geopolítica

Irán volvió a atacar a Israel y el petróleo sube: la guerra desordena la apuesta diplomática de Trump

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Irán lanzó este martes una nueva serie de misiles contra Israel, un día después de que Donald Trump hablara de conversaciones “muy buenas y productivas” para encauzar una salida al conflicto. La ofensiva, reportada mientras Estados Unidos mantenía ataques sobre objetivos militares iraníes, volvió a correr el eje desde la diplomacia hacia la guerra abierta y reactivó el impacto inmediato sobre los mercados: el Brent subió hasta US$101,77 por barril, con el estrecho de Ormuz todavía bajo fuerte disrupción. En esa secuencia, el dato político ya no es solo la escalada militar, sino la fragilidad del relato de desescalada que intentaba instalar Washington.

La relevancia del episodio excede el frente bélico. Lo que quedó expuesto es una tensión de poder más profunda: mientras Trump busca mostrar margen de negociación, Irán niega que exista una vía real de diálogo y responde con misiles. Esa contradicción no solo complica cualquier intento de alto el fuego, también refuerza la percepción de que la guerra entró en una fase donde las señales políticas pesan menos que los hechos militares sobre el terreno.

La ofensiva iraní desmiente el clima de tregua

Según reportó Reuters, Irán lanzó oleadas de misiles sobre Israel apenas un día después de que Trump hablara públicamente de avances diplomáticos. Al mismo tiempo, el Mando Central de Estados Unidos dejó en claro que sus fuerzas seguían atacando “agresivamente” objetivos militares iraníes con munición de precisión, con una pausa limitada solo a ciertos blancos energéticos. La secuencia dibuja un cuadro nítido: no hubo cese de hostilidades, ni siquiera una moderación operativa que permitiera hablar de tregua en ciernes.

En ese marco, la ofensiva iraní funcionó también como mensaje político. No solo respondió a los ataques de Estados Unidos e Israel, sino que desacreditó la narrativa de una negociación inminente. Reuters consignó que Irán rechazó la versión de conversaciones con Washington y calificó esas referencias como falsas. Esa desmentida no es menor: cuando una parte niega el canal de diálogo y al mismo tiempo sostiene la presión militar, el margen de mediación se achica y el conflicto gana autonomía propia.

Ormuz, el cuello de botella que ya golpea a la economía global

La otra dimensión del conflicto se juega en la energía. El estrecho de Ormuz sigue severamente afectado y eso mantiene bajo presión a los mercados internacionales. Reuters informó que alrededor del 20% de los embarques globales de petróleo y gas natural licuado a través de ese corredor continúan perturbados, una cifra suficiente para convertir cada declaración cruzada en un shock de precios. El Brent escaló este martes hasta US$101,77, después de haber retrocedido el día anterior ante la expectativa de una distensión que no se concretó.

La dinámica del crudo muestra algo más que nerviosismo financiero. Expone que el mercado dejó de leer la crisis como un episodio puntual y empezó a incorporarla como una amenaza persistente sobre la oferta. Reuters también reportó que ejecutivos del sector y gobiernos energéticos advierten por daños de largo plazo en la cadena global de suministro, mientras distintas potencias intentan amortiguar la crisis con liberación de reservas estratégicas. Hasta ahora, ese colchón no alcanza para disipar el riesgo.

La correlación de fuerzas se endurece y la diplomacia pierde centralidad

En términos de poder, la nueva ofensiva de Irán endurece a todos los actores. Israel mantiene su línea de continuidad operativa y Estados Unidos no retiró la presión militar, aun cuando la Casa Blanca busca sostener una ventana política para negociar. Del otro lado, la respuesta iraní y la negativa a reconocer conversaciones con Washington refuerzan a los sectores que apuestan a resistir antes que conceder. El resultado es un escenario donde ningún jugador parece en condiciones de retroceder sin pagar un costo interno.

