Por Marina Fabricio,Talent & Culture Manager South America HQ & Eco & Mid Hispanic Countries. La pandemia afectó enormemente los niveles de dotación de personal en la industria hotelera mundial, en el punto álgido del brote en 2020, dos tercios de los hoteles Accor estaban cerrados y el 85% de nuestros colaboradores contaban con algún tipo de licencia. Para nosotros siempre fue una preocupación el capital humano y hoy más que nunca estamos enfocados en desarrollar políticas para gestionarlo de la mejor forma.
A pesar de los contratiempos, estamos muy optimistas ya que nuestra industria muestra signos claros de recuperación, los viajeros buscan reanudar las actividades previas a la pandemia y explorar nuevos destinos, lo que además crea una gran oportunidad para el talento que busca ganar experiencia, nuevas habilidades o perfeccionarlas dentro del sector. De hecho a nivel América del Sur , ya superamos el número de colaboradores activos pre pandemia, lo que es una muy buena señal.
La hospitalidad representaba tradicionalmente el 10% de la fuerza laboral mundial antes de la pandemia y la reactivación es un momento oportuno para hacer foco en su captación y retención, ya que las personas reconsideran sus trayectorias profesionales. Esto sigue siendo especialmente importante para Accor, porque la industria hotelera ofrece movilidad social ascendente, independientemente de la experiencia y educación de las personas, brindando muchas oportunidades para mejorar y crecer.
Nuestra estrategia para esto, a partir del retorno a la normalidad en el negocio hotelero, nos ha permitido detectar que el perfil de las personas que trabajan en hotelería ha cambiado en todos los roles. Por eso establecimos ejes en los que basamos nuestra estrategia: reclutamiento, retención de los talentos, remuneración y beneficios atractivos, además de la posibilidad de seguir una carrera, siempre considerando nuestro compromiso con la diversidad e inclusión.
Vemos que el perfil del profesional hotelero, que siempre fue muy tradicional con labores muy definidas y delimitadas: mucamas, garzones, etc, ya no existe más. Hoy buscamos actitud y pasión por el servicio y por eso estamos repensando los roles para tener colaboradores trabajando más a gusto, por tareas, lo que nos permitirá brindar mayor flexibilidad a la operación de los hoteles que necesitan personal 24/7 los 7 días de la semana.
Realizamos revisión de los cargos y lo que se está valorando dentro de la labor para encontrar una fórmula que nos permita enfrentar los desafíos para tener el mejor talento para los hoteles, conseguir la satisfacción de los huéspedes y lograr las metas en ingresos.
Pre Pandemia se incorporaban anualmente 80.000 personas a Accor, hoy estamos buscando atraer y reclutar más talento en busca de nuevos desafíos. Estamos optimistas sobre la reactivación y prosperidad del sector, lo que sin dudas se verá reflejado en nuestros colaboradores que también podrán ver sus carreras prosperar dentro del Grupo.
Con las personas en el centro de nuestra estrategia, seguiremos apoyando y fomentando el desarrollo profesional de nuestros colaboradores, que son nuestro mayor activo. También proporcionaremos nuevas formas de trabajo y formación, así como oportunidades de progreso dentro del Grupo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) activó hoy su máximo nivel de alerta sanitaria para tratar de contener el brote de viruela del mono, que afectó a a casi 17.000 personas en 74 países, anunció su director general.
“He decidido declarar una emergencia de salud pública de alcance internacional”, dijo Tedros Adhanom Ghebreyesus en una rueda de prensa, y afirmó que el riesgo en el mundo es relativamente moderado, salvo en Europa, donde es alto.
Tedros explicó que el comité de expertos no había podido llegar a un consenso y seguía dividido en cuanto a la necesidad del máximo nivel de alerta, pero como director general de la OMS la decisión final quedó en sus manos.
“Es un llamado a la acción, pero no es el primero”, aseguró, por su parte, Mike Ryan, responsable de emergencias de la OMS, quien sostuvo que espera que la alerta permita una acción colectiva contra la enfermedad.
