COPARTICIPACIÓN

Misiones en desventaja: evidencia demográfica y tributaria sobre el perjuicio del esquema de coparticipación

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Nuevamente, y bienvenido sea, se puso en el centro del debate la distribución de los recursos de origen nacional coparticipables. El anticipo financiero otorgado por la Nación a doce provincias, entre ellas Misiones, en el marco de una profunda crisis de ingresos de los subnacionales (producto de la caída de la recaudación nacional y, por ende, de la coparticipación) y el fuerte recorte de los envíos no automáticos, reactivó la discusión no sólo del financiamiento de las provincias, sino también sobre las profundas asimetrías del actual esquema de reparto. Un esquema que beneficia de manera significativa a ciertas jurisdicciones en detrimento de otras, como es el caso de Misiones.

El eje de la discusión es claro: Misiones es una provincia que recibe menos recursos de los que, bajo criterios razonables, debería percibir. Para sustentar esta afirmación, resulta clave analizar dos dimensiones: la demográfica y la económica. En ese marco, la posición relativa de Misiones dentro del NEA permite aportar evidencia concreta y robusta para fundamentar este diagnóstico.

Un primer aspecto clave para analizar la posición relativa de Misiones dentro del esquema de coparticipación es su peso demográfico en la región del NEA. Vamos primero al año 1989, el primer año de implementación plena de la, en ese entonces, nueva ley de coparticipación federal, sancionada en 1988.

En ese año, Misiones tenía 748.457 habitantes y concentraba el 28,3% de la población del NEA, siendo la tercera en la región en términos de tamaño, superada por Chaco con 785.423 habitantes (29,7% del total) y por Corrientes con 758.125 habitantes (28,7%); y quedando solamente por encima de Formosa que tenía 350.892 habitantes (13,3%). Ahora bien, en términos de participación de recursos de coparticipación, Misiones fue la provincia con el menor volumen de fondos captados ese año: sobre el total del NEA, participó de solo el 21,5%, quedando por debajo de Formosa (22,8%), Corrientes (24,5%) y Chaco (31,1%). 

Más de tres décadas después, ya en el año 2024, la estructura demográfica del NEA cambió significativamente, pero el esquema de distribución de recursos permaneció inalterado. Para ese año, Misiones pasó a ser la provincia más poblada del NEA, contando con 1.333.633 habitantes y explicando el 30,6% de la región, seguida luego por Chaco (27,6%), Corrientes (27,5%) y Formosa (14,3%). Este cambio de posición para el caso misionero se explica por haber sido la provincia, en la región, de mayor crecimiento poblacional relativo: la cantidad de habitantes creció en 78,2% respecto a 1989, por encima de las expansiones observadas en Formosa (+78,0%), Corrientes (+58,2%) y Chaco (+52,9%). No obstante, su participación en la distribución de los fondos coparticipables no varió: en ese año, Misiones captó el 21,3% de los fondos coparticipables totales que llegaron al NEA, quedando debajo de Formosa (23,0%), Corrientes (23,9%) y Chaco (31,8%). 

Es decir, aquí vemos un doble problema: entre 1989 y 2024, Misiones expandió su nivel de participación poblacional relativa en la región en unos 2,3 puntos (de 28,3% a 30,6%), pero su participación relativa en la recepción de transferencias nacionales cayó en -0,2 puntos (de 21,5% a 21,3%). Cuando Misiones era la segunda provincia menos poblada de la región, recibía el menor volumen de fondos; cuando pasó a ser la más poblada, continuó ocupando ese mismo lugar.

Este desacople se vuelve aún más evidente al analizar los recursos en términos per cápita. En 1989, Misiones ya recibía menos fondos nacionales por habitante que sus pares regionales: el monto per cápita quedaba 11% por debajo de Corrientes, 28% por debajo de Chaco y 56% por debajo de Formosa. Lejos de corregirse, estas brechas se profundizaron con el tiempo. En 2024, los recursos per cápita de Misiones se ubican 20% por debajo de Corrientes, 40% por debajo de Chaco y 57% por debajo de Formosa, consolidando una brecha estructural y creciente dentro de la región.

