Kristalina Georgieva

Evitar una Gran Divergencia: Una encrucijada en el camino de la economía mundial

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Mientras los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del G-20 se reúnen virtualmente esta semana, el mundo continúa recuperándose de la peor recesión en tiempos de paz desde la Gran Depresión.

El FMI proyectó recientemente un crecimiento del PIB mundial de 5,5% para este año y de 4,2% para 2022. Sin embargo, va a ser una recuperación larga e incierta. La mayor parte del mundo se enfrenta a una lenta distribución de las vacunas mientras se propagan nuevas mutaciones del virus, y las perspectivas de recuperación presentan peligrosas divergencias entre países y regiones.

No cabe duda de que la economía mundial se halla ante una encrucijada. La pregunta es: ¿tomarán las autoridades medidas para evitar esta Gran Divergencia?

Como se señala en nuestra nota para la reunión del G-20, existe un riesgo considerable de que, mientras las economías avanzadas y algunas de mercados emergentes se recuperan a mayor velocidad, la mayoría de los países en desarrollo languidezcan durante años. Esto agravaría no solo la tragedia humana de la pandemia, sino también el sufrimiento económico de los más vulnerables.

Estimamos que, para el final de 2022, el ingreso per cápita acumulado será un 13% inferior a las proyecciones previas a la crisis en las economías avanzadas, frente a 18% en los países de bajo ingreso y 22% en las economías emergentes y en desarrollo, excluida China. Este impacto previsto en el ingreso per cápita incrementará en varios millones el número de personas en situación de pobreza extrema en el mundo en desarrollo.

Por lo tanto, la convergencia entre países ya no puede darse por sentada. Antes de la crisis, pronosticamos una reducción de las brechas de ingreso entre las economías avanzadas y 110 países de economías emergentes y en desarrollo para el período 2020–22. Sin embargo, ahora estimamos que tan solo 52 economías lograrán convergir durante ese período, mientras que otras 58 se quedarán rezagadas.

En parte, esto se debe al acceso desigual a las vacunas. Incluso en el mejor escenario, se espera que la mayoría de las economías en desarrollo no alcancen una cobertura vacunal generalizada hasta finales de 2022 como pronto. Algunas están especialmente expuestas a sectores muy perjudicados por la pandemia, como el turismo y las exportaciones de petróleo, y la mayoría están lastradas por su limitado margen de maniobra presupuestario.

El año pasado, las economías avanzadas desplegaron en promedio un 24% de su PIB en medidas fiscales, frente a tan solo 6% en los mercados emergentes y menos de 2% en los países de bajo ingreso. Las comparaciones entre países también muestran que medidas de apoyo más sustanciales se asociaron en muchos casos con una menor pérdida de empleo.

Además, no se trata solo de divergencias entre países. También observamos una aceleración de la divergencia dentro de los países: los jóvenes, los trabajadores menos cualificados, las mujeres y los trabajadores informales se han visto afectados de manera desproporcionada por la pérdida de puestos de trabajo. Y millones de niños todavía sufren interrupciones en su educación. Permitir que se conviertan en una generación perdida sería un error imperdonable.

Se agravarían igualmente las cicatrices económicas duraderas dejadas por la crisis, lo que complicaría aún más el objetivo de reducir la desigualdad e impulsar el crecimiento y el empleo. Pensemos en los retos que nos esperan: solo para el conjunto de las economías del G-20 (con la exclusión de India y Arabia Saudita por limitaciones de los datos), se proyecta que se pierdan más de 25 millones de puestos de trabajo este año y cerca de 20 millones en 2022, con respecto a las proyecciones previas a la crisis.

Así que una vez más nos hallamos ante una encrucijada, y si queremos revertir esta peligrosa divergencia entre países y dentro de ellos, debemos adoptar ya medidas de política contundentes. Veo tres prioridades:

Primero, redoblar los esfuerzos para acabar con la crisis sanitaria.

Sabemos que la pandemia no habrá terminado en ninguna parte hasta que termine en todas partes. Aunque últimamente se han reducido las nuevas infecciones en todo el mundo, nos preocupa que hagan falta varias rondas de vacunación para mantener la inmunidad frente a las nuevas variantes.

