Represión

¿Por qué estalló Colombia?

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Los jóvenes de Colombia hoy están en la primera línea de las protestas contra el Gobierno de Iván Duque. Son esos manifestantes los que han arrinconado al Ejecutivo, al punto de forzarlo a retirar la fallida propuesta de reforma tributaria que desencadenó las movilizaciones. 

Las encuestas coinciden en que Duque ha perdido decididamente el apoyo de los jóvenes. El 74 % de los consultados entre 18 y 25 años tenía una imagen desfavorable del mandatario en una encuesta de Cifras y Conceptos. 

A sus 44 años, Duque es el presidente más joven en la historia reciente de Colombia y, aunque llegó al poder con 42 años recién cumplidos, siempre ha exhibido, desde la propia campaña, sus credenciales conservadoras. Esa paradoja estuvo presente durante todo su mandato, y lo ha hecho, una vez más, durante la última semana de caos. 

Aunque el Gobierno se abrió a un proceso de diálogo político en busca de una nueva reforma consensuada, la movilización no cede y los jóvenes son un componente central del cóctel de descontento que cerca al Ejecutivo del Centro Democrático, el partido de Gobierno fundado por Álvaro Uribe.

La estrategia del presidente colombiano Iván Duque durante los últimos días dista mucho de ser la adecuada para superar el impasse actual de conflictividad social. Mantiene un discurso beligerante, de categorías binarias y resuelto bajo el uso de la fuerza. Duque confía en que la mala prensa y la popularización de este tipo de lecturas pueden, per se, desescalar paulatinamente el conflicto.

Pero sucede todo lo contrario. 

Desde hace tiempo, Colombia es una bomba que en cualquier momento puede explotar. Y no lo es solo por el nivel de pobreza, la exclusión social y el abandono que sufren millones de personas y buena parte de la geografía del país. Lo es porque, una vez finalizado formalmente el conflicto armado, la movilización social tiene ante sí una serie de carencias y necesidades en términos de precariedad laboral, vulnerabilidad y desposesión de derechos que, sin el soporte del conflicto armado, tienen todo a su disposición para visibilizar, problematizar y politizar numerosas necesidades maltrechas durante décadas. 

Es decir, ahora más que nunca la conflictividad social juega con todo a su favor para hacer gravitar la agenda política por fuera del tradicional esquema paz/seguridad que durante décadas dominó las agendas de gobierno acontecidas en Colombia y que invisibilizó una marcada violencia estructural.

A estos jóvenes los une el desencanto, el rechazo a la clase política y un profundo malestar frente al Gobierno. En la oleada de protestas que ya habían sacudido al país a finales de 2019, los jóvenes de universidades públicas y privadas fueron destacados protagonistas.

Pero la actual oleada de movilizaciones marca diferencias. La pandemia y el confinamiento han contribuido al aumento de la desigualdad y han hecho más difícil acceder a la educación, la salud, e inclusive, el acceso a la vivienda -un problema que atraviesa a la generación millennial-, con protestas sociales muy difíciles de controlar.

La búsqueda de un modelo económico y una policía distintos tiene que ver con la idea de un país nuevo. La generación que lidera las protestas en las calles creció en un país en guerra, bajo los discursos completamente polarizantes de la Guerra Fría; y hoy su mayor anhelo es que la política supere esos traumas del conflicto y permita, incluso a través de la protesta pacífica, hablar de temas como educación, derechos sociales, inclusión de minorías y legalización de las drogas, entre otras cosas prohibidas en el debate en Colombia durante décadas.

Así que un cambio de ese modelo desigual y excluyente —que para muchos requeriría una mayor democratización de la salud y la educación— está en el corazón de este movimiento.

También exigen el retiro de un proyecto que busca privatizar la salud, un mejor manejo de la pandemia de coronavirus y un salario básico acorde a la canasta de alimentos para paliar a uno de los países más desiguales del continente. Actualmente el desempleo en Colombia es del 16,8 por ciento y la pobreza alcanza al 42,5 por ciento de la población.

