Rusia

El fútbol ruso, al borde del precipicio

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El fútbol inglés recibió una sanción de cinco años sin participar en competiciones europeas tras la tragedia de Heysel (1985). La campaña militar rusa en Ucrania ha colocado al fútbol ruso al borde del mismo precipicio. La selección fue excluida del Mundial, los clubes no pueden disputar competiciones europeas y se ha producido un éxodo masivo de futbolistas a países extranjeros, incluido ucranianos.

“Todo está en manos de la FIFA. Los clubes rusos pueden volver en diez años, dentro de un año o nunca”, comentó a EFE Mikhaíl Prokopets, abogado de la compañía internacional SILA que representa los intereses de los clubes rusos.

CLUBES RUSOS, EXCLUIDOS DE EUROPA

El pesimismo cunde en el fútbol ruso. La FIFA y la UEFA se muestran inflexibles desde que condenaran al fútbol ruso al ostracismo el 28 de febrero, cuatro días después del estallido de los combates.

La campaña militar rusa en Ucrania se alarga y, como mínimo, los equipos rusos estarán marginados hasta 2023. El Spartak Moscú, que se había clasificado para los octavos de final de la Liga Europa, ni siquiera pudo saltar al campo por culpa de la “operación militar especial”.

Con todo, los clubes rusos no se rindieron y recurrieron al Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), pero éste rechazó el 15 de junio pasado los recursos presentados tanto por la Unión de Fútbol de Rusia (UFR) como por los clubes afectados de cara a esta temporada: Zenit, Sochi, Dinamo y CSKA.

La UFR se planteó denunciar al TAS por el perjuicio económico causado o acudir al Tribunal Supremo en Suiza. Pero Prokopets considera que Rusia carece de “instrumentos legales para recurrir el laudo arbitral”.

“Es una decisión que está al margen del terreno jurídico. Depende de factores externos”, comentó.

El abogado asegura que la imposibilidad de competir contra equipos de otros países es un “gran problema” para el desarrollo del fútbol nacional y para la economía de los clubes.

“Si los clubes no juegan en Europa no puedes vender a buen precio a tus mejores jugadores ni tampoco fichar otros futbolistas, ya que estos prefieren disputar la Liga de Campeones. Si no juegas contra los mejores, también ganas menos en derechos de televisión. Es una historia global”, explica.

Además de las pérdidas económicas y los problemas para encontrar patrocinio, algunos clubes punteros rusos están también teniendo problemas con la equipación debido a la decisión de grandes marcas como Nike de abandonar el mercado ruso. Por increíble que parezca, algunos futbolistas incluso han recibido la instrucción de no regalar camisetas a los aficionados.

En el plano deportivo, también se han producido desequilibrios debido a que los equipos del sur de Rusia no pueden viajar en avión desde sus ciudades y deben desplazarse en autobús y tren a aeropuertos en otros lugares. Y es que por motivos de seguridad las autoridades cerraron los aeropuertos de las regiones cercanas a la frontera ucraniana.

ESTAMPIDA DE LEGIONARIOS

Una de las consecuencias más graves para el fútbol ruso ha sido la estampida de futbolistas extranjeros, especialmente europeos. El detonante fue la decisión de la FIFA de permitir que jugadores y técnicos que militan en clubes rusos y ucranianos suspendan unilateralmente su vinculación contractual hasta el 30 de junio (la autorización de FIFA de suspender los contratos de jugadores extranjeros fue prorrogada posteriormente hasta el 30 de junio de 2023). Los clubes, atados de pies y manos, se encuentran indefensos.

“Si viviéramos en el vacío, la decisión de la FIFA es absolutamente ilegal. Infringe todas las reglas que regulan el fútbol en los últimos años desde el sistema de traspasos, a la estabilidad de los contratos o la propiedad privada”, denuncia Prokopets.

El Krasnodar perdió nueve jugadores -acabó jugando con once futbolistas rusos- y a su técnico, el alemán Daniel Farke. Aunque, recientemente, volvieron el colombiano Córdoba, el ecuatoriano Ramírez y el brasileño Caio.

El Rostov también perdió a siete jugadores, pero logró salvar la categoría. No tuvo tanta suerte el Rubín Kazán, que descendió de categoría con el exseleccionador, Leonid Slutski en el banquillo.

De los grandes, el técnico alemán del Dinamo Moscú, Sandro Schwarz, aguantó hasta el fin de la temporada pasado para hacer las maletas y ha sido sustituido por el serbio Jovanovic. También se quedó en el Spartak hasta alzarse con el título de la Copa de Rusia el italiano Paolo Vanoli, que ha sido reemplazado por el español Guillermo Abascal. El alemán Josef Zinnbauer relevó a su compatriota Makus Giskol en el Lokomotiv. El Zenit es el único que ha logrado mantener a su plantilla, con la excepción del brasileño Yuri Alberto.

