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El dólar rebota y corta la baja tras compras del BCRA y el impacto de la inflación de marzo

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El dólar mayorista interrumpió su tendencia bajista y cerró en $1.364, con una suba de 0,7%, en una jornada marcada por las compras del Banco Central de la República Argentina y el impacto del dato de inflación de marzo. La divisa había tocado durante la mañana un mínimo de $1.347, el nivel más bajo desde septiembre de 2025.

En paralelo, el dólar al público se mantuvo estable en $1.385 en el Banco Nación, mientras que el dólar blue avanzó a $1.410, también con un incremento de 0,7%. El movimiento marcó un quiebre en la dinámica de las últimas ruedas, donde el tipo de cambio venía mostrando una tendencia descendente.

Marco cambiario: intervención y bandas en juego

El esquema cambiario vigente mantiene al dólar oficial dentro de una banda cuyo techo fue fijado en $1.677,45 para la jornada. Con el cierre en $1.364, la cotización se ubicó aún 23% por debajo de ese límite, lo que deja margen para la libre flotación sin intervención directa.

Sin embargo, el rol del Banco Central fue determinante. Según los datos del mercado, la autoridad monetaria sostuvo compras constantes de divisas, en una estrategia que busca fortalecer reservas en un contexto de apreciación del peso.

El volumen operado alcanzó USD 550 millones, un nivel considerado elevado aunque consistente con la estacionalidad del comercio exterior en el segundo trimestre.

Se frena la apreciación del peso

El dato introduce una señal de inflexión en el comportamiento del tipo de cambio. En lo que va de 2026, el dólar oficial acumula una caída de 6,3% (91 pesos), mientras que la inflación ronda el 10%, lo que implica una apreciación real del peso.

La suba de la jornada aparece vinculada a dos factores concretos: por un lado, la intervención compradora del Banco Central; por otro, una inflación más alta de lo esperado, que ajusta expectativas y presiona sobre la demanda de cobertura.

Aun así, el Gobierno continúa aprovechando este escenario para recomponer reservas. De acuerdo con estimaciones privadas, el BCRA mantiene compras diarias sostenidas, con promedios cercanos a USD 84 millones.

Acumulación de reservas y señal al FMI

La dinámica cambiaria no se explica solo por factores de mercado. La estrategia oficial apunta a consolidar el frente externo en un momento clave de negociación con el Fondo Monetario Internacional.

Según reportes del mercado, el Gobierno estaría cerca de cerrar un acuerdo a nivel técnico por la segunda revisión del programa vigente, lo que podría habilitar un desembolso de USD 1.000 millones. La acumulación de reservas aparece como un factor central para alcanzar ese objetivo, especialmente tras no haber cumplido metas previas.

En este contexto, la intervención del Banco Central cumple un doble rol: evitar una apreciación excesiva del peso y fortalecer el balance de reservas sin generar volatilidad abrupta.

Tasas, crédito y precios relativos

El escenario cambiario se combina con un proceso de baja de tasas en términos reales y expectativas de remonetización de la economía. Esto podría favorecer el crédito y la actividad, aunque el comportamiento del dólar sigue siendo una variable clave para precios e inflación.

La apreciación del peso, si se sostiene, contribuye a moderar precios de bienes importados, pero también tensiona la competitividad de sectores exportadores.

A nivel global, la evolución de otras monedas también influye. El real brasileño, por ejemplo, se apreció más de 10% frente al dólar en lo que va del año, lo que forma parte de un contexto de debilidad del billete estadounidense.

Señales para economías exportadoras del NEA

Para provincias como Misiones y el NEA, donde el comercio exterior y las economías regionales tienen peso, la dinámica cambiaria es un factor determinante.

Un tipo de cambio más bajo en términos reales puede afectar márgenes de exportación, mientras que una eventual corrección alcista —como la observada en la jornada— podría aliviar parcialmente esa presión, aunque con impacto en costos internos.

El rebote del dólar introduce una señal de alerta en una tendencia que parecía consolidada. La evolución de la inflación, la continuidad de las compras del Banco Central y el avance de las negociaciones con el FMI serán variables decisivas.

El mercado seguirá de cerca si este movimiento marca un cambio de tendencia o apenas una pausa en la apreciación del peso.

