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Pablo Ratti: la re-construcción de una marca

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Hay empresarios que llegan a conducir una compañía después de un proceso cuidadosamente diseñado. Se preparan durante años, atraviesan diferentes puestos, reciben responsabilidades gradualmente y un día ocupan el lugar para el cual fueron formados. Y hay otros para quienes ese momento llega de golpe.

A Pablo Ratti le tocó el segundo camino.

Tenía apenas 32 años cuando la muerte de su padre lo obligó a asumir la conducción de una empresa familiar en la que ya trabajaba y para la cual estaba profesionalmente preparado, aunque todavía no había atravesado el proceso indispensable para convertirse en quien toma la última decisión. En el grupo familiar era su padre, una figura potente que en 1976 inició la empresa que convertiría al apellido en una marca registrada en la construcción y los desarrollos inmobiliarios. 

Pablo conocía la empresa desde mucho antes de trabajar en ella. Había nacido prácticamente con ella. Este año la compañía cumple 50 años, de modo que el negocio familiar forma parte también de su propia biografía: fue el ámbito que permitió estudiar, viajar, formarse y construir una vida. Después llegó el momento de devolverle algo de aquello. Pero no de la manera imaginada.

Su padre había comenzado a pensar el recambio generacional. Incluso había contratado, sucesivamente, a tres consultores especializados en empresas familiares. El problema era que el proceso nunca terminaba de completarse.

“Él estaba con esa iniciativa, pero no podía resolverla. Vinieron las consultoras, hacían su trabajo, pero no podían terminar porque la decisión final la tenía él y no estaba totalmente decidida”, recuerda Ratti.

Había algo profundamente humano detrás de aquella demora: soltar una empresa que uno creó no es simplemente abandonar un cargo. Su padre seguía tomando la última decisión.

El traspaso, que probablemente hubiera necesitado cinco o diez años, terminó ocurriendo en un instante.

“Uno no espera nada de esto. De repente te encontrás al frente de una empresa donde no hubo un traspaso generacional en el tiempo, sino que fue algo muy rápido, muy directo, muy instantáneo”, recuerda Pablo sobre aquellas horas, tras la trágica muerte de su padre Omar, cuando el avión que pilotaba cayó en Corrientes. 

El desafío inicial de Ratti no fue transformar la compañía ni imprimirle inmediatamente una nueva orientación. Fue algo bastante más elemental: generar confianza.

Clientes, proveedores, empleados y personas vinculadas con la empresa habían construido durante décadas una relación con su padre. Conocían cómo pensaba, negociaba y decidía. Al hijo lo conocían, pero no necesariamente sabían cómo iba a conducir.

“Había que dar la confianza de que la cosa continuaba. Tal vez lo conocían a mi padre, pero a mí, cómo trabajaba, no. Entonces fue darle tiempo, confianza, seguir cumpliendo con los compromisos y después, recién con el tiempo, empezar a tomar decisiones que tenían que ver con mi impronta”.

Antes de innovar había que sostener. Y antes de convertirse plenamente en empresario debía conseguir algo que ningún título profesional garantiza: ser reconocido por los demás como la persona que, desde ese momento, tomaría las decisiones.

Todo eso ocurría mientras procesaba la pérdida de su padre.

La dimensión empresarial y la personal se mezclaron de una manera imposible de separar. No solamente desaparecía el conductor de la compañía. Había muerto su padre.

“Se suman las dos cosas: continuar con lo que él venía haciendo y la carga emocional. ¿Qué hubiese hecho papá en este momento? ¿Qué decisión hubiese tomado? Todas esas cuestiones se te suman. Y no tenés retorno por otro lado. Es ya, es ahora y esto hay que hacerlo”.

Durante aquella etapa, admite, tomó decisiones con más dudas que certezas. Después llegó la experiencia. Y también la posibilidad de mirar hacia atrás y descubrir que algunas cosas podrían haberse resuelto de otra manera.

Para Ratti, eso también es hacerse empresario.

El consejo que no parecía un consejo

En aquellos primeros tiempos supo que un importante empresario de la construcción de Buenos Aires había atravesado una experiencia parecida. Lo contactó.

Pidió una reunión y viajó esperando encontrar alguna respuesta extraordinaria. Imaginaba que alguien que ya había atravesado aquel proceso podía entregarle una especie de mapa para cruzar el territorio desconocido.

La respuesta fue mucho más sencilla.

“Me dijo: ‘Mirá, tenés que seguir trabajando’. Punto”. Ratti se ríe al recordarlo.

“Yo esperaba un consejo premium. Pensaba: acá me van a decir la verdad de cómo se lleva esto adelante. Y no. Era trabajar y continuar. Creo que de eso se trata”.

Hay algo de aquella respuesta que parece haber sobrevivido todos estos años. No existe una fórmula secreta para administrar una empresa, mucho menos en la Argentina. Hay decisiones, equivocaciones, aprendizaje, persistencia y trabajo. Sobre todo, tiempo.

El problema inmediato no terminaba en la compañía. También había que reorganizar a la familia. La muerte había dejado varias empresas y tres hermanos que debían decidir cómo continuar.

“Para mí, personalmente, esa fue la decisión más difícil. Todos estábamos con una carga emocional muy fuerte. Había que decidir qué hacíamos con la empresa, qué hacíamos con todo lo que teníamos y con la responsabilidad que nos dejó nuestro padre”.

Había empleados que dependían de esas decisiones. Patrimonio. Historia. Responsabilidades. Pero también hermanos atravesando el mismo duelo.

Finalmente encontraron un equilibrio: las diferentes empresas permitieron distribuir responsabilidades y espacios de conducción.

“Creo que fuimos inteligentes mis hermanas y yo para poder resolver esa cuestión”.

La frase encierra una de las dimensiones menos visibles de las empresas familiares. El patrimonio puede dividirse mediante documentos. Las responsabilidades pueden establecerse mediante organigramas. Pero las decisiones empresariales ocurren dentro de relaciones construidas durante toda una vida.

Ratti recuerda lo que entonces les decía a sus hermanas: quizás durante un tiempo iban a “ponerse colorados”, discutir y atravesar momentos incómodos, pero después podrían disfrutar de haber resuelto el problema y continuar siendo familia.

Era, finalmente, lo más importante. “Porque la familia es la que acompaña a uno y la que sostiene”.

Hay una ausencia que los años no terminaron de resolver. Cuando se le pregunta cuánto tiempo duró aquella sensación de querer consultar a su padre antes de una decisión, Ratti responde sin vueltas: “Todo el tiempo. Hasta hoy”.

