Kristalina Georgieva

Se requieren medidas urgentes para frenar la divergencia de la recuperación

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Cuando los ministros de Hacienda y gobernadores de bancos centrales del G-20 se reúnan en Venecia esta semana, podrán inspirarse en el espíritu inquebrantable de la ciudad.

Venecia, que fue el primer centro financiero internacional del mundo, ha experimentado los caprichos del devenir económico durante siglos y además sufre directamente los efectos del cambio climático. Esta resiliencia extraordinaria es más necesaria que nunca en un momento en el que los responsables de las políticas económicas continúan afrontando retos extraordinarios.

La buena noticia es que la recuperación mundial avanza, en líneas generales, en consonancia con las proyecciones de un crecimiento de 6% para este año formuladas en abril por el FMI. Tras una crisis sin parangón, en algunos países está teniendo lugar una recuperación sin parangón, impulsada por una combinación de contundentes medidas de apoyo fiscal y monetario y una rápida vacunación.

Por ejemplo, en el caso de Estados Unidos, proyectamos un crecimiento de 7% para este año, el mayor desde 1984. La recuperación también está cobrando impulso en China, en la zona del euro y en un puñado de otras economías avanzadas y emergentes. 

Pero los nuevos datos también confirman una creciente divergencia en la evolución económica de los distintos países, muchos de los cuales se están quedando rezagados.

El mundo se enfrenta a una recuperación que, cada vez más, se produce a dos velocidades, como consecuencia de las enormes diferencias en la disponibilidad de vacunas, las tasas de infección y la capacidad para proporcionar apoyo mediante las políticas económicas. Estamos en un momento crítico que requiere medidas urgentes del G-20 y de las autoridades económicas de todo el mundo.

Como se señala en nuestra nota para la reunión del G-20, es vital actuar con celeridad. Según nuestras estimaciones, un acceso más rápido a la vacunación de las poblaciones de alto riesgo podría salvar más de medio millón de vidas solo en los próximos seis meses.

Los peligros de la divergencia

Las bajas tasas de vacunación significan que los países más pobres están más expuestos al virus y a sus variantes. Aunque la variante delta es motivo de preocupación en todo el mundo, incluidos los países del G-20, en estos momentos está causando un incremento brutal de las infecciones en el África subsahariana. En esta región, menos de 1 de cada 100 adultos han recibido la vacunación completa, frente a un promedio de más de 30 en las economías más avanzadas. La existencia de poblaciones no vacunadas en cualquier lugar incrementa el riesgo de que surjan cepas aún más letales, lo que socavaría los avances en todas las regiones e infligiría más daños en la economía mundial.

La merma de recursos fiscales hará que a las naciones más pobres les resulte aún más difícil impulsar la vacunación y apoyar a sus economías. Millones de personas quedarán sin protección y expuestas a un aumento de la pobreza, la indigencia y el hambre. La crisis ha causado ya un incremento de la inseguridad alimentaria y en muchos países aumenta el temor a nuevas subidas de la inflación de los precios de los alimentos.

El mundo también observa atentamente el reciente repunte de la inflación, en particular en Estados Unidos. Sabemos que la acelerada recuperación estadounidense beneficiará a muchos países al incrementar el comercio; además, las expectativas de inflación se han mantenido estables hasta ahora. Sin embargo, existe el riesgo de que la inflación o las expectativas de inflación aumenten de forma más sostenida, lo que exigir un endurecimiento de la política monetaria en Estados Unidos antes de lo previsto. Otros países afrontan desafíos similares como consecuencia de las subidas de precios de las materias primas y los alimentos.

Unas tasas de interés más altas en Estados Unidos podrían dar lugar a un marcado endurecimiento de las condiciones financieras mundiales y a cuantiosas salidas de capital de economías emergentes y en desarrollo. Esto supondría graves dificultades sobre todo para los países con grandes necesidades de financiamiento externo o niveles de deuda elevados.

No está de más reiterar que el mundo se encuentra en un momento crítico. Si queremos frenar la creciente divergencia de esta recuperación a dos velocidades, debemos tomar ya medidas de política urgentes.

Primero, intensificar la cooperación internacional para poner fin a la pandemia.

Los beneficios económicos serían extraordinarios, y trabajar para salvar, potencialmente, cientos de miles de vidas en los próximos meses es un imperativo moral. Los costos son relativamente pequeños.

El personal técnico del FMI propuso recientemente un plan que costaría USD 50.000 millones y que podría generar ganancias de billones de dólares gracias a la agilización de la vacunación y una recuperación más rápida. Sería la mejor inversión pública de nuestra vida y cambiaría el panorama en todo el mundo.

Para acelerar la ejecución de las medidas previstas en este plan, el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Salud (OMS) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) han establecido un «comité de crisis». En nuestra primera reunión, convocada por el Banco Mundial y celebrada la semana pasada, acordamos trabajar juntos para contribuir a supervisar, coordinar y promover la entrega de recursos sanitarios vitales a países en desarrollo y movilizar a los responsables de políticas para eliminar obstáculos fundamentales.

El respaldo del G-20 y de otras economías marcará la diferencia, al apoyar la meta de vacunar a por lo menos el 40% de la población en todos los países para finales de 2021, y a por lo menos el 60% para el final del primer semestre de 2022.

