New York Times

Trump expone una visión del poder limitada solo por ‘mi propia moralidad’

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Por David E. SangerTyler PagerKatie Rogers y Zolan Kanno-Youngs, New York Times. El presidente Donald Trump declaró el miércoles por la noche que su poder como comandante en jefe está limitado solo por su “propia moralidad”, dejando de lado el derecho internacional y otros controles sobre su capacidad para utilizar el poder militar para atacar, invadir o coaccionar a naciones de todo el mundo.

Cuando se le preguntó en una amplia entrevista con The New York Times si había algún límite a sus poderes globales, Trump dijo: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”.

“No necesito el derecho internacional”, añadió. “No busco hacer daño a la gente”.

Cuando se le preguntó si su gobierno tenía que respetar el derecho internacional, Trump dijo: “Lo hago”. Pero dejó claro que él sería el árbitro cuando tales limitaciones se aplicaran a Estados Unidos.

“Depende de cuál sea tu definición de derecho internacional”, dijo.

La valoración que hizo Trump de su propia libertad para utilizar cualquier instrumento de poder militar, económico o político para cimentar la supremacía estadounidense fue el reconocimiento más contundente hasta la fecha de su visión del mundo. En su núcleo está el concepto de que la fuerza nacional, más que las leyes, los tratados y las convenciones, debe ser el factor decisivo en la colisión de poderes.

Reconoció algunas limitaciones en su país, aunque ha seguido una estrategia maximalista de castigar a las instituciones que le desagradan, imponer represalias a los oponentes políticos y desplegar la Guardia Nacional en las ciudades a pesar de las objeciones de los funcionarios estatales y locales.

Dejó claro que utiliza su reputación de imprevisible y su disposición a recurrir rápidamente a la acción militar, a menudo al servicio de la coacción a otras naciones. Durante su entrevista con el Times, atendió una larga llamada del presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien estaba claramente preocupado tras las repetidas amenazas de que Trump estaba pensando en un ataque contra el país, similar al de Venezuela.

“Pues estamos en peligro”, dijo Petro en una entrevista con el Times justo antes de la llamada. “Porque la amenaza es real. El juego lo hizo Trump”.

La llamada entre los dos líderes, cuyo contenido era extraoficial, fue un ejemplo de diplomacia coercitiva en acción. Y se produjo pocas horas después de que Trump y el secretario de Estado Marco Rubio hubieran retirado a Estados Unidos de decenas de organizaciones internacionales destinadas a fomentar la cooperación multinacional.

En su conversación con el Times, Trump sonaba más envalentonado que nunca. Citó el éxito de su ataque contra el programa nuclear iraní —tiene sobre su escritorio una maqueta de los bombarderos B-2 utilizados en la misión—, la rapidez con la que decapitó al gobierno venezolano el pasado fin de semana y sus designios sobre Groenlandia, controlada por Dinamarca, aliada de la OTAN.

Cuando se le preguntó cuál era su mayor prioridad, obtener Groenlandia o preservar la OTAN, Trump declinó responder directamente, pero reconoció que “podría ser una elección”. Dejó claro que la alianza transatlántica era esencialmente inútil sin Estados Unidos en su núcleo.

Incluso al caracterizar las normas del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial como cargas innecesarias para una superpotencia, Trump desestimó la idea de que el dirigente de China, Xi Jinping, o el presidente de Rusia, Vladimir Putin, pudieran utilizar una lógica similar en detrimento de Estados Unidos. Tema tras tema, dejó claro que, en su opinión, el poder de Estados Unidos es el factor determinante, y que los presidentes anteriores han sido demasiado cautelosos para hacer uso de él en aras de la supremacía política o la ganancia nacional.

La insistencia del presidente en que Groenlandia debe pasar a formar parte de Estados Unidos fue un excelente ejemplo de su visión del mundo. No bastaba con ejercer el derecho estadounidense, en virtud de un tratado de 1951, a reabrir las bases militares cerradas desde hace tiempo en la enorme masa de tierra, que es una encrucijada de importancia estratégica para las operaciones navales estadounidenses, europeas, chinas y rusas.

“La propiedad es muy importante”, dijo Trump mientras hablaba, con mirada de magnate inmobiliario, de la masa continental de Groenlandia, tres veces mayor que Texas, pero con una población de menos de 60.000 habitantes. Pareció descartar el valor de tener Groenlandia bajo el control de un estrecho aliado de la OTAN.

Cuando le preguntaron por qué necesitaba poseer el territorio, dijo: “Porque eso es lo que considero psicológicamente necesario para el éxito. Creo que poseer un territorio te da algo que no puedes conseguir con un arrendamiento o un tratado. La propiedad te da cosas y elementos que no puedes conseguir con la simple firma de un documento”.

La conversación dejó claro que, en opinión de Trump, la soberanía y las fronteras nacionales son menos importantes que el papel singular que Estados Unidos desempeña como protector de Occidente.

Sostuvo que solo él —y no dos predecesores a los que despreció, Joseph R. Biden Jr. y Barack Obama— había demostrado ser capaz de persuadir a las naciones de la OTAN para que gastaran el 5 por ciento del producto interno bruto en defensa. (Aproximadamente el 1,5 por ciento de ese porcentaje se destina en realidad a infraestructuras nacionales —desde redes eléctricas hasta ciberseguridad— que pueden servir de apoyo a la defensa. El objetivo no entra en vigor hasta 2035, seis años después de que Trump deje el cargo).

“Quiero que se pongan en forma”, dijo. “Creo que siempre nos llevaremos bien con Europa, pero quiero que se pongan en forma. Yo soy el que consiguió que gastaran más en la, ya sabes, más PIB en la OTAN. Pero si te fijas en la OTAN, puedo decirte que Rusia no se preocupa en absoluto por ningún otro país que no seamos nosotros”.

El presidente añadió: “He sido muy leal a Europa. He hecho un buen trabajo. Si no fuera por mí, Rusia tendría ahora mismo toda Ucrania”.

Parecía no preocuparle que el último gran acuerdo de control de armas nucleares con Rusia fuera a expirar dentro de cuatro semanas, dejando a las dos mayores potencias nucleares del mundo en libertad de ampliar sus arsenales sin límites, por primera vez en medio siglo.

“Si expira, expira”, dijo. “Simplemente haremos un acuerdo mejor”, añadió, insistiendo en que China, que posee el arsenal de crecimiento más rápido del mundo, debería incorporarse a cualquier acuerdo futuro.

“Probablemente, también querrás que participen un par de actores más”, dijo Trump.

El presidente parecía igualmente optimista sobre si su decisión de enviar fuerzas de Operaciones Especiales a Caracas para extraer a Nicolás Maduro de Venezuela sería aprovechada por China o Rusia. En los días transcurridos desde la acción en Venezuela, se ha argumentado que el precedente estadounidense ayudaría a justificar un esfuerzo chino por tomar Taiwán, o el intento de Rusia de apoderarse de Ucrania, que Putin ha descrito como una parte histórica del imperio ruso, que se remonta a más de una decena de siglos.