Por eso necesitamos una cooperación internacional mucho más fuerte que permita acelerar la distribución de vacunas en los países más pobres. Disponer de financiamiento adicional para adquirir dosis y cubrir las necesidades logísticas resulta fundamental. También lo es una redistribución oportuna de las vacunas sobrantes de países excedentarios a países deficitarios, así como una significativa ampliación de la capacidad de producción de vacunas para 2022 y años sucesivos. Proporcionar un seguro a los fabricantes de vacunas contra los riesgos de pérdidas por sobreproducción puede ser una opción digna de consideración.

También debemos garantizar un mayor acceso a terapias y pruebas diagnósticas, incluida la secuenciación del virus, y evitar restricciones a la exportación de suministros médicos. Los argumentos económicos a favor de la acción coordinada son abrumadores. Un avance más rápido en la batalla contra la crisis sanitaria podría traducirse en un incremento acumulado del ingreso mundial de 9 billones de dólares en el período 2020–25. Esto reportaría beneficios a todos los países, incluidos unos 4 billones de dólares para las economías avanzadas, lo que supera con creces cualquier medida de los costes relacionados con las vacunas.

Segundo, intensificar la lucha contra la crisis económica.

Con los países del G-20 a la cabeza, el mundo ha adoptado medidas sincronizadas nunca antes vistas, incluidos casi 14 billones de dólares en medidas fiscales. Los gobiernos deben consolidar estas medidas manteniendo el apoyo fiscal —debidamente calibrado y focalizado en función de la fase de la pandemia, el estado de sus economías y su espacio de política.

La clave es ayudar a mantener los medios de vida y, al mismo tiempo, tratar de evitar la quiebra de empresas que en otras circunstancias serían viables. Para eso no solo hacen falta medidas fiscales, sino que también hay que mantener unas condiciones financieras favorables mediante políticas monetarias y financieras acomodaticias que apuntalen el flujo de crédito a hogares y empresas.

La considerable expansión monetaria de los principales bancos centrales también ha posibilitado que varias economías en desarrollo vuelvan a tener acceso a los mercados internacionales de capitales y reciban financiamiento a tasas de interés históricamente bajas para hacer frente a sus gastos, pese a sufrir recesiones históricas. Dada la gravedad de la crisis, no hay ninguna alternativa al mantenimiento del apoyo de la política monetaria. Pero existen preocupaciones legítimas sobre las consecuencias no deseadas de estas medidas, incluidas la excesiva asunción de riesgos y la euforia de los mercados.

Un riesgo para el futuro —especialmente en vista de las recuperaciones divergentes— es la posible volatilidad del mercado en respuesta a cambios de las condiciones financieras. Los principales bancos centrales tendrán que comunicar con mucho cuidado sus planes en materia de política monetaria para evitar una volatilidad excesiva en los mercados financieros, tanto en sus países como en el resto del mundo.

Tercero, reforzar el apoyo a los países vulnerables.

Dado que sus recursos y el margen de maniobra de sus políticas son limitados, muchos países de mercados emergentes y de bajo ingreso podrían enfrentarse en breve a una elección imposible: mantener la estabilidad macroeconómica, hacer frente a la crisis sanitaria o cubrir las necesidades básicas de sus habitantes.

El aumento de su vulnerabilidad no solo afecta a sus propias perspectivas de recuperación de la crisis, sino también a la velocidad y la magnitud de la recuperación a escala mundial, y puede ser una fuerza desestabilizadora en varias zonas ya de por sí frágiles. Los países vulnerables necesitan ayudas sustanciales en el marco de un esfuerzo integral.

El primer paso debe darse en los propios países, cuyos gobiernos han de recaudar más ingresos, incrementar la eficiencia del gasto público y mejorar el contexto empresarial. Al mismo tiempo, las iniciativas internacionales son vitales para seguir incrementando el financiamiento en condiciones concesionarias y movilizar financiamiento privado, incluso mediante instrumentos de distribución del riesgo más sólidos.

Otra opción que se está sopesando es una nueva asignación de DEG para contribuir a satisfacer la necesidad a largo plazo de reservas en todo el mundo. Esta asignación podría suponer una inyección directa y sustancial de liquidez para los países, sin incrementar su endeudamiento. Asimismo, podría aumentar la capacidad de los donantes bilaterales para proporcionar nuevos recursos para ayudas en condiciones concesionarias que permitan financiar gastos en salud, entre otros. Una asignación de DEG ayudó al mundo a afrontar la crisis financiera mundial en 2009, y podría volver a sernos de gran utilidad en la actual tesitura.