Para lograr estos objetivos, se emprenderán iniciativas fundamentales como repartir más dosis en el mundo en desarrollo; respaldar el financiamiento concesionario y las donaciones para incrementar y diversificar la producción de vacunas, e impulsar la capacidad nacional de administración de vacunas, diagnóstico y tratamiento; y eliminar todas las barreras a la exportación de insumos y vacunas ya producidas, así como otras barreras en las operaciones de las cadenas de abastecimiento.

También resulta esencial adaptarse rápidamente a los cambios de las circunstancias, como la escalada de las infecciones en África subsahariana. El suministro inmediata de paquetes de emergencia, que incluyan oxígeno, material de detección, equipos de protección personal y tratamientos, a países en desarrollo de África subsahariana y de otras regiones afectadas es clave para salvar vidas.

Segundo, redoblar los esfuerzos para afianzar la recuperación.

Con las economías del G-20 a la cabeza, el mundo ha adoptado medidas sincronizadas extraordinarias, incluidos aproximadamente unos USD 16 billones en medidas fiscales. Ahora ha llegado el momento de redoblar estos esfuerzos con medidas que tengan en cuenta la exposición a la pandemia y el margen de maniobra de política de cada país.

En los países que experimenten un rápido incremento de las infecciones, es fundamental que la sanidad y los hogares y las empresas vulnerables continúen recibiendo apoyo. Para ello se requieren medidas fiscales focalizadas, dentro marcos a mediano plazo plausibles.

Una vez que la mejora de los indicadores sanitarios permita una normalización de la actividad, los gobiernos deben replegar gradualmente los programas de apoyo y, al mismo tiempo, incrementar el gasto social y los programas de capacitación para amortiguar el impacto en los trabajadores. Esto ayudaría a reparar las secuelas a largo plazo de la crisis, que afectó de manera especial a los jóvenes, las mujeres y los trabajadores menos cualificados.

Para afianzar la recuperación también es necesario que la mayoría de los países sigan adoptando políticas monetarias acomodaticias, acompañadas de una estrecha vigilancia de la inflación y los riesgos para la estabilidad financiera. En los países en los que la recuperación se está acelerando, incluido Estados Unidos, es fundamental que se eviten reacciones exageradas ante incrementos pasajeros de la inflación.

Para mantener bien ancladas las expectativas inflacionarias, los principales bancos centrales han de comunicar con cuidado sus planes en materia de política monetaria. Esto contribuiría también a evitar una excesiva volatilidad financiera en sus países y en el extranjero. La clave es prevenir los efectos de contagio que se produjeron a principios de año.

Tercero, reforzar el apoyo a las economías vulnerables.

Los países más pobres se enfrentan a un doble golpe devastador: corren el riesgo de perder la carrera contra el virus y, además, podrían quedar excluidos de una transformación histórica que sentará las bases de una nueva economía mundial verde y digital.

Estimamos que los países de bajo ingreso deben desplegar unos USD 200.000 millones en cinco años solo para luchar contra la pandemia, y otros USD 250.000 millones para tener margen fiscal para reformas transformadoras que les permitan retornar a la trayectoria de convergencia hacia niveles de ingreso más elevados. Estos países pueden cubrir únicamente una parte de esos importes por sí solos. Por lo tanto, es vital que los países más ricos redoblen sus esfuerzos, especialmente en lo que respecta al financiamiento concesionario y las ayudas para hacer frente a la deuda.

La Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda del G-20 ha dado un respiro fiscal a estos países, pero, habida cuenta de la necesidad de proporcionar alivio de la deuda de carácter permanente, debemos trabajar para que el nuevo Marco Común esté plenamente operativo. Chad, por ejemplo, recibió seguridades de financiamiento de sus acreedores bilaterales miembros del G-20, y ahora necesitamos compromisos rápidos, en condiciones comparables, de sus acreedores privados.

También apoyamos firmemente la oportuna creación del comité de acreedores, para posibilitar la operación de deuda solicitada por Etiopía. El éxito de los primeros casos del Marco Común es fundamental para otros países con deudas insostenibles o necesidades de financiamiento persistentes. Estos países también deberían solicitar medidas tempranas de resolución o reorganización de la deuda.

El papel del FMI

Por su parte, el FMI ha redoblado sus esfuerzos de una forma sin precedentes, proporcionando USD 114.000 millones en nuevo financiamiento a 85 países y alivio del servicio de la deuda a los países miembros más pobres. Tenemos respaldo para incrementar los límites de acceso, lo que nos permite ampliar nuestra capacidad de préstamo a tasa de interés cero. También estamos estudiando un nuevo «mecanismo de financiamiento de vacunas» en el marco de nuestros servicios de financiamiento de emergencias, que ayudaría a los países a financiar programas de vacunación si lo necesitan.

Nuestros países miembros también apoyan una nueva asignación de Derechos Especiales de Giro por un monto de USD 650.000 millones, la mayor emisión de la historia del FMI. Esta asignación complementará las reservas y ayudará a todos nuestros países miembros, especialmente a los más vulnerables, a dar respuesta a las necesidades urgentes, incluidas las vacunas. Nuestro Directorio Ejecutivo debatió recientemente la propuesta y esperamos que el proceso de asignación se complete para finales de agosto.

