Argentina

Argentina, un mito babilónico 4.0

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En el principio de los tiempos, la idea de poder estaba fuertemente asociada a la divinidad de los reyes emanada de un Dios. En uno de los numerosos relatos bíblicos de la tradición judío-cristiana se encuentra el  de la torre. Este escrito describe la soberbia de un pueblo que a espaldas de su Dios y en su naturaleza humana busca la exaltación de lo bueno, lo perfecto a través de la construcción de una obra de magnitudes épicas, la Torre de Babel. Cuenta la historia que los habitantes de la Antigua Babilonia hablaban un mismo idioma y una sola lengua. Cuando la ciudad comenzó a prosperar, idearon una construcción que llegara  hasta el cielo, desafiando los poderes terrenales que les habían sido conferidos. Al ver su Dios semejante acto de fastuosidad y arrogancia, decide desatar una gran ira sobre ellos provocando un castigo eterno: el desentendimiento, la confusión y el  alboroto. 

Caso contrario, lo ocurrido en Pentecostés, fiesta donde se evoca el advenimiento del Espíritu Santo sobre los doce apóstoles, que  infundidos en la gracia divina hablan el mismo lenguaje y en una sola fe”, visualizando de esta manera la restauración de la “unidad” perdida en la torre de babel.

La historia transcurre, y la metáfora es perfecta para describir  el núcleo candente del eterno dilema argentino; la comunicación. Esa incómoda contradicción que representa la irreprimible necesidad de expresión del individuo y la incapacidad de escucha, que conforme se incorporan nuevos elementos al intercambio del mensaje se complejiza a niveles indescifrables

La “génesis” de la república argentina estuvo caracterizada por un flujo inmigratorio de  doble vara, por un lado, una inmigración legalmente amparada por el poder político de la época, que buscó crear una nación “modelo”, basada sobre parámetros europeizantes y de la que se enorgullece.

Por otro y de la cual  reniega, la segunda etapa, marcada por la afluencia desde países latinoamericanos (Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú) y en condiciones desventajosas (ilegalidad) que no se aproximaron ni remotamente a las aspiraciones de Sarmiento o Alberdi.

El espíritu civilizador que se escondía tras la llegada  de los inmigrantes se ve truncado cuando la realidad indicó que poblar el suelo argentino con  la “mejor porción” de Europa, sólo fue una utopía. 

La transculturación como la llaman, lejos de concretarse, se había convertido en una desordenada realidad ciudadana que derogó rápidamente el proyecto nacional que la coyuntura ponderaba.

 La estructura social se conforma entonces enclave con el primer ingrediente definitorio que persiste y evoluciona a través del tiempo; el conflicto de intereses.

  En la antesala de la grieta, Argentina enfrenta  el primer reto: la configuración de un estado cuyo objeto fuera la paulatina inclusión y una movilidad social.

   El mito babilónico parece recobrar vida en cada crisis, en cada quiebre    institucional, donde la ciudadanía parece abandonar la “torre” (idea de republica) huyendo hacia todas las direcciones posibles.

El retorno de la democracia en el 83 significó para la sociedad,  la gesta de los cimientos para la re-construcción de la república,  que en vistas de abandonar un pasado tormentoso, marcado por la rivalidad, apostaba a la idea de unidad, consenso, y el respeto, como pilares fundamentales de una nación. La unión y el esfuerzo colectivo habían dado sus frutos, en medio del caos y la discordancia social, un nuevo Pentecostés se asomaba para converger y formar una sola figura; la defensa irrestricta por  la libertad.

 Aun así, la falta de cohesión social que emerge en cada periodo histórico es materia pendiente,  y en la actualidad ha sufrido una suerte de “remake”, con nuevos ingredientes, que fogoneados por el ritmo vertiginoso de los cambios socio-culturales, no solo socava el orden sistémico, sino que acelera la apertura hacia las puertas de un nuevo “babel”.

La evolución de las estructuras sociales más básicas evidencia desde su genealogía fundacional, la incapacidad de lograr una integración. Pero, lo llamativo es que, en medio de semejantes mutaciones sociales de la época, se vislumbran ciertas singularidades de carácter contradictorio y a su vez coincidentes; la valoración del régimen democrático, la percepción sobre la justicia, la participación social, la confianza en las instituciones, el rechazo a los partidos políticos y la apatía generalizada

  Esta necesidad de búsqueda de un punto social en común es guiada por el instinto mismo de humanidad que todo  hombre posee: sin bien común no hay supervivencia de la especie.  