La escalada también reordena prioridades fuera de la región. La crisis en Ormuz reintroduce el factor energético en el centro de la agenda global y aumenta la presión sobre economías dependientes del petróleo y del GNL. No es un dato lateral: cuando el conflicto empieza a trasladarse al precio de la energía, deja de ser solo una guerra regional y pasa a tener consecuencias directas sobre inflación, logística y crecimiento.

Un conflicto sin tregua visible y con impacto abierto

Lo que habrá que seguir en los próximos días es si aparece algún canal diplomático verificable o si la política seguirá corriendo detrás de la dinámica militar. También será clave observar qué ocurre con el estrecho de Ormuz: mientras esa vía continúe bajo disrupción, el petróleo seguirá funcionando como termómetro de la guerra y amplificador de sus efectos económicos. Reuters advirtió incluso que, si la interrupción persiste, el Brent podría escalar mucho más allá de los niveles actuales.

Por ahora, la secuencia es menos ambigua de lo que sugieren los discursos. Hubo anuncios de diálogo, pero también nuevos ataques. Hubo gestos de pausa parcial, pero no un freno real a las operaciones. Y hubo una reacción inmediata del mercado, que volvió a leer el conflicto no como una crisis contenida, sino como una inestabilidad que todavía está lejos de encontrar un cauce claro.

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Israel bombardea Irán en pleno Nowruz y la guerra entra en una fase que ya impacta en energía, comercio y poder regional

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Israel lanzó este viernes nuevos ataques contra “objetivos” iraníes en la zona de Nur, al este de Teherán, mientras Irán respondió con misiles hacia el sur y el centro del territorio israelí. La secuencia ocurre en medio del Nowruz, el Año Nuevo persa, una fecha de fuerte carga simbólica en Irán, y confirma que la guerra dejó de ser un choque acotado para convertirse en un conflicto con efectos directos sobre la estructura del poder iraní, la seguridad del Golfo y la estabilidad energética global.

El dato político no está solo en el bombardeo. También está en el momento elegido y en el tipo de blancos que vienen quedando bajo presión desde el inicio de la ofensiva. La campaña militar ya no golpea únicamente infraestructura o posiciones tácticas: afecta mandos, desorganiza cadenas de decisión y expone una pregunta que empieza a volverse central en la región y fuera de ella. ¿Israel busca solamente degradar capacidades militares o está forzando una reconfiguración más profunda del Estado iraní?

Una ofensiva que combina presión militar, desgaste institucional y señal política

Las Fuerzas de Defensa de Israel informaron que comenzaron a atacar objetivos iraníes en la zona de Nur. Del lado iraní, además de la respuesta con misiles sobre Israel, surgieron reportes sobre el incendio de 16 embarcaciones civiles y comerciales tras ataques contra el puerto de Bandar Lengeh, en la provincia de Hormozgan. A eso se suma la información sobre nuevos daños en infraestructura naval y la muerte del general de brigada Ali Mohamad Naini, director adjunto y portavoz de la Oficina de Relaciones Públicas de la Guardia Revolucionaria.

La ofensiva, así planteada, no solo castiga activos materiales. También erosiona capacidad de comando, visibilidad institucional y margen de reacción. En esa misma línea aparece otro dato relevante: Irán no anunció reemplazos públicos para gran parte de los altos funcionarios muertos desde que comenzó el conflicto el 28 de febrero. Según el recuento difundido, no fueron designados sucesores para más de una docena de cargos de alto nivel. Entre ellos figuran posiciones sensibles del aparato de seguridad y defensa, como la jefatura del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el jefe del Consejo de Seguridad Nacional, el secretario del Consejo de Defensa, el ministro de Inteligencia y el jefe de los Basij.

Ese vacío puede leerse de dos maneras, y ambas tienen peso político. Por un lado, podría responder a una estrategia deliberada para evitar exponer nuevos nombres en un contexto de alta vulnerabilidad. Por otro, podría reflejar que el circuito de decisiones quedó más condicionado de lo que el régimen está dispuesto a admitir. En cualquier caso, el dato muestra que la guerra ya perforó el nivel táctico y se metió de lleno en la mecánica interna del poder iraní.