Además, estamos procurando amplificar los efectos de la nueva asignación de DEG, y en tal sentido estamos fomentando la canalización voluntaria de parte de los DEG, junto con préstamos presupuestarios, para alcanzar un objetivo mundial total de USD 100.000 millones para los países más pobres y vulnerables. Estamos analizando con los países miembros fórmulas para lograr ese objetivo, por ejemplo a través de nuestro Fondo Fiduciario para el Crecimiento y la Lucha contra la Pobreza (FFCLP) y, posiblemente, de un nuevo Fondo Fiduciario para la Resiliencia y la Sostenibilidad.

La cumbre del G-20 de esta semana es una oportunidad para impulsar el plan para un nuevo fondo de resiliencia y sostenibilidad, que brindaría apoyo a países de bajo ingreso, así como a países de ingreso mediano más pobres y vulnerables asolados por la pandemia. La idea es ayudarlos en su transformación estructural y a afrontar, entre aspectos, los desafíos relacionados con el cambio climático.

Para reforzar las medidas contra el cambio climático, el personal técnico del FMI propuso recientemente un mecanismo de precio mínimo internacional del carbono. Dicho precio mínimo podría contribuir a acelerar la transición a un crecimiento con bajas emisiones de carbono en el curso de esta década, y nuestra intención promoverlo vigorosamente en la Conferencia sobre el Clima del G-20 que se celebrará esta semana en Venecia.

En el ámbito tributario, nos complace mucho el histórico acuerdo alcanzado por 130 países en el contexto del Marco Inclusivo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el G-20. El acuerdo prevé un impuesto mínimo mundial a las sociedades que contribuirá a garantizar que las empresas muy rentables tributen en proporción a sus beneficios en todo el mundo. A partir de nuestros propios estudios, sabemos que los regímenes de impuestos mínimos pueden ayudar a los países a preservar su base del impuesto de sociedades y a movilizar ingresos, algo que ahora es más importante que nunca.

Decenios de competencia fiscal han provocado una «carrera hacia el abismo», que ha privado a muchos países de los recursos necesarios para realizar inversiones vitales en salud, educación, infraestructuras y políticas sociales. La pandemia trajo consigo nuevas presiones para las políticas fiscales, lo que dificulta la inversión en la transformación verde y digital. Por lo tanto, aprovechemos este momento crucial para construir un sistema tributario internacional más justo y eficaz acorde con las realidades del siglo XXI.

Espero que las generaciones futuras que estudien este momento aprecien en nuestra asociación el inquebrantable espíritu de Venecia. Podemos poner fin a la pandemia y convertir esta recuperación a dos velocidades en crecimiento sincronizado y sostenible, pero para ello hemos de actuar con decisión y de forma mancomunada.

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Kristalina Georgieva, propone la designación de Bo Li como Subdirector Gerente del FMI

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La Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, informó hoy al Directorio Ejecutivo del FMI su propuesta de designar al Sr. Bo Li para el cargo de Subdirector Gerente, a partir del 23 de agosto de 2021. El Sr. Li es actualmente Subgobernador del Banco Popular de China. Sucederá al Sr. Tao Zhang, quien había informado que dejará su cargo el 22 de agosto.

Al anunciar la selección del Sr. Li, la Directora Gerente manifestó lo siguiente:

«El Sr. Li aporta una amplia experiencia jurídica y en cuestiones relativas a los bancos centrales. A lo largo de más de 14 al servicio del Banco Popular de China, entre 2004 y 2018, ocupó diversos altos cargos, como el director del departamento jurídico y de regulación y director de dos departamentos de política monetaria. En el Banco Popular de China, jugó un papel decisivo en formulación y ejecución de varias reformas y políticas importantes, como la reforma de la banca estatal; la legislación contra el lavado de dinero; y el establecimiento de un marco macroprudencial para China.

El Sr. Li también ha ocupado varios otros cargos en el sector público en China. De 2018 a 2019, fue Vicepresidente de la Federación de Ciudadanos Retornados del Exterior de toda China. Se desempeñó como Vicealcalde de la municipalidad de Chongqing de 2019 a 2021, supervisando el desarrollo del sector financiero, el comercio internacional y la inversión extranjera directa de la ciudad. Retornó al Banco Popular de China en abril de 2021 para asumir el cargo de Subgobernador.

Antes de incorporarse al Banco Popular de China, ejerció como abogado durante cinco años en el estudio jurídico York Davis Polk & Wardwell, en Nueva York

Obtuvo su licenciatura en la Universidad Renmin de China en Pekín. También tiene una maestría en Economía de la Universidad de Boston, un doctorado en Economía de la Universidad de Stanford, y un doctorado en jurisprudencia con honores (magna cum laude) de la Facultad de Derecho de Harvard.»

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Dar a la gente una oportunidad justa: Políticas para asegurar la recuperación

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Nos enfrentamos a la prueba más importante para nuestra generación. Nuestro trabajo conjunto para construir un mundo mejor será recordado por las generaciones futuras. Démosle una oportunidad justa.

1 Introducción: Promesa y peligro

Gracias, Fareed, por su cálida bienvenida, y gracias a Richard Haass y el Consejo de Relaciones Exteriores por reunirnos hoy aquí.

A nuestras dos instituciones las unen la historia y los valores: ambas fueron fundadas en momentos decisivos, a raíz de conflictos mundiales; ambas defienden con firmeza un mundo más pacífico y próspero.