La tecnologización sólo potencia la diversificación de ideas, el choque cultural se vuelve desafiante y la influencia digital exige  el planteamiento de un nuevo humanismo integrador y abarcativo.

 El escenario digital parece ser es el territorio válido y socialmente legitimado donde se dirimen la mayoría de los intereses grupales. La estrategia de promoción del odio, la intolerancia y el antagonismo de intereses parece ser el motor que propulsa el desorden social. 

Así, este gigante caótico se vuelve una herramienta distanciadora,  que alienta la ruptura comunicacional y minimiza las cercanías. La accesibilidad que brindan las redes  sociales, la propagación masiva de mensajes, la instantaneidad con la que viaja una noticia se convierte así en un talón de Aquiles para el orden democrático actual.

La veracidad de la información como una de las vértices del proceso comunicacional también es puesta en jaque con la incorporación de nuevos soldados de batalla: los bots, trolls, haters, las fake,  que actúan como agentes del caos en un entorno que hiperestimula al internauta y lo empuja a alinearse dentro de una burbuja que oscila de un macro a un microclima. 

Este fenómeno que implica una deformación de la realidad va cosechando a su camino la construcción de nuevas identidades .La autorreferencia de las masas incrementa el nivel de participación y exposición de la totalidad de los actores del campo social. 

En aquel entonces, el mito de la torre desafió el poder de un Dios celoso e iracundo. Hoy, la apuesta arroja un doble resultado; por un lado la clase dirigente que sigue sosteniendo el control de la información y consigue manipular la opinión pública a través de diversos mecanismos de fortalecimiento o debilitamiento; y por otro, el surgimiento de nuevos liderazgos, que comandan e influencian comunidades virtuales, estableciendo nuevos códigos y valores como sistema de intercambio social.

Aún así, el poder político fue y sigue siendo el mayor responsable de permanecer en una visión más allá de lo cotidiano y lo necesariamente inmediato. Como máximo exponente y defensor por esencia del orden social, el Estado es quien debe buscar el consenso para minimizar las diferencias casi irreconciliables presentes en la nueva ágora (Redes).

A su vez, el surgimiento de nuevos procesos identitarios sociales  que pretenden sentar las bases para nuevas demandas, presionan a la clase política a replantear las prioridades y   tomar consciencia de que el ejercicio del poder es detentado de formas también horizontales.

El sujeto se torna co-propietario de la información y la palabra adquiere un nuevo valor, pero la atención sigue siendo hegemónica de un grupo selecto. Esa hegemonía articula los movimientos de una mano invisible que no hace sino ejecutar los mecanismos de control mediante dos vías efectivas: la incentivación al odio y el miedo como método desestabilizante.

      La psicología estructuralista define al odio como un mecanismo de defensa impuesto contra personas u organizaciones que amenacen y pongan en riesgo la estructura vigente. Este sentimiento tan visceral, pone de manifiesto la naturaleza competitiva e ingrata del ser humano y la primera consecuencia es la aversión o rechazo hacia el pensamiento que difiere del propio, la intolerancia, y el intento de homogeneizar los deseos e intereses. 

En las comunidades más primitivas el accionar guiado por el simple impulso fue reemplazado por ciertas reglas y normas sociales que buscaban asegurar el orden. En la actualidad, una sociedad  democrática que se precie como tal entiende que la discrepancia de pensamientos y el respeto sobre ello, forma parte del carácter evolutivo de la historia.

El enfrentamiento y la lucha de clases encontró en el ciberespacio el lugar ideal para la disputa actual que fortalece el muro divisorio entre un “nosotros” y un “ellos”, donde cada bando se desempeña como un jurado colectivo cuya mirada expectante va en busca  de la desacreditación y demonizacion de las diferencias, llevándolas hacia una especie de linchamiento digital.

 El alboroto que produce el entrecruce de voces como en la citada “Babel”, hace imposible proyectar una voluntad mínima que abogue por el establecimiento de un bien común social.

El miedo, una emoción presente desde los orígenes, que reproduce y se apropia de voluntades individuales, es el más efectivo de los métodos de control social; facilita el sometimiento y alinea rápidamente a los individuos que en busca de “protección  y seguridad“son incentivados a eliminar lo que consideran peligroso.

