AGRONEGOCIOS

¿Por qué la agroecología es el camino?

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La evidencia agronómica y edafológica contemporánea converge en un diagnóstico incuestionable: la República Argentina ha transitado el punto de máxima capacidad productiva sustentable de sus suelos –el denominado peak soil– y se encuentra en la fase descendente de degradación acelerada. Este fenómeno no constituye una proyección teórica, sino una realidad cuantificada mediante métricas precisas de pérdida de masa, desestructuración y colapso bioquímico.

La erosión hídrica y eólica moviliza anualmente entre 1.000 y 2.000 millones de toneladas de horizonte superficial, equivalente a la desaparición de aproximadamente 240.000 hectáreas de capa arable por año. Este proceso opera a una velocidad que supera en órdenes de magnitud la capacidad pedogenética natural, que requiere entre doscientos y mil años para regenerar un centímetro de suelo fértil. La región pampeana, núcleo histórico de fertilidad, exhibe actualmente contenidos de materia orgánica por debajo del 2,5% en extensas áreas, umbral crítico en el que la actividad biótica edáfica –el metabolismo fundamental del suelo– entra en disfunción irreversible. Este agotamiento se correlaciona con un balance mineral profundamente negativo: la agricultura extractivista remueve anualmente 3,5 millones de toneladas de nitrógeno, fósforo y potasio, restituyendo menos del 45% mediante fertilización sintética, configurando así una minería de nutrientes que trata al suelo como substrato inerte y no como ecosistema.

Paralelamente, la compactación inducida por el tráfico de maquinaria pesada ha generado horizontes densificados –pisos de arado– que afectan al 60% de la superficie agrícola, reduciendo la porosidad, limitando la infiltración hídrica en más del 70% y estrangulando el desarrollo radical. Esta asfixia mecánica se agrava con procesos de acidificación generalizada, donde el 65% de los suelos de la región núcleo presentan pH inferiores a 6,0, induciendo la fijación de fósforo y la solubilización de aluminio tóxico.

La dimensión biológica del colapso resulta aún más elocuente: análisis comparativos de biomasa microbiana revelan reducciones superiores al 70% en suelos bajo régimen convencional respecto de sistemas agroecológicos. La drástica disminución de la diversidad fúngica –esencial en la formación de agregados estables y en el ciclo del carbono– junto al colapso de la mesofauna, desmantela la arquitectura biológica que sostiene la fertilidad a largo plazo.

Este conjunto de datos no describe una mera degradación, sino una transgresión de umbrales ecosistémicos irreversibles bajo el modelo extractivo vigente. La productividad presente se mantiene mediante subsidios energéticos masivos –fertilizantes de síntesis, agroquímicos, laboreo intensivo– que enmascaran el agotamiento del capital edáfico. El peak soil argentino constituye, por tanto, la contraparte terrestre del peak oil: el momento en que el costo energético y ecológico de continuar la explotación supera cualquier beneficio neto, revelando la falacia terminal de un modelo que confundió riqueza natural con renta minera. La agroecología emerge aquí no como alternativa ideológica, sino como la única disciplina científica capaz de revertir la entropía edáfica mediante la reconstrucción de los ciclos biogenéticos, reinstalando al suelo no como recurso, sino como sujeto metabólico de la producción futura.

La tierra que trabajas con tus manos, las semillas que guardas con devoción, el abono que elaboras con paciencia, no son solo actos de cultivo. Son actos de guerra silenciosa contra un sistema que se derrumba. Estamos en la década más decisiva de la historia humana, y la agroecología es nuestra trinchera, nuestra arma y nuestra profecía. Los datos, fríos e incontrastables, gritan la urgencia.

