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La torre de PISA

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Cuando se conocieron los desalentadores resultados de las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment), la política argentina reaccionó “con sorpresa” y su habitual lavado de manos. Los malos resultados no deben leerse únicamente en clave local. El problema de la educación es mucho más profundo, transversal a países y sistemas y no exento de controversias. Singapur es el país que lidera las pruebas PISA: su modelo tiene una disciplina estricta y castigos físicos para varones desde los 9 años ante faltas graves. Un tercio de los estudiantes de España no alcanza el nivel 2 de PISA ni en matemáticas ni en lectura.

El diagnóstico de PISA deja pocas zonas grises para la Argentina. Los estudiantes de 15 años obtuvieron peores resultados que en la evaluación anterior en las tres competencias centrales y el deterioro no se limita al puntaje promedio: aumentó la proporción de alumnos que no alcanza los conocimientos mínimos. El resultado puede resumirse en tres números: 389 puntos en Lectura, 367 en Matemática y 393 en Ciencias. Argentina quedó 62° del mundo en Lectura, 75° en Matemática y 71° en Ciencias. Y quedó octava entre los 13 países latinoamericanos en las tres pruebas. Si en Argentina hay crisis, Paraguay está por debajo. 

Los peores resultados para la Argentina en 20 años se dieron en 2025, en plena gestión de Javier Milei. Pero obviamente la responsabilidad excede a su gestión, ya que en los adolescentes de hoy, hay responsabilidad de al menos tres gobiernos anteriores: Alberto Fernández, Mauricio Macri y la última etapa de Cristina Fernández. ¿Eso exime a la gestión libertaria? Ni mucho menos. Pretender que no tiene nada que ver con los resultados es una falacia, idéntica a apropiarse de las mejoras en las pruebas Aprender.

La educación en la Argentina está mal desde hace años. No mejorará en el futuro inmediato. El ajuste sobre la educación no es solamente una discusión presupuestaria: expresa una definición sobre el lugar que el Estado nacional pretende ocupar en la formación de las próximas generaciones. Entre 2023 y 2025, la inversión nacional destinada a educación sufrió una caída cercana al 48% en términos reales. La partida de Educación y Cultura pasó de representar alrededor del 1,43% del PBI a ubicarse en torno al 0,75%, uno de los niveles más bajos de las últimas décadas.

La retracción ocurrió en prácticamente todos los frentes. Se redujeron transferencias y programas destinados a las provincias, se desplomaron partidas para infraestructura escolar, becas y políticas socioeducativas y desapareció el Fondo Nacional de Incentivo Docente, que durante años complementó los salarios docentes en todo el país. Al mismo tiempo, universidades nacionales y organismos científicos quedaron sometidos a una fuerte restricción presupuestaria, con partidas de funcionamiento que perdieron poder adquisitivo y recortes que alcanzaron al CONICET y, con especial intensidad, a la Agencia I+D+i.

Pero quizá el cambio más profundo no esté en cuánto dinero se recortó, sino en el paradigma que comienza a construirse detrás de esos números. La eliminación de los pisos legales de financiamiento educativo -entre ellos, la referencia del 6% del PBI- supone abandonar una concepción en la que el Estado asumía compromisos mínimos y explícitos con la educación. Las propuestas oficiales orientadas hacia una mayor libertad de elección, desregulación de formatos y mecanismos de financiamiento vinculados a la demanda profundizan esa transformación.

Por eso, discutir educación únicamente en términos de déficit fiscal sería quedarse con una parte del problema. La pregunta de fondo es qué tipo de país puede construirse cuando el conocimiento, la universidad, la ciencia y la escuela pública dejan de ser considerados una inversión estratégica. “La educación es una inversión fundamental, pero hemos tenido que llevar adelante una reducción del gasto para recuperar el orden público; la estabilidad de precios; una Argentina ordenada”, argumentó el vocero presidencial Adrián Ravier.

El ahorro presupuestario puede contabilizarse en un ejercicio fiscal; sus consecuencias sobre el capital humano, la productividad, la innovación y la movilidad social, en cambio, se pagan durante décadas. Es ahí donde debe ubicarse la responsabilidad libertaria. 

En el Congreso se debatió esta semana el impacto de los tarifazos y los recortes en los clubes barriales. El diputado misionero Diego Hartfield fue duramente criticado por decir que los clubes no pueden vivir subsidiados, cuando él mismo había sido becado por el Cenard y recibía apoyos de la Municipalidad de Oberá para costear sus viajes a Buenos Aires, antes de competir en la élite. 

El error no forzado no es que Hartfield tenga memoria selectiva. Cualquiera puede cambiar de opinión después de treinta años. El problema es otro: una política económica que combina la quita de subsidios con aumentos brutales de las tarifas eléctricas está empujando al límite a miles de clubes de barrio en la Argentina.

El problema no es solamente cuántos clubes podrán pagar la próxima boleta de luz. Es cuántas oportunidades se apagan con ellos. Porque una política económica que asfixia a los clubes también reduce las posibilidades de que un chico o una chica, en algún pueblo perdido del mapa, encuentre una cancha, una raqueta, un entrenador y una oportunidad.

Tal vez el próximo gran tenista argentino no nazca en una academia de élite. Tal vez esté hoy golpeando una pelota contra una pared en un club de barrio. Y quizá el verdadero costo de apagar ese club no aparezca nunca en una planilla fiscal: será descubrir, dentro de veinte años, que también apagamos la posibilidad de que alguien llegara a enfrentar al Federer del futuro, como pudo hacer el Hartfield del pasado.

El contrapunto escaló y rápidamente adquirió dimensión nacional. Adrián Núñez, presidente de La Libertad Avanza en Misiones, salió en defensa de quien podría ser su contendiente por la candidatura a gobernador. Para hacerlo, eligió un argumento curioso: sostuvo que en Misiones también se recortaron partidas destinadas a actividades sin fines de lucro y concluyó que, por lo tanto, “el deporte no es una prioridad”.

