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Venezuela, la presea de Trump

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Cuantas obsesiones geopolíticas podrá tolerar el presidente de Estados Unidos mientras siga con su cargo. No es solo Ucrania o Medio Oriente. Tal y como si se tratase de la propia era de la Guerra Fría, América Latina como patio trasero del Tio Sam parece ser la dinámica a aplicar por parte de Donald Trump. Venezuela es el país apuntado, con una invasión inminente, al menos en el plano de las amenazas.

¿Petróleo o democracia?

Hace tiempo que Trump viene ejecutando críticas fuertes hacia el gobierno de Nicolas Maduro. Si bien, no hace falta ser un experto de nutrida experiencia en la materia de geopolítica o política exterior para darse cuenta que el actual mandato en Venezuela es una situación completamente acabada. El gobierno de Maduro demostró una absoluta ineptitud en casi todos los órdenes de manejo de un país, provocando una galopante crisis humanitaria que da como resultado desde las penas familiares de no poder abastecer las necesidades básicas hasta las corrientes migratorias que buscan asilarse en otros países para intentar tener un mejor pasar económico.

Dado este pequeño panorama que habla a las claras que quien escribe no es un adepto ni remotamente cercana a las ideas políticas y económicas de Maduro, es menester también decir que el papel de Estados Unidos con una constante presión de intromisión territorial es la gran “red flag” geopolítica que necesita la región.

Es notoria que es una maniobra de las tantas que ya realizó Estados Unidos en su historia reciente. Así como se apropió del petróleo y de las redes de producción petrolera de Medio Oriente a fuerza pura de intervenciones bélicas con operativos de bandera falsa de por medio. Es cierto que en gran parte de esas regiones, las crisis políticas internas habilitaban a una situación de fragilidad digna de aprovechar por parte del ave de rapiña que es EEUU en su política exterior. La apropiación del petróleo es una dinámica real y absolutamente comprobable, además de la dispersión de fuerzas de contrapeso para Israel como su gran aliado occidental en las cercanías de la medialuna de las tierras fértiles.

El petróleo venezolano es una gran oportunidad para el Tío Sam. De hecho, el país liderado por Maduro tiene la mayor cantidad de reservas del mundo, con un total de más de 300 mil millones de barriles, concentrados principalmente en la Faja Petrolífera del Orinoco. Esta última situación lo pone en un marco de desafíos técnicos y económicos para su extracción y procesamiento. Las reservas venezolanas superan a las de Irán y Arabia Saudita.

Ciertamente hay que ser claros: a Estados Unidos no le importa Venezuela, le importa su petróleo. Hay un aprovechamiento absoluto de la situación de una nación destruida por la pésima gestión de Maduro. No importa el narcotráfico ni tampoco llevar democracia. Las cosas como son, y para EEUU siempre fue así.

El peligro en casa

Como argentinos no debería importarnos en absoluto algún tipo de problema interno de un país si es que no tiene consecuencias que puedan afectar los intereses nacionales, y este parece ser el caso.

Más allá de la evidente cercanía ideológica y diplomática de Milei con Trump, hay una lectura más profunda en términos continentales.

El ingreso de tropas o de fuerzas de influencia de Estados Unidos en Venezuela va a romper el pacto tácito de paz entre Estados del cual goza Sudamérica. Prácticamente todas las zonas del mundo están ataviadas de conflictos armados de índole internacional, sea por cuestiones económicas o religiosas. Sudamérica si es cierto que tiene, dependiendo de la zona, complicaciones más elevadas con el narcotráfico pero no terminan en guerras entre Estados. El avance de Trump en Venezuela puede suponer el fin de esa paz.

Los intereses argentinos se ven tocados en cuanto a que además se permite el uso de la fuerza a fuego limpio en la región, lo que provocaría, lógicamente, efectos de resistencia más violentos. Si hace falta una oposición en las urnas en un contexto de paz, en un contextos de intervenciones y militarización trae la contrarespuesta de grupos armados, poniendo en jaque la paz social.