El espejismo generado por la interacción virtual entre la masa de “opinandos”, que liberan incluso desde el anonimato sus intereses, caen como una suerte de marionetas que juegan a opinar sin saber que no son escuchados.

Nuevamente, la realidad  invita a buscar una propuesta superadora que siente las bases para un nuevo contrato social, capaz de abandonar el conflicto y el desentendimiento. Resulta imperioso eliminar las barreras que separan a los argentinos hace décadas y caminar hacia un nuevo “Pentecostés”.  En ese transitar, la construcción de una nueva hermandad, donde la unidad, el respeto y la libertad sean los ejes de un nuevo orden, la comunicación es el pilar que debe replantearse a la hora de articular este proyecto.

Tal vez , el primer paso para aplicar la fórmula sea apelando a la vieja pero sabia frase “si quieres que te entiendan..Escucha”.

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El precio de la desigualdad: dos mil millones de pesos extra pagan los misioneros por el combustible más caro

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La foto de la estación de servicio en pleno microcentro porteño es una postal insultante del federalismo que no es. El precio de los combustibles está en la gran urbe, en promedio, cinco pesos más barato que en Posadas y un poco más si se amplía el mapa hasta Puerto Iguazú o San Pedro. 

Cada litro que se carga en Figueroa Alcorta y Libertador, es una marca de la desigual distribución de la riqueza en la Argentina. Es dinero que el automovilista porteño conserva en su bolsillo y lo puede utilizar en otra cosa. Cargar el tanque tiene una diferencia de entre 8 y 11,32 por ciento con el usuario misionero: en total, según cálculos oficiales, a valores y consumo actuales, el sobrecosto que afronta Misiones con respecto a la Capital Federal en función del consumo de los diferentes tipos de combustible es de aproximadamente 199.577.300 pesos mensuales -a precios de septiembre de 2019-, lo que eleva la diferencia anual a unos 2.394.927.600 pesos, de acuerdo al precio de venta al público incluyendo impuestos. 

Ese dinero, volcado al consumo en lugar de a la nafta, tendría un enorme impacto en la economía misionera, en momentos en que la agonía de la recesión se extiende en el tiempo. 

Según los datos de las estaciones de servicio locales, en 2018 se vendieron 179.540.000 litros de nafta, lo que, a valores actuales, equivale a 9.127.813.600 pesos. Por el mismo volumen de combustible, los porteños solo pagaron 8.199.591.800 pesos, 11,32 por ciento menos. O, casi mil millones de pesos menos. 

En cuanto a la nafta premium, en Misiones se vendieron 44.794.000 de litros, lo que equivale a 2.539.371.860 pesos. En Buenos Aires, por lo mismo, solo se pagaron 2.372.738.180 pesos.

En realidad, no hay un argumento sólido más que la distancia para justificar tanta diferencia de precios. En Buenos Aires está en promedio cinco o seis pesos más barato que en Misiones, pero cuatro pesos se pueden explicar por el flete de 1.100 kilómetros, explican los especialistas. ¿Y el resto?

Más aún, en Buenos Aires el litro de combustible está 5,50 pesos más bajo que en Entre Ríos, que tiene a una planta a 150 kilómetros. En el microcentro porteño, una Shell vende a 45,67 la nafta común y el diesel a45,99, la nafta premium a 52,97  y el diesel Euro a 50,84. En Gualeguaychú, a 200 kilómetros de la planta, la super cuesta 51,69, el diesel 48,40, la premiun 57,18 y el Euro diesel, 55, 88, valores casi idénticos a Posadas.

El flete explica 138 pesos el kilómetro sobre una base de 4000 pesos el metro cúbico. Pero entonces ¿por qué en Misiones el combustible sale lo mismo que en Gualeguaychú habiendo 900 kilómetros de distancia?

La respuesta, señalan especialistas del sector, es que las petroleras “solo tienen interés por  las grandes urbes y sus volúmenes y cargan de costo a las provincias” (porque el impuesto hoy es suma fija y no directamente proporcional al costo) para subsidiar las ciudades más ricas, como Capital Federal, Rosario, Córdoba o Mendoza.

Misiones, como en algunas otras localidades del noreste y noroeste del país, tiene el combustible más caro del país. Desde hace años los misioneros son castigados por un precio distinto al del centro del país y han pasado los gobiernos pero ninguna solución llegó, al margen de que la provincia es la única que no tiene ningún tipo de conexión a redes de gas natural y no tiene otra fuente de energía propia. 