El agronegocio industrial devora el 12% de todo el petróleo que se consume en el planeta. Para producir una caloría de comida, gasta hasta diez calorías de energía fósil. Es un sistema termodinámicamente suicida, un dinosaurio que se alimenta de su propia cola. Mientras, cada hectárea bajo manejo agroecológico secuestra en el suelo entre 2 y 5 toneladas de CO2 al año, revirtiendo la crisis climática que el extractivismo provocó. No es una metáfora: tu huerta es una tecnología de geoingeniería popular y accesible.

El pico del petróleo convencional, el momento en que la mitad del recurso fácil se agotó, ocurrió en 2005. Desde entonces, la industria se arrastra hacia fuentes cada vez más desesperadas y destructivas: el fracking, que contamina acuíferos con más de 750 químicos tóxicos; las arenas bituminosas, que requieren arrasar bosques y usar tres barriles de agua limpia por cada barril de crudo extraído. Esta es la cruda realidad energética que sostiene el supermercado global. El modelo se sostiene externalizando la destrucción: el 92% de la deforestación en la Amazonía y el Gran Chaco tiene un solo destino: la ganadería industrial y la soja transgénica para forraje. Nuestra comida barata se paga con la sangre de los territorios.

Frente a esto, la agroecología no es un hobby. Es el proyecto político de soberanía más radical del siglo XXI. Cada policultivo rompe el monopolio de las corporaciones que controlan el 60% del mercado mundial de semillas. Cada biofábrica local de insumos le resta poder a las seis megacorporaciones que dominan el 75% del mercado de agrotóxicos. Cada cosecha consumida en circuitos cortos desmonta la lógica de un sistema alimentario que es responsable del 34% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Latinoamérica no es el patio trasero de nadie. Somos la reserva biocultural del planeta, custodios del 40% de la biodiversidad mundial y de innumerables saberes ancestrales. Cuando defendemos una huerta, defendemos un territorio. Cuando intercambiamos una semilla, tejemos una red de inteligencia colectiva indestructible. Cuando compostamos, estamos declarando que la muerte no es un desecho, sino el principio de un nuevo ciclo. Eso es política en su estado más puro: la gestión del poder sobre la vida misma.

No nos pidieron permiso para envenenar nuestros ríos, patentar nuestros patrimonios genéticos o calentar la atmósfera. Pero tampoco nos lo van a dar para construir el mundo nuevo. La audacia no es una opción, es un mandato biológico. Hay que ser tan audaces como la naturaleza que imitamos: invasivos como las raíces, resilientes como las semillas del monte, implacables como la vida que se abre paso entre el cemento. No estamos cultivando lechugas. Estamos cultivando el futuro, y el futuro será agroecológico, o no será. La tierra nos llama no solo a sembrar, sino a organizar, a luchar y a ganar. El movimiento está listo. Ahora es el tiempo de la cosecha política.

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El mercado de futuros agrícolas alcanzó su mayor volumen en 87 años

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El mercado argentino de futuros y opciones agrícolas alcanzó en 2025 el mayor volumen de operaciones de su historia. Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, a lo largo del año se negociaron 89,6 millones de toneladas de granos en A3 —el mercado surgido de la fusión entre Matba-Rofex y MAE—, un salto del 35% respecto de 2024 y un nivel que consolida a los derivados agrícolas como herramienta central de cobertura de precios en el complejo agroindustrial.

El dato no solo marca un máximo histórico en términos absolutos, sino que también expresa un cambio estructural en el comportamiento del sector: el volumen operado en futuros y opciones fue equivalente al 64% de la cosecha total de granos de 2025, el ratio más alto de los últimos 87 años, excluyendo el impacto excepcional de la sequía de 2023. La magnitud del fenómeno refleja una combinación de factores productivos, macroeconómicos e institucionales que empujaron a una mayor utilización de instrumentos financieros para mitigar riesgos.

Soja, maíz y trigo explican el récord de operaciones

Del total de 89,6 millones de toneladas negociadas en 2025, tres cultivos concentraron prácticamente toda la operatoria. La soja lideró ampliamente con 51,3 Mt, seguida por el maíz con 27,9 Mt y el trigo con 10,4 Mt acumuladas a lo largo del año.