Las protestas actuales comenzaron con una huelga general por una reforma fiscal impopular contra un gobierno profundamente polarizador, en defensa de los líderes de derechos humanos amenazados, por un aumento de la red de seguridad social durante la pandemia y por la reforma policial.

Y las calles ya lograron dos efectos inesperados en un país donde la movilización social, que fue tachada de “subversiva”, rara vez tuvo consecuencias políticas: las retirada de la reforma tributaria y la caída del ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, aun así, ninguna de las medidas ha sofocado el descontento social.

Lo que es difícil de pronosticar es si este movimiento sumamente heterogéneo, que en origen se mostró fresco y novedoso, terminará en una situación que sí tiene precedentes en Colombia: la de una violencia desbordada. Más de 24 muertes, 89 personas desaparecidas, 140 denuncias de violencia según la Defensoria del Pueblo de Colombia y según la ONG Temblores, se reportaron más de 200 intervenciones violentas hacia mujeres, entre ellas, 10 denuncian agresión sexual. 

Desde la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos expresaron el martes pasado su profunda preocupación por la reciente actuación de las fuerzas del orden en la ciudad de Cali que finalizaron con varios muertos y heridos.

La actual es una situación sin precedentes. Y que mucho se explica porque el proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016 abrió una caja de pandora de demanda.

La reforma rural integral planteada en el acuerdo, suponía admitir la realidad de una violencia estructural de la cual el Estado fue corresponsable durante décadas. En Colombia, la reforma agraria resultó siempre una promesa incumplida por parte de las élites políticas, a lo que se sumaba una suerte de política territorial que siempre gravitó en torno a una “bogotanización” de la agenda pública. 

Es decir, la reforma rural implicaba reconocer que la periferia olvidada de Colombia necesitaba de mayores recursos e inversiones si verdaderamente se quería abordar un proceso de construcción de paz estable y duradero.

Y este fue el punto de partida del comienzo del desastre.

Desde el partido del presidente Ivan Duque, nunca aceptaron que la paz debía llegar al país por medio de una solución negociada y que, entre otras cuestiones, ello obligaba a repensar los límites de la democracia colombiana y de su Estado de Derecho.

Durante sus primeros años en el gobierno, Duque se ha encargado de deslegitimar el Acuerdo de paz. Homologando el término “paz” al término FARC. Ha instrumentalizado el Poder Judicial, evitó aumentar el presupuesto del Plan Nacional de Desarrollo, ha obstaculizado el avance de la Jurisdicción Especial para la Paz y ha criminalizado, bajo la etiqueta de “guerrillera” o “terrorismo”, cualquier reivindicación o protesta social, por muy ajena que resulte a la cuestión del Acuerdo.

De nada sirve un Acuerdo de Paz si no se acompaña de medidas que transformen las condiciones de vulnerabilidad y exclusión social, y de intervenciones que resignifiquen un imaginario social colectivo, preparado para lo que supone, desde todos los extremos, un proceso de construcción de paz. Allí están los resultados a la vista: el quinto país más desigual del mundo, con unos niveles irresueltos en cuanto abandono territorial e institucional de las zonas con mayor presencia del conflicto armado, y en donde la necesaria presencia del Estado en aquellos lugares que abandonan las FARC para asumir el proceso de entrega de armas nunca se cumplió. 

Muchos esperaban que ese acuerdo, junto con el fin formal de cinco décadas de guerra civil que mató a más de 250 mil personas y obligó a más de 7 millones a huir de sus casas, abriría un nuevo espacio para la izquierda en el espectro político de Colombia, pero la realidad dista de ser así y los resultados están a la vista: crisis de representación, desconfianza hacia el sistema político en aumento y alta desconexión entre la juventud y la política.

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La sorpresa de la crisis chilena

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De algún modo todos nos vimos sorprendidos con las noticias de los disturbios y manifestaciones sociales en Chile. Nadie se imaginaba que el ejemplo a seguir en América Latina cayera en una crisis social tan profunda. Pero… ¿Por qué? ¿Qué pasó?