El liderazgo iraní queda bajo tensión en medio de una guerra que también busca desordenar la gobernabilidad

Los nombramientos de seguridad anunciados a comienzos de marzo habían mostrado una reacción inicial del régimen ante la caída de funcionarios clave. Ahmad Vahidi fue designado al frente del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica el 1 de marzo y al día siguiente se informó la designación de un ministro de Defensa interino. El 8 de marzo se anunció la elección de un nuevo líder supremo. Pero después de esa secuencia, el ritmo de reposición se frenó.

Ese freno adquiere otra dimensión si se considera que buena parte de esos cargos requieren aprobación del líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, o son directamente designados por él. La dificultad para comunicar reemplazos, o incluso para cerrar internamente esas decisiones, sugiere que la guerra está elevando los costos de exposición del mando político y militar. El conflicto no solo destruye infraestructura: obliga al régimen a administrar opacidad como mecanismo de supervivencia.

En esa lógica, el Nowruz funciona como un telón especialmente significativo. Lo que en condiciones normales sería una celebración de renovación familiar y comienzo de ciclo aparece ahora atravesado por bombardeos, sirenas y represalias. El calendario cultural quedó absorbido por el calendario bélico. Y ese corrimiento, más allá del impacto simbólico, también afecta la percepción de control del Estado sobre su propia normalidad.

El frente energético deja de ser daño colateral y pasa a ocupar el centro de la disputa

La guerra, además, se trasladó con fuerza al corazón económico de la región: la energía. El petróleo Brent subió hasta los US$ 110,2 por barril y el WTI avanzó hasta los US$ 95,9, en un escenario marcado por daños a infraestructura clave y por el cierre casi total del estrecho de Ormuz, un corredor decisivo para el comercio global de hidrocarburos. Reuters informó que los ataques ya provocaron una pérdida de oferta y una tensión que el mercado todavía procesa con enorme volatilidad.

El punto de inflexión más delicado fue el cruce entre el ataque israelí contra South Pars y la represalia iraní sobre Ras Laffan, en Qatar. Según QatarEnergy, los daños redujeron en 17% la capacidad exportadora de gas natural licuado del país y las reparaciones podrían demorar entre tres y cinco años. La empresa incluso advirtió que deberá declarar fuerza mayor en contratos de largo plazo, con impacto sobre mercados de Europa y Asia.

Eso cambia la escala del conflicto. Ya no se trata solo de un intercambio militar entre Israel e Irán, sino de una guerra que amenaza cadenas globales de suministro, precios de combustibles, costos industriales y seguridad energética de terceros países. Cuando una ofensiva daña activos que representan casi una quinta parte del suministro mundial de GNL, la disputa deja de ser estrictamente regional.

La correlación de fuerzas se redefine más allá del campo de batalla

En términos de poder, Israel muestra capacidad para sostener la iniciativa militar y para trasladar el costo del conflicto al funcionamiento interno del aparato iraní. Irán, a su vez, conserva capacidad de represalia y demuestra que puede ampliar el radio del daño hacia instalaciones energéticas y corredores comerciales críticos. Ninguno de los dos aparece inmovilizado. Pero el tipo de daño que cada uno logra infligir es distinto y eso reordena la correlación de fuerzas.

Israel exhibe superioridad en la selectividad de los golpes y en la presión sobre nodos sensibles del régimen. Irán, en cambio, responde con una estrategia de expansión del costo regional: golpea infraestructura, altera mercados y fuerza a que terceros actores midan las consecuencias de la escalada. Esa combinación empuja a otros gobiernos a intervenir, aunque sea diplomáticamente, porque el conflicto ya afecta abastecimiento, precios y comercio.

También se abre una tensión dentro de la propia coalición occidental. Mientras Benjamin Netanyahu dijo que acataría el pedido de Donald Trump de no repetir ataques contra instalaciones energéticas clave de Irán, el daño ya producido cambió el tablero. Reuters consignó que el propio Trump buscó frenar nuevos ataques sobre objetivos energéticos ante el impacto sobre precios y abastecimiento. Esa secuencia revela un límite: aun cuando exista coordinación política, no necesariamente hay coincidencia plena sobre hasta dónde escalar.

