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Caputo admite el freno en la desinflación y descarta deuda externa, apuesta a financiamiento alternativo

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El ministro de Economía, Luis Caputo, explicitó este jueves una tensión central del programa económico: el Gobierno no puede forzar la demanda de pesos en un contexto donde la inflación volvió a acelerarse, al tiempo que confirmó que no recurrirá al mercado internacional para refinanciar deuda. La definición, realizada durante el 21° Simposio de Mercado de Capitales y Finanzas Corporativas, combina dos datos políticos clave: una inflación que no termina de ceder —2,9% en febrero por segundo mes consecutivo— y una estrategia financiera que se repliega hacia fuentes alternativas para cubrir vencimientos por unos USD 9.000 millones. La pregunta queda abierta: ¿es un ajuste táctico o el reconocimiento de un límite estructural del esquema económico?

El límite de la demanda de pesos y el rediseño del programa

Caputo puso el foco en un punto sensible del modelo: la demanda de dinero. Mientras el equipo económico controla la emisión, admite que no puede incidir directamente en la decisión de los argentinos de mantener pesos. Esa variable, sostuvo, explica parte de la resistencia inflacionaria reciente.

El diagnóstico oficial vincula la suba de precios a factores puntuales: la recomposición de precios regulados y el impacto de la carne. En esa lectura, se trataría de un desvío transitorio dentro de un sendero de desinflación que debería retomarse “más temprano que tarde”. Sin embargo, el reconocimiento de un “retroceso” en los últimos siete u ocho meses introduce una señal política relevante: el programa ya no se presenta como lineal.

En paralelo, el ministro descartó una herramienta clásica de gestión: la emisión de deuda en los mercados internacionales. La decisión implica un cambio de posicionamiento respecto de evaluaciones previas —mencionó que se analizó hacia fines del año pasado— y refuerza una narrativa oficial centrada en el superávit fiscal y la reducción del endeudamiento.

En su lugar, el Gobierno apuesta a una combinación de financiamiento local, venta de activos y mecanismos alternativos aún no detallados públicamente. Según Caputo, estas opciones permitirían cubrir los próximos tres vencimientos de capital —julio de este año, enero y julio del próximo— por aproximadamente USD 9.000 millones.

Deuda, mercado y FMI: equilibrio sin acceso pleno

La decisión de no acudir al mercado internacional no ocurre en el vacío. El propio ministro reconoció que el nivel de riesgo país resulta “exagerado” en relación con las condiciones técnicas, lo que sugiere una brecha entre la evaluación del Gobierno y la percepción del mercado.

En ese contexto, la estrategia oficial busca sostener el cumplimiento de pagos mientras se espera una mejora en las condiciones de financiamiento. La lógica es clara: evitar endeudarse caro cuando existen alternativas más baratas, aunque esas fuentes no hayan sido aún explicitadas.

El vínculo con el Fondo Monetario Internacional aparece como un respaldo político en ese esquema. Caputo calificó la relación como “espectacular” y destacó un nivel de confianza inédito, en medio de la segunda revisión en curso. Sin embargo, también recordó que en 2027 vencen USD 3.000 millones adicionales con el organismo, lo que proyecta la tensión financiera más allá del corto plazo.

Impacto político: señales mixtas para el mercado y la gobernabilidad

El mensaje del ministro deja una doble lectura. Por un lado, reafirma la disciplina fiscal y la decisión de evitar nueva deuda externa, lo que fortalece la narrativa de sostenibilidad. Por otro, admite límites en la política monetaria y reconoce que la inflación aún no está completamente bajo control.

En términos de correlación de fuerzas, el Gobierno intenta sostener credibilidad ante los mercados y el FMI sin ceder a la presión de financiarse externamente. Esa postura condiciona el margen de maniobra: obliga a consolidar el mercado local, acelerar mecanismos alternativos y mantener el superávit como ancla política.

El dato no menor es que el propio ministro identificó el escepticismo social como un factor relevante. Esa percepción, dijo, pesa tanto como las variables económicas. En clave política, implica que la estabilización no solo depende de indicadores, sino también de expectativas.

Un equilibrio inestable hacia 2027

El programa económico entra en una fase más compleja. La inflación no desciende al ritmo esperado, la demanda de pesos sigue siendo una variable incierta y el acceso al financiamiento externo continúa limitado.

En ese escenario, el Gobierno apuesta a ganar tiempo: cumplir vencimientos con recursos propios o alternativos, sostener el orden fiscal y esperar que la desinflación retome su curso. La incógnita es si esa estrategia alcanzará para consolidar el esquema antes de los compromisos más exigentes, especialmente los de 2027.

