ECONOMIA

Por qué los guardaparques deben entender que son sólo cuidadores y no los dueños de las Cataratas del Iguazú

Por qué los guardaparques deben entender que son sólo cuidadores y no los dueños de las Cataratas del Iguazú
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A veces, la diferencia entre ser un celoso cuidador y creerse el dueño de una de las áreas naturales más espectaculares del planeta es una difusa línea que algunos traspasan. Es parece suceder, por momentos, con algunos guardaparques de las Cataratas del Iguazú.

El incidente entre el fotógrafo Sixto Fariña y tres guardaparques que lo retuvieron contra su voluntad y le generaron un desagradable momento, con la retención de su cámara y el borrado de la memoria, dejó picando un tema que muchos vienen observando desde hace tiempo.

¿Por qué tienen tanto poder discrecional los guardaparques sobre todo lo que pasa en las Cataratas del Iguazú? ¿Quién controla a las normas que ellos mismos escriben, y que regulan arbitrariamente todo lo que pasa en ese lugar precioso?

Por ejemplo, el ahora polémico tema de las fotos “comerciales”. Justamente, en uno de los lugares más fotografiados de la tierra. ¿Quién dice qué es una foto comercial y qué no?

¿Por qué la APN no interviene en estos temas donde se mezclan los intereses comerciales y debe exigirse la máxima transparencia? ¿Por qué hay un “corralito” vedando el acceso al mejor spot para hacer fotos de la Garganta del Diablo?

Los tres guardaparques -uno de ellos de apellido Aguirre- que lo mantuvieron retenido a Fariña, exigiéndole que entregara su cámara y borrara sus fotos, mientras su hijo Guido (13 años) lloraba, deberían rendir cuentas por su manera de actuar tan autoritaria. Y como mínimo, pedir disculpas.

Durante ese lapso Fariña cruzó mensajes con el mismo gobernador Oscar Herrera Ahuad, varios ministros y otras personalidades importantes. Todos se solidarizaron con él (quizás también hubiera ayudado que manifestaran públicamente esa solidaridad).

Además, entre los trabajos que le habían encargado en su visita a Cataratas, también estaban algunas fotos que iba a realizar para Iguazú Argentina, el concesionario del parque.

Sin embargo, hasta el gerente de esa firma concesionaria le recomendó a Fariña que hiciera caso a los guardaparques y borrara todo. Probablemente sin comprender acabadamente lo qué eso significa para un reportero profesional. Porque para Fariña, esto equivale a su libertad y la dignidad de la labor periodística, esa que honra desde hace 46 años (Sixto tiene 63).

Si alguien retiene a un fotógrafo y ese reportero se está mensajeando con las máximas autoridades de Misiones, que lo avalan como un profesional intachable, ¿cómo pueden seguir reteniéndolo? ¿Cómo puede ser que el gerente del concesionario principal del parque no tenga ninguna influencia sobre esos tres sujetos?

Los guardaparques no mostraron un desprecio sólo por Fariña, sino que, de alguna manera, mostraron un desprecio por Misiones, legítimo “dueño” de las Cataratas del Iguazú, si es que ese término cabe.

Porque las Cataratas, son patrimonio de toda la humanidad. Pero un poco más son de los argentinos y mucho más, de los misioneros. No por nada, es uno de los pocos lugares donde los extranjeros pagan un valor por su ticket, los argentinos otro, los misioneros otro y los iguacüences, directamente entran gratis.

En esa diferenciación hay un reconocimiento implícito de los derechos naturales de Misiones sobre esos ríos, saltos y selva.

El autoritarismo de los guardaparques, no obstante, no empezó en esa pequeña oficina donde estuvo retenido contra su voluntad. Sino que se registró apenas Sixto Fariña salió de la pasarela regresando del balcón de la Garganta del Diablo.

Ahí le salieron al cruce estos tres guardaparques, alertados por los fotógrafos permanentes de Cataratas. Esos a los que los guardaparques les pusieron un corralito en el mejor spot para sacar fotos de la Garganta del Diablo, despreciando completamente el derecho de los demás. ¿Cuánto pagan de canon esos fotógrafos? ¿A dónde va ese dinero y cómo se reparte?

Porque por el celo con que actuaron, parecía que los guardaparques son los más interesados en que no haya fotos “comerciales”, incluso más que los fotógrafos. “Ese dinero no tiene nada que ver con nuestra concesión”, dijo a Economis, Roberto Enríquez, titular de Iguazú Argentina.

Cuando Fariña se identificó como un fotógrafo del diario El Territorio, ya ahí nomás lo tendrían que haber dejado en paz e incluso ponerse a su disposición.

No porque un reportero sea más importante que cualquier otro visitante, sino porque son los medios de comunicación los que trabajan de manera incansable -y la mayoría de las veces desinteresada-, para darle más difusión y aún más brillo a esa Maravilla Natural del Mundo.

En rigor, todos en Misiones trabajan más o menos para que a Cataratas vaya cada vez más gente. Cuando un colono respeta el monte o cuida el Medio Ambiente, cuando un posadeño comparte una foto, cuando las autoridades piensan nuevas estrategias para atraer inversiones a Iguazú o traer más vuelos a la provincia, etc.

Sin embargo, cuando cada uno de esos visitantes traspasa el acceso al Parque Nacional hay una actitud de los guardaparques de creerse los dueños y no los cuidadores celosos de esa Maravilla Natural.

Una Maravilla que generó 1.635.000 visitantes, una verdadera fortuna en cánones, tickets y otros permisos. Y que hubiera batido un nuevo récord en 2020 de no ser por el Coronavirus.

El desplazamiento de Sergio “Ruso” Acosta, que nunca contestó las demandas de los medios y de toda la sociedad sobre el maltrato a Sixto Fariña, debería ser el puntapié para ese cambio de actitud.

Así que sería bueno que los guardaparques tomen nota. Las Cataratas son de todos. Y es cierto, un poquito más, son de los misioneros.

A los guardaparques que lo entienden, cabe darle las gracias por cuidarlas con profesionalismo y respeto. Y a los que no pueden entenderlo y piensan que lo que hicieron esos tres colegas el viernes con Sixto está bien, entonces habrá que echarlos.

Las Cataratas siempre estarán ahí. Siempre habrá otros guardaparques ansiosos por trabajar y desempeñarse en el más popular y más lindo de los espacios protegidos. Así que, a no confundirse.


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