Hoy estamos frente a otro momento decisivo. En palabras de Franklin D. Roosevelt: «El punto de la historia en que nos encontramos está lleno de promesas y peligros» [i].

Afortunadamente, la economía global se ha afianzado. Millones de personas se están beneficiando ya de vacunas que encierran la promesa de una vida normal, de abrazos a amigos y seres queridos.

Pero también hay peligro.

El futuro económico es muy diverso. No todos los países ni todas las personas tienen ya acceso a las vacunas. Son demasiados los que siguen enfrentando la pérdida de puestos de trabajo y el aumento de la pobreza. Son demasiados los países que se están quedando atrás.

No podemos bajar la guardia.

Lo que hagamos ahora determinará el mundo de después de la crisis. Por tanto, debemos hacer lo correcto.

Esto significa, ante todo, dar a todo el mundo una oportunidad justa: vacunando por doquier para poner fin a la pandemia, y ofreciendo a personas y países vulnerables oportunidades para encarar de forma justa el futuro, preparando así el terreno para una recuperación inclusiva y sostenible.

Este será el eje central de las Reuniones de Primavera la semana próxima.

2. Perspectivas mundiales: Divergencia e incertidumbre

Fijémonos en el panorama económico.

En enero, proyectamos un crecimiento mundial del 5,5% para 2021. Ahora prevemos que la aceleración será todavía mayor: en parte gracias a las políticas de apoyo adicionales —incluido el nuevo programa fiscal de Estados Unidos—, y en parte debido a la recuperación prevista para muchas economías avanzadas más adelante en el año, gracias a la vacunación.

Esto permite revisar al alza la proyección mundial para 2021 y 2022, como verán en las Perspectivas de la economía mundial la semana que viene.

Si hemos llegado a este punto ha sido gracias a un esfuerzo extraordinario: de médicos y enfermeras por salvar vidas, de trabajadores esenciales por apuntalar los medios de vida, de científicos de todo el mundo que trabajan juntos por crear vacunas en un tiempo récord. Además, los gobiernos han adoptado medidas excepcionales, incluidos casi USD 16 billones en medidas fiscales e inyecciones masivas de liquidez por parte de los bancos centrales.

Sin estas medidas sincronizadas, el año pasado la contracción mundial hubiese sido por lo menos tres veces peor. Si nos paramos a pensar, podría haber sido otra Gran Depresión. Tampoco hemos tenido otra crisis financiera mundial, no solo gracias a estas medidas extraordinarias, sino también a que los países vienen trabajando juntos desde hace una década para aumentar la resiliencia de los sistemas bancarios.

Pero, aun así, a pesar de que en términos generales las perspectivas han mejorado, se observan peligrosas divergencias no solo a nivel nacional, sino también entre países y regiones. De hecho, estamos ante una recuperación a múltiples velocidades, impulsada cada vez más por dos motores: Estados Unidos y China. Estos forman parte de un pequeño grupo de países que a finales de 2021 habrán superado con creces los niveles de PIB de antes de la crisis.

Sin embargo, son la excepción, no la norma.

La pérdida acumulada de ingreso per cápita, en comparación con las proyecciones de antes de la crisis, será del 11% en las economías avanzadas de aquí al próximo año. En el caso de los países emergentes y en desarrollo, excepto China, la pérdida será mucho peor y alcanzará el 20%, un recorte de una quinta parte de lo que ya es un ingreso per cápita mucho menor que en los países más ricos.

Esta pérdida de ingreso significa que millones de personas caerán en la indigencia, se quedarán sin hogar y padecerán hambre.

Esto se ve claramente, pero muchas otras cosas no están tan claras. En realidad, uno de los mayores peligros es la extrema incertidumbre que nos acecha.

Mucho depende de la trayectoria que siga la pandemia, marcada ahora por los avances desiguales en la vacunación y las nuevas cepas del virus, que frenan las perspectivas de crecimiento, sobre todo en Europa y América Latina.

También podrían aumentar las presiones sobre los mercados emergentes, los países de bajo ingreso y los Estados frágiles , ya vulnerables y cuya capacidad fiscal para afrontar la crisis es ya de por sí más limitada. Además, muchos de ellos están muy expuestos a sectores muy perjudicados, como el turismo.

Ahora enfrentan un acceso menor a las vacunas y un margen presupuestario todavía inferior. Muchos de ellos ya presentan un alto riesgo de sobreendeudamiento en los sectores soberano, empresarial o bancario.

Y a todo esto se suma la incertidumbre en torno a las condiciones financieras. Una recuperación más rápida es, en general, una buena noticia, pero también puede tener consecuencias más desfavorables. Por ejemplo, un fuerte crecimiento en Estados Unidos podría beneficiar a muchos países, al incrementar el comercio. Prevemos que la inflación se mantendrá contenida, pero una recuperación más rápida en Estados Unidos podría provocar un aumento repentino de las tasas de interés, lo cual podría traducirse en un marcado endurecimiento de las condiciones financieras, así como en importantes salidas de capital de las economías emergentes y en desarrollo.

Esto plantearía serias dificultades sobre todo apaíses de ingreso mediano con importantesnecesidades de financiamiento externo y niveles de deuda elevados. Muchos de estos países necesitarán más apoyo.