“Para los extranjeros que juegan en Rusia no hay ningún problema. Siguen viviendo y jugando. Pese a todo lo que está pasando, hay muchos jugadores extranjeros en la liga rusa. Clubes ucranianos como el Shakhtar también han recurrido al TAS. Ni rusos ni ucranianos están satisfechos”, destaca.

Los cinco futbolistas ucranianos que aún jugaban en la liga rusa abandonaron sus equipos nada más consumarse la invasión rusa: Rakitskiy (Zenit), Ordets (Dinamo), Ivanisenya (Krylia Sovétov), Poliarus (Akhmat) y Kulakov (Ural). Les acompañó también el técnico ayudante del Dinamo, Andréi Voronin, pero no el histórico capitán de la selección ucraniana, Anatoli Tymoschuk, que decidió permanecer en el organigrama técnico del Zenit, lo que le ha convertido en un traidor a la patria en Ucrania.

La otra cara de la moneda es que Rusia ha decidido apostar por el mercado latinoamericano, de donde proceden muchos de los fichajes de este verano. Los futbolistas latinos son más baratos que los europeos y, lo que es más importante, están menos politizados.

LA SELECCIÓN RUSA, SIN MUNDIAL

“Lo más curioso es que si lees el fallo, ni la selección ni los clubes rusos son responsables de lo que ocurre. Eso es muy importante. El fútbol ruso no es responsable”, explica Prokopets.

En cambio, en mayo la UEFA excluyó a la selección rusa de todas las competiciones, incluido la Liga de las Naciones. Eso se suma a la duro revés que supuso para el equipo dirigido por Valeri Karpin no poder enfrentarse en Moscú a Polonia en la repesca mundialista. La herida aún sigue supurando, ya que los polacos eliminaron a Suecia y lograron un billete para Catar.

Desde que cayera por la mínima ante Croacia en noviembre, derrota que le impidió clasificarse directamente, Rusia no tiene con quien jugar. Karpin, ocioso desde entonces, ha tenido que compaginar el trabajo de seleccionador con el técnico del Rostov. En septiembre el combinado nacional volverá a reunirse para disputar un amistoso, pero aún se desconoce el rival. Los candidatos oscilan entre Irán, Bielorrusia y Arabia Saudí.

El abogado admite que “no puede ser optimista”, ya que la emoción del fútbol está en que “un pequeño le gane a un grande”, en que “el Rotor de Volgogrado reciba al Manchester United”. La esperanza de que el aislamiento sirva para desarrollar el fútbol base no le vale como consuelo.

“Eso hay que hacerlo siempre, no sólo ahora. La FIFA nos ha creado muchos problemas. En ruso se dice que no hay que arreglar lo que no está estropeado. Es lo que ha hecho la FIFA, tocar lo que no hay que arreglar”, argumenta resignado.

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¿Es posible una Rusia sin Putin? No por ahora

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Oleg Kashin (@KSHN) es periodista y autor de Fardwor, Russia! A Fantastical Tale of Life Under Putin.. ¿Qué es más fácil de imaginar, que Vladimir Putin declare de pronto el fin de la guerra a Ucrania y retire sus tropas, o que una Rusia sin Putin revise sus políticas, termine la guerra y empiece a construir relaciones con Ucrania y Occidente sobre una nueva base pacífica?

Es una pregunta difícil de responder. La guerra en Ucrania es, hasta cierto punto, fruto de la obsesión personal de Putin, y no es muy probable que acceda voluntariamente a ponerle fin. Lo cual nos deja con la otra posibilidad: Rusia sin Putin, y donde todas las esperanzas de una Rusia pacífica pasan por un cambio de poder en el país.

Eso también parece bastante improbable. Tras seis meses de guerra, no parece que el poder de Putin sea menos sólido que en tiempos de paz. Sus índices de aprobación son altos, y no tiene ni un solo opositor en Rusia cuya voz se pueda oír. De sus dos principales sucesores potenciales —Mijail Mishustin, el primer ministro, y Alekséi Navalny, líder de la oposición—, uno está atado por su lealtad al presidente y el otro está en la cárcel. Para que uno de los dos llegue al poder, Putin tendría que marcharse. Pero, salvo por un repentino cambio de opinión o una urgencia médica, no se irá a ninguna parte. El sucesor de Putin podría ser perfectamente Putin.