La experiencia no eliminó esa necesidad. Quizás la hizo más consciente.

El empresario necesita estar informado, bien informado, consultado. Hay cuestiones que uno, por exceso de confianza, las toma y después se equivoca. Y te das cuenta tarde”.

Por eso reivindica la consulta, el intercambio con colegas y la posibilidad de contrastar una decisión antes de ejecutarla.

También aprendió otra cosa: oír no necesariamente significa escuchar.

Recuerda una frase que le repetía a su padre: “Papá, vos me estás oyendo, no me estás escuchando”.

La diferencia, explica, consiste en cuánto permite un empresario que la opinión del otro realmente penetre en su propio razonamiento. Se puede escuchar solamente para recibir información o escuchar dispuesto a modificar una decisión. Y eso no siempre resulta sencillo para quien está acostumbrado a decidir.

La soledad después de cerrar la puerta

Hay un momento que se repite en las conversaciones de Eco Sistema Podcast con empresarios: cuando termina la jornada, los trabajadores regresan a sus casas, pero las preocupaciones de la empresa no necesariamente se quedan en la oficina. Ratti conoce esa sensación.

“Hay decisiones que son muy del empresario, del negocio que uno conoce”.

La familia y los amigos pueden funcionar como sostén. Sin embargo, existe una zona de la responsabilidad empresarial difícil de compartir. Allí se mezclan las emociones personales, los problemas del negocio, las expectativas, las ambiciones y aquello que el empresario imaginaba que sucedería y finalmente no ocurrió.

Por eso sostiene una idea aparentemente contradictoria con la dinámica cotidiana de una compañía argentina: el empresario necesita tiempo para pensar.

Pensar, aclara, no significa simplemente sentarse.

Es preguntarse qué innovación puede incorporar, dónde mejorar, cómo aumentar eficiencia, qué información necesita y en quién puede apoyarse para comprender mejor el escenario.

“Necesitamos claridad. Certidumbre no vas a tener el ciento por ciento, pero por lo menos podés mitigar un poco el riesgo”.

El problema es que esa necesidad convive con el vértigo argentino.

Ratti recupera una definición de Juan Carlos de Pablo: el empresario pyme se levanta por la mañana y trata de resolver el día. Esa urgencia compite permanentemente con la planificación.

Cuando Ratti mira hacia atrás y se pregunta qué dejó por el camino, la primera respuesta no tiene que ver con dinero.

Tiempo. Tiempo de uno”.

La responsabilidad de “estar por las dudas”, especialmente cuando esa había sido históricamente la cultura de la empresa, fue postergando actividades personales. También la capacitación.

“Esto no podemos postergarlo y decir: ‘Soy empresario, ya está’. El empresario también tiene que capacitarse, tiene que estar informado, tiene que estar bien informado”.

El problema vuelve a ser el tiempo.

Termina el trabajo. Aparece la familia. Las obligaciones personales. Las cuestiones pendientes. Leer un libro, escuchar un podcast o hacer una capacitación queda para después. “Es como que se va corriendo la vida”.

Ratti intenta combatir esa dinámica. No cree que exista una única manera de aprender. Algunos empresarios leen; otros necesitan conversar; otros prefieren escuchar. El formato es secundario. Lo imprescindible es mantener la curiosidad.

Porque el escenario cambia demasiado rápido como para creer que la experiencia acumulada alcanza.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”. La trayectoria también está hecha de errores.

Ratti no intenta esconderlos detrás de una épica empresarial. “Los errores se aprenden”, dice, antes de corregirse a sí mismo.

Con la perspectiva que da el tiempo resulta sencillo identificar qué debería haberse hecho de otra manera. La cuestión central es qué ocurre después.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”.

Una mala decisión puede costar dinero. Puede haber sido apresurada o simplemente basada en una lectura equivocada. Lo importante, sostiene, es evitar que ese fracaso destruya la voluntad de continuar.

“Cometí el error, me costó esto, pero insisto de vuelta porque lo voy a recuperar y esto ya no lo voy a hacer”.

Esa experiencia contrasta con una cultura contemporánea en la que el éxito parece tener que suceder inmediatamente.

Las redes sociales ofrecen historias condensadas: alguien tuvo una idea, emprendió y triunfó. Lo que generalmente desaparece del relato son los años intermedios.

Ratti es lector de biografías empresariales y encuentra allí otra historia. “Ni uno lo hizo de un toque. Son muy pocos, contados con la mano. Esto es tiempo, perseverancia, que las cosas se den, esperar que se den y confiar”.

A veces, agrega, parece que se está perdiendo más de lo que se gana cuando el resultado está muy cerca.

Por eso cuestiona la idea de que no alcanzar inmediatamente un objetivo implique un fracaso personal.

“Tenemos que entender que eso no es así”.

Incluso conseguir todo demasiado rápido puede abrir otra pregunta: ¿qué queda después?

Para Ratti, el desafío también forma parte del propósito. No se trata solamente de poseer algo, sino de construirlo, buscarlo y disfrutar el recorrido.

En algún momento de la conversación aparece una pregunta distinta. Ya no es cómo sostener una empresa, sino para qué seguir haciéndolo.

Ratti cree que alrededor de los 40 o 45 años muchos empresarios ingresan en una etapa de revisión.

“Se replantean si realmente lograron lo que quisieron, si están para más, si con esto ya están bien, si seguir en la empresa les da las mismas ganas de continuar, si son las mismas motivaciones que antes”.

Algunos cambian de rubro. Otros se reinventan.

Otros continúan responsabilizando al contexto, a los trabajadores o a la propia empresa por un malestar cuyo origen podría estar en otro lado.

“Capaz que es él. Es él que todavía no definió qué quiere para adelante”.

Ratti vio esa dificultad muy cerca. Su padre anunciaba periódicamente que se retiraría.

“Me decía: ‘En dos años más me voy’. Nunca sucedió”.

En una oportunidad decidió dejar de trabajar jueves y viernes. Duró dos semanas.

“A la tercera semana estaba firme ahí, como un soldado más”.

La anécdota revela un problema frecuente en las empresas familiares: el fundador puede preparar jurídicamente la sucesión y aun así no estar emocionalmente preparado para abandonar el lugar alrededor del cual construyó buena parte de su identidad.

Ratti suele preguntarles a empresarios que anuncian su retiro qué harán después.

Las respuestas son conocidas: golf, viajes, descanso. Pero inmediatamente aparece otra pregunta:

“¿Cuánto tiempo te dura?”.

La mayor expectativa de vida volvió todavía más compleja la transición generacional. Un empresario puede llegar activo a los 75 u 80 años mientras sus hijos tienen 45 o 50, están profesionalmente formados y continúan esperando espacios de decisión.