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Caputo admite dudas sobre la recuperación y anticipa posible rebote inflacionario

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Un reconocimiento incómodo en pleno proceso de estabilización. El 1 de abril, en la Bolsa de Comercio de Rosario, el ministro de Economía, Luis Caputo, dejó una señal que no suele aparecer en la narrativa oficial: admitió su “preocupación” por la velocidad de la recuperación económica y anticipó que la inflación de marzo podría interrumpir la tendencia descendente.

El dato introduce una fisura en el discurso del Gobierno. Mientras sostiene que el programa económico no se modificará, el propio titular del Palacio de Hacienda reconoce que la actividad podría mostrar señales de retroceso —con un EMAE de febrero “para abajo”— y que los precios podrían acelerar. ¿Se trata de una advertencia preventiva o de un primer ajuste discursivo frente a datos menos favorables?

Entre la consistencia del plan y los límites de la economía real

El planteo de Caputo se inscribe en una defensa explícita del modelo económico. Aun con las señales de desaceleración, el ministro sostuvo que “no nos va a desviar del rumbo” y reafirmó la meta oficial.

Sin embargo, el diagnóstico revela tensiones concretas. Por un lado, el consumo no logra consolidar un repunte sostenido. Por otro, la actividad muestra signos de enfriamiento en indicadores clave. En ese contexto, el funcionario reconoció que la economía tiene potencial para crecer entre 9% y 10%, pero dejó implícito que ese escenario aún no se materializa.

El discurso también abordó un punto estructural: la política fiscal y las retenciones. Caputo expresó su intención de llevar los Derechos de Exportación a cero, aunque advirtió que una baja inmediata generaría déficit fiscal. La ecuación es directa: sin equilibrio fiscal, el financiamiento volvería a tensionar el esquema económico.

Ese límite condiciona cualquier decisión. El Gobierno prioriza el orden fiscal como ancla central, incluso cuando eso retrasa medidas de estímulo que podrían acelerar la actividad.

Señales al mercado y disputa de expectativas

El reconocimiento de posibles desvíos en inflación y actividad tiene un doble impacto. Hacia el mercado, funciona como una señal de realismo: el programa no desconoce los costos de corto plazo. Pero hacia la política, también redefine la narrativa.

Caputo vinculó la resistencia al programa con sectores que “estaban cómodos con el modelo anterior”. Esa lectura introduce una dimensión de conflicto: el ajuste no solo es económico, también es político.

Al mismo tiempo, el ministro descartó de plano la posibilidad de una devaluación como herramienta de competitividad, en un mensaje dirigido tanto a economistas como a actores del sistema productivo. La definición busca cerrar el debate interno sobre el tipo de cambio, uno de los puntos más sensibles para la estabilidad del programa.

En ese marco, el Gobierno intenta sostener una expectativa: que los fundamentos —PIB, exportaciones, consumo privado y cosecha— respalden la estrategia en el mediano plazo. Pero el corto plazo aparece más incierto.

Un programa que entra en fase de prueba

Las próximas semanas serán clave para validar el diagnóstico oficial. La evolución de la inflación de marzo y los datos de actividad definirán si la desaceleración es transitoria o si marca un cambio de tendencia.

El Gobierno enfrenta un equilibrio delicado. Mantener el rumbo implica sostener el ajuste y la disciplina fiscal, pero la demora en la recuperación puede erosionar el respaldo social y político.

La definición de Caputo deja abierta esa tensión. El programa económico no se modifica, pero empieza a mostrar sus límites en la velocidad de los resultados. La incógnita ya no es solo si el plan funciona, sino cuándo empieza a sentirse en la economía cotidiana.

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Balance de fin de año: la mentira como política de gobierno

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Al finalizar el año, el gobierno de Javier Milei intenta imponer un balance triunfalista basado en una narrativa cuidadosamente construida. Según el relato oficial, la Argentina estaba “al borde de la hiperinflación”, el ajuste era inevitable y la desaceleración posterior de los precios constituye un éxito incuestionable. Sin embargo, un análisis riguroso de los hechos muestra otra realidad: decisiones políticas concretas que agravaron la crisis social, una fuerte transferencia de ingresos y una estrategia sistemática de distorsión de la verdad para eludir responsabilidades.

La mentira no aparece como un desliz ocasional, sino como un método de gobierno.

Inflación: el pico fue una decisión política

Argentina no llegó a la hiperinflación en 2023 como dijo Milei. La inflación era muy elevada, sin duda, pero no existían las condiciones técnicas ni económicas que definen un proceso hiperinflacionario. Esa afirmación, repetida hasta el cansancio por Milei y su gabinete, cumplió una función política clara: exagerar la herencia para justificar un shock de ajuste sin precedentes.