Es una perspectiva deprimente, que a muchos les resulta difícil aceptar. ¿Por qué no hay nadie entre la élite en el poder que, ante un presidente que está llevando su país a la ruina y los graves perjuicios que les está causando la guerra a ellos mismos, presione por la destitución de Putin?

¿Dónde están los valientes demócratas o funcionarios que, por el bien de su clase y de su país, se las ingenien para expulsar al presidente? Esas preguntas, a las que se suele dar voz en Occidente, son más un lamento que un aliciente para el análisis. Pero la respuesta está ahí, al alcance de la mano.

Durante años, los críticos dentro y fuera de Rusia han recurrido sobre todo a un tema para impulsar la oposición contra Putin: la corrupción. Por un tiempo ese enfoque logró algunos avances, sobre todo en manos de Navalny, cuyos videos, muy bien producidos, en los que documentaba la corrupción de la élite dirigente —incluido Putin—, parecieron hacer mella en la popularidad del presidente.

Sin embargo, la corrupción es el pegamento que mantiene unido el sistema, no el catalizador para derribarlo. Al sustentar su poder en el latrocinio de sus subordinados, Putin no estaba tratando de asegurar la comodidad y el bienestar de estos, precisamente. Es más probable que quisiera atar a la clase dirigente a un sistema conspiratorio de responsabilidad compartida, y garantizar así su solidaridad absoluta. En estas condiciones de complicidad, nadie podría dar el paso y desafiar al presidente.

Para ser estrictos, no es del todo correcto llamar corrupción a dicho sistema. La corrupción conlleva una desviación de la norma, mientras que en la Rusia de Putin la norma es precisamente que los funcionarios vivan de un dinero de origen dudoso. Si se siguiera la ley al pie de la letra, casi todos los ministros o gobernadores rusos podrían acabar en la cárcel. Sin embargo, en la práctica, Putin siempre ha aplicado la ley a discreción. Cada vez que uno de sus subordinados influyentes era acusado de corrupción, lo que ante todo se preguntaba la gente era cuál sería el motivo político oculto por el que lo habían detenido.

Así fue en el caso del exministro de Desarrollo Económico, Alekséi Ulyukayev, quien fue acusado de aceptar sobornos tras su enfrentamiento con Ígor Sechin, el influyente director ejecutivo del gigante petrolero ruso Rosneft y amigo de Putin. También ocurrió con varios gobernadores, entre ellos Nikita Belij, quien durante un tiempo lideró un importante partido de la oposición, y Serguéi Furgal, cuya victoria en unas elecciones contravino los deseos del Kremlin y fue puntualmente acusado, no de corrupción, sino de asesinato.

Lo que se llama corrupción en Rusia sería más correctamente descrito como sistema de incitación y chantaje. Si eres leal y el presidente está satisfecho contigo, tienes derecho a robar, pero, si eres desleal, te mandarán a la cárcel por robo. No es de extrañar que en las últimas décadas solo unas pocas personas de dentro del sistema de Putin hayan hablado públicamente contra dicho sistema. El terror siempre es más persuasivo que cualquier otra cosa.

La guerra tenía el potencial de alterar radicalmente este cálculo. La clase dirigente, que debe la adquisición de su riqueza a su posición en el poder, se las está viendo ahora con una nueva realidad: sus propiedades en Occidente han sido o bien confiscadas o bien sometidas a sanciones: se acabaron los yates y las villas, y no hay lugar al que escapar. Para muchos funcionarios y oligarcas cercanos al gobierno, esto significa el derrumbe de todos sus planes vitales y, en principio, cabe suponer que no hay ni un solo grupo social en Rusia más descontento con la guerra que los cleptócratas de Putin.

Pero hay un inconveniente: intercambiaron sus derechos como actores políticos por esos mismos yates y villas. La intriga fundamental de la política rusa está vinculada a ese hecho. La aventura militar de Putin ha tenido un devastador efecto en la vida del poder establecido, en el que siempre se ha apoyado. Pero las élites, impedidas por su dependencia del poder para mantener su riqueza y su seguridad, no se ven en condiciones de decirle no a Putin.

Eso no significa que su descontento no salga a la luz. El ministro de Finanzas, Antón Siluanov, habló públicamente sobre las dificultades de cumplir con sus obligaciones en las nuevas circunstancias. Alekséi Kudrin, presidente del órgano que audita las finanzas del Estado y muy próximo al Kremlin, explicó en una reunión con Putin que la guerra había llevado la economía de Rusia a un callejón sin salida. E incluso el presidente del monopolio militar-industrial del Estado, Serguéi Chemézov, escribió un artículo sobre la imposibilidad de llevar a cabo los planes de Putin. Sin embargo, sin un peso político que las respalde, esas opiniones no merecen interés para Putin, ni entrañan ningún peligro para él.