La economía chilena

A diferencia de Argentina, Ecuador o Bolivia, los problemas de Chile no tienen su origen en una crisis macroeconómica. A decir verdad, el país trasandino viene creciendo ininterrumpidamente desde hace décadas, con gran control de las variables macroeconómicas y cuentas fiscales muy ordenadas. Si se considera el crecimiento promedio de PIB que ha tenido Chile desde 1990 hasta 2015, la tasa de crecimiento promedio anual es del 5%. Aunque a partir del 2019 ese crecimiento se desaceleró, la economía sigue creciendo y se prevé que en 2023 Chile pueda pasar a pertenecer al grupo de países desarrollados. El modelo chileno también ha sido muy exitoso en bajar la pobreza, siendo el segundo país de América Latina (después de Uruguay) con menos pobres.

Sin embargo, a pesar del éxito del modelo económico chileno, tiene un gran problema puertas adentro que tiene que ver con la desigualdad en la distribución de los ingresos. Para demostrarlo, les presentaré un indicador conocido como coeficiente de Gini.

Coeficiente de Gini

El coeficiente o índice de Gini mide hasta qué punto la distribución del ingreso entre las personas u hogares, dentro de una economía, se aleja de una distribución perfectamente equitativa. Por lo tanto, un índice de Gini de 0 representa una equidad perfecta (todos ganan lo mismo), mientras que un índice de 100 representa una inequidad perfecta (una persona se queda con todos los ingresos y los demás no reciben nada).

Si analizamos los datos del Gini para el año 2018, Chile no es solamente el país de sudamérica más desigual de la OCDE, sino que se encuentra en el puesto número 13 como el país más desigual del mundo. Si lo comparamos con Argentina, en esto estamos mucho mejor, ya que ocupamos el puesto 46 del ranking.

Ranking de los países más desigualesPaísGINI año 2018
1Sudáfrica57,7
2Namibia55
3Sri Lanka51,4
4China51
5Zambia49,5
6Lesotho49,3
7Colombia48,9
8Honduras48,3
9India47,9
10Filipinas47,9
11Egipto47
12Panamá46,1
13Chile45,9
14México 45,9
15Costa Rica 45,7
46Argentina38,6

Según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas de Chile, el ingreso medio mensual de los trabajadores en Chile es de U$s795 mensuales (aproximadamente  unos $47.750 pesos argentinos), lo cual está bastante bien si lo analizamos desde nuestro punto de vista. Sin embargo, existe una gran brecha entre los ingresos de los más pobres (el 70% de los trabajadores tuvieron ingresos iguales o menores al ingreso medio) y también una gran brecha de género, ya que en promedio las mujeres chilenas ganan 17% menos que los hombres.

Estas diferencias salariales se acentúan aún más si las analizamos en base al nivel de educación, ya que en promedio, los trabajadores con educación universitaria ganan 2,4 veces más que los trabajadores con educación secundaria. El problema con ello es que acceder a la educación universitaria en Chile es sumamente costoso, porque su sistema educativo es esencialmente privado (sólo el 24,1% de los trabajadores chilenos cuentan con educación universitaria). 

Hay numerosas universidades pagas cuyo nivel académico va de la mano con la restricción al acceso por examen de ingreso y recursos del estudiante. A su vez, las universidades que mantienen un financiamiento público con examen de ingreso, reciben mayormente estudiantes de colegios privados. 

En 2011, durante el gobierno de Michelle Bachelet y luego de las protestas estudiantiles, se impulsaron algunas reformas importantes del sistema educativo que permitió el acceso de jóvenes de menores ingresos.

Sin embargo, el actual presidente Sebastián Piñera, intentó dar marcha atrás con muchas de estas medidas, ya que ve en la educación una industria con base en criterios “meritocráticos” y productivos.

Fuente: Elaboración propia en base a datos del Instituto Nacional de Estadísticas de Chile

También existen fuertes desigualdades en el sistema de salud y el sistema previsional, lo que restringe mucho las oportunidades de las personas que menos tienen en Chile.

