Malvinas

A2/AD en el Atlántico Sur: la estrategia militar que Argentina necesita (y no está usando)

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Hay una pregunta que la dirigencia argentina evita hace más de cuarenta años, desde que perdimos la guerra de 1982: ¿Con qué defendemos el mar que decimos que es nuestro?. La respuesta incómoda es que hoy, en términos de barcos, no tenemos con qué. Cuatro destructores diseñados en los años 80; media docena de corbetas que esperan modernización hace una década, y ni un solo submarino en condiciones de navegar: el último, el ARA Santa Cruz, se encuentra desde hace más de una década esperando su reparación en el astillero Tandanor.

Esa foto, lejos de mejorar, acaba de sumar una novedad: A fines de agosto de 2026 la ARA (Armada argentina) anunció el retiro definitivo de los cinco Super Étendard, los aviones más modernos con los que contaba la aviación naval, sin que exista todavía un reemplazo a la vista.

Frente a ese diagnóstico existen dos salidas: resignarse, o soñar con una flota que nunca vamos a poder pagar. Este artículo propone una tercera vía, que ya está probada en otras partes del mundo por países que tampoco pueden competir barco por barco con las grandes potencias.: No hace falta tener la marina más grande para defender el mar propio. Hace falta volverlo caro de invadir.

El error de pensar la defensa como espejo del enemigo

Desde Malvinas, buena parte de la conversación sobre defensa argentina quedó atada a una idea: recuperar soberanía plena sobre el Atlántico Sur significa reconstruir una flota que pueda pelear de igual a igual contra la Royal Navy británica. Es una idea noble, y también una trampa. Ningún presupuesto argentino previsible –y menos todavía en tiempos de ajuste, cuando hasta la compra de helicópteros navales quedó cancelada por falta de fondos– alcanza para igualar a una potencia que gasta en defensa lo que Argentina gasta en varios rubros del Estado juntos.

En el Golfo Pérsico, Irán –una potencia media, con un presupuesto de defensa muy inferior al de Estados Unidos– logró durante décadas que la marina más poderosa del planeta piense dos veces antes de operar libremente en sus aguas. No lo consiguió con acorazados ni con portaaviones. Lo consiguió con una combinación barata y descentralizada: cientos de lanchas rápidas armadas, dispersas y fáciles de reemplazar; minas navales; misiles antibuque lanzados desde tierra; y drones. Nada de eso, por separado, vence a una potencia naval. Pero Jjuntos, la obligan a operar con miedo, gastando fortunas en defenderse de un enemigo que no arriesga casi nada material cuando ataca.

Este mismo año ese sistema fue puesto a prueba en un enfrentamiento directo contra Estados Unidos e Israel, y –más allá de la valoración política que cada uno tenga sobre el régimen iraní– la lección estratégica quedó demostrada: se puede sostener una postura disuasoria seria sin tener una flota comparable a la del adversario.

Lanchas patrulleras rápidas de la IRGC

La palabra técnica para esto es doctrina de “anti acceso y denegación de área” (A2/AD, por su sigla en inglés). Suena complicado, pero la idea es simple, casi de sentido común: En vez de intentar ganar una guerra naval convencional, que ya sabemos que no podemos ganar, se trata de hacer que el enemigo ni siquiera quiera empezarla.

Lo que Argentina sí tiene, y no estamos usando

Lo interesante es que el principio iraní no es exclusivo de Irán ni del Golfo Pérsico. Funciona en cualquier lugar donde la geografía impone un cuello de botella. Un paso angosto por donde cualquier fuerza extranjera tiene que pasar sí o sí para llegar a destino. Y acá está lo que muchas veces se pasa por alto: Argentina tiene los suyos.

El Estrecho de Magallanes es el paso obligado entre el océano Atlántico y el Pacífico en el extremo sur del continente. El Mar de Hoces, mejor pero mal conocido como Pasaje de Drake, entre Tierra del Fuego y la Antártida, es la vía natural de aproximación hacia el continente blanco donde Argentina mantiene un reclamo de soberanía vigente y una presencia ininterrumpida desde hace más de un siglo. Ninguno de los dos tiene la importancia comercial global del Golfo Pérsico –por ahí no pasa el petróleo del mundo– pero ambos concentran el paso hacia y desde una región donde tenemos intereses soberanos concretos: Malvinas, Georgias, Sandwich del Sur y el sector antártico argentino.