Es cierto que de las guerras suele salir una nueva élite entre los oficiales y generales, que podría amenazar el gobierno del presidente. Pero esto no está pasando todavía en Rusia, posiblemente porque Putin está intentando impedir que sus generales adquieran demasiada fama. Los nombres de las personas que están al mando de las tropas rusas en Ucrania se mantuvieron en secreto hasta finales de junio, y la propaganda sobre los “héroes” de guerra prefiere publicar reportajes sobre los que han perdido la vida y ya no pueden manifestar ambiciones políticas. En cualquier caso, Putin se ha rodeado de su personal de seguridad predilecto, cuya lealtad hacia él está fuera de toda duda.

Dada esta situación, los funcionarios de Rusia no pueden hacer mucho más que esperar. Podrían intentar realizar por su cuenta alguna maniobra discreta, que incluyera negociar al margen con Occidente, pero, hasta ahora, no hay indicios de que haya corredores humanitarios para las élites rusas. Aunque alguien —por ejemplo, un oligarca cercano a Putin, como Roman Abramovich— lograra llegar a Occidente, lo único que le esperaría allí serían bienes confiscados y sospechas. Comparado con eso, incluso la paranoia de Putin podría ser preferible.

Si los miembros de la élite dirigente son incapaces de derrocar a Putin, ¿quizá podrían hacerlo las clases medias profesionales, entonces? Pero las perspectivas ahí también son sombrías. Para quienes salgan a criticar la guerra, es muy instructivo observar la suerte que corrió Marina Ovsyannikova, productora del Canal 1 de la televisión estatal. Tras protagonizar una protesta de gran calado —durante la emisión en directo de un popular programa noticioso de la noche, apareció detrás de la presentadora sosteniendo un cartel que decía: “Paren la guerra”—, huyó del país para evitar la detención, dejando a su familia en Moscú.

Vagó durante meses por Europa, sometida a numerosas acusaciones, y no importó lo impresionante que fuera su protesta: sigue siendo, ante todo y sobre todo, un engranaje en la máquina de propaganda de Putin. Regresó a Rusia, donde fue detenida y multada varias veces, acusada de difundir información falsa, y su casa fue registrada. Sus antiguos compañeros de los medios y, en general, la clase media profesional, seguramente entiende que no tiene sentido imitar sus actos. Que es mejor esperar a que pase la guerra, tranquilamente en sus trabajos, que arriesgarse a la ruina y la infamia.

En el ámbito popular, las cosas no son mejores. Las prometedoras manifestaciones iniciales contra la guerra han sido completamente sofocadas por la amenaza del encarcelamiento. Las declaraciones públicas críticas, y más aún los mítines o las manifestaciones de protesta, son ahora imposibles. El régimen, ejerciendo la represión, tiene la situación interna bajo absoluto control.

El factor que sí amenaza gravemente la fuerza de Putin hoy es el ejército ucraniano. La única posibilidad de producir un cambio en la situación política de Rusia son las pérdidas en el frente, como bien atestigua la historia rusa. Tras la derrota en la guerra de Crimea de mediados del siglo XIX, el zar Alejandro II se vio obligado a introducir reformas radicales. Lo mismo ocurrió cuando Rusia perdió la guerra con Japón en 1905, y lo que en gran medida impulsó la perestroika en la Unión Soviética fue el fracaso en la guerra de Afganistán. Si Ucrania logra infligir un gran número de pérdidas a las fuerzas rusas, podría desencadenarse un proceso similar.

Sin embargo, a pesar de todo el daño causado hasta ahora, ese giro de los acontecimientos parece muy lejano. Por ahora y en el corto plazo, es Putin —y el miedo de que sin él las cosas irían peor— quien gobierna Rusia.

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Putin está ganando la guerra, en los mercados energéticos, pese a las sanciones

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La OTAN no entiende cómo Rusia sobrevive a las sanciones. La teoría indicaba que ningún país podría sobrevivir a las sanciones coordinadas de los países de la OTAN. Pero Rusia ha demostrado la fragilidad del concepto.

El volumen de la producción de petróleo y gas de Rusia y sus precios en los mercados indican que Vladimir Putin está ganando la guerra en el mercado de hidrocarburos, afirmó el columnista de Bloomberg, Javier Blas. Aparentemente, los países de la OTAN se preguntan cómo es que sus sanciones no han logrado el propósito de disciplinar a Moscú.

Javier Blas es columnista de Bloomberg Opinion que cubre energía y materias primas; y ex editor de materias primas de Financial Times, coautor de ‘El mundo en venta: dinero, poder y los comerciantes que intercambian los recursos de la Tierra’.