Un conflicto que se mete en la economía global y vuelve más incierta la salida política

La suba de la gasolina en Estados Unidos hasta un promedio de US$ 3,88 por galón, con proyecciones de superar los US$ 4, muestra que la crisis ya se filtra en variables domésticas de otros países. El encarecimiento del gas y del petróleo añade presión inflacionaria y puede alterar agendas económicas que parecían estabilizadas. Esa dimensión no es secundaria: cuando una guerra empieza a impactar en surtidores, tarifas e industrias, la discusión deja de estar reservada a cancillerías y ministerios de Defensa.

Además, el casi bloqueo del estrecho de Ormuz refuerza el carácter sistémico del episodio. Allí pasa una porción decisiva del comercio energético mundial. Si la interrupción se prolonga, la crisis podría extenderse más allá del precio del crudo y alcanzar fertilizantes, transporte marítimo, generación eléctrica y manufacturas vinculadas a insumos petroquímicos. Reuters advirtió que la dislocación física del mercado petrolero ya supera con creces lo que reflejan algunos futuros, una señal de que el estrés real del sistema puede ser mayor que el que todavía capturan las pantallas financieras.

Lo que viene: reemplazos, energía y margen político para seguir escalando

En las próximas semanas habrá tres variables a seguir de cerca. La primera es institucional: si Irán empieza a nombrar reemplazos para los cargos vacantes o si persiste en administrar el vacío y la opacidad. Ese movimiento dirá mucho sobre el nivel real de cohesión del régimen y sobre su capacidad para reconstruir mando bajo fuego.

La segunda es energética. Si continúan los ataques sobre infraestructura o no se normaliza el tránsito por Ormuz, el conflicto puede pasar de shock de precios a crisis prolongada de abastecimiento. Allí ya no estará en juego solo la estrategia militar de los beligerantes, sino la resistencia política y económica de terceros países afectados por la escalada.

La tercera es diplomática. El pedido de frenar nuevos ataques sobre instalaciones energéticas sugiere que incluso entre aliados hay conciencia de que la guerra ya cruzó un umbral riesgoso. La cuestión es si esa cautela alcanza para contener una dinámica que, por ahora, parece moverse más por represalias encadenadas que por una hoja de ruta de desescalada.

En medio del Nowruz, la guerra convirtió una fecha asociada a la renovación en una escena de vulnerabilidad estatal y conmoción regional. Lo que está en discusión ya no es solo quién golpea más fuerte, sino quién puede sostener su estructura de poder mientras el conflicto desborda fronteras y empieza a reescribir el mapa energético del mundo.

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Netanyahu reconfigura el relato de guerra sin caída del gobierno de Irán y abre un frente político interno

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El gobierno de Israel activó en los últimos días un giro discursivo clave sobre la guerra con Irán. Sin confirmar un cambio de régimen en Teherán —objetivo que sobrevoló durante meses—, el primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo el 12 de marzo de 2026 que la ofensiva ya “cambió el equilibrio de poder en Medio Oriente”. El dato no es menor: la declaración, realizada en su primera rueda de prensa desde el inicio del conflicto, marca un desplazamiento político en pleno desarrollo de la guerra. La pregunta queda abierta: ¿se trata de una consolidación estratégica o del inicio de un repliegue narrativo frente a límites militares y presiones externas?

Un objetivo que se redefine sobre la marcha

La ofensiva contra Irán se presentó desde el inicio como una instancia decisiva. La construcción política fue clara: una “guerra existencial”, enmarcada dentro de lo que el propio Netanyahu denomina la “Guerra de la Redención”, iniciada tras los ataques del 7 de octubre de 2023. En ese esquema, el cambio de régimen en Irán funcionaba como horizonte máximo.

