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Caputo admite dudas sobre la recuperación y anticipa posible rebote inflacionario

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Un reconocimiento incómodo en pleno proceso de estabilización. El 1 de abril, en la Bolsa de Comercio de Rosario, el ministro de Economía, Luis Caputo, dejó una señal que no suele aparecer en la narrativa oficial: admitió su “preocupación” por la velocidad de la recuperación económica y anticipó que la inflación de marzo podría interrumpir la tendencia descendente.

El dato introduce una fisura en el discurso del Gobierno. Mientras sostiene que el programa económico no se modificará, el propio titular del Palacio de Hacienda reconoce que la actividad podría mostrar señales de retroceso —con un EMAE de febrero “para abajo”— y que los precios podrían acelerar. ¿Se trata de una advertencia preventiva o de un primer ajuste discursivo frente a datos menos favorables?

Entre la consistencia del plan y los límites de la economía real

El planteo de Caputo se inscribe en una defensa explícita del modelo económico. Aun con las señales de desaceleración, el ministro sostuvo que “no nos va a desviar del rumbo” y reafirmó la meta oficial.

Sin embargo, el diagnóstico revela tensiones concretas. Por un lado, el consumo no logra consolidar un repunte sostenido. Por otro, la actividad muestra signos de enfriamiento en indicadores clave. En ese contexto, el funcionario reconoció que la economía tiene potencial para crecer entre 9% y 10%, pero dejó implícito que ese escenario aún no se materializa.

El discurso también abordó un punto estructural: la política fiscal y las retenciones. Caputo expresó su intención de llevar los Derechos de Exportación a cero, aunque advirtió que una baja inmediata generaría déficit fiscal. La ecuación es directa: sin equilibrio fiscal, el financiamiento volvería a tensionar el esquema económico.

Ese límite condiciona cualquier decisión. El Gobierno prioriza el orden fiscal como ancla central, incluso cuando eso retrasa medidas de estímulo que podrían acelerar la actividad.

Señales al mercado y disputa de expectativas

El reconocimiento de posibles desvíos en inflación y actividad tiene un doble impacto. Hacia el mercado, funciona como una señal de realismo: el programa no desconoce los costos de corto plazo. Pero hacia la política, también redefine la narrativa.

Caputo vinculó la resistencia al programa con sectores que “estaban cómodos con el modelo anterior”. Esa lectura introduce una dimensión de conflicto: el ajuste no solo es económico, también es político.

Al mismo tiempo, el ministro descartó de plano la posibilidad de una devaluación como herramienta de competitividad, en un mensaje dirigido tanto a economistas como a actores del sistema productivo. La definición busca cerrar el debate interno sobre el tipo de cambio, uno de los puntos más sensibles para la estabilidad del programa.

En ese marco, el Gobierno intenta sostener una expectativa: que los fundamentos —PIB, exportaciones, consumo privado y cosecha— respalden la estrategia en el mediano plazo. Pero el corto plazo aparece más incierto.

Un programa que entra en fase de prueba

Las próximas semanas serán clave para validar el diagnóstico oficial. La evolución de la inflación de marzo y los datos de actividad definirán si la desaceleración es transitoria o si marca un cambio de tendencia.

El Gobierno enfrenta un equilibrio delicado. Mantener el rumbo implica sostener el ajuste y la disciplina fiscal, pero la demora en la recuperación puede erosionar el respaldo social y político.

La definición de Caputo deja abierta esa tensión. El programa económico no se modifica, pero empieza a mostrar sus límites en la velocidad de los resultados. La incógnita ya no es solo si el plan funciona, sino cuándo empieza a sentirse en la economía cotidiana.

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Pascuas: los precios suben hasta 63% y exponen tensiones entre consumo, costos y apertura económica

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En la previa de Semana Santa, el relevamiento de Focus Market puso cifras a una tensión que atraviesa al modelo económico: los productos típicos de Pascuas registran aumentos de hasta 63% interanual en 2026, con picos en alimentos clave como pescado, huevos de chocolate y roscas. El dato no es menor en un contexto donde el Gobierno busca consolidar la desaceleración inflacionaria. ¿Se trata de una excepción estacional o de una señal de límites en la dinámica de precios?

El informe confirma que el mayor incremento se dio en la rosca artesanal de 500 gramos, que pasó de $8.000 a $13.000 (63%), mientras que el kilo de calamar subió 58% y lideró los aumentos dentro de pescados. En paralelo, los huevos de Pascua también mostraron alzas significativas, con variaciones de hasta 49% según el producto.