Desde principios de mayo, cuando se detectó por primera vez la viruela sísmica fuera de los países africanos donde es endémica, la enfermedad afectó a más de 16.836 personas en 74 países, según los centros para el control y la prevención de enfermedades de Estados Unidos (CDC) hasta el 22 de julio.
En la Argentina se confirmaron 13 casos de viruela del mono hasta el 14 de julio, de los cuales 12 presentaron antecedentes de viaje previo al inicio de los síntomas, según informó el Ministerio de Salud.
La viruela del mono no es una enfermedad de transmisión sexual, pero fuera de las zonas endémicas afecta a los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres, con algunas excepciones.
Detectada por primera vez en humanos en 1970, la viruela sísmica es menos peligrosa y contagiosa que la viruela, erradicada en 1980.
La enfermedad se manifiesta primero como fiebre alta y progresa rápidamente a una erupción cutánea, con formación de costras.
La mayoría de las veces es benigna y, se suele curar de manera espontánea después de dos o tres semanas.
Entre el 80 y el 90 por ciento de los niños de América Latina y el Caribe serán incapaces de comprender un texto simple debido a la “catástrofe educativa” provocada por la pandemia de coronavirus, según pronósticos de organismos internacionales divulgados hoy.
El Banco Mundial (BM), Unicef, Unesco, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo (Usaid) y otros organismos internacionales elaboraron un documento titulado “Dos años después: salvando a una generación”, en el que aseguraron que cuatro de cada cinco niños en América Latina y el Caribe no podrán comprender un texto simple.
El relevamiento afirmó que la pandemia de Covid-19 provocó en América Latina y el Caribe “los cierres de escuelas más largos y constantes del planeta, a raíz de los cuales los alumnos de la región perdieron en promedio 1,5 años de aprendizaje”, precisó la agencia de noticias AFP.
Asimismo, esta situación puede significar “un retroceso más de diez años”, sostiene el documento.
La región “enfrenta una crisis educativa sin precedentes que podría comprometer el desarrollo futuro de nuestros países”, aseguró Carlos Felipe Jaramillo, vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.
“El hecho de que una gran mayoría de los alumnos de sexto grado tal vez no logre comprender lo que leen pone un signo de interrogación sobre el bienestar futuro de millones de niños que aún no desarrollaron competencias fundamentales críticas, algo que eleva el riesgo de profundizar aún más las desigualdades de larga data en la región”, agregó el especialista.
Por su parte, Jean Gough, director de Unicef para América Latina y el Caribe, apuntó que “demasiados niños no han podido regresar a la escuela a tiempo completo, y muchos de los que han regresado están perdidos”.
“En ambos casos no están aprendiendo”, aseguró el especialista que calificó esta situación como una “catástrofe educativa” que se reproduce “día tras día”.
Asimismo, un segundo estudio, titulado “Situación de la pobreza de aprendizaje a nivel mundial: actualización 2022”, realizado por los mismos organismos internacionales afirmó que “nueve de cada diez alumnos de la región son incapaces de leer un texto simple al final de la educación primaria”.
Según Claudia Uribe, directora de Oreal/Unesco Santiago, solo priorizando la educación en la agenda pública se puede lograr una recuperación en la materia.
Entre las “acciones clave” para “reencauzar a esta generación”, el documento propone reintegrar a todos los alumnos que hayan abandonado el sistema educativo y asegurar que permanezcan en él, así como valorar y formar a los docentes.
América Latina fue una de las regiones del mundo más golpeadas por la pandemia del COVID-19 en términos de salud y economía. La crisis sanitaria generada en la región fue resultado de varios factores como ineficiencias en los sistemas sanitarios y un bajo gasto público en salud inferior al de los países europeos y al de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Así lo evidenció el estudio “Entorno sobre las Políticas de COVID-19 y la Importancia de la Economía de la Salud en América Latina”, que le puso datos y porcentajes a la situación vivida por los pacientes de la región y sugiere cómo se podría mejorar el manejo económico de este tipo de pandemias.