Pero la frase, antes que una crítica, suena a confesión. Porque si Núñez considera que el recorte presupuestario alcanza para demostrar que el deporte dejó de ser una prioridad en Misiones, la pregunta cae por su propio peso: ¿qué debería decir entonces del país que gobierna Javier Milei, donde el ajuste sobre clubes, instituciones y asociaciones deportivas tiene escala nacional? El argumento que pretendía ser una acusación terminó funcionando como un espejo.

Hay otra paradoja que ayuda a entender la distancia creciente entre las decisiones para “estabilizar” la macroeconomía y la vida cotidiana. El mismo día y a la misma hora, el INDEC publicó dos fotografías de agosto. Una mostró una inflación mensual del 1,7%, un dato que el Gobierno elige exhibir como evidencia de que el proceso de desinflación continúa. La otra mostró algo bastante menos confortable: tanto la Canasta Básica Alimentaria como la Canasta Básica Total aumentaron 2,6%.

Los dos datos son verdaderos. Y justamente por eso importa leerlos juntos.

Mientras el índice general de precios avanzó 1,7%, el costo de las necesidades básicas de los hogares aumentó bastante más rápido. En la comparación interanual, la diferencia también resulta significativa: frente a una inflación general del 33,5%, la canasta alimentaria acumuló 39,6% y la canasta total, 38,3%. Para una familia tipo, evitar caer debajo de la línea de pobreza requirió $1.605.497 mensuales; solamente para superar la línea de indigencia fueron necesarios $726.469.

La desinflación existe. Negarla sería tan equivocado como confundirla con una mejora del bienestar. El IPC es un promedio construido sobre una enorme variedad de bienes y servicios, mientras que la pobreza tiene una frontera mucho más concreta: cuánto cuesta cubrir las necesidades elementales de una familia.

Ahí aparece una de las contradicciones centrales del actual programa económico. Se puede estabilizar la nominalidad y, al mismo tiempo, mantener bajo enorme presión el presupuesto de los hogares. Se puede perforar el 2% de inflación mensual y que la comida aumente bastante por encima de ese registro. En el NEA la inflación fue del 1,8 por ciento, pero subió 4% el costo de la energía, vivienda y combustible, un servicio regulado por el Estado. 

El INDEC contó, el mismo día, dos dimensiones de una misma economía. El Gobierno naturalmente elegirá destacar aquella que demuestra el éxito de su principal batalla macroeconómica. Pero la otra estadística recuerda que estabilizar no es necesariamente mejorar y que bajar la inflación no equivale, por sí solo, a recuperar el poder adquisitivo.

Porque, al final, la discusión no es solamente cuánto sube el promedio de los precios. Es cuánto cuesta vivir. 

Hay otro indicador que obliga a mirar más allá de la desinflación: el endeudamiento de las familias. En Misiones, el gobernador Hugo Passalacqua redujo del 39% al 30% el límite de los descuentos voluntarios sobre los haberes de empleados públicos y jubilados y, además, puso topes a las tasas y al costo financiero de los créditos. La decisión no aparece en el vacío: el propio decreto advierte sobre el crecimiento de la morosidad y busca evitar que una porción cada vez mayor del salario quede atrapada antes de llegar al bolsillo. Cuando un Estado necesita establecer cuánto del sueldo debe quedar a salvo de los acreedores, el problema ya no es solamente financiero: habla de familias que recurren al crédito para sostener su economía cotidiana.

Es otra cara de la misma paradoja. La inflación puede bajar y la macroeconomía puede estabilizar algunas de sus variables, pero eso no significa que los hogares hayan recuperado capacidad de consumo. Si aumenta la morosidad, se multiplican las refinanciaciones y es necesario proteger por decreto una parte del salario para evitar el sobreendeudamiento, hay una economía real que todavía está muy lejos de la celebración. La estabilidad de los precios importa, pero pierde buena parte de su sentido social si para llegar a fin de mes las familias necesitan hipotecar por adelantado el salario del mes siguiente.

La distancia entre la macroeconomía y la economía real también se mide en persianas que bajan y empleos que desaparecen. En junio, Misiones tenía 8.399 empresas privadas empleadoras, 862 menos que un año atrás y 1.081 menos que en noviembre de 2023, antes de la llegada de Javier Milei al Gobierno. La caída atraviesa prácticamente todo el entramado productivo: desde entonces, la construcción perdió casi una cuarta parte de sus empleadores, el comercio cerró 495 firmas y la industria, otras 167. 

El empleo cuenta la misma historia. Misiones registró en junio 96.330 trabajadores privados formales, 6.089 menos que un año antes y 12.540 menos que en noviembre de 2023. No parece un fenómeno transitorio: la comparación interanual acumula trece meses consecutivos en retroceso.

En todo el país, desde el cambio de Gobierno se perdieron más de 246 mil empleos privados registrados. 

Claro que importa el orden fiscal y las cuentas en orden. Pero también el para qué. 

Misiones desde hace siete años viene cumpliendo parámetros de transparencia fiscal y este año alcanzó 7,55 puntos en el Índice de Transparencia de CIPPEC. Mejoró desde los 7,10 de la medición anterior y quedó segunda en el NEA. El resultado no otorga certificados de transparencia absoluta ni invalida los reclamos por mayor acceso a la información pública. Pero tampoco debería ser descartado simplemente porque incomoda el relato libertario: es una evaluación externa que registra avances concretos en la disponibilidad y calidad de la información presupuestaria. 

El dato adquiere mayor relevancia cuando la Legislatura discute un Presupuesto 2027 superior a los $5,2 billones. Cuanto más grande es el Estado y mayores son los recursos que administra, mayor debe ser también la posibilidad de saber cómo, dónde y para qué los utiliza. 

Misiones fue, en menos de una semana, escenario de la discusión política nacional. Primero Milei, quien cerró en Iguazú un foro de ejecutivos de finanzas e ignoró la protesta yerbatera que lo recibió en la ruta. Allí el Presidente se mostró convencido de ser reelecto y avisó: “Abróchense los cinturones”, en un anticipo de más ajuste. 