Sintetizando: entre 1989 y 2024, Misiones fue la provincia del NEA que más creció en términos poblacionales, pero la distribución de los recursos no se modificó, profundizando su desventaja relativa. En términos ilustrativos, si en 1989 Corrientes recibía $100 por habitante, Misiones percibía $89; en 2024, frente a $100 per cápita de Corrientes, Misiones captó apenas $80. La situación no solo no se corrigió, sino que se agravó.

A esta dinámica se suma un segundo elemento que refuerza el diagnóstico: el comportamiento de Misiones como aportante neto dentro de la región. Al analizar la distribución de los principales tributos coparticipables, se observa que la provincia no solo recibe menos en relación a su población, sino que además genera una proporción de recursos muy superior a la que luego le es redistribuida.

Para esto vamos a tomar los datos de 2003 y de 2024, dado que son el inicio y el final de la serie disponible de ARCA de imputación de impuestos nacionales por provincia. En 2003, Misiones concentraba el 43,6% de todo lo que se recaudaba por IVA en el NEA, liderando ampliamente en la región ya que el resto quedaba muy atrás: Chaco el 29,2%, Corrientes el 20,6% y Formosa el 6,6%. 

Si se amplía el análisis al conjunto de impuestos coparticipables (IVA, Ganancias, internos y otros), Misiones explicaba en ese año el 38,0% del total regional, superando a Chaco (31,9%), Corrientes (22,3%) y Formosa (7,8%). Sin embargo, en ese mismo año, Misiones recibió solo el 22,3% de las transferencias por coparticipación que llegaron al NEA, por debajo de Chaco (30,6%), Corrientes (24,3%) y Formosa (22,8%).

Lejos de revertirse, esta situación se mantuvo en el tiempo. En 2024, Misiones continuó liderando la recaudación de impuestos coparticipables en la región, explicando el 35,7% del total del NEA y superando en casi diez puntos porcentuales al segundo (Corrientes con 26,3%). No obstante, volvió a registrar el menor nivel de participación en la distribución de los recursos: captó apenas el 21,3% del total regional, incluso por debajo de su nivel de 2003.

En otras palabras: en el año 2023, Misiones recaudó 38 de cada 100 pesos del total del NEA por impuestos nacionales; pero al mismo tiempo, recibió solo 22 de cada 100 pesos que llegó a la región por coparticipación. Para el año 2024, recaudó 36 de cada 100 pesos de impuestos nacionales coparticipables, pero recibió solo 21 de cada 100 pesos que volvió a la región por ese esquema. 

De este modo, al combinar la evidencia demográfica con la tributaria, se configura un cuadro consistente: Misiones no solo se encuentra subrepresentada en la distribución de recursos en relación con su población, sino que además presenta un claro desfasaje entre lo que aporta y lo que recibe dentro del esquema regional.

En definitiva, tanto la evidencia de largo plazo en términos demográficos como la disponible para el período reciente en materia de recaudación permiten concluir que la provincia ha enfrentado históricamente una doble desventaja relativa en el esquema de coparticipación dentro del NEA: recibe menos de lo que le correspondería por su peso poblacional y, al mismo tiempo, aporta más de lo que finalmente percibe.

Ahora bien, si el diagnóstico es claro, la solución no lo es tanto ya que el problema no es solo técnico, sino profundamente político. Modificar el régimen de coparticipación implica necesariamente alterar el reparto de recursos entre provincias, y eso supone que lo que una gana, otra lo pierde. En un esquema donde cada jurisdicción defiende su posición relativa, construir los consensos necesarios para una reforma se vuelve prácticamente inviable. 

Por eso, aun cuando las inequidades son evidentes y están ampliamente documentadas, el sistema permanece inalterado: no porque funcione bien, sino porque cambiarlo implica un costo político que pocos están dispuestos a asumir. En ese contexto, provincias como Misiones quedan atrapadas en un esquema que reproduce y profundiza su desventaja relativa en el tiempo.

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Promesas autocumplidas

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En la superficie, la economía argentina empieza a mostrar señales que, leídas en clave estrictamente estadísticas, permiten hablar de cierta estabilización. Algunos indicadores nacionales del INDEC, como el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) o el propio Producto Interno Bruto (PIB) exhiben mejoras. Sin embargo, esa foto agregada esconde una dinámica mucho más compleja cuando se baja a la economía real y sobre todo, al territorio. 