Entonces la cuestión deja de ser únicamente si la siguiente generación está preparada. También hay que preguntar si la generación anterior realmente quiere irse.

A veces no quiere. A veces no sabe cómo hacerlo. Y otras veces la empresa es la agenda completa de una persona.

Su padre, sin embargo, le dejó algunos consejos sobre cómo evitar que el trabajo ocupara todo. Uno de ellos estaba relacionado con las vacaciones.

“No te tomes dos meses o un mes. Tomate vacaciones cortitas durante el año. Hacelo de manera que sientas que vale tu trabajo. Andá con la persona que está a tu lado, andá con quien quieras, pero hacelo significativo para vos”.

Pequeños cortes frente a la idea de vivir once meses esperando escapar de la propia vida durante uno.

El factor humano que anticipó hace años

Cuando Ratti recién comenzaba su etapa como conductor empresarial ya hablaba de algo que hoy ocupa buena parte de la discusión sobre gestión: el factor humano.

El trabajador contemporáneo no necesariamente imagina ingresar a una compañía a los veinte años y jubilarse allí cuatro décadas después.

Las personas rotan. Buscan otras experiencias. Su identidad no está determinada exclusivamente por la empresa. Para el empresario eso implica otro desafío. ¿Cómo entusiasmar a alguien que ya no concibe la pertenencia de la misma manera?

Ratti cree que primero hay que aceptar el cambio. “El empresario tiene que entender que eso es así”.

Imagina incluso un mercado laboral progresivamente organizado alrededor de proyectos. Personas contratadas para resolver desafíos concretos, aportando conocimiento, liderazgo y herramientas tecnológicas.

Entonces la empresa también tendrá que seducir. “No solamente van a querer trabajar con uno. Van a elegir trabajar por ese proyecto, por ese desafío”.

La pregunta será cada vez más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de responder:

¿qué me estás ofreciendo para que yo quiera trabajar acá?

Inteligencia artificial: la próxima transformación

Ese razonamiento conduce directamente a una de las cuestiones que más entusiasman actualmente a Ratti: la inteligencia artificial. No la observa como amenaza. La entiende como herramienta y, fundamentalmente, como un desafío para el empresario.

“Tal vez en un futuro un empresario, un trabajador, cualquiera que dé un servicio, va a tener que tener su inteligencia artificial al lado y mostrar cómo se potencia con esa herramienta”.

El factor humano sigue siendo central. Pero ahora aparece una capacidad adicional: saber utilizar la tecnología para multiplicar conocimiento y productividad.

Ratti investiga experiencias de otros países, observa tendencias y trata de imaginar qué puede trasladarse a su actividad.

Es uno de los motivos por los cuales define su presente profesional como un momento de inflexión.

“Sigo construyendo como siempre. La empresa continúa trabajando. Pero estoy también en un momento de inflexión. Todo esto de inteligencia artificial me motiva mucho investigar”.

Lo entusiasma lo nuevo. “Me gusta innovar, intentar o probar cuestiones nuevas”.

Para alguien cuya historia empresarial está ligada a la construcción, la transformación tecnológica no es una abstracción.

Ratti mira imágenes de máquinas capaces de fabricar viviendas y experiencias de casas industrializadas importadas desde China.

Y se pregunta qué significa eso para una actividad construida durante décadas alrededor de procedimientos tradicionales.

“Hoy la construcción tradicional ya no es lo mismo que antes”.

No afirma que esos sistemas vayan a desplazar inmediatamente al modelo conocido. Se pregunta si serán más eficientes, si los costos cerrarán y cuánto demorarán en llegar masivamente.

Pero considera que el empresario tiene una obligación previa a cualquier respuesta: entender qué está sucediendo.

“Como empresario, que siempre trabajaste tradicionalmente, ¿cómo te posicionás con eso? ¿Qué va a suceder? ¿Va a ser algo concreto? ¿Dentro de cuánto tiempo?”.

La discusión excede a las compañías.

También alcanza a trabajadores, sindicatos y comunidades enteras.

La primera responsabilidad empresarial, sostiene, es investigar.

Después el país ofrecerá condiciones favorables o desfavorables. Pero el empresario no puede esperar hasta entonces para intentar comprender el cambio.

“Primero tenés que saber qué es”.

La Argentina aparece inevitablemente en la conversación.

Ratti creció viendo la dinámica de una empresa familiar y aprendió desde chico una secuencia que para cualquier empresario argentino resulta familiar.

“Hay un momento que estás muy bien y hay un momento que estás muy mal. Esto es así”.

Las reglas cambian. Una decisión incorrecta puede dejar rápidamente a una compañía en una posición incómoda. La sobreinformación agrega ruido y muchas veces resulta difícil comprender variables que exceden la propia especialidad.

¿Qué hace entonces el empresario?

Sigue. Observa. Corrige. “Todo el tiempo estás aprendiendo”. No hay demasiada épica en su definición de emprender en la Argentina. Hay algo más parecido a una aventura permanente.

“Uno termina aceptando que es la cuestión de este país”.

Ratti tampoco concibe el liderazgo como una condición reservada exclusivamente a quienes conducen empresas. Todos pueden ejercerlo, aunque en diferentes ámbitos y grados: negocios, familia, deporte, grupos de amigos.

En el mundo empresarial, sin embargo, encuentra una responsabilidad particular.

Mirar hacia adelante. Comprender la transformación tecnológica, animarse a incorporar herramientas y no quedar detenido en aquello que funcionó durante años simplemente porque todavía funciona.

La experiencia sigue teniendo un valor enorme. Pero puede transformarse en una trampa cuando se convierte en resistencia automática al cambio.

“Llega un momento donde las cosas son más lineales para vos: sigo así, total esto funciona, ¿para qué vamos a cambiar?”.

Quizás no haya que cambiar. Pero incluso entonces hay que hacerse la pregunta. Porque algún día alguien deberá continuar.

Medio siglo después de la creación de la compañía familiar y muchos años después de aquella mañana en la que, con 32 años, tuvo que ocupar de golpe un lugar para el cual todavía estaba terminando de prepararse, Pablo Ratti parece haber llegado a una conclusión menos vinculada con balances que con biografías. La empresa puede ser una parte central de la vida. Puede dar educación, oportunidades, viajes, experiencias y patrimonio. Puede convertirse en una responsabilidad transmitida entre generaciones. Puede ser motivo de orgullo y también fuente de angustias. Pero hay una pregunta que tarde o temprano aparece: qué queda de la persona cuando se apaga la computadora, termina la obra y se cierra la puerta de la empresa.  Porque reinventar una compañía puede ser difícil. Reinventarse uno mismo suele ser bastante más complejo.