Las próximas semanas serán clave para observar dos variables: la evolución de la inflación tras la recomposición de precios y la presentación concreta de las fuentes de financiamiento alternativas. Ahí se juega algo más que una cuestión técnica: la consistencia política de un modelo que busca sostenerse sin recurrir a las herramientas tradicionales del mercado.

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Reservas en baja: el Banco Central compra dólares, pero no logra sostener el stock y habilita giro de dividendos

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El Banco Central de la República Argentina volvió a quedar en el centro de la escena económica con una señal ambivalente: mientras sostiene una racha de 52 jornadas consecutivas comprando divisas, las reservas internacionales perforaron los US$44.000 millones y cerraron en US$43.702 millones, el nivel más bajo desde enero. La caída de US$793 millones en un solo día —aun con compras por US$132 millones— expone una tensión de fondo en el programa monetario. ¿Se trata de un desajuste transitorio por valuaciones o de un límite estructural en la estrategia de acumulación?

El dato llega en paralelo a otra decisión relevante: la habilitación para que los bancos distribuyan hasta el 60% de sus dividendos de 2025 en tres cuotas, con posibilidad de giro al exterior. En conjunto, ambas medidas reconfiguran el equilibrio entre acumulación de reservas, estabilidad cambiaria y flujo de capitales.

Compras récord, pero reservas en retroceso

Desde el inicio de la llamada “fase 4” del programa monetario, el BCRA compró US$3.611 millones y ya superó el 36% de la meta anual prevista para 2026. El ritmo de intervención es sostenido y se da en un contexto de relativa calma cambiaria: el dólar mayorista cerró en $1.394,5, lejos del techo de la banda de $1.637,01.

Sin embargo, el dato que incomoda es otro. A pesar de ese esfuerzo comprador, las reservas acumulan siete caídas consecutivas. Parte de la explicación está en la baja del oro, cuya valuación cayó cerca de US$557 millones en la jornada. Pero incluso descontando ese factor, persiste un “residuo” negativo que no encuentra justificación directa en pagos de deuda, lo que abre interrogantes sobre movimientos financieros internos, encajes u otros flujos.

En términos operativos, la estrategia oficial combina emisión de pesos para comprar divisas sin esterilización directa, mientras el Tesoro absorbe liquidez mediante colocaciones de deuda. Ese esquema busca evitar presiones inflacionarias y sostener el tipo de cambio dentro de la banda, pero introduce una dinámica delicada: el crecimiento de reservas depende no solo de las compras, sino también de factores financieros y de valuación que el Banco Central no controla completamente.

El rol del Tesoro y la arquitectura del programa

El comportamiento de las reservas no puede leerse sin considerar la interacción con el Tesoro. Parte de los dólares adquiridos por el Banco Central se destinan luego a cubrir vencimientos de deuda, lo que modera el crecimiento neto del stock.

En paralelo, el ingreso de divisas proviene en gran medida de la liquidación agropecuaria y de emisiones de deuda de empresas y provincias, que desde las elecciones legislativas de 2025 aportaron US$11.000 millones. Es un flujo relevante, pero también volátil y condicionado por variables externas y de mercado.

Las proyecciones oficiales apuntan a acumular entre US$10.000 y US$17.000 millones en 2026. Sin embargo, el ritmo efectivo dependerá de dos factores clave: la demanda de pesos y la disponibilidad de dólares. En ese marco, la caída reciente de reservas introduce un matiz sobre la capacidad real de sostener esa meta.

Dividendos, capitales y señales al sistema financiero

En simultáneo, el Banco Central habilitó a las entidades financieras a distribuir hasta el 60% de sus utilidades de 2025, en tres cuotas mensuales y con posibilidad de giro al exterior hasta el 31 de diciembre de 2026. La medida mantiene el porcentaje del año anterior, pero acota el alcance a resultados recientes y no a utilidades acumuladas.

Desde el punto de vista institucional, la decisión busca equilibrar dos objetivos: preservar la capitalización del sistema financiero y, al mismo tiempo, ofrecer previsibilidad a los inversores. El límite del 60% y la exigencia de autorización previa funcionan como filtros para evitar descapitalización.

Sin embargo, en el contexto actual, la habilitación para girar dividendos introduce una variable adicional sobre el frente externo. En un escenario donde las reservas muestran fragilidad, cualquier salida de divisas —aunque regulada— se vuelve políticamente sensible.