En las provincias, y particularmente en Misiones, la economía no solo no repunta, sino que sigue mostrando señales claras de deterioro. Para esto, vale repasar los últimos datos que se fueron conociendo estas semanas para comprender que el crecimiento “como pedo de buzo”, parafraseando a Milei, de la economía nacional no es homogéneo ni alcanza a la gran mayoría de los argentinos.

En Misiones, el caso de la construcción es probablemente uno de los más elocuentes. En enero, el empleo en el sector cayó 6,5% mensual y 9,5% interanual. Pero más relevante aún es la perspectiva acumulada: desde la asunción de Javier Milei, se destruyeron 3.458 puestos de trabajo en la actividad, lo que equivale a un derrumbe del 44%. 

A esto se suma un deterioro en los ingresos, con una caída del salario real del 1,2% en enero y un nivel que se ubica 1,8% por debajo del registrado antes del cambio de gobierno. 

No se trata de un fenómeno aislado. El freno casi total de la obra pública nacional, combinado con fuertes restricciones de financiamiento hacia la provincia y las dificultades del sector privado para acceder (y sostener) al crédito, conforman un cóctel que explica buena parte de este desplome.

La contracción también se refleja en el entramado empresarial. En los últimos dos años, Misiones perdió 908 empresas del sector privado formal. El comercio aparece como el rubro más golpeado, en un contexto de consumo debilitado y pérdida de poder adquisitivo de los hogares. La industria, por su parte, enfrenta una doble presión: la debilidad de la demanda interna y una mayor competencia externa a partir de la apertura de importaciones. En ambos casos, el resultado es el mismo: cierre de unidades productivas, menor actividad y retroceso del tejido económico local.

En paralelo, el empleo formal privado muestra una caída significativa. En dos años, se destruyeron 10.152 puestos de trabajo registrados en la provincia, lo que representa una baja del 9,3%. El dato no es menor: Misiones exhibe hoy el menor volumen de empleo formal privado desde 2020, es decir, desde el momento más crítico de la pandemia. Esto demuestra que el mercado laboral formal nunca dejó atrás la fase contractiva que se inició a finales del 2023 y peor aún, se agrava cada vez más. 

Si se amplía la mirada al conjunto del mercado de trabajo, los indicadores tampoco ofrecen señales alentadoras. La tasa de actividad en el último trimestre de 2025 cayó respecto al mismo período de 2024 y se ubica muy por debajo del pico alcanzado en 2022 (46,4% actual frente a 50,9% en el segundo trimestre de ese año). La tasa de empleo sigue una trayectoria similar: actualmente es del 44,6%, retrocediendo frente a un año atrás y muy lejos del récord alcanzado por Posadas allá por 2022 cuando marcó 49,6%

En ese momento, Posadas llegó a tener la segunda mayor tasa de empleo del país, solo por detrás de la Ciudad de Buenos Aires. Ese hito hoy parece lejano.

El consumo, uno de los motores más relevantes de la actividad económica provincial, también evidencia un marcado deterioro. Las ventas de combustible promedian actualmente 37.120 metros cúbicos mensuales, muy por debajo de los 46.100 que se registraban en años previos. En esa línea, en febrero se observó una caída interanual del 10,4%, en un contexto donde ya no puede atribuirse el fenómeno a la menor demanda de países vecinos, dado que el efecto de las ventas fronterizas se diluyó durante 2024. En supermercados, la tendencia es aún más clara: Misiones acumula nueve meses consecutivos de caídas, y en enero las ventas se ubicaron 32% por debajo del nivel previo a la asunción de Milei. 

Dentro de estos, los productos de almacén, el rubro de mayor volumen de venta y que refiere a los productos más básicos de una canasta familiar, promedia en la era Milei una baja del 12%.

Finalmente, la situación fiscal agrega un nuevo frente de tensión. Entre enero y febrero, la provincia dejó de percibir alrededor de $ 30.000 millones de pesos por la caída en la coparticipación federal. Marzo, según las estimaciones preliminares, podría mostrar una contracción cercana al 10%, lo que implicaría otros $ 30.000 millones. De confirmarse este escenario, Misiones cerraría el primer trimestre con una pérdida de aproximadamente $ 60.000 millones

El trasfondo es claro: con una recaudación nacional que no logra repuntar, los recursos que se distribuyen a las provincias se reducen, afectando directamente su capacidad de gasto y de sostén de la actividad económica.