Hubo proyectos en el Congreso para equiparar el precio de los combustibles vía subsidio al transporte. Entre 2016 y 2017 y por unos meses se recuperó el beneficio del Impuesto a la Transferencia de los Combustibles diferenciado para Misiones,que rigió entre 1996 y 2002. Duró poco, con la última reforma fiscal impulsada por el ex ministro de Economía, Nicolás Dujovne, el ITC se convirtió en un impuesto fijo, profundizando las desigualdades entre norte y centro. 

Los datos respaldan de forma contundente el reclamo de una compensación histórica que sostiene Misiones y que la ley Pymes sancionada por el Gobierno de Cambiemos, nunca contempló. 

El planteo misionero entregado en mano al candidato presidencial Alberto Fernández, enumera cómo Misiones es perjudicada por el reparto de recursos federales y mayores costos energéticos que frenan el desarrollo industrial.

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La rebelión de los mansos

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La extensa cola sorprendió a todos. Casi mil metros de fila de jóvenes que pugnaban por un puesto de trabajo en una panadería. Cientos de jóvenes que prácticamente amanecieron al costado de la ruta provincial 105 para ser los primeros en poder entregar su curriculum en la empresa de Garupá, cuyos propietarios no salían de su asombro: habían hecho la convocatoria apenas por redes sociales, pero la respuesta fue multitudinaria, de chicos locales, de Posadas, Oberá y hasta Eldorado. “Lamentamos no tener más trabajo para dar”, se disculparon a media mañana del viernes. 

Es una postal del momento en el que se define el futuro de la Argentina. Los números son contundentes: la Argentina volvió a un desempleo de dos dígitos y seguramente cerrará el año con un promedio cercano al 12 por ciento cuando se sienta la magnitud de los efectos de la última devaluación tras la derrota del Gobierno en las primarias de agosto.  El segundo trimestre marcó un nuevo récord para Mauricio Macri, con una desocupación de 10,6 por ciento, lo que equivale a dos millones de personas con problemas laborales. Y a más del 35 por ciento de los argentinos bajo la línea de pobreza. 

Misiones no escapa a esa realidad: aunque el desempleo es bajo, de solo 2,9 por ciento, la parálisis económica hace que no se creen nuevos puestos de trabajo. En el gran Posadas hay cinco mil desocupados, 21 mil subocupados y otros 20 mil ocupados demandantes, que tienen un trabajo pero se ven forzados a aumentar sus ingresos para enfrentar la inflación descontrolada, que marcará un pico cercano al 6 por ciento en septiembre.

Es récord el número de argentinos que cobran un seguro de desempleo. Más de 78.200 trabajadores en el primer semestre y 120.250 personas en total. Según el Ministerio de Trabajo, a julio pasado, hubo una reducción de 131.200 asalariados privados respecto del mismo mes de 2018.

Para el Gobierno, sin embargo, la crisis laboral no es uno de los temas centrales en la campaña. El Presidente ofreció en redes sociales que una salida para el millón de jóvenes que no estudian ni trabajan: “Vamos a extender el Servicio Cívico Voluntario en Valores para ayudarlos a salir adelante”, prometió como una propuesta de campaña. 

También por tuiter, el Presidente anunció una segmentación de las becas estudiantiles, premios por notas altas y el estímulo a “carreras estratégicas” por regiones.

Casi al mismo tiempo, ministros de más de una decena de provincias firmaron un documento con una dura radiografía del desfinanciamiento y la desinversión que sufrió la educación desde 2015. “Queremos que dejen de existir provincias de primera y periféricas”, aseguró la misionera Ivonne Aquino, una de las que participó del plenario federal. Las recomendaciones del documento marcan el retroceso del ahora: que el Estado nacional asuma la responsabilidad de garantizar condiciones mínimas e iguales para todas las provincias, que garantice el inicio y normal continuidad del ciclo lectivo y acciones destinadas a sostener la alimentación y la salud de los estudiantes.

La rebelión de los mansos. El miércoles por la tarde y ante unas cuatro mil personas, el presidente Mauricio Macri encabezó en la Costanera de Posadas una marcha del “#SíSePuede”. No habló de la economía, ni de la pobreza ni del desempleo ni de ninguna medida que apunte a salir de la extensa recesión. Apenas reconoció que fue un año y medio muy duro”, especialmente para la clase media, pero defendió los resultados de su gestión porque “hoy estamos en bases más sólidas y ahora viene el mejor salario, por eso estamos más convencidos que nunca”.

