Día: 9 mayo, 2026

Del puente a la startup: tres profesionales misioneros crearon Puenty, para cruzar a Encarnación sin perder horas

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En la frontera entre Posadas y Encarnación, donde el Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz funciona como una arteria vital para el comercio, el turismo y la vida cotidiana, una pregunta se repite todos los días: ¿cuánto tiempo llevará cruzar?

La respuesta, hasta ahora, dependía de la intuición, la suerte o algún mensaje de WhatsApp. Pero tres jóvenes profesionales misioneros decidieron transformar ese problema cotidiano en una solución tecnológica escalable.

Así nació Puenty, una aplicación desarrollada por la startup God, que funciona como una especie de “Waze del puente”: una herramienta que informa el tiempo estimado de espera para cruzar la frontera en ambos sentidos y ayuda a evitar filas eternas.

Detrás del proyecto está Gastón Reyna, licenciado en Comercio Internacional, junto a dos ingenieros en sistemas, Gastón y Octavio Duarte, quienes conforman un equipo con experiencia en desarrollo tecnológico, comercio exterior e internacionalización de empresas.

“Nos dimos cuenta de que había una deficiencia enorme en algo tan básico como saber si ibas a tardar diez minutos o tres horas para cruzar”, explica Reyna. “No solamente nos pasaba a nosotros, sino a las 30.000 personas que suelen cruzar diariamente el puente, y en temporadas altas pueden llegar a ser hasta 50.000 por día”.

Los tres fundadores tuvieron una experiencia similar: se formaron profesionalmente en Buenos Aires y luego regresaron a Misiones con la intención de desarrollar proyectos propios.

De esa vuelta nació God, una startup orientada al desarrollo de productos y servicios tecnológicos a medida, con una propuesta que combina software, validación de ideas, posicionamiento estratégico y expansión internacional.

“Nuestro foco está en aplicar tecnología de última generación para que nuestros socios o clientes puedan crecer e internacionalizarse”, señala Reyna.

Su perfil aporta una capa distinta al proyecto. Como licenciado en Comercio Internacional y con experiencia previa como gerente de desarrollo de negocios para una empresa china en Argentina, Reyna asegura que esa mirada fue clave.

“Eso me permitió entender cómo escalar negocios y cómo pensar soluciones con potencial más allá del mercado local”, explica.

Cómo funciona Puenty

La lógica de Puenty combina dos fuentes de información. Por un lado, utiliza una integración con sistemas de estimación similares a los de Google Maps para obtener un cálculo inicial del tiempo de espera.

Por otro, suma una capa comunitaria: los propios usuarios que están cerca del puente pueden votar cuánto están tardando en cruzar.

Ese dato genera un promedio en tiempo real y mejora la precisión del sistema. “La aplicación utiliza los votos de las personas para generar un promedio de tiempo. Y si no hay votos, automáticamente toma el reporte de Google”, explica Reyna.

Pero hay una condición importante: no cualquiera puede votar. “El sistema está escalonado por distancia. Si estás a cinco kilómetros del puente no te deja votar. La idea es que estés realmente cerca y que el dato sea útil”, detalla.

Ese control evita distorsiones y convierte a la comunidad en una parte activa del funcionamiento de la herramienta.

Aunque Puenty tiene potencial comercial, su origen responde a otra lógica: la responsabilidad social empresarial. Desde God aseguran que uno de sus objetivos centrales es generar proyectos gratuitos que mejoren la vida cotidiana en Misiones.

“Queremos tener una pata fuerte en responsabilidad social empresarial. Buscamos una contribución activa y voluntaria para el mejoramiento social, económico y ambiental de la provincia”, afirma Reyna.

Por eso, Puenty no nació como una plataforma de monetización inmediata, sino como una respuesta a una necesidad concreta de la comunidad fronteriza.

“Nuestra idea es poner nuestro granito de arena para que todo sea más fácil, tanto para los misioneros como para quienes viven en Encarnación”, resume.

¿Existe algo similar?

La respuesta corta es no. Si bien aplicaciones como Google Maps o Waze pueden ofrecer referencias generales de tránsito, ninguna está diseñada específicamente para medir tiempos de espera en un cruce fronterizo con esta precisión.