Todo este detalle choca directo con las declaraciones del gobierno nacional, que ven una luz que solo pueden observar ellos, porque los datos son claros y demuestran una situación muy precaria en toda la economía real. Funcionarios y referentes libertarios no solo omiten deliberadamente los problemas actuales sino que hasta parece que se burlan de los argentinos: caso concreto el de Federico Sturzenegger, que mediante un post de X dijo que no hay cierre de empresas utilizando un gráfico que demuestra efectivamente la caída de empresas. O se burlan, o son tontos. Seguramente es lo primero. 
El alejamiento que tiene el gobierno libertario de la realidad es tan grande que ya es preocupante y grave: no reconocer la crisis que existe impide que tomen medidas al respecto. O peor aún: están tan aferrados ideológicamente a su doctrina que entienden que más allá de los problemas, el Estado no debe intervenir. Un sálvese quien pueda. “Los voy a fundir a todos” dijo una vez Milei. Está cumpliendo su promesa.

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El pragmatismo y la levedad

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Misiones cerró 2023 con un techo inédito de 110,3 mil empleos privados registrados. Dos años después, el retroceso es evidente: el dato de octubre, el último oficial, marca que en Misiones solo hay 99.225 trabajadores en el sector privado formal. Es el menor volumen de empleo de los últimos 57 meses para la provincia y se perforó el piso de los cien mil empleos por primera vez desde febrero de 2021, en plena salida de la pandemia. Es decir, los números son peores que durante la pandemia. 

Se llegó a esa cifra luego de sufrir cinco caídas consecutivas en la comparación mensual: en octubre el descenso fue de 0,9%, equivalente a la pérdida de 884 empleos respecto a septiembre. Misiones fue una de las seis provincias con mayor descenso mensual. 

Entre junio y octubre, Misiones perdió unos 3.558 empleos en el sector privado formal, y desde que asumió Milei, cayeron 9.678 empleos, lo que representa una baja del 8,9%, la sexta más fuerte del país. 

El mismo panorama, con matices, se observa en el resto de las provincias y en el promedio país. Entre noviembre de 2023 y octubre de 2025 la cantidad de empleadores con trabajadores registrados, pasó de 512.357 a 492.223, con una contracción de 21.046 empresas. Se cerraron 30,45 empresas por día.

En el mismo período, el empleo registrado se redujo 2,77%, lo que representa una pérdida de 272.607 puestos de trabajo, al pasar de 9.857.173 en noviembre de 2023 a 9.584.566 en octubre de 2025. Son casi 400 trabajadores menos por día desde que asumió Javier Milei

Datos complejos para alguien que se jacta de ser especialista en generar riqueza con o sin dinero. Sin embargo, el Presidente y sus convencidos, deciden simplemente obviarlos. 

En contraste, el Presidente y su equipo económico empezaron el año celebrando el dato de la inflación como “el más bajo” de los últimos años. El índice de precios al consumidor aumentó 2,8% en diciembre, lo que arroja una suba de 31,5% para todo 2025 en Argentina, 86 puntos porcentuales menos que el año previo (117,8%) y el más bajo de los últimos ocho años. Datos correctos que no dicen todo: megadevaluación en diciembre de 2023, virtual congelamiento de salarios y una suba de tarifas que no termina nunca de acomodarse. Elementos que esconden la real dimensión del esfuerzo de los argentinos para sobrellevar el costo del ajuste, que muy poco fue asumido por “la casta”. 

También se omite reconocer que la inflación está lejos de estar knock out como celebró el Presidente en unos comics que lo tienen como protagonista. En mayo del año pasado se frenó el proceso de desinflación y desde entonces, no para de subir. El 2,8 por ciento de diciembre fue más alto que en noviembre. En el NEA el dato del último mes del año también fue impactante, con un alza del 3,4% y una aceleración por cuarto mes consecutivo. La región tuvo el mayor incremento de precios del país, aunque en términos interanuales, mostró un incremento del 28,8%, el más bajo desde el 2017.

