Mirtha Legrand, la mujer que fue Reina antes de que la coronaran
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A las puertas de sus cien años, España la distingue con la Orden de Isabel la Católica: no para consagrarla, sino para reconocer a una figura que siempre reinó en la cercanía con la gente —y que dejó en Misiones un recuerdo que aún respira.
Hay recuerdos que no se apagan.
En Misiones, todavía persiste —como una escena suspendida en el tiempo— el paso de Mirtha Legrand por la provincia en la década del 90.
No fue una visita más.
Fue una presencia.
Porque hay figuras que se construyen con los años. Y hay otras —mucho más raras— que nacen directamente en el vínculo con la gente. Mirtha pertenece a esta última categoría.

A meses de cumplir cien años, su nombre vuelve a ocupar el centro de la escena, no por nostalgia, sino por continuidad: será distinguida con la Orden de Isabel la Católica, una de las máximas condecoraciones del Reino de España.
Un gesto que no la eleva.
La reconoce.
Porque si algo ha definido a Mirtha Legrand durante toda su vida no es la distancia, sino la cercanía. No es una figura inaccesible. Es, por el contrario, profundamente popular, gestuosa, presente.
Una mujer que entendió desde siempre que el verdadero vínculo con el público no se impone.
Se construye.
En el detalle.
En la mirada.
En el gesto.
Y Misiones lo vivió de cerca.
Participaba del programa Mano a mano con usted, compartía mesas, recorría la vida social y política con una naturalidad que hoy resulta casi irrepetible. Almorzó en la residencia del entonces gobernador Ramón Puerta, dialogó con empresarios, se integró a una escena que la recibía sin solemnidad.
No era una diva distante.
Era una presencia viva.
En ese mismo clima, tuve la oportunidad de conocerla siendo apenas un adolescente. Uno más, en esos primeros pasos en los medios, cuando el entusiasmo suele ser mayor que las certezas.
Podría haber sido un encuentro fugaz.
No lo fue.
Años después, en Buenos Aires, ya como estudiante del Instituto Argentino de Gastronomía Gato Dumas, ese recuerdo se transformó en algo concreto: me reconoció, me dio lugar, me abrió una puerta.
Ese gesto —tan simple, tan natural— fue decisivo.
Porque no se trató sólo de una invitación a su programa, junto a mi colega Nicolás García Díaz, para presentar la apertura del restaurante Croque Madame.

Se trató de algo más profundo.
De validar un camino cuando todavía está en construcción.
De mirar a alguien que empieza.
Y hacerlo visible.
A partir de allí llegaron las repercusiones: notas en La Nación, en El Gourmet y en Cuisine & Vins.
Nada estridente.
Pero sí determinante.
Porque hay gestos que no hacen ruido.
Pero cambian destinos.
También en Misiones, esa cercanía se traducía en hechos: entrevistas a gobernadores como Ricardo Barrios Arrechea, Julio César Humada y el propio Ramón Puerta, almuerzos en vivo por Canal 12 Misiones, encuentros donde la política, la sociedad y los medios se cruzaban sin intermediarios.
Allí no había distancia.
Había conversación.
Y hay algo más —menos visible, pero igual de importante— que merece ser dicho.
La generosidad.
No la que se exhibe.
La que se ejerce en silencio.
Su compromiso con la Casa del Teatro, su cercanía con el Hospital Fernández, y tantas otras acciones que no buscan aplauso, hablan de una mujer que entendió que la visibilidad también implica responsabilidad.
Y la asumió.
Que hoy España la distinga no es un dato menor.
Es, en cierto modo, la confirmación de una evidencia.
La Orden de Isabel la Católica —instituida por Fernando VII— reconoce trayectorias que proyectan cultura e identidad más allá de sus fronteras.
Y Mirtha lo ha hecho durante décadas.
Hay incluso un detalle que no pasa desapercibido: la actual reina de España, Letizia Ortiz, proviene del periodismo.
Del mismo territorio simbólico.
El de la palabra.
El de la escena.
El del vínculo.
Pero más allá de títulos, medallas o comparaciones, lo esencial permanece intacto.
Mirtha Legrand no se convirtió en reina por una condecoración.
Fue reconocida como tal porque, desde siempre, supo ocupar ese lugar.
En la memoria.
En la cercanía.
Y, sobre todo, en el afecto profundo de la gente.