Conclusión

El verdadero reclamo del pueblo chileno va mucho más allá de lo que pueden reflejar los indicadores macroeconómicos. Están pidiendo mayor igualdad de oportunidades. Es decir, están buscando que sus posibilidades no dependan tanto de la región del país en la que hayan nacido, de la familia que les tocó o de su género, sino que dependan de sus valores y esfuerzos, pero donde el Estado asegure puntos de partidas similares en la gran carrera de la vida. Si lo pensamos así, claramente el pueblo chileno está reclamando un verdadero desarrollo económico, más que un mero crecimiento de los ingresos. Pueden solucionarlo… Tienen los recursos para hacerlo sin comprometer su crecimiento. Quizás también es un llamado de atención para Paraguay que viene mostrando los resultados de un crecimiento sostenido con baja inflación: el derrame no se hace solo y como no es justo tener que repartir toda la torta con el que no hizo nada; tampoco es justo que el que le ponga la cereza se quede con todo.

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¿La revuelta de Chile puede ser la chispa de América Latina?

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El 2019 está culminando con un clima de inestabilidad en América Latina. Protestas en Ecuador, Bolivia y Chile; inestabilidad política en Perú y una fuerte crisis económica en Argentina, agravada por la incertidumbre que generan las elecciones presidenciales. 

Sin dudas, hay grandes diferencias entre estos países, tanto en su economía como en las estructuras sociales, cultura, recursos naturales y territorio. Sin embargo, es posible encontrar ciertos paralelismos en cada una de las circunstancias por las que atraviesan. 

Muchos podrían pensar que estos episodios de protestas y descontento popular podrían deberse a algún tipo de conspiración o que se encuentran impulsadas a partir de grupos con diferentes ideologías políticas. 

Sin embargo, las crisis tienen su nacimiento razones más profundas; en esos problemas estructurales que se definieron a partir de la historia y que a pesar del paso de los años no se han podido solucionar

  1. La desigualdad social

La desigualdad es una característica histórica y estructural de las sociedades latinoamericanas. Aunque en los últimos años hubo muchos avances para corregir estas desigualdades a través de un gasto social que permite la redistribución de los ingresos, América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo.

Tal vez usted se pregunte: si la desigualdad es un problema que existió siempre ¿por qué es un factor determinante en las crisis actuales? La respuesta tiene que ver con el panorama económico actual: desde el año 2015, debido a un enfriamiento de la economía global y la baja en los precios de los productos primarios (granos, minerales y todos aquellos productos que tengan que ver con extracción de recursos naturales) en los mercados internacionales, las economías de los países latinoamericanos están creciendo menos. Al crecer menos, comienza a subir el desempleo y la pobreza. A su vez, los países tienen déficit fiscales elevados casi inmanejables, que no les permiten incrementar el gasto para hacer frente a las demandas sociales.

En el siguiente gráfico se puede apreciar cómo comenzaron a aumentar la pobreza y la pobreza extrema en la región a partir de 2015, lo cual da cuenta del complejo panorama social.

  1. Economías basadas en la Producción Primaria

Este, tal vez, podría ser el origen de muchos otros problemas económicos de los países de Latinoamérica; y también es estructural y prácticamente determinado por la historia. Los países latinoamericanos nacen como colonias de las potencias europeas y con la función de proveer materias primas y alimentos a las grandes metrópolis. 

A pesar de la independencia política, la base de la economía latinoamericana nunca cambió: seguimos siendo lo productores de materias primas y dependemos fuertemente de las exportaciones de las mismas. Pero el mercado de estos productos tiene ciertas características que hacen a las economías muy frágiles:

  1. Los países no pueden incrementar mucho la oferta de productos porque el factor principal son los recursos naturales y son fijos;
  2. Los productores de materias primas tampoco controlan el precio de sus productos, ya que tienen poco valor agregado que los diferencie y el precio se fija en los mercados internacionales. Si los precios son altos, entra más dinero a la economía y esta crece; si bajan los precios, la economía comienza a tener problemas. La mayor dificultad es que no se puede prever cuándo los precios estarán altos y cuando caerán.

¿Cómo se soluciona este problema? Desarrollando la industria, invirtiendo en actividades productivas con mayor valor agregado

Pero… no es tan fácil como parece: para desarrollar la industria necesitamos los dólares de las exportaciones de los productos primarios (y con esto volvemos al problema inicial). 