El miércoles vino Axel Kicillof, gobernador de Buenos Aires y potencial candidato de un peronismo que todavía no encuentra su unidad. Compartió una intensa agenda institucional con Passalacqua -compró un laboratorio de Biofábrica- y se reunió con productores yerbateros en Apóstoles. Defendió el rol del Estado como regulador de la cadena yerbatera y señaló que “si no se determina un precio que permita distribuir al interior de la cadena a quién le va una parte del ingreso, obviamente el que sufre es el que menos poder tiene”, afirmó.

Kicillof sostuvo que la desregulación no elimina las relaciones de poder sino que fortalece al actor con mayor capacidad de negociación. “Cuando uno la ve en concreto, se trata de que el Estado se corra y entonces quede una especie de imperio del más fuerte”, planteó.

Su argumento fue que los problemas que observa en Misiones se reproducen, con diferentes actividades, en Buenos Aires, Chaco, Corrientes y otras provincias.

“Este modelo no le sirve a nadie”, resumió al referirse al deterioro industrial. La afirmación surgió después de describir cierres fabriles incluso en pequeñas localidades del interior bonaerense y de señalar que Buenos Aires concentra aproximadamente la mitad de la industria argentina.

¡Impresionante Misiones! Gracias por el cariño, el entusiasmo y las ganas de construir una Argentina distinta y un camino que signifique más producción, federalismo y soberanía para nuestro pueblo”, dijo Kicillof.

Después de reunirse con productores, vino al pasaje político. Kicillof aseguró que “es tiempo de  construir una alternativa amplia a Milei”, en la que imagina a estudiantes, investigadores, jubilados, productores e industriales, además de las distintas expresiones políticas que cuestionan el rumbo económico nacional. “No quiero anteponer ni una candidatura ni una campaña electoral a una construcción que tiene que ser desde abajo y desde las provincias”, sostuvo.

También se preguntó ¿Qué trajo Milei a Misiones en estos tres años? 

“En Argentina venimos de una etapa donde los gobiernos, primero el de Macri, un desastre absoluto, luego un gobierno peronista que también nos dejó en la frustración, y vino Milei a decir que él traía las soluciones y las respuestas para los problemas que teníamos en la Argentina”, sostuvo.

“Hoy vemos que el ajuste y la desgracia recayeron sobre los pobres, los humildes, sobre los trabajadores, sobre los sectores medios, sobre los empresarios nacionales, sobre los productores de toda la Argentina”, enumeró.

La noche cayó en el acto en la sede del peronismo. Hace más de 20 años que no se veía al PJ tan lleno y eso que no estaban los “cristinistas”. 

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Milei ignoró el reclamo yerbatero y prometió acelerar a fondo: “Abróchense los cinturones”

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Javier Milei llegó por primera vez a Misiones como presidente. Lo hizo para cerrar el 47 encuentro anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas, ante empresarios y referentes del sistema financiero reunidos en el hotel Loi Suites de Puerto Iguazú. Habló durante una hora, ponderó el “potencial productivo” de la provincia y desplegó una cerrada defensa de su programa económico.

A pocos kilómetros, sin embargo, otra postal atravesaba su visita. Productores yerbateros se concentraron con tractores sobre la ruta nacional 12, en el acceso a las 600 Hectáreas, para reclamar mejores precios para la hoja verde y respuestas frente a una crisis que golpea especialmente a los pequeños agricultores.

Muchos de ellos eran los mismos que tres años atrás habían celebrado el triunfo de Milei con tractores, banderas argentinas y motosierras. Esta vez, la motosierra quedó del otro lado de la protesta. El Presidente no hizo ninguna referencia al reclamo, no pronunció la palabra yerba y tampoco anticipó medidas para una economía regional atravesada por el derrumbe de los precios y la pérdida de rentabilidad.

Su mensaje fue en sentido contrario: no habrá correcciones motivadas por la protesta social ni por el calendario electoral. Habrá más ajuste sobre la política, más apertura económica, nuevas reformas y una profundización del rumbo iniciado en diciembre de 2023.

“Yo acá entré por el bronce. Toda mi vida estuve predicando lo que había que hacer. No voy a llegar a este momento para borrar con el codo lo que escribí con la mano”, sentenció.

El contraste quedó expuesto desde el comienzo de la visita. Milei habló ante uno de los auditorios empresariales más importantes del país, mientras sobre la ruta los productores intentaban hacer visible una crisis que ya se siente en toda la cadena yerbatera.

La protesta ocurrió en el mismo territorio que le había dado un respaldo significativo al discurso libertario contra la regulación estatal. En 2023, parte del sector rural recibió con entusiasmo la promesa de eliminar controles, cupos e intermediaciones. Tres años después, productores que acompañaron aquella irrupción reclaman algún tipo de intervención frente a precios que no cubren los costos mínimos de producción.

El Presidente eligió no responder. Aunque abrió su exposición destacando a Misiones como una provincia “con tanto potencial productivo”, no vinculó esa definición con la situación concreta de su principal economía regional.

En cambio, reivindicó la necesidad de separar “el ruido de los fundamentos”, un principio que consideró central para las finanzas y para la conducción del Estado. Dentro de esa lógica, las protestas sectoriales fueron presentadas como parte de la resistencia inevitable de los intereses afectados por las reformas.

“Estamos llenos de gente ruidosa que se queja. Si quieren hacer una omelette, tienen que romper los huevos. Si hay un entramado prebendario, va a patalear. Es así”, afirmó.

Milei dedicó buena parte de su discurso a despejar cualquier expectativa de flexibilización en tiempos electorales. Aseguró que su compromiso es terminar “de una vez y para siempre con la maldita inflación” y que modificar la política monetaria devolvería rápidamente al país a una dinámica de suba de precios.

“No tiene sentido flexibilizar la política monetaria, porque hace doce meses que la base monetaria no cambia. Si cambio la política monetaria y la hago laxa, la inflación la tenemos a la vuelta de la esquina”, advirtió.

También buscó presentar su permanencia en la política como una misión acotada. Recordó que renunció a la jubilación presidencial de privilegio y definió su vínculo con el Estado como “un contrato por cuatro años, con opción a ocho”. Después, aseguró, pretende volver a ganarse la vida en el sector privado.

“Si por un capricho electoral modificara mi forma de actuar, mis conferencias y todo lo que dije durante mi vida pasarían a valer cero. Voy a redoblar la ortodoxia. No voy a cambiar la política hasta derrotar la inflación”, sostuvo.