Costos globales, apertura y estructura local: el trasfondo de los precios

El comportamiento de los precios no responde a un único factor. En el caso del calamar, el aumento se vincula a la presión de la demanda internacional, que eleva los valores locales incluso en un contexto de buena captura. Es un dato relevante: el mercado externo comienza a ordenar precios internos en segmentos exportables.

En contraste, la merluza —más orientada al consumo doméstico— registró un incremento menor (27%), lo que refleja una dinámica más atada al mercado interno.

El caso del atún introduce otra variable: la apertura de importaciones. Según el relevamiento, el producto mostró un aumento del 25% interanual, pero con una caída en términos nominales en el período 2024–2026, impulsada por el ingreso de marcas extranjeras, principalmente de Ecuador, que generaron competencia directa en góndola. La lógica es clara: donde hay importación, los precios encuentran un techo.

En los productos elaborados, como los huevos de Pascua, el impacto viene desde afuera pero con rezago. El precio internacional del cacao —afectado por problemas productivos en África Occidental— encareció costos en 2024, y aunque comenzó a moderarse, el traslado a precios minoristas sigue vigente. A eso se suman costos locales como salarios, logística e impuestos.

Las roscas, en tanto, sintetizan el problema doméstico: suben por costos de insumos básicos (harina, huevos, azúcar) y por el encarecimiento operativo, en un escenario de menor escala de producción por caída del consumo.

Ganadores, perdedores y señales para la política económica

El mapa que deja el relevamiento no es uniforme. Los sectores vinculados a exportaciones —como el calamar— aparecen fortalecidos por la demanda externa, mientras que los productos más ligados al mercado interno reflejan tensiones de costos y consumo.

Al mismo tiempo, la apertura comercial muestra efectos concretos en algunos segmentos, como el atún, donde la competencia importada presiona a la baja. Esto introduce una variable clave para la estrategia del Gobierno: la capacidad de disciplinar precios vía competencia externa convive con sectores donde el traslado de costos sigue siendo dominante.

Para el consumo masivo, el impacto es directo. Pascuas funciona como un termómetro: incluso con menor inflación general, los productos estacionales pueden registrar subas significativas, lo que tensiona el poder adquisitivo en momentos de alta sensibilidad social.

Un test para el modelo en tiempo real

Más que un fenómeno aislado, los precios de Pascuas operan como un test de consistencia. La combinación de apertura, costos globales y estructura local deja ver hasta qué punto la desaceleración inflacionaria logra permear en todos los rubros.

En las próximas semanas, la evolución del consumo será una variable a seguir. Si la demanda convalida los precios, el traslado de costos encontrará respaldo. Si no, podrían aparecer ajustes en márgenes o estrategias comerciales.

La señal ya está sobre la mesa: incluso en un contexto de orden macroeconómico, los precios siguen siendo el espacio donde se cruzan tensiones estructurales que todavía no terminan de resolverse.

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Passalacqua prorrogó los programas Ahora hasta junio

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El gobernador Hugo Passalacqua informó en sus redes sociales que “los argentinos sabemos que la cosa no está fácil y que cada peso cuenta, por eso decidí prorrogar los programas Ahora hasta el 30 de junio con mejores reintegros, mejores plazos, mayores límites de compra”.

“En síntesis, tratamos de poner los recursos de los misioneros que administra la provincia donde más puedan ser utilizados”, añadió.

La medida se hizo en acuerdo con las entidades bancarias y el sector privado participante. La misma contempla la adecuación de los porcentajes de reintegro, así como aumentos en el límite financiable y en los topes de reintegro. Asi, el beneficio estará disponible desde el 1 de abril de 2026 hasta el 30 de junio de 2026.

La prórroga comprende los programas: Ahora Misiones, Ahora Bienes Durables, Ahora Mujer, Ahora Viajá por Misiones, Ahora Estudiantes, Ahora Construcción, Ahora Carne, Ahora Gastronomía, Ahora Feria, Ahora Mascotas, Ahora Pan, Ahora Gas, Ahora Neumáticos, Ahora Góndola Bernardo de Irigoyen y Ahora Remedios.

En detalle, Ahora Misiones establece un tope de compra de $816.000 y un tope de reintegro de $56.000. En tanto, Ahora Bienes Durables eleva su tope a $1.832.000, con financiación en hasta 15 cuotas. Por su parte, Ahora Construcción y Ahora Neumáticos comparten el mismo tope de compra de $1.832.000. A estos se suman Ahora Viaja por Misiones y Ahora Estudiantes.