  1. Instituciones débiles y gobiernos personalistas

Los países latinoamericanos se caracterizan por tener una situación política y económica peligrosamente inestable: democracias jóvenes (algunos países aún hoy tienen dictaduras), corrupción, desequilibrio de poderes y sistemas de gobiernos muy personalistas.

Si bien este punto no se puede clasificar como económico, es seguro que si no tenemos instituciones fuertes, la economía no va a funcionar bien. Si observamos a los países desarrollados, vamos a notar un profundo respeto por las leyes e instituciones de un país, así como también consecuencias serias para aquellos que no las respetan.

Sin embargo América Latina tiene muchos problemas en este punto. Una de las características más notorias son los gobiernos fuertemente presidencialistas, donde pareciera que el poder legislativo y judicial cumplen un rol secundario. Además de ello, son sistemas muy personalistas: la mayoría de las sociedades ven la solución a los problemas políticos en la persona de algún funcionario, más que en la democracia y en el sistema de gobierno en su conjunto. Tal vez esta visión de las cosas tenga una fuerte raíz cultural, pero pensar que una persona (ya sea un presidente o candidato) tiene todas las soluciones para los problemas de un país es un poco iluso (o se sobrestima la capacidad de una persona o se subestiman los problemas).

Más allá de ello, la importancia de la división de poderes justamente radica en el equilibrio y en el control del poder que se les da a nuestros representantes. El hombre tiende a ser egoísta y ambicioso por naturaleza y el poder puede ser un arma de doble filo. Por más buenas intenciones que tenga un candidato, el poder lo puede corromper. Por lo tanto, es imperiosa la necesidad de cambiar la visión que, como pueblo, tenemos de nuestros sistemas de gobierno y exigir que se respeten las leyes e instituciones.

Tal vez, sea el último punto de análisis de este artículo, pero debería ser el primero por donde comenzar a cambiar las cosas.


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Una economía ordenada y en crecimiento

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Nuestras proyecciones económicas para 2018 incluyen una baja en la inflación, que rondará el 12 o 15% anual, con un crecimiento económico de 3.5% del PBI, con exportaciones creciendo y aumentando el empleo.

En el presupuesto, en particular, se propone que el déficit fiscal siga disminuyendo. Estamos esperando terminar este año con un déficit un poco menor al 4%, a pesar de que la pauta estimada era del 4,2% del producto. Esperamos también terminar el año con déficits fiscales menores sin que eso resienta los niveles de actividad, porque no se ha parado la obra pública, sino, por el contrario, todo esto se ha hecho con mayores niveles de inversión pública en todo el país, porque eso hace que los costos de producción en el interior puedan ser menores al fin.

En estos años, hemos tenido que enfrentar el descalabro de las cuentas públicas que implicaban que el Estado gastara montos cada vez mayores que sus ingresos. Desde 2013 que veníamos enfrentando déficits crecientes. Nunca es fácil ajustar las cuentas. No es fácil en un hogar, menos lo es en un Estado. Cada ajuste implica acuerdos trabajosos para decidir de qué manera se priorizan los gastos. Así y todo, en el presupuesto para el año próximo, el gasto social alcanzará valores récord, y estimamos que dos de cada tres pesos que gaste el Estado estarán destinados al gasto público social y uno de cada dos pesos es con destino a la seguridad social. Así es como decidimos que se amolden los gastos: tratando de que se aumente en los que menos tienen y más lo necesitan.

Una de las razones por las cuales hace falta disminuir el déficit fiscal es que esos recursos o se toman en el exterior (aumentando la deuda externa) o en el interior (subiendo las tasas y sacando recursos a las empresas que tienen menos crédito). De ahí que creemos necesario que el Estado ajuste sus cuentas. Si lo logramos, vamos a tener una economía más sana. Pero tampoco creemos en los ajustes brutales. Para 2018 nos proponemos bajar el déficit en un 20% solamente, porque hacerlo más aceleradamente implicaría que habría que bajar, por ejemplo, fondos destinados al gasto social. No nos parece que sea la forma. Hay que dar la señal de que el gasto baja, pero también la señal de que se hace de forma responsable y atendiendo las necesidades de la gente.