Retomar el crecimiento implicaría también una transición en las políticas y la necesidad de abordar las cicatrices duraderas de esta crisis, como son los efectos sobre el capital humano, en especial sobre los jóvenes, los trabajadores menos cualificados, las mujeres y los trabajadores informales.

Permitir que estas cicatrices perduren provocará una reducción del potencial de crecimiento, lo cual hará todavía más difícil incrementar el empleo y reducir la desigualdad.

3. Medidas de política contundentes para dar a la gente oportunidades justas

Está clarísimo: no habrá recuperación sostenible si a la gente no se les dan oportunidades justas.

¿Qué debemos hacer?

En primer lugar, debemos seguir centrados en salir de la crisis. Debemos seguir el ejemplo de los científicos redoblando los esfuerzos multilaterales y haciendo lo que sea necesario para aumentar la producción, distribución y administración de vacunas.

Una opción es poner en práctica a nivel mundial lo que ha funcionado a nivel nacional, es decir, subvencionar a los productores de vacunas, los proveedores de insumos y la distribución en la “última milla”. El mundo necesita un mecanismo justo de redistribución de vacunas de los países con superávit a los países con déficit, así como un mecanismo COVAX financiado en su totalidad para acelerar la vacunación en los países más pobres.

De esta manera, podremos proteger la salud de la gente y acelerar la recuperación. Un avance más rápido en la batalla contra la crisis sanitaria podría suponer un incremento de casi USD 9 billones del PIB mundial de aquí a 2025.

Pero la oportunidad se está desvaneciendo con rapidez. Cuanto más se tarde en agilizar la producción de vacunas y su distribución, más difícil será conseguir estos beneficios.

Evidentemente, las políticas deben adaptarse a las necesidades específicas de cada país: tanto a su exposición a la pandemia como a los factores económicos.

Mientras persista la crisis, será esencial ayudar a los hogares vulnerables y las empresas viables. Para ello se requieren medidas fiscales focalizadas —en marcos a mediano plazo plausibles— y el mantenimiento de la política monetaria acomodaticia.

En vista de las recuperaciones divergentes, es prudente vigilar de cerca el riesgo financiero, como las valoraciones sobredimensionadas de los activos. Asimismo, los principales bancos centrales deben comunicar con mucho cuidado sus planes en materia de política monetaria para evitar una volatilidad financiera excesiva, tanto en sus países como en el extranjero. Esto respaldaría los flujos de capital esenciales, en especial hacia países de ingreso mediano.

En segundo lugar, debemos salvaguardar la recuperación. Cuando la pandemia pierda fuerza, los programas públicos de apoyo y suspensión del personal deberán replegarse. No obstante, esta transición debe gestionarse con mucho cuidado para amortiguar los efectos sobre los trabajadores, mediante el apoyo a los ingresos, subsidios a la contratación focalizados, la reconversión laboral y el reciclaje profesional.

Además, se debe seguir prestando apoyo a las pequeñas y medianas empresas con viabilidad, mediante inyecciones de capital y procedimientos de quiebra más eficientes. Las pymes son el mayor empleador del mundo. Aun así, nuestro estudio muestra que la proporción de insolvencias entre las pymes podría dispararse este año coincidiendo con el repliegue de las ayudas, lo cual pondría en peligro uno de cada diez puestos de trabajo en este sector fundamental [ii].

La mayor parte de los países emergentes y en desarrollo cuentan con procedimientos de quiebra relativamente más débiles, lo que significa que se verán mucho más afectados por una ola de insolvencias. Por lo tanto, necesitamos más reformas para mitigar estas cicatrices económicas y fomentar una transición más justa.

En tercer lugar, invertir en el futuro. La crisis ha demostrado la conveniencia de prepararse para posibles pandemias y, en términos más generales, de invertir en resiliencia, en especial frente a shocks climáticos. El movimiento en favor de economías más verdes, inteligentes e inclusivas está cobrando impulso.

Por el momento, apenas una mínima fracción del estímulo fiscal se ha destinado al financiamiento climático y verde pero, con razón, se observa un cambio de tendencia.

La promoción coordinada de la infraestructura verde, combinada con un sistema de tarificación del carbono, podría incrementar el PIB mundial en un 0,7% en los próximos 15 años, además de crear millones de puestos de trabajo [iii].

También debe tenerse en cuenta el potencial de la digitalización. En una encuesta reciente [iv], casi el 50% de los compradores afirmaron utilizar ahora los pagos digitales más que antes de la pandemia. Cada vez más bancos centrales se plantean introducir monedas digitales [v], lo cual podría transformar el sistema monetario internacional. Además, la inversión en infraestructura digital podría ayudar a transformar nuestro sistema económico, aumentando la productividad y los niveles de vida.

Para liberar este potencial, debemos combinar una mejor infraestructura y un mayor acceso a Internet con más inversiones en educación y salud de la gente. Para ello hacen falta ingresos públicos suficientes y sistemas tributarios nacionales equipados para el siglo XXI. En muchos casos, esto pasará por hacerlos más progresivos, y más justos.

Esto debe acompañarse de una modernización de la tributación internacional de sociedades mediante esfuerzos multilaterales, para lograr que empresas sumamente rentables paguen lo que les corresponde allí donde operan, lo cual contribuirá también a reforzar las finanzas públicas, sobre todo en los países más pobres.

Todo esto es esencial, pero no será suficiente.