Blas recuerda que en julio la producción de petróleo de Rusia fue equivalente al nivel de principios de 2022, antes del inicio de la invasión autodenominada ‘operación especial’, con un promedio de casi 10,8 millones de barriles por día, cuando en enero fue de 11 millones.

“No fue un repunte: julio fue el 3er. mes consecutivo de recuperación de la producción de petróleo”, afirmó Blas.

Luego, el precio: inicialmente, Rusia tuvo que vender petróleo con grandes descuentos, pero en las semanas recientes, Moscú ha recuperado oportunidades de precios al aprovechar la oferta limitada en el mercado.

“Al menos en este momento, las sanciones energéticas no están funcionando”, escribió Blas.

En el interín, el fracaso de Joe Biden en su viaje a Riad, operación diplomática neutralizada por el vice 1er. ministro ruso, Alexander Novak, quien también viajó a Riad y, días después, la OPEP+ anunció un muy escaso aumento en la producción de petróleo.

“Cuando las sanciones europeas a las exportaciones de petróleo rusas entren en vigor en noviembre, los gobiernos de la región se enfrentarán a una elección difícil a medida que la crisis energética comience a afectar a los consumidores y las empresas”, advirtió Blas.

Hora de reproducir la comentada columna de Blas en Bloomberg titulada ‘En los mercados energéticos, Putin está ganando la guerra’:

Independientemente del indicador que utilice, el presidente ruso, Vladimir Putin, está ganando en los mercados energéticos. Moscú está ordeñando su fuente de ingresos del petróleo, ganando cientos de millones de dólares todos los días para financiar la invasión de Ucrania y comprar apoyo interno para la guerra.

Una vez que las sanciones europeas contra las exportaciones de crudo ruso entren en vigor a partir de noviembre, los gobiernos de la región enfrentarán algunas decisiones difíciles a medida que la crisis energética comience a afectar a los consumidores y las empresas.

na vez que las sanciones europeas contra las exportaciones de crudo ruso entren en vigor a partir de noviembre, los gobiernos de la región enfrentarán algunas decisiones difíciles a medida que la crisis energética comience a afectar a los consumidores y las empresas.
Se espera que los costos de electricidad para hogares y negocios se disparen a partir de octubre, ya que el aumento en los ingresos del petróleo le permite a Putin sacrificar los ingresos del gas y reducir los suministros a Europa. Es probable que los precios en el Reino Unido aumenten un 75 %, mientras que en Alemania algunas empresas de servicios públicos municipales ya han advertido que los precios aumentarán más del 100 %.

Rusia ha convertido con éxito los suministros de energía en armas; Los gobiernos occidentales se verán cada vez más presionados para gastar miles de millones, ya sea subsidiando las facturas de los hogares o, como ya ocurre en Francia, tomando el control de las compañías eléctricas.

Crisis de poder

El contrato de electricidad alemán de referencia con un año de antelación ha subido a un máximo histórico, unas 10 veces más que su nivel ant erior a la crisis.

El primer indicador que muestra cómo Putin ha cambiado el rumbo del petróleo es la producción de crudo ruso. El mes pasado, la producción del país volvió a subir a niveles cercanos a los de antes de la guerra, con un promedio de casi 10,8 millones de barriles por día, solo marginalmente por debajo de los 11 millones bombeados en enero inmediatamente antes de la invasión de Ucrania.

Según las estimaciones de la industria, la producción de petróleo es ligeramente superior en lo que va del mes.

No es un problema: julio marcó el 3er. mes consecutivo de recuperación de la producción de petróleo, con un aumento significativo desde el punto más bajo de este año de 10 millones de barriles establecido en abril, cuando los compradores europeos comenzaron a evitar a Rusia y Moscú se apresuró a encontrar nuevos compradores.

En recuperación

La producción de petróleo rusa se recuperó después de que cayó bruscamente en marzo y abril, acercándose al nivel que tenía antes de la invasión de Ucrania.

Después de esa lucha inicial, Rusia ha encontrado nuevos clientes para el millón de barriles diarios que las refinerías de petróleo europeas han dejado de comprar debido a la autosanción.

La mayor parte de ese crudo termina en Asia, especialmente en India, pero también en Turquía y en otros lugares de Medio Oriente. Y algo sigue apareciendo en Europa, con compradores que siguen comprando crudo ruso antes de la introducción prevista de sanciones oficiales a principios de noviembre. Todos los que apostaron a que la producción de petróleo rusa continuaría cayendo, incluido yo mismo, se equivocaron.