Esa geografía, hoy está prácticamente desguarnecida. Y es, paradójicamente, uno de nuestros mayores activos estratégicos sin explotar.

La actualidad se encarga de recordarlo todas las semanas. El 24 de agosto de este 2026, hace apenas unos días, el petrolero VS Promise de bandera británica, amarró en el puerto de Ushuaia después de cargar crudo en una monoboya de la terminal de Río Cullen, en el norte de Tierra del Fuego. El episodio disparó un cruce político entre el gobierno provincial y la administración nacional, que interviene el puerto de Ushuaia desde enero. Pero lo más revelador no fue esa pelea, sino la contradicción de fondo: la misma provincia que después salió a denunciar el amarre como una afrenta a la soberanía había autorizado, a través de su propia Secretaría de Hidrocarburos y Energía, que ese buque británico cargara petróleo en la monoboya de Río Cullen, bajo jurisdicción provincial. Primero se habilita el negocio; después, cuando el barco toca puerto y hay cámaras, aparece el discurso soberano. Ese doble estándar es tan parte del problema como la falta de barcos. Mientras no haya una política sostenida y coherente, ni siquiera dentro de una misma provincia, cualquier reclamo de soberanía corre el riesgo de quedar en pose. Aclaro, este doble estándar no es nuevo ni exclusivo de la gobernación de Tierra del Fuego AIAS. La dirigencia política argentina hace décadas que tolera al Reino Unido cuando le conviene y se indigna sólo cuando es presionada a hacerlo.

Construir de a poco, sin repetir el error de siempre

El error más frecuente en la Argentina cuando se habla de rearme es discutir qué comprar —(el submarino, el misil, el avión de moda)— antes de discutir en qué orden y con qué continuidad se construye una capacidad real. La historia ya nos dio esa lección y la pagamos cara: en los años 70 y 80, Argentina desarrolló el programa de submarinos más ambicioso de Sudamérica, el TR-1700. Desarrollado a fines de la década de 1970 mediante un acuerdo con la empresa alemana Thyssen Nordseewerke, el plan original contemplaba la construcción de seis submarinos de ataque convencionales —dos en Alemania y cuatro bajo licencia en el astillero Domecq García, en Argentina—, con el objetivo no solo de dotar a la Armada de una capacidad submarina de última generación, sino de sentar las bases de una industria naval nacional capaz de diseñar y fabricar tecnología militar compleja de manera autónoma. Cuarenta años después, no queda ni una sola unidad operativa. Y no fue un fracaso de ingeniería, sino por el contrario, una desidia de la clase política que no pudo sostener la decisión en el tiempo, gobierno tras gobierno.

Con esa lección en mente, la reconstrucción debería pensarse en tres etapas, de la más urgente y barata a la más cara y lenta.

Primero ver. Sin capacidad de detección (radares en la costa, aviones de patrulla, satélites propios o compartidos con aliados) no hay nada que defender, porque no se sabe qué está pasando en el mar. Es la inversión más accesible y la que más avanzada se encuentra. En agosto de 2026 la Armada lanzó el “Plan Dédalo”, un programa de reestructuración de la Aviación Naval a cinco años que contempla, entre otras cosas, la llegada de los dos aviones P-3 Orión que todavía faltan –previstos entre octubre de 2026 y junio de 2027– para completar una flota de cuatro, dedicados justamente a patrullar el mar. Es un paso, todavía insuficiente, en la dirección correcta.

P3 ORION LLEGANDO A ARG

Segundo, estar presentes sin gastar de más. Acá es donde el ejemplo iraní enseña más: en vez de apostar todo a pocos buques carísimos –que si se pierden son un golpe militar y político devastador– conviene pensar en unidades más numerosas, más baratas y más fáciles de reponer. Los cuatro patrulleros oceánicos que ya se incorporaron a la Armada son un antecedente en esa línea, aunque hoy estén pensados más para vigilar la pesca ilegal que para disuadir a una fuerza militar. Astilleros Río Santiago y Tandanor, con presupuesto y preparación adecuada, estarían en condiciones, por antecedentes e infraestructura, de construir este tipo de patrulleros. 