La credibilidad, dijo, es “la materia prima de las políticas públicas” y fue “poco honrada por la política argentina”. Se presentó como el primer presidente “liberal libertario” de la historia y afirmó que su tarea consiste en sustituir la discrecionalidad por reglas permanentes.

El jefe de Estado destacó el avance de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, destinada -según explicó- a quitarle al Gobierno la posibilidad de financiarse mediante emisión monetaria. A ese límite sumó la imposición de un “grillete fiscal” para impedir nuevamente el déficit en la administración nacional.

La pretensión excede su mandato. Milei quiere que las reglas fiscales y monetarias condicionen a los futuros gobiernos y reduzcan al mínimo la capacidad de la política para modificar el rumbo económico.

“A largo plazo le ponemos grilletes a la política”, definió.

También anticipó una segunda etapa de la reforma tributaria conocida como Inocencia Fiscal, que describió como una transformación destinada “al ciudadano honesto”, y defendió una mayor apertura comercial.

“No se dejen engañar por los prebendarios a los que les gusta cazar en el zoológico. Esta no es todavía una economía abierta: necesita más apertura”, aseguró.

Para ejemplificarlo, cuestionó las políticas proteccionistas aplicadas a determinados sectores industriales. Mencionó el caso de los neumáticos y sostuvo que, para preservar 920 empleos, los argentinos terminaban pagando cubiertas hasta cuatro veces más caras.

Según Milei, la pérdida de discrecionalidad estatal representa una ganancia directa para las empresas porque evita que las reglas sean modificadas “a mitad del partido”. Incluso comparó la profundidad de su programa con otros procesos históricos: “Ni siquiera los militares se animaron a hacer las reformas que nosotros hicimos”.

El tramo más político del discurso estuvo dedicado a las elecciones de 2027. Milei se mostró convencido de que La Libertad Avanza volverá a imponerse y aseguró que un resultado similar al conseguido en los últimos comicios le permitiría obtener la mayoría en Diputados y quedar a solamente dos senadores del quórum propio en la Cámara alta.

“El año que viene les vamos a ganar, porque dudo que los argentinos sean tan tontos como para querer volver al pasado”, lanzó.

La eventual construcción de una mayoría parlamentaria aparece como la llave para una segunda oleada reformista.

“Si con este Congreso hicimos todas estas reformas, abróchense los cinturones porque ahí van a ver lo que es acelerar a fondo”, adelantó.

La promesa fue acompañada por otra definición terminante: “No vamos a aflojar en la disciplina fiscal”. Milei sostuvo que el objetivo central es quitarle “de una vez y para siempre las cadenas al sector privado” y consolidar un modelo económico que pueda extenderse durante dos períodos presidenciales.

El Presidente calificó a su administración como “la mejor gestión económica de los últimos cien años en la Argentina” y acusó al peronismo y a la oposición de “mover permanentemente el arco” para evitar reconocer los resultados.

Afirmó que entre 2011 y 2023 la Argentina dejó de crecer y sufrió un retroceso de su producto bruto interno por habitante. Frente a ese escenario, aseguró que su Gobierno logró quebrar el techo previo y alcanzar “el PBI per cápita más alto de la historia”.

“Llevamos 27 meses de crecimiento seguido, les guste o no les guste a los corruptos periodistas”, disparó.

Según su interpretación, la economía acumulará un crecimiento cercano al 20 por ciento en cuatro años, por encima del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y “quintuplicando” el desempeño argentino de los cien años anteriores.

“Al final, efectivamente soy especialista en crecimiento, con o sin dinero”, ironizó.

Milei sostuvo además que su programa redujo diez veces la inflación, bajó la pobreza en 25 puntos y permitió que catorce millones de personas salieran de esa condición. Contrastó esos resultados con los del kirchnerismo, al que responsabilizó de haber hecho caer la economía argentina durante años en los que el mundo crecía.

Afirmó que alrededor de 450 puntos del riesgo país corresponden al “riesgo kuka”, es decir, a la posibilidad que los inversores asignan a una reversión del modelo. Recordó que en 2023 el indicador llegó a ubicarse cerca de los 3.000 puntos y prometió seguir reduciéndolo a medida que se despeje la incertidumbre política.

Milei presentó al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones como la plataforma de un flujo de capitales “que nunca se vio en el país”. Aseguró que existen proyectos aprobados por 45.000 millones de dólares y otros 150.000 millones pendientes de evaluación.

Las inversiones se concentran, según enumeró, en energía, minería y siderurgia. El Presidente vinculó ese proceso con la posibilidad de que la Argentina recupere peso geopolítico y fortalezca su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas.

También rechazó que exista atraso cambiario. Señaló que el país registra niveles récord de exportaciones y consumo con superávit de cuenta corriente, y destacó que trece de los quince sectores relevados por el Estimador Mensual de Actividad Económica se encuentran en crecimiento, “el mejor registro en quince años”.

Otro de los ejes fue el mercado laboral. Milei aseguró que la ocupación se mantuvo estable y que durante su administración fueron creados 500.000 puestos de trabajo, “una cifra que no van a ver en ningún lado”.

Cuestionó las mediciones concentradas exclusivamente en el empleo formal y rechazó que el trabajo informal deba ser descartado como una ocupación de menor valor. “No es de calidad robar. Trabajar está bien”, afirmó.

El mandatario sostuvo que el mercado informal ya representaba cerca del 50 por ciento del empleo antes de su llegada al poder y que la creación de puestos no registrados es parte de la reasignación de recursos provocada por el cambio de modelo.

También desestimó la idea de una economía funcionando “a dos velocidades”. Según explicó, quienes utilizan esa definición “no saben nada de equilibrio general”, porque cualquier shock económico genera movimientos diferentes entre sectores, como si la economía fuera “una coctelera”.

La reforma laboral, dijo, busca facilitar que esos nuevos empleos migren hacia la formalidad cuando termine de estabilizarse el escenario político. Incluso aseguró que los salarios informales se encuentran 60 por ciento por encima de los niveles anteriores, lo que interpretó como una señal de funcionamiento del programa.