Correlación de fuerzas: entre la estabilidad cambiaria y la acumulación real

El Gobierno logra, por ahora, sostener una relativa estabilidad en el mercado cambiario. El dólar se mantiene contenido y el Banco Central acumula compras de manera consistente. Ese equilibrio fortalece la narrativa oficial de orden macroeconómico.

Pero la dinámica de las reservas introduce una tensión. La caída del stock, aun en contexto de compras, debilita uno de los principales indicadores que siguen tanto los mercados como organismos internacionales. De hecho, desde el Fondo Monetario Internacional destacaron el ritmo de acumulación, aunque sin precisar plazos para los acuerdos en curso.

En ese tablero, el Banco Central queda en una posición dual: muestra capacidad operativa en el mercado, pero enfrenta límites en la consolidación de reservas netas. Y esa diferencia no es menor cuando se discute sostenibilidad del programa.

Escenario abierto: qué mirar en las próximas semanas

El comportamiento de las reservas será una de las variables críticas a seguir. No solo por su nivel, sino por su composición: cuánto responde a compras genuinas y cuánto a efectos contables o financieros.

También habrá que observar el impacto efectivo de la distribución de dividendos en el flujo de divisas. Si bien el esquema es gradual, puede marcar una señal sobre la liberalización de capitales en un momento donde cada dólar cuenta.

Por último, el vínculo con el FMI y la evolución del ingreso de divisas —especialmente del agro— terminarán de definir si la actual tensión es transitoria o si anticipa un ajuste en la estrategia.

Por ahora, el Banco Central sostiene el pulso en el mercado. Pero las reservas, silenciosamente, empiezan a contar otra historia.

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El FMI alerta de un frenazo mundial por la guerra en Irán

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Los efectos prolongados de la guerra de Israel y EE.UU. contra Irán y el alza persistente del crudo, que ha llegado a aumentar un 50 % en el último mes, se van a traducir en una caída del crecimiento económico y un aumento de la inflación a nivel mundial, según cálculos del FMI.

«Ya vemos perturbaciones significativas», reconoció la directora de Comunicación del Fondo Monetario Internacional, Julie Kozack, en una rueda de prensa donde abordó la interrupción del flujo de crudo y gas por el estrecho de Ormuz, prácticamente bloqueado por Irán, y los daños a infraestructuras en el golfo Pérsico.

¿Cuánto podría subir la inflación por la guerra en Irán?

Según Kozack, al analizar los ‘shocks’ energéticos, por regla general «cada aumento del 10 % en el precio del petróleo, si este persistiera, digamos, durante el resto de este año, podría derivar en un incremento de 40 puntos básicos en la inflación general mundial y en una caída de la producción global de entre el 0,1 % y el 0,2 %».

El FMI ve perturbaciones significativas por la guerra con Irán y alerta de un frenazo mundial
Vista de una refinería en República Checa, el 18 de marzo de 2026. EFE/Martin Divisek

«Cabe reiterar que se trata, nuevamente, de una regla general, aplicable a un aumento persistente en el precio del petróleo» que, en el caso del crudo Brent, ya ha superado los 100 dólares por barril, matizó.

El impacto económico, insistió, «dependerá de la duración, el alcance y la intensidad de la crisis. Nuestra evaluación preliminar indica que se prevé un debilitamiento del crecimiento», añadió.

En enero, el FMI elevó dos décimas su previsión de crecimiento de la economía mundial para 2026, hasta el 3,3 %, pero advirtió entonces de que está expuesta a riesgos a la baja, como un aumento de las tensiones comerciales y geopolíticas o una caída de la inversión en tecnología.

El FMI actualizará sus previsiones con el impacto del conflicto

Kozack adelantó que el próximo abril el organismo internacional actualizará sus estimaciones con la publicación de un nuevo informe de Perspectivas Económicas Globales, que recogerá los efectos del conflicto entre EE.UU., Israel e Irán, extendido a otros países de la región con serias amenazas a la economía mundial.

La directora de Comunicación del FMI recordó que los precios de las materias primas también han aumentado, lo cual unido a la interrupción de los envíos de fertilizantes y la perturbación del transporte marítimo, eleva el riesgo de que se produzcan subidas en los precios de los alimentos.

«Estos aumentos podrían ser sustanciales, en función de la duración y la intensidad de la situación», agregó, al tiempo que se refirió al incremento de la volatilidad financiera en varios países, incluidas tanto economías avanzadas como Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea (UE), como los países emergentes y en desarrollo.