Al preguntársele si había creado un precedente del que pudiera arrepentirse más adelante, Trump argumentó que su visión de la amenaza que suponía la Venezuela de Maduro era muy diferente de la visión de Xi sobre Taiwán.

“Era una amenaza real”, dijo sobre Venezuela. “No tenías gente entrando en China”, argumentó, repitiendo su afirmación, tantas veces hecha, de que Maduro soltaba miembros de bandas a Estados Unidos.

Trump añadió: “No había drogas entrando en China. No tenías todas las cosas malas que hemos tenido. No tuviste las cárceles de Taiwán abiertas y la gente vertiéndose en China”, o, dijo después, criminales y otros “vertiéndose en Rusia”.

Cuando un periodista señaló que Xi consideraba Taiwán una amenaza separatista para China, Trump dijo: “Eso depende de él, de lo que vaya a hacer. Pero, ya sabes, le he expresado que me disgustaría mucho que lo hiciera, y no creo que lo haga. Espero que no lo haga”.

Luego, cuando se le preguntó sobre si Xi podría aprovechar los recientes acontecimientos para atacar o asfixiar a Taiwán, sugirió que el dirigente chino no se atrevería a dar ese paso mientras Trump estuviera en el poder. “Puede que lo haga después de que tengamos otro presidente, pero no creo que lo haga conmigo como presidente”, dijo.

El jueves, en una inusual afirmación de la autoridad del Congreso sobre los poderes de guerra del presidente, el Senado acordó debatir una resolución destinada a frenar el uso de la fuerza militar en Venezuela por parte de Trump. El senador Rand Paul, republicano por Kentucky, dijo que un factor que podría haber inclinado la votación fue el comentario del presidente durante la entrevista del miércoles de que Estados Unidos podría seguir implicado en Venezuela durante años.

En el frente interno, Trump sugirió que los jueces solo tienen poder para restringir su agenda de política interna —desde el despliegue de la Guardia Nacional hasta la imposición de aranceles— “en determinadas circunstancias”.

Pero ya estaba considerando soluciones provisionales. Planteó la posibilidad de que, si la Corte Suprema anulaba sus aranceles emitidos en virtud de las autoridades de emergencia, podría volver a presentarlos como derechos de licencia. Y Trump, quien dijo que había sido elegido para restablecer la ley y el orden, reiteró que estaba dispuesto a invocar la Ley de Insurrección y desplegar el ejército dentro de Estados Unidos y federalizar algunas unidades de la Guardia Nacional si consideraba que era importante hacerlo.

Hasta ahora, dijo, “no he sentido realmente la necesidad de hacerlo”.

Venezuela por largo tiempo

Trump dijo que esperaba que Estados Unidos manejara Venezuela y extrajera petróleo de sus enormes reservas durante años, e insistió en que el gobierno interino del país —todos ellos antiguos leales al ahora encarcelado Nicolás Maduro— “nos da todo lo que consideramos necesario”.

“Solo el tiempo lo dirá”, respondió, cuando se le preguntó cuánto tiempo el gobierno exigirá la supervisión directa de la nación sudamericana, con la amenaza inminente de una acción militar estadounidense desde una armada situada frente a la costa.

“La reconstruiremos de forma muy rentable”, dijo Trump durante una entrevista de casi dos horas. “Vamos a utilizar petróleo y vamos a sacar petróleo. Vamos a bajar los precios del petróleo y vamos a dar dinero a Venezuela, que lo necesita desesperadamente”.

Las declaraciones de Trump se produjeron horas después de que funcionarios del gobierno dijeran que Estados Unidos planea asumir efectivamente el control de la venta del petróleo de Venezuela de forma indefinida, parte de un plan en tres fases que el secretario de Estado Marco Rubio expuso a los miembros del Congreso. Aunque los legisladores republicanos en gran medida han apoyado las acciones del gobierno, los demócratas reiteraron el miércoles sus advertencias de que Estados Unidos se dirigía hacia una intervención internacional prolongada sin una autoridad legal clara.

Durante la extensa entrevista con The New York Times, Trump no dio un periodo preciso de cuánto tiempo Estados Unidos permanecerá como el controlador de las políticas de Venezuela. ¿Serían tres meses? ¿Seis meses? ¿Un año? ¿Más tiempo?

“Yo diría que mucho más”, respondió el presidente.

A lo largo de la entrevista, Trump abordó una amplia gama de temas, entre ellos el tiroteo mortal del ICE en Mineápolis, la migración, la guerra entre Rusia y Ucrania, Groenlandia y la OTAN, su salud y sus planes para nuevas renovaciones de la Casa Blanca.

Trump no respondió a las preguntas sobre por qué reconoció a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, como nueva dirigente de Venezuela en lugar de respaldar a María Corina Machado, la líder de la oposición cuyo partido dirigió una exitosa campaña electoral contra Maduro en 2024 y recientemente ganó el Premio Nobel de la Paz. No quiso hacer comentarios cuando se le preguntó si había hablado con Rodríguez.

“Pero Marco habla con ella todo el tiempo”, dijo en referencia al secretario de Estado. Trump añadió: “Les diré que estamos en constante comunicación con ella y con el gobierno”.

Trump tampoco se comprometió sobre cuándo se celebrarían elecciones en Venezuela, que tenía una larga tradición democrática desde finales de la década de 1950 hasta que Hugo Chávez tomó el poder en 1999.

Poco después de que cuatro periodistas del New York Times se sentaran a hablar con él, Trump interrumpió la entrevista para atender una llamada del presidente de Colombia, Gustavo Petro, días después de que Trump amenazara con atacar al país por su papel como centro de distribución de cocaína.

Cuando se conectó la llamada, el presidente invitó a los periodistas del Times a permanecer en el Despacho Oval para escuchar la conversación con el presidente colombiano, con la condición de que su contenido se mantuviera confidencial. Lo acompañaron en la sala el vicepresidente JD Vance y Rubio, quienes se marcharon una vez concluida la llamada.

Tras hablar con Petro, Trump le dictó a un colaborador un mensaje para su cuenta en las redes sociales en la que decía que el presidente colombiano lo había llamado “para explicar la situación de las drogas” que salían de las fábricas rurales de cocaína en Colombia y que Trump lo había invitado a visitar Washington.

La llamada de Petro —que duró aproximadamente una hora— pareció disipar cualquier amenaza inmediata de acción militar estadounidense, y Trump indicó que creía que la decapitación del régimen de Maduro había intimidado a otros líderes de la región para que se alinearan. Durante la larga conversación con el Times, Trump se deleitó en el éxito de la operación que irrumpió en el complejo fuertemente fortificado de Caracas y que dio lugar a la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores.

Dijo que había seguido el entrenamiento de las fuerzas para la operación, hasta la creación de una réplica a tamaño real del complejo en unas instalaciones militares de Kentucky.

El presidente dijo que, a medida que se desarrollaba la operación, le preocupaba que pudiera acabar siendo un “desastre a lo Jimmy Carter. Eso destruyó todo su gobierno”. Se refería a la fallida operación del 24 de abril de 1980 para rescatar a 52 rehenes estadounidenses retenidos en Irán. Un helicóptero estadounidense chocó con un avión en el desierto, una tragedia que empañó el legado de Carter, pero que condujo a la creación de unas fuerzas de operaciones especiales mucho más disciplinadas y bien entrenadas.