La mora como costo de la normalización crediticia

Milei también respondió a las advertencias sobre el crecimiento de la mora entre familias y empresas. Sostuvo que el aumento de los incumplimientos es una consecuencia matemática de la expansión del crédito y no una prueba directa del deterioro económico. “Si no prestaran, la mora sería cero”, argumentó.

Según su explicación, el riesgo crediticio bajó y permitió que familias y pequeñas y medianas empresas que antes estaban excluidas comenzaran a calificar para recibir financiamiento. Comparó las críticas al aumento de la mora con cuestionar el crecimiento de los accidentes después de la masificación del automóvil.

Para Milei, se trata de costos propios de una transición. Para una parte de la sociedad, en cambio, son señales del esfuerzo que demanda el programa y de una recuperación que todavía no alcanza de la misma manera a todos los sectores.

La primera visita presidencial de Milei a Misiones dejó así dos escenas simultáneas. Dentro del Loi Suites, empresarios y ejecutivos escucharon una exposición cargada de cifras, promesas de estabilidad y garantías de continuidad. Pese al escenario, hubo pocos y tibios aplausos. Sobre la ruta nacional 12, productores yerbateros que alguna vez vieron en la motosierra una esperanza reclamaron respuestas ante el desplome de sus ingresos.

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Sturzenegger cerró la puerta a cambios en la yerba: “El foco está en exportar, no en cobrar un precio que la yerba no tiene”

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Federico Sturzenegger ratificó en Puerto Iguazú, en el corazón turístico de la principal provincia productora de yerba mate del país, una definición que difícilmente cause satisfacción entre los productores misioneros: el Gobierno nacional no piensa modificar la política de desregulación del sector.

En diálogo con Economis, durante el encuentro organizado por el Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), el ministro de Desregulación y Transformación del Estado defendió el nuevo esquema del mercado yerbatero y rechazó la idea de que la crisis del precio de la materia prima deba resolverse mediante una nueva intervención estatal.

La respuesta llegó en un momento especialmente sensible. Mientras Sturzenegger participaba del encuentro empresario en Iguazú, productores yerbateros volvían a manifestarse por los valores que reciben por la hoja verde y una parte del sector atribuye directamente el deterioro de sus ingresos a la pérdida de las facultades regulatorias del Instituto Nacional de la Yerba Mate.

Sturzenegger planteó otra lectura. “Me parece que tenemos un sector yerbatero que está con récord de producción, está con récord de exportaciones. Definitivamente, el futuro de la industria es la expansión del mercado de exportación, que es infinito”, sostuvo.

Para el funcionario, la penetración prácticamente universal que alcanzó la infusión en el mercado doméstico demuestra que el desafío ya no pasa por encontrar consumidores dentro de la Argentina, sino fuera de sus fronteras.

“No hay ningún motivo por el cual la industria yerbatera le pueda vender yerba al 96 por ciento de las familias argentinas y no pueda hacer lo mismo en todo el resto del mundo con el producto espectacular que tiene”, afirmó.

Y enseguida lanzó una de las frases más fuertes de la entrevista: “Tenemos que poner el foco en ese crecimiento y no necesariamente en cobrarle a los argentinos un precio que la yerba no tiene”.

La discusión, sin embargo, tiene una frontera que en Misiones resulta decisiva: una cosa son los números agregados de producción, ventas y exportaciones y otra es la situación económica del productor que entrega la hoja verde.

Economis le planteó precisamente esa diferencia. La expansión de la industria y de los mercados externos no necesariamente implica que todos los eslabones de la cadena atraviesen la misma situación. El pequeño productor enfrenta hoy el deterioro del precio de su materia prima en un mercado con abundante oferta.

Sturzenegger sostuvo la lógica de mercado. “Todas las industrias tienen sus distintos eslabones y sus distintos participantes y eso genera un precio, que es el que está en el mercado”, respondió.

No hubo, en ese punto, una promesa de intervención específica para recomponer el ingreso del productor primario. La propuesta nacional vuelve a aparecer más adelante en la cadena: hacer crecer el mercado para ampliar la demanda.

“El Gobierno nacional está 100 por ciento a disposición de la industria para el desarrollo de los mercados de exportación. Me parece que tenemos que apostar a lo grande”, insistió.

Economis fue entonces directamente a la definición política: ¿puede haber un cambio en la política nacional para la yerba mate?

La respuesta fue terminante. “No, no, no”.

Sturzenegger descartó así una revisión del rumbo desregulador y desplazó nuevamente la discusión desde el precio de la hoja verde hacia la ampliación del negocio yerbatero.

“Nosotros vamos a estar siempre codo a codo para ayudar a la industria, desarrollar la industria de exportación. Estamos desarrollando muchísimos nuevos mercados y me parece que el foco está ahí”, aseguró.

La definición tiene peso político porque se produce en Misiones y en plena discusión sobre las consecuencias del nuevo esquema yerbatero. Desde la entrada en vigencia de las reformas impulsadas por el Gobierno de Javier Milei, el INYM perdió herramientas centrales de intervención económica, entre ellas la capacidad de fijar precios obligatorios para la materia prima.

Para Sturzenegger, esa regulación no es el camino que permitirá resolver el problema estructural de la actividad.

Su apuesta es otra: más mercado, más exportaciones y más productos derivados de la yerba mate.

El ministro también planteó que la internacionalización de la yerba no debería limitarse a exportar el paquete tradicional que consumen argentinos, paraguayos, uruguayos y parte del mercado regional.

“El producto tampoco necesariamente tiene que venderse de la manera que lo consumimos en Argentina”, señaló.

Allí aparece una de las claves de su visión sobre el futuro de la actividad. Sturzenegger mencionó expresamente la posibilidad de desarrollar bebidas energizantes, bebidas diuréticas y otros productos derivados, capaces de insertar la materia prima en categorías de consumo mucho más amplias que la infusión tradicional.

“Hay un sinfín de usos que tiene la yerba mate y estoy seguro de que la industria lo va a desarrollar”, afirmó.