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Misiones Productiva: “La estabilidad llegó, pero el consumo no”, afirma Alfredo Gruber

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En un contexto de actividad económica contenida y expectativas en revisión, el empresario Alfredo Gruber hablo con Economis y puso en palabras una tensión creciente en el sector productivo de Misiones: reconoció que la estabilidad macroeconómica es un dato positivo, pero advirtió que “está todo frenado” en términos de consumo y actividad. El planteo, realizado tras una jornada sectorial en Posadas, introduce una pregunta incómoda para el Gobierno nacional: ¿alcanza la estabilización para sostener el entramado productivo o se abre una nueva fase de presión por reformas más profundas?

El diagnóstico combina dos planos que hoy conviven en la economía real. Por un lado, la baja de la volatilidad y cierta previsibilidad. Por otro, una caída en la demanda que impacta tanto en el mercado interno como en el externo, con empresas que enfrentan menor volumen de ventas y mayores costos.

Impuestos, logística y regulaciones: el núcleo del reclamo

El eje más consistente del planteo empresario pasa por la estructura impositiva. Gruber insistió en que la presión fiscal sigue siendo elevada en los tres niveles del Estado —nacional, provincial y municipal— y que a dos años del gobierno “más reformista” como se autodenomina la gestión de La Libertad Avanza los avances en reducción de cargas aún son “muy pocos”.

En ese marco, apuntó a nivel provincial contra el impuesto a los ingresos brutos, al que definió como distorsivo por su efecto acumulativo a lo largo de la cadena productiva. También planteó la necesidad de una reducción del IVA del 21% al 10%, aunque reconoció que esa medida enfrenta límites estructurales vinculados a la informalidad y al peso del gasto público.

El análisis se completa con otro factor estructural: el costo logístico. Desde Misiones, la salida de producción hacia los puertos de Buenos Aires o Uruguay encarece la competitividad. En ese punto, el empresario vinculó la discusión con obras de infraestructura como la posibilidad de mejorar la navegabilidad mediante sistemas asociados a represas, lo que permitiría reducir costos de transporte. “Hay que pensar en aprovechar el río como dijo Scherer dándole navegabilidad con la construcción de Corpus, que además de energía nos permitiría usar puertos aguas arriba y enviar las cargas por el río”, describió el empresario

Actividad frenada y señales contradictorias del contexto global

El diagnóstico empresarial no se limita al plano local. Gruber advirtió que la falta de dinamismo atraviesa tanto el mercado interno como el externo. “La gente no compra” sintetiza una percepción que se repite en distintos sectores.

A esa situación se suma un escenario internacional inestable. Cambios en aranceles, tensiones comerciales y la incertidumbre global complican la planificación exportadora. En paralelo, la suba proyectada de los combustibles —asociada según Gruber solo al contexto internacional, no a la suba de impuestos nacionales— aparece como un nuevo factor de presión sobre costos y precios, con impacto directo en la inflación.

La ausencia de obra pública también aparece como un elemento que retrae la demanda, especialmente en sectores vinculados a la construcción y la industria.

Reformas en debate y falta de impacto concreto

En términos de política económica, el empresario marcó una distancia entre las reformas anunciadas y su impacto efectivo. Señaló que la reforma laboral aún no está reglamentada y que, por lo tanto, no genera cambios concretos en la operatoria diaria de las empresas.

Esa percepción refuerza la idea de una transición en curso, donde las medidas estructurales todavía no se traducen en mejoras palpables para el sector productivo. En ese contexto, la expectativa se mantiene, pero convive con incertidumbre.

A nivel provincial, también aparece en agenda la posible reforma de normativas nacionales y provinciales vinculadas al uso del suelo y la producción, con debates en ámbitos institucionales sobre cambios regulatorios que podrían ampliar la capacidad productiva. Allí, el planteo empresario apunta a flexibilizar restricciones que hoy limitan el desarrollo de actividades agrícolas y ganaderas.

Entre la espera y la presión por definiciones

El mensaje final combina cautela y presión. “La esperanza es lo último que se pierde”, planteó Gruber, aunque advirtió que sería “una lástima” que el esfuerzo de los últimos años no se traduzca en resultados concretos.