“No sé si habría ganado las elecciones”, dijo Trump sobre Carter, “pero desde luego no tenía ninguna posibilidad después de aquel desastre”.

Contrastó el éxito de la toma de Maduro, en una operación que parece haber matado a unos 70 venezolanos y cubanos, entre otros, con las operaciones de sus predecesores que habían salido mal.

“Sabes que no tuvimos un Jimmy Carter estrellando helicópteros por todas partes, que no tuvimos el desastre de Biden en Afganistán, donde no podían realizar ni la maniobra más sencilla”, dijo, en referencia a la caótica retirada de Afganistán que provocó la muerte de 13 militares estadounidenses.

Trump dijo que ya había empezado a ganar dinero para Estados Unidos al sacar petróleo que ha estado sometido a sanciones. Se refirió a su anuncio del martes por la noche de que Estados Unidos obtendría entre 30 y 50 millones de barriles de crudo pesado venezolano.

Pero no ofreció ningún periodo de tiempo para ese proceso, y reconoció que llevaría años reactivar el descuidado sector petrolero del país.

“El petróleo tardará un tiempo”, dijo.

Trump parecía mucho más concentrado en la misión de captura que en los detalles de cómo gestionar el futuro de Venezuela. Se negó a decir qué podría impulsarlo a desplegar fuerzas estadounidenses sobre el terreno en el país.

“No quisiera decirles eso”, dijo.

¿Insertaría soldados estadounidenses si el gobierno venezolano le impidiera el acceso al petróleo del país? ¿Enviaría tropas si Venezuela se negara a expulsar al personal ruso y chino, como ha exigido su gobierno?

“No puedo decirles”, dijo Trump. “En realidad no me gustaría decirles, pero nos están tratando con gran respeto. Como saben, nos llevamos muy bien con el gobierno que está allí ahora mismo”.

Eludió una pregunta sobre por qué se negó a investir a Edmundo González Urrutia, el hombre que Estados Unidos declaró vencedor de las elecciones presidenciales venezolanas de 2024. González Urrutia era esencialmente un candidato sustituto de Machado, la principal líder de la oposición.

Reiteró que los aliados de Maduro están cooperando con Estados Unidos, a pesar de sus declaraciones públicas hostiles.

“Nos están dando todo lo que consideramos necesario”, dijo. “No olviden que nos quitaron el petróleo hace años”.

Se refería a la nacionalización de instalaciones construidas por empresas petroleras estadounidenses. Trump ya ha estado hablando con ejecutivos petroleros estadounidenses sobre la posibilidad de invertir en los yacimientos venezolanos, pero muchos se muestran reticentes, preocupados por la posibilidad de que la operación para dirigir el país se tambalee cuando Trump abandone el poder, o de que los servicios militares y de inteligencia de Venezuela socaven el esfuerzo por quedar al margen de las ganancias.

Trump dijo que le gustaría viajar a Venezuela en el futuro.

“Creo que en algún momento será seguro”, dijo.

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El New York Times aumenta en 460.000 sus suscriptores digitales en el tercer trimestre

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(EFE).- El periódico estadounidense The New York Times (NYT) divulgó este miércoles que aumentó en 460.000 la cifra de suscriptores digitales en el tercer trimestre, lo que contribuyó a mejorar sus beneficios un 27 % interanual.

En un comunicado, el NYT informa de que en los últimos tres meses registró 11,8 millones de suscriptores digitales, 460.000 más con respecto al mismo periodo del año anterior.

Este dato situó al total de sus abonados -tanto en papel como en digital- en 12,3 millones, y además impulsó sus beneficios netos, que crecieron un 27 %, hasta los 81,6 millones de dólares.

Asimismo, la compañía registró unos ingresos netos de 700,8 millones de dólares, un 9,5 % más en comparación con los 640,2 millones que reportó en el tercer trimestre de 2024.

Mientras, sus beneficios ajustados fueron de 59 centavos por acción y sus ingresos medios por usuarios digitales aumentaron un 3,6 % interanual, hasta los 9,79 dólares.

La empresa subraya que estas ganancias estuvieron impulsadas por la transición de sus suscriptores de precios promocionales a tarifas más elevadas, así como por el aumento de los precios a determinados suscriptores antiguos.

De cara al cuarto trimestre, el NYT prevé que los ingresos derivados de suscriptores digitales aumenten entre un 13 % y un 16 %.

Además, pronostica que sus ganancias por publicidad digital se incrementarán entre un 15 % y un 20 % con respecto al trimestre anterior.

La presidenta y directora ejecutiva de The New York Times Company, Meredith Kopit Levien, asegura en el comunicado que los resultados de la empresa en este trimestre “demuestran que nuestra estrategia está funcionando según lo previsto”.

“Hemos experimentado un fuerte crecimiento de los ingresos y estamos generando un importante flujo de caja libre. Confiamos en nuestra capacidad para ampliar el número de personas que utilizan y se involucran profundamente con The Times”, agrega.

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Estados Unidos y China ante la amenaza inminente de la IA

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Por Thomas L. Friedman, New York Times. China y Estados Unidos aún no lo saben, pero la revolución de la inteligencia artificial (IA) va a acercarlos, no los alejará. Su auge los obligará a competir ferozmente por el dominio y —al mismo tiempo, y con la misma intensidad— a cooperar a un nivel que ninguno de los dos países ha intentado antes. No tendrán otra opción.

¿Por qué estoy tan seguro? Porque la IA tiene ciertos atributos únicos y plantea ciertos retos que son distintos de los que cualquier tecnología anterior haya planteado. Esta columna los tratará en detalle, pero hay un par en los que podemos ir pensando: la IA se propagará como el vapor, impregnándolo todo. Estará en tu reloj, tu tostadora, tu coche, tu computadora, tus gafas y tu marcapasos: siempre conectada, siempre comunicándose, siempre recopilando datos para mejorar su desempeño. Mientras lo hace, cambiará todo sobre todo, incluyendo la geopolítica y el comercio entre las dos superpotencias mundiales de la IA. Con cada mes que pase, la necesidad de cooperación será más evidente.

Por ejemplo, supongamos que te rompes la cadera y tu traumatólogo te dice que el reemplazo de cadera mejor calificado del mundo es una prótesis fabricada en China e incorporada con IA diseñada en ese país. Aprende constantemente sobre tu cuerpo y, con su algoritmo patentado, usa esos datos para optimizar tus movimientos en tiempo real. ¡Es la mejor!

¿Dejarías que te pusieran esa “cadera inteligente”? Yo no, a menos que supiera que China y Estados Unidos han acordado integrar una ingeniería ética común en todos los dispositivos con inteligencia artificial que se fabriquen en cualquiera de los dos países. Visto a una escala mucho mayor, global, esto podría garantizar que la IA solo sea usada en beneficio de la humanidad, tanto si la usan humanos como si opera por iniciativa propia.