Asimismo, habilitar a la toma de decisiones internas de países sudamericanos por Estados Unidos blanquea una situación ocurrida desde la Doctrina de Seguridad Nacional, aunque supone, además, una imposición de la fuerza que pueda repercutir más allá del continente. ¿Cómo reaccionará Rusia o China ante un ataque de EEUU?

Rusia está atado de pies y manos. La guerra en Ucrania y la ayuda estadounidense puede ser efectiva para mejorar las condiciones con Moscú, por ende es difícil que entre en conflicto. En cambio, con China es más directo el tema. Si bien no es una mega potencia petrolera, el gigante asiático en esta suerte de carrera económica tecnológica con Estados Unidos, hace que ambos magnates políticos internacionales se hagan de todos los recursos posibles para mantener su maquinaria productiva en pie y competitiva.

Lo curioso es que el futuro de Venezuela es incierto. El tiempo de Maduro parece acabado y el país prácticamente en ruinas. ¿Habrá una suerte de “Plan Marshall” para Venezuela? ¿Volverán los venezolanos de las diásporas a luchar por su país? Ciertamente, para Venezuela, todo es incierto.

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¿Nace una Gaza de Israel?

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Un plan por demás polémico tuvo aprobación y podría ponerse en marcha más temprano que tarde: la ocupación israelí de Gaza. Este proyecto impulsado por Netanyahu propone un esquema geopolítico capaz de cambiar abruptamente las relaciones internacionales en la región, incrementando la conflictividad reinante en Medio Oriente.

El fin del “sueño” palestino

Desde mediados del siglo XX, el proyecto de construcción de un Estado palestino ha mutado incesantemente: pasó de ser una lucha encarnizada, respaldada por las potencias árabes para contrarrestar a Israel, a convertirse en una mera utopía que parece desvanecerse con el paso del tiempo.

Hoy, el plan de Netanyahu expone una postura asumida hace tiempo por los sectores “ultras” israelíes: la simple apropiación de Gaza. La pregunta es, ¿por qué? ¿Qué tiene de atractivo Gaza? En términos económicos, no parece haber motivos tan evidentes como en el pasado, cuando el territorio tenía un rol clave en el comercio marítimo. Tampoco cuenta con el potencial económico que se observa en conflictos como el de Ucrania o el enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, donde, además de las disputas históricas, emergen intereses estratégicos vinculados a oleoductos, gasoductos o tierras raras.

En el caso de Gaza, el punto es eminentemente político. Podría pensarse en una desgastada diferencia religiosa entre musulmanes y judíos, y si bien existen posiciones extremistas, la realidad es política: para Israel, es fundamental la desaparición de Hamás. Dicho de otro modo, mientras Hamás exista, Israel no tendrá paz.

Claro que esta afirmación abre un debate mucho mayor sobre quién ostenta la legitimidad: si el Estado de Israel, tras las atrocidades de la guerra en Gaza, o Hamás, responsable de repetidos actos de violencia terrorista extrema desde 2007.

Una teórica ocupación “de paso” por parte de Israel para garantizar la seguridad no parece el concepto más claro ni convincente para poner fin al conflicto, sobre todo por los efectos inmediatos que podría generar: agravar aún más la situación de un pueblo ya devastado y en ruinas, como el palestino de Gaza. Además, no puede descartarse que se convierta en otro episodio bélico que contribuya a la expansión territorial de Israel desde 1948.

Nadie niega que la tranquilidad no está garantizada para los israelíes, pero esta salida podría provocar un cataclismo político en la región.

El efecto de la “nueva Gaza”

La comunidad internacional reacciona ante la posibilidad de una ocupación israelí de este enclave palestino en guerra. La ONU, Reino Unido, España, Alemania y Turquía, entre otros países y organizaciones, han expresado su firme oposición al plan. La preocupación no se limita a preservar la vida de los palestinos que aún permanecen allí, sino también a evitar un desequilibrio absoluto —e incluso irreversible— en Medio Oriente.