La evolución resulta aún más significativa al observar la tendencia de largo plazo. Si bien el mercado de futuros ya mostraba un crecimiento sostenido, en 2025 esa dinámica se aceleró: las operaciones cuadruplican las registradas diez años atrás y superan en 70% el volumen operado en 2020. De acuerdo con el informe elaborado por Matías Contardi y Emilce Terré, este salto se explica por la muy buena performance productiva de la campaña 2024/25, las expectativas favorables para la nueva campaña y un entorno macroeconómico relativamente más estable, factores que se combinaron con una adopción creciente de herramientas de cobertura en el mercado interno.

En el caso de la soja, el crecimiento fue particularmente marcado. Tras promediar menos de 27 Mt anuales durante la última década, en 2025 se alcanzaron 51 Mt, un incremento del 62% y un volumen equivalente al 104% de la producción estimada de la campaña. El dato resulta clave: el total operado fue prácticamente equivalente a las existencias físicas, potenciando el rol de los futuros y opciones como mecanismos de cobertura frente a la volatilidad de precios. En la historia reciente, solo durante la campaña 2022/23, afectada por la sequía y con una producción de apenas 20 Mt, la cobertura había superado el 100% de la cosecha.

Los cereales también aportaron de manera decisiva al récord. Entre maíz, trigo y las escasas toneladas de sorgo, se negociaron 38,3 Mt en futuros y opciones durante 2025, un máximo histórico. En particular, la operatoria de maíz rompió todos los techos previos: entre futuros y opciones se cubrió el 56% de la cosecha, replicando la tendencia creciente observada en la soja.

Más cobertura y menos exposición al riesgo de precios

El informe de la Bolsa de Comercio de Rosario subraya que el mercado de futuros es un mercado institucionalizado, donde confluyen coberturistas, arbitrajistas e inversionistas. En esencia, se negocian contratos que representan un producto físico —en este caso granos—, lo que explica su carácter de instrumentos derivados.

Para quienes producen, comercializan o utilizan granos como insumo, los futuros y opciones permiten mitigar riesgos asegurando precios mediante la compra o venta de contratos. Del otro lado, los agentes dispuestos a asumir riesgo en busca de rentabilidad aportan liquidez, aun cuando no sean tenedores del producto físico.

La relevancia de estas herramientas se vuelve central en una actividad como la agrícola, caracterizada por un desfasaje temporal significativo entre la inversión inicial —la siembra— y la obtención del producto —la cosecha—. En ese lapso, el precio de venta puede variar de forma sustancial. De hecho, según el informe, en las últimas nueve campañas, en más de la mitad de los casos el precio del contrato de referencia fue más bajo al momento de la cosecha que cuando se realizó la inversión de siembra.

En este contexto, la cobertura en futuros cumple un rol estratégico: limita pérdidas operativas, reduce la exposición al riesgo precio y aporta previsibilidad a productores, acopiadores, industriales y exportadores, fortaleciendo la estabilidad del complejo agroindustrial en su conjunto.

Un cambio estructural en el uso de derivados agrícolas

El récord alcanzado en 2025 no solo responde a un buen año productivo, sino que marca un salto cualitativo en la integración entre el mercado financiero y la economía real del agro argentino. El hecho de que el volumen operado represente casi dos tercios de la cosecha total sugiere una mayor profesionalización en la gestión del riesgo y una utilización más intensiva de instrumentos de mercado en un sector históricamente expuesto a la volatilidad de precios y a los shocks climáticos.

En ese sentido, el desempeño de A3 como plataforma unificada tras la fusión entre Matba-Rofex y MAE consolida un mercado de referencia con mayor profundidad, liquidez y capacidad de canalizar expectativas productivas y comerciales. De mantenerse las condiciones macroeconómicas y productivas, el mercado de futuros y opciones agrícolas aparece como un pilar cada vez más relevante para la estabilidad y previsibilidad del principal complejo exportador del país.