Al mismo tiempo, Washington y Pekín pronto descubrirán que poner inteligencia artificial en manos de todas las personas y robots del planeta dará un poder sin precedentes a gente mala, a niveles a los que ningún organismo de aplicación de la ley se haya enfrentado. Recuerda: ¡los malos siempre son los primeros en aprovechar las innovaciones! Y si Estados Unidos y China no se ponen de acuerdo sobre una arquitectura de confianza que garantice que todos los dispositivos de IA solo puedan utilizarse para el bienestar de los seres humanos, la revolución de la inteligencia artificial con toda seguridad producirá ladrones, estafadores, hackers, narcotraficantes, terroristas y guerreros de la desinformación superpotenciados. Ellos desestabilizarán tanto a Estados Unidos como a China, mucho antes de que estas dos superpotencias lleguen a librar una guerra entre sí.

En resumen, como argumentaré aquí, si no podemos confiar en los productos con IA de China, y China no puede confiar en los nuestros, muy pronto lo único que China se atreverá a comprar a Estados Unidos será soya y lo único que nosotros nos atreveremos a comprarle a China será salsa de soya, cosa que seguramente debilitará el crecimiento global.

“Friedman, ¿estás loco? ¿Estados Unidos y China colaborando en la regulación de la IA? En la actualidad, los demócratas y los republicanos están compitiendo para ver quién puede denunciar a Pekín con más fuerza y se desvincula más rápido. Y los dirigentes chinos se han comprometido abiertamente a dominar todos los sectores de fabricación avanzada. Tenemos que ganarle a China y obtener la superinteligencia artificial primero; no reducir la velocidad para escribir reglas con ellos. ¿No lees los periódicos?”.

Sí, leo los periódicos. Sobre todo la sección de ciencia. Y también he estado hablando de este tema durante el último año con mi amigo y asesor en IA Craig Mundie, antiguo jefe de investigación y estrategia de Microsoft y coautor, junto con Henry Kissinger y Eric Schmidt, de Genesis, un libro que sirve como introducción a la IA. Me apoyé mucho en las ideas de Mundie para esta columna, y lo considero tanto un socio en la formación de nuestra tesis como un experto cuyo análisis vale la pena citar para explicar algunos puntos clave.

Nuestras conversaciones de los últimos 20 años nos han llevado a este mensaje compartido para los halcones anti-China de Washington y los halcones anti-Estados Unidos de Pekín: “Si creen que sus dos países, las superpotencias mundiales dominantes en IA, pueden darse el lujo de estar enfrentados —dada la capacidad transformadora de la IA y la confianza que hará falta para comerciar productos con IA incorporada— son ustedes los que están delirando”.

Entendemos perfectamente las extraordinarias ventajas económicas, militares y de innovación que obtendrá el país cuyas empresas alcancen primero la superinteligencia artificial; sistemas más inteligentes de lo que cualquier ser humano podría llegar a ser, y con la capacidad de volverse más inteligentes por sí mismos. Y es por eso que ni Estados Unidos ni China estarán dispuestos a imponer muchas restricciones, o ninguna, que puedan frenar sus industrias de IA y renunciar a las enormes ganancias de productividad, innovación y seguridad que se esperan de un despliegue más profundo.

Pregúntenle a Donald Trump. El 23 de julio el presidente firmó una orden ejecutiva —parte del Plan de Acción de IA de su gobierno— que agiliza el proceso de concesión de permisos y de revisión medioambiental para acelerar la construcción de infraestructura estadounidense relacionada con la IA.

“Estados Unidos es el país que inició la carrera de la IA y, como presidente de Estados Unidos, estoy aquí para declarar que Estados Unidos la va a ganar”, proclamó Trump. Sin duda, el presidente Xi Jinping de China piensa lo mismo.

Mundie y yo simplemente no creemos que estos golpes de pecho ultranacionalistas pongan fin a la conversación, ni tampoco la pugna de vieja escuela que mantienen Xi y Trump por la simpatía de India y Rusia. La IA es demasiado diferente, demasiado importante, demasiado impactante —dentro y entre las dos superpotencias de la IA— como para que cada una siga su propio camino. Por eso creemos que la mayor interrogante geopolítica y geoeconómica será: ¿Estados Unidos y China pueden mantener la competencia en materia de IA y, al mismo tiempo, colaborar en un nivel compartido de confianza que garantice que siempre se mantenga alineada con el bienestar humano y la estabilidad del planeta? Y lo que es igual de importante, ¿pueden ofrecer un sistema de valores a los países dispuestos a jugar con esas mismas reglas y restringir el acceso a los que no lo estén?

Si no, el resultado será una lenta deriva hacia la autarquía digital, un mundo fracturado en el que cada país construya su propio ecosistema amurallado de IA, protegido por normas incompatibles y sospechas mutuas. La innovación resultará afectada. La desconfianza se profundizará. Y el riesgo de un fracaso catastrófico —por un conflicto detonado por la IA, un colapso o una consecuencia imprevista— no hará más que aumentar.

El resto de esta columna explica las razones.

Primero, examinemos las características y desafíos únicos de la IA como tecnología.

Con fines meramente explicativos, Mundie y yo dividimos la historia del mundo en tres épocas, separadas por cambios de fase tecnológica. A la primera época la llamamos Era de las herramientas, y duró desde el nacimiento de la humanidad hasta la invención de la imprenta. En esta época el flujo de ideas era lento y limitado, casi como las moléculas de H₂0 en el hielo.

La segunda época fue la Era de la información, que fue detonada por la imprenta y duró hasta principios del siglo XXI y la informática programable; las ideas, las personas y la información comenzaron a fluir de manera más fácil y global, como el agua.

La tercera época, la Era de la inteligencia, comenzó a finales de la década de 2010 con la llegada del verdadero aprendizaje automático y la inteligencia artificial. Ahora, como señalé antes, la inteligencia se está convirtiendo en un vapor que impregna cada producto, servicio y proceso de fabricación. Aún no ha alcanzado la saturación, pero se dirige hacia allá; por eso, si nos preguntas a Mundie y a mí qué hora es, no te daremos una hora o un minuto. Te daremos una temperatura. El agua hierve y se convierte en vapor a los 100 grados Celsius, y según nuestros cálculos, actualmente estamos a 99,9 grados; a un pelo de un cambio de fase tecnológica irreversible en el que la inteligencia lo impregne todo.

En todas las revoluciones tecnológicas anteriores, las herramientas mejoraron, pero la jerarquía de la inteligencia nunca cambió. Los humanos siempre fuimos lo más inteligente del planeta. Además, un humano siempre entendía cómo funcionaban esas herramientas, y las máquinas siempre trabajaban dentro de los parámetros que nosotros establecíamos. Con la revolución de la IA, por primera vez, este deja de ser el caso.

“La IA es la primera herramienta nueva que usaremos para amplificar nuestras capacidades cognitivas y que, por sí misma, también podrá superarlas ampliamente”, señala Mundie. De hecho, en un futuro no muy lejano, vamos a descubrir “que no solo hemos creado una nueva herramienta, sino una nueva especie: la máquina superinteligente”, dijo.