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Pilo Cáceres: la filosofía detrás de un empresario que hizo del trabajo una herencia

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A los 78 años, Ricardo “Pilo” Cáceres conserva intacta una convicción aprendida en el almacén familiar de Formosa: el dinero tiene sentido cuando vuelve al negocio, genera trabajo y sirve a la gente. Propietario de California Supermercados y referente del supermercadismo del NEA, conduce un grupo que emplea a alrededor de 2.500 personas entre Misiones, Corrientes, Chaco y Formosa. En una entrevista exclusiva con Eco Sistema Podcast, el nuevo ciclo de Economis, repasó una vida construida detrás del mostrador: el padre que le cerró el camino al fútbol para enseñarle el oficio, los hijos que comenzaron como cajeros y bolseros, las crisis argentinas, el valor de la calidad, el liderazgo, la formación de los trabajadores y el desafío mayor de cualquier empresa familiar: conseguir que la herencia no sea solamente patrimonio, sino cultura.

Hay empresarios cuya historia puede contarse a través de balances, aperturas, adquisiciones y metros cuadrados. Y hay otros cuya verdadera biografía empresarial está en otra parte: en las frases que escucharon de chicos, en las renuncias que hicieron, en los hábitos que conservaron cuando el negocio se volvió grande y en aquello que intentan transmitir cuando llega el momento de pensar qué quedará después de ellos. Ricardo “Pilo” Cáceres pertenece a esa segunda categoría.

A los 78 años, cuando mira hacia atrás, no habla primero de supermercados. Habla de su padre. Del almacén. De Formosa. De una familia que hizo cada uno de los escalones del comercio minorista argentino, desde los antiguos ramos generales hasta las grandes superficies. Y recuerda una frase que terminó convirtiéndose casi en una definición de identidad.

“Mi papá decía que yo nací arriba de un mostrador”. No es solamente una imagen.

En aquella Formosa todavía lejana al supermercadismo moderno no existían los autoservicios tal como hoy se conocen. Había almacenes y casas de ramos generales. Los Cáceres comenzaron allí. Después llegó el autoservicio y, finalmente, el supermercado. En 1981 dieron ese salto en Formosa. En 2002 avanzaron hacia Corrientes y en 2010 desembarcaron en Misiones, al ingresar como accionistas minoritarios en California, una marca que Pilo entendió rápidamente que no necesitaba ser reinventada: necesitaba ser comprendida y preservada.

Esa diferencia -entre comprar una empresa y comprenderla- atraviesa buena parte de su filosofía.

Cuando Cáceres decidió ingresar a California con una participación minoritaria, algunos le advirtieron que aquello podía ser un error. “Todos me decían: ‘¿Cómo vas a comprar si vas a estar en minoría?’”.

La respuesta que ofrece tantos años después explica bastante más que aquella operación. “Nosotros siempre tratamos de invertir. El dinero es justamente para eso. Para invertir. Para estar al servicio de la gente, no para guardarlo”.

La frase podría pasar inadvertida dentro de una conversación larga. Sin embargo, contiene una definición central de su manera de entender el capital.

Para Cáceres, acumular no parece ser el punto de llegada. El capital debe circular, convertirse en infraestructura, maquinaria, mercadería, capacitación y puestos de trabajo. Reinvertir aparece una y otra vez en su relato, incluso cuando habla de las crisis. Hay que guardar reservas para las “vacas flacas”, admite, pero el propósito final vuelve a ser poner el capital en movimiento.

“Tratamos de invertir, reinvertir y tener siempre el capital al servicio de la gente para crear un poco más de fuentes de trabajo y mejorar a nuestros empleados”.

Es una filosofía empresarial moldeada mucho antes de que alguien hablara de propósito corporativo. Nació detrás de un mostrador.

De almacenero a supermercadista

Cáceres no heredó un supermercado. Heredó un oficio. La diferencia es sustancial. “Nosotros hicimos todos los escalones: el almacén de barrio, ramos generales y después nos atrevimos a los supermercados porque van cambiando las cosas”.

El crecimiento empresario rara vez aparece en su relato como una progresión automática. Hay inversión, pero también riesgo. Hay esfuerzo y hay algo que Cáceres menciona sin demasiados eufemismos: sufrimiento.

Su padre fue la figura determinante de aquella formación. Pilo y su hermano quedaron huérfanos de madre y fue él quien sostuvo la familia y el negocio. También quien marcó el rumbo cuando el joven Ricardo imaginó para sí mismo una vida completamente diferente. Pilo quería jugar al fútbol. Quería irse a Buenos Aires.

Su padre tenía otros planes. “Mi papá me dijo: ‘No, vos te vas a quedar acá. Lo tuyo es el almacén’”.

¿Y dijiste que sí?

“Bueno, es así. Antes había que decirle que sí”, responde entre risas. La frase adquiere otro significado porque tiene que ver con el legado. Pilo llega a la entrevista en Economis acompañado por su hijo de 14 años, que lo acompaña a todos lados y va aprendiendo los secretos del oficio. El joven también sonríe.  

Pilo Cáceres con su hijo Bautista, el menor de los hermanos. Jimena y Ricardo ya forman parte del directorio del grupo.

Detrás de la anécdota aparece una cuestión que atraviesa a todas las empresas familiares: ¿hasta dónde llega el mandato de una generación y dónde comienza la libertad de la siguiente?

Heredar no es recibir

Tal vez uno de los pasajes más reveladores de la conversación con Eco Sistema Podcast aparezca cuando Cáceres habla de sus hijos, que ya no nacieron en la misma realidad.

“Ellos ya tienen otra vida mejor que nosotros”. Ahí está uno de los dilemas más profundos de las empresas familiares exitosas: trabajar durante décadas para que los hijos vivan mejor y, al mismo tiempo, evitar que esa comodidad les quite aquello que hizo posible el progreso.

Cáceres intentó resolver esa contradicción llevándolos al supermercado.

Su hija comenzó como cajera cuando tenía siete u ocho años. Uno de sus hijos también pasó por la caja, embolsó mercadería e hizo distintas tareas. Pilo les pagaba un sueldo.

No era solamente una manera de enseñarles a trabajar. Quería que aprendieran a administrar.

“Yo siempre los llevé y les daba un sueldo. Por eso, de chicos supieron administrarse”.

Su hija estudió abogacía y hoy participa en Recursos Humanos y en la administración. Ricardo hijo estudió Administración de Empresas. Otros eligieron profesiones distintas: algunos son médicos.