En el NEA, la suba mensual de diciembre presentó una aceleración de un punto porcentual respecto al mes previo (2,4% en noviembre) y fue la primera vez desde abril pasado que supera el techo del 3% mensual, lo que equivale a la suba más fuerte desde agosto de 2024 en la región. Esta aceleración también se vio a nivel general nacional y en las regiones, pero en magnitudes inferiores al nordeste. 

¿Dónde estuvieron las subas más alarmantes? Alimentos y Bebidas no alcohólicas, con 4,8%, fue el indicador más alto de los últimos 17 meses, con la carne como protagonista, con una escalada de 10,3%)

El Gobierno celebró el último dato de inflación como un hito político. “Es un logro extraordinario”, afirmó el ministro de Economía, Luis Caputo, quien atribuyó el resultado a un conjunto de factores que incluyen el reacomodamiento de precios relativos, la flotación cambiaria y una fuerte contracción de la demanda de dinero, fenómeno que explicó como consecuencia de una dolarización masiva de la ciudadanía, incentivada -según su lectura- por la oposición. El Presidente replicó el mensaje con entusiasmo y volvió a exaltar la figura de su ministro: “Toto, el más grande”.

Desde una perspectiva histórica, el dato tiene respaldo. Para encontrar una inflación anual menor a la actual hay que retroceder hasta 2017, durante el gobierno de Mauricio Macri, cuando el índice fue de 24,8%. Aquel año tuvo además un valor simbólico: fue el primero elaborado por un organismo estadístico normalizado, luego de casi una década en la que las cifras oficiales habían perdido credibilidad por la manipulación política. Sin embargo, esa tregua fue efímera. La inflación volvió a acelerarse hasta 47,7% en 2018 y 53,8% en 2019. Más tarde, la parálisis económica provocada por la pandemia permitió en 2020 una inflación más baja, del 36,1%, durante la gestión de Alberto Fernández. El alivio tampoco duró: el proceso derivó en una escalada que culminó en 2023 con una suba del 211,4%, la más alta del mundo.

Pero los números admiten más de una lectura. El informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos, introduce matices que contrastan con el triunfalismo oficial. No solo confirma que la desaceleración se detuvo, sino que también aleja la promesa presidencial de una inflación convergiendo a cero hacia mitad de año. Desde la asunción de Javier Milei, el menor registro se alcanzó en mayo pasado, con 1,5%. A partir de allí, la inflación retomó un sendero de aceleración suave pero persistente.

El detalle de los rubros explica buena parte de esta dinámica. En los últimos meses, los alimentos -la categoría más sensible para los hogares de menores ingresos- volvieron a empujar el índice. 

A esto se sumó el impacto de las tarifas reguladas -educación, agua, electricidad, gas y combustibles-, afectadas por el recorte de subsidios aplicado por el Gobierno. 

El esquema antiinflacionario se apoyó básicamente en dos anclas: el tipo de cambio y los salarios. En 2025, según datos oficiales, los salarios del empleo formal crecieron casi un punto por debajo de la inflación. Al mismo tiempo, el dólar se mantuvo contenido mediante un régimen de bandas con un techo de actualización mensual del 1%. Tras meses de advertencias sobre los riesgos del atraso cambiario, el equipo económico decidió flexibilizar el esquema a partir de enero: desde ahora, el dólar oficial puede ajustarse como máximo al ritmo de la inflación. En febrero, ese límite será el porcentaje de diciembre.

Aun así, los economistas advierten que la inercia sigue presente. Incluso en un escenario de relativa calma, los precios locales suben en un mes lo que en países vecinos como Uruguay o Brasil aumenta en un semestre.

En ese contexto, la meta presidencial de una inflación tendiendo a cero hacia mitad de año aparece como poco realista. En el mejor de los casos, los especialistas proyectan un retorno a niveles inferiores al 2% mensual. El desafío inmediato es estabilizar la oferta y la demanda de dólares y reducir las expectativas de una nueva devaluación, que actúan como motor de remarcaciones. 

El presupuesto aprobado por el Congreso proyecta para 2026 una inflación anual del 10,1%, equivalente a un promedio mensual del 0,8%. Las estimaciones privadas, sin embargo, duplican esa cifra y la ubican en torno al 20%. Se trata de una inflación menor a la del año anterior, pero que ya no reproduce la velocidad de caída observada en los primeros dos años del Gobierno de Milei.