Una eventual ocupación podría detonar una respuesta contundente de países árabes y musulmanes contra Israel, aumentando la conflictividad y generando un riesgo real de ataques directos o de confirmación de nuevas alianzas hostiles.

Arabia Saudita lleva tiempo promoviendo el reconocimiento del Estado palestino por parte de países europeos, muchas veces a cambio de contratos e inversiones multimillonarias. Irán, por su parte, ha sido el “histórico” defensor de Gaza y financista de grupos como Hamás y Hezbolá. Qatar también ha tenido un rol activo como mediador, intentando lograr treguas o altos el fuego duraderos, aunque solo lo ha conseguido de forma parcial.

Un desequilibrio en Medio Oriente podría tener consecuencias extremadamente negativas para la economía global, especialmente en la producción petrolera, si este escenario derivara en un sistema de alianzas hostiles o un aumento de ataques en la región. Esta es la razón por la que el asunto requiere máxima atención.

Más allá de todo esto, quien en última instancia define lo que pueda suceder es Estados Unidos. Trump es un ferviente defensor de las acciones israelíes, pero queda por ver si estará dispuesto a asumir el costo político y económico de una ocupación que podría derivar en un conflicto mayor. La no resolución de la guerra en Ucrania, la crisis arancelaria y la disputa comercial con China han puesto a prueba la política exterior de Trump, que en menos de un año de su segundo mandato ya ha debido afrontar múltiples frentes. Sumarse a la ocupación israelí de Gaza podría resultarle desgastante.

Como siempre, los que pagan la cuenta final son los ciudadanos de a pie, y no hay duda de que los gazatíes son las principales víctimas en todos los sentidos: desde la sumisión al poder de Hamás hasta los bombardeos y la posible ocupación israelí. Gaza, el lugar donde nadie quiere estar.

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El plan de la ¿victoria?

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Volodimir Zelenski, el ya reconocido presidente ucraniano, lanzó la plataforma de fin de guerra con los intereses de su país como bandera. El programa fue presentado frente a la Unión Europea y se basa en cinco claves. Antes de entrar a detallar los puntos, es necesario entender si eso es realizable o no. A esta altura de la guerra en Ucrania y con lo presentado como “Plan de la victoria”, Zelenski deberá negociar o mediar. En caso contrario, lo más posible es que este conflicto siga extendiéndose en el tiempo. 

Los puntos claves 

El primer tema que planteó Zelenski para sellar la victoria ucraniana en el campo de batalla es la invitación de la adhesión como miembro de la OTAN. Esto significa que Zelenski busca de manera directa que sea Estados Unidos el se haga cargo de su guerra con Rusia, es decir, busca globalizar un conflicto regional. 

La OTAN es una alianza militar occidental, la más importante del mundo. Tiene incorporado dentro de su accionar que si cualquier miembro resulta amenazado o atacado directamente, la alianza se activa y todos los integrantes salen en defensa de ese damnificado. Sin embargo, no es tan fácil acceder. 

El artículo 10 del Tratado Atlántico dice que para ser miembro hay que ser un estado europeo (salvedad para Estados Unidos), seguir principios democráticos y poder contribuir a la seguridad regional. Desde esta perspectiva y en contexto bélico, Ucrania debería reafirmar su modelo democrático y salvo que sea una guarida militar estadounidense, poco tiene para ofrecer en cuanto a la seguridad regional, entendiendo la gran cantidad de préstamos que ejecutó Estados Unidos para solventar su maquinaria bélica, lo que significa que después de la guerra pasará por un evidente empobrecimiento y difícil despegue en cuanto al desarrollo económico. 

En pocas palabras, el primer punto es irrealizable y lo más preocupante, es el interés de Zelenski de globalizar un conflicto de carácter regional. 