Sin embargo, la evolución del conflicto introdujo matices. Tras el ataque que eliminó al líder supremo iraní y los llamados públicos a una insurrección interna, el escenario no derivó en una caída del régimen. En paralelo, Estados Unidos —actor central en la operación militar— comenzó a dar señales de cierre del frente, en un contexto de presión económica global por el alza del petróleo.

En ese marco, el Gobierno israelí ajusta el encuadre: ya no se trata necesariamente de reemplazar al régimen iraní, sino de debilitarlo estructuralmente. Las propias fuentes militares sostienen que los daños infligidos a las capacidades armamentísticas —instalaciones, mandos, arsenales— tendrían efectos “permanentes y semipermanentes”. La traducción política es directa: transformar una victoria total en una ventaja estratégica prolongada.

Entre la narrativa de victoria y los límites operativos

El nuevo enfoque no elimina tensiones. Durante meses, la legitimidad interna de la guerra se apoyó en la promesa de neutralizar definitivamente la amenaza iraní y su red de aliados regionales. Ese objetivo incluía, implícitamente, a actores como Hezbolá en Líbano y Hamás en Gaza.

Hoy, ese esquema aparece más complejo. Persisten frentes activos: Hezbolá intensificó su accionar tras la muerte del líder iraní, mientras que en Gaza el control territorial sigue fragmentado. A su vez, Israel volvió a enfrentarse a Irán apenas ocho meses después de haber declarado una “victoria histórica” en 2025, lo que introduce un interrogante sobre la durabilidad de los logros militares.

En términos institucionales, esto reconfigura la lógica de seguridad: de guerras concluyentes a conflictos recurrentes. La idea de “guerras preventivas” comienza a instalarse como doctrina operativa, lo que implica una redefinición de la política de defensa con impacto directo en la estabilidad regional.

Presión externa y cálculo político interno

El tablero internacional también condiciona las decisiones. La posibilidad de un cierre anticipado del conflicto impulsado por Washington —en un contexto de tensión económica global— limita el margen de acción israelí. La coordinación militar con Estados Unidos fue central en la ofensiva, pero también establece un techo político.

En el plano interno, Netanyahu enfrenta un equilibrio delicado. Por un lado, la guerra mantiene un respaldo significativo en la opinión pública, incluso tras más de dos años de conflicto continuo. Por otro, el capital político del primer ministro está atado a los resultados.

El riesgo es evidente: si la guerra concluye sin una transformación estructural del régimen iraní, las promesas de “victoria total” pueden convertirse en un punto de vulnerabilidad. Más aún cuando persisten amenazas activas en múltiples frentes y cuando los conflictos previos —con Hamás y Hezbolá— siguen sin resolución definitiva.

En ese contexto, la posibilidad de adelantar elecciones aparece como una variable política latente. Capitalizar el momento antes de que se diluya el impacto de la ofensiva podría formar parte de la estrategia.

Un conflicto que no termina de cerrarse

El escenario que se abre es menos lineal que el planteado al inicio de la guerra. Israel podría optar por consolidar su ventaja militar y dejar que las tensiones internas en Irán evolucionen por sí solas. Sin embargo, esa decisión implica aceptar que el régimen continúe, al menos en el corto plazo.

Al mismo tiempo, la continuidad de operaciones en Líbano y Gaza introduce una dimensión adicional: la dificultad histórica de cerrar conflictos sin acuerdos políticos de fondo. La superioridad militar, por sí sola, no garantiza estabilidad.

Las próximas semanas serán clave para observar si el Gobierno israelí avanza hacia un cierre ordenado del frente iraní o si el conflicto deriva en una nueva fase de presión sostenida. También será determinante el rol de Estados Unidos y su disposición a sostener o limitar la escalada.

En ese cruce entre estrategia militar, narrativa política y condicionamientos externos, Netanyahu redefine su margen de acción. El resultado final todavía no está escrito.

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Aberrante accionar geopolítico de Libertarios y secuaces

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Respecto a la Política Exterior del actual gobierno de Argentina, cabe, definirla más bien como la anti geopolítica, con evidente carencia total de la más elemental dosis de patriotismo.