Es una apuesta a cambiar la escala del negocio. La Argentina tiene un mercado interno extraordinariamente maduro, pero la yerba todavía posee una participación marginal frente a otras bebidas e infusiones en buena parte del planeta. Para el Gobierno nacional, allí está la oportunidad que debe perseguir el sector.

Dos diagnósticos frente a una misma crisis

La discusión deja expuestas dos miradas que hoy atraviesan a la economía yerbatera.

Desde buena parte del sector primario se reclama recuperar instrumentos capaces de equilibrar una cadena caracterizada por miles de productores frente a una industria mucho más concentrada. El argumento es que aumentar producción o exportaciones no garantiza, por sí solo, una distribución suficiente del ingreso hacia la chacra.

Sturzenegger parte de la premisa contraria: el precio debe surgir del mercado y el Estado debe concentrar sus esfuerzos en remover obstáculos y ayudar a ensanchar la demanda, especialmente mediante las exportaciones.

Mientras los productores que protestan en las afueras del hotel donde se desarrolló el encuentro de finanzas, miran el precio del kilo de hoja verde que sale de la chacra, Nación mira el tamaño potencial del mercado mundial. Uno reclama una respuesta inmediata sobre el ingreso; el otro propone una transformación de escala que necesariamente requiere tiempo, inversiones, innovación comercial y apertura de destinos.

En Iguazú, Sturzenegger dejó claro cuál de esas dos estrategias seguirá el Gobierno nacional. Y puso incluso un horizonte temporal.

“Me imagino una industria de la yerba en diez años que es muchísimo más grande que la que tenemos hoy”, aseguró.

Después volvió sobre la misma idea: “Estoy convencido de que en diez años vamos a tener una industria mucho más grande que la que tenemos actualmente”.

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Milei defendió el rumbo económico y aseguró que hay un proceso de “destrucción creativa” de la estructura productiva

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El presidente Javier Milei cerró una nueva edición del Council de las Américas con una defensa enfática de su programa económico y un mensaje dirigido al establishment empresario y financiero: sostuvo que la Argentina ya atravesó un cambio estructural y que su mandato consiste en consolidar dos objetivos centrales: bajar la inflación y hacer crecer la economía. “Mi mandato es bajar la inflación y hacer crecer la economía y lo voy a cumplir”, afirmó.

El discurso presidencial llegó después de una jornada en la que buena parte del equipo económico expuso ante empresarios, inversores y dirigentes políticos los argumentos oficiales para sostener el rumbo. El jefe de Gabinete, Diego Santilli; el viceministro de Economía, José Luis Daza; el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, y el canciller Pablo Quirno ocuparon previamente el escenario. El ministro de Economía, Luis Caputo, no participó por problemas de salud.

Milei eligió comenzar con una crítica frontal a la interpretación de los indicadores económicos y cuestionó a quienes, según su visión, priorizan encuestas de opinión de muestras reducidas por sobre las estadísticas oficiales. Su argumento central fue que el debate económico debe partir de los datos y no de percepciones aisladas. En ese marco, aseguró que la inflación pasó de niveles superiores al 200% anual al asumir a una tasa cercana al 31,5%, lo que presentó como una reducción del 85%.

El Presidente también puso el foco en la inflación mayorista, a la que consideró una señal particularmente relevante para anticipar la dinámica futura de precios. Recordó que al inicio de su gestión había alcanzado niveles extraordinariamente elevados y sostuvo que actualmente se encuentra en registros sustancialmente menores. Incluso volvió a referirse a su promesa de realizar un recital si la inflación comenzaba con cero, una apuesta que convirtió en parte del relato político de su programa de estabilización.

El segundo eje de su exposición fue el crecimiento. Milei sostuvo que la economía argentina ya acumula una expansión significativa durante su gestión y que, si se elimina el efecto de arrastre heredado de la administración anterior, el crecimiento de los primeros dos años supera los diez puntos porcentuales. La comparación con los períodos anteriores buscó reforzar una de las principales tesis del Gobierno: que la recuperación no responde solamente a un rebote estadístico, sino a un cambio en las condiciones estructurales de la economía.

En esa línea, el Presidente rechazó la idea de un crecimiento “a dos velocidades” y calificó ese concepto como una interpretación insuficiente de los procesos de transformación económica. Su argumento fue que una economía que cambia no puede expandirse de manera homogénea: mientras algunas empresas y actividades pierden participación o desaparecen, otras surgen, crecen y absorben recursos. Esa reasignación, sostuvo, constituye parte del proceso de crecimiento y no necesariamente una señal de deterioro.

La explicación conecta con uno de los conceptos centrales de su discurso: la “destrucción creativa”. Para Milei, el progreso tecnológico y la competencia obligan a modificar permanentemente la estructura productiva. Una empresa que ofrece un producto mejor o más barato puede desplazar a otra, pero los recursos liberados no necesariamente desaparecen: migran hacia nuevas actividades. El desafío, desde esta perspectiva, consiste en contar con mercados suficientemente flexibles para que trabajadores, capital e inversiones puedan desplazarse hacia los sectores con mayor productividad.

Ese planteo fue utilizado también para defender la apertura comercial y la desregulación. Milei sostuvo que la Argentina continúa siendo una economía excesivamente cerrada y comparó esa situación con una “cárcel”. La apertura, argumentó, permitiría ampliar el tamaño del mercado, generar economías de escala y abaratar bienes, mientras que los recursos que hoy se destinan a productos más caros podrían canalizarse hacia otras actividades.

El Presidente puso como ejemplo los neumáticos para ilustrar su argumento. Según su razonamiento, si un producto puede conseguirse en el mercado internacional a un precio significativamente inferior al doméstico, la apertura genera un ahorro para los consumidores que luego puede transformarse en demanda para otros sectores. El costo de sostener estructuras productivas ineficientes, en cambio, recaería sobre el conjunto de los consumidores mediante precios más elevados.

La misma lógica aplicó a la política de desregulación impulsada por Federico Sturzenegger. Milei sostuvo que la eliminación de normas y restricciones permite liberar recursos y mejorar la competitividad, aunque reconoció implícitamente que el proceso genera resistencia de sectores cuyos negocios dependían de determinadas regulaciones. En su interpretación, buena parte de la disputa política alrededor de las reformas responde precisamente a esa redistribución de beneficios y costos.