El plan de gobierno para el año próximo incluye un enorme plan de obras públicas, porque para alcanzar el desarrollo hacen falta las inversiones públicas y privadas. En todas las Provincias hay en marcha importantes obras de infraestructura que van a permitir bajar los costos de producción de las empresas y a mejorar la calidad de vida de la gente, bajando tiempos de transporte, teniendo agua potable y alcantarillado o teniendo más energía. Todo esto mejora la competitividad de las empresas: queremos que las empresas del interior puedan acceder en igualdad de condiciones a los grandes mercados. Queremos que todas accedan con menores costos y que puedan producir más y mejor. Ordenar las cuentas públicas permite más fondos para inversión sin desfinanciar a los privados. Queremos que las empresas puedan crear fuentes de trabajo en forma más ágil y con menores costos. Porque con el crecimiento estimado de la economía para el 2018 los frutos tienen que verse en el mercado de trabajo bajando el desempleo. Y ahí sí, todos podrán ver que valía la pena este camino lento pero seguro, para salir de una vez del pozo en que nos habían dejado.

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Garantes de la urgencia

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Los gobernadores, tantas veces desdeñados por los despreciadores seriales de la política, se convirtieron de la noche a la mañana en los garantes de una gobernabilidad que tambaleaba. El Gobierno de Mauricio Macri, superpoderoso después de octubre, se puso en crisis aceleradamente.

El ajuste sobre las jubilaciones se convirtió en una reforma “trascendental” sin la cual todas las proyecciones económicas se caían. Hasta agitaron el fantasma de un golpe de Estado pergeñado por un kirchnerismo que un rato es el pasado y al instante mantiene enormes capacidades de movilización. Fueron los gobernadores, con una foto mostrando su apoyo, los garantes de un delicado equilibrio.

Se equivoca el equipo de Cambiemos si atribuye el enojo al “pasado” que tiró piedras y convirtió los alrededores del Congreso en un sangriento campo de batalla. Nadie de bien quiere la violencia ni la justifica. Pero detrás de los encapuchados de siempre había miles manifestándose en forma pacífica.

Debe advertir el Gobierno que sus propias bases electorales rechazaron la reforma  impuesta a las apuradas. La cacerola es un recurso de la clase media, que comenzó a anticipar la caída del fugaz gobierno de la alianza radical y tronó varias veces contra el kirchnerismo, con señoras paquetas como emblema. Esas mismas cacerolas aturdieron nuevamente en la noche del lunes en decenas de barrios de varias ciudades. Si no se toma nota, el capital político que supo construir la promesa de cambio, se diluirá mucho más temprano que tarde.

El reformismo permanente impuesto como eslogan por Macri impone hacer todo a las apuradas, muchas veces con poco timming para medir apoyos y evaluar consecuencias. Las imágenes de la batalla campal, coincidían con un nuevo aniversario de la caída de Fernando De la Rúa, con postales similares en los últimos días de 2001. Una simbólica coincidencia.

La reforma previsional fue rechazada por cada encuesta y grupo de opinión. Y no es apenas un problema de mala comunicación, eufemismo utilizado para cubrir errores de fondo. Economistas ortodoxos, cercanos al Gobierno, admiten que los jubilados perderán poder adquisitivo el año próximo. Ni siquiera el presidente del interbloque de Cambiemos en Diputados, Mario Negri, pudo sostener lo contrario: “No puedo asegurar que los jubilados van a ganar más”, confesó en el recinto.

La fundación Mediterránea emitió un documento en el que especifica que con la nueva movilidad previsional aprobada, los aumentos en el poder adquisitivo de las jubilaciones en 2018 resultarían mayores que la inflación del período, aunque levemente por debajo de lo que ocurriría con la anterior movilidad. Los jubilados de la mínima con 30 años de aportes tendrían una suba real de 4,6% promedio. Los beneficiarios de la AUH alcanzarían un aumento real del 4,0%, mientras que los jubilados por las moratorias incrementarían su poder adquisitivo en 2,2%.

