Pasar del mueble al sistema de habitar se perfila como el futuro para el sector en Argentina
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Por Mauricio Santinelli, Asora. Los cambios en la vida cotidiana están redefiniendo las oportunidades para la industria argentina del mueble en el actual contexto. Durante mucho tiempo, la industria del mueble trabajó alrededor de una pregunta relativamente sencilla: ¿qué producto podemos fabricar y vender? Hoy esa pregunta empieza a resultar insuficiente.
Los cambios en la manera de vivir, trabajar, descansar y relacionarnos con nuestros espacios están transformando las necesidades de los hogares. Y con ellas también deberían cambiar la forma de diseñar, fabricar, comercializar y comunicar el mobiliario.
El Life at Home Report 2026 de IKEA ofrece una mirada interesante sobre este fenómeno que se proyecta a los próximos años como eje de trabajo y ajustes, producto de la necesidad de adaptarse por los cambios tan rápidos que se están dando. El estudio analiza cómo la incertidumbre económica, el cambio, la tecnología y las distintas transiciones de la vida están modificando la relación de las personas con sus hogares.
Una de sus principales conclusiones es que la vivienda está dejando de ser solamente un refugio frente a lo que ocurre afuera para convertirse también en un recurso que ayuda a las personas a afrontar los cambios.
Para la industria argentina, la cuestión interesante no es trasladar literalmente las conclusiones del reporte, sino preguntarnos qué significan cuando las ponemos frente a nuestra propia realidad.
Y allí aparece una oportunidad enorme: volver a pensar el mueble desde la vida que ocurre alrededor de él.
Seguridad, comodidad y control
El informe identifica tres necesidades centrales dentro del hogar: seguridad, comodidad y control. A nivel global, la mayoría de las personas consultadas considera importante sentirse segura en su hogar; también valora como importante la comodidad; y casi tres de cada cuatro personas consideran importante sentirse en control dentro de su espacio.
Sin embargo, existe una brecha entre la importancia que tienen estas necesidades y la frecuencia con la que realmente se experimentan.
Para quienes trabajan en mobiliario, estos conceptos pueden parecer abstractos.
Pero dejan de serlo cuando los traducimos a producto.
– Seguridad: puede significar un mueble estable, reparable, durable o capaz de adaptarse a un cambio de vivienda.
– Comodidad: puede significar ergonomía, acústica, iluminación, temperatura, materiales y facilidad de uso.
– Control: puede significar orden, almacenamiento, circulación y capacidad de reorganizar el espacio.
En otras palabras, las necesidades emocionales pueden transformarse en criterios concretos de diseño.
El mueble deja de ser un objeto
Quizás uno de los cambios más importantes para la industria sea pasar del mueble-objeto al mueble-sistema.
Una biblioteca ya no tiene por qué ser solamente una biblioteca. Puede almacenar, dividir ambientes, incorporar un escritorio, alojar tecnología y generar privacidad.
Una mesa puede ser comedor durante la noche, escritorio durante el día y superficie de trabajo cuando las necesidades cambian.
Un sofá puede dejar de ser un producto estático para convertirse en un sistema modular capaz de adaptarse al tamaño de la vivienda, a diferentes configuraciones y a distintas etapas de la vida.
Esta lógica modifica también el modelo de negocio. Para el fabricante significa desarrollar familias de productos y componentes compatibles. Para el diseñador significa pensar sistemas y no solamente piezas. Para el interiorista significa disponer de herramientas capaces de resolver espacios más complejos. Y para el comerciante significa vender configuraciones, ampliaciones y servicios en lugar de una única operación.
Así, el producto deja de ser el final del proceso y se convierte en el comienzo de una relación.
Diseñar para los metros cuadrados reales
En Argentina, hablar de flexibilidad tiene una dimensión particularmente concreta. La vivienda presenta una enorme diversidad de superficies, condiciones y situaciones de acceso. Conviven propietarios e inquilinos, viviendas nuevas y existentes, departamentos pequeños, casas familiares y hogares donde distintas generaciones comparten el mismo espacio.