El equilibrio fiscal ocupó otro lugar central. Milei reivindicó el ajuste implementado desde el comienzo de su gestión y aseguró que permitió corregir un desequilibrio consolidado equivalente a unos quince puntos del PBI entre Tesoro y Banco Central. También destacó la reducción de impuestos y vinculó la mejora fiscal con una caída significativa de la relación deuda-producto y del riesgo país.

Para el Presidente, la estabilización constituye la condición necesaria para que aparezca una nueva etapa de inversión. En este punto coincidió con el mensaje previo del viceministro José Luis Daza, quien había afirmado que la Argentina dejó atrás la dependencia de los flujos de deuda de corto plazo y comenzó a atraer inversión directa. La apuesta oficial es que la estabilidad fiscal y monetaria, junto con reglas más previsibles, permita una acumulación de capital capaz de sostener un ciclo prolongado de expansión.

Milei también incorporó al diagnóstico el capital humano y el mercado laboral. Rechazó la idea de que el progreso tecnológico implique necesariamente una destrucción neta del empleo y recurrió a la experiencia histórica de la Revolución Industrial para sostener que los incrementos de productividad pueden ampliar la capacidad productiva y, simultáneamente, generar nuevas actividades.

El argumento adquiere especial relevancia frente a la transformación productiva que el Gobierno proyecta para los próximos años. Energía, minería, agroindustria, infraestructura y servicios asociados aparecen como sectores capaces de ampliar las exportaciones y generar una demanda creciente de trabajadores calificados. Daza había anticipado horas antes que la Argentina podría necesitar unos 18.000 ingenieros por año, además de soldadores, electricistas, mecánicos y otros perfiles técnicos.

La cuestión social apareció, aunque de manera secundaria, dentro de la exposición presidencial. Milei aseguró que durante su administración millones de personas dejaron de estar bajo la línea de pobreza y destacó especialmente la reducción de la indigencia. Sin embargo, reconoció que la situación social continúa siendo difícil. “La foto sigue siendo horrible”, admitió, aunque inmediatamente contrapuso esa imagen con lo que definió como “la mejor película de la historia argentina”.

Ese contraste sintetiza buena parte de la estrategia discursiva oficial: reconocer los costos inmediatos de la transformación, pero pedir que sean evaluados dentro de una perspectiva de largo plazo. El Gobierno sostiene que la caída de la inflación, la recuperación de la inversión y el aumento de la productividad deberían traducirse progresivamente en mejores salarios, mayor empleo privado y una ampliación de las oportunidades.

La apuesta más ambiciosa del discurso estuvo, precisamente, en el horizonte temporal. Milei planteó que la Argentina podría convertirse en una economía desarrollada en las próximas décadas si mantiene el proceso de reformas, incorpora tecnología y aprovecha sus recursos naturales y humanos. La inteligencia artificial aparece en esa proyección como un factor potencial de aceleración de la productividad, siempre que el marco regulatorio no termine funcionando como una barrera para la innovación.

El cierre del discurso trasladó la discusión económica hacia un terreno político y cultural. Para Milei, la transformación no depende solamente de medidas fiscales, monetarias o regulatorias, sino de un cambio en las reglas de funcionamiento de la sociedad. Libertad, propiedad privada, cumplimiento de los contratos, apertura y respeto por las instituciones constituyen, según su visión, las condiciones necesarias para construir un proceso de crecimiento sostenible.

Así, el mensaje ante el Consejo de las Américas fue más que una defensa coyuntural de los indicadores económicos. Milei buscó presentar la estabilización como la primera etapa de una transformación mucho más profunda, cuyo resultado debería medirse no solamente por la inflación o el déficit, sino por la capacidad de la Argentina para atraer capital, multiplicar productividad, generar empleos de mayor calidad y convertir sus ventajas en energía, minería, agroindustria y capital humano en un nuevo ciclo de desarrollo.

La principal incógnita ya no es solamente si el Gobierno puede sostener la estabilización. El desafío que emerge de su propio discurso es más exigente: lograr que la reasignación de recursos que reivindica como inevitable se traduzca en oportunidades concretas para trabajadores y empresas, que la inversión se convierta en empleo y que la apertura y la productividad lleguen finalmente a la economía cotidiana. Allí estará la verdadera prueba de la “película” que el Presidente asegura estar construyendo.

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Sturzenegger dijo que el riesgo país de Milei es de “80 puntos” y anticipó décadas de prosperidad

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El ministro de Desregulación y Modernización del Estado, Federico Sturzenegger, introdujo una lectura alternativa sobre el riesgo soberano argentino durante su exposición en el Council of the Americas 2026: sostuvo que, si se toma como referencia un bono con vencimiento dentro del actual mandato presidencial, el riesgo asociado a la Argentina de Javier Milei sería de apenas 80 puntos básicos, muy por debajo del indicador soberano que se ubica por encima de los 500 puntos.

La interpretación del funcionario se apoya en el bono AO27, emitido durante la gestión de Luis Caputo y cuyo vencimiento se encuentra dentro del período presidencial de Milei. “El bono que emitió ‘Toto’ y que vence dentro del mandato de Milei tiene un riesgo país de 80 puntos básicos”, afirmó Sturzenegger ante empresarios, inversores y dirigentes políticos reunidos en Buenos Aires.

La diferencia entre ambas referencias no es un detalle técnico menor. Mientras el riesgo país tradicional busca reflejar el diferencial de rendimiento de la deuda argentina frente a instrumentos considerados de bajo riesgo, Sturzenegger utilizó la cotización de un título con vencimiento anterior al final del mandato para argumentar que el mercado estaría asignando un riesgo mucho menor a la capacidad de pago en ese horizonte específico.

El planteo apunta, en definitiva, a una discusión sobre las expectativas. Para el ministro, el mercado no estaría valorando de manera homogénea el riesgo argentino, sino que existiría una brecha entre la percepción general sobre la deuda soberana y el precio de determinados instrumentos. Esa lectura es consistente con la tesis oficial de que la mejora fiscal, la reducción de la inflación y la transformación de la matriz productiva están modificando progresivamente el perfil financiero del país.