El segundo punto es el refuerzo de capacidades de defensa. Es básicamente lo que viene haciendo Zelenski desde que comenzó la guerra: pedir armamento y tecnología para enfrentar a Rusia. Sin embargo, lo grave de este punto es que incluye la necesidad de trasladar la guerra a territorio ruso, como había sido la incursión a Kursk. La complejización parte del hecho de volver a involucrar a otros países en un conflicto en territorio ajeno. La ecuación es simple: si hay países que le brindan armas a Ucrania y encima atacan territorio ruso, eso habilita al Kremlin a un enfrentamiento directo con sus aliados. En síntesis, este punto podría decantar en un choque sin escalas entre Rusia y Estados Unidos, y eso, inevitablemente, nos arrastraría a todo el mundo. Nuevamente se ve presente la necesidad de globalizar el conflicto regional. 

Este ítem es realizable a medias. Ucrania podría conseguir financiamiento para su maquinaria bélica pero tener luz verde para atacar suelo ruso sería catastrófico para el tablero geopolítico, sobre todo por la respuesta del Kremlin. 

El tercer punto es la disuasión. Con esto, Ucrania busca asegurarse tener un bastión bélico de suma importancia para la posguerra. Significa, básicamente, la petición de un paquete integral de disuasión estratégica no nuclear que sea suficiente para defenderse de Rusia en caso de futuras hostilidades. Lo que busca con esto Zelenski es transformar a Ucrania en un centro de operaciones militares de Estados Unidos con la colaboración de otras potencias militares. Geopolíticamente es una jugada inteligente, ya que sería Ucrania, con un armamento concreto, el último bastión occidental antes de la frontera real con Rusia. Aquí pueden pasar dos cosas, en caso de que suceda, o Rusia cede en cuanto a las hostilidades hacia Ucrania o este conflicto se termina transformando en un epicentro eterno de atentados. Este último punto, teniendo en cuenta la imposibilidad de ingresar a la OTAN, al menos en el corto y mediano plazo. 

Este punto es bastante realizable. A Estados Unidos le conviene tener su poderío militar muy cerca de Rusia, manteniendo una suerte de paz armada y recreando las condiciones de la antigua crisis de los misiles cubanos, la cual arrancó por los misiles estadounidenses apuntando hacia Moscú desde Turquía en ese entonces. La nueva Turquía podría ser Ucrania. 

El cuarto tópico habla del potencial económico. Esto incluye la explotación absoluta de los recursos naturales ucranianos en manos de Estados Unidos y sus aliados. Argumenta Zelenski que las reservas de uranio, titanio, litio y grafito pueden valer billones de dólares y es mejor que estén en manos de occidente que de Rusia y sus socios. Este punto es interesante para analizarlo ya que será necesario para Ucrania devolverle dólar por dólar a Estados Unidos una vez que la guerra termine, salvo caso que el control absoluto de sus recursos naturales terminen en manos del Tío Sam. No sería algo nuevo para Estados Unidos, de hecho, es casi nostálgico para un país de prácticas imperialistas como tal. Claro está que para Zelenski es vital que estos recursos no caigan en manos del afán expansionista ruso. Este punto más que realizable sería hasta necesario, e inclusive, podría ser pedido por el propio Washington. 

El quinto y último punto es la arquitectura de seguridad en la posguerra, con parecidos al refuerzo de seguridad previamente nombrado. Aquí se trata de ofrecer todas las fuerzas ucranianas en pos de mejorar la seguridad del resto de Europa. Zelenski lo que ofrece es que Ucrania sea el foco de contención de Europa antes de llegar a la zona de influencia rusa. Parece una decisión interesante, entendiendo que es la razón por la cual esta guerra está solventada por Estados Unidos para Kiev. Ucrania ha servido como un punto de resistencia para evitar la expansión de influencia de Putin, por ende, el rearmado de seguridad desde Ucrania es algo viable y visto con buenos ojos para occidente. Además, el argumento de Zelenski fue contundente: “Si Putin logra sus disparatados objetivos geopolíticos, militares, ideológicos y económicos, creará una impresión abrumadora para otros agresores potenciales, particularmente en la región del Golfo, la región del Indo-Pacífico y África, de que las guerras de agresión también pueden ser rentables para ellos”. 