Tercero, tener con qué decir que no. Misiles antibuque, que podrían ser de fabricación nacional ya que en algún momento la Argentina supo tener una industria de defensa capaz de lograrlo, y en el horizonte más lejano, una fuerza submarina propia. Esta es la etapa más cara y la más difícil de sostener en el tiempo, pero también la que puede cambiar la ecuación de poder en la región.

Acá conviene ser honesto con lo que pasó esta misma semana. El mismo Plan Dédalo que trae los P-3 Orión también confirma la baja definitiva de los cinco Super Étendard Modernisé que Argentina le compró a Francia en 2018: aviones que nunca llegaron a volar en la Argentina, porque el Reino Unido bloqueó por años la venta de los cartuchos para sus asientos eyectables. Siete años después de esa compra, y sin haber resuelto nunca el problema, la Armada los da de baja sin que exista un reemplazo equivalente.

Una doctrina de disuasión barata no depende de aviones de combate carísimos, sino de misiles, drones y minas navales, mucho más baratos y más difíciles de eliminar de un solo golpe. El problema no es que se retiren los Super Étendard. El problema es, otra vez, la falta de continuidad: se gastaron años y millones en un avión que terminó varado por un veto ajeno, sin que nadie asumiera el costo político de reconocer el fracaso a tiempo ni de definir con qué se lo reemplaza en esa función disuasoria. Sin eso, lo que hoy se presenta como una modernización puede terminar siendo, simplemente, otra capacidad perdida.

El verdadero enemigo no está en el mar

Hay que decirlo sin vueltas: lo que más amenaza esta estrategia no es la falta de plata ni la falta de tecnología disponible en el mundo para comprar. Es la falta de consensos políticos que perduren en el tiempo. Ningún plan de defensa, por bueno que sea en el papel, sobrevive a un país donde cada gobierno nuevo cancela lo que empezó el anterior, como acaba de pasar con la compra de helicópteros navales, frenada por un recorte presupuestario.

El propio Plan Dédalo es un buen ejemplo de las dos caras de esta moneda. Por un lado, plantea una reorganización territorial: a partir de 2027, la histórica Base Aeronaval Punta Indio —cuna de la Aviación Naval argentina desde 1916— pasará a llamarse simplemente “Estación Aeronaval”, con el taller central concentrado en la Base Espora, en Bahía Blanca. Cerca de trescientos puestos de trabajo, entre civiles y militares, quedaron en la incertidumbre sin mencionar el enorme perjuicio evidente para el pueblo de Punta Indio. Por otro lado, es también una muestra de que hay planificación a mediano plazo, algo poco frecuente en la defensa argentina de las últimas décadas.

La etapa de “ver” –radares, aviones, satélites– es la que más avanza justamente porque es la que menos depende de sostener una misma decisión durante quince o veinte años seguidos, que es lo que necesita un programa de submarinos o de misiles para llegar a buen puerto.

Ahí está, quizás, el primer paso realista: no esperar el gran anuncio de rearme naval, sino consolidar ya, con lo que hay, la capacidad de saber qué pasa en nuestro propio mar. Y sobre esa base, si en algún momento como país nos ponemos de acuerdo en sostener una política de Estado más allá de un mandato presidencial, recién ahí avanzar hacia una capacidad de decir que no, con hechos, a cualquiera que quiera pasar por el Atlántico Sur como si fuera tierra de nadie.

Ni ingenuidad ni resignación

Ningún ejemplo extranjero se traslada perfecto. El Golfo Pérsico no es el Atlántico Sur. Por ahí pasa una porción enorme del petróleo del mundo, lo que obliga a cualquier potencia a pensarlo dos veces antes de escalar un conflicto; nuestra región austral no tiene, hoy, ese mismo peso en la mirada del mundo, pero va camino a tenerlo. Y esta estrategia tampoco alcanza sola: no sirve de nada disuadir una invasión hipotética si al mismo tiempo no sostenemos presencia real, todos los días, en los espacios que reclamamos como propios, como recuerda, otra vez, la discusión por un petrolero británico amarrado a metros del memorial a los caídos de Malvinas en Ushuaia.