El discurso presidencial apeló a la liturgia dirigida al convencido. A quien no cuestiona los resultados, pero celebra la promesa tácita de un segundo semestre que todavía no llega. Por eso, las encuestas registran que los números de las Primarias no variarán demasiado o incluso serán peores para el Gobierno, con un techo apenas superior al 30 por ciento, semejante al tercio de la población que lo eligió desde la primera vuelta de 2015. 

Esa es la base de Cambiemos y por eso Macri pidió que cada uno intente convencer a otro para ir a votar y fiscalizar el 27 de octubre. Que no haya una sangría que perfore ese 30 por ciento, lo pondrá como jefe de un espacio opositor que deberá reconstruirse si se confirma el triunfo de Alberto Fernández. “Hay gato para rato”, repite el Presidente, en lo que parece un mensaje más dirigido al interior de Cambiemos, donde ya comienzan a disputarse espacios y a pensar en nuevos liderazgos. 

Es que la oleada de la nueva derecha, madura y elegante, que se expandía por toda Latinoamérica, comienza a tambalear nuevamente de la mano del Fondo Monetario Internacional. En Ecuador hay estado de sitio, muertes y un brutal plan de ajuste, la economía de Brasil está paralizada y Jair Bolsonaro es una mueca grotesca que siquiera causa demasiada gracia. El triángulo del cambio muestra sus peores caras. 

Para el 27 de octubre, Cambiemos habrá ganado apenas en un par de elecciones en las provincias y la alianza con el radicalismo pende de un hilo. 

Este domingo, en El Chaco, puede haber otra cachetada de rechazo con el casi seguro triunfo de Jorge Capitanich, quien vuelve a la gobernación después de un período como intendente de la capital.  

Como contraste, la candidatura de Alberto Fernández se afianza, según las principales encuestadoras. Tres de las que se publicaron en las últimas horas marcan una diferencia de 20 puntos para arriba y un rechazo a la derechización del discurso presidencial.

La consultora Clivajes revela que el epílogo de la gestión de Cambiemos tiene a la economía como principal preocupación de los argentinos. La pobreza lo es para el 26,12% de los encuestados, el desempleo para el 23,84% y la inflación para otro 22,35%. El 69,7 por ciento coincide en que Macri es el responsable de la crisis. La consultora que acertó casi en pleno en las primarias sostiene que Fernández llegará al 53,7 por ciento de los votos, contra un 33,2% de Macri. 

Gustavo Córdoba publicó otro sondeo presencial en la noche del jueves. Sostiene que la fórmula F² crece cinco puntos desde las PASO y que el 64,6% de los encuestados está en desacuerdo con que Macri deba ser reelecto, apenas por debajo de la imagen negativa del Gobierno que llega al 66,7%. Para Córdoba el Fernández tiene una intención de voto del 52,2%, contra 32,7% de Macri y un crecimiento de Roberto Lavagna que llegaría al 9,8%.

En la misma línea, el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica muestra que la imagen del Gobierno es mala o muy mala para el 76,8% de los consultados, mientras que el 77,4 por ciento cree que Macri es “responsable del descenso social por la crisis económica”.

Este think thank releva que las medidas centrales del próximo Gobierno debieran ser el aumento de salarios (46%) y congelamiento de tarifas (32,7%). La intención de voto de Fernández es del 48,5%, contra 30,7% de Macri. Nuevamente el núcleo duro.

Los datos coinciden con la percepción de que en este último tramo de la campaña nadie parece estar a cargo de la gestión del Gobierno, sino que todo está dominado por la puja electoral, que tendrá un punto álgido este domingo en Santa Fe, con el primer debate de los candidatos presidenciales.

De hecho, las provincias debieron ir nuevamente a la Corte para intimar a la Nación a que obedezca uno de sus fallos: pese a que los cortesanos le dieron la razón a los gobernadores en el conflicto por los descuentos de coparticipación para financiar el plan electoral que presentó Macri con la rebaja del IVA en alimentos y cambios en Ganancias, el Presidente nunca obedeció. No dejó de descontar ni devolvió lo recortado. Por eso, el gobernador Hugo Passalacqua firmó una nueva demanda ante la Corte que reclama ponerle fin a la detracción. Rara parábola de la relación entre Nación y provincias. 