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El FMI advierte por el impacto del conflicto en Medio Oriente y alerta sobre un posible rebrote inflacionario global

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La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, lanzó una advertencia directa sobre el nuevo escenario económico internacional: la escalada del conflicto en Medio Oriente podría reactivar presiones inflacionarias globales y desacelerar el crecimiento económico. El mensaje llegó durante una conferencia en Tokio, en momentos en que el organismo prepara la actualización de sus proyecciones en las próximas Perspectivas de la Economía Mundial que se publicarán a mediados de abril.

El dato central que expuso Georgieva resume el riesgo: cada aumento del 10% en el precio del petróleo sostenido durante gran parte del año podría agregar unos 40 puntos básicos a la inflación global, mientras que el crecimiento del PBI mundial podría caer entre 0,1% y 0,2%.

La advertencia introduce una tensión estratégica para los gobiernos y bancos centrales: ¿puede el nuevo shock energético reabrir el ciclo inflacionario global justo cuando muchas economías intentaban consolidar la desinflación?

El petróleo vuelve al centro del riesgo económico

El diagnóstico del FMI parte de un punto claro: el principal canal de transmisión del conflicto hacia la economía mundial es el mercado energético.

Los precios del petróleo, históricamente sensibles a las tensiones geopolíticas, vuelven a actuar como un multiplicador de riesgos. Cuando la energía se encarece, el impacto no queda restringido al sector energético: se traslada al transporte, a los alimentos, a los costos industriales y finalmente a la inflación general.

Ese mecanismo ya se observó en crisis anteriores y explica la preocupación del organismo. Si el aumento de precios se consolida, los bancos centrales podrían enfrentar un escenario incómodo: inflación persistente en un contexto de crecimiento debilitado.

Desde el punto de vista macroeconómico, se trata de una combinación compleja. El encarecimiento de la energía presiona los precios mientras reduce el margen de consumo y de inversión, lo que termina afectando la actividad económica.

El FMI prepara su diagnóstico global

Las declaraciones de Georgieva se producen mientras el FMI recopila información para elaborar la próxima edición del informe Perspectivas de la Economía Mundial (WEO), uno de los documentos más influyentes en la agenda económica internacional.

El reporte, que se publicará a mediados de abril, incluirá una evaluación más detallada del impacto del conflicto en Medio Oriente sobre la economía global.

En ese proceso de análisis, el organismo monitorea principalmente tres variables: la evolución de los precios del petróleo, el efecto inflacionario sobre las economías y el impacto potencial sobre el crecimiento mundial

El objetivo es medir hasta qué punto el shock energético puede alterar las previsiones económicas que los organismos internacionales habían formulado para 2026.

El mensaje a los gobiernos: prepararse para escenarios extremos

Más allá de los números, el mensaje político de Georgieva apunta a la gestión de la incertidumbre.

“Piensen en lo impensable y prepárense para ello”, recomendó a los responsables de política económica de todo el mundo.

La frase refleja el cambio de clima global. Tras varios años marcados por crisis sucesivas —pandemia, inflación global, tensiones geopolíticas—, los organismos internacionales advierten que los shocks externos pueden aparecer con mayor frecuencia.

Frente a ese escenario, el FMI planteó una serie de prioridades para los gobiernos: fortalecer las instituciones económicas, mantener marcos de política fiscal y monetaria sólidos, preservar margen de maniobra para responder a shocks externos y promover el crecimiento impulsado por el sector privado

La lógica detrás de estas recomendaciones es clara: los países con mayor solidez macroeconómica tienen más capacidad para absorber crisis externas sin perder estabilidad.

Inflación, crecimiento y geopolítica: el triángulo de la incertidumbre

El nuevo escenario internacional reconfigura el debate económico global.

Durante los últimos años, los bancos centrales concentraron sus esfuerzos en reducir la inflación que se disparó tras la pandemia y las disrupciones energéticas. El proceso de desinflación comenzó a consolidarse en varias economías, aunque todavía con fragilidad.

La posibilidad de un nuevo shock petrolero reabre la discusión sobre la duración de ese proceso.

Si los precios de la energía continúan en alza, la inflación podría volver a acelerarse justo cuando muchas economías buscaban relajar sus políticas monetarias.

Al mismo tiempo, un menor crecimiento global complicaría el panorama fiscal de numerosos países.

Un escenario global que todavía se está redefiniendo

Las advertencias del FMI reflejan un momento de transición en la economía mundial.

El conflicto en Medio Oriente, el comportamiento de los mercados energéticos y la reacción de los gobiernos y bancos centrales determinarán el impacto real sobre el crecimiento y la inflación.

Por ahora, el organismo se limita a señalar los riesgos y a preparar su diagnóstico para el informe de abril.