El enfriamiento de las expectativas también tiene razones políticas y financieras. Aunque el oficialismo revalidó su fuerza en las elecciones de medio término con el 40% de los votos, el mercado incorporó otros elementos al análisis: la flexibilización cambiaria y la fragilidad exhibida por el programa económico en 2025, cuando, en medio de tensiones financieras y electorales, el Gobierno recurrió primero a un rescate de 20.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional y luego a un auxilio equivalente del Gobierno de Estados Unidos, cuando Donald Trump, que intervino de manera directa en el mercado cambiario local.

El relato del “logro extraordinario” choca con la experiencia cotidiana de los hogares. Durante 2025 no se verificó una baja generalizada de precios, sino una recomposición claramente regresiva. Los alquileres y gastos conexos encabezaron las subas, con un aumento acumulado del 70,3%, más del doble de la inflación general. La desregulación y la escasez de oferta transformaron el acceso a la vivienda en un privilegio: hoy, el 25% de los inquilinos destina entre el 60% y el 100% de su salario al alquiler.

La educación privada acumuló un incremento del 52,2%, profundizando el castigo sobre las familias que recurren a ella como refugio frente al deterioro del sistema público. Los servicios regulados y los alimentos, pilares del consumo popular, también crecieron por encima del promedio. La carne vacuna, por ejemplo, registra aumentos interanuales de entre el 60% y el 72%.

Nada de esto es casual. Es el resultado de una estrategia que primero contuvo artificialmente precios clave por motivos electorales y luego los liberó de forma abrupta. A la par, el ancla salarial terminó de cerrar el esquema. Mientras los precios de los bienes esenciales se dispararon, los ingresos se contrajeron con fuerza. Distintos informes señalan que el Salario Mínimo, Vital y Móvil perdió más del 30% de su poder de compra desde diciembre de 2023 hasta fines de 2025, cuando se ubicó en torno a los 322.000 pesos. Las estimaciones van del 31,4% al 35%. Los salarios públicos nacionales cayeron un 32,6% y gran parte de las paritarias privadas también cerraron a la baja, con pérdidas reales de hasta el 7% en el primer trimestre de 2025.

El mecanismo es transparente: una devaluación inicial que licuó los ingresos, seguida por una contención salarial efectiva. En ese esquema, la desaceleración inflacionaria existe, pero su costo social también. Y es allí donde el “logro extraordinario” deja de ser una verdad indiscutible para convertirse en una afirmación profundamente discutible.

Los datos son demoledores para el relato libertario. Pasada ya la mitad del mandato, Milei no genera ni riqueza ni empleo. Y tampoco logra contener la inflación, que desde mayo del año pasado, entró en una tendencia alcista que no parece encontrar techo. Los convencidos eluden la discusión y apelan a la herencia recibida -como la resaca kirchnerista hacía con Macri- o prefieren hablar de otros temas menos comprometedores. Uno de los temas favoritos es buscar otros culpables. Los apuntados son los gobernadores o las provincias que “no hacen el ajuste” y gastan la “riqueza” de la Nación. O no se suman al festival desregulador.

Nuevamente, los datos contrastan con el relato. Las cuentas de las provincias están mucho más ordenadas que las de la Nación y algunas destacan por una administración austera y equilibrada. 

Las cuentas de Misiones estuvieron esta semana en debate, con las tácticas incendiarias del ex tenista Diego Hartfield, torpemente rebatidas por los interlocutores del oficialismo. El libertario tiene la ventaja de jugar sin presiones ni responsabilidad de gestión. En esas ligas, la ignorancia puede ser una virtud.

Misiones exhibe uno de los mejores resultados en materia de equilibrio económico, pese a que fue una de las únicas seis provincias que registró una caída de sus ingresos totales, que en su caso fue del 0,2%. Esta baja respondió, en primer lugar, a una menor recaudación: los ingresos tributarios descendieron 0,8%, traccionados por los de origen provincial, que retrocedieron 4,8%. 

Los únicos conceptos que mostraron incrementos fueron las Contribuciones a la Seguridad Social (12,8%) y las Transferencias de Capital (194,4%), aunque en este último caso cabe señalar que representan apenas el 0,1% de los ingresos totales.

