Ecolatina advierte que continuará aumentando el déficit comercial

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En el último año, el déficit comercial de bienes rozó los US$ 8.500 millones, revirtiendo el superávit alcanzado en 2016 (en torno a US$ 2.000 millones). Este cambio de signo fue una constante a lo largo de 2017: en un hecho inédito para la economía argentina de la posconvertibilidad, todos los meses del año arrojaron un saldo negativo. En el mismo sentido, 2017 marcó el mayor rojo en términos del PBI (-1,4%, conforme a nuestras estimaciones) desde el abandono del 1 a 1.
Esta dinámica respondió a las dispares velocidades de crecimiento que mostraron las exportaciones y las importaciones: mientras que las primeras treparon 1% i.a. a lo largo del último año (llegando a US$ 58.500 millones en 2017), las importaciones saltaron 20% i.a., alcanzando los US$ 66.900 millones.
La flexibilización del régimen de administración del comercio, un dólar barato (especialmente en la primera parte del año) y la recuperación de la actividad, fueron las principales razones detrás de esta dinámica. A contramano, un mundo en donde avanza el proteccionismo (de tintes nacionalistas en Estados Unidos y Europa y de manera industrialista en China), dificulta el despegue de los envíos al exterior. Asimismo, también impactó la anémica recuperación de la economía brasileña. Como resultado, la “vuelta al mundo”, al momento, sólo se está materializando por el lado comprador.
Por otra parte, el aumento de los precios internacionales de los productos importados contribuyó a profundizar el déficit. Si se hubieran mantenido los precios de 2016, el déficit habría sido de US$ 6.300 millones, es decir, un 25% menor (-1,0% del PBI, lo que continuaría siendo el peor resultado desde 1998).
Más allá de lo acelerado de la suba, es importante remarcar que las importaciones están retornando a los niveles que habían mostrado años atrás: las compras externas del último año se ubicaron 10% por debajo de las de 2013. Sin embargo, y esto es lo que explica lo abultado del déficit, las exportaciones fueron 20% menores que las de ese año. Por lo tanto, mientras que las compras externas se recuperan, las ventas no repuntan.
Al margen de los inconvenientes vinculados a la restricción externa (actualmente, la oferta de dólares se suple principalmente con endeudamiento externo), esta dinámica no representa un aspecto negativo en sí mismo: puede ser la contracara del proceso de recuperación de la actividad. Por lo tanto, analizar la dinámica detrás del resultado comercial, nos permitirá comprender sus causas y efectos.
Los bienes finales impulsaron a las importaciones
Comenzando por la performance de las exportaciones, lo primero que resalta es el cambio en su composición, consecuencia de una dinámica heterogénea entre los distintos grandes rubros. La caída en los envíos externos de los productos del sector agropecuario (las exportaciones de Productos Primarios (PP) y Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA) disminuyeron 5,6% i.a. y 3,6% i.a. en el último año, respectivamente) fue más que contrarrestada por el avance de aquellos vinculados al entramado manufacturero: las ventas externas de Manufacturas de Origen Industrial (MOI) treparon 11,2% i.a. durante 2017, a la par que las ventas de Combustibles y Energía saltaron 18,6% i.a.
El retroceso del sector agropecuario obedeció a su elevada base de comparación: producto de la liquidación de la cosecha retenida que tuvo lugar en el primer trimestre de 2016, las exportaciones de bienes primarios habían crecido cerca de 20% i.a. en el primer año de gestión de Cambiemos, aun considerando las inundaciones durante abril de ese año. Por su parte, las ventas de las MOA treparon un magro 0,3% i.a. en 2016, aunque fuertemente impulsadas por un primer trimestre (+15% i.a.) que alcanzó para revertir la caída agregada del resto del año (-3,4%).
De forma similar, el alza en las ventas externas de productos industriales también tuvo su base en el comportamiento de los últimos años: las ventas de las MOI se redujeron 37,6% i.a. entre 2011 y 2015, para recuperarse 4,1% i.a. en los últimos dos años. Por lo tanto, si comparamos el resultado de 2011 con el de 2017, se observa un retroceso superior al 35%.
Más allá de este aspecto negativo, es importante mencionar el rol que tuvo el incremento de las exportaciones a destinos no tradicionales: a excepción de Brasil, los envíos de MOI saltaron 13,3% i.a; a contramano, los efectuados al gigante del Mercosur crecieron casi la mitad (+6,8% i.a.). En consecuencia, una profundización de la recuperación brasileña, tal como se estima para este año, mejoraría aún más este panorama. A modo de cierre, podemos afirmar que, contrario a ciertas especulaciones previas al cambio de gobierno, tras dos años de gestión de Cambiemos, en el frente externo, los productos industriales muestran un mayor dinamismo que los agropecuarios.
Por su parte, al mirar las importaciones, el análisis vira hacia la economía local y, fundamentalmente, a su impacto en el entramado productivo: saber qué tipo de productos están dinamizando las compras externas nos permite estimar más finamente el curso que seguirá la industria, con sus efectos sobre la actividad y el empleo, entre otras variables.
En este punto, el panorama luce desalentador. Si dividimos las compras externas entre aquellas necesarias para el normal funcionamiento del proceso productivo (bienes de capital, sus piezas, insumos y combustibles) y bienes finales (bienes de consumo y vehículos livianos), se observa un mayor dinamismo de estos últimos: a la par que las compras externas de bienes finales avanzaron cerca de 30% i.a. en 2017, la de aquellos con un impacto en la producción treparon poco más de la mitad (+17% i.a.). Peor aún, si comparamos 2015 con 2017, los saltos se transforman en 50% y 3%, respectivamente.
Como resultado, las importaciones de productos que no son indispensables para el normal funcionamiento de la economía argentina, y que en muchos casos compiten con la producción local, están ganando peso dentro de nuestra canasta importadora. Durante 2017, la participación de bienes finales representó 22,8% de las importaciones totales, el valor más alto desde la crisis del Tequila (1994), superando en más de 5 p.p. al promedio 2003-2015 (17,7%) y en línea con el período 1992-2001 (22,3%). Por ende, el avance de las importaciones no es una consecuencia directa del crecimiento económico, sino más bien del proceso de apertura comercial.
En esta línea, es importante tener presente otro dato: conforme a diversos estudios históricos, la elasticidad de las importaciones en relación a la tasa de actividad se ubica en torno a los 3 puntos (es decir, por cada “punto de crecimiento” de la demanda doméstica, las importaciones avanzan un 3%). Sin embargo, esta elasticidad más que se duplicó en el último año. Por lo tanto, si bien es sabido que se parte de una situación de “represión de importaciones”, cierto “gradualismo” en el comercio exterior armonizaría su dinámica a la del resto de la economía (mostrando crecimientos o retrocesos similares).
 