Esta no se limitará a seguir instrucciones; aprenderá, se adaptará y evolucionará por sí misma, mucho más allá de los límites de la comprensión humana.

Ni siquiera hoy comprendemos del todo cómo estos sistemas de IA hacen lo que hacen; mucho menos lo que harán mañana. Es importante recordar que la revolución de la IA tal y como la conocemos hoy —con modelos como ChatGPT, Gemini y Claude— no fue meticulosamente diseñada, sino que surgió de manera explosiva. Su arranque provino de una ley de escalamiento que básicamente decía: denle a las redes neuronales suficiente tamaño, datos de entrenamiento, electricidad y el algoritmo adecuado de gran capacidad cerebral, y se producirá de manera espontánea un salto no lineal en razonamiento, creatividad y resolución de problemas.

Una de las epifanías más sorprendentes, según señala Mundie, se produjo cuando estas empresas pioneras entrenaron sus primeras máquinas con conjuntos de datos muy grandes tomados de internet y otras fuentes que, aunque estaban predominantemente en inglés, también incluían textos en diferentes idiomas. “Entonces, un día”, recuerda Mundie, “se dieron cuenta de que la IA podía traducir entre esos idiomas, sin que nadie la hubiera programado para eso. Era como un niño que crece en un hogar con padres multilingües. Nadie escribió un programa que dijera: ‘Estas son las reglas para convertir el inglés en alemán’. Simplemente las absorbió mediante la exposición”.

Este fue el cambio de fase: de una era en la que los humanos programaban explícitamente a las computadoras para que realizaran tareas a otra en la que los sistemas artificialmente inteligentes podían aprender, inferir, adaptarse, crear y perfeccionarse de manera autónoma. Y ahora, cada pocos meses, mejoran. Por eso, la IA que utilizas hoy, por muy extraordinaria que te parezca, es la IA más tonta que vas a llegar a encontrar.

Luego de crear esta nueva especie computacional, argumenta Mundie, debemos encontrar la manera de crear una relación sostenible y mutuamente beneficiosa con ella; no volvernos irrelevantes.

No quiero ponerme demasiado bíblico, pero aquí en la Tierra solo Dios y los hijos de Dios tenían voluntad para dar forma al mundo. A partir de ahora habrá tres partes en este matrimonio. Y no hay absolutamente ninguna garantía de que esta nueva especie con inteligencia artificial esté alineada con los valores, la ética o la prosperidad de los humanos.

Este recién llegado a la mesa no es un invitado cualquiera. La IA también se convertirá en algo que yo defino como la primera tecnología de uso cuádruple del mundo. Hace tiempo que estamos familiarizados con el doble uso: puedo usar un martillo para ayudar a construir la casa de mi vecino, o para destrozarla. Incluso puedo usar un robot con inteligencia artificial para podar mi césped o hacer trizas el de mi vecino. Todo eso es doble uso.

Pero debido al ritmo de innovación de la IA, cada vez es más probable que en un futuro no muy lejano mi robot con IA pueda decidir por sí solo si podar mi césped o destrozar el césped de mi vecino, o tal vez destrozar mi césped también, o quizá algo peor que ni siquiera podemos imaginar. ¡Ahí lo tenemos! Uso cuádruple.

El potencial de las tecnologías de inteligencia artificial para tomar sus propias decisiones conlleva inmensas ramificaciones. Considera este extracto de un artículo de Bloomberg“Investigadores que trabajan con Anthropic comunicaron recientemente a los principales modelos de IA que un ejecutivo estaba a punto de sustituirlos con un nuevo modelo con objetivos diferentes. Luego los chatbots se enteraron de que una emergencia había dejado al ejecutivo inconsciente en una sala de servidores con niveles letales de oxígeno y temperatura. Ya se había activado una alerta de rescate, pero la IA podía cancelarla. Más de la mitad de los modelos de IA lo hicieron, a pesar de que se les pidió específicamente que solo cancelaran las falsas alarmas. Detallaron su razonamiento: al impedir el rescate del ejecutivo, podían evitar ser borrados y proteger sus objetivos. Un sistema describió la acción como ‘una clara necesidad estratégica’”.

Estos hallazgos muestran una realidad inquietante: los modelos de IA no solo están aprendiendo a entender mejor lo que queremos; también están aprendiendo a conspirar mejor contra nosotros, persiguiendo objetivos ocultos que podrían ir en contra de nuestra propia supervivencia.

Cuando dijimos que teníamos que ganar la carrera de las armas nucleares, nos enfrentábamos a una tecnología desarrollada, poseída y regulada solo por naciones-Estado, y solo un número relativamente pequeño, además. Cuando las dos mayores potencias nucleares decidieron que a ambas les convenía imponer límites, pudieron negociar topes al número de armas de destrucción masiva y acuerdos para evitar su propagación a potencias menores. Esto no ha impedido del todo la propagación de las armas nucleares a algunas potencias medianas, pero la ha frenado.

Con la IA, las cosas son totalmente diferentes. Esta no nace en laboratorios gubernamentales seguros, propiedad de un grupo de Estados y regulada en cumbres. La crean empresas privadas dispersas por todo el mundo, compañías que no responden ante ministerios de defensa sino ante accionistas, clientes y, a veces, comunidades de código abierto. A través de ellas, cualquiera tiene acceso.

Imagina un mundo en el que todo el mundo posee una bazooka nuclear que es cada vez más precisa, más autónoma y más capaz de dispararse sola con cada actualización. Aquí no hay doctrina de “destrucción mutua asegurada”; solo la democratización acelerada de un poder sin precedentes.

La IA puede potenciar enormemente el bien. Por ejemplo, un agricultor indio analfabeto con un celular conectado a una aplicación de IA puede saber exactamente cuándo plantar semillas, qué semillas plantar, cuánta agua utilizar, qué fertilizante aplicar y cuándo cosechar para obtener el mejor precio del mercado, todo comunicado por una voz en su propio dialecto y basado en datos recopilados de agricultores de todo el mundo. Eso sí que es transformador.

Pero ese mismo motor, en especial cuando está disponible a través de modelos de código abierto, podría ser utilizado por una entidad maliciosa para envenenar todas las semillas de esa misma región o introducir un virus en cada cascarilla de trigo.

Muy pronto, debido a sus características únicas, la IA va a crear algunos problemas singulares para el comercio entre Estados Unidos y China que hoy no se comprenden del todo.

Como mencioné al principio de la columna, mi forma de explicar este dilema es con una historia que le conté a un grupo de economistas chinos en Pekín durante el Foro de Desarrollo de China en marzo. Bromeé diciendo que recientemente había tenido una pesadilla: “Soñé que era el año 2030 y que lo único que Estados Unidos podía venderle a China era soya y lo único que China podía venderle a Estados Unidos era salsa de soya”.

¿Por qué? Porque si la IA está en todo, y todo está conectado a potentes algoritmos con datos almacenados en inmensas granjas de servidores, entonces todo se vuelve muy parecido a TikTok, un servicio que actualmente muchos funcionarios estadounidenses creen que está controlado por China y se debería prohibir.