El estudio de la Federación Latinoamericana de la Industria Farmacéutica (FIFARMA) fue elaborado por Wifor, un instituto independiente de investigación económica con sede en Alemania, y le midió el pulso a la situación generada por el COVID-19 en materia de economía de la salud en Brasil, Argentina, Perú, Chile, México y Colombia, en comparación con países del primer mundo.
De acuerdo con sus hallazgos, mientras países como Francia tienen un gasto público en salud del 8.8% del Producto Interno Bruto (PIB), el Reino Unido, del 8.0%, España, del 6.5%, y los países del OCDE, del 5.8%, en América Latina Argentina y Chile, los mejor calificados, llegan al 4.9%, y países como Colombia, apenas alcanzan el 4.1%, Brasil el 3.8%, Perú el 3.3% y México el 3.1%.
El COVID-19 tuvo un impacto distinto en cada país en términos de muertes, pero con grandes diferencias frente a los europeos. El país con menos número de muertos por cada 100 mil habitantes fue Chile con 232, seguido de México (249), Colombia (274), Argentina (282), Brasil (309) y Perú (642). Mientras tanto en Europa, Francia tuvo 211 muertes por cada 100 mil habitantes, España 214 y el Reino Unido 240.
Adicionalmente, la mayoría de los países de América Latina mostraron una baja relación entre habitantes y médicos, enfermeras, hospitales y camas en las UCI. Aunque existen grandes diferencias entre los distintos países, y en algunos casos hay más médicos que enfermeras, el promedio general de América Latina con 2.0 médicos y 2.8 enfermeras por cada mil habitantes está por debajo del promedio de los países de la OCDE con 3.5 médicos y 8.8 enfermeras por cada mil habitantes o de Francia con 3.3 médicos y 11.5 enfermeras. En lo referente a las UCI, Brasil y Argentina se destacaron en América Latina con 20.6 UCI y 18.8 UCI por cada mil habitantes. El promedio de la región fue de 9.1 UCI por cada 100 habitantes, cifra inferior a la de los países de la OCDE (12.0) o la de Francia (19.4).
El subdesarrollo de la industria farmacéutica en la región también afectó el manejo de la pandemia. Mientras la participación en los ingresos del mercado farmacéutico mundial superó el 45% y el 20% para Norteamérica y Europa, respectivamente, en Latinoamérica representó menos del 5%. Además, el valor agregado generado en la industria farmacéutica de Latinoamérica fue de cerca del 5%, mientras en EE.UU. fue de 21% y en la UE cerca del 36%. En materia de investigación las diferencias son abismales. El 70 % de las empresas de investigación y desarrollo farmacéutico están en Europa y Estados Unidos, y solo el 1% se encuentra en América Latina. Cifras que desnudan las debilidades de la Economía de la Salud en América Latina.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) define la Economía de la Salud como “la función del sistema sanitario que se ocupa de la movilización, acumulación y asignación de recursos para cubrir las necesidades sanitarias de la población, individual y colectivamente, dentro del sistema sanitario”.
“Ha llegado el momento de ver en América Latina a la salud como una inversión, como un facilitador del crecimiento económico, la riqueza y el empleo en lugar de un costo para la sociedad”, señala Yaneth Giha, Directora Ejecutiva de FIFARMA. Las posibilidades hacia el futuro de crecimiento de la Economía de la Salud son grandes, pero ya este sector participa en el Producto Interno Bruto (PIB) y genera millones de empleos directos e indirectos en nuestros países. Por ejemplo, en Brasil representa el 9.7% del PIB y genera 6.8 millones de empleos directos y 3.2 millones indirectos. En Colombia representa el 7.7% del PIB y genera 2 millones de empleos directos y 200 mil indirectos. En Chile el sector salud genera más empleo (9.4%) que la construcción (8.5%) y el de la educación (8.9%). Cada dólar invertido en la Economía de la Salud genera un valor adicional en la economía en general.
