Victoria Szychowski, la mujer que heredó un siglo de yerba, familia y frontera
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La historia de Victoria Szychowski no empieza en un despacho ni en una sala de directorio. Empieza mucho antes, en 1900, cuando sus bisabuelos llegaron a Apóstoles desde aquella Europa partida por imperios, pasaportes cruzados y hambre de futuro. Misiones todavía no era provincia. Era territorio nacional, frontera viva, tierra por poblar y por defender. Allí, sobre el arroyo Chimiray, la familia eligió una chacra de 25 hectáreas con una intuición que hoy parece extraordinaria: algún día, para crecer, haría falta energía.
De esa mirada nació La Cachuera. Primero fue un molino. Después, arroz y maíz. Más tarde, en 1917, llegaron las primeras plantaciones de yerba mate. Y con ellas comenzó una historia que atraviesa más de un siglo y que hoy tiene a Amanda como una de las marcas más vendidas del país y a La Cachuera como la principal exportadora argentina de yerba mate.
Victoria habla de esa historia sin grandilocuencia. Como quien sabe que administra algo más delicado que una empresa: una herencia. Pero no una herencia quieta, de museo y bronce, sino una tradición que debe probar todos los días que todavía está viva.
¿Cómo se conduce una compañía familiar centenaria sin quedar prisionera del apellido? ¿Cómo se honra a los pioneros sin repetirlos? ¿Cómo se sostiene una marca histórica en un mercado donde cada generación exige otro lenguaje?
La respuesta de Victoria tiene más gestión que nostalgia. La tercera generación, dice, tiene un desafío enorme: profesionalizar. Abrir la mesa. Incorporar miradas externas. Escuchar al consumidor. Entender que la marca no puede vivir eternamente de la frase “la yerba que tomaba mi abuela”. Amanda debe seguir siendo memoria, sí, pero también presente.
Ese equilibrio parece ordenar toda su conducción.
La empresa que hoy exporta al mundo estuvo, alguna vez, al borde de desaparecer. En 1966, La Cachuera estaba fundida. Fue entonces cuando su padre, Juan Alfredo “Pancho” Szychowski, volvió para hacerse cargo. Preguntó cuánto se debía, midió el tamaño del problema y reconstruyó la compañía desde adentro. Una tía vendió su casa en Quilmes para aportar capital y se mudó al campo. La familia entera entendió que salvar la empresa no era solamente salvar un negocio: era salvar una forma de vida.
Pancho fue el gran refundador. Un hombre duro, trabajador, visionario. Victoria lo recuerda como alguien exigente, pero justo: nunca pedía más de lo que él mismo estaba dispuesto a dar. También fue quien vio antes que muchos que la yerba mate podía cruzar fronteras. Mientras el producto seguía atado al consumo argentino, él miró hacia Medio Oriente. Viajó, recorrió mercados, convenció clientes y abrió una ruta comercial que todavía hoy sostiene buena parte del liderazgo exportador de La Cachuera.
Siria y el Líbano no aparecen en esta historia como simples destinos comerciales. Aparecen como capítulos de una trama cultural inesperada: inmigrantes árabes que habían vivido en la Argentina, que volvieron a sus países con el hábito del mate y que convirtieron a la yerba en una costumbre propia. Allí, Amanda encontró un mercado. Y también una prueba de que lo profundamente local puede volverse universal.
Victoria llegó a la empresa en 1990. No empezó arriba. Pasó por tareas administrativas, acompañó reuniones, tomó notas, escuchó. Fue secretaria del directorio y, sin proponérselo, absorbió la empresa como una esponja. Producción, secaderos, ventas, finanzas, proveedores, familia, conflictos, decisiones. Todo pasaba por esa mesa.
Cuando asumió la presidencia en 2016, no fue en un momento luminoso. El día de la asamblea murió su madre. Poco después falleció el presidente de la compañía. En medio del duelo, Victoria tuvo que tomar el mando. Reconoce que hubo meses nublados, casi sin memoria. La sostuvieron su familia, su esposo y el equipo de trabajo.
