grande que la de los metales o el acero. El plástico está presente en todos los estratos, desde la parte industrial hasta la parte agrícola, y en la vida cotidiana. Desde la vestimenta, hasta los juguetes, los envases, hoy por hoy llevan plástico.

El problema de los descartables

Gran parte del problema de los plásticos, tiene que ver con la reutilización y el reciclaje de los mismos. Gran parte de la sociedad no clasifica sus desechos haciendo compleja la tarea de la recuperación de este material.

El gerente de la planta Colombraro, señaló para La Nación: “El plástico tiene mala fama cuando hablamos de plásticos descartables, porque nadie va a tirar un balde al agua, pero sí mucha gente deja un vasito de plástico en la playa”. Y agregó, “El 100% del plástico es recuperable y reciclable. Si la gente supiera, como sucede en otros países, que hay que separar los residuos y que el plástico se puede recuperar, sería mucho más fácil”.

En la fábrica, enfatiza que no se desperdicia ni un solo gramo de este material. “Todos los recortes, o productos con fallas se vuelven a moles, separar por colores y a utilizar como materia prima”, dice. En Colombraro se producen entre 12 y 15 toneladas por día de artículos de plástico, y podrían producir el doble si la situación fuera mejor. Dentro de sus líneas, tiene una exclusiva realizada con materiales reciclados, que cuestan más baratos que los fabricados con plástico virgen.

En la Argentina, se calcula que una persona consume 55 kilos de plástico por año, en promedio. El gran problema es que ocurre con esos plásticos después de ser desechados. “El conflicto está en el consumo de plástico en aplicaciones que no necesariamente son las más adecuadas” sostiene Vera Álvarez vicedirectora del Instituto de Investigaciones en Ciencia y Tecnología de Materiales, del Conicet, Mar del Plata.

“Lo ideal sería que tengamos estos materiales como aliados para nuevos materiales y desarrollos, y no como enemigos”, señala la investigadora.

Según la Organización de las Naciones Unidas, solo el 9% de los desperdicios de plástico son reciclados. El problema está en cada persona, no en el material en sí, tomar consciencia es un gran paso en el día del reciclaje.

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China afirma que encontró evidencia de agua en Marte

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Los científicos chinos siguen muy de cerca la información del vehículo rover Zhurong, que se encuentra en marte desde 2021.

El vehículo chino de rover Zhurong, encontró evidencia de agua líquida en Marte, que pudo haber sido abundante hace millones de años, de acuerdo a datos relevados por los científicos de la Administración Espacial (CNSA).

El rover aterrizó en el planeta rojo en 2021, detectó evidencia del agua en dunas de arena ubicadas en latitudes bajas, es decir, lejos de sus polos.

En algún momento de la historia en Marte, el agua pudo haber estado muy extendida, cuando presumiblemente el planeta era más cálido y húmedo, además de tener una atmósfera más espesa.

La atmósfera en marte es solo el 1% de densidad de la atmósfera terrestre, lo que dificulta que el agua esté en estado líquido, pero sí puede haber en forma congelada, ya sea en lagos subterráneos o glaciares.

La NASA, como la Agencia Espacial Europea y otros organismos, encontraron evidencia de agua antigua en el planeta, pero demostrar la presencia reciente de agua es complejo. El año pasado, un equipo internacional de investigadores sugirió que puede existir agua líquida debajo de la capa de hielo del polo sur del planeta. Pero este nuevo estudio, es una primera evidencia.

Zhurong, se encuentra en el borde sur de Utopia Planitia, una serie de llanuras volcánicas en Marte, para recopilar datos se utilizó tres de los instrumentos del rover: dos cámaras y el detector de composición de superficie (MarSCoDe) para analizar la composición de las dunas en las inmediaciones del lugar de aterrizaje.

“De acuerdo con los datos meteorológicos medidos por Zhurong y otros rovers de Marte, inferimos que estas características de la superficie de las dunas estaban relacionadas con la participación del agua salina líquida, formada por el posterior derretimiento de la escarcha/nieve que cae sobre las superficies de las dunas que contienen sal cuando se produce el enfriamiento”, explicó Xiaoguang, geofísico de la Academia de Ciencias de China, en un artículo publicado en la revista Science Advances.