Subordinarse explícita y vergonzosamente a los dictados de potencias extranjeras, es carecer por completo de Política Exterior Nacional. Y eso es cipayaje explícito de la peor calaña.

En más de dos siglos de vida nacional, pese a haber soportado más de un gobierno nefasto, antinacional, cargados ellos de racismos implícitos o explícitos, destructores intencionales de la Patria, e incluso cerradamente unitarios que despreciaron la integridad territorial; el (des)gobierno libertario, excede con creces las negatividades y corruptelas de los gobiernos cipayos y antinacionales que marcaron negativamente amplios períodos de nuestra tumultuosa historia; la cual también tuvo períodos y gobiernos claramente patriotas.

Cabe citar entre los peores ejemplos a Rivadavia, Urquiza, Mitre y sucesores, los de la infame década del ’30 (del siglo XX), el gorilismo militaroide patriotero de la revolución fusiladora y sus continuadores proceseros, los neoliberales noventistas (Menem – De La Rúa), y el endeudador e industricida gobierno macrista; pese a todos los inmensos daños que esa caterva de personajes nefastos cometió, el muy negativo accionar de neoliberales y libertarios (con varios perpetradores que se repiten en sucesivos gobiernos), supera ampliamente los prontuarios nefastos y antinacionales de los citados gobiernos que tantos daños nos han causado.

El accionar de vergonzosa e impresentable postura de sumisión total a los dictados del Bloque Atlantista, en particular a los objetivos de política exterior de EEUU y sus aliados directos, y dentro de ello la subordinada actitud con caracteres felpúdicos -que tan abiertamente opera el histriónico presidente de muy dudoso equilibrio mental-, respecto al agresivo y voluble accionar de Trump y el establishment de caracteres neoimperiales, es vergonzoso y ofende al Ser Nacional.

Acompañar y fogonear esas acciones de neo imperialismo por parte de nuestro gobierno nacional actual, pisotea en forma infame el accionar señero de la Política Exterior Argentina, que supimos tener.

Esa trayectoria positiva de la diplomacia nacional se caracterizó en amplios períodos de nuestra historia, por el marcado pacificismo, la neutralidad y la defensa de principios elementales de soberanía y de dignidad nacional, y el respeto al ser humano; fue una constante, solo transgredida en algunos períodos de gobiernos de acentuado perfil ultra liberal, en los que las minorías apátridas gustosamente se subordinaron a los designios de los principales poderes imperiales de turno, con el miserable “proceso” y los impresentables períodos del menemato y el delarruato, en el último medio siglo, como los recientes peores ejemplos.

Caben destacar el patriótico accionar de Julio Argentino Roca, que en su segundo período presidencial, evitó la guerra contra Chile, que hubiera dejado lamentables odios insalvables a ambos lados de la cordillera; el señero accionar del Canciller Carlos Saavedra Lamas como factor fundamental para dar fin a la absurda guerra fratricida entre Bolivia y Paraguay (Guerra Del Chaco); la neutralidad argentina en las dos Guerras Mundiales, pese a las presiones muy fuertes de los anglosajones y sus aliados, para que aportemos nuestra “debida” cuota de carne de cañón, en dos enormes conflictos de los que no éramos parte involucrada. Claro que al final de la Segunda Guerra Mundial, bajo fuertes presiones de los aliados ya a punto de ganar, Argentina como mera formalidad diplomática declaró la guerra al Eje, e incluso se llegaron a aprontar tropas (mi propio padre fue uno de los convocados, seguramente por sus conocimientos en telegrafía, y por egresar del Servicio Militar como Dragoneante).

Sucesivos conflictos desde los años ’50 (Corea, el polvorín de Medio Oriente, Vietnam, y otros) fueron períodos en los que mantuvimos la neutralidad, e incluso fuimos factores impulsores de la paz.

No fue detalle menor que, en la década peronista, como formalización doctrinal de la necesaria neutralidad, se creara e impulsara la Doctrina de la Tercera Posición, que fuera uno de los pilares del Movimiento de Países No Alineados, que fuera importante en las décadas del ’50 y ’60.