El 2do. indicador es el precio del petróleo ruso. Inicialmente, Moscú se vio obligada a vender sus sabores de crudo con grandes descuentos frente a otras variedades para atraer a los compradores.

En las últimas semanas, sin embargo, el Kremlin ha recuperado el poder de fijación de precios, aprovechando un mercado ajustado.

El crudo ESPO, una categoría de petróleo ruso del Lejano Oriente, es un buen ejemplo de la nueva tendencia.

En su punto más bajo a principios de este año, se vendió con un descuento de más de 20 dólares el barril frente al crudo de Dubái, el punto de referencia petrolero regional para Asia. Recientemente, el crudo ESPO ha cambiado de manos en paridad con Dubai.

El crudo de los Urales, la principal exportación rusa de petróleo a Europa, no se está beneficiando tanto como ESPO, ya que sus principales compradores han sido tradicionalmente países como Alemania en lugar de India.

Pero también se está recuperando en precio, vendiéndose recientemente entre US$ 20 y US$ 25 por barril más barato que el Brent de referencia, luego de cotizar con un descuento de casi US$ 35 a principios de abril.

Moscú está encontrando nuevos comerciantes de productos básicos, que a menudo operan desde Medio Oriente y Asia y probablemente financiados con dinero ruso, dispuestos a comprar su crudo y enviarlo a mercados hambrientos.

Con el crudo Brent rondando los US$ 100 por barril, y con Rusia capaz de ofrecer descuentos más pequeños, hay mucho dinero entrando al Kremlin. Al menos por ahora, las sanciones energéticas no están funcionando.

El indicador final del éxito ruso es político, más que relacionado con el mercado. En marzo y abril, los formuladores de políticas occidentales se mostraron optimistas de que el cartel de la OPEP, encabezado por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, abandonaría su alianza con Rusia. Ha sido todo lo contrario.

A pesar de un viaje del presidente estadounidense Joseph Biden a Riyadh, Putin ha conservado su influencia dentro de la alianza OPEP+. Poco después de que Biden partiera de Arabia Saudita, el viceprimer ministro ruso, Alexander Novak, la persona clave de la nación que manejaba la relación con el cártel, voló al reino. Unos días después, la OPEP+ anunció un minúsculo aumento de la producción de petróleo, manteniendo la presión sobre los mercados energéticos mundiales.

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El despertar del dragón asiático

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Asia se transformó en la zona con mayor concentración de tensión militar en los últimos días, desplazando, en gran parte, a la Guerra en Ucrania desde la óptica de los medios internacionales. Las razones son lógicas, nuevamente se abrió un capítulo de un viejo conflicto entre China y Taiwán, con un disparador que suma a un actor en esta disputa: Estados Unidos.

2022, un año conflictivo 

No conforme con las conflagraciones y frentes de batalla ya abiertos en el mundo, se suma esta situación de completa tensión en la región del indo–pacífico. Pero hubo un condicionante externo que encendió la mecha de una bomba que tiene fecha de explosión. Nancy Pelosi fue la encargada de recrudecer este conflicto. La presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, decidió llevar adelante una gira diplomática por varios países asiáticos, que son considerados estratégicos y aliados por parte de Washington. Sin embargo, las suspicacias comenzaron cuando Pelosi y su entorno dieron a conocer la intención de visitar Taipéi, poniendo la mirada de Xi Jinping sobre esta particular gira de la política estadounidense en Asia. 

Ahora bien, antes de proseguir con el disparador de Nancy Pelosi, es menester comprender que China y Taiwán tienen una gran disparidad política e ideológica. En principio, esto se remonta a fines de la Segunda Guerra Mundial, precisamente en 1945 y con la confirmación total de la separación de Taiwán de la China continental en 1949, en donde la Revolución maoísta tuvo su rol de preponderancia, en el cual Taiwán se abroqueló ideológicamente cerca de los valores y formas políticas occidentales. 

Desde entonces, Taipéi siempre fue una obsesión para Pekín, en el marco de la reunificación de la China insular con la China continental, aunque fue la gran reforma de 1970, la que le dio la capacidad económica y armamentística a la República Popular de poder planificar, a largo plazo, la recuperación de Taiwán. De hecho, en el marco de la planificación territorial, Taiwán se encuentra como parte de China para antes de 2050, lo cual nos dice algo: Pekín va a invadir y conquistar a Taiwán en algún momento, solo que no se sabe cuándo, pero es un hecho

Volviendo a la situación de conflictividad generada por la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, la respuesta de China fue abrumadoramente inmediata. Xi Jinping desplegó gran parte de su poderío militar en forma de ejercicios militares. Las acciones armamentísticas tuvieron condimentos que hacen pensar en una posible escalada del conflicto y con una planificación milimétrica. El régimen chino no claudicó a la hora de demostrar sus poderosos misiles, sus cazas y sus buques de guerra. 