El futuro de la guerra 

Rusia hace varios meses ya presentó su plan de fin de guerra. Aclaró que busca cortar con cualquier actividad bélica de Ucrania y que busca quedarse con el territorio del Donbass, entendiendo la zonas de Donetsk, Zaporiyia, Lugansk y Jersón. Esto fue contundentemente rechazado por Ucrania y no sería ni siquiera tema de discusión. 

En el caso ucraniano, lo único preocupante para el resto del mundo es el hecho de intentar internacionalizar este conflicto, que si bien ha repercutido en todo el mundo desde su arranque en febrero de 2022, no dejó de ser un enfrentamiento entre países europeos que tuvo cierta colaboración indirecta de aliados y posicionamientos diplomáticos. Arrastrar a Estados Unidos de un lado y a China e Irán del otro sería catastrófico para el globo. Mientras tanto, ambos países deberán arribar a un punto medio y encontrar la paz, salvo que Moscú siga viendo en la guerra de desgaste una técnica para asegurar un triunfo, y salvo, también, que Donald Trump si es electo presidente de Estados Unidos, incida en un fin precipitado de este conflicto.

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Putin, Ucrania y una guerra contra el tiempo

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Ya pasaron casi dos años y seis meses desde que Vladimir Putin anunció la “operación militar especial” que dio origen al conflicto del cual habla todo el mundo. Desde ese entonces, gran parte de las fuerzas se concentraron en el territorio ucraniano. Con vaivenes, el enfrentamiento fue variando, aunque las últimas semanas le dieron mayor oxígeno a Ucrania. 

Kursk se transformó en la nueva obsesión de Zelenski. Las fuerzas rompieron el umbral del terreno ruso y avanzaron copando cerca de 100 asentamientos. Destrucción de puentes, sedes tomadas, ataque a barcos de petróleo y hasta un asedio aéreo a Moscú son las nuevas jugadas de Ucrania, quien parecía dormida pero nuevamente se puso en juego. 

La siesta rusa 

Parece difícil pensar, hoy en día, tras más de dos años de guerra, que Putin haya bajado la retaguardia a tal punto que las fuerzas ucranianas irrumpieron en su territorio. La guerra entró en una nueva faceta: ruso-ucraniana. Ya no se lleva a cabo sólo en suelo de Ucrania. Esto posibilita ver las nuevas características del conflicto. 

En primer lugar, una guerra en suelo ruso facilita el lanzamiento de drones y misiles hacia objetivos ucranianos, entendiendo la cercanía. Además de ello, Ucrania levantó su moral en una guerra que parecía ser de un desgaste eterno y hoy pelea a destajo en las gélidas tierras del país de Putin. 

El gran interrogante pasa por la falta de reacción del Kremlin. Difícil es creer que un ejército de semejante estirpe no haya podido contener este avance ucraniano y, sobre todo, permitir el asedio a Moscú, el punto más fuerte que tiene Rusia. Quizás a Putin se le están terminando las pilas o quizás, la contraofensiva que se pueda presentar sea letal. 

No sería de extrañar que Putin esté permitiendo la avanzada ucraniana para poder tener la excusa perfecta de arrojar un ataque mortal. 

Las armas nucleares son una opción a contemplar y a tener. Se sabe que Rusia las posee y un solo lanzamiento podría ser devastador para el mundo, aunque está claro que terminaría con toda pretensión de Ucrania. Esa opción hoy está más viva que nunca. 

Siempre que habla Putin, el temor se apodera de la escena, pero, en este caso, el silencio de Putin es aún más terrorífico.