Décadas después, como uno de los fundamentos de su Cuarta Doctrina Política, Alekxandr Dugin, se basó en los valiosos antecedentes de la Tercera Posición. Y fue ese filósofo el principal intelectual cuyas elucubraciones fueron base del accionar que evitó el desguace de Rusia en la era post Unión Soviética; en un complejo proceso que, entre otros cambios profundos, pasó del anti-teísmo dogmático de la URSS, al renacer de la Iglesia Ortodoxa como uno de los pilares del nacionalismo ruso. Tuve el gusto de escuchar a Dugin, en una disertación en Buenos Aires, hace algunos años.

No son temas menores considerar que la población argentina, entre sus múltiples incorporaciones migratorias, recibió a importantes contingentes de sirios y libaneses, que ingresaron con pasaportes turcos; y también mucha población de orígenes judíos, la mayoría proveniente de naciones eslavas; todos ellos positivamente integrados al mosaico de orígenes de nuestra población.

Como dato tal vez poco conocido, al término de la Segunda Guerra Mundial, Argentina recibió fraternalmente a un barco repleto de inmigrantes de orígenes hebreos, que se integraron a nuestra población. Otros países se habrían negado a recibir a esos migrantes, posiblemente por los costos económicos que esa solidaria acción representaba.

Volviendo al eje del tema, la altiva neutralidad de Argentina fue parte del accionar pacifista mundial, para intentar la paz en el conflictivo Medio Oriente.

Pero después, el neoliberal (y por ende apátrida) menemato, pisoteando nuestra neutralidad, nos involucró absurdamente en la agresión contra Iraq, comandada por la OTAN.

Vendrían después las explosiones con dolorosos saldos de víctimas, en la embajada de Israel y en la AMIA, cuyos reales perpetradores tal vez nunca se terminen de definir con contundentes pruebas. Parecería que las “pruebas” que involucrarían a Irán en esos atentados, están “algo flojas de papeles”, y no se termina de entender que rédito real podría haber buscado la nación persa en esos hechos.

Actualmente, el accionar genuflexo del gobierno libertario hacia las potencias de la OTAN y sus aliados; con el presidente que no da muestras de mantener la necesaria mesura y equilibrio de conducta que su alta investidura debería imponer, pretende involucrarnos en la guerra en curso “in crescendo” en Medio Oriente, en la cual no tenemos nada que ver ni nada que ganar -y mucho para perder- con esa impostada agresividad, que más bien parece una actitud de desquiciados totales, de un gobierno que evidencia odio y desprecio hacia el propio pueblo; y un enfermizo accionar destructivo de nuestra patria.

El propio presidente, en una entrevista televisada, expresó con exaltada fruición, que es el topo (infiltrado), que vino a destruir al Estado Argentino. Cabe enfatizar que SIN ESTADO NO HAY NACIÓN, Y SIN NACIÓN NO HAY PATRIA.

Entre tantas aberraciones que libertarios y secuaces perpetran día a día, algo tan grave como esa insólita confesión de las apátridas intenciones destructivas del Ser Nacional, pasó casi desapercibida.

Claramente, de mínima, buscan involucionarnos al perimido e inviable país – colonia, de estructura semi feudal, que éramos a fines del siglo XIX; pero de máxima, pretenden implosionarnos para hacer desaparecer a la República Argentina. 

Y repitiendo el infame accionar que se pretendió imponer en la crisis terminal de 2001-2002, el establishment antinacional evidencia buscar forzar el canje de deuda por territorio, amenazando especialmente a nuestra querida Patagonia Argentina.

¡Que Dios nos proteja y nos de fuerza y coraje para evitar tan malvados y aberrantes objetivos anti argentinos!

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China respalda a Irán y pone el foco en Ormuz: energía, soberanía y disputa global

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Beijing expresó su “profunda preocupación” por la ofensiva iniciada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel en Irán, exigió el cese inmediato de las operaciones militares y respaldó la soberanía iraní. En paralelo, evacuó a más de 3.000 ciudadanos desde territorio persa y advirtió que el estrecho de Ormuz es un canal clave para el comercio de bienes y energía. El posicionamiento no es solo diplomático: más del 80% del combustible que consume China transita por ese corredor.