Existe una consecuencia evidente para el diseño: el mueble tiene que funcionar dentro de una realidad habitacional muy diversa. Para una parte del mercado, además, mudarse no implica necesariamente comprar nuevos muebles. Por eso adquieren valor los productos desmontables, transportables, ampliables, reparables y reconfigurables.
El diseño de mobiliario tiene entonces una oportunidad concreta: hacer rendir mejor los metros cuadrados existentes.
No necesariamente necesitamos más espacio. Necesitamos espacios que puedan hacer más cosas.
El almacenamiento como nueva infraestructura doméstica
El orden aparece en el informe como uno de los factores asociados a la comodidad. Se menciona tener una casa ordenada y organizada entre los principales elementos que contribuyen a sentirse cómodo en el hogar.
La consecuencia para la industria es interesante. El almacenamiento ya no debería considerarse una categoría secundaria. Puede convertirse en infraestructura del bienestar doméstico.
Placares, bibliotecas, muebles de entrada, cocinas, vestidores, muebles para dormitorios, sistemas para home office y soluciones para espacios pequeños tienen algo en común: permiten organizar la complejidad de la vida cotidiana.
La oportunidad está en pasar del concepto de “mueble para guardar” al de sistema para organizar la vida.
Privacidad sin construir paredes
La vivienda contemporánea concentra cada vez más actividades. Se trabaja, se estudia, se cocina, se descansa y se recibe gente muchas veces dentro de los mismos ambientes.
Esta superposición genera una necesidad que durante mucho tiempo estuvo asociada principalmente a la arquitectura: la posibilidad de establecer límites. Pero esos límites no necesariamente tienen que ser permanentes.
– Una biblioteca puede separar.
– Un panel puede absorber sonido.
– Una cortina puede generar intimidad.
– Un mueble puede crear una transición entre dos actividades.
– Un cabecero puede construir una pequeña habitación dentro de otra.
Aquí aparece una categoría con enorme potencial: el mobiliario como arquitectura reversible. Es una oportunidad especialmente relevante para intervenir viviendas existentes sin necesidad de realizar obras costosas o permanentes.
El nuevo concepto de confort
El confort tampoco puede reducirse al sofá más mullido o a la silla más ergonómica. La comodidad contemporánea tiene múltiples dimensiones. Es física, pero también visual, acústica, térmica, funcional y psicológica. Una habitación puede tener excelentes muebles y, sin embargo, resultar incómoda porque no permite descansar, porque carece de almacenamiento o porque no existe privacidad. Esto obliga a ampliar el campo de acción del diseño.
El diseñador de mobiliario ya no trabaja solamente con forma y material. Trabaja también con comportamientos.
El interiorista, por su parte, no debería limitarse a seleccionar productos, sino comprender cómo las personas utilizan el espacio a diferentes horas y en diferentes situaciones.
Diseñar para una vida que cambia
Otro de los aportes del informe es la importancia de las distintas etapas de la vida. Las necesidades de una persona joven que vive sola no son las mismas que las de una familia con hijos o las de una persona mayor. La vivienda cambia cuando aparece un hijo, cuando los hijos crecen, cuando se trabaja desde casa, cuando alguien se independiza o cuando diferentes generaciones vuelven a compartir un espacio.
Esto plantea una oportunidad para desarrollar mobiliario evolutivo. Productos que puedan cambiar de tamaño, configuración, altura, función o composición.
No necesariamente se trata de fabricar muebles más complejos. Muchas veces se trata de diseñar productos que puedan acompañar más tiempo al usuario. Y aquí la adaptabilidad puede convertirse en una variable de valor.
Sustentabilidad: diseñar para durar
Para la industria del mueble, la conversación sobre sostenibilidad también está cambiando. Ya no alcanza con preguntarse qué material tiene menor impacto. Hay que preguntarse qué sucede con el producto durante toda su vida.