Pese a la caída de recursos, acompañada por una baja de la coparticipación contra la inflación, Misiones sigue entre las provincias con las economías más ordenadas. Un estudio del Centro de Economía Política Argentina, sobre el endeudamiento de las provincias, ubica a Misiones con apenas un ratio de 0,19 por ciento de deuda en contra de recursos propios y una de las pocas que no tomó deuda en los últimos cuatro años -de hecho, no toma nueva deuda desde 1999-. 

Passalacqua cumplió ayer con la segunda cuota del bono primavera y sostiene numerosos planes para potenciar el consumo, fundamental para que en Misiones haya un humor social mucho más sano que en provincias vecinas. De hecho, Passalacqua cerrará su gestión con una enorme valoración y Oscar Herrera Ahuad es hasta hoy el gobernador electo por mayor diferencia. El modelo gestado en 2003, bajo el liderazgo de Carlos Rovira, es, al mismo tiempo, envidia y objeto de consulta. Alberto Fernández diagrama sus primeros días de gestión en consulta permanente con dirigentes de la Renovación. El plan Argentina Sin Hambre, por ejemplo, tiene similitudes con el plan Hambre Cero, forjado en la tierra colorada hace casi diez años, cuando la desnutrición era un tema tabú. Hoy son más de diez mil los chicos recuperados.

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El gasto público ¿es mucho o poco?

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Cuando escuchamos a los economistas y a diferentes profesionales de  Ciencias Económicas hablar de la crisis argentina (o de cualquier otra crisis económica), pareciera haber tantas versiones y opiniones respecto al tema que, hasta nos lleva a preguntarnos ¿realmente saben de lo qué están hablando? 

Es que las respuestas en economía son tan complejas que la frase favorita de un economista es “depende”. Ya lo decía en su tiempo Winston Churchill: “Si metemos en una habitación a dos economistas, saldrán de allí dos opiniones diferentes”. Esto sucede porque la economía es compleja, cada análisis encierra muchas variables y, además, es una ciencia social donde no se puede predecir y simplificar con una certeza absoluta los pensamientos del hombre. 

Teniendo en cuenta la dificultad que representa el análisis económico de los hechos, en este artículo busco presentarles diferentes opiniones sobre el origen de la crisis y algunas ideas de por qué existen explicaciones tan diversas:

  • Discrepancias de opinión sobre el Gasto Público:

El Gasto Público y el rol del Estado en la economía deben ser de los temas más discutidos en la historia del pensamiento económico. Los más liberales piensan que la intervención del Estado debe reducirse al mínimo indispensable, ocupándose solamente de proveer aquellos bienes y servicios que el sector privado no quiera o no pueda proveer. 

Es por ello, que los economistas y gobernantes con un pensamiento más afín con el liberalismo siempre verán en el Gasto Social un problema y tratarán de ajustar y achicar estos gastos, ya que les parece poco eficiente la intervención del Estado en esta área. 

En la otra vereda se encuentran aquellos que defienden ideas más de izquierda (keynesianos y socialistas, entre otros). Ellos defienden la intervención del Estado y el incremento en el Gasto Social por múltiples motivos, como por ejemplo, porque incrementar el gasto público (en especial el Gasto Social) en tiempos de crisis ayuda a reactivar la economía, a potenciar el consumo y todo ello empuja hacia la salida de la depresión económica. Pero también resaltan que, si bien la no intervención del Estado puede llevar a una mayor eficiencia, el mercado funcionando solo podría generar enormes desigualdades insostenibles en una convivencia social, y por lo tanto, el Estado debe intervenir para lograr una economía más equitativa. Incluso, como argumento a favor de incrementar el Gasto Social, se puede demostrar que los países más desarrollados, destinan una mayor proporción del PIB al Gasto Público, para comprobarlo observe el siguiente gráfico:

Como vemos en el gráfico, no existe una regla de cual es la magnitud adecuada de gasto público. Países que consideramos liberales (Reino Unido por ejemplo) tienen un mayor gasto que España, y para sorpresa del lector; Argentina está bastante por debajo de la media mundial.

Entonces, ante estas pruebas ¿Argentina debe aumentar o no el Gasto Público para salir de la crisis? ¿El déficit fiscal es en realidad un problema? En realidad, podemos decir que las estadísticas son un poco tramposas (o mejor dicho los usuarios de las estadísticas pueden ser un poco tramposos), ya que si se muestran los números parcialmente, siempre es posible defender uno u otro argumento. 