El dato que el gobierno omite deliberadamente es central: el mayor salto inflacionario se produjo en diciembre de 2023, cuando Javier Milei ya había asumido la Presidencia. Ese mes, los precios se dispararon como consecuencia directa de una devaluación superior al 100%, combinada con la liberación de precios regulados y el inicio de los tarifazos. No fue una fatalidad heredada: fue una decisión política consciente, tomada en nombre del llamado “sinceramiento” económico.

El oficialismo incorporó luego ese pico inflacionario —provocado por sus propias medidas— al paquete de la “herencia recibida”, y se atribuyó como mérito la desaceleración posterior. Primero provocó el shock, después celebró la comparación contra el daño autoinfligido.

Desaceleración sin recuperación

Es cierto que la inflación se desaceleró con el correr de los meses. Pero esa desaceleración ocurrió sobre un piso social devastado. Los salarios reales, las jubilaciones y los ingresos populares quedaron muy por detrás del aumento de precios acumulado tras la devaluación inicial. La inflación bajó, pero el poder adquisitivo no se recuperó.

El ajuste operó fundamentalmente a través de la licuación de ingresos. Jubilados que perdieron capacidad de compra mes tras mes, trabajadores formales con paritarias a la baja, trabajadores informales directamente expulsados del consumo básico. La inflación dejó de correr, pero el daño ya estaba hecho.

Pobreza y empleo: el uso político de los números

El gobierno celebró cifras de pobreza en descenso, pero evita explicar cómo se construyen esos datos y qué esconden. La baja estadística no implica una mejora estructural de las condiciones de vida. El empleo no crece, cada vez se precariza más, con altos niveles de informalidad y salarios deprimidos. La pobreza por ingresos puede reducirse marginalmente, mientras se consolida una pobreza estructural más profunda, con menos derechos, menos protección social y mayor vulnerabilidad.

Una vez más, el patrón se repite: usar indicadores parciales para construir un relato de éxito, mientras se ignoran las consecuencias de largo plazo del ajuste. Y encima con una inflación que no logran controlar por más que “dibujen” los números.

El relato como sustituto de la gestión

La mentira como política de gobierno no se limita a la economía. Atraviesa la política exterior, donde se anuncian apoyos y alianzas que no se traducen en beneficios concretos; y el plano institucional, donde se desacredita sistemáticamente a periodistas, opositores, sindicatos y organizaciones sociales para deslegitimar cualquier crítica.

Gobernar, para Milei, parece reducirse a ganar la batalla del relato, no a resolver los problemas reales. Cuando los datos no convienen, se reinterpretan. Cuando las consecuencias son evidentes, se niegan. Cuando la responsabilidad es propia, se la adjudica al pasado.

Balance final

El balance de fin de año no admite ambigüedades: el gobierno de Javier Milei eligió mentir. Eligió falsear la herencia, ocultar el impacto de sus propias decisiones y presentar como éxito lo que en realidad fue una brutal transferencia de ingresos desde los sectores populares hacia los grupos concentrados. La inflación de diciembre de 2023 no fue un accidente ni una fatalidad: fue el punto de partida deliberado de un programa que licuó salarios, jubilaciones y derechos.

La mentira dejó de ser un recurso discursivo para convertirse en arquitectura de gobierno. Se miente para justificar el ajuste, se miente para disciplinar socialmente, se miente para naturalizar el empobrecimiento y se miente para clausurar cualquier discusión democrática sobre alternativas posibles. El relato libertario no busca explicar la realidad: busca imponer resignación.

Frente a un gobierno que gobierna a fuerza de engaño, provocación y violencia simbólica, decir la verdad se vuelve un acto político. Nombrar las consecuencias del ajuste, señalar a los responsables y disputar el sentido común no es una cuestión retórica: es una tarea urgente. Porque cuando la mentira se institucionaliza, la democracia se vacía, y el costo lo paga —otra vez— el pueblo argentino.

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Brecha récord: la yerba vale menos que hace 20 años

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La yerba mate, símbolo productivo y cultural de Misiones, atraviesa un deterioro silencioso: su valor en dólares cayó a mínimos en dos décadas. Lo revela un estudio de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) presentado por el economista Emiliano Lysiak, investigador de la Facultad de Ciencias Agrarias y especialista en economía agraria y agronegocios.