China es uno de los países con mayor despliegue militar, desde lo armamentístico hasta lo humano. A esto se le suma una constante violación del espacio aéreo y marítimo de Pekín sobre Taiwán, incluso durante la breve estadía de Nancy Pelosi en Taipéi. Un agregado que termina siendo materia de críticas, es que el poderoso ejército de Xi Jinping, llevó adelante sus ejercicios militares con fuego real, lo cual nos lleva al concepto de planificación milimétrica. Esto cobra sentido cuando se piensa en el ordenamiento, casi a rajatabla, de no tener margen de error por parte de los jefes de ejército y comandantes chinos, ya que un mínimo cálculo errado, podría provocar no solamente la destrucción casi masiva de alguna zona extranjera, con inocentes inclusive, sino ser el condicionante perfecto para un nuevo y enorme cataclismo mundial, expresado en una enorme guerra mundial. Ya lo dijo Xi Jinping, “si juegan con fuego, se van a terminar quemando”.  

La otra arma china 

Más allá de lo pura y exclusivamente militar, Pekín cuenta con un arma fulminante y que, inclusive, les preocupa mucho más a los países que están mirando de reojo este conflicto. En este sentido, China tiene la botonera de la economía mundial. ¿Qué significa esto? Básicamente, si Pekín decide dar un salto en la economía global o poner alguna piedra en el zapato del aparato productivo a nivel global, se puede provocar un freno a las finanzas y comercios internacionales. Este panorama sería verdaderamente desolador, ya que sería el empujón de declive económico de la globalización que impera en el mundo. A un mercado golpeado por la pandemia de COVID – 19, la Guerra en Ucrania, la crisis energética, sumarle un enfriamiento de la economía mundial por parte de China podría marcar el cambio en el paradigma o la matriz productiva de todo el globo. 

Teniendo en cuenta esto, China ya aplicó sanciones económicas, mínimas a comparación del verdadero daño que le puede causar a Taiwán y a occidente. La medida primaria que tomó la mesa chica de Xi Jinping fue prohibir la exportación de arena, cítricos y pescados hacia Taiwán. Pareciera ser no tan sobresaliente esto, sin embargo, hay que leer entre líneas. La política internacional se mide, en gran parte, por el tráfico de influencia entre grandes potencias, y si hablamos de oriente, es China el gran estado hegemónico. Esto significa que, en un potencial enfrentamiento o posicionamiento de países en el conflicto China-Taiwán, gran parte estará bajo las filas de Pekín. De hecho, Emiratos Árabes, India y Rusia, se pronunciaron a favor de las decisiones del régimen chino. Esto justamente ocurre por la magna presencia económica de China en prácticamente todo el mundo.

 El gigante rojo de Asia es el país con mayor presencia en la cadena productiva y comercial a nivel mundial, financiando deudas externas, posicionando productos en todos los mercados, e inclusive siendo acreedor de bonos de diversos países. Esa es la verdadera carta que tiene Xi Jinping, ya que, en un eventual conflicto directo, sería difícil que muchos países impartan sanciones, como si fue el caso contra Rusia, entendiendo que un simple estornudo de China, y la economía entera se desmorona. El as de espada lo tiene Pekín.  

El tío Sam en Asia

Ante todo el panorama de dominio político, económico y militar de China, pareciera que no hay muchas explicaciones válidas para comprender la acción de Nancy Pelosi de provocar semejante desequilibrio geopolítico en el indo-pacífico. Sin embargo, la respuesta está en Washington. En noviembre de este año, Estados Unidos se juega las bancadas del Senado en elecciones, y una imagen positiva, es más que importante en este contexto. De esta forma, la gira de Nancy Pelosi por Asia, su cercanía a Taiwán y su provocación a China, no es otra cosa que simplemente la creación de una imagen de política exterior dura por parte de Estados Unidos. Esta se lleva adelante a partir del evidente fracaso y debilitamiento de la gestión Biden en materia internacional con el estallido de la Guerra en Ucrania, el retorno de los talibanes al poder en Afganistán y las constantes oleadas de migrantes centroamericanos que buscan ingresar a Estados Unidos. En este sentido, es explícita la necesidad de los demócratas de demostrar “valentía” a nivel internacional para mejorar su imagen y Nancy Pelosi lo llevó casi al extremo con su arriesgada visita a Taipéi. Por otro lado, no es novedad que los demócratas acarreen estos desequilibrios geopolíticos, de hecho, casi como en su génesis ideológica, está el hecho de posicionar a Estados Unidos como la gran potencia en el extranjero, respondiendo a las misivas del destino manifiesto. A esto se le suma la diferencia con los republicanos. Este partido siempre aboga por mantener un equilibrio en el interior de sus fronteras, con un fortalecimiento de las industrias nacionales, salvo el caso de Ronald Reagan. 