Sturzenegger también puso el foco en la expansión económica y aseguró que la Argentina atraviesa un proceso de crecimiento “inédito”, aunque con diferentes velocidades según sectores y regiones. Según sus proyecciones, si se incorporan las expectativas del Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central hasta el final del mandato, la economía podría acumular un crecimiento cercano a los 13 puntos porcentuales durante la primera gestión de Milei.

“Le gana por goleada a las presidencias anteriores”, sostuvo el ministro, al comparar esa trayectoria con los resultados registrados durante administraciones anteriores. La diferencia que destacó no está solamente en el volumen del crecimiento, sino también en su composición: según Sturzenegger, se trata de una expansión liderada por las exportaciones y acompañada por una transformación de la estructura productiva.

El funcionario señaló particularmente el peso creciente de la energía. A la tradicional contribución del complejo agroexportador se sumaron las exportaciones de petróleo, en un proceso que, según su interpretación, permitiría que la economía argentina reduzca su dependencia de los ciclos de cosecha y avance hacia una matriz exportadora más diversificada.

Esa transformación también tendría una dimensión territorial. Sturzenegger anticipó una fuerte migración interna hacia las provincias vinculadas con la producción energética, petrolera y minera. En particular, estimó que durante las próximas tres décadas al menos dos millones de personas podrían instalarse en Neuquén, impulsadas por la expansión de Vaca Muerta y las actividades asociadas al desarrollo hidrocarburífero.

El dato plantea uno de los desafíos menos visibles de la nueva etapa económica: el crecimiento de los sectores exportadores no solamente modifica las cuentas externas, sino que puede alterar la geografía económica del país. El flujo de trabajadores hacia las zonas de mayor productividad obliga a pensar en vivienda, rutas, servicios públicos, escuelas, salud, transporte e infraestructura urbana antes de que el crecimiento demográfico se transforme en un cuello de botella.

En ese punto, Sturzenegger identificó cuatro condiciones que, a su juicio, serán determinantes para sostener el ciclo expansivo: derechos de propiedad, infraestructura, financiamiento y apertura económica. La combinación de esos factores debería permitir que el aumento de la inversión y la productividad se traduzca en una expansión prolongada.

“Vamos a tener muchas décadas de prosperidad si mantenemos este rumbo”, afirmó el ministro, condensando en esa frase la principal apuesta de largo plazo del Gobierno. El desafío, sin embargo, consiste en transformar las reformas regulatorias en capacidad productiva y evitar que la expansión quede concentrada exclusivamente en enclaves vinculados con recursos naturales.

Las 12 reformas con las que Sturzenegger busca explicar el cambio

El ministro aprovechó el escenario del Council of the Americas para enumerar las reformas que considera centrales en la estrategia de transformación económica. Con una metáfora que utilizó para definir el trabajo de su cartera, sostuvo: “Nosotros somos plomeros: nos metemos en las bases de los edificios, limpiamos los caños”.

Entre las medidas que destacó ubicó la modernización laboral, la modificación de la Ley de Glaciares, los cambios vinculados con la propiedad intelectual de semillas y una reforma del mercado de capitales que calificó como “extraordinaria”. También mencionó el nuevo esquema para la licitación de rutas, que según explicó se encuentra en proceso de definición por parte del Ministerio de Economía.

El listado incluyó además el tratado de comercio e inversiones con Estados Unidos, el proyecto de Ley de Propiedad Privada y una reforma de la Ley de Sociedades. La lógica que atraviesa estas iniciativas, según Sturzenegger, es reducir restricciones, mejorar los incentivos a la inversión y ampliar el espacio para que el sector privado pueda asignar capital.

En el caso de la Ley de Glaciares, el ministro vinculó la modificación con el potencial minero argentino y sostuvo que el marco anterior limitaba una capacidad exportadora que comparó con la experiencia chilena. La minería aparece así como una de las piezas estratégicas de la nueva matriz productiva junto con petróleo, gas y agroindustria.

La reforma laboral constituye otro de los pilares. Para el Gobierno, la reducción de costos y rigideces regulatorias debería facilitar la incorporación de trabajadores al sector privado formal. El desafío será que esa flexibilización se traduzca efectivamente en mayor empleo registrado, productividad y salarios reales, especialmente en una economía donde una parte sustancial de la fuerza laboral continúa fuera del mercado formal.

El mismo razonamiento se extiende al mercado de capitales. Una economía que pretende financiar grandes proyectos de infraestructura, minería y energía necesita desarrollar mecanismos capaces de canalizar ahorro doméstico y capital extranjero hacia inversiones de largo plazo. La reducción del riesgo soberano sería, en ese esquema, una condición relevante para abaratar el costo financiero de las empresas y ampliar el horizonte de inversión.

La exposición de Sturzenegger se inscribió en una jornada donde el Gobierno buscó mostrar una imagen coordinada frente al empresariado. Antes del cierre de Milei participaron el viceministro de Economía, José Luis Daza; el canciller Pablo Quirno y el jefe de Gabinete, Diego Santilli. El mensaje común fue que la estabilización constituye solamente la primera fase de un proceso cuyo objetivo final es modificar la estructura productiva argentina.

La discusión sobre los “80 puntos” introduce, sin embargo, una cuestión que excede la retórica política: qué precio le asigna realmente el mercado al riesgo argentino en los distintos horizontes de vencimiento. Si la mejora fiscal y la acumulación de activos productivos logran consolidarse, la compresión del riesgo podría convertirse en uno de los principales mecanismos para acelerar la inversión. Si, en cambio, las expectativas no se traducen en resultados sostenibles, la brecha entre determinados bonos y el indicador soberano podría terminar siendo solamente una fotografía de mercado.

Por ahora, Sturzenegger eligió mirar la película completa. Su argumento es que la combinación de reformas, exportaciones, inversión y apertura puede generar un ciclo de crecimiento que trascienda al actual Gobierno. El verdadero test será convertir esa expectativa en infraestructura, empleo formal, nuevas empresas y oportunidades concretas en las regiones que están llamadas a convertirse en los nuevos motores de la economía argentina.

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