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MultiplAI, la startup argentina que busca U$S10M para la detección temprana de enfermedades cardiovasculares

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 MultiplAI, una startup que desarrolla una tecnología basada en IA para la detección temprana de enfermedades cardiovasculares, lanza una serie A.

Los fundadores de la Startup. Fuente: Medcity.

La startup argentina saldrá al mercado para buscar financiamiento por unos U$S10 millones en los próximos días. MultiplAI, la firma que apunta a desarrollar un nuevo método de detección temprana de enfermedades cardiovasculares, la principal causa de muerte en el mundo y que cada año genera pérdidas millonarias para el sistema mundial de salud.

Los médicos argentinos Santiago Miruka y Carlos Luzzani y Mark Ramondt un ejecutivo holandés, en 2020 crearon esta startup, que combina el desarrollo de la inteligencia artificial con los últimos avances de secuenciación de ARN, para detectar el riesgo que una persona pueda sufrir enfermedades cardiovasculares a partir de una muestra de sangre.

La detección temprana, creen dentro de MultiplAI, podría recortar de manera drástica la cantidad de episodios cardiacos en función de qué tan propenso es un paciente a sufrirlos. Esto ayudaría a reducir los costos que las enfermedades cardiovasculares general al sistema sanitario mundial, que se espera que superen el billón de dólares en 2035.

Miruka y Ramondt, señalan que la startup surgió en un bar argentino, pero fue registrada en el Reino Unido en 2020. Miruka fue el nexo entre los 3, conocía a Luzzani desde hacía 15 años porque trabajaban juntos en un laboratorio. Fue cardiólogo de Ramondt que sufrió un infarto cuando tenía 35 años, a pesar de que no era una persona con las típicas señales de alarma, como el sedentarismo, tabaquismo o colesterol elevado.

Ramondt cuenta como sucedió su infarto. “Tres meses había corrido la maratón de Nueva York. Corría 10 o 15 kilómetros por día. Era flaco, no fumaba, tenía el colesterol en niveles medianos, no tenía alta presión…”. Aunque reconoció: “sí es cierto que tenía un cargo importante, era CFO de Univeler en Norteamérica de la parte de Home Care, tenía mucho estrés y no dormía. Pero, en definitiva, no reunía los signos clásicos, era de bajo riesgo”.

Miruka, a su vez relata cómo realizó el encuentro de los 3 socios. “Nos empezamos a juntar en 2019. Ellos no se conocían, pero yo los conocía a los dos. Yo soy cardiólogo, me formé en la década del 90, me fui a Canadá varios años, pero cuando vuelvo a la Argentina también armo un laboratorio de investigación en células acá”.

Dentro del laboratorio Miruka explica que empezó a trabajar en la secuenciación de ARN, que se utiliza para determinar que genes se expresan -activan- en diferentes tipos de células. “Así como haces un PCR para medir el COVID, hay una manera que se llama secuenciación, de hacer un PCR para medir todas las moléculas que están en la célula, entonces estás hablando de cientos de miles de moléculas”, simplifica.

A partir de esto, surgió la idea de la startup. “Empezamos a usar eso en las células y con el otro investigador del laboratorio dijimos: ‘vamos a hacer una startup relacionada a la cardiología, al diagnóstico y a la prevención cardiovascular’. Pero nosotros somos investigadores, no entendíamos nada de startups. Y ahí es donde lo invitamos a Mark, con su background trabajando con startups”, expresó Miruka.

Cuando tenían un inversor potencial para la firma, tres días después se decretó la cuarentena en el país, allá por el primer trimestre del 2020. “Ahí hubo una pausa y tomamos la decisión de registrarla en Inglaterra, porque Inglaterra es líder en cuestiones relacionadas a la genómica la inteligencia artificial, y líder también en el ecosistema para startups. Por eso decidimos registrarla allá y un par de meses después entramos en Illumina, que representa el 90% del mercado de secuenciación. Es como el Google de la secuenciación”, señalan.

Otro de los factores que determinó que la registraran en Inglaterra, es que esto permitiría estar dentro del “Golden Triangle”, como se conoce al triángulo que se forma entre las universidades de Londres, Cambridge y Oxford, al que definen como “la cuna de la genómica mundial”.