Pilo hubiera querido convertirlos a todos en supermercadistas. No ocurrió.

Y aprendió a convivir con eso.

“Tienen su vida, son profesionales. Pero a veces vienen también y ayudan. Saben que es la empresa familiar”.

La escena marca la distancia entre dos generaciones. El padre de Pilo decidió que Pilo no sería futbolista. Pilo, en cambio, acepta que sus hijos puedan elegir otro camino.

El legado, entonces, deja de ser una obligación profesional. Se transforma en pertenencia.

La empresa como escuela

En la conversación hay otra palabra que Cáceres repite: servicio.

Cuando se le pregunta qué mira antes de incorporar a una persona, responde sin demorarse: “Primero tiene que tener vocación de servicio”.

Para él, un supermercado es esencialmente eso: una empresa de servicios.

El conocimiento técnico puede enseñarse. La formación puede construirse. La disposición frente al cliente es otra cosa. “Hay que tratar bien a la gente. El cliente siempre tiene razón”.

Pero sería equivocado interpretar esa mirada como una reivindicación del oficio sin profesionalización. Cáceres sostiene exactamente lo contrario.

California desarrolló un esquema interno de capacitación que define como “casi una escuela”. Sus trabajadores reciben formación y, cuando hace falta, son enviados a Buenos Aires u otros centros para especializarse. También destaca el trabajo realizado dentro de las organizaciones del supermercadismo argentino para profesionalizar al sector.

La enseñanza, además, no se limita a aprender cómo funciona una góndola, una caja o un sector de producción.

“Les enseñan no solamente a atender, a hacer mejor las cosas que tienen que hacer, sino también a administrarse ellos mismos para poder administrar el negocio. Porque si vos no administrás lo tuyo, tu ingreso, menos vas a administrar un supermercado”.

La frase conecta curiosamente la formación de sus trabajadores con la educación que dio a sus hijos. Administrarse. Comprender el valor del dinero. Entender que detrás de cada recurso existe trabajo. La filosofía vuelve siempre al mismo lugar.

Comprar una historia sin borrarla

Cuando Cáceres llegó a Misiones entendió que California tenía algo que no podía comprarse junto con las acciones: identidad. Y decidió no tocarla.

En el mundo empresario, donde una adquisición suele venir acompañada por nuevos logos, procesos, gerencias y estrategias destinadas a marcar territorio, su decisión fue diferente.

Primero quiso entender qué habían hecho quienes construyeron la empresa. “Leí la historia de ellos y traté de sostener eso, seguir ese camino”.

California, sostiene, tenía prácticas que incluso podían trasladarse a las operaciones del grupo en otras provincias. Personal de Misiones viajó a Formosa y Corrientes para transmitir conocimientos.

“Llevamos gente de acá a Formosa, a Corrientes, para aprender un poco cómo se hacen las cosas que acá ustedes hacen muy bien. Nuestros empleados son todos unos profesionales”.

La palabra que utiliza para resumir la identidad de California es sencilla. Calidad.

La filosofía es la calidad”.

Y asegura que ni siquiera durante las crisis aceptaron sacrificarla para reducir costos.

“Nosotros nunca dejamos de ver la calidad. Siempre tratamos de hacer mejores ofertas, hablamos con los proveedores, si nos acompañan, y tratamos de llevar eso a los precios. Tenemos que cuidar también el bolsillo de nuestro cliente”.

Ese equilibrio -calidad, precio y confianza- constituye probablemente uno de los activos invisibles más importantes del negocio supermercadista.

Porque un supermercado vende productos. Pero también administra confianza.

Cáceres lleva décadas observando qué ponen y qué dejan de poner las familias en sus changuitos. Pocas actividades permiten mirar de manera tan inmediata las transformaciones del poder adquisitivo. Hoy advierte un cambio en la forma de comprar.

Con una inflación más contenida, explica, desapareció parte de aquella conducta defensiva mediante la cual quien tenía capacidad financiera llenaba el changuito porque sabía que pocos días después los mismos productos costarían más.

Ahora las familias compran con mayor frecuencia y en menores cantidades.

La gente hoy va tres o cuatro veces en la semana a hacer sus compras. Ya no es como antes, que el que tenía un ingreso mayor compraba porque al otro día iba a ser más caro”.

Ese fenómeno también fortaleció nuevamente al almacén y al autoservicio barrial.

“Los almacenes de barrio hoy están trabajando muy bien y eso es importante, porque eso queda acá, queda en la región”.

Pero hay indicadores que Cáceres observa con preocupación. Uno de ellos es la leche.

Cuando se le pregunta qué siente al comprobar que las familias reducen consumos básicos, la distancia entre empresario y ciudadano desaparece.

Pensamos mucho en eso porque disminuyó mucho la leche. Eso es preocupante. Sobre todo la leche, que es un producto que no le tiene que faltar al chico”.

Por eso, dice, buscan generar ofertas sobre esos alimentos. Para alguien que pasó su vida leyendo la sociedad desde una góndola, una caída en la venta de leche no representa solamente una cifra comercial. Es una señal social.

“Me preocupa porque el chico que no toma leche después tiene problemas cuando es grande. Está en desventaja respecto de otros niños”.

Las vacas gordas y las vacas flacas

Pilo Cáceres atravesó prácticamente todas las formas posibles de la economía argentina: inflación, hiperinflación, convertibilidad, crisis, recuperación, controles, aperturas, devaluaciones y nuevas estabilizaciones.

¿Cómo se toman decisiones después de haber visto tanto?

Su respuesta no viene de un manual financiero. Habla de sensaciones.

“Son sensaciones a veces, que te van marcando: este es el camino”.

Admite que muchas veces se equivocaron. Pero detrás de la intuición existe una regla de prudencia. “En la vida siempre hay épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Y en la época de vacas flacas hay que sacar el ahorro para poder enfrentar la situación del momento”.

No confunde, sin embargo, prudencia con inmovilidad. El rumbo, sostiene, debe mantenerse.

“Las personas que siguen un rumbo y no cambian ese rumbo siempre van a triunfar, porque las cosas se empiezan de abajo y siempre tratando de mejorar, de crecer, invirtiendo en maquinaria, en esfuerzo, en sufrimiento”.

En su visión del empresario hay poco espacio para la épica instantánea. Hay persistencia.

-¿Qué es el liderazgo?

Cáceres responde con una definición alejada de cualquier teoría sofisticada de management. “El liderazgo es acompañar a tus colaboradores”.