La reacción china introduce un actor central en la escalada de Medio Oriente. Mientras Washington y Tel Aviv avanzan con operaciones militares, Beijing elige una combinación de respaldo político a Teherán y defensa explícita de sus propios intereses estratégicos. La pregunta que sobrevuela es si se trata de una advertencia preventiva o del inicio de una disputa más amplia por el equilibrio regional.

Energía, comercio y soberanía: el eje del posicionamiento chino

China respalda a Irán en un punto sensible: la protección de su soberanía e integridad territorial. El ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, transmitió a su par iraní que Beijing “valora la amistad tradicional” entre ambos países y apoya la defensa de sus “derechos e intereses legítimos”.

La definición no ocurre en el vacío. China es uno de los mayores compradores de combustible iraní. La estabilidad del golfo Pérsico, por lo tanto, no es una abstracción diplomática sino una variable estructural de su seguridad energética.

La portavoz del Ministerio de Exteriores, Mao Ning, remarcó que los ataques “no contaron con autorización del Consejo de Seguridad” y que violan el derecho internacional. Además, advirtió sobre el riesgo de expansión del conflicto hacia países vecinos, con impacto directo en la estabilidad regional.

El estrecho de Ormuz concentra la mayor preocupación. Según Beijing, se trata de un canal internacional fundamental para el comercio de bienes y energía. Más del 80% del combustible que consume el gigante asiático pasa por ese corredor hoy tensionado por la escalada bélica. Cualquier alteración en la navegación podría repercutir en el mercado internacional de hidrocarburos.

Movimiento diplomático y presión en la ONU

En el plano institucional, China y Rusia impulsaron una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para abordar la crisis. Beijing reclamó que ese organismo cumpla su papel en el mantenimiento de la paz y subrayó que no recibió información previa sobre las acciones militares estadounidenses.

La estrategia combina denuncia jurídica y presión multilateral. Al cuestionar la legitimidad de la ofensiva, China busca encuadrar el conflicto dentro de la arquitectura internacional existente. No anuncia medidas económicas ni militares, pero eleva el tono diplomático.

El episodio del petrolero Skylight, alcanzado en el marco de la escalada, refuerza la narrativa de riesgo para el tránsito marítimo. Autoridades chinas citaron además advertencias de la Guardia Revolucionaria iraní sobre el tráfico en la zona, lo que amplifica la preocupación por la seguridad de los buques petroleros.

Evacuación masiva y señal interna

El conflicto ya tiene consecuencias directas para Beijing. Más de 3.000 ciudadanos chinos fueron evacuados desde Irán desde el inicio de la ofensiva. El Gobierno confirmó la muerte de un nacional en Teherán y emitió recomendaciones urgentes para que sus ciudadanos abandonen el país “lo antes posible”.

Embajadas y consulados activaron protocolos de emergencia y enviaron equipos de apoyo a pasos fronterizos para facilitar la salida terrestre. La evacuación masiva no solo busca proteger vidas; también envía una señal interna de control y previsión en un contexto de alta exposición internacional.

Un equilibrio delicado

China camina sobre una línea fina. Respaldar a Irán fortalece una alianza energética y geopolítica, pero también la posiciona frente a Estados Unidos en un conflicto de escala mayor. La defensa de Ormuz sintetiza esa tensión: Beijing habla de estabilidad global, aunque el núcleo del problema es el suministro que sostiene su economía.

En las próximas semanas habrá que observar dos variables. Primero, si la escalada militar altera efectivamente el flujo energético por el golfo Pérsico. Segundo, si el Consejo de Seguridad logra instalar un canal diplomático que contenga el conflicto.

Por ahora, China mueve sus piezas con prudencia calculada. El tablero regional se redefine y el corredor energético más sensible del planeta vuelve a quedar en el centro de la disputa. El desenlace todavía no está escrito.

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