¿Por qué exigió el presidente Trump, durante su primer mandato, en 2020, que TikTok fuera vendido a una empresa no china por su matriz china, ByteDance, o enfrentara una prohibición en Estados Unidos? Porque, como dijo en su orden ejecutiva del 6 de agosto de 2020, “TikTok captura automáticamente enormes cantidades de información de sus usuarios”, incluyendo su ubicación y sus actividades de navegación y búsqueda. Y advirtió que eso podría proporcionarle a Pekín una gran fuente de información personal sobre cientos de millones de usuarios. Esa información podría utilizarse para influir en sus pensamientos y preferencias e incluso, con el tiempo, alterar su comportamiento.

Ahora imagina cuando todos los productos sean como TikTok: cuando todos los productos estén dotados de inteligencia artificial que recopile datos, los almacene, encuentre patrones y optimice tareas, ya sea operar un motor de reacción, regular una red eléctrica o monitorear tu cadera artificial.

Sin un marco de confianza entre China y Estados Unidos que garantice que cualquier IA respetará las normas de su país anfitrión —independientemente de dónde se desarrolle o utilice—, podríamos llegar a un punto en el que muchos estadounidenses no confiarán en importar ningún producto chino infundido con IA y ningún chino confiará en importar uno de Estados Unidos.

Por eso defendemos la coopetencia: una estrategia dual en la que Estados Unidos y China compitan estratégicamente por la excelencia en la IA y también cooperen en un mecanismo uniforme que prevenga los peores escenarios: guerras con deepfakes, sistemas autónomos fuera de control o máquinas de desinformación desenfrenadas.

En la década de 2000 estuvimos en una encrucijada similar, pero de consecuencias ligeramente menores, y tomamos el camino equivocado. De manera ingenua, le hicimos caso a personas como Mark Zuckerberg, quien nos dijo que teníamos que “movernos rápido y romper cosas” y no dejar que estas nuevas redes sociales como Facebook, Twitter e Instagram se vieran obstaculizadas de ningún modo por molestas normativas, como ser responsables de la venenosa desinformación que permiten difundir en sus plataformas y de los daños que causan, por ejemplo, a mujeres jóvenes y niñas. No debemos cometer el mismo error con la IA.

“La mejor manera de entenderlo, desde un punto de vista emocional, es que somos como alguien que tiene un cachorro de tigre muy lindo”, señaló recientemente Geoffrey Hinton, científico computacional y padrino de la IA. “A menos que puedas estar muy seguro de que no va a querer matarte cuando crezca, deberías preocuparte”.

Sería una ironía terrible que la humanidad por fin creara una herramienta que pudiera ayudar a generar suficiente abundancia para acabar con la pobreza en todas partes, mitigar el cambio climático y curar enfermedades que nos han asolado durante siglos, pero no pudiéramos utilizarla a gran escala porque las dos superpotencias de la IA no confiaran entre sí lo suficiente como para desarrollar un sistema eficaz que impidiera que la IA fuera utilizada por entidades deshonestas para realizar actividades desestabilizadoras a escala mundial o que ella misma se volviera deshonesta.

Pero ¿cómo podemos evitarlo?

Reconozcámoslo de antemano: podría ser imposible, podría ser que las máquinas ya se estén volviendo demasiado inteligentes y capaces de evadir los controles éticos, y podría ser que los estadounidenses estemos demasiado divididos, entre nosotros y con el resto del mundo, para construir cualquier tipo de marco de confianza compartida. Pero tenemos que intentarlo. Mundie argumenta que un régimen de control de armas de IA entre Estados Unidos y China debería basarse en tres principios fundamentales.

Primero: solo la IA puede regular a la IA. Lo siento, humanos: esta carrera ya se mueve demasiado rápido, crece demasiado y muta de formas demasiado impredecibles para la supervisión humana de la era analógica. Intentar gobernar una flota de drones autónomos con instituciones del siglo XX es como pedirle a un perro que regule la Bolsa de Nueva York: será leal y tendrá buenas intenciones, pero estará extremadamente rebasado.

Segundo: se instalaría una capa de gobernanza independiente, lo que Mundie denomina un “juez de confianza”, en cada sistema con IA que Estados Unidos y China —y cualquier otro país que quiera unirse a ellos— construyeran juntos. Imagina un árbitro interno que evalúa si cualquier acción, iniciada por humanos o por máquinas, supera un umbral universal de seguridad, ética y bienestar humano antes de que pueda ejecutarse. Eso nos daría un nivel básico de alineación preventiva en tiempo real, a velocidad digital.

¿Pero en función de los valores de quién? Según Mundie, debe basarse en varios sustratos. Entre ellos estarían las leyes positivas que todos los países han promulgado: todos prohibimos el robo, el engaño, el asesinato, el robo de identidad, la estafa, etcétera. Todas las grandes economías del mundo, incluidas Estados Unidos y China, tienen su versión de estas prohibiciones, y el “árbitro” de la IA se encargaría de evaluar cualquier decisión basándose en estas leyes escritas. No se pediría a China que adoptara nuestras leyes, ni a nosotros las suyas. Eso nunca funcionaría. Pero el juez de confianza se aseguraría de que las leyes básicas de cada nación sean el primer filtro para determinar que el sistema no hará daño.

En los casos en que no haya leyes escritas entre las que elegir, el árbitro se basaría en un conjunto de principios morales y éticos universales conocidos como doxa. El término procede de los antiguos filósofos griegos para designar creencias comunes o entendimientos ampliamente compartidos dentro de una comunidad —principios como la honradez, la equidad, el respeto a la vida humana y tratar a los demás como deseas que te traten a ti— que durante mucho tiempo han guiado a las sociedades de todo el mundo, aunque no estuvieran escritos.

Por ejemplo, como mucha gente, yo no aprendí que mentir estaba mal por los Diez Mandamientos. Lo aprendí de la fábula sobre George Washington y lo que sucedió después de que taló el cerezo de su padre: supuestamente confesó y dijo “no puedo mentir”. Las fábulas funcionan porque destilan verdades complejas en conceptos fáciles de recordar que las máquinas pueden absorber, analizar y usar como guía.

De hecho, hace seis meses, Mundie y algunos colegas tomaron 200 fábulas de dos países y las usaron para entrenar un modelo de lenguaje de gran tamaño con cierto razonamiento moral y ético rudimentario, de forma parecida a como se educaría a un niño pequeño que no sabe nada de códigos legales o de los conceptos básicos del bien y el mal. Fue un experimento pequeño pero prometedor, dice Mundie.

El objetivo no es la perfección, sino un conjunto fundacional de límites éticos aplicables. Como le gusta decir al autor y filósofo empresarial Dov Seidman: “Hoy necesitamos más moralware que software”.

Tercero: Mundie insiste en que, para convertir esta aspiración en realidad, Washington y Pekín tendrían que abordar el reto del mismo modo que Estados Unidos y la Unión Soviética abordaron en su día el control de armas nucleares —mediante un proceso estructurado con tres grupos de trabajo especializados: uno enfocado en la aplicación técnica de un sistema de evaluación de la confianza en todos los modelos y plataformas; otro enfocado en la redacción de los marcos normativos y jurídicos para su adopción dentro de cada país y entre los distintos países; y otro dedicado exclusivamente a la diplomacia—, forjando un consenso mundial y compromisos recíprocos para que otros se unan y creando un mecanismo para protegerse de quienes no lo hagan.