Después amplía. Es respaldar lo que cada integrante del equipo puede hacer mejor, incorporarlo a las decisiones y conseguir que sienta que forma parte de aquello que se construye.

“Hacerle ver que ellos tienen también participación en eso. Ese es el liderazgo”.

En una empresa que emplea a miles de personas, la definición adquiere otra dimensión. Esa concepción conecta con su insistencia en llamar “profesionales” a quienes trabajan en los supermercados, invertir en capacitación y formar cuadros capaces de administrar.

Una empresa familiar que pretende sobrevivir a su fundador necesita precisamente eso: dejar de depender exclusivamente del fundador.

Cuando la charla ingresa en la coyuntura económica, Cáceres observa con expectativa la desaceleración inflacionaria y se muestra favorable a una economía con mayor competencia y menor intervención sobre las empresas.

Pero introduce una preocupación. El ajuste de los ingresos obligó a todos -supermercados, proveedores e industria alimenticia- a revisar estructuras y márgenes.

“Hoy hay que afinar todas las punterías. Hay que achicar todos los gastos para poder llevar eso a los precios, porque los ingresos en el bolsillo de la gente se achicaron”.

Al mismo tiempo, plantea una discusión más estructural sobre el trabajo. Cáceres advierte que existe una generación que creció en hogares con escasa inserción laboral formal y que hoy carece de herramientas para ingresar al mercado de trabajo.

Considera que allí el Estado sí tiene una responsabilidad concreta: proporcionar herramientas para que esas personas puedan comenzar a producir.

“Hace falta ver cómo se hace para que empiecen a producir. Pero para eso también el Estado tiene que darles herramientas para que puedan trabajar, empezar”.

Su defensa del mercado convive, por lo tanto, con una idea de intervención estatal orientada a generar capacidades, no dependencia.

A los 78 años, Cáceres podría limitarse a administrar lo construido. Hace lo contrario.

California avanza con un nuevo centro logístico y de producción, donde concentrará parte de la elaboración, inicialmente con fuerte protagonismo de panificados. El complejo cuenta con unos 14.000 metros cuadrados en dos plantas y equipamiento destinado a incrementar la capacidad productiva.

También prepara un nuevo proyecto sobre la avenida López y Planes, en Posadas, en la histórica casona vinculada a California.

La idea va más allá de otro punto comercial. Cáceres imagina producción y una experiencia familiar, con espacios destinados a chicos, cumpleaños y encuentros.

“Va a ser una linda experiencia”.

El proyecto prevé inicialmente incorporar entre 12 y 15 trabajadores y la apertura está proyectada entre fines de agosto y los primeros días de septiembre.

“Tengo fe”, dice.

Probablemente las mismas que utilizó muchas otras veces antes de invertir.

Hacia el final de la entrevista llega una pregunta inevitable.

-Cuando mirás para atrás, ¿qué ves?

Pilo demora poco. “Veo aciertos y errores que hemos corregido a través del consejo de mi padre y de gente amiga”.

Durante buena parte de su vida buscó deliberadamente la compañía de personas mayores. Quería escuchar a quienes habían recorrido antes ese camino.

“Siempre tuve amigos mayores que yo. Ahora yo soy mayor que todos”. Se ríe.

Pero inmediatamente vuelve a hablar de transmisión. Consejos recibidos. Errores corregidos. Experiencia acumulada.

Y entonces aparece la pregunta definitiva:

-Si pudieras volver atrás, ¿harías lo mismo?

“Sí. Haría igual”.

¿Por qué?

No menciona patrimonio. No habla de cantidad de sucursales. No enumera propiedades. Habla de empleo.

Porque eso nos dio para llegar y crear tantos puestos de trabajo. Eso es bueno. Es satisfactorio para uno”.

Y enseguida vuelve a mirar hacia quienes todavía no empezaron. “En este país falta industria, faltan emprendedores, chicos o grandes, lo que sea. Así tome un empleado, dos: ya es un aporte a la sociedad”.

Pilo todavía no habla como alguien dispuesto a retirarse.

“No creo que San Pedro me lleve todavía. Espero que siga distraído”, bromea. “Tengo todavía unos años por delante”.

Pero la semilla ya está plantada. La recibió de un hombre que, décadas atrás, le impidió subirse a un colectivo rumbo a Buenos Aires para perseguir el sueño de ser futbolista y le señaló otro destino: quedarse en Formosa, detrás del mostrador.

Pilo obedeció. El almacén se convirtió en supermercado. El supermercado se expandió por el NEA. Los hijos llegaron a las cajas. Los empleados se hicieron profesionales. Y aquel mostrador sobre el que, según su padre, había nacido, terminó convirtiéndose en algo bastante más grande que un negocio. En una forma de mirar la vida.

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Ceferino inauguró su séptima sucursal en Eldorado y refuerza la apuesta de las empresas misioneras por invertir y generar empleo

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En un contexto donde las decisiones de inversión privada se han vuelto más selectivas, la inauguración de una nueva sucursal comercial adquiere un significado que trasciende la apertura de un local. La expansión de empresas de capital misionero refleja la capacidad del sector privado para seguir apostando por el crecimiento, generar empleo y fortalecer las economías locales. Bajo esa lógica, Supermercados Ceferino inauguró su séptima sucursal en Eldorado, consolidando su presencia en la provincia y reafirmando el protagonismo de las empresas familiares en el desarrollo económico regional.

La nueva sede, ubicada en el kilómetro 3 de la zona oeste de Eldorado, abrirá sus puertas al público este sábado 1 de agosto desde las 8.30. La inversión representa un nuevo paso en la expansión de una firma nacida en Misiones que, a lo largo de los años, logró consolidarse como uno de los principales actores del comercio minorista del norte provincial.

El acto inaugural contó con la participación del gobernador Hugo Passalacqua, quien destacó el valor del esfuerzo empresarial y el impacto que tienen este tipo de inversiones sobre la economía local. El mandatario remarcó que cada nueva apertura implica mayores oportunidades para la comunidad, tanto por la generación de empleo como por el fortalecimiento del circuito económico interno.

Durante su discurso, Passalacqua puso el foco en el carácter familiar de la empresa y en la continuidad generacional que explica su crecimiento. “Solo hay una forma de crecer: juntos, trabajando juntos”, afirmó, al señalar que detrás de la nueva sucursal existe el trabajo articulado de varias generaciones de la familia Rodríguez. Para el gobernador, ese recorrido representa un modelo de desarrollo basado en el compromiso, el arraigo y la construcción de proyectos de largo plazo dentro de la provincia.