La financiación

MultiplAI en septiembre del año pasado logró levantar U$S2.7 millones en el mercado. Ahora va por más.

Reunir el monto con la ronda anterior, demandó unos 15 meses. Por eso, desde la startup tomaron cartas en el asunto y estarán trabajando en estos días en el lanzamiento de una Serie A. El monto que precisen dependerá de algunos resultados que estarán obteniendo los que que determinarán, por ejemplo, si necesitan armar sus propios laboratorios, o no.

“El 3 o 4 de mayo vamos a estar en Londres, en un Congreso en donde empezamos a publicar materiales nuevos. Recién ahí empezaremos a hablar de la Serie A, pero con la idea de que esto va a demorar 15 a 18 meses”. “Todavía estamos definiendo el monto”, señalan los fundadores.

Pese a ello, anticipan que las necesidades de financiamiento podrían oscilar entre los U$S10 y U$S50 millones.

Esta tecnología se basa en la Inteligencia Artificial para decodificar la información de cientos de miles de moléculas, no solo simplificaría el diagnóstico temprano de las enfermedades cardiovasculares. También redundaría en un significativo recorte de los costos.

Los costos de procesamiento de datos genómicos, señalan, se reduce a medida que la tecnología avanza. Esto permite disponer de una herramienta de análisis cada vez más económica.

De acuerdo a datos de la empresa, el 50% de los enfermos coronarios no presentan ninguno de los factores de riesgo tradicionales que detectan las herramientas de diagnóstico actuales. 4 de cada 5 infartos de miocardio y accidentes cerebrovasculares prematuros pueden prevenirse si los riesgos se detectan antes, con más precisión y se gestionan mejor.

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La yerba que se tira al lavar el mate, puede ser clave en el almacenamiento de energía

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Una publicación científica, asegura que los restos de yerba que se tiran al lavar el mate se puede utilizar para generar carbones activados, elementos claves en el almacenamiento de energía.

La publicación realizada por científicos argentinos, en la revista académica Journal of Environmental Management, sostiene que la yerba mate se puede utilizar para generar carbones activados. Los cuáles son elementos claves en el desarrollo de dispositivos para el almacenamiento de energía y otras aplicaciones.

En la Argentina, se estima que se descarta más de un millón de toneladas anuales de yerba. Toda esa cantidad de desecho de yerba mate es tirada a la basura luego de utilizarse para tomar mate, sin contar aquellos que les dan otros usos, como para compost orgánico.

Estos científicos argentinos descubrieron que el producto de descarte de la yerba mate, puede ser el puntapié inicial para una posible industria de ensamblado de supercapacitores, recursos muy requeridos en nuevas tecnologías y el sector energético.

“Hasta ahora nadie había pensado en la potencialidad tecnológica de un residuo tan abundante como la yerba mate en Latinoamérica. Pero pudimos demostrar que esa potencialidad, en realidad, es una oportunidad para la Argentina y la región”, sostuvo la Agencia CyTA-Leloir, la primera autora del trabajo, la ingeniera química Florencia Jerez.

La especialista que está realizando su doctorado en el Centro de Investigaciones en Física e Ingeniería del Centro (CIFICEN-CONICET), en Olavarría, Provincia de Buenos Aires, señaló que el descubrimiento “abre las puertas a la posibilidad de impulsar una industria que no se encuentra desarrollada y eventualmente sustituir importaciones y generar empleo local”.

“Las pruebas satisfactorias en el laboratorio nos permiten pensar en escalar a una planta piloto que, en un futuro, nos ayude a mostrar a los inversores que es factible económicamente utilizar la yerba mate en la síntesis de carbones activados”, añadió Jerez

¿Qué son los carbones activados?

Son materiales con un elevado porcentaje de carbono en su composición y que pueden servir para el uso en baterías y supercapacitores que almacenan energía, utilizándose en filtros de purificación, desintoxicantes en medicina y en la composición de jabones y cremas cosméticas.

Éstos podrían ser utilizados para reemplazar combustibles fósiles. En la actualidad se utilizan sistemas híbridos, compuestos por una batería que almacena y entrega energía de forma constante en el tiempo, un supercapacitor que absorbe los picos de potencia, y que, a su vez, alarga la vida útil de la batería.