“No existe una aplicación que te diga el tiempo estimado para cruzar un puente fronterizo de manera tan específica como Puenty”, sostiene Reyna.

Ese diferencial de nicho fue precisamente lo que motivó el desarrollo. “No queríamos una solución generalista. Queríamos algo pensado exclusivamente para esta realidad regional”, agrega.

La aplicación ya fue puesta en funcionamiento tras un período de pruebas técnicas y ajustes de desarrollo. El acceso es simple: desde Puenty, cualquier usuario puede consultar el estado del cruce y participar del sistema de votación.

En esta primera etapa, el foco está puesto exclusivamente en el cruce entre Posadas y Encarnación. Pero el modelo ya deja abierta una posibilidad mayor.

“Primero queremos que funcione bien en Misiones. Si vemos que tiene potencial, vamos a intentar aplicarlo en otros cruces fronterizos e incluso en otros países”, adelanta Reyna.

La internacionalización, otra vez, aparece como horizonte. No como una ambición abstracta, sino como parte del ADN del proyecto. Para God, la tecnología no empieza en Silicon Valley: puede empezar en la fila de un puente.

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La nueva era del delivery digital impulsa a la logística: la IA acelera el ecommerce argentino

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En un contexto donde el comercio electrónico sigue ganando terreno en Argentina, la logística dejó de ser un eslabón operativo para convertirse en un factor estratégico.

La incorporación de inteligencia artificial, automatización y análisis de datos está redefiniendo la forma en que las empresas gestionan sus envíos, sus depósitos y, sobre todo, la experiencia del cliente.

Hoy, uno de los principales desafíos del sector pasa por lograr mayor eficiencia sin trasladar costos al consumidor

En ese escenario, la tecnología aparece como la herramienta clave para optimizar rutas, prever demoras, reducir errores y mejorar la trazabilidad en tiempo real.

Desde WiGou, empresa especializada en soluciones logísticas para ecommerce, sostienen que el cambio ya está en marcha. 

“La logística dejó de ser solo mover paquetes. Hoy implica tomar decisiones en base a datos, anticiparse a la demanda y garantizar una experiencia de compra que esté a la altura de lo que el cliente espera”, explica  Santiago Rey, Founder & CEO de WiGou

Uno de los puntos críticos es la llamada “última milla”, el tramo final de la entrega, que concentra gran parte de los costos y de los problemas operativos. 

Allí, el uso de algoritmos permite definir rutas más eficientes, reducir tiempos de entrega y mejorar la tasa de cumplimiento.

A la par, crece la demanda de soluciones integrales. “Cada vez más marcas, especialmente las nativas digitales, optan por tercerizar toda su operación logística, desde el almacenamiento hasta la distribución, en busca de eficiencia y escalabilidad”, agrega Rey

El avance de estas herramientas no solo impacta en las grandes empresas. También las pymes comienzan a incorporar tecnología para no perder competitividad en un mercado donde la rapidez y la precisión ya no son un diferencial, sino un estándar.

Con un consumidor más informado, impaciente y acostumbrado a recibir sus compras en plazos cada vez más cortos, la logística se consolida como uno de los pilares del crecimiento del ecommerce en el país.

Santiago Rey, Founder & CEO de WiGou
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Se pueden hacer cosas, señor diputado Diego Hartfield

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En la región yerbatera hay más de 100 molinos (el 90% está en Misiones). Los 10 principales molinos procesan el 85% de la yerba. De ellos, 3 controlan el 50% del mercado de yerba mate envasada. Ellos son quienes ponen el precio de la yerba a los más de 12 mil pequeños y medianos productores.

Es verdad que hoy la yerba está en su máximo de exportación, pero si usted va a la chacra los productores no pueden sostener la situación económica.

Si tiene intenciones de mejorar este panorama, le doy una idea a usted y todos los legisladores nacionales por Misiones:

Exención de impuestos nacionales por 10 años (o por siempre mientras sean pymes!) y créditos blandos para mejorar y agrandar la infraestructura de los molinos chicos y medianos. Así aparecen más compradores fuertes, se eleva la competencia, mejoran los precios, se estimula la producción de mejor calidad y más eficiente, y la búsqueda de nuevos mercados. Esta decisión puede fortalecer la estructura pyme y el arraigo de pequeños y medianos productores. No es en detrimento de nadie y es en beneficio de todos y; principalmente, de los consumidores de yerba mate.