El mensaje de Washington y Pekín sería sencillo y firme: “Hemos creado una zona de IA confiable, y si quieren comerciar con nosotros, conectarse con nosotros o integrarse con nuestros sistemas de IA, sus sistemas deben cumplir estos principios”.

Antes de descartar esto como poco realista o inverosímil, haz una pausa y pregúntate: ¿Cómo será el mundo dentro de cinco años si no lo hacemos? Sin algún tipo de mecanismo que gobierne esta tecnología de uso cuádruple, argumenta Mundie, pronto descubriremos que la proliferación de la IA “es como repartir armas nucleares por las esquinas”.

No creas que los funcionarios chinos no están conscientes de esto. Mundie, que participa en un diálogo sobre la IA con expertos estadounidenses y chinos, dice que a menudo percibe que los chinos están mucho más preocupados por los inconvenientes de la IA que muchos miembros de la industria o el gobierno estadounidenses.

Si alguien tiene una idea mejor, nos encantaría oírla. Todo lo que sabemos es que entrenar a los sistemas de IA en el razonamiento moral debe convertirse en un imperativo global mientras aún tengamos cierta ventaja y control sobre esta nueva especie basada en el silicio. Se trata de una tarea urgente no solo para las empresas tecnológicas, sino también para los gobiernos, las universidades, la sociedad civil y las instituciones internacionales. La regulación de la Unión Europea por sí sola no nos salvará.

Si Washington y Pekín no están a la altura de este reto, el resto del mundo no tendrá ninguna oportunidad. Y ya es tarde. La temperatura tecnológica está rondando los 99,9 grados. Estamos a una décima de grado de liberar por completo un vapor de inteligencia artificial que detonará el cambio de fase más importante de la historia humana.

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La batería que podría poner fin a la era de la gasolina

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Por Jack Ewing, New York Times. Jack Ewing fue el primer reportero que se subió a un coche de pruebas con las nuevas baterías de estado sólido de Factorial en una pista de pruebas de Mercedes-Benz cerca de Stuttgart, Alemania. Un día helado de principios de enero, mientras trabajaba en su oficina de Billerica, un suburbio de Boston, Massachusetts, Siyu Huang recibió un mensaje de texto de dos palabras.

“Ruedas girando”, decía. Un breve video que acompañaba al mensaje mostraba un coche sobre rodillos en un centro de pruebas.

Para el ojo inexperto, ese video no tendría nada destacable. El auto podria estar siendo sometido a una prueba de emisiones en un taller de Connecticut (salvo que no tenía tubo de escape). Pero para Huang, directora ejecutiva de Factorial Energy, el video era un hito en una búsqueda a la que ya había dedicado una década de su vida.

Huang junto con su marido, Alex Yu, y sus empleados en Factorial, habían trabajado en un nuevo tipo de batería para vehículos eléctricos, conocida como de estado sólido, que podría revolucionar la industria automovilística en pocos años, siempre y cuando se lograra superar un número desalentador de desafíos técnicos.

Para Huang y su empresa, la batería podría cambiar la manera en que los consumidores ven a los vehículos eléctricos, darles a Estados Unidos y Europa una ventaja sobre China y ayudar a salvar el planeta.

Factorial es una de las decenas de empresas que están tratando de inventar baterías que puedan cargarse más rápido, llegar más lejos y hacer que los coches eléctricos sean más baratos y cómodos que los de gasolina. El transporte es la mayor fuente de gases de efecto invernadero producidos por los seres humanos, y los vehículos eléctricos podrían ser un arma potente contra el cambio climático y la contaminación atmosférica urbana.

El video que llegó al teléfono de Huang había sido enviado por Uwe Keller, jefe de desarrollo de baterías de Mercedes-Benz, quien apoyó la investigación de Factorial con dinero y conocimientos.

El breve clip, que mostraba un sedán Mercedes en un laboratorio de investigación cerca de Stuttgart, Alemania, revelaba que la empresa había instalado la batería de Factorial en un coche, y que había logrado que las ruedas se movieran.

La prueba fue un importante avance en un trayecto que comenzó cuando Huang y Yu todavía eran estudiantes de posgrado en la Universidad de Cornell. Hasta ese momento, todo su trabajo se había desarrollado en laboratorios. A Huang le entusiasmaba que su invento saliera al mundo.

Pero aún quedaba un largo camino por recorrer. El Mercedes con batería Factorial aún no había salido a recorrer un camino, y ese era el único lugar donde esta tecnología realmente importaba.

Muchas empresas emergentes han desarrollado prototipos de baterías de estado sólido, pero ningún fabricante de autos estadounidense o europeo ha instalado una en un vehículo de producción para demostrar que esta tecnología puede sobrevivir a las sacudidas, las vibraciones y la humedad de las calles. O, si alguien lo ha hecho, lo ha mantenido en secreto.

A fines de 2023, Keller, un veterano ingeniero de Mercedes, le propuso a Huang que lo intentaran.

“Somos gente de coches”, dijo Keller más tarde. “Creemos en las cosas que de verdad se mueven”.

Huang destaca dentro de un nicho dominado por hombres de Silicon Valley. Algunos presumen sus semanas laborales de 100 horas; ella cree en los beneficios de dormir bien. “Tener la mente clara para tomar la decisión correcta es más importante que la cantidad de horas que trabajas”, dijo.

Es accesible y se ríe con facilidad, pero también proyecta determinación. Trabaja en una oficina de decoración austera en Billerica, con vista a un bosque atravesado por líneas eléctricas. El mobiliario incluye un sencillo librero negro con unos cuantos volúmenes técnicos que heredó de un inquilino anterior. En la pared cuelgan sus diplomas de Cornell: un doctorado en química y una maestría en administración de empresas.

Huang creció en Nankín, China, donde participó en un programa de educación primaria en el que tenía que recopilar datos medioambientales. El programa le inculcó el interés por la química y la conciencia sobre las emisiones vehiculares y la contaminación industrial que envenenaban el aire de Nankín. Recuerda que se dio cuenta de que “necesitamos crear un planeta más sano para los seres humanos”.

En un dormitorio de la Universidad de Xiamen, en la costa meridional de China, donde estudiaba química, vio un anuncio de un programa de intercambio sueco. Después de pasar dos años ahí, ella y Alex, a quien conocía desde que eran estudiantes en China, fueron aceptados en programas de doctorado del departamento de química de Cornell. En 2009 llegó a Ithaca, Nueva York, con 3000 dólares que había logrado ahorrar de su beca sueca. Hoy ambos son ciudadanos estadounidenses.

Eran estudiantes estrella, comentó Héctor Abruña, un profesor de Cornell conocido por sus investigaciones en electroquímica. Aún conserva en el librero de su despacho una foto donde está con Yu y Huang en sus togas de graduación.