Aplicar un enfoque integral también implica afrontar la deuda. La Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda del G-20 (ISSD) liberó con rapidez recursos vitales. El nuevo Marco Común puede ir aún más allá, al facilitar el tratamiento oportuno y ordenado de la deuda para países que cumplen las condiciones de la ISSD, con una amplia participación de acreedores, incluido el sector privado. Estos tratamientos deberían incluir el reperfilamiento del servicio de la deuda para ayudar a países que tienen grandes necesidades de financiamiento, y un alivio más profundo allí donde la carga de la deuda se haya tornado insostenible. Ahora que las primeras solicitudes ya han llegado, todos los acreedores —públicos y privados— deberían poner en funcionamiento rápidamente el Marco Común.

Por su parte, el FMI ha intensificado de forma inusitada sus esfuerzos proporcionando más de 105.000 millones de dólares en nuevo financiamiento a 85 países y alivio del servicio de la deuda para los países miembros más pobres. Nuestro objetivo es llegar aún más lejos para apoyar a nuestros 190 países miembros en 2021 y en lo sucesivo.

Esto incluye respaldar las iniciativas de modernización de la tributación internacional de las empresas. Necesitamos un sistema que sea verdaderamente apropiado para la economía digital y se ajuste más a las necesidades de los países en desarrollo. En este ámbito, serán esenciales esfuerzos multilaterales para contribuir a lograr que empresas sumamente rentables paguen impuestos en los mercados en los que operan y refuercen así las finanzas públicas.

Todas estas medidas de política pueden ayudarnos a atajar la Gran Divergencia. Puesto que disponen de los recursos necesarios, las economías avanzadas continuarán invirtiendo en capital humano, infraestructura digital y la transición a la nueva economía del clima. Es vital que los países más pobres tengan el apoyo que necesitan para poder realizar inversiones similares, especialmente en las medidas de adaptación al cambio climático —generadoras de mucho empleo— que serán imprescindibles a medida que nuestro planeta se caliente.

La alternativa —dejar atrás a los países más pobres— solo afianzaría la desigualdad extrema. Aún peor, constituiría una grave amenaza para la estabilidad socioeconómica en todo el mundo. Y sería una oportunidad histórica perdida.

Podemos inspirarnos en la espectacular cooperación internacional que nos ha permitido disponer de vacunas eficaces en tiempo récord. Ese espíritu es ahora más importante que nunca para superar esta crisis y lograr una recuperación fuerte e inclusiva.

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Alberto Fernández y Kristalina Georgieva dialogaron sobre nuevo programa de financiamiento

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Fernández y la titular del Fondo coincidieron en seguir trabajando en un nuevo acuerdo de financiamiento para el país apoyado por el organismo multilateral y diseñado y conducido por la Argentina.

El presidente Alberto Fernández y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, mantuvieron este jueves un contacto en el que coincidieron en seguir trabajando en un nuevo programa de financiamiento para el país apoyado por el organismo multilateral y diseñado y conducido por la Argentina.

“Durante la conversación se remarcó la importancia de la recuperación económica como condición necesaria para la estabilización, así como la necesidad de poner las cuentas fiscales en orden a una velocidad que sea consistente con el crecimiento para garantizar la estabilidad de mediano plazo”, informó esta tarde el Gobierno en un comunicado.

Del mismo modo, coincidieron en que el programa debe estar basado en supuestos realistas sobre cómo funciona la economía argentina.

Durante el contacto, que se realizó por videoconferencia y desde la residencia de Olivos, el jefe del Estado y la titular del FMI también acordaron en la necesidad de trabajar, desde lo que se espera sea un renovado multilateralismo, por una economía mundial más justa e inclusiva.

Además, el Presidente ratificó que la Argentina avanzará en esa dirección desde su posición en la región y como miembro tanto del G20 como del FMI.

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Georgieva: “Trabajamos de forma constructiva con la Argentina”

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“Nuestro compromiso continuará tanto tiempo como sea necesario para que Argentina tenga claridad sobre sus objetivos de medio plazo: queremos trabajar juntos”, remarcó la directora gerente del Fondo Monetario Internacional.

La titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, expresó este miércoles que el organismo “trabaja en forma constructiva con la Argentina”, en el marco de la elaboración de un nuevo programa de financiamiento para el país.