El marketing de guerra 

No sería de extrañar tampoco que Ucrania esté siendo utilizada por sus aliados para ganar espacio en la agenda internacional. Zelenski tuvo que ir de rodillas hasta el Capitolio y la Casa Blanca para pedir que le extiendan los préstamos (impagables) y el financiamiento de la maquinaria bélica. El Senado de Estados Unidos le había dado la cara de manera contundente, pero ahora la cosa parece diferente. 

No es descabellado pensar en que el último trajín de la gestión de Biden le haya abierto los grifos del dinero para esta incursión. ¿Qué ganaría Estados Unidos? Biden podría lavar un poco la cara de su pésima gestión en política exterior y de esta manera, juntar unos “porotitos” para la campaña de Kamala Harris. 

En pocas palabras, si la incursión ucraniana en Kursk sigue teniendo espacio y va ganando terreno hasta noviembre, Biden podría sacar pecho de que “valió la pena” el desequilibrio económico y fiscal de Estados Unidos a expensas de la posible derrota rusa y del crecimiento de la influencia estadounidense en el mundo (como si lo necesitara).

Ucrania, el conejillo de Indias 

Hay una fuerte sensación de que el régimen de Zelenski es, hace tiempo, una especie de laboratorio para Estados Unidos. El ideario de crear una esfera de poder occidental alrededor de Ucrania, en detrimento del poder ruso en Europa del Este. 

Zelenski, sea como sea, sabe que posiblemente se le esté acabando el tiempo. Si Trump gana las elecciones, difícilmente pueda seguir batallando contra Rusia y la rendición sería la única escapatoria. Por ende, “quemar las naves” es la solución que encuentran ahora con un fuerte avance en Kursk.

Lo que aclararon las autoridades de Kiev es que no tienen pretensiones de mantenerse ocupando esos territorios, sino que lo hacen con el fin de que Rusia acepte una salida al conflicto o un plan de paz que también beneficie a Ucrania. 

Putin fue tajante, y aclaró que pacificará la zona si Ucrania acepta ceder los territorios del Donbás a Rusia, sumado a la ya ocupada península de Crimea desde 2014. Para Zelenski no hay otra salida que la recuperación de esos territorios y encontraron en el avance sobre Rusia, la posibilidad de presionar al Kremlin. 

Pero, ¿qué pasa si Estados Unidos deja de financiar a Ucrania? Básicamente, el gobierno de Zelenski se cae a pedazos. Hace mucho tiempo se sabe que este conflicto es lo más parecido a uno de los puntos calientes de la Guerra Fría. Estados Unidos usa a Ucrania para medirse contra Rusia, con el fin de mantener y usurpar la hegemonía del otro. El fin de Zelenski será el fin de la guerra. Si sale victorioso será un héroe, si pierde será condenado.

A fin de cuentas, y volviendo a la actualidad, ¿Ucrania está ganando la guerra? En términos bélicos, está pasando por una remontada y una incursión al estilo ruso en Rusia, casi como darle de tomar de su propia medicina. Sin embargo, el Régimen de Putin continúa controlando parte del Donbás y demostró, a lo largo de estos últimos dos años y medio que tiene capacidad para aguantar un conflicto de larga data. Es cierto, Rusia tiene grandes aliados como China e Irán, pero su tradición bélica sigue marcando el ritmo del conflicto. 

En términos generales, el dominio de la guerra actualmente en manos de Ucrania tiene una fecha de vencimiento. Si Rusia aguanta con lo mínimo y su economía no se resiente, podría esperar a una posible victoria de Trump, lo que sería categórico para Ucrania. La estrategia de Putin estaría centrada en usar la menor fuerza posible y jugar con las expectativas de un cambio en el orden internacional. En caso contrario, Putin deberá sacar a relucir sus armas más letales e inclusive sus aliados en la zona, no es casualidad que haya viajado a Chechenia recientemente. Hoy, la guerra ruso – ucraniana ya no es el sensacionalismo amarillista de los medios cuando comenzó el conflicto. Es un claro juego de ajedrez, donde el retador ucraniano depende de su entrenador estadounidense y, el ruso, fiel a su historia, espera paciente para su jaque mate.