La economía, en esa mirada, aparece como “una moneda en el aire”, donde las decisiones de inversión se postergan hasta tener mayor claridad sobre el rumbo político y económico. Es un dato relevante: sin previsibilidad consolidada, el sector productivo tiende a esperar antes que arriesgar.

En las próximas semanas, el foco estará puesto en dos variables clave: si la estabilidad logra traducirse en reactivación del consumo y si las reformas —fiscales, laborales o regulatorias— avanzan con impacto real. Entre tanto, el reclamo empresario empieza a ordenarse en una agenda concreta que combina baja de impuestos, mejora logística y simplificación normativa.

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Furiase niega crisis de consumo y apuesta a la desinflación

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El secretario de Finanzas, Federico Furiase, salió a fijar posición en un momento sensible para el Gobierno: negó que exista una crisis de consumo y aseguró que “no cree que haya mucha gente que esté peor”, en una intervención pública que busca ordenar la narrativa económica oficial mientras crecen las advertencias empresarias. Las declaraciones, realizadas el 26 de marzo, llegan en paralelo a la reconfiguración del equipo económico y a la expectativa por una baja de la inflación desde abril. La pregunta queda planteada: ¿se trata de una señal de consolidación del rumbo o de una tensión creciente entre diagnóstico oficial y percepción social?

El dato político no es menor. En un contexto donde el consumo aparece como termómetro de la actividad, el funcionario eligió minimizar las señales de enfriamiento y encuadrarlas como “historias particulares”, al tiempo que reivindicó indicadores agregados como el crecimiento del PBI —10,3% desde 2023— y niveles “récord” de consumo privado. La estrategia es clara: sostener la consistencia del programa económico frente a críticas sectoriales.

Macro estabilizada y cambio en los patrones de consumo

El planteo de Furiase se apoya en un argumento central: la economía habría cambiado su composición de demanda. Según explicó, el consumo no se retrae sino que se reorienta hacia bienes durables como autos, viviendas, electrodomésticos o viajes, impulsado por la recuperación del crédito.

Esa lectura se inscribe en el marco de la política económica del Gobierno, que prioriza la estabilización macroeconómica como condición previa para la reactivación. En ese esquema, la duplicación del crédito a familias y empresas aparece como uno de los pilares, junto con la desaceleración inflacionaria proyectada para los próximos meses.

Sin embargo, el propio funcionario reconoció que marzo volverá a mostrar presión inflacionaria, atribuida a factores estacionales: subas en combustibles por la guerra, ajustes en educación, tarifas y alimentos como la carne. Aun así, anticipó una caída “muy fuerte” de la inflación desde abril o mayo, bajo el argumento de que “están dadas las condiciones macro”.

La narrativa oficial combina así dos tiempos: un presente todavía tensionado por precios y un futuro inmediato de alivio que permitiría recomponer el poder adquisitivo.

Consumo, percepción y disputa de legitimidad

Las declaraciones del secretario de Finanzas no solo buscan explicar variables económicas, sino también disputar el sentido político de la coyuntura. Al afirmar que “no se cuenta la otra cara de la moneda”, introduce una tensión con sectores empresarios y comerciales que vienen señalando caída en las ventas.

En ese cruce, el Gobierno intenta sostener la idea de que la estabilización ya está generando efectos positivos, aunque de manera desigual. La referencia a que “hay mucha gente a la que le está yendo mejor en poco tiempo” apunta a reforzar esa narrativa.

El dato electoral también aparece como argumento: Furiase vinculó el resultado de una elección de medio término —con un 40%— con la percepción social de la economía, sugiriendo que el respaldo político valida el rumbo económico. Es una señal de cómo la correlación de fuerzas políticas se integra al diagnóstico económico.

Un escenario abierto entre expectativas y resultados

La clave hacia adelante estará en la verificación empírica de esa promesa de desinflación y en su impacto concreto sobre ingresos y consumo. Si la baja de precios se consolida, el Gobierno podría reforzar su narrativa de estabilización exitosa. Si no ocurre en los tiempos previstos, la brecha entre discurso y realidad podría ampliarse.

También habrá que observar si la recuperación del crédito logra sostener el consumo de bienes durables o si la falta de dinamismo en sectores más cotidianos sigue marcando el pulso económico. En paralelo, las tensiones por precios relativos —combustibles, tarifas, alimentos— seguirán condicionando la percepción social.

Por ahora, el oficialismo apuesta a que los indicadores macro terminen alineando expectativas. Pero en una economía atravesada por cambios rápidos, la disputa no es solo técnica: es también política y, sobre todo, perceptiva.

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