El mandatario también valoró la decisión de continuar invirtiendo en un escenario económico complejo. Sostuvo que iniciativas como esta reflejan el espíritu emprendedor de los misioneros y la capacidad de transformar las dificultades en oportunidades de crecimiento. En ese sentido, definió a Ceferino como una empresa que logró construir una identidad vinculada no solo a la competitividad en precios, sino también a valores como la cercanía, la humildad y el compromiso con la comunidad.

Desde la empresa, Candela Rodríguez expresó la satisfacción que representa la inauguración de la nueva sucursal y subrayó uno de los aspectos más relevantes del proyecto: la totalidad de los trabajadores incorporados pertenece a la zona oeste de Eldorado. La decisión de contratar personal local fortalece el impacto económico de la inversión, al generar nuevas oportunidades laborales y dinamizar el consumo dentro del propio municipio.

El caso de Ceferino refleja el papel que cumplen las empresas familiares en la estructura económica de Misiones. Más allá del crecimiento comercial, estas iniciativas sostienen cadenas de valor locales, promueven el empleo formal y consolidan un modelo de desarrollo con fuerte arraigo territorial. En una provincia donde el comercio enfrenta desafíos adicionales derivados de la competencia fronteriza con Brasil y Paraguay, la expansión de firmas locales constituye una señal de confianza sobre el potencial del mercado interno.

La apertura de la séptima sucursal también pone de manifiesto la importancia de generar condiciones que permitan a las empresas reinvertir y expandirse. Cada nuevo establecimiento implica mayor actividad económica, nuevas fuentes de trabajo y una oferta comercial más cercana para los consumidores, consolidando un círculo virtuoso donde la inversión privada y el desarrollo regional avanzan de manera conjunta.

Con esta inauguración, Supermercados Ceferino no solo amplía su presencia en Eldorado, sino que reafirma un modelo empresarial construido sobre el trabajo familiar, la permanencia en el territorio y la generación de valor para la economía misionera, demostrando que el crecimiento sostenible continúa encontrando espacio cuando la inversión mantiene una mirada de largo plazo.

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Encarnación reunirá a empresarios de Argentina y Paraguay en un seminario sobre empresas familiares

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La continuidad de las empresas familiares representa uno de los mayores desafíos para las economías regionales de Argentina y Paraguay. En un contexto donde la profesionalización de la gestión, la planificación de la sucesión y la adaptación a nuevos escenarios de negocios se volvieron factores determinantes para la supervivencia de las organizaciones, Encarnación será sede de un encuentro internacional que buscará aportar herramientas concretas para fortalecer este segmento estratégico del entramado productivo.

El próximo martes 4 de agosto, de 17 a 20 horas, el Carnaval Casino Hotel de la capital de Itapúa recibirá el Seminario Internacional de Empresas Familiares, bajo el lema “Empresa y Familia: El Futuro que se Construye Juntos”, una propuesta orientada a empresarios, emprendedores, profesionales y familias empresarias de toda la región, con especial interés para quienes desarrollan actividades económicas en el sur de Paraguay y el nordeste argentino.

La iniciativa pone el foco en uno de los principales desafíos de las pymes latinoamericanas: lograr que el crecimiento de la empresa vaya acompañado por reglas claras de gobernanza, procesos de profesionalización y una adecuada planificación del recambio generacional. La evidencia muestra que muchas empresas familiares no logran superar el cambio entre generaciones, por lo que este tipo de espacios de capacitación adquiere un valor estratégico para preservar inversiones, empleo y conocimiento acumulado.

El seminario reunirá a especialistas con trayectoria internacional en consultoría para empresas familiares. Participarán como expositores Pablo Alamo, de España; Natalia López Conde, de Argentina; y los paraguayos Marcelo Codas Frontanilla y Raquel Rojas, quienes abordarán experiencias y metodologías vinculadas con la gestión, la institucionalización de las organizaciones y la convivencia entre empresa y familia.

Uno de los aspectos diferenciales de la jornada será el panel de experiencias, donde empresarios de Itapúa compartirán casos reales sobre los desafíos que implica conducir organizaciones familiares. Participarán Juan Andrés Szopa, Daniella Cortés, Ana Karajallo y Lourdes Müller, quienes expondrán aprendizajes, dificultades y estrategias implementadas para sostener el crecimiento de sus compañías.

Más allá de las conferencias, la actividad propone un espacio de networking destinado a favorecer el intercambio entre empresarios, consultores y profesionales de ambos lados de la frontera. Para Misiones, cuya estructura económica está fuertemente integrada con el departamento paraguayo de Itapúa, este tipo de encuentros representa una oportunidad para consolidar vínculos comerciales, compartir buenas prácticas y fortalecer el ecosistema empresarial regional.

La organización está a cargo del Centro de Familia y Empresa, con el apoyo de Itapúa Paraguay Convention & Visitors Bureau, BURSAL y Estudio Codas, instituciones que impulsan iniciativas de formación orientadas al desarrollo del sector privado y la competitividad regional.

El seminario será de acceso libre y gratuito, aunque con cupos limitados. Las inscripciones ya se encuentran abiertas mediante un formulario online y los organizadores también habilitaron un canal de consultas a través de WhatsApp para facilitar la participación de interesados provenientes tanto de Paraguay como de la provincia de Misiones.

Las inscripciones pueden realizarse a través del formulario: Empresas Familiares

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Victoria Szychowski, la mujer que heredó un siglo de yerba, familia y frontera

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La historia de Victoria Szychowski no empieza en un despacho ni en una sala de directorio. Empieza mucho antes, en 1900, cuando sus bisabuelos llegaron a Apóstoles desde aquella Europa partida por imperios, pasaportes cruzados y hambre de futuro. Misiones todavía no era provincia. Era territorio nacional, frontera viva, tierra por poblar y por defender. Allí, sobre el arroyo Chimiray, la familia eligió una chacra de 25 hectáreas con una intuición que hoy parece extraordinaria: algún día, para crecer, haría falta energía.

De esa mirada nació La Cachuera. Primero fue un molino. Después, arroz y maíz. Más tarde, en 1917, llegaron las primeras plantaciones de yerba mate. Y con ellas comenzó una historia que atraviesa más de un siglo y que hoy tiene a Amanda como una de las marcas más vendidas del país y a La Cachuera como la principal exportadora argentina de yerba mate.

Victoria habla de esa historia sin grandilocuencia. Como quien sabe que administra algo más delicado que una empresa: una herencia. Pero no una herencia quieta, de museo y bronce, sino una tradición que debe probar todos los días que todavía está viva.

¿Cómo se conduce una compañía familiar centenaria sin quedar prisionera del apellido? ¿Cómo se honra a los pioneros sin repetirlos? ¿Cómo se sostiene una marca histórica en un mercado donde cada generación exige otro lenguaje?