Pero ninguna de esas objeciones cambia lo esencial. La ARA no necesita ser la Royal Navy. Argentina necesita ser el país al que nadie quiere atacar porque sabe que va a sangrar. Esa estrategia no cuesta lo que cuesta un portaaviones. Cuesta lo que cuesta decidir. Y en eso, todavía estamos a tiempo.

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De Thatcher a Malvinas, con escala en las encuestas

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Hay algo conmovedor en la política argentina: cuando una bandera queda vacante, tarde o temprano aparece un político dispuesto a levantarla.
A veces porque cree en ella.
Y a veces porque justo pasaba por ahí.
Javier Milei acaba de descubrir que las Malvinas son argentinas.
No es que no lo supiera. Obviamente lo sabía. El asunto es que durante bastante tiempo pareció tener otros intereses patrióticos.
Por ejemplo, Margaret Thatcher.
La misma Margaret Thatcher que gobernaba Gran Bretaña cuando los argentinos fueron a la guerra de Malvinas. La misma Thatcher a la que Milei admiró públicamente, con una devoción que llegó a incluirla entre sus grandes referencias históricas. Y a la que todavía defendía en 2024, explicando que una cosa era la guerra y otra reconocer que quienes estaban enfrente “hacían bien su trabajo”.
Digamos que es una manera bastante original de homenajear a los nuestros.
Es como decir:
—¿Viste al tipo que le ganó a tu equipo con un gol nulo?
—Sí.
—Bueno, lo admiro profundamente porque ganó muy bien.
Pero Milei fue todavía más lejos.
Cuando David Cameron viajó a las Malvinas en 2024, el Presidente dijo que no lo consideraba una provocación porque las islas estaban en manos británicas y Cameron tenía derecho a visitarlas. Una posición bastante particular para un Presidente argentino.
Pero no hay problema. Porque después llegó 2025. Y ahí Milei encontró una solución extraordinaria para el conflicto: convertir a la Argentina en una potencia tan irresistible que los malvinenses algún día decidieran “votarnos con los pies”.
Es decir: primero los ingleses ocupan las islas.
Después nosotros hacemos crecer la economía.
Y finalmente los kelpers dicen:
—Che, muchachos, nos convencieron. ¿Dónde hay que firmar?
Una estrategia diplomática novedosa. Se llama “capitalismo mágico”.
Hasta que ocurrió algo inesperado. La sociedad argentina. Porque mientras el Gobierno explicaba que las Malvinas no eran precisamente una prioridad, la gente parecía tener otra opinión.
Una encuesta de CEOP Latam encontró que el 66,2% de los argentinos consideraba que a Milei le importaba poco o nada la cuestión Malvinas. Dos de cada tres. Una cifra interesante.
Sobre todo porque las Malvinas tienen una característica curiosa: son uno de los pocos temas en los que los argentinos no necesitan que ningún consultor les explique qué tienen que sentir. Las sienten.
Después vino el Mundial. Argentina jugó contra Inglaterra. Los jugadores desplegaron una bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”.
Y ahí apareció el pequeño inconveniente para el Gobierno. El país se acordó de que era el país. La bandera se convirtió en un fenómeno.
La encuesta de CEOP encontró que casi el 84% respaldaba el gesto de los jugadores. Y otro relevamiento mostró que más del 65% consideraba que el Gobierno debería haber defendido el derecho de la Selección a exhibir esa bandera.