El verdadero alcance de esta nueva fase de incertidumbre —y la capacidad de los países para responder— comenzará a medirse en los próximos meses, cuando las consecuencias económicas del conflicto se vuelvan más visibles en los datos globales.

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El FMI advierte que la guerra en Medio Oriente amenaza la estabilidad económica global

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Kristalina Georgieva alertó desde Bangkok que un conflicto prolongado puede impactar en energía, inflación y mercados. El organismo ya evalúa el escenario para su próximo informe mundial.

El FMI enciende una señal de alerta sobre la economía global

El Fondo Monetario Internacional encendió una advertencia sobre el escenario económico mundial ante la escalada bélica en Medio Oriente. Durante la conferencia Asia en 2050, realizada en Bangkok, la directora gerente del organismo, Kristalina Georgieva, sostuvo que la guerra que involucra a Estados Unidos e Israel con Irán podría generar efectos directos sobre los precios de la energía, la inflación y la estabilidad de los mercados financieros si el conflicto se prolonga.

La advertencia no es menor en un momento en que la economía internacional intenta consolidar una recuperación todavía frágil. “Esta semana, la resiliencia económica mundial se pone a prueba una vez más por el nuevo conflicto en Medio Oriente”, señaló Georgieva, en una intervención que refleja la creciente preocupación de los organismos multilaterales por la interacción entre tensiones geopolíticas y estabilidad macroeconómica.

La cuestión que empieza a emerger en el debate internacional es hasta qué punto un conflicto regional puede convertirse en un nuevo shock global, con impacto sobre la energía, el comercio y las expectativas financieras.

Un organismo que monitorea el impacto de la guerra

El FMI confirmó que está realizando un seguimiento permanente de la situación para medir sus efectos económicos. Según explicó Georgieva, el organismo ya inició un proceso de evaluación y cuantificación de las ramificaciones económicas regionales y globales, cuyo resultado se incorporará al informe de Perspectivas de la Economía Mundial previsto para abril.

El Fondo se define institucionalmente como “guardián de la estabilidad económica y financiera internacional”, un rol que lo obliga a monitorear conflictos geopolíticos cuando estos pueden alterar variables macroeconómicas centrales.

En ese marco, Georgieva indicó que ya se observan perturbaciones en el comercio y la actividad económica, junto con aumentos abruptos en los precios de la energía y mayor volatilidad en los mercados financieros.

Sin embargo, la titular del organismo evitó anticipar conclusiones definitivas. El impacto económico final dependerá, según planteó, de la duración y la escala del conflicto, dos variables que todavía permanecen abiertas.

Mercados, energía e inflación: las variables bajo presión

La advertencia del FMI apunta a tres canales de transmisión que suelen amplificar los efectos de las crisis geopolíticas.

El primero es la energía. Los conflictos en Medio Oriente históricamente generan presión sobre los precios internacionales del petróleo y del gas, lo que puede trasladarse rápidamente a costos productivos y a la inflación global.

El segundo canal es la confianza de los mercados. En contextos de guerra o escalada militar, los inversores suelen migrar hacia activos considerados seguros, lo que provoca volatilidad financiera y movimientos abruptos en monedas y tasas.

El tercero es el crecimiento económico. Una combinación de energía más cara, mercados inestables y comercio alterado puede frenar la actividad global, especialmente en economías que dependen de importaciones energéticas o de flujos financieros internacionales.

En ese contexto, Georgieva remarcó que el escenario actual se suma a un entorno global ya marcado por la incertidumbre, donde las economías aún enfrentan desafíos derivados de transformaciones tecnológicas, cambios demográficos y tensiones en el comercio internacional.

Un sistema económico global bajo tensión

Más allá de los indicadores inmediatos, el mensaje del FMI apunta a una lectura estructural del momento económico global.

“La incertidumbre es la nueva normalidad”, afirmó Georgieva al describir un escenario internacional atravesado por shocks recurrentes y transformaciones simultáneas en tecnología, demografía, comercio y geopolítica.

Esa caracterización refleja una preocupación creciente entre los organismos multilaterales: la economía mundial parece ingresar en una etapa en la que los riesgos geopolíticos se convierten en factores permanentes del ciclo económico, no en episodios aislados.

El impacto concreto de la guerra en Medio Oriente todavía está en proceso de evaluación. Pero el mensaje del Fondo deja entrever que, incluso antes de medir cifras, el sistema financiero internacional ya se prepara para un entorno donde la estabilidad dependerá cada vez más de cómo se gestionen las tensiones políticas globales.

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