El trabajo, titulado “Evolución histórica de los precios reales de la yerba mate en Argentina (1997–2025)”, analiza los precios mensuales de la hoja verde y del producto elaborado en góndola, expresados en dólares oficiales constantes.

En términos reales, la yerba mate argentina vale hoy menos que hace veinte años”, resumió Lysiak.

“El precio al productor ronda los 0,2 dólares por kilo, uno de los valores más bajos desde 2003”.

Del derrumbe al auge y otra vez a la caída

Según la serie elaborada por Lysiak, el precio de la hoja verde se desplomó durante la Convertibilidad, tocando un piso de apenas 0,10 dólares por kilo en 2002. La creación del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) en 2002 marcó un punto de inflexión: la fijación de precios mínimos permitió una recuperación gradual, hasta alcanzar el pico histórico entre 2014 y 2017, con promedios cercanos a 0,90 dólares por kilo.

Desde entonces, la tendencia cambió. “Desde 2023 los valores reales al productor comenzaron a caer sostenidamente, ubicándose en torno a 0,40 dólares por kilo en julio de 2025”, precisa el informe. Ahora vale un poco menos.

El precio al consumidor, por su parte, siguió un recorrido más volátil. “En 2002 el kilo de yerba elaborada en góndola cayó a menos de 2 dólares, luego se recuperó hasta picos de 7 dólares en 2014–2016, y hoy ronda los 3 dólares por kilo, también en retroceso”.

En diálogo con Carlos Vedoya Recio para Frontera Jesuita (FM República), Lysiak repasó con detalle los vaivenes históricos de la cadena yerbatera.

“En los 90, el kilo de yerba en góndola llegó a valer unos 5 dólares, mientras el productor recibía apenas 20 centavos”, explicó.
“La brecha era enorme. Con la devaluación de 2002, el precio en dólares de la hoja verde cayó a 5 centavos: fue el mínimo histórico”.

Lysiak recordó que la recuperación posterior fue gradual y coincidió con la institucionalización del INYM. “El instituto ayudó a reordenar el mercado y a darle un piso al productor. Entre 2014 y 2015 la yerba tocó su techo: el kilo elaborado llegó a valer 7 dólares y el productor recibía cerca de 70 centavos, el mejor momento de toda la serie”.

Pero el ciclo volvió a invertirse. “Después de 2016, cada devaluación vino acompañada de una caída en dólares del precio de la yerba. Hoy, en valores constantes, estamos en niveles similares a los de 2018, pero con tendencia descendente”, señaló el investigador.

El estudio confirma que la diferencia entre el precio en chacra y el precio en góndola se amplía con cada crisis.

“El productor cobra menos, pero el consumidor no paga mucho menos: los precios en góndola son inflexibles a la baja. Tardan en reflejar las caídas y eso erosiona la rentabilidad del productor”, explicó Lysiak.

Actualmente, la hoja verde se paga unos 300 pesos por kilo, equivalentes a 20 centavos de dólar, según el tipo de cambio oficial ajustado. “El productor pide 500, el INYM calcula costos en 400 y pico, pero el mercado se mueve por debajo de eso. No es el peor momento histórico, pero sí un punto de alerta”, advierte. El sector productivo dentro del INYM calculó un costo de producción de 423, 99 pesos a lo que hay que agregar un margen de ganancia, que elevaría ese promedio a 551,19 pesos. Desde la desregulación impuesta por decreto presidencial, la industria no está obligada a cumplir valores mínimos y paga, con suerte, 300 pesos, aunque hay zonas donde la hoja vale menos de 200. 

¿Por qué cae el precio real? Para Lysiak, los factores son múltiples:

  • Aumento de la producción, con nuevas plantaciones que entran en producción.
  • Tipo de cambio atrasado y costos internos crecientes.
  • Demanda inelástica, es decir, el consumo no aumenta aunque baje el precio.
  • Contexto macroeconómico recesivo, que limita la capacidad de compra.

“Hoy no hay muchos factores que impulsen una suba. El dólar tiende al alza, la producción viene alta y el clima sigue siendo bueno. Todo eso presiona a la baja los precios”, explicó.

La única variable que podría revertir la tendencia sería una caída fuerte en la oferta -por sequía o por restricción de cosecha- o un salto en las exportaciones, que hoy apenas compensan la caída del consumo interno.

El economista también amplió su análisis a otras cadenas productivas de Misiones.