A diferencia de las baterías que almacenan mucha energía y la liberan despacio en un periodo largo de tiempo, los supercapacitores acumulan menos, pero la entregan muy rápido. “Por eso se utilizan baterías y supercapacitores de forma complementaria”, explicó la experta al respecto.

Por otro lado, recalcó qué, “la mayoría de los supercapacitores comerciales utilizan carbones activados para el almacenamiento de energía, que se obtienen de carbonizar y tratar madera derivada de árboles que se plantan especialmente”.

En este sentido, la yerba mate que se produce, se descarta una vez consumida, permitiría obtener excelentes carbones activados, para lo cual se la debe someter a un proceso de carbonización a elevada temperatura y “activarla”, con un agente químico.

“Este proceso permitiría aprovechar un residuo ya existente como evitar la necesidad de plantar árboles para luego talarlos, con las consecuencias ambientales de ese procedimiento”, explicó Jerez.

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La desigualdad también es climática

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NexCiencia – El último informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas remarca otra vez la urgencia por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Carolina Vera, científica argentina que integra ese grupo, advirtió que los obstáculos para alcanzar ese objetivo no son tecnológicos ni de recursos sino que se trata de un problema social, político y económico.

Se ha escuchado muchas veces. Lo vemos en incontables ficciones distópicas que fantasean con múltiples versiones del fin del mundo. Lo leemos en libros, notas, papers. Se reafirma en conferencias sobre el tema, en entrevistas a expertos. Lo experimentamos al comprobar sus consecuencias cada vez más notorias. El cambio climático pone en riesgo la vida tal como la conocemos.

“Es difícil ser optimista pero hay una ventana pequeña”. Carolina Vera inició así su presentación sobre el último informe de síntesis del IPCC, brindada en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Esa apertura diminuta consiste en una meta ambiciosa: reducir las emisiones entre un cinco y un siete por ciento anual desde ahora y, al menos, durante la próxima década.

Para apreciar la magnitud de esa reducción existe un ejemplo histórico, lo suficientemente inédito y reciente como para no olvidarlo: se logró durante el aislamiento mundial por la pandemia de COVID-19, en 2020. Ese objetivo permitiría no superar el grado y medio de calentamiento global, establecido como un máximo relativamente tolerable por el Acuerdo de París de 2015.

“¿Cómo lograr esa reducción ahora con todas las personas trabajando y viviendo normalmente? Durante la pandemia la gente no salía a la calle, no usaba los autos, no había aviones. Por eso digo que el desafío es posible pero está muy lejos”, advierte Vera, quien en su presentación afirmó que ya alcanzamos una acumulación de 1,09 grados y que, de no cambiar, en poco más de diez años estaremos sobrepasando la barrera del grado y medio.

Puede parecer poco pero es la temperatura media de la Tierra, calculada en períodos de veinte años y cuya acumulación desde 1850 tiene grandes consecuencias. Ese año es parámetro para medir el calentamiento porque desde entonces se distingue la emisión de gases de efecto invernadero a causa de la era industrial, principalmente por el uso del carbón.

Para Carolina Vera, quien además es investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA) en Exactas UBA, y flamante profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires, un buen ejemplo es la ola de calor que ha sufrido América del Sur, principalmente la región centro-norte de Argentina y la mayor parte de Paraguay y Uruguay, hacia fines del año pasado.

“Un estudio recientemente publicado por compañeros argentinos (que tiene a Juan Antonio Rivera, de IANIGLA-CONICET, como primer autor) junto a científicos de distintos países de América, Europa y Oceanía, da cuenta de que esa ola de calor, que en promedio podía ocurrir una vez cada veinte años, se aceleró sesenta veces debido a la influencia humana. Eso trae consecuencias”, afirma.

El Acuerdo de París aconseja no pasar los dos grados de calentamiento, estableciendo un límite deseable de uno y medio. La diferencia entre ambos valores es importante. Para Vera, hay un salto muy grande que se refleja en la frecuencia e intensidad de eventos extremos de lluvias, temperaturas o vientos.

“Nosotros computamos cómo cambia la frecuencia de ocurrencia de los eventos extremos. Entonces, una ola de calor que se producía en un promedio de una en cincuenta años al inicio de la era industrial, ya con un grado de calentamiento es más probable que ocurra entre cuatro y ocho veces más. Con un grado y medio, entre ocho y nueve veces más. Con dos grados, catorce veces más”, ejemplifica.