Los economistas Marcelo Capello y Luis Lauingue indican que los jubilados que cobran la mínima con 30 años de aportes sólo perderían $63 mensuales en promedio, con respecto a la regla vieja (lo que, en términos relativos, representa una caída del 0,8%). Por su parte, los beneficiarios de la mínima y que accedieron por moratoria previsional resignarían $235 por mes (2,9% respecto a la fórmula antigua). Por último, el sacrificio mensual de ingresos de los beneficiarios de la AUH alcanzaría unos $20,6 (1,3% menos que con la movilidad anteriormente vigente).

El bono de último momento confirmó que el golpe al bolsillo era real. Con el ahorro en jubilaciones, el Gobierno aspira a reducir el déficit fiscal, que crece por la otra ventanilla con los desorbitados intereses de la deuda que sigue acumulándose. Nadie puede garantizar que sea el último “sacrificio” que deban hacer los asalariados. El ministro de Economía, Nicolás Dujovne, pide paritarias en torno al 16,6 por ciento, ocho puntos menos que la estimación más optimista de la inflación de 2017, que lejos estuvo de ser domada por las tasas altas del Banco Central que conduce Federico Sturzenegger, cada día menos solvente a la hora de defender la política monetaria.

En el Gobierno creen que Macri necesitaba sacar las leyes para demostrar autoridad después de haber ganado las elecciones y que de otro modo, su Gobierno se debilitaba.

Ustedes confiaron en mi para que yo haga los cambios, sino no hay futuro”, deslizó Macri en una rueda de prensa a destiempo. Verdad relativa: el kirchnerismo sacó sus mejores galas de las derrotas y padeció las más duras como la discusión por la 125 sin garrote ni escenas dantescas. De las derrotas también se aprende. Posverdad: Macri fue elegido por y con la negación permanente de todas las medidas que tomó después. Incluido el ajuste sobre las jubilaciones.

Fueron los gobernadores, a través de los diputados nacionales, los que salvaron el mal momento del Gobierno que se extendió durante todo el fin de semana y hasta la sesión del lunes. La caída de imagen fue superior a los diez puntos según varias consultoras y no había forma de salir del atolladero sin mayores daños colaterales.

En medio, algunos sectores del peronismo y la izquierda, siempre funcional, recalentaban el clima en las calles, esta vez sin gendarmes, pero con policías igual de desatados.

El flamante interbloque Federal fue clave para poner algo de equilibrio entre las pretensiones de Cambiemos y la sanción definitiva de las reformas previsional, laboral y fiscal, que se aprobaron con premura.

Los legisladores que intervinieron en las negociaciones relatan que el apuro del oficialismo pretende neutralizar cualquier atisbo de crecimiento de Cristina Fernández. La senadora recién asumida acumula procesamientos a piacere y sirve como contrapeso entre el pasado y la promesa del futuro.

Pero si la economía no arranca y el humor social no mejora, su fortaleza política puede crecer. De ahí a atribuirle poderes para entorpecer el rumbo, hay un trecho.

El problema es que pocos se atreven a garantizar que la economía realmente deje de celebrar apenas un puñado de brotes verdes. Las preocupaciones son varias. En una mesa de empresarios organizada por Economis, hubo quejas sobre la parálisis y concentración de la obra pública financiada por Nación, lamentos por la escasa atención brindada a los reclamos misioneros por las asimetrías y un enojo común: la desaparición –paulatina- del decreto 814, que permitía tomar a cuenta de IVA, el 10 por ciento de los aportes patronales de las empresas misioneras.

La preocupación tomó forma de documento en la última reunión de la Confederación Económica de Misiones, que pidió una reunión urgente con el ministro del Interior, Rogelio Frigerio y con el gobernador Hugo Passalacqua. En Cambiemos juran que la reforma impositiva “beneficia” a las empresas del NEA porque pagan salarios –y aportes- por debajo del futuro mínimo no imponible de 12 mil pesos, pero admiten que “quizás algunas empresas tengan problemas con los sueldos altos”.