El RIGI se sancionó rápido, las grandes inversiones tienen estabilidad fiscal por 30 años con decenas de beneficios. Y ahora piensan por lanzar un Super RIGI. Todos para multinacionales extranjeras.

¿No le parece que es momento de pensar en BENEFICIOS PARA NUESTRAS PYMES? y para el sector forestal se debe hacer algo similar. (Tengo más propuestas).

Es urgente y reiterativa: TODO el sector productivo misionero necesita que usted le cuente al presidente -ya que él no conoce Misiones- que tenemos el 90% de nuestras fronteras con países limítrofes y desde este lugar de la Argentina necesitamos que la Nación nos brinde las condiciones para abrirnos comercialmente a Brasil y a Paraguay. Esto es estratégico y nos corresponde como misioneros, sin deberle nada a nadie, principalmente votos a los gobiernos nacionales de turno. Son éstas las decisiones que hacen a la VERDADERA LIBERTAD.

Sumo una inquietud: el acceso a créditos blandos no debería ser una imposibilidad.

Como antecedente, a Sharif Menem y Nazarena Menem, de 24 y 26 años, el Estado Nacional les otorgó $600 millones a tasas sumamente bajas para el primer trabajo de sus vidas. ¿¿Por qué no hacerlo con el sector productivo misionero??.

Basta de buscar culpables y de querer “domar a la gente”.

Los empresarios, productores, trabajadores y todos los misioneros NECESITAMOS SOLUCIONES.

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El endeudamiento avanza mientras se deteriora la capacidad de pago

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En Misiones, el crédito al sector privado mostró un importante crecimiento durante 2025. En principio, ese fenómeno podría interpretarse como una señal positiva: más hogares y empresas accediendo a financiamiento, con impacto potencial sobre el consumo, la actividad económica y la inversión. Sin embargo, al observar el otro lado del balance aparece una señal de alerta que comienza a crecer silenciosamente: la morosidad avanza a un ritmo mucho más acelerado que el propio crédito.

Los datos muestran justamente esa doble dinámica. De acuerdo con la información suministrada por el BCRA, por un lado se observa un fuerte incremento real de los saldos de crédito (es decir, del total otorgado) en buena parte de los segmentos; pero, al mismo tiempo, los saldos en mora exhiben una expansión muy superior. Veamos caso por caso.

Al cierre de 2025, en Misiones había $1,3 billones en créditos al sector privado, cuando 2024 había finalizado con un saldo de $0,8 billones. Medido en términos reales, el crecimiento fue del 13,6%. 

Sin embargo, mientras que en 2024 el saldo en mora ascendía a $25 mil millones, en 2025 ya trepaba a casi $120 mil millones. En términos reales, el saldo moroso creció 237,3%.

El mayor stock de crédito corresponde a las personas físicas en relación de dependencia, que concentraron el 43,9% del saldo total. En este segmento, el stock de crédito creció 22,8% interanual, pero el saldo en mora avanzó 302,8%. Como resultado, el ratio de morosidad pasó de 2,6% a 8,4%. Aunque el deterioro es significativo, no fue el más pronunciado entre los distintos segmentos de la economía misionera.

La industria manufacturera exhibió el segundo mayor stock de crédito de la provincia, concentrando el 16,6% del total. En este caso, el saldo total otorgado a la industria cayó respecto a 2024, pero el saldo en mora se disparó 1074%, llevando el ratio de morosidad del 0,4% al 7,1% en 2025. 

Dentro de esta actividad, el mayor deterioro se observó en el subsector de elaboración de productos alimenticios y bebidas, donde la mora creció 842%, elevando el ratio del 0,4% al 6,9%. También se registró un fuerte salto en la fabricación de productos textiles y de cuero, donde los saldos en mora crecieron 662,6% real en el año y el ratio pasó de 0,7% a 12,7%.