Entonces ocurrió el milagro político. Donald Trump dijo que estaba revisando la posición estadounidense sobre Malvinas. Y Milei, que venía llegando tarde a la fiesta patriótica, apareció corriendo con una servilleta en la mano:
—¡Esperen! ¡Yo también estaba invitado!
Y ayer llegó la cadena nacional. Para el Javo, las Malvinas son argentinas!!! La ocupación británica es colonial.
La autodeterminación de los isleños ya no corre. Habrá sanciones. Habrá defensa. Habrá una base naval (capaz que en conjunto con los Yankees). Habrá Consejo de Seguridad Nacional. Habrá soberanía. Habrá patria. Habrá de todo. Sólo faltó Thatcher. Aunque técnicamente estaba ocupada.
Y acá aparece el detalle divertido.
El Presidente descubrió la bandera justamente cuando las encuestas le estaban diciendo que buena parte de la sociedad no lo veía como un presidente particularmente patriota. CEOP midió que el 66% de los argentinos no lo considera patriota.
Zuban-Córdoba encontró que el 65,7% cree que las políticas del Gobierno no representan los valores de soberanía nacional ni la defensa de la patria.
Entonces uno empieza a sospechar que quizás el problema no era que Milei no conociera las Malvinas. Quizás el problema era que las Malvinas todavía no conocían a Milei.
Ahora se conocieron. Y parece que tuvieron una discusión.
Porque hay algo que resulta difícil de explicar.
No se puede pasar de admirar a Thatcher a reivindicar Malvinas como si entre una cosa y la otra no hubiera ocurrido nada.
No se puede decir que Cameron tiene derecho a visitar las islas porque “están en manos del Reino Unido” y después presentarse como el gran custodio de la soberanía argentina.
No se puede decir que los isleños algún día podrían elegir ser argentinos con los pies y, un año después, explicar que no tienen derecho a la autodeterminación.
Bueno… En Argentina sí se puede. De hecho, es una especialidad nacional. Se llama política algorítmica.
Y tiene una ventaja maravillosa: Uno puede cambiar de posición sin cambiar de discurso. Sólo tiene que cambiar el contexto.
Porque antes las Malvinas eran una cuestión diplomática. Después fueron una cuestión económica. Después una cuestión de autodeterminación. Después una cuestión de fútbol. Después apareció Trump. Y finalmente volvieron a ser argentinas.
Siempre fueron argentinas.
El problema es que algunas veces parecen más argentinas que otras.
Y ahora, casualmente, parecen argentinas a tiempo completo.
Justo cuando el Gobierno necesita una bandera. Justo cuando las encuestas hablan de patriotismo. Justo cuando la economía dejó de ser suficiente para ordenar el relato. Justo cuando la Selección volvió a poner Malvinas en el centro de la escena. Justo cuando Trump abrió una puerta que nadie sabe todavía si realmente conduce a algún lado.
Entonces uno podría pensar que estamos frente a un nuevo capítulo de la política argentina. La patria vuelve. La soberanía vuelve. Las Malvinas vuelven.
Y Margaret Thatcher… Bueno. Margaret Thatcher queda esperando en la puerta. Porque parece que esta vez no consiguió entrada. Aunque no se preocupen. Si la encuesta cambia, capaz la hacen pasar. En Argentina nunca se sabe.
La patria es eterna.
Las posiciones políticas, aparentemente, no tanto.