Una tendencia que se profundizará en 2018
Para 2018 el Poder Ejecutivo se fijó tres metas principales: contener la inflación, garantizar un crecimiento del 3,5% y reducir en 0,7 p.p. el déficit fiscal primario, llevándolo al 3,2% del PBI. Para cumplir estos objetivos, hay una sola variable que no funciona como “sábana corta” (que cuando acerca un objetivo, aleja otro): el dólar barato. Un Peso que continúe fortalecido, acotaría las presiones sobre los precios, estimularía la actividad (en el corto plazo) y no impactaría negativamente en las arcas públicas.
Sin embargo, esta herramienta perjudicaría al resultado externo. Producto de la pérdida de competitividad cambiaria y la profundización de la recuperación de la actividad, el rojo comercial se agravará durante este año. De este modo, estimamos que en 2018, la balanza comercial será, nuevamente, la variable que el gobierno resignará en pos de alcanzar otros objetivos (más prioritarios según su visión).
En resumen, impulsado por la recuperación económica y la persistencia del atraso cambiario, el déficit comercial se profundizará en 2018, marcando un nuevo récord. En el mismo sentido, según nuestros cálculos, al continuar creciendo más aceleradamente que el resto de las variables macroeconómicas, el rojo comercial volverá a incrementarse no solo nominalmente sino también como porcentaje del PBI.

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