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Guerra Santa, castigo debido: el agónico choque entre Israel y Palestina

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Cuánto se habló de esta parte del mundo en la última semana tras los nuevos choques bélicos entre Hamas e Israel. ¿Por qué pasa esto? ¿Guerra Santa o Santa guerra?

Antes de hablar del conflicto puntual, hay que aclarar que forma parte de una eterna escaramuza entre ambos frentes, sin un perdedor a la vista. Este es un conflicto étnico, territorial, religioso, político, cultural y económico. Por ende, ninguna respuesta mesiánica es una verdad absoluta. Asimismo, está compuesta de matices y acepciones. Árabe y musulmán no son sinónimos. Judío y sionista no son sinónimos. Palestina y Hamas no son sinónimos.

En principio, hay dos grandes bloques que se disputan Medio Oriente. Por un lado, Israel, el gran representante de Occidente. Este país, además de la tarea reguladora de los intereses occidentales, contiene la gran representación histórica del judaísmo a nivel mundial. Del otro lado, el mundo árabe-musulmán, con Irán a la cabeza, a la par de Arabia Saudita, ambos representantes de la máxima expresión de las teocracias y con el Islam como bandera de cohesión social. 

La pregunta del millón: ¿Por qué Israel pelea con Hamas? Hay que remontarse hasta 1948. Después de las atrocidades del nazismo, conocidas como el Holocausto contra el pueblo judío, la incipiente Organización de Naciones Unidas tomó la decisión de crear un espacio físico que pueda asentar a esta nación milenaria. Hasta la Patagonia argentina estuvo entre los planes de la ONU

Sin embargo, la decisión fue la búsqueda de la famosa Tierra Santa, es decir, Jerusalén, basada en la Declaración de Balfour de 1917, que reconocía el derecho de los judíos a reconstruir su antigua patria en Palestina. Allí se asentó y se creó Israel, de manera arbitraria y quitándole territorio a Palestina, en pleno proceso de descolonización. Con el correr de los años se dieron varios conflictos cuando Israel buscó expandir su territorio, ante la siempre amenaza del “islam radical”. Es así que se dieron las guerras árabes-israelíes, la Guerra de los 6 días, la Guerra de Yom Kippur y las intifadas. Todas con victorias para Israel donde terminó consolidando su poderío.

En un principio, la mayoría de los países árabes apoyaron a Palestina en su conflicto, aunque desde la década de los 70, principalmente, la disputa pasó a ser casi plenamente palestina-israelí, entendiendo las divergencias políticas y económicas del momento. Luego de esto, y con los acuerdos de Oslo de por medio, en 1993, empezaron a tomar forma los movimientos armados que Israel y gran parte de Occidente consideran terroristas. 

Hezbolá, con base en Líbano, arranca sus actividades en 1985, en tanto que Hamas hace lo propio en 1987, teniendo Gaza bajo su control desde el 2007. En paralelo a las intifadas, estos grupos paramilitares comenzaron una serie de estrategias de desestabilización contra Israel, de carácter terroristas, como atentados, secuestros, matanzas públicas y otras tácticas. Respondiendo a la ocupación israelí, a los constantes bombardeos y ataque a blancos civiles que ejecutó Tel Aviv contra los palestinos desde su concepción, básicamente. 

Ahora bien, ni Hezbolá ni Hamas son Palestina. Son movimientos que se adjudican la hegemonía de la liberación palestina, pero no son el pueblo. De hecho, en los acontecimientos actuales, el pueblo palestino, propiamente dicho, no está movilizado. Mucho se habla de que son grupos “yihadistas”. Yihad significa sacrificio y hay muchos tipos de ellos en el islam. Hay algunos simbólicos y otros físicos. Dentro de los físicos hay algunos más moderados, como el ayuno, y otros más radicalizados, como la Guerra Santa. Y aquí también vale la aclaración: las pretensiones del Movimiento Nacional Judío, como se lo conoce al sionismo, no necesariamente representa al israelí de a pie, sino que son jugadas políticas de quienes hoy tienen el poder. 