La cruda realidad es que los países más pobres corren el riesgo de quedar excluidos de una transformación histórica que sentará las bases de una nueva economía mundial verde y digital.

Un nuevo estudio del FMI [vi], publicado hoy, muestra que los países de bajo ingreso deben desplegar unos USD 200.000 millones en cinco años solo para luchar contra la pandemia, y otros USD 250.000 millones para retomar la trayectoria de recuperación de niveles de ingreso superiores.

Estos países pueden cubrir únicamente una parte por sí solos. Para conseguirlo, el esfuerzo debe ser integral: aumentar la movilización de recursos internos, ampliar el financiamiento concesionario externo e incrementar las ayudas para hacer frente a la deuda. La Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda del G-20 y el nuevo Marco Común son un buen punto de partida.

El FMI, por su parte, ha intensificado de forma inusitada sus esfuerzos proporcionando más de USD 107.000 millones en nuevo financiamiento a 85 países y alivio del servicio de la deuda a 29 de nuestros países miembros más pobres. En África subsahariana, el financiamiento del FMI durante el año pasado fue aproximadamente 13 veces superior al promedio anual de la última década.

Me complace mucho que exista un apoyo cada vez más amplio entre los países miembros del FMI a favor de una posible asignación deDEG 650.000 millones. Esta asignación beneficiaría a todos nuestros países miembros, pero en especial a los más vulnerables,reforzando las reservas, sin incrementar la carga de endeudamiento. Será una señal clara de solidaridad multilateral que liberará recursos para programas de vacunación y otras necesidades urgentes.

Tal como hemos ayudado a combatir la crisis, ayudaremos a los países miembros a asegurar la recuperación.

4. Conclusión

Si me lo permiten, terminaré igual que he empezado, con Franklin D. Roosevelt. El 12 de febrero de 1945, Roosevelt instó al Congreso de Estados Unidos a adoptar el Acuerdo de Bretton Woods, por el cual se constituyeron el FMI y el Banco Mundial.

Estas fueron sus palabras: “El mundo o bien avanzará hacia la unidad y la prosperidad ampliamente compartida, o bien se irá alejando. Se nos brinda una oportunidad para utilizar nuestra influencia en favor de un mundo más unido y cooperante.”

Estas palabras no podrían ser hoy más oportunas, ya que nos enfrentamos a la prueba más importante para nuestra generación. Nuestro trabajo conjunto para construir un mundo mejor será recordado por las generaciones futuras.

Démosle una oportunidad justa.


[i] Mensaje dirigido al Congreso de Franklin D. Roosevelt sobre los acuerdos de Bretton Woods (12 de febrero de 1945).

[ii] Documento de análisis del personal técnico del FMI (de próxima publicación, abril 2021): Insolvency Prospects Among Small-and-Medium-Sized Enterprises in Advanced Economies: Assessment and Policy Options .

[iii] Perspectivas de la economía mundial (informe WEO), edición de octubre de 2020, capítulo 3: “La mitigación del cambio climático”.

[iv] Informe: Global Online Payment Methods 2020 and COVID-19’s Impact.

[v] Una encuesta realizada en febrero de 2021 a economistas encargados de países del FMI sugiere que en el 70% de 159 países los bancos centrales o bien están analizando las consecuencias que tendría la emisión de una moneda digital del banco central, o bien están experimentando o haciendo pruebas piloto con ella, o es probable que la emitan en el corto o mediano plazo.

[vi] Documento del Directorio del FMI, marzo de 2021: Macroeconomic Developments and Prospects in Low-Income Countries 2021 .

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Evitar una Gran Divergencia: Una encrucijada en el camino de la economía mundial

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Mientras los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del G-20 se reúnen virtualmente esta semana, el mundo continúa recuperándose de la peor recesión en tiempos de paz desde la Gran Depresión.

El FMI proyectó recientemente un crecimiento del PIB mundial de 5,5% para este año y de 4,2% para 2022. Sin embargo, va a ser una recuperación larga e incierta. La mayor parte del mundo se enfrenta a una lenta distribución de las vacunas mientras se propagan nuevas mutaciones del virus, y las perspectivas de recuperación presentan peligrosas divergencias entre países y regiones.

No cabe duda de que la economía mundial se halla ante una encrucijada. La pregunta es: ¿tomarán las autoridades medidas para evitar esta Gran Divergencia?

Como se señala en nuestra nota para la reunión del G-20, existe un riesgo considerable de que, mientras las economías avanzadas y algunas de mercados emergentes se recuperan a mayor velocidad, la mayoría de los países en desarrollo languidezcan durante años. Esto agravaría no solo la tragedia humana de la pandemia, sino también el sufrimiento económico de los más vulnerables.

Estimamos que, para el final de 2022, el ingreso per cápita acumulado será un 13% inferior a las proyecciones previas a la crisis en las economías avanzadas, frente a 18% en los países de bajo ingreso y 22% en las economías emergentes y en desarrollo, excluida China. Este impacto previsto en el ingreso per cápita incrementará en varios millones el número de personas en situación de pobreza extrema en el mundo en desarrollo.

Por lo tanto, la convergencia entre países ya no puede darse por sentada. Antes de la crisis, pronosticamos una reducción de las brechas de ingreso entre las economías avanzadas y 110 países de economías emergentes y en desarrollo para el período 2020–22. Sin embargo, ahora estimamos que tan solo 52 economías lograrán convergir durante ese período, mientras que otras 58 se quedarán rezagadas.