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Productora de Puerto Leoni rescata 23 variedades de “tomates reliquia” y multiplica semillas propias

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En una chacra de Puerto Leoni, Nancy Borges, sostiene junto a su familia, una experiencia poco común en Misiones: el cultivo de tomates “reliquia”, variedades antiguas de polinización abierta que se multiplican todos los años a partir de semillas conservadas por la propia productora.

Los frutos se distinguen por formas, colores y sabores intensos, y recuperan un modo de producir donde la semilla no es un insumo descartable sino un patrimonio vivo.

Los tomates “reliquia” son variedades antiguas, a diferencia de las semillas comerciales estandarizadas, conservan la diversidad genética, tienen distintas formas y colores, y suelen destacarse por sus sabores más intensos. Guardar y reproducir semillas propias permite que el cultivo se adapte al suelo y al clima local, fortaleciendo la autonomía productiva.
“Creo que en Misiones no hay nadie que produzca este tipo de tomates que son los más antiguos. Actualmente trabajamos con 23 variedades, priorizando la diversidad y selección temporada tras temporada”, señaló la productora, mientras mostraba su plantación.

A diferencia del modelo industrial que tiende a uniformar los productos, los tomates “reliquia” conservan variación genética, y permiten reproducir semillas en la chacra. En ese proceso, Nancy dio el paso clave de dejar atrás la dependencia de semillas externas.

“Los colores y formas son muy llamativos, éstas ya no son semillas de intercambio sino que son propias, porque durante el año pasado estuvimos cultivando”, explicó.

La práctica de producir esos tomates requiere observación constante: elegir frutos, conservar semillas, planificar siembras y volver a reproducir. Además, en cada ciclo las plantas se adaptan al suelo y al clima local, fortaleciendo la estabilidad del cultivo.

Soberanía alimentaria que nace desde la tierra

“La experiencia en Puerto Leoni también se fortalece con acompañamiento técnico, productivo y la presencia territorial del Instituto de Macroeconomía Circular (IMaC), que incluye provisión de insumos y articulación para que las semillas puedan replicarse y circular. Por eso sumamos la entrega de media sombra y apoyo para mejorar las condiciones de cultivo y proteger la producción”, señaló el dirigente Martín Sereno.

Sobre el trabajo territorial expresó que “acompañar es estar, no es un discurso. Al trabajo de Nancy le aportamos insumos, y articulamos para que haya réplica e intercambio de semillas. También acercamos maíz caiano blanco y colorado producido en San Pedro, convencidos que cuidar y multiplicar las semillas es cuidar el futuro”, destacó Sereno.

Agregó que además de insumos y acompañamiento, se impulsa a replicar e intercambiar semillas como herramientas concretas para preservar las variedades y sostener la autonomía productiva.

En un contexto, donde pocas empresas concentran el control de semillas comerciales, estas prácticas vuelven estratégico el acto de conservar, reproducir e intercambiar. “Los tomates `reliquia´ no sólo aportan sabor y calidad, también expresan una decisión productiva y cultural ligada a la soberanía alimentaria, al cuidado de la biodiversidad y a la defensa de los saberes campesinos”, señaló el dirigente.

Con su trabajo, Nancy Borges muestra que el futuro de la producción no depende únicamente de grandes escalas, sino también de experiencias que combinan esfuerzo cotidiano, conocimiento, apoyo concreto e intercambio. 

“Guardar semillas es pensar no sólo en el presente sino en lo que se viene”, resumió la productora, mientras mostraba sus plantas que crecen distintas y hablan de identidad, territorio y alimento con raíces.
“Estos no son tomates pensados para rendir más en una góndola, tienen historia, sabor e identidad, cada semilla guardada es la decisión de no depender, no resignar diversidad, ni perder saberes. Acompañar estas experiencias es fortalecer la producción local, cuidar la biodiversidad y construir soberanía alimentaria desde abajo, con las manos en la tierra y en comunidad”, remarcó Sereno.