Aquí hay partes irreconciliables. El Estado de Israel no piensa ceder ni un centímetro de su territorio y Palestina no va a renunciar al islam y va a seguir reclamando por el territorio quitado. Parece obvio que esto es por la tierra, pero también la religión hace que haya partes completamente yuxtapuestas. 

El temor es que una expansión del conflicto haga ingresar a Irán a la batalla. Este país se autoproclama ser la gran nación que llevará el poder de Alá a Medio Oriente. De mayoría chiíta, Irán pasó por su famosa Revolución Islámica en 1979, y desde ese momento apoya la causa palestina, pero también a los movimientos terroristas armados. Irán, por concepción ideológica y filosófica, considera que la eliminación de Israel es necesaria para construir una gran patria musulmana, dirigida por ellos mismos. Israel, en manos de Netanyahu, ve al mundo musulmán como el gran enemigo de las pretensiones imperiales israelíes y como el rival número 1 a nivel geopolítico. 

En pocas palabras, con todo este contexto, la cosa es así: Israel es apoyado por Estados Unidos y gran parte de Occidente. Hamas  es apoyado por Hezbolá e Irán. El pueblo palestino, rehén de ambas facciones, es apoyado por todo el mundo árabe y musulmán, desde los más radicales hasta los más moderados. 

¿Cómo se sale de esto? Hay muchos escenarios propuestos, desde los más utópicos hasta los más mundanos. El conflicto podría enfriarse con la restauración de la normalidad en Gaza y el cese de hostilidades entre Hamas y el ejército de Israel. Suena simple, pero en medio hay que saber que el grupo armado ya consiguió su cometido: poner al conflicto a los ojos del mundo y que Israel y Arabia Saudita no arriben a un histórico acuerdo de cooperación. Sin embargo, la salida no será simple. 

Muchos especialistas hablan del retorno de las fronteras de 1948, entendiendo que la eliminación del Estado de Israel sería un nuevo holocausto, y que, si siguen los combates, el pueblo palestino podría ser barrido del mapa. 

Este retorno del que tanto se habla, que involucra mucho más que Gaza y Cisjordania, sería imposible si la Autoridad Nacional Palestina no puede consolidar el poder. Para ello, los movimientos armados deberán cesar, ya sea con guerra o con acuerdos de cooperación. Lastimosamente, nada garantiza que esto sea así. 

Hay que entender la idiosincrasia de la zona. Estos son movimientos fundamentalistas e inclusive con una visión panislamistas, que buscan la consolidación de los históricos territorios de la expansión musulmana. Es decir, la política no corre para ellos y la institucionalidad es solo un juego. 

Por otro lado, si la administración se transforma en una esfera occidental, eso puede enfurecer a Irán, que ya está al borde de ingresar a esta guerra. Otra salida posible es un territorio palestino dividido y controlado por potencias partitas, como fue Berlín en su momento. 

Estados Unidos, Rusia, China y alguna otra potencia podrían ser los que determinen esa transición. El inconveniente aquí es que estas potencias no están interesadas en invertir tiempo y capital en conseguir la paz final allí.

Entonces, ¿Qué nos queda? Literalmente, esperar que ambos cesen sus ataques, acuerden un alto al fuego y rogar por que Irán no ingrese a la guerra. Su potencial nuclear e influencia regional involucraría a muchos países y eso sería catastrófico, sobre todo porque sería el punto de partida para que ingrese Estados Unidos a la guerra santa. Allí se cumpliría la tan temida “Tercera Guerra Mundial”. En el medio, millones de inocentes son los que reciben balazos y misiles cargados de un odio irracional en ambas partes.

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