Una concepción de la salud como inversión se traduciría en aumento del gasto público en salud, fortalecimiento de la investigación y la innovación en la industria farmacéutica de América Latina y de las capacidades regionales de producción de vacunas y medicamentos. Estas condiciones generarían un crecimiento del mercado de la Economía de la Salud, de la economía general y la creación de millones de empleos en la región. Adicionalmente al impacto económico, la inversión en la Economía de la Salud tiene un efecto social pues contribuiría al cumplimiento de uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) propuestos por las Naciones Unidas, concretamente el ODS 3, que busca garantizar una vida sana de las personas y promover el bienestar en todas las edades.
Los jóvenes de Latinoamérica, las altas tasas de abandono y bajo rendimiento escolar, uno de los efectos de la pandemia
El BID, lanzó un informe sobre cómo recuperar la educación después de la pandemia, en donde se detallaron los impactos de la virtualidad, la cual profundizó las brechas existentes. Gran cantidad de jóvenes quedaron fuera del sistema escolar, perjudicando sus opciones de empleo a futuro.
El informe del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) señala que “la pandemia profundizó las condiciones preexistentes y los desafíos estructurales”. Argumentando que muchos jóvenes se vieron privados no solo de educación, sino que fueron expuestos a mayores niveles de inseguridad social, sanitario y económico, violencia doméstica y abuso.
“La pandemia también empeoró la transición de la escuela al trabajo y el sentimiento de privación de derechos entre los jóvenes. La crisis sanitaria mundial puso de manifiesto las debilidades de la economía, que en el mercado laboral dejaron a millones de jóvenes sin trabajo o, en el mejor de los casos, los empujaron a empleos mal pagados, sin prestaciones ni estabilidad”.
Esta investigación sostiene que más allá de los esfuerzos de los estados por mantener la educación, incluso con medidas de educación virtual, se perdieron más días de clases que en cualquier otra región del mundo. Donde solo el 22% de los hogares tenía acceso a internet y solo el 19% tenía un ordenador, marcando la falta de infraestructura digital sumado a la falta de preparación de los docentes para fomentar el aprendizaje híbrido y a distancia.
Los indicadores más fuertes que fueron impactados por la pandemia, sin duda estuvieron relacionados al ingreso, al género y la geografía, donde los hogares en zonas rurales los jóvenes prácticamente no tenían acceso a las plataformas de aprendizaje en línea. Sin mencionar del impacto frente a las comunidades indígenas y afrodescendiente, donde solo el 29% tenía acceso a un ordenador.
El efecto de la no presencialidad afecta sobre todo a la posibilidad de finalizar los estudios, ya que según la investigación muchos estudiantes manifestaron que no participaron en ninguna actividad de aprendizaje, o no tuvieron ninguna interacción con los profesores, enfocándose que en los países más pobres esta situación es probablemente mucho peor. El impacto de esta situación, es que profundiza el abandono definitivo de los estudios, considerando que la falta de contacto cara a cara con profesores y compañeros, puede crear un ciclo de baja autoestima y reticencia al estudio.
Otro dato alarmante que sugiere el BID es el retroceso que se concentró en las niñas, las comunidades indígenas y afrodescendientes, además de escuelas en zonas vulnerables. Donde si bien, todos los jóvenes aumentaron sus actividades domésticas, las niñas se vieron más enfocadas al cuidado del hogar y de los niños más pequeños, o ancianos, lo que supone un retroceso en décadas de progreso sostenido en la reducción de la brecha de género en la educación.
“Los jóvenes no solo se vieron privados de aprender nuevos conceptos y habilidades, también perdieron conocimientos y habilidades que ya dominaban”
Las muestras señalan que hubo pérdidas equivalentes a un año entero de escolarización. Y en sistemas educativos que estaban más preparados para cambiar a un aprendizaje a distancia, el impacto fue aproximadamente de medio año de escolaridad.