La respuesta de Victoria tiene más gestión que nostalgia. La tercera generación, dice, tiene un desafío enorme: profesionalizar. Abrir la mesa. Incorporar miradas externas. Escuchar al consumidor. Entender que la marca no puede vivir eternamente de la frase “la yerba que tomaba mi abuela”. Amanda debe seguir siendo memoria, sí, pero también presente.

Ese equilibrio parece ordenar toda su conducción.

La empresa que hoy exporta al mundo estuvo, alguna vez, al borde de desaparecer. En 1966, La Cachuera estaba fundida. Fue entonces cuando su padre, Juan Alfredo “Pancho” Szychowski, volvió para hacerse cargo. Preguntó cuánto se debía, midió el tamaño del problema y reconstruyó la compañía desde adentro. Una tía vendió su casa en Quilmes para aportar capital y se mudó al campo. La familia entera entendió que salvar la empresa no era solamente salvar un negocio: era salvar una forma de vida.

Pancho fue el gran refundador. Un hombre duro, trabajador, visionario. Victoria lo recuerda como alguien exigente, pero justo: nunca pedía más de lo que él mismo estaba dispuesto a dar. También fue quien vio antes que muchos que la yerba mate podía cruzar fronteras. Mientras el producto seguía atado al consumo argentino, él miró hacia Medio Oriente. Viajó, recorrió mercados, convenció clientes y abrió una ruta comercial que todavía hoy sostiene buena parte del liderazgo exportador de La Cachuera.

Siria y el Líbano no aparecen en esta historia como simples destinos comerciales. Aparecen como capítulos de una trama cultural inesperada: inmigrantes árabes que habían vivido en la Argentina, que volvieron a sus países con el hábito del mate y que convirtieron a la yerba en una costumbre propia. Allí, Amanda encontró un mercado. Y también una prueba de que lo profundamente local puede volverse universal.

Victoria llegó a la empresa en 1990. No empezó arriba. Pasó por tareas administrativas, acompañó reuniones, tomó notas, escuchó. Fue secretaria del directorio y, sin proponérselo, absorbió la empresa como una esponja. Producción, secaderos, ventas, finanzas, proveedores, familia, conflictos, decisiones. Todo pasaba por esa mesa.

Cuando asumió la presidencia en 2016, no fue en un momento luminoso. El día de la asamblea murió su madre. Poco después falleció el presidente de la compañía. En medio del duelo, Victoria tuvo que tomar el mando. Reconoce que hubo meses nublados, casi sin memoria. La sostuvieron su familia, su esposo y el equipo de trabajo.

“Hay noches en las que no dormís”, admite en diálogo con La Fábrica del Podcast. No lo dice como queja, sino como parte del oficio. Dirigir una empresa de este tamaño no es administrar una marca desde lejos. Es cargar con empleados, productores, proveedores, mercados externos, consumidores y una comunidad entera que mira a La Cachuera como parte de su propia identidad.

Por eso, cuando habla de liderazgo, Victoria no habla de autoridad sino de escucha. Un buen líder, dice, debe aceptar que no sabe todo. Debe rodearse bien. Debe tener sentido común. Debe poder decir: me equivoqué. En una empresa familiar, esa condición es todavía más importante, porque las rencillas domésticas pueden entrar al negocio si no existen reglas, profesionalismo y distancia.

Amanda compite hoy en un mercado mucho más complejo que el de sus abuelos. Hay nuevas marcas, blends, influencers, venta digital, discursos sobre lo orgánico y consumidores cada vez más atentos. Victoria mira ese fenómeno con una mezcla de curiosidad y advertencia. No todo lo que se vende como natural u orgánico lo es. La certificación importa. La trazabilidad importa. La confianza importa.

Allí ubica uno de los diferenciales de Amanda: controlar el proceso. La empresa posee secaderos propios, trabaja con proveedores históricos auditados y busca garantizar que el paquete que llega a la góndola tenga la misma identidad que el consumidor espera. No es sencillo. La yerba mate es un producto vegetal, sensible al clima, al secado, al estacionamiento y al blend. Cada paquete debe parecerse al anterior, aunque la naturaleza nunca produzca dos cosechas iguales.

Esa tensión entre industria y naturaleza está en el centro del negocio yerbatero. También explica la crisis reciente del sector. Victoria evita las explicaciones fáciles. Sostiene que la caída de precios no puede atribuirse únicamente a la desregulación impulsada por Javier Milei. Hubo, dice, una combinación de factores: tres años de sequía, faltante de materia prima, precios altos, expansión de plantaciones, recuperación de los yerbales con las lluvias y luego una oferta abundante frente a una demanda que no creció al mismo ritmo. La consecuencia fue conocida: márgenes mínimos en toda la cadena.

¿Dónde queda una empresa líder en ese escenario? En el lugar más incómodo: debe defender calidad, sostener mercados, cuidar costos y, al mismo tiempo, pensar en el largo plazo.

Quizás por eso Victoria vuelve tanto al museo familiar. Allí está el viejo molino. Las máquinas adaptadas. Las herramientas construidas por prueba y error. La evidencia material de que todo comenzó con muy poco y con una voluntad enorme.

Cuando camina por ese lugar, no encuentra sólo recuerdos. Encuentra una pregunta: si ellos pudieron, ¿cómo no vamos a poder nosotros?

Esa parece ser la clave de su presidencia. No administrar la nostalgia, sino convertirla en método. No repetir a los fundadores, sino estar a la altura de su audacia.

En el fondo, Victoria Szychowski conduce una empresa que se parece mucho a Misiones: hija de inmigrantes, de frontera, de monte, de trabajo familiar, de industria nacida lejos de los grandes centros de poder. Amanda es una marca nacional, pero su raíz sigue clavada en Apóstoles, donde un arroyo, una represa y una familia decidieron que la yerba mate podía ser mucho más que una hoja.

Al final, cuando habla de su padre, Victoria resume el legado con una frase sencilla: poder caminar por la calle con la frente alta. No hay balance más exigente que ese.

La principal exportadora de yerba mate argentina no se explica sólo por toneladas, mercados o facturación. Se explica también por esa ética antigua, casi austera, que todavía ordena la vida de muchas empresas familiares del interior: trabajar mucho, deber poco, honrar la palabra y dejar algo mejor de lo que se recibió.

Victoria Szychowski parece haber entendido que su tarea no es cuidar una marca congelada en el tiempo, sino lograr que Amanda siga siendo Amanda, incluso cuando el mundo cambia.

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