La caída de los ingresos obligó, necesariamente, a un rediseño del gasto, que se reflejó con claridad en el período analizado. El gasto total provincial se incrementó apenas 0,5% en términos reales, lo que posicionó a Misiones como la provincia con la menor suba de erogaciones de todo el país. Este resultado, en una mirada superficial, podría dar lugar a lecturas simplistas en clave de “ajuste”, pero un análisis más fino muestra una dinámica diferente.

Los dos componentes más sensibles del gasto escaparon a la tendencia general y exhibieron aumentos significativos: el gasto en personal creció 14,2% y las prestaciones de la seguridad social lo hizo en 23,2%. 

La contención del gasto no se apoyó en recortes sobre áreas particularmente delicadas como la salarial o la previsional. Además, tampoco se descuidó el impulso al desarrollo: si bien se trata de volúmenes relativamente menores en comparación con otros motores del gasto, las transferencias de capital al sector privado crecieron 91,8% y al sector público 257%. A esto se sumó un aumento del 15,6% en la inversión financiera, destacándose que una porción relevante de este rubro se destinó al otorgamiento de créditos para la producción.

En sentido contrario, los mayores recortes se concentraron en los Servicios no Personales (un rubro usualmente asociado al denominado “gasto político”), que cayeron 3,0%, y en las Transferencias Corrientes, con una baja del 12,6%. El gasto en intereses de la deuda, por su parte, aumentó 42,7% debido a pagos a organismos internacionales y al Gobierno nacional, entre otros conceptos, aunque con la particularidad de que, pese a su crecimiento, la deuda mantiene un peso casi marginal dentro del gasto provincial (apenas 0,3%). En cuanto al gasto de capital, la inversión real directa se redujo 35%, aunque esta caída fue parcialmente compensada por el mayor dinamismo de las transferencias al sector privado y del crédito productivo.

Con ingresos cayendo 0,2% interanual y gastos creciendo solo 0,5%, el resultado fiscal de Misiones no se vio comprometido. La provincia registró un superávit primario superior a los 90 mil millones de pesos y un superávit financiero cercano a los 83 mil millones, destaca Alejandro Pegoraro en su columna de este domingo en Economis.

Misiones no gasta tanto y cuida el equilibrio, aún con menores ingresos. Prioriza sostener la actividad económica -es una obsesión de Hugo Passalacqua- y acelera cuando hay que acelerar. 

El Gobernador sorprendió con una de las decisiones fiscales más relevantes de los últimos años para el sector energético: la reducción drástica del Impuesto sobre los Ingresos Brutos a la venta mayorista de combustibles, que pasará a tributar 1%, cuando estaba alcanzada por una alícuota del 4,5%. La medida implica una baja superior al 75% de la carga impositiva y busca equiparar el tratamiento tributario del combustible al de la actividad industrial. Tendrá un fuerte impacto en los costos operativos de empresas y también en la logística.

Hasta ahora, la comercialización mayorista de combustibles estaba gravada como una actividad comercial, lo que generaba una distorsión impositiva en una cadena de valor estratégica para toda la economía. El nuevo esquema reconoce su rol productivo y logístico, y lo alinea al tratamiento que reciben las actividades industriales, reduciendo de manera significativa el costo fiscal que enfrentan los operadores del sector.

La resolución establece con claridad que la venta mayorista de combustibles para reventa comprendidos en la Ley Nacional 23.966 pasará a tributar una alícuota del 1%, mientras que la venta mayorista general de combustibles y lubricantes continuará gravada al 4,5% . De este modo, se diferencia explícitamente al eslabón que abastece al mercado interno y a las estaciones de servicio.

El propio texto oficial fundamenta la medida en la necesidad de “evitar distorsiones impositivas, fortalecer la competitividad del sector y promover condiciones equitativas que favorezcan la inversión y el sostenimiento de la actividad económica en la Provincia” . En términos prácticos, esto significa crear un entorno más favorable para que las empresas que importan, almacenan y distribuyen combustibles puedan operar con mayor previsibilidad y menores costos.

La política fiscal es una herramienta y no un dogma. No será la única medida. Passalacqua y el equipo económico trabajan constantemente sobre lo impositivo. “Acomodando lo que se pueda, con la máxima creatividad posible, realismo del contribuyente y sin dañar el equilibrio fiscal”, explica Passalacqua. 