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Kast ratificó ante Milei “los legítimos derechos de soberanía de la Argentina sobre las Islas Malvinas”

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El presidente chileno José Antonio Kast reiteró este jueves durante su reunión con Javier Milei “el respaldo del Gobierno de Chile a los legítimos derechos de soberanía de la República Argentina sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes”.

En ese sentido, según indicó un comunicado de la Oficina del Presidente luego de la reunión bilateral llevada adelante en Santiago de Chile, el mandatario trasandino “ratificó la necesidad de que los Gobiernos de la República Argentina y del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte reanuden las negociaciones a fin de encontrar, a la mayor brevedad posible, una solución pacífica y definitiva a la disputa de soberanía de conformidad con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas y otros foros regionales y multilaterales”. 

Por su parte, Milei agradeció a Kast “en nombre del Gobierno argentino por el tradicional apoyo del Gobierno de Chile en la Cuestión de las Islas Malvinas” y expresó que “se valorarán los esfuerzos del Gobierno chileno a fin de evitar la consolidación de actividades logísticas ilegales unilaterales en la zona disputada, en materia de exploración y explotación de recursos hidrocarburíferos y pesqueros, que son contrarias a las resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas”.

El Gobierno argentino valoró “el excelente estado de la relación bilateral y el alto nivel de coincidencias existente entre ambos Gobiernos” y reafirmaron que “el vínculo entre la Argentina y Chile constituye un espacio prioritario de coordinación en América del Sur”.

Entre otros ejes que marcaron la agenda de temas de conversación, los mandatarios valoraron la aprobación de nuevos Protocolos Adicionales Específicos en el marco del Tratado de Integración y Complementación Minera, un instrumento “único en su tipo en el mundo, que permitirán el desarrollo de proyectos binacionales de gran escala a ambos lados de la cordillera y la atracción de inversiones de largo plazo”. 

Los presidentes subrayaron “la complementariedad existente en materia energética y el carácter de la República Argentina como proveedor estable y confiable de gas y petróleo para Chile”.

Otro tema de conversación fue el vinculado al combate a la delincuencia organizada transnacional, el narcotráfico y el terrorismo, y en esa línea acordaron profundizar la cooperación bilateral.

En ese marco, Kast valoró “el compromiso asumido por la República Argentina destinado a materializar a la brevedad posible la detención y extradición de Galvarino Apablaza, prófugo acusado del asesinato del senador Jaime Guzmán”.

Otro punto de conicidencia fue en materia antártica y de límites geográficos. incluyendo “el reconocimiento mutuo de los respectivos derechos y la coadministración de zonas especialmente protegidas”

“Ambos Presidentes coincidieron en que el régimen jurídico del Estrecho de Magallanes es el establecido por el Tratado de Límites de 1881 y por el Tratado de Paz y Amistad de 1984, instrumentos que se encuentran plenamente vigentes y revisten carácter definitivo para ambos Estados, y que establecen la soberanía de la República de Chile sobre la totalidad del estrecho”, resaltó la Oficina del Presidente en el comunicado.

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Malvinas: Milei prepara una ley contra empresas que operen sin aval argentino

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Javier Milei prepara un nuevo movimiento sobre la cuestión Malvinas y podría anunciar este jueves el envío al Congreso de un proyecto de ley para sancionar a empresas que desarrollen actividades económicas en el archipiélago sin autorización de la Argentina. La iniciativa, según fuentes cercanas al Gobierno citadas por la Agencia Noticias Argentinas, estaría vinculada con el avance del proyecto petrolero offshore Sea Lion, impulsado por la británica Rockhopper Exploration y la israelí Navitas Petroleum.

El anuncio está previsto para las 21, durante una cadena nacional que el Presidente dedicará a la cuestión de la soberanía. El Gobierno mantiene un fuerte hermetismo sobre el contenido definitivo del mensaje, pero en las últimas horas tomó fuerza la versión de que Milei presentará medidas destinadas a limitar la participación de empresas argentinas en actividades vinculadas con la explotación de recursos naturales en las islas y sus aguas circundantes.

El proyecto Sea Lion es el principal trasfondo económico de la discusión. El desarrollo de hidrocarburos offshore en aguas próximas a las Malvinas vuelve a colocar en primer plano una cuestión que combina soberanía, recursos estratégicos, actividad empresaria y relaciones internacionales. Para la Argentina, cualquier explotación unilateral de recursos en el área en disputa se desarrolla sin su autorización y constituye un punto de conflicto con el Reino Unido.

De acuerdo con la información difundida, la iniciativa oficial contemplaría sanciones para empresas argentinas que presten servicios o apoyo logístico a compañías que desarrollen actividades en las islas sin autorización del Estado argentino. El alcance concreto de las penalidades y el mecanismo de aplicación dependerán, sin embargo, del texto que finalmente llegue al Congreso.

La eventual medida se inscribe en una política que ya tuvo antecedentes. La Argentina cuenta desde 2011 con legislación destinada a establecer restricciones y sanciones sobre actividades hidrocarburíferas no autorizadas en la plataforma continental argentina. Por eso, uno de los puntos que deberá observarse es si el nuevo proyecto modifica sustancialmente ese marco o busca reforzarlo y actualizarlo frente al avance de nuevos proyectos offshore.