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Lo que se come en las Fiestas bajo la lupa

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A nivel nacional, la crisis se refleja con claridad en la alimentación de las Fiestas de fin de año. No porque falten alimentos, sino porque el recorrido que hacen hasta llegar al plato se volvió largo, costoso y desconectado de su origen. En Misiones, en cambio, las políticas públicas de cercanía, las ferias francas y el comercio justo sostienen un modelo que funciona como excepción.

Hay crisis que se anuncian con estadísticas y otras que se comprueban en la cocina. La de este fin de año pertenece a la segunda categoría. Se compra menos, se reemplazan productos, calidad y se resignan platos tradicionales. No por falta de ganas de celebrar con lo tradicional, sino porque el precio final perdió relación con el valor real de los alimentos.

La gastronomía del nordeste ayuda a entenderlo. Platos como la sopa paraguaya, la torta de choclo o la chipa, nacieron de una lógica económica simple y eficiente: queso, huevos, leche y maíz. Antes que símbolos identitarios, fueron soluciones prácticas en su origen. Economía doméstica inteligente, basada en la cercanía y la disponibilidad.

La paradoja actual es evidente. En gran parte del país, esos mismos alimentos hoy resultan caros, incluso inaccesibles. Las recetas no cambiaron; cambió la estructura que las rodea. Entre quien produce y quien consume se acumularon intermediarios, costos financieros y márgenes superpuestos que encarecen lo esencial.

En nuestra provincia, el escenario es distinto. No porque la crisis no exista, sino porque la cadena productiva se organiza de otra manera. Los pequeños productores, los mercados concentradores barriales y los circuitos cortos de comercialización, sostenidos por acciones públicas desde hace décadas, funcionan como corrección concreta a esa distorsión.

Aquí, la distancia entre producir y consumir se reduce. El productor vende lo que produce; el consumidor paga lo que entiende. El precio recupera lógica. No se trata de romanticismo ni de folklore económico, sino de una decisión política sostenida en el tiempo.

Gracias a ese modelo, la identidad misionera no se conserva como relato, sino como práctica cotidiana. Comer sigue siendo un acto cercano. Las Fiestas no dependen exclusivamente de una góndola construida lejos del territorio, ni de precios ajenos a la producción local.

Esta comparación, no niega la crisis: la explica. Mientras a nivel nacional, el encarecimiento expone una estructura que excluye, En nuestro terruño, esa misma estructura, organizada con otros criterios, funciona. Sosteniendo además de manera genuina: la tradición, lo cultural y la identidad primigenia.

Porque cuando la mesa nacional entra en crisis, el problema queda expuesto. Y en Misiones, esa exposición no señala una carencia, sino una elección.

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Presupuesto 2026: el IDAA advierte que la meta de retenciones sería casi imposible de cumplir

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Mientras el Presupuesto 2026 transita su etapa final de debate en el Congreso Nacional, un análisis privado encendió señales de alerta sobre la factibilidad de cumplir las metas fiscales proyectadas, en particular la vinculada a la recaudación por derechos de exportación (DEx). Desde el Instituto para el Desarrollo Agroindustrial Argentino (IDAA) advirtieron que el cálculo oficial “no cierra” y que, bajo las condiciones actuales, el objetivo planteado resultaría prácticamente inalcanzable.

El foco del cuestionamiento está puesto en la proyección elaborada por el Ministerio de Economía, que estima que la recaudación por retenciones alcanzará los $9,97 billones en 2026, un crecimiento interanual del 22,8% respecto del monto previsto para 2025, calculado en $8,12 billones. El dato adquiere relevancia central si se considera que el sector agroindustrial aporta cerca del 80% de esos ingresos, lo que convierte a la política aplicada sobre el comercio exterior en un factor determinante para el equilibrio fiscal proyectado.