Es cierto que el Gasto Público es mayor en los países más desarrollados y este fenómeno en economía se conoce como la “Ley de Wagner”. Cuando los habitantes de un país tienen ingresos elevados y ya se han suplido las necesidades básicas, exigirán al Estado mayor cantidad y calidad de prestaciones, por eso tienden a tener un mayor gasto público.

Entonces, podemos notar que el tamaño del gasto público no es el problema, sino la sostenibilidad del gasto público. Básicamente, los encargados de llevar a cabo las políticas públicas deben preguntarse si pueden sostener ese nivel de gasto en el tiempo o si sólo lo pueden hacer en tiempos buenos. Incluso el análisis debe ser más profundo: ¿el país se está endeudando para sostener ese nivel de Gasto Público? Si es así ¿lo podrá pagar?

En el caso de Argentina, si bien el Gasto Público no pareciera ser tan elevado, la deuda pública creció significativamente en los últimos años, por lo que probablemente tengan que seguir ajustando y reduciendo gasto para afrontar esas obligaciones.

Lo peor de todo ello es que, toda esa deuda que se contrajo, se fugó del país: fueron los dólares (o fuga de capitales) que se llevaron los inversionistas de la bicicleta financiera. Esa plata no llegó al grueso de la población, ni vimos una mejora en áreas fundamentales como salud, educación y ciencias.

Dos reglas:

1 ) Cantidad: Podemos tener el gasto público que podemos financiar, esto significa que por más que sea poco el gasto en comparación a otros países, si tu recaudación de impuestos es poca no se puede subir el gasto. 

Se puede tener déficit fiscal y cubrir con endeudamiento: si, siempre y cuando el país tenga crecimiento y no más allá de la tasa de crecimiento del país para que la deuda sea pagable (no es el caso de Argentina en este momento )

2 ) Calidad: La ineficiencia es mala en cualquier sistema, de izquierda a derecha si se utilizan mal los recursos los resultados son malos, y aquí viene la cuestión más importante, quizás el gasto argentino no es tanto como sus detractores quieren hacer ver; pero es muy ineficiente. Según un estudio del del BID la ineficiencia del gasto público en la Argentina llega al 7,2 % del PBI, esto serían unos 32.000 millones de dólares, suficiente para solucionar la necesidad alimentaria (costo de la canasta básica) de casi 5 millones de familias tipo en un año, o sobraría para pagar la deuda del año que viene o miles de comparaciones más. 

Es así …. no es que no alcanza, se gasta muy mal.

A modo de conclusión:

  • No es mucho o poco……. Está muy mal gastado
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Ahora Ecuador: la relación tóxica del FMI con las crisis de América Latina

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Las noticias internacionales se hacen eco de una nueva crisis en un país de América Latina. Al parecer, esta vez es el turno de Ecuador. El 1 de Octubre el presidente Lenín Moreno anunció un paquete de medidas de ajuste denominado “el paquetazo”, que desató actos de protestas en todo el país y generó un fuerte conflicto social bajo el lema “no queremos ser Argentina”.

Cronología de la crisis en Ecuador y sus similitudes con Argentina

Si bien los hechos más conflictivos tuvieron lugar luego del anuncio del paquete de medidas de ajuste del pasado 1 de Octubre, las causas de la crisis de Ecuador datan de mucho tiempo antes. Al igual que Argentina, todo comenzó en los años de bonanza, cuando los precios de los comodities eran altos y los países como Ecuador y Argentina obtenían importantes ingresos a causa del comercio internacional. En ese momento el entonces presidente de Ecuador, Rafael Correa, incrementó significativamente el gasto público, que pasó de un 25% del PIB a un 44%. Si bien, ese incremento fue muy bueno para el pueblo ecuatoriano (ya logró reducir la desigualdad, bajar la pobreza en un 38% y la indigencia en un 47%), con la baja del precio de los comodities, el nivel de gasto se hizo insostenible  y el déficit fiscal alcanzó el 7% del PBI.

Fuente: Elaboración Propia en base a datos de Datos Macro

Para financiarse, el actual gobierno comenzó a endeudarse para cubrir el déficit fiscal recurrió al FMI. Como condición para desembolsar los préstamos, el Fondo le pide al país que aplique un plan de ajustes económicos para reducir el déficit y mejorar las cuentas fiscales (Cualquier parecido con Argentina NO es pura coincidencia). 