Humano, demasiado humano

Vera manifiesta que la conclusión no es que debemos vivir en aislamiento, sino lograr una sociedad cuya emisión de gases sea equivalente a la que tuvimos durante el 2020. ¿Cómo alcanzar ese descomunal objetivo? La respuesta de la investigadora es tan simple como compleja:

“Implica la transición del sistema energético de una manera ambiciosa y generalizada y la del transporte. Con esos dos sectores junto al cambio del uso de la tierra, es decir, la transición de la agricultura y la ganadería, se pueden lograr reducciones rápidas con tecnologías que ya existen”. Y agrega: “También acompañar esas transiciones con misiones de captura de dióxido de carbono. Eso ya lo hace la vegetación por fotosíntesis pero se puede incrementar con otras formas tecnológicas”.

Carolina Vera

Los últimos reportes del IPCC permiten ver que los medios necesarios están disponibles. En palabras de Vera: “Ya el primero de este ciclo, publicado en 2018, concluía que el problema no es físico, porque si se reducen y capturan las emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura va a bajar. El problema tampoco es tecnológico, porque sabemos que existen tecnologías probadas que en muchos casos ya están en funcionamiento. El problema es social, político y económico”.

Para la científica, ese reporte concluye que existe suficiente capital financiero global para atender el desafío. “El problema es que vivimos en un mundo con un sistema socioeconómico que no está siendo eficiente y que implica desigualdad en la distribución de la riqueza”, destaca.

Los informes del IPCC, sustentados en cuantiosas investigaciones publicadas a lo largo del mundo, muestran que las mayores emisiones son realizadas por el porcentaje de personas más ricas del planeta, mientras que el porcentaje más pobre es el que menos emite y el más impactado. Los números que brinda la experta son contundentes: “Entre 2010 y 2020 la mortalidad humana por inundaciones, sequías y tormentas fue quince veces mayor en regiones de alta vulnerabilidad que en regiones de baja vulnerabilidad. La resiliencia climática es desigual”.

Para Vera, si bien el problema es complejo, los gobiernos tienen la capacidad de regular. “Sin embargo, los reportes concluyen que los países en desarrollo requieren de la asistencia de los países desarrollados, que tienen la mayor responsabilidad en la acumulación de gases de efecto invernadero”, explica la experta.

“Al día de hoy es poco lo que se ha hecho, se redujeron las emisiones pero no lo suficiente”, se lamenta. Y aclara: “Eso nos está llevando a un mundo que, en lugar de llegar a los cuatro grados de aumento de la temperatura media global para fines de este siglo como si no se hubiera hecho nada, se ubicará en un rango que oscila entre los dos y medio y los tres y medio”.

La investigadora señala, conforme al reporte síntesis, que hay setenta países con planes nacionales de adaptación y una decena con acciones de mitigación “ambiciosas y generalizadas”. “Es posible y hay un camino”, celebra al mismo tiempo que advierte: “En el Acuerdo de París se planteó que los países desarrollados podrían generar un fondo especial para financiar planes así. Eso no se logró y lo que hay proviene de organismos internacionales que determinan qué y cómo se financia. Hay que pensar que el cambio climático no se puede desvincular de los planes generales de desarrollo de un país. Se debería pensar al país con una acción climática transversal”.

Últimamente, han surgido discursos que niegan o disminuyen la problemática ambiental. Sin embargo, las habladurías del mundo se deshacen ante la evidencia científica. Lo explica Vera cuando dice que la responsabilidad humana en el calentamiento global es inequívoca: “hay metodologías matemáticas con las que se desarrollan simulaciones en centros de investigación de todo el mundo, de forma independiente y con los mismos protocolos, que permiten atribuir las fuentes de este calentamiento al accionar humano”.

El crítico literario y ensayista estadounidense, Fredric Jameson, alguna vez dijo que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Si bien así parece estar cifrado nuestro presente, lo cierto es que la investigación científica avanza con otro futuro posible en mente. “La ciencia avanza, lamentablemente no pasa lo mismo con las acciones para frenar este fenómeno”, reconoce Vera.

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