En una entrevista concedida al diario El País de España para hablar acerca de la región, Georgieva se refirió al acuerdo que el organismo negocia con el Gobierno argentino, y a la política que debe tomar el país y la región para afrontar la pandemia.

“Trabajamos de forma constructiva con Argentina: hemos hecho dos visitas a Buenos Aires, y acabamos de recibir a un equipo [de técnicos] en Washington”, afirmó.

“Nuestro compromiso continuará tanto tiempo como sea necesario para que Argentina tenga claridad sobre sus objetivos de medio plazo: queremos trabajar juntos”, remarcó la directora gerente del Fondo, al ser consultada acerca de si era factible cerrar un acuerdo para marzo próximo.

Respecto de la amenaza de la pandemia de coronavirus, consideró importante que los países no retiren los apoyos a los sectores más vulnerables.

“Si se ha contenido esto es, precisamente, gracias a esas políticas de apoyo”, opinó, y abogó porque los países mantengan dichos apoyos.

“La primera prioridad debe seguir siendo evitar que la pobreza se dispare. Quitar ese salvavidas prematuramente es un peligro en términos de pobreza y desigualdad, y retirar ahora el apoyo también obstaculizaría la recuperación: hasta ahora lo que hemos visto es que los países que más rápido se están recuperando tienen en común haber logrado controlar la pandemia y haber ayudado a las personas y a las empresas”, subrayó Georgieva, respecto de la afirmación de Brasil de quitar los apoyos para el 2021.

“Estos países exitosos -continuó- son los casos de China, Vietnam o Corea del Sur, que forman el pequeño club de economías que cerrarán 2020 con tasas de crecimiento positivas”, concluyó.

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Mantener medidas de política decisivas para luchar contra la incertidumbre que persiste

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En este momento en que la economía mundial afronta una coyuntura crítica, los líderes del G-20 celebran un reunió virtual esta semana. Los países han empezado a salir del pozo de la crisis de la COVID-19. Pero el rebrote de contagios en muchas economías muestra lo difícil e incierto que será el ascenso.

La buena noticia es el importante progreso en el desarrollo de vacunas. Aunque con muchas reservas, estos avances avivan las esperanzas de derrotar al virus, que se ha cobrado más de un millón de vidas y ha provocado la pérdida de decenas de millones de empleos.

Las noticias no tan buenas es la gravedad de la pandemia y sus negativas repercusiones económicas. El mes pasado, el FMI proyectó una histórica contracción del PIB mundial de 4,4% en 2020. Y esperamos una recuperación parcial y desigual el próximo año, con un crecimiento de 5,2%.

Los datos recabados desde nuestras últimas proyecciones confirman recuperación mundial ha continuado. En muchas economías —entre ellas Estados Unidos, Japón y la zona del euro—, la actividad económica en el tercer trimestre resultó mejor de lo esperado.

Pero, como señala el FMI en su nota a la cumbre de líderes del G-20, los datos más recientes sobre sectores de servicios que requieren un contacto intensivo apuntan una desaceleración del ímpetu en las economías donde está resurgiendo la pandemia.

En otras palabras, aun cuando se avista una solución médica a la crisis, la senda económica que tenemos por delante sigue siendo difícil y propensa a reveses.

Por el lado positivo, una contención del virus más rápida de lo esperado o el desarrollo de mejores tratamientos permitirían volver con mayor rapidez a la actividad normal, limitarían las secuelas económicas a más largo plazo e impulsarían el crecimiento.

Por el lado negativo, si los nuevos brotes exigen restricciones más estrictas de la movilidad, o si el desarrollo, la producción y la distribución generalizada de vacunas y tratamientos se retrasan, las medidas de distanciamiento social se prolongarán. Como resultado, el crecimiento será menor, la deuda pública mayor y las cicatrices en el potencial a largo plazo de la economía más graves; pensemos en el daño que puede causar la pérdida prolongada de empleo sobre el capital humano de los trabajadores.

Esta es la razón por la que debemos mantener medidas de política decisivas para luchar contra la incertidumbre que persiste.

El éxito depende de que actuemos con rapidez, y de que lo hagamos mancomunadamente. En mi opinión, las prioridades son tres: i) poner fin a la crisis sanitaria, ii) reforzar el puente económico hacia la recuperación y iii) construir las bases de una economía mejor para el siglo XXI.