¿Puede repararse?
¿Puede desmontarse?
¿Puede actualizarse?
¿Puede cambiar de función?
¿Puede reemplazarse una pieza sin descartar todo el producto?
¿Puede trasladarse a otra vivienda?
¿Puede tener una segunda vida?
En Argentina, estas preguntas tienen además una dimensión económica. La durabilidad, la reparación y la posibilidad de actualizar un producto pueden representar tanto una ventaja ambiental como una ventaja para el consumidor. Diseñar para durar puede ser simultáneamente una estrategia de sustentabilidad y de competitividad.
La oportunidad de la personalización
Otro cambio importante es la posibilidad de combinar producción industrial con personalización. La fabricación flexible y las tecnologías digitales permiten imaginar productos configurables en medidas, colores, módulos y terminaciones sin abandonar completamente la lógica de serie.
Para una industria con fuerte presencia de pequeñas y medianas empresas, esto puede convertirse en una ventaja. No se trata de fabricar cada producto desde cero. Se trata de desarrollar plataformas de producto que permitan diferentes configuraciones.
La estandarización puede estar en los componentes. La personalización, en la combinación. Esta lógica puede permitir que la industria responda mejor a una vivienda argentina que difícilmente puede ser resumida en una única medida estándar.
El diseñador como socio estratégico de la industria
Este nuevo escenario también modifica el rol del diseñador. El diseño no debería entrar solamente al final del proceso para resolver la apariencia del producto. Debe participar en preguntas anteriores:
¿Qué problema queremos resolver?
¿Para quién?
¿Dónde se va a utilizar?
¿Cómo se fabrica?
¿Cuánto cuesta?
¿Cómo se transporta?
¿Puede repararse?
¿Cómo puede evolucionar?
¿Cómo se comercializa?
Esta integración puede ser especialmente valiosa para la industria argentina, donde diseño e innovación todavía tienen un importante margen de crecimiento como herramientas de diferenciación.
El diseño deja de ser entonces un recurso estético. Se convierte en una herramienta de estrategia empresarial.
También cambia el interiorismo
Para los interioristas, el desafío es similar. El proyecto ya no debería comenzar necesariamente con la selección de muebles. Debería comenzar con las actividades.
¿Qué sucede en este espacio?
¿Quiénes lo utilizan?
¿En qué horarios?
¿Qué necesita privacidad?
¿Qué necesita almacenamiento?
¿Qué puede transformarse?
¿Qué puede resolverse con mobiliario en lugar de obra?
Esta mirada permite que el mobiliario se convierta en una herramienta arquitectónica.
El mueble puede definir recorridos, crear límites, organizar funciones y transformar la percepción de un ambiente. Diseñar interiores y diseñar mobiliario empiezan a ser dos caras de una misma conversación.
Y cambia también la manera de vender
Si el consumidor está buscando resolver problemas de su vivienda, el comercio tiene una oportunidad para dejar de vender solamente productos.
No es lo mismo comunicar: “Biblioteca modular de 1,80 metros”; que comunicar:
“Sistema para dividir, almacenar y trabajar en un ambiente pequeño”.
No es lo mismo vender: “Escritorio”; que vender: “Solución de home office para espacios que necesitan recuperar su función al terminar la jornada”.
El producto puede ser exactamente el mismo. Lo que cambia es la propuesta de valor. El retail del futuro probablemente tenga que mostrar menos productos aislados y más situaciones de uso.
Del producto al ecosistema
Todo esto conduce a una transformación más profunda. Una empresa que fabrica una mesa puede preguntarse qué sucede después de la venta.
¿Puede ofrecer otra medida?
¿Puede incorporar accesorios?
¿Puede cambiar una pieza?
¿Puede reparar?
¿Puede ampliar?
¿Puede configurar nuevamente?
¿Puede acompañar una mudanza?
El cambio ya está en el mercado. Toca a fabricantes y profesionales interpretar y aprovechar las posibilidades que abre este nuevo escenario.
