Es la política, estúpido

En 1992, George Bush Padre competía con Bill Clinton por ser el presidente n° 42 de los Estados Unidos. Con una imagen positiva de más del 90% y una política exterior impecable, Bush partía como gran favorito en todas las encuestas. Desde el búnker de Clinton, su asesor principal James Carville, pensó en una estrategia enfocada en la importancia de los asuntos cotidianos y la diferenciación con el pasado. Carville, personalmente se encargó de pegar en todos los pasillos un cartel que decía: “economy, stupid” (la economía, estúpido). Clinton machacó fuertemente con la recesión que sufría el país, y con un 42% de los votos pudo vencer a Bush. Desde entonces la frase se popularizó, utilizándose para ejemplificar el alto grado de incidencia de variables económicas en los regímenes políticos.
 
La crisis actual que atraviesa este gobierno en un primer momento tuvo el mote de “financiera”, cuando los vencimientos de Lebacs ponían en riesgo la liquidez del Banco Central (cercana a los $19 mil millones de u$s en Julio). En segunda instancia se la calificó como “económica”, las metas de inflación habían quedado atrás y la actividad cayó casi 7 puntos en comparación con el mismo período de un año antes. En esta última etapa la crisis es de “confianza”, el público en general no confía en los mensajes de los funcionarios y la dirección económica pareciera incierta. La palabra que mejor aplica es la de incertidumbre. El Mercado no nos cree, especula con nuestro futuro y lo peor es que nos está ganando.
 
Una crisis de confianza, necesariamente se traduce en una crisis política. Los valores y creencias que se sostienen empiezan a tambalear y la incertidumbre se apodera del público en general. La figura romántica del líder se hace necesaria, es el único que puede guiarnos a través de la tormenta. Es él quien debe traer certidumbre, explicar cómo se va a manejar el conflicto y volver a ganarse la confianza de aquellos díscolos.
 
El spot del jueves 30 de agosto, demostró una falta grave de profesionalismo en el manejo de la comunicación. Exponerlo de manera innecesaria al Presidente, publicitando un principio de acuerdo que no tuvo como contrapartida ninguna explicación técnica financiera, costó casi un 8% de devaluación. El manejo de la comunicación tiene consecuencias políticas. Siempre. Sirvió de lección para no repetir el mismo error en la conferencia del lunes 3, pero el daño ya estaba hecho. Cambiemos es muy bueno ganando elecciones pero muy malo en la comunicación de gobierno. Cuando más certidumbre debía aportar, comunicando explícitamente sus políticas financieras o de ajuste, nos encontramos con un discurso triunfalista de superación con alto contenido moral. Resurgieron nuevos motes propios de la campaña del 2015 “íbamos camino a ser Venezuela” o “lo que se robaron es lo que te falta”, que funcionan muy bien en períodos electorales pero muy mal en períodos de crisis. La certidumbre no prevaleció y el tipo de cambio (contenido por las altas inyecciones de dólares del BCRA) subió 3 pesos.
 
La teoría liberal, más que nada de divulgación, que impera hoy en día en Argentina pide más ajuste, más recorte y menos gradualismo. Generar un shock de confianza que demuestre capacidad de pago y disminuya el riesgo país. Cambiemos, de manera muy inteligente, entendió el concepto de “viabilidad política”. Entendió que “ajustar” requiere consenso y sobre todo acuerdos legislativos. El gradualismo tiene una perspectiva social humanitaria muy importante, pero también posee evidentes deficiencias como la dependencia internacional al crédito. Por estos momentos el debate no se centra en cuánto vamos a ajustar, sino en el cómo. Lo que tanto se procuró cuidar durante los primeros dos años de gestión, en el tercero (y por exigencias extrínsecas) parece más prescindible. El Ministerio del Interior, es el principal actor en esta política de ajuste, el cierre con los gobernadores en lograr las metas fiscales y la votación del presupuesto 2019 parecieran buenas metas de corto plazo.
 
En resumen, esta crisis de confianza necesita una dosis de certidumbre. Esta dosis solo puede construirse políticamente a través de un ajuste en la economía que logre el consenso necesario para subsistir. Lo más importante es comunicar ese ajuste de manera clara, técnica y concisa. La reestructuración de gabinete si bien en términos nominales no modifica el presupuesto, sí lo hace en términos simbólicos. Por los pasillos de la Rosada parecen entender al fin que la salida a esta crisis es política y no económica. Lo que todavía no se profundizó es una estrategia de comunicación gubernamental que salga de la lógica abstracta, propia de la faz electoral. Hasta que la salida no sea clara, el mercado lo va a seguir demostrando.  
 
Y esto no es la política que maneja la economía o la economía que maneja la política, son los efectos de la política en la actividad económica, en pocas palabras, es la política, estúpido.

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