En primer lugar, poner fin a la crisis sanitaria.

El rebrote de contagios es un importante recordatorio de que no puede lograrse una recuperación económica sostenible en ningún lugar a menos que derrotemos la pandemia en todos los lugares. El gasto público en tratamientos, pruebas de detección y rastreo de contactos es ahora más importante que nunca.

Al igual que lo es la cooperación transfronteriza para disminuir el riesgo de que el suministro de vacunas, tratamientos y pruebas sea inadecuado. Eso implica redoblar los esfuerzos multilaterales en lo que se refiere a la fabricación, compra y distribución de estas soluciones sanitarias, en especial en las naciones más pobres. También implica eliminar las recientes restricciones comerciales a los productos y servicios médicos, incluidas las restricciones relativas a las vacunas.

Estimamos que un progreso más rápido hacia soluciones médicas ampliamente compartidas podría sumar casi USD 9 billones a la renta mundial de aquí a 2025. Esto contribuiría a disminuir la diferencia en los niveles de ingreso entre las naciones más ricas y las más pobres, en un momento en que la desigualdad entre países va a aumentar.

En segundo lugar, fortalecer el puente económico hacia la recuperación.

El mundo, liderado por los países del G-20, ha adoptado medidas sincronizadas sin precedentes, que incluyen USD 12 billones en medidas fiscales y un enorme apoyo de liquidez por parte de los bancos centrales, que han frenado la caída de la economía mundial. Las condiciones de financiamiento se han relajado para todos los prestatarios, excepto para los de mayor riesgo.

Dada la gravedad de la crisis, tenemos que apuntalar estas medidas. Muchas naciones en desarrollo siguen afrontando una situación precaria, debido en gran parte a una menor capacidad para responder a la crisis. Y, a nivel mundial, la incertidumbre económica y financiera sigue siendo alta. Por ejemplo, las elevadas valoraciones de los activos apuntan a la desconexión de los mercados financieros con la economía real, con riesgos inherentes para la estabilidad financiera.

Asimismo, gran parte del apoyo mediante políticas fiscales está disminuyendo. Muchos de los balones de oxígeno, como las transferencias monetarias a los hogares, el apoyo al mantenimiento de empleo y el aumento de las prestaciones por desempleo, han dejado de existir o lo harán a finales de este año. Esto sucede en un momento en que aún se proyecta que la pérdida de empleos derivada de la crisis será considerable. Solo en el sector del turismo mundial, se estima que están en riesgo hasta 120 millones de empleos.

Así pues, ¿cómo podemos reducir la incertidumbre y fortalecer el puente hacia la recuperación?

1 .  Evitar la retirada prematura de las políticas de apoyo. Algunas economías disponen de margen para brindar más apoyo fiscal el próximo año, por encima de lo actualmente presupuestado. Para los países con un espacio fiscal limitado, será crucial establecer prioridades y reasignar el gasto para proteger a los más vulnerables. Es igualmente importante mantener la política monetaria acomodaticia y las medidas de liquidez para garantizar el flujo de crédito, en especial hacia las pequeñas y medianas empresas, complementando este esfuerzo con políticas adecuadas en el sector financiero. Esto contribuiría a apoyar el crecimiento, el empleo y la estabilidad financiera.

2 .  Prepararse ahora para dar un impulso sincronizado a la inversión una vez que la pandemia esté mejor controlada, a fin de estimular el crecimiento, limitar las secuelas a más largo plazo y abordar los objetivos relacionados con el clima. En los casos en que exista una amplia capacidad no utilizada, este tipo de inversión del sector público puede ayudar a que las economías avancen hacia el pleno empleo, al tiempo que se fortalece la productividad del sector privado.

Además, un nuevo estudio del personal técnico del FMI  muestra que los beneficios potenciales de una inversión sincronizada por parte de los países del G-20 son importantes. Si quienes cuentan con el espacio fiscal más amplio aumentaran de manera simultánea el gasto en infraestructuras un ½% del PIB en 2021 y un 1% del PIB en los años subsiguientes —y si las economías con un espacio fiscal más limitado invirtieran una tercera parte de estos porcentajes— el PIB mundial podría elevarse en cerca de un 2% de aquí a 2025, en comparación con un poco menos del 1,2%  si invierten de manera no sincronizada.