Dentro de las medidas de ajuste anunciadas por el gobierno ecuatoriano, la más conflictiva fue la quita de subsidios al combustible, lo que generó un alza de 120% en el precio de este insumo fundamental, incrementando el precio del transporte y generando escasez en los comercios de todo el país. Pero además de ello, se anunciaron las siguientes medidas:

  • Baja salarial de hasta el 20% en los contratos temporales de la administración pública;
  • Reducción de las vacaciones de los empleados públicos;
  • Un impuesto mensual equivalente a un día de trabajo a los empleados públicos;
  • Contribución especial de las empresas con ingresos superiores a los U$S10  millones anuales

También incrementaron los montos de los planes sociales y ampliaron el número de beneficiarios.

¿La culpa la tiene el Fondo Monetario Internacional?

Al parecer, no solo los argentinos sentimos terror al escuchar “Fondo Monetario Internacional”. Sin dudas, las recetas neoliberales de ajuste que propone dicha institución se repiten en todos los países que llegan a él. Es por esta razón que el pueblo ecuatoriano salió a las calles bajo el lema “no queremos ser Argentina”, ya que como la historia lo ha demostrado, estas recetas no funcionan muy bien y los ajustes se hacen sentir fuerte en los bolsillos del pueblo.

Si bien el Fondo Monetario Internacional fue creado con el objetivo de ayudar a los países a de evitar estas profundas crisis económicas, con sus recetas parece empeorarlas.

¿Por qué:

El sector externo, las crisis de los 90 y las recetas de FMI

Las economías de América Latina tienen un problema estructural generado por la debilidad del Sector Externo. Para poder lograr el desarrollo económico, es necesario que los países puedan importar bienes de capital y tecnología, invertir en infraestructura y mejorar la equidad interna. Para lograr todo esto se necesitan dólares, los cuales vienen de las exportaciones. Pero, como las exportaciones, básicamente, se componen de materias primas, existen dos inconvenientes:

  • La oferta de productos primarios (comodities) es muy difícil de expandir;
  • Los precios no lo fijan los países vendedores, sino que se fijan en el mercado internacional por el juego de la oferta y la demanda.

Estas características hacen que la cantidad de dólares con la que puede contar un país no sea previsible en el tiempo y no hay nada que se pueda hacer como para controlar esa situación. Hasta aquí el problema estructural, pero ahora viene la explicación sobre cómo el FMI empeora las cosas: si bien la razón de ser del organismo debiera ser evitar las crisis externas, es el principal impulsor de la liberalización del mercado de capitales, lo que hace que los países queden más vulnerables a las corridas de capitales (como sucede ahora en Argentina).

 Ante eventos externos como una suba de tasas de interés, por ejemplo en Estados Unidos o ante algún hecho que genere desconfianza, los inversores comienzan a retirar sus inversiones y llevarlas a los países con economías más fuertes, generando grandes problemas en las economías de países en desarrollo como Argentina o Ecuador. Entonces, el país debe seguir contrayendo deuda para financiar estas fugas, cuyos intereses se acumulan y los compromisos de pagos se vuelven cada vez más difíciles de cumplir, hasta que terminan en default.

En el proceso, se ajusta más y más el gasto público tratando de erradicar el déficit fiscal por un lado, pero por el otro lado se acumulan los intereses de deuda. Entonces se llega a un punto donde el país ya no puede cumplir con sus obligaciones de deuda y puede terminar en default. Esta es la historia de la mayoría de las crisis que sufrieron los países en desarrollo desde la década de los 70.

Conclusión:

Para hacerla corta, luego de casi 50 años ya deberíamos haber aprendido la lección: recurrir al Fondo Monetario Internacional no nos ayudará a salir de la crisis. Pero para no depender de este organismo, tenemos que aprender a ser ordenados, sobre todo en las épocas de bonanza y resistir a la tentación de incrementar el gasto de manera insostenible. En este sentido, hubo algunos países que lograron superar estos círculos viciosos, entre ellos se encuentra Chile. Para ello, se tuvieron que tomar medidas claras; leyes que obligan al gobierno de turno a cumplir con estricto control del déficit fiscal y también a ahorrar en tiempos de superávit, lo que les permitió encontrar una senda de crecimiento sostenido. 

Como moraleja de esta historia que se repite una y otra vez, hay que saber que es preferible ir más lento en la senda de desarrollo y no retroceder cada 8 o 10 años.

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