En parte, esto se debe al acceso desigual a las vacunas. Incluso en el mejor escenario, se espera que la mayoría de las economías en desarrollo no alcancen una cobertura vacunal generalizada hasta finales de 2022 como pronto. Algunas están especialmente expuestas a sectores muy perjudicados por la pandemia, como el turismo y las exportaciones de petróleo, y la mayoría están lastradas por su limitado margen de maniobra presupuestario.

El año pasado, las economías avanzadas desplegaron en promedio un 24% de su PIB en medidas fiscales, frente a tan solo 6% en los mercados emergentes y menos de 2% en los países de bajo ingreso. Las comparaciones entre países también muestran que medidas de apoyo más sustanciales se asociaron en muchos casos con una menor pérdida de empleo.

Además, no se trata solo de divergencias entre países. También observamos una aceleración de la divergencia dentro de los países: los jóvenes, los trabajadores menos cualificados, las mujeres y los trabajadores informales se han visto afectados de manera desproporcionada por la pérdida de puestos de trabajo. Y millones de niños todavía sufren interrupciones en su educación. Permitir que se conviertan en una generación perdida sería un error imperdonable.

Se agravarían igualmente las cicatrices económicas duraderas dejadas por la crisis, lo que complicaría aún más el objetivo de reducir la desigualdad e impulsar el crecimiento y el empleo. Pensemos en los retos que nos esperan: solo para el conjunto de las economías del G-20 (con la exclusión de India y Arabia Saudita por limitaciones de los datos), se proyecta que se pierdan más de 25 millones de puestos de trabajo este año y cerca de 20 millones en 2022, con respecto a las proyecciones previas a la crisis.

Así que una vez más nos hallamos ante una encrucijada, y si queremos revertir esta peligrosa divergencia entre países y dentro de ellos, debemos adoptar ya medidas de política contundentes. Veo tres prioridades:

Primero, redoblar los esfuerzos para acabar con la crisis sanitaria.

Sabemos que la pandemia no habrá terminado en ninguna parte hasta que termine en todas partes. Aunque últimamente se han reducido las nuevas infecciones en todo el mundo, nos preocupa que hagan falta varias rondas de vacunación para mantener la inmunidad frente a las nuevas variantes.

Por eso necesitamos una cooperación internacional mucho más fuerte que permita acelerar la distribución de vacunas en los países más pobres. Disponer de financiamiento adicional para adquirir dosis y cubrir las necesidades logísticas resulta fundamental. También lo es una redistribución oportuna de las vacunas sobrantes de países excedentarios a países deficitarios, así como una significativa ampliación de la capacidad de producción de vacunas para 2022 y años sucesivos. Proporcionar un seguro a los fabricantes de vacunas contra los riesgos de pérdidas por sobreproducción puede ser una opción digna de consideración.

También debemos garantizar un mayor acceso a terapias y pruebas diagnósticas, incluida la secuenciación del virus, y evitar restricciones a la exportación de suministros médicos. Los argumentos económicos a favor de la acción coordinada son abrumadores. Un avance más rápido en la batalla contra la crisis sanitaria podría traducirse en un incremento acumulado del ingreso mundial de 9 billones de dólares en el período 2020–25. Esto reportaría beneficios a todos los países, incluidos unos 4 billones de dólares para las economías avanzadas, lo que supera con creces cualquier medida de los costes relacionados con las vacunas.

Segundo, intensificar la lucha contra la crisis económica.

Con los países del G-20 a la cabeza, el mundo ha adoptado medidas sincronizadas nunca antes vistas, incluidos casi 14 billones de dólares en medidas fiscales. Los gobiernos deben consolidar estas medidas manteniendo el apoyo fiscal —debidamente calibrado y focalizado en función de la fase de la pandemia, el estado de sus economías y su espacio de política.

La clave es ayudar a mantener los medios de vida y, al mismo tiempo, tratar de evitar la quiebra de empresas que en otras circunstancias serían viables. Para eso no solo hacen falta medidas fiscales, sino que también hay que mantener unas condiciones financieras favorables mediante políticas monetarias y financieras acomodaticias que apuntalen el flujo de crédito a hogares y empresas.

La considerable expansión monetaria de los principales bancos centrales también ha posibilitado que varias economías en desarrollo vuelvan a tener acceso a los mercados internacionales de capitales y reciban financiamiento a tasas de interés históricamente bajas para hacer frente a sus gastos, pese a sufrir recesiones históricas. Dada la gravedad de la crisis, no hay ninguna alternativa al mantenimiento del apoyo de la política monetaria. Pero existen preocupaciones legítimas sobre las consecuencias no deseadas de estas medidas, incluidas la excesiva asunción de riesgos y la euforia de los mercados.

Un riesgo para el futuro —especialmente en vista de las recuperaciones divergentes— es la posible volatilidad del mercado en respuesta a cambios de las condiciones financieras. Los principales bancos centrales tendrán que comunicar con mucho cuidado sus planes en materia de política monetaria para evitar una volatilidad excesiva en los mercados financieros, tanto en sus países como en el resto del mundo.

Tercero, reforzar el apoyo a los países vulnerables.