Por otra parte, se habla de que “El distanciamiento social afectó al bienestar socioemocional y a la salud mental de los jóvenes”. Tanto el distanciamiento social, como la pérdida de medios de subsistencia en el hogar, la pérdida de familiares, el impacto del abuso de sustancias y la violencia doméstica, tuvieron un impacto devastador para los jóvenes.
Además, la escuela está ligada al acceso de beneficios sociales, desde vacunas, comidas, ayudas a las familias, hasta el apoyo socioemocional, la atención y el desarrollo personal, se vieron afectados ante el cierre.
Por otra parte, todos estos datos se traducen en un impacto en la disminución de sus ingresos de entre 15000 y 30000 dólares a lo largo de su vida, debido al menor rendimiento educativo. Lo que se traduce en 760000 millones de dólares en la economía de Latinoamérica, lo que equivale a un 17% de su PBI. Estas consecuencias pueden no ser tan evidentes, pero a futuro impactarán en la calidad de vida de las generaciones futuras.
Hay que invertir más y mejor en educación
El informe, propone que estos datos que son para nada alentadores, también ofrecen al conocerlos, la posibilidad de que todos los actores entiendan los puntos más importantes que se deben reforzar.
Considerando que la pandemia aumentó los niveles de pobreza y de desigualdad, el gasto público debería estar enfocado a paliar el impacto que recibieron los sectores más vulnerables en sus ingresos, además del acceso a los servicios básicos. “Las inversiones eficientes y equitativas en un contexto de restricciones fiscales tienen implicaciones para la estructura política y fiscal y sus efectos redistributivos”.
“En el corto plazo los recursos necesarios para la rehabilitación de escuelas y el regreso seguro a clases se estiman en U$S 23087 millones, que representan el 0,21% del PBI regional”, señala el informe agregando que el desafío que enfrenta la región es mejorar los sistemas educativos, pero a la vez responder a la emergencia.
Si se estima pensando en los siguientes 10 años la inversión sería de “aproximadamente U$S 220000 millones, incluyendo la inversión en infraestructura y equipamiento. Si nos enfocamos en el gasto dedicado a mejorar la retención de los aprendizajes, el gasto promedio se incrementaría en U$S 1200 por alumnos, alcanzando una inversión promedio del 5% del PBI regional, acercando al ALC en términos de inversión al promedio de economías más avanzadas”.
Pero, no se trata de gastar más, sino de gastar eficientemente, evitando los despilfarros, llamando a los actores a la acción para prevenir las consecuencias de los efectos combinados de los desafíos estructurales y la pandemia, que requieren no solo acciones inmediatas, sino estrategias a mediano y largo plazo.
Por esto mismo, sugieren cuatro áreas donde se debe enfocar la inversión y ellas son:
-Volver a involucrar a los jóvenes que han perdido contacto con las escuelas en pandemia, asegurando que completen su educación y sus trayectorias profesionales.
-Cerrar la brecha digital, producir contenidos en línea de alta calidad y transformar digitalmente los sistemas educativos. Ofrecer una transformación digital permanente de los sistemas educativos, donde se da prioridad al acceso a dispositivos y conectividad, además de acceder a contenidos de alta calidad, formación de docentes en pedagogías eficaces donde prima la instrucción personalizada.
-Acelerar el aprendizaje para todos.
-Como respuesta a los niveles sin precedentes de aislamiento, trauma y depresión de los jóvenes, dar prioridad a los entornos de aprendizajes seguros y enriquecedores.
La elección de cómo tomar estos datos, es responsabilidad de cada uno de los actores involucrados en el desarrollo, como señala el informe:
“La elección es nuestra, aprovechar este shock para transformar o retroceder y volver a una nueva normalidad que no altere la composición y el valor de nuestro capital humano”.