La decisión de Milei llega después de una declaración de Donald Trump que generó expectativa en Buenos Aires. Consultado sobre la posibilidad de revisar la posición estadounidense respecto de Malvinas, el presidente de Estados Unidos respondió que “siempre reviso todas las posiciones” y que la cuestión de las islas es “apenas una entre muchas”.

La frase tuvo impacto político porque Estados Unidos históricamente mantuvo una posición favorable a la continuidad de las negociaciones sobre la disputa de soberanía, pero sin reconocer la soberanía argentina sobre las islas. El comentario de Trump fue interpretado por el Gobierno como una señal que podía abrir un margen diplomático, aunque especialistas advierten que su alcance concreto todavía es limitado.

Alejandro Corbacho, director del Observatorio de Seguridad y Defensa de la UCEMA, consideró que la declaración de Trump debe interpretarse con cautela. Según su análisis, puede responder a otros intereses estratégicos de Washington y no implica, por sí misma, un cambio de posición estadounidense sobre la soberanía de Malvinas.

El punto es relevante porque una eventual modificación de la postura norteamericana tendría consecuencias diplomáticas importantes, mientras que una revisión discursiva o circunstancial no necesariamente modificaría el equilibrio internacional sobre el archipiélago. En ese sentido, el verdadero alcance de la señal de Trump dependerá de si Washington transforma esa declaración en una posición sostenida y formal.

El escenario internacional agrega además un componente geopolítico que excede al conflicto bilateral entre Argentina y Reino Unido. El Atlántico Sur, el acceso a la Antártida y las rutas marítimas convierten al área en un espacio de interés estratégico para Estados Unidos y otras potencias. El desarrollo de recursos energéticos offshore suma una dimensión económica a esa disputa.

Para la Argentina, ese escenario plantea una dificultad doble. Por un lado, busca sostener el reclamo de soberanía por la vía diplomática y evitar cualquier escalada que contradiga esa estrategia. Por otro, procura impedir que la explotación de recursos naturales en el área en disputa avance sin consecuencias para las empresas que participen directa o indirectamente.

En ese marco, el eventual proyecto de Milei busca trasladar la disputa de soberanía también al terreno económico. La amenaza de sanciones a empresas argentinas que colaboren con actividades no autorizadas apunta a cerrar canales de servicios, logística y asistencia que podrían facilitar proyectos hidrocarburíferos en las islas.

El impacto dependerá de cómo quede redactada la norma. Si el Congreso avanza con un régimen más estricto, las empresas argentinas que trabajen con compañías involucradas en proyectos vinculados con Malvinas deberán evaluar nuevos riesgos regulatorios, comerciales y jurídicos. También podría aumentar la presión sobre proveedores de servicios vinculados con la industria energética y logística.

La cuestión política tampoco es menor. Milei definió Malvinas como “la causa más importante y sagrada” de los argentinos y busca presentar su iniciativa como parte de una estrategia de reivindicación de la soberanía por medios diplomáticos. El Gobierno pretende, además, capitalizar el giro de atención generado por las declaraciones de Trump.

Pero existe una tensión que acompaña al Presidente desde antes de su llegada a la Casa Rosada: su conocida admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la Guerra de Malvinas. Durante la campaña presidencial, Milei la calificó como una de las grandes líderes de la humanidad y posteriormente defendió públicamente su valoración de la política conservadora británica.

La contradicción reapareció en las últimas horas porque una imagen de Thatcher en el escritorio presidencial volvió a circular mientras crece la expectativa por la cadena nacional. El Gobierno deberá administrar esa dimensión simbólica al mismo tiempo que intenta darle contenido concreto a su política sobre las islas.

El verdadero desafío será transformar una oportunidad diplomática circunstancial en una estrategia sostenida. Las declaraciones de Trump pueden abrir una conversación, pero no modifican por sí solas la situación jurídica ni la relación de fuerzas sobre la soberanía. Del mismo modo, una nueva ley de sanciones puede aumentar los costos para quienes participen en actividades no autorizadas, pero tampoco reemplaza la negociación diplomática.