Dado que sus recursos y el margen de maniobra de sus políticas son limitados, muchos países de mercados emergentes y de bajo ingreso podrían enfrentarse en breve a una elección imposible: mantener la estabilidad macroeconómica, hacer frente a la crisis sanitaria o cubrir las necesidades básicas de sus habitantes.

El aumento de su vulnerabilidad no solo afecta a sus propias perspectivas de recuperación de la crisis, sino también a la velocidad y la magnitud de la recuperación a escala mundial, y puede ser una fuerza desestabilizadora en varias zonas ya de por sí frágiles. Los países vulnerables necesitan ayudas sustanciales en el marco de un esfuerzo integral.

El primer paso debe darse en los propios países, cuyos gobiernos han de recaudar más ingresos, incrementar la eficiencia del gasto público y mejorar el contexto empresarial. Al mismo tiempo, las iniciativas internacionales son vitales para seguir incrementando el financiamiento en condiciones concesionarias y movilizar financiamiento privado, incluso mediante instrumentos de distribución del riesgo más sólidos.

Otra opción que se está sopesando es una nueva asignación de DEG para contribuir a satisfacer la necesidad a largo plazo de reservas en todo el mundo. Esta asignación podría suponer una inyección directa y sustancial de liquidez para los países, sin incrementar su endeudamiento. Asimismo, podría aumentar la capacidad de los donantes bilaterales para proporcionar nuevos recursos para ayudas en condiciones concesionarias que permitan financiar gastos en salud, entre otros. Una asignación de DEG ayudó al mundo a afrontar la crisis financiera mundial en 2009, y podría volver a sernos de gran utilidad en la actual tesitura.

Aplicar un enfoque integral también implica afrontar la deuda. La Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda del G-20 (ISSD) liberó con rapidez recursos vitales. El nuevo Marco Común puede ir aún más allá, al facilitar el tratamiento oportuno y ordenado de la deuda para países que cumplen las condiciones de la ISSD, con una amplia participación de acreedores, incluido el sector privado. Estos tratamientos deberían incluir el reperfilamiento del servicio de la deuda para ayudar a países que tienen grandes necesidades de financiamiento, y un alivio más profundo allí donde la carga de la deuda se haya tornado insostenible. Ahora que las primeras solicitudes ya han llegado, todos los acreedores —públicos y privados— deberían poner en funcionamiento rápidamente el Marco Común.

Por su parte, el FMI ha intensificado de forma inusitada sus esfuerzos proporcionando más de 105.000 millones de dólares en nuevo financiamiento a 85 países y alivio del servicio de la deuda para los países miembros más pobres. Nuestro objetivo es llegar aún más lejos para apoyar a nuestros 190 países miembros en 2021 y en lo sucesivo.

Esto incluye respaldar las iniciativas de modernización de la tributación internacional de las empresas. Necesitamos un sistema que sea verdaderamente apropiado para la economía digital y se ajuste más a las necesidades de los países en desarrollo. En este ámbito, serán esenciales esfuerzos multilaterales para contribuir a lograr que empresas sumamente rentables paguen impuestos en los mercados en los que operan y refuercen así las finanzas públicas.

Todas estas medidas de política pueden ayudarnos a atajar la Gran Divergencia. Puesto que disponen de los recursos necesarios, las economías avanzadas continuarán invirtiendo en capital humano, infraestructura digital y la transición a la nueva economía del clima. Es vital que los países más pobres tengan el apoyo que necesitan para poder realizar inversiones similares, especialmente en las medidas de adaptación al cambio climático —generadoras de mucho empleo— que serán imprescindibles a medida que nuestro planeta se caliente.

La alternativa —dejar atrás a los países más pobres— solo afianzaría la desigualdad extrema. Aún peor, constituiría una grave amenaza para la estabilidad socioeconómica en todo el mundo. Y sería una oportunidad histórica perdida.

Podemos inspirarnos en la espectacular cooperación internacional que nos ha permitido disponer de vacunas eficaces en tiempo récord. Ese espíritu es ahora más importante que nunca para superar esta crisis y lograr una recuperación fuerte e inclusiva.

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Alberto Fernández y Kristalina Georgieva dialogaron sobre nuevo programa de financiamiento

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Fernández y la titular del Fondo coincidieron en seguir trabajando en un nuevo acuerdo de financiamiento para el país apoyado por el organismo multilateral y diseñado y conducido por la Argentina.

El presidente Alberto Fernández y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, mantuvieron este jueves un contacto en el que coincidieron en seguir trabajando en un nuevo programa de financiamiento para el país apoyado por el organismo multilateral y diseñado y conducido por la Argentina.

“Durante la conversación se remarcó la importancia de la recuperación económica como condición necesaria para la estabilización, así como la necesidad de poner las cuentas fiscales en orden a una velocidad que sea consistente con el crecimiento para garantizar la estabilidad de mediano plazo”, informó esta tarde el Gobierno en un comunicado.

Del mismo modo, coincidieron en que el programa debe estar basado en supuestos realistas sobre cómo funciona la economía argentina.

Durante el contacto, que se realizó por videoconferencia y desde la residencia de Olivos, el jefe del Estado y la titular del FMI también acordaron en la necesidad de trabajar, desde lo que se espera sea un renovado multilateralismo, por una economía mundial más justa e inclusiva.

Además, el Presidente ratificó que la Argentina avanzará en esa dirección desde su posición en la región y como miembro tanto del G20 como del FMI.

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