Dicho de otra manera, si los países actúan por separado, habría que gastar aproximadamente dos tercios más para lograr los mismos resultados. La cuestión de fondo es que podemos crear el impulso para el crecimiento, el empleo y para abordar el cambio climático de forma mucho más eficaz si trabajamos de manera conjunta.

En tercer lugar, construir las bases de una economía mejor para el siglo XXI.

La incertidumbre más relevante a la que nos enfrentamos en este momento es: ¿cómo aprovechar este momento de perturbación para construir una economía mejor para todos? Este fue el quid de la reunión de líderes mundiales celebrada la semana pasada en el Foro de París sobre la Paz, y estará presente en la mente de los líderes del G-20.

Todos reconocemos que la sostenibilidad medioambiental debe ser un pilar básico fundamental de una economía más resiliente e inclusiva. Requiere una potente combinación de medidas, que incluyen el impulso a la inversión verde y el aumento gradual de los precios del carbono. Estimamos que este tipo de programa de políticas elevaría el PIB mundial y crearía unos 12 millones de nuevos empleos en una década, y a la vez nos encaminaría por una senda hacia las emisiones netas cero de aquí a mediados del siglo.

Pero hay algo que sí está claro: si queremos aprovechar el crecimiento verde y todo el potencial de la economía digital, tenemos que apoyar a los trabajadores en su transición desde sectores en contracción a sectores en expansión. El gasto social es absolutamente fundamental, e incluye el aumento de la inversión en capacitación, reconversión profesional y educación de calidad. Esto es especialmente importante para los trabajadores con cualificaciones bajas o medias, entre los cuales las mujeres y los jóvenes están sobrerrepresentados y se han visto especialmente afectados por la crisis.


Otro pilar básico es la sostenibilidad fiscal. Uno de los principales legados de la crisis es la deuda pública mundial en máximos históricos. Hacer frente a este reto a mediano plazo será fundamental, entre otras maneras reformando los sistemas tributarios para movilizar ingresos equitativamente. Pero muchos países de bajo ingreso que soportan una pesada carga de deuda necesitan que se tomen medidas inmediatas para acceder a más donaciones, créditos concesionarios y alivio de la deuda.

Y en este asunto el G-20 ha desempeñado un papel clave. Su iniciativa de suspensión del servicio de la deuda ha proporcionado a muchos países de bajo ingreso un «respiro» temporal en su lucha contra el virus. Y el nuevo Marco Común, acordado con el apoyo del Club de París, va más allá: si se implementa en su totalidad, permitirá a las naciones más pobres solicitar un alivio permanente de la deuda, al tiempo que garantizará que todos los acreedores negocien en igualdad de condiciones.

Por último, es necesario apoyar a todo el mundo, más allá del G-20. Los esfuerzos multilaterales son vitales para que las economías más pobres superen la crisis. Al igual que lo es continuar los esfuerzos para fortalecer el comercio basado en reglas, fomentar un sistema internacional de tributación al que todos los países contribuyan equitativamente y apuntalar la red mundial de seguridad financiera. Sin estos esfuerzos, la desigualdad aumentará, y la economía mundial afrontará retos aún mayores en el período que tenemos por delante.

En el FMI hemos respondido a esta crisis de una forma sin precedentes, con más de USD 100.000 millones en nuevo financiamiento a 82 países y alivio del servicio de la deuda a los países miembros más pobres. Nos proponemos hacer aún más para ayudar a nuestros 190 países miembros a superar esta crisis y construir una economía mejor tras la pandemia.

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Se necesita con urgencia una reforma de la arquitectura internacional de la deuda

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La pandemia de COVID-19 ha empujado los niveles de deuda hasta nuevos máximos. En comparación con finales de 2019, se proyecta que los coeficientes de endeudamiento promedio en 2021 aumenten un 20% del PIB en las economías avanzadas, un 10% del PIB en las economías de mercados emergentes y aproximadamente un 7% en los países de bajo ingreso. Estos incrementos se suman a unos niveles de deuda que ya son históricamente altos. Si bien muchas economías avanzadas todavía tienen capacidad de endeudamiento, los países de mercados emergentes y los de bajo ingreso afrontan limitaciones mucho más restrictivas de su capacidad de contraer nuevas deudas.