La preocupación principal es cuidar el empleo, que en este escenario se convierte en una tarea titánica, ya que en paralelo, los recursos son cada vez más escasos. La situación amerita incluso refuerzos en áreas sensibles, como el ministerio de Trabajo, que enfrenta una demencial tensión entre quiebras, despidos -muchísimos-, y conciliaciones.

El equilibrio que sostiene Misiones adquiere otro cariz cuando se pone la caída de ingresos en la balanza. La recaudación de diciembre fue menor a la de enero de 2024 y con una inflación del 31 por ciento. Malabarismo.

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Santilli anticipa diálogo con Misiones y promete revisar la coparticipación

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El flamante ministro del Interior de la Argentina, Diego Santilli, sostuvo que “todavía” no se comunicó con las autoridades de Misiones, pero adelantó que lo hará “en los próximos días” para iniciar un diálogo en torno a los temas más urgentes de la provincia. Entre ellos, destacó la cuestión de la coparticipación federal, que definió como “una demanda histórica desde 1994”.

“Hay que trabajarla, porque si hay alguien que ha enfrentado desafíos difíciles es el presidente Javier Milei”, afirmó Santilli, al tiempo que trazó una hoja de ruta con prioridades diferenciadas entre el corto y el largo plazo.

En la agenda inmediata, enumeró tres ejes: bajar impuestos, avanzar en una modernización laboral que permita “convertir la informalidad en empleo con derechos” y consensuar “un presupuesto con las provincias”. “Ahí tenemos que tener un diálogo con Misiones para garantizar que los recursos lleguen donde hacen falta”, subrayó en una entrevista concedida a Gerardo Strejevich.

El ministro también incluyó en los planes iniciales la reforma del Código Penal, con el objetivo de aplicar una política de “tolerancia cero al delito”.

En materia económica, reconoció que uno de los temas que preocupa a las provincias es el impuesto a los combustibles líquidos, que será abordado una vez que asuma su función. “Todo eso lo vamos a trabajar ni bien yo asuma, con los gobernadores”, aseguró Santilli, anticipando una agenda de articulación institucional entre la Nación y los distritos del interior.

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El gobierno busca frenar las leyes cuyos vetos serán difíciles de defender

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Según la consultora Ecolatina, Milei sabe que ya pagó los costos de vetarle al Congreso todas las leyes que no desee. Ese anuncio se hizo el año pasado y fue metabolizado por la opinión pública como una necesidad que permitirá bajar la inflación y sanar la economía. Allí están depositadas las esperanzas de la gente, que son las que le permiten a este presidente sostener esta actitud autoritaria de mantener bloqueado el Congreso. Pero Milei sabe que hay dos leyes que serán difíciles de frenar, la de los gobernadores. Por eso, por primera vez busca una salida negociada (hizo una contrapropuesta) para evitar que las leyes salgan, y busca apoyo de gobernadores aliados. 

Se trata de las iniciativas que fueron presentadas por los 24 Gobernadores y que buscan obligar al Ejecutivo a no retener fondos que las Provincias consideran que son de ellas. Si bien no implican más erogaciones, sí implican una disminución en los recursos que se queda el Estado nacional para afrontar sus necesidades fiscales. Y si efectivamente son ratificadas por los mandatarios a través de sus legisladores, no habrá forma de defender el veto.

Por eso, el Gobierno está buscando, por primera vez, entablar algún tipo de negociación. Si bien no es directa (el gobierno no quiere dar el brazo a torcer y mostrar predisposición al diálogo) lo hace presentando una contrapropuesta a través de sus diputados. Y en buena medida, lo hace porque sabe que no podrá frenar esta ley con un veto. Por lo que habrá que ver si logra doblegar la voluntad de alguno de los gobernadores aliados.

La otra opción para el Gobierno es la de ralentizar todo lo que pueda el proceso, y aspirar a que todo quede para después de la elección (quedan dos meses y medio), y que un buen resultado lo fortalezca para evitar la imposición del Congreso. Pero suena desafiante, ya que quedan al menos 7 semanas en las que podrían tratarse la media sanción restante (que podría suceder las próximas), el veto y las insistencias.

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