La cuestión Malvinas vuelve así a cruzar tres agendas que hasta ahora avanzaron por carriles diferentes: soberanía, geopolítica y recursos naturales. El desarrollo de Sea Lion agrega una urgencia económica a una disputa histórica, mientras que el nuevo escenario internacional obliga a la Argentina a definir cuánto puede convertir en política de Estado una oportunidad que, por ahora, sigue siendo principalmente una señal política.

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Milei confirmó cadena nacional el jueves sobre Malvinas

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El Presidente, Javier Milei confirmó que el día jueves a las 21 horas hará una nueva cadena nacional, esta vez con información sobre el tema Malvinas. El anunció se formalizó luego de que el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump dijera que “podría rever el apoyo” a Reino Unido sobre la causa de la soberanía de las islas.

El presidente Javier Milei encabezó este martes una nueva reunión de Gabinete en Casa Rosada, donde se resolvió que el próximo jueves a las 21 brindará un mensaje en cadena nacional para contar detalles de los “avances diplomáticos” en relación a la cuestión Malvinas.

El Gobierno mantiene un fuerte hermetismo sobre el contenido del mensaje que Javier Milei dará el jueves por cadena nacional relacionado a “avances” en la cuestión de las Islas Malvinas.

En su conferencia este mediodía, el vocero presidencial, Adrián Ravier, confirmó que la declaración presidencial se emitirá a las 21:00 de este 03/09 y que su contenido “está siendo trabajado” por Milei, el canciller Pablo Quirno, y la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE).

Ravier se excusó en todo momento de dar mayores precisiones a pesar de la insistencia de los periodistas acreditados.

“No puedo decir mucho más, no tengo información sobre el contenido, sé que se está trabajando en este momento”, dijo el vocero durante la conferencia de prensa que tuvo lugar por la tarde de este martes, demorada por la reunión de gabinete encabezada por el Presidente por la mañana. “Las Malvinas son argentinas y es un prioridad para el Presidente”, dijo Ravier.

Tras abordar el artículo que redactó el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, en el que realizó una comparativa entre los hitos de la gestión y la tarea periodística, el equipo conversó en torno a la causa de Malvinas. 

El encargado fue el ministro de Relaciones Exteriores, Pablo Quirno, quien expuso sobre la materia a raíz de la promesa del republicano Donald Trump, que advirtió que “revisaría” su postura sobre el tema. “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es apenas una entre muchas”, precisó en declaraciones en el Despacho Oval ante la posibilidad de retirar el apoyo estadounidense a la soberanía británica sobre las Malvinas.

Tras calificarlo como “algo muy fuerte”, el libertario contó que lo trasladaría a su equipo y resolvió encabezar una comunicación hacia finales de semana.

Luego de la reunión de Gabiente, el vocero presidencial Alejandro Ravier detalló que el mensaje por cadena ancional de Milei sobre Malvinas será a las 21.

En otro pasaje del encuentro, el libertario analizó la evolución de los indicadores del mercado laboral, la tasa de inflación y lo que detecta como “el proceso de crecimiento” de la economía.

Por su parte, cada titular de las distintas carteras realizó además una breve descripción del estado de situación, a excepción de Sandra Pettovello (Capital Humano) y Luis Caputo (Economía), ambos ausentes. El ministro de Economía se encuentra en Carolina del Norte, Estados Unidos, con motivo de la reunión del G20 de Finanzas.

Dieron asistencia el jefe de Gabinete, Diego Santilli, y los ministros Federico Sturzenegger (Desregulación y Transformación)Mario Lugones (Salud)Carlos Presti (Defensa)Alejandra Monteoliva (Seguridad)Juan Bautista Mahiques (Justicia) y Pablo Quirno (Relaciones Exteriores)

También los secretarios Karina Milei (General de la Presidencia)Fabián Fernández (Comunicación y Prensa) María Ibarzabal Murphy (Legal y Técnica). Completaron la nómina el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem; la senadora nacional Patricia Bullrich; el vocero presidencial, Adrián Ravier, y el asesor Santiago Caputo

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