World’s on fire 

La motivación de un país enorme como Estados Unidos de mantener el poder de su clase política dirigente puede devenir en un desastroso escenario militar internacional. Jugar con China es jugar con fuego, y aquí ingresa también Latinoamérica. Esto se remite, no al panorama bélico, sino a las consecuencias económicas. Un enojo de Xi Jinping puede profundizar los males de la economía latinoamericana, más allá de los índices de pobreza y bajo ritmo de crecimiento y desarrollo económico. Si China encausa una guerra, gran parte de esos capitales que se encuentran distribuidos en la región, podrían concentrarse en Pekín, y con eso desfinanciamiento de una gran cantidad de industrias y obras en América Latina, que, dicho sea de paso, es un escenario interesante a nivel comercial para China. 

Por otra parte, un conflicto también derivaría en poner todos sus esfuerzos económicos dentro de su frontera, y a colación de ello se podría generar un proceso de desabastecimiento en distintas zonas periféricas del globo, siendo que Pekín es uno de los grandes exportadores de productos de industria liviana e industria pesada. Más allá de la cuestión meramente bélica y de lo que sucede en otras latitudes del globo, hoy el mundo entero espera que Biden no enfade a Xi Jinping, y detrás de él lleguen represalias que paguemos todos.

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Rusia exige salida de cónsul noruega que dijo que odia a los rusos y que las rusas son sucias

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El Gobierno de Rusia exigió hoy la salida del país de la cónsul de Noruega, a quien acusa de “rusofobia”, luego que se viralizaran en las redes sociales imágenes de la mujer gritando que odiaba a los rusos, durante una discusión en el hall de un hotel.

“Después de lo sucedido, la presencia de Elisabeth Ellingsen en el territorio ruso es imposible”, dijo en un comunicado la portavoz de la diplomacia de Rusia, Maria Zajarova, tras calificar las palabras de la cónsul noruega como un “flagrante acto de odio, nacionalismo y xenofobia”.

Paralelamente, el embajador noruego, Rune Resaland, fue convocado hoy al Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, informó la agencia de noticias AFP.

El escándalo se originó la semana pasada tras la difusión en varias plataformas de un vídeo de vigilancia de la recepción de un hotel en la ciudad nororiental usa de Murmansk, en el que se observa a una indignada Ellingsen reclamando a los gritos porque su habitación aún no estaba lista.

“Odio a los rusos. Denme otra habitación, no me moveré de aquí (…) estoy acostumbrada a las habitaciones limpias, yo vengo de Escandinavia, no como una mujer rusa que sólo limpia por encima”, dijo, ante dos jóvenes recepcionistas que la escuchan en silencio.

El comunicado de la Cancillería rusa señala que el Gobierno “expresó una enérgica protesta por el comportamiento inaceptable de la cónsul Ellingsen en un hotel de Murmansk, el 6 de julio, cuando hizo declaraciones rusófobas e injuriosas”.

Poco antes, el Gobernador de Murmansk, Andrei Chibis, había señalado que no va a tolerar la rusofobia en su país.

La Cancillería noruega confirmó la convocatoria del embajador en Moscú y añadió que se le había retirado el visado a Ellingsen.

“En la reunión, el embajador reiteró las disculpas” del Gobierno de Noruega, destacando que “las palabras utilizadas por la colaboradora no reflejan la política noruega y los puntos de vista noruegos con respecto a Rusia y los rusos”, dijo la portavoz de la diplomacia noruega, Guri Solberg.

Rusia y Europa atraviesan un fuerte período de tensión debido a la ofensiva rusa en Ucrania iniciada el pasado 24 de febrero.

Por su parte, la diplomacia noruega señaló que “lamenta profundamente” este incidente.

“Los sentimientos expresados no reflejan la política noruega o la actitud noruega hacia Rusia y el pueblo ruso”, indicó a la AFP la cancillería escandinava.

Y agregó que el ministerio estaba tratando el incidente “a través de los canales apropiados”.

Según la web de la Embajada de Noruega en Moscú, el Consulado General de Noruega en Murmansk está cerrado de manera temporal desde el 1 de julio debido a la “difícil” situación en las relaciones bilaterales.

El Ministerio de Exteriores noruego no precisó si el incidente que involucró a la cónsul había ocurrido antes o después del cierre temporal del consulado.

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