Las provincias más alejadas del centro del país se beneficiaban con este mecanismo para compensar costos y de paso, atraer alguna inversión. Pronto ese atractivo desaparecerá. Y el impacto está en las antípodas de lo que propone la reforma impositiva y laboral. El CEO de una empresa de transporte de Misiones advirtió que sus costos se dispararán en 400 mil pesos mensuales por las reformas y la imposibilidad de tomar aportes a cuenta de Ganancias. ¿Cuáles son las alternativas ante semejante “tarifazo” salarial?

Otra vez, la fundación Mediterránea advirtió que “si bien se considera promisoria la aplicación de un mínimo no imponible a las contribuciones patronales, podría resultar conveniente mantener algún criterio de diferenciación regional en el pago de contribuciones patronales, así como también resultan apropiados los criterios definidos en la legislación vigente (distancia a Buenos Aires y NBI)”.

En cambio, las empresas del centro del país sí aparecen como directamente beneficiadas por la reducción de aportes. Cien mil millones, se estima. Mismo cálculo que lo que se ahorra con jubilados. Un senador de Cambiemos y un diputado de la Renovación aseguraron que el 814 se sostendrá para las provincias del plan Belgrano. Habrá que seguir de cerca esas negociaciones. 

En este escenario, cobra dimensión la idea de que son las provincias y los asalariados –activos o jubilados- y finalmente, las empresas del interior los que hacen un real esfuerzo por reducir costos y recuperar “competitividad”.

Los impuestos nacionales bajan poco y nada y a largo plazo, mientras que las provincias resignarán recursos a cuenta de una incierta recuperación vía crecimiento económico.

En Misiones, por caso, la rebaja de Ingresos Brutos se amortiguará por el nuevo tarifazo energético decretado por el ministro de Energía, Juan José Aranguren. El presidente de Emsa, Guillermo Aicheler ya anticipó a un grupo de empresarios que la suba promedio será del 35 por ciento y que en febrero habrá un aumento similar. Esta vez no parece haber chances de que la Provincia asuma parte del nuevo costo tarifario.  

Misiones fue una de las primeras en adherir al nuevo Pacto Fiscal, apenas con la oposición del Partido Agrario y el kirchnerista Lucas Cácerez. Implica una reducción de impuestos y una transferencia de recursos al sector industrial misionero por más de 3000 millones de pesos, de los cuáles, al menos mil millones serán pérdida para Misiones. la rebaja del impuesto a los Ingresos Brutos al sector industrial será de 3,5 a 2 por ciento en 2018 y a 1,5 por ciento en 2019, excepto para la industria papelera, que bajará de 7 por ciento a seis por ciento en 2019. El transporte tendrá una reducción del 3,5 al 3 por ciento para 2018, lo que debería traducirse en menores costos de logística. En 2022 debería quedar exento. 

El sector comercial, en cambio, deberá esperar. La Nación no tiene entre sus prioridades una reducción en los impuestos a las ventas y el límite superior es del 5 por ciento, por lo que Misiones está por debajo de esa alícuota. La producción primaria seguirá con alícuota cero.

En la sesión extraordinaria del lunes en la Cámara de Diputados, convocada para aprobar la adhesión al pacto fiscal, que incluía una cláusula de apoyo a la reforma previsional, el presidente del bloque renovador, Marcelo Rodriguez, sostuvo que la adhesión implica “caminar por el sendero de la coherencia y respetando lo que la sociedad decidió en las urnas”.  

“Es en tiempos difíciles donde puede observarse el temperamento. Nuestro espacio político va a seguir brindando la gobernabilidad”, prometió. Pero reclamó que la Nación convoque a discutir una nueva ley de Coparticipación Federal para que Misiones sea compensada por años de atraso.

Esa teoría es la que desempolvó el Gobierno nacional para garantizar que las provincias no perderían recursos. Que habrá un efecto derrame que permitirá recuperar impuestos a través de mejor actividad económica. Jorge Rattier Berrondo, presidente del bloque de la alianza Cambiemos, rogó que se cumpla: “Vamos a solicitar a los sectores que se benefician, que reinviertan, que den trabajo”.

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