“Hay noches en las que no dormís”, admite en diálogo con La Fábrica del Podcast. No lo dice como queja, sino como parte del oficio. Dirigir una empresa de este tamaño no es administrar una marca desde lejos. Es cargar con empleados, productores, proveedores, mercados externos, consumidores y una comunidad entera que mira a La Cachuera como parte de su propia identidad.
Por eso, cuando habla de liderazgo, Victoria no habla de autoridad sino de escucha. Un buen líder, dice, debe aceptar que no sabe todo. Debe rodearse bien. Debe tener sentido común. Debe poder decir: me equivoqué. En una empresa familiar, esa condición es todavía más importante, porque las rencillas domésticas pueden entrar al negocio si no existen reglas, profesionalismo y distancia.
Amanda compite hoy en un mercado mucho más complejo que el de sus abuelos. Hay nuevas marcas, blends, influencers, venta digital, discursos sobre lo orgánico y consumidores cada vez más atentos. Victoria mira ese fenómeno con una mezcla de curiosidad y advertencia. No todo lo que se vende como natural u orgánico lo es. La certificación importa. La trazabilidad importa. La confianza importa.
Allí ubica uno de los diferenciales de Amanda: controlar el proceso. La empresa posee secaderos propios, trabaja con proveedores históricos auditados y busca garantizar que el paquete que llega a la góndola tenga la misma identidad que el consumidor espera. No es sencillo. La yerba mate es un producto vegetal, sensible al clima, al secado, al estacionamiento y al blend. Cada paquete debe parecerse al anterior, aunque la naturaleza nunca produzca dos cosechas iguales.
Esa tensión entre industria y naturaleza está en el centro del negocio yerbatero. También explica la crisis reciente del sector. Victoria evita las explicaciones fáciles. Sostiene que la caída de precios no puede atribuirse únicamente a la desregulación impulsada por Javier Milei. Hubo, dice, una combinación de factores: tres años de sequía, faltante de materia prima, precios altos, expansión de plantaciones, recuperación de los yerbales con las lluvias y luego una oferta abundante frente a una demanda que no creció al mismo ritmo. La consecuencia fue conocida: márgenes mínimos en toda la cadena.
¿Dónde queda una empresa líder en ese escenario? En el lugar más incómodo: debe defender calidad, sostener mercados, cuidar costos y, al mismo tiempo, pensar en el largo plazo.
Quizás por eso Victoria vuelve tanto al museo familiar. Allí está el viejo molino. Las máquinas adaptadas. Las herramientas construidas por prueba y error. La evidencia material de que todo comenzó con muy poco y con una voluntad enorme.
Cuando camina por ese lugar, no encuentra sólo recuerdos. Encuentra una pregunta: si ellos pudieron, ¿cómo no vamos a poder nosotros?
Esa parece ser la clave de su presidencia. No administrar la nostalgia, sino convertirla en método. No repetir a los fundadores, sino estar a la altura de su audacia.
En el fondo, Victoria Szychowski conduce una empresa que se parece mucho a Misiones: hija de inmigrantes, de frontera, de monte, de trabajo familiar, de industria nacida lejos de los grandes centros de poder. Amanda es una marca nacional, pero su raíz sigue clavada en Apóstoles, donde un arroyo, una represa y una familia decidieron que la yerba mate podía ser mucho más que una hoja.
Al final, cuando habla de su padre, Victoria resume el legado con una frase sencilla: poder caminar por la calle con la frente alta. No hay balance más exigente que ese.
La principal exportadora de yerba mate argentina no se explica sólo por toneladas, mercados o facturación. Se explica también por esa ética antigua, casi austera, que todavía ordena la vida de muchas empresas familiares del interior: trabajar mucho, deber poco, honrar la palabra y dejar algo mejor de lo que se recibió.
Victoria Szychowski parece haber entendido que su tarea no es cuidar una marca congelada en el tiempo, sino lograr que Amanda siga siendo Amanda, incluso cuando el mundo cambia.