Un punto de partida cuestionado y una brecha fiscal creciente

El análisis del IDAA, elaborado por el ingeniero agrónomo Javier Patiño, sostuvo que el problema central radica en el punto de partida utilizado para la proyección, al considerar que la meta de recaudación de 2025 no se alcanzaría como consecuencia de la eliminación temporal de las retenciones y de la reciente reducción de las alícuotas de los DEx.

Según detalló el informe, entre enero y noviembre la recaudación por derechos de exportación alcanzó los $6,87 billones, mostrando una tendencia declinante luego del último esquema de Dólar Soja de septiembre. En ese período, se registraron 19 millones de toneladas de granos y subproductos con retenciones cero, lo que impactó de manera directa en los ingresos fiscales.

Bajo ese escenario, Patiño estimó que la recaudación final de 2025 cerraría en torno a los $7,17 billones, muy por debajo de los $8,12 billones tomados como base por el Gobierno. En consecuencia, alcanzar los $9,97 billones en 2026 implicaría un incremento cercano al 39% interanual, una cifra sensiblemente superior a la proyectada oficialmente.

Retenciones cero, baja de alícuotas y el impacto en el complejo soja

El informe también subrayó un aspecto clave del proceso legislativo: el Presupuesto fue girado al Congreso el 15 de septiembre, es decir, antes de la implementación de las retenciones cero y de la posterior reducción de las alícuotas. Esa rebaja alcanzó los dos puntos porcentuales para la soja y sus subproductos, así como para trigo, cebada y sorgo, y un punto para el maíz y el complejo girasol.

En este contexto, Patiño advirtió que “alcanzar la meta se torna más difícil o casi imposible”, especialmente en el caso del complejo soja, que constituye el principal aportante a la recaudación por retenciones debido a su elevada carga tributaria histórica.

Como ejemplo concreto, señaló que durante los dos días de vigencia de las retenciones cero se registraron exportaciones para embarcar en 2026 que implicaron US$340 millones menos para el fisco, equivalentes a $462.000 millones al tipo de cambio vigente en ese momento. Ese monto, remarcó, debería descontarse directamente de la recaudación proyectada para el próximo ejercicio.

A ello se suma el efecto estructural de la baja de alícuotas. Partiendo de una proyección de cosecha de soja de 48,5 millones de toneladas, estimada por el USDA, y descontando el consumo interno y las exportaciones ya registradas, quedarían 37,7 millones de toneladas disponibles para exportar como poroto o como subproductos industriales.

En términos fiscales, Patiño calculó que los dos puntos menos de DEx representan, a grandes rasgos, US$310 millones menos de recaudación, equivalentes a $446.000 millones. De este modo, advirtió que solo considerando la soja anotada durante las retenciones cero más la baja de alícuotas, el Estado estaría resignando cerca de un billón de pesos, sin computar lo dejado de percibir por el resto de los complejos exportadores.

Escenarios posibles y tensiones en el debate presupuestario

Frente a este panorama, desde el IDAA plantearon que las alternativas para compensar la pérdida de ingresos son limitadas. Según el análisis, solo dos escenarios podrían revertir parcialmente el desfasaje: una suba significativa de los precios internacionales de los commodities, considerada “muy improbable”, o una fuerte devaluación que mejore los números fiscales medidos en moneda local.

La advertencia introduce un elemento de tensión técnica y política en el tratamiento del Presupuesto 2026, al poner en discusión la consistencia de las proyecciones fiscales en un contexto de cambios en la política tributaria sobre el agro. Para el sector agroindustrial, principal aportante de los DEx, el debate también reabre interrogantes sobre la sustentabilidad de los ingresos del Estado y el impacto de las decisiones fiscales en la competitividad exportadora.

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