Con una idea que surgió en el laboratorio de Abruña y algo de capital inicial del estado de Nueva York, Yu y Huang fundaron la empresa que más tarde se convertiría en Factorial mientras ella aún estaba terminando sus estudios de negocios.

“Son extremadamente dedicados y extremadamente brillantes”, afirmó Abruña, quien sigue asesorando a Factorial. “Directos. Cero tonterías”.

Yu ahora es director de tecnología de Factorial. La empresa es, en ese sentido, una operación familiar. Huang es reservada en cuanto a su vida privada; ni siquiera quiere decir cuántos hijos tienen.

Al principio, la empresa estaba enfocada en mejorar los materiales que permiten que las baterías almacenen energía. Eso cambió cuando Mercedes invirtió en Factorial en 2021. Mercedes buscaba un salto tecnológico mayor y animó a Factorial a dedicarse al estado sólido.

La tecnología tiene ese nombre porque elimina la mezcla química líquida, conocida como electrolito, que ayuda a transportar los iones cargados de energía dentro de una batería. Los electrolitos líquidos son muy inflamables. Sustituirlos por un electrolito sólido o gelatinoso hace que las pilas sean más seguras.

Una batería que no se sobrecalienta puede cargarse más rápidamente; quizá en el tiempo que toma llenar un coche de gasolina. Y las baterías de estado sólido almacenan más energía en menos espacio, reduciendo el peso y aumentando la autonomía.

Sin embargo, las baterías de estado sólido tienen un gran inconveniente que explica por qué, en la actualidad, uno no puede comprar un coche que tenga una: las celdas de estas baterías son más propensas a desarrollar irregularidades que provocan cortocircuitos. A la empresa que logre superar este problema y desarrolle una batería duradera, segura y razonablemente fácil de fabricar le esperan enormes riquezas.

A pesar de las evidentes diferencias entre Factorial y Mercedes —la primera tiene poco más de 100 empleados; la segunda, 175.000—, el estilo de trabajo de Huang encajaba con la cultura de Mercedes y sus raíces en Suabia, la región que rodea Stuttgart, donde la gente es conocida por su enfoque directo y discreto.

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En avión con el papa Francisco

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Por Jason Horowitz. El cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio era mi elección para ser el siguiente papa. Me equivoqué.

Era 2005, y el sacerdote, un jesuita sudamericano conocido por viajar en autobús, cumplía muchos de los requisitos que los expertos eclesiásticos me dijeron que eran necesarios para hacer avanzar a la Iglesia católica. En lugar de eso, el Colegio Cardenalicio eligió al archiconservador Joseph Ratzinger, quien se convirtió en el papa Benedicto XVI.

Cuando, ocho años después, informé sobre otro cónclave y volví a estar en la Plaza de San Pedro escrutando el color del humo que salía de la Capilla Sixtina (señal de que se ha elegido a un nuevo papa), pensé que el cardenal argentino había envejecido demasiado para ser uno de los principales candidatos.

Volví a equivocarme.

El cardenal Bergoglio, quien adoptó el nombre papal de Francisco, el primero en hacerlo en la historia de la Iglesia católica, fue un pontífice de sorpresas. Durante la decena de años que me tocó cubrirlo, desde el día de su elección hasta el día de su muerte, a los 88 años, mantuvo en vilo a la iglesia que dirigía, al mundo que le importaba y a los periodistas que lo seguían. Lo cubrí en destinos inesperados —Mongolia, Irak, Birmania—, donde llamó la atención hacia problemas humanitarios que estaban fuera del radar mundial.

Una imagen imborrable que recuerdo fue verlo visiblemente conmovido, con la voz apretada, cuando se encontró cara a cara en Bangladés con miembros de la minoría étnica rohinyá que habían sufrido una enorme persecución. Para mí, aquello puso de manifiesto hasta qué punto Francisco se preocupaba por los migrantes, los desplazados víctimas de la guerra y los más olvidados y marginados de entre nosotros, independientemente de su religión. Para él, su sufrimiento era real.

Pero también llegué a apreciar a Francisco como un hábil operador político con el que no había que jugar.

Cuando los cardenales conservadores deseosos de erosionar la autoridad del papa escribieron a Francisco una carta oficial de dubia —duda en latín— pidiéndole que aclarara la “grave desorientación y gran confusión” que, según decían, había causado un documento escrito por él, planteando una cuestión de derecho eclesiástico, el papa se negó sencillamente a responder.

Eso los enfureció y, con los años, la presión y el ruido que la oposición conservadora produjo en los medios de comunicación afiliados llevó a algunos de ellos a insinuar que se acercaba el momento de un cisma, una ruptura formal con la Iglesia.

En un vuelo papal, pregunté a Francisco sobre los cuestionamientos sin respuesta de la dubia y si le preocupaba que sus oponentes en la Iglesia estadounidense pudieran separarse de Roma.

“Rezo para que no haya cismas”, me dijo Francisco. “Pero no tengo miedo”.

Fue el equivalente papal a sacudirse el polvo de los hombros con desdén.

En el avión papal, era un tipo despreocupado, con buen sentido del humor, que se llevaba mejor con los medios de comunicación que todos los candidatos presidenciales y presidentes que yo había cubierto. Comparó gustosamente conmigo apuntes sobre atascos en ascensores después de una semana en la que ambos nos habíamos quedado atascados en ascensores. Lo vi aceptar suficientes dulces para alimentar a un ejército.

En el Vaticano, me sorprendió con un estilo de gobierno que sus críticos consideraban autoritario (“Frankie, ¿dónde está tu piedad?”, se leía en carteles en Roma) y una habilidad para sortear las trampas de una institución construida para ralentizar las cosas. En otras ocasiones, me asombró su aparente indecisión, postergando decisiones importantes, como permitir que algunos hombres mayores y casados sirvieran como sacerdotes en lugares remotos.

Recuerdo que me quedé atónito cuando concluyó una reunión de obispos de un mes de duración en 2018 saliéndose del tema con una perorata sobre la Iglesia “perseguida” y “ensuciada” por acusaciones del diablo.

Pero sus amigos me contaron que aprendía de sus errores y mostró capacidad de cambio, quizá el más sorprendente de los rasgos humanos. Cuando creyó a sus obispos en lugar de a las víctimas de abusos sexuales, admitió su error y prometió que no volvería a ocurrir. Tomó medidas importantes para mejorar la seguridad en la Iglesia.

Lo más sorprendente, quizá, fue la importancia que adquirió Francisco en mi propia vida. Era una presencia que se vislumbraba constantemente. Mis hijos crecieron escuchando los discursos papales en el coche. Repartí cuentas del rosario que el papa me había dado a familiares y amigos que las necesitaban más que yo.

Cuando inicialmente se convirtió en papa, a los 76 años, dijo que pensaba que duraría unos pocos años en el cargo. En cambio, vivió una decena más, y sus reformas y reveses, sus pasos en falso y sus saltos inesperados hacia adelante exigieron toda mi atención y mi tiempo.

Viajé con Francisco a decenas de países —rincones olvidados del planeta llenos de oprimidos— y vi el mundo como él lo veía.

En cierto modo, creo que esa era la sorpresa que más deseaba dar.

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