En efecto, aproximadamente la mitad de los países de bajo ingreso y varias economías de mercados emergentes ya se encontraban en situación de crisis de deuda o tenían un alto riesgo de estarlo, por lo que el nuevo aumento de la deuda es alarmante. Justo cuando comienzan a recuperarse de la pandemia, muchos de estos países podrían sufrir una segunda ola de dificultades económicas, provocada por los incumplimientos de pagos, la fuga de capitales y la austeridad fiscal. Evitar esta crisis puede marcar la diferencia entre una década perdida y una recuperación rápida que sitúe a los países en una trayectoria de crecimiento sostenible. Como muestra un reciente trabajo del FMI, esperar hasta que tiene lugar una suspensión de pagos para reestructurar la deuda trae aparejado una mayor disminución del PIB, las inversiones, el crédito del sector privado y la entrada de capitales que en el caso de operaciones preventivas de reestructuración de la deuda.

No ha tenido lugar todavía una crisis de deuda gracias a las decisivas medidas de política económica de los bancos centrales, las autoridades fiscales, los acreedores bilaterales oficiales y las instituciones financieras internacionales en los primeros días de la pandemia. Estas medidas, si bien son fundamentales, son cada vez más insuficientes.

En primer lugar, las iniciativas adoptadas hasta el momento están diseñadas para ser temporales. La Iniciativa del G20 sobre la suspensión del servicio de la deuda, que fue una respuesta bienvenida a la petición del FMI y el Banco Mundial, expira a finales de este año. El FMI también ha proporcionado aproximadamente USD 31.000 millones en financiamiento de emergencia a 76 países, entre ellos, 47 países de bajo ingreso, así como alivio del servicio de la deuda a los países más pobres en el contexto del Fondo Fiduciario para Alivio y Contención de Catástrofes. Los países en desarrollo, cuyas necesidades se prevé que sean altas, necesitarán financiación adicional de bajo costo en 2021 y con posterioridad.

En segundo lugar, la mayoría de las medidas hasta el momento se han centrado en la liquidez, es decir, en mantener el acceso de los países a financiamiento, tanto de fuentes oficiales como de los mercados. Pero, al continuar la crisis, los problemas de solvencia —la incapacidad de reembolsar las deudas— se sitúan cada vez más en un primer plano.

Evitar una crisis de deuda en los países en desarrollo requiere medidas adicionales urgentes.

¿En qué ámbitos son necesarias medidas?

La Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda debe prorrogarse hasta 2021. Si no, sus actuales beneficiarios se verán forzados a recurrir a medidas de austeridad para poder reanudar el servicio de la deuda, lo que se sumaría al sufrimiento humano ya causado por la crisis. La prórroga de la iniciativa debe ofrecer incentivos para abordar en etapas tempranas los problemas de insostenibilidad de la deuda. Por ejemplo, podría vincularse la duración de la prórroga a programas del FMI y el Banco Mundial diseñados para reducir las vulnerabilidades de la deuda.

Los países con vulnerabilidades de la deuda deben hacer frente a estas con urgencia, mediante una combinación de gestión de la deuda y medidas para restablecer el crecimiento. Cuando la deuda sea insostenible, es preferible reestructurarla cuanto antes. Deben incluirse las acreencias del sector privado, cuando proceda. Ignorar los problemas de solvencia solo los empeora.

Quizás algo aún más importante es la necesidad de reformar la «arquitectura» internacional de la deuda, que comprende los contratos de deuda soberana, las instituciones como el FMI y el Club de París, y los marcos de política que apoyan la reestructuración ordenada de la deuda. El objetivo es proporcionar un alivio de la deuda rápido y suficientemente profundo a los países que lo necesitan, lo que beneficiará no solo a estos países sino a todo el sistema.

Hoy publicamos un nuevo informe en el que se evalúa la actual arquitectura para la reestructuración de la deuda en manos privadas y se plantean posibles mejoras. El marco contractual vigente ha sido eficaz en gran medida en la reestructuración de bonos soberanos, pero los casos recientes de reestructuración de la deuda de Ecuador y Argentina ponen de manifiesto problemas que todavía deben abordarse, entre ellos la significativa ampliación de la diversidad de acreedores comerciales y la falta de transparencia de la deuda. Por ejemplo, el marco ha sido menos eficaz en la reestructuración del creciente volumen de deuda no instrumentada mediante bonos, así como de deuda con garantía real y deuda con características similares a dicha garantía. Si bien las condiciones de estos préstamos en muchos casos no se divulgan, parecen ser especialmente frecuentes en países de bajo ingreso que exportan recursos naturales.