El té atraviesa una situación parecida: el precio de la materia prima tocó máximos en 2014 y hoy está nuevamente cerca de sus valores mínimos. En cambio, la carne bovina vive el fenómeno inverso, con precios internacionales en alza desde hace 20 años por la demanda asiática”.

Para Lysiak, la diferencia está en quién fija el pulso global: “China cambió el eje del mercado mundial. En el té, es productor y consumidor, y eso deprime los precios. En la carne, es gran importador, y eso los dispara. En la yerba mate, no juega: dependemos solo de nuestro mercado interno”.

El estudio de la UNNE pone en evidencia lo que los productores misioneros sienten en carne propia: la hoja verde perdió poder adquisitivo. El valor real de un kilo de hoja equivale hoy al de principios de los 2000, mientras los costos de energía, transporte y mano de obra subieron a valores del nuevo siglo, particularmente desde el último cambio de Gobierno, que desreguló tarifas y disparó el precio del combustible. 

“Hay un desfasaje estructural entre el costo y el precio. No alcanza con exportar más; sin una actualización real de los precios mínimos, la rentabilidad del productor seguirá en riesgo”, concluye Lysiak.

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El ingreso promedio de la población ocupada es $612.035, según el Indec

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Hubo una leve disminución de la desigualdad en la comparación interanual. El coeficiente de Gini del ingreso per cápita familiar de las personas fue de 0,435 para el tercer trimestre de 2024, mientras que en el mismo trimestre de 2023 el valor fue de 0,434, lo que muestra una leve disminución de la desigualdad en la comparación interanual. 

Así lo reflejó la Evolución de la distribución del ingreso (EPH) del Indec en los resultados del tercer trimestre de 2024 correspondientes a los 31 aglomerados urbanos.

La suma total de ingresos para el total de la población de referencia fue de $12.327.531 millones, lo que
significó un incremento de 238,6% en relación con igual trimestre de 2023.

El ingreso promedio per cápita del total de la población, que corresponde a 29.720.283 personas, alcanzó los $414.785, mientras que la mediana del ingreso per cápita fue de $300.000.

El 62,8% de la población total (18.660.407 personas) percibió algún ingreso, cuyo promedio es igual a $649.163. 

Analizado según escala de ingreso individual, el ingreso promedio del estrato bajo (deciles 1 a 4) fue de $212.282; el del estrato medio (deciles 5 a 8), a $603.688 y el del estrato alto (deciles 9 y 10), a $1.614.039.

Los perceptores varones tuvieron un ingreso promedio de $754.820, mientras que el de las mujeres fue de $546.317.

Respecto a la población ocupada, se registró un ingreso promedio de $612.035 y un ingreso mediano de $500.000, equivalente al límite superior de ingresos del decil 5, bajo el cual se sitúa el 50% de las personas ocupadas.

El ingreso promedio de los primeros cuatro deciles de la población, ordenada según ingreso de la ocupación principal, fue de $200.163. 

El ingreso promedio del estrato medio (deciles del 5 a 8) fue de $602.290, mientras que el ingreso de los deciles 9 y 10 fue de $1.455.768. 

Respecto a la población asalariada, se registraron 9.562.508 personas con ingreso promedio de $640.470.

El ingreso promedio de las personas asalariadas con descuento jubilatorio fue de $810.560 (+244,8% interanual), mientras que en el caso de aquellas sin descuento jubilatorio, el ingreso promedio equivale a $334.819 (+199% interanual). 

En el caso de los hogares, los ingresos laborales representaron el 77,5% de los ingresos totales, mientras que los ingresos no laborales alcanzaron el 22,5% restante.

El peso de los ingresos no laborales fue mayor para los deciles de ingreso total familiar más bajos, que fueron 61,6% en el primero y 11,2% en el décimo.

Respecto a la relación de dependencia de los hogares, la cantidad de personas no ocupadas fue de 122 por cada 100 ocupadas, mientras que la cantidad de no perceptoras de ingreso fue de 59 por cada 100 perceptoras.

Esta relación es mayor en el caso de los deciles más bajos. 

La brecha calculada entre la mediana del decil 10 y el decil 1 de ingreso per cápita familiar de la población fue de 14. 

La brecha de la mediana se mantuvo sin cambios, en la comparación interanual, con respecto al tercer trimestre de 2023, y descendió un punto en relación al último trimestre con aguinaldo (primer trimestre de 2024), se informó.

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