Si se mira más allá de la deuda en manos de acreedores privados, la mayor parte de la deuda oficial está ahora en manos de países acreedores que no son miembros del Club de París y no siguen sus procedimientos. Esto hace que sea más difícil que antes reestructurar deuda contraída con acreedores oficiales bilaterales, así como asegurar una alta participación de los acreedores tanto oficiales como privados.

¿Qué aspectos de la actual arquitectura de la deuda deben corregirse?

En primer lugar, los deudores y acreedores deben fortalecer las disposiciones contractuales para reducir a un mínimo las perturbaciones económicas cuando los deudores tienen dificultades. El FMI y otras instituciones han fomentado con éxito la adopción de cláusulas de acción colectiva reforzadas en el caso de bonos internacionales. Pero aún queda mucho por hacer. Se necesitan disposiciones similares para facilitar la reestructuración ordenada de la deuda no instrumentada mediante bonos. También pueden resultar útiles cláusulas que reduzcan los reembolsos de la deuda o suspendan automáticamente el servicio de la deuda, como en el caso de catástrofes naturales y otros shocks económicos de gran envergadura.

En segundo lugar, debe aumentarse la transparencia de la deuda. Si no se sabe qué deuda han contraído ya los países y en qué condiciones, los acreedores no pueden tomar decisiones informadas sobre el otorgamiento de préstamos. También se mostrarán reacios a participar en reestructuraciones a menos que sepan las condiciones concedidas a otros acreedores.

En tercer lugar, los acreedores oficiales bilaterales deben acordar un método común de reestructuración de deudas oficiales bilaterales. Debe ser aceptable tanto para los miembros del Club de París como para los demás. Las reestructuraciones podrían incluir un pliego de condiciones común que exija al deudor exponer con transparencia sus deudas y buscar acuerdos de reestructuración con todos sus acreedores, tanto oficiales como privados, en condiciones similares. Este método procuraría garantizar el intercambio de información y una distribución justa de la carga entre todos los acreedores. De esta manera, aumentaría la participación y se evitarían costosos retrasos.

No todas estas reformas tendrían un impacto inmediato. Aunque llevará un tiempo hasta que las mejoras contractuales tengan un efecto sobre el stock de deuda, un método común de reestructuración que incluya a todos los acreedores oficiales bilaterales —actualmente en debate en el G20— tendría un impacto fundamental casi de inmediato.

El papel del FMI

El FMI está trabajando arduamente para evitar una crisis de deuda, apoyando a sus miembros con asesoramiento de política económica, financiamiento y actividades de fortalecimiento de las capacidades. Continuaremos ofreciendo alivio del servicio de la deuda a los países más pobres en el contexto del Fondo Fiduciario para Alivio y Contención de Catástrofes. También fomentamos la transparencia de la deuda, entre otras cosas, mediante una política más sólida de límites de deuda, ofrecemos asistencia técnica sobre gestión de la deuda y trabajamos con el G-20 para prorrogar la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda. Apoyamos la coordinación entre deudores y acreedores y la reestructuración de la deuda mediante el análisis de medidas para restablecer la sostenibilidad de la deuda y mediante el condicionamiento de nuestro apoyo financiero a una alta participación de los acreedores.

Todas las partes interesadas deben asumir su parte

El mundo se encuentra en un momento crítico y no debe sentarse a esperar la próxima crisis. Debe revisar su arsenal de instrumentos, una tarea que hemos estado realizando en el FMI. También debe hacer todo lo posible para prevenir y, si fuera necesario, evitar otro empantanamiento de la deuda soberana. La alternativa podrían ser cesaciones de pagos a gran escala que causarían un grave daño a las economías y retrasarían su recuperación durante años. Los países de bajo ingreso están especialmente en riesgo y, si tiene lugar una crisis de deuda, sus gentes son los que más sufrirían.

Los principales pasos son prorrogar el plazo de la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda, resolver las vulnerabilidades de la deuda de los países y construir una arquitectura de la deuda más robusta. Pedimos a todos las partes interesadas que asuman su parte en la reducción del riesgo de una catástrofe y sienten las bases de un sistema financiero más seguro.

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