Por su parte, el comercio explicó el 14% del stock de crédito de la provincia y mostró un desempeño relativamente más favorable. Si bien el saldo en mora aumentó 7,6%, el crédito total otorgado creció a un ritmo mayor (+20,6%), permitiendo que el ratio de morosidad descendiera del 9,9% al 8,8%. 

Sin embargo, hacia el interior del sector aparecen fuertes disparidades. En la venta y reparación de vehículos y expendio de combustibles, el saldo en mora cayó 91,4% y el ratio bajó de 18,2% a 1,3%. En el comercio minorista, el saldo moroso retrocedió 3,7% y el ratio pasó de 12,5% a 9,5%. Pero en el comercio mayorista ocurrió lo contrario: el saldo en mora se disparó 822,8% y el ratio saltó del 1,5% al 12,2%.

En el rubro de servicios, que concentra el 12,6% del crédito otorgado en Misiones, la mora creció 346,2% y el ratio de morosidad escaló al 8,8%, cuando en 2024 era del 3,1%. Los mayores deterioros se observaron en Hotelería y Restaurantes (de 3,1% a 10,5%) y en Transporte y Comunicaciones (de 1,7% a 14,0%).

En otros sectores también se verifican señales preocupantes. En la producción primaria, el crédito otorgado creció 7,6%, pero el saldo en mora se disparó 1473%, llevando el ratio del 1,0% al 14,7%. Dentro de este rubro, la situación más crítica se registra en agricultura, ganadería, caza y silvicultura, donde la morosidad pasó del 1,0% al 15,7%. Finalmente, en la construcción, la mora subió del 1,4% al 6,8%, tras un incremento del 934,5% en los saldos atrasados.

De este modo, el escenario que muestran los datos es mucho más complejo de lo que sugiere una lectura superficial del crecimiento del crédito. Porque detrás de la expansión de los préstamos no necesariamente hay una economía más sólida o una mejora genuina en la capacidad de consumo e inversión. En muchos casos, lo que aparece es una creciente dependencia del financiamiento para sostener gastos corrientes, cubrir costos operativos o incluso compensar la pérdida de ingresos reales. Y cuando ese proceso ocurre en paralelo con una aceleración tan fuerte de la mora, el mensaje de fondo es que cada vez más actores económicos llegan al límite de su capacidad de pago.

El fenómeno es particularmente preocupante porque no se concentra en un único sector, sino que atraviesa de manera transversal a buena parte de la estructura económica misionera. Se observa en hogares asalariados, en industrias, en actividades primarias, en servicios y también en segmentos comerciales específicos. Es decir, no parece tratarse de problemas aislados o coyunturales, sino de una señal más profunda de deterioro financiero. Incluso sectores que lograron expandir el crédito muestran ratios de mora crecientes, reflejando que el acceso al financiamiento ya no necesariamente implica mayor fortaleza económica, sino muchas veces una necesidad creciente de endeudamiento para sostener la actividad.

Además, hay un dato especialmente sensible: varios de los mayores saltos de morosidad se registran en actividades estrechamente ligadas al mercado interno y al consumo cotidiano. Esto permite inferir que el debilitamiento del poder adquisitivo y la desaceleración económica empiezan a trasladarse con fuerza a la cadena de pagos. Cuando las familias pierden capacidad de compra, el impacto no queda solamente en el consumo: termina afectando ventas, capital de trabajo, capacidad de reposición de stock y cumplimiento financiero de empresas y comercios.

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El ruido de fábrica del siglo XXI se llama notificación

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Esta vez vamos a comenzar distinto. Porque esta (y otras columnas del mismo tipo) parten de la experiencia personal de quien las escribe. Y quien escribe se distrae fácil y pierde rápidamente el foco con las notificaciones del celular. Me motiva y a la vez interpela profundamente nuestra relación con la tecnología, los efectos que tiene sobre nosotros y, por breves momentos, tener autoconciencia de cómo afecta mis acciones diarias. 

Desde que comencé a publicar estas columnas regresé al ejercicio de “voy a sentarme a escribir”, pero como nunca antes me costó tanto encontrar el foco y el “flujo” para que los artículos no tenga que escribirlos por partes, con interrupciones o circular en un constante “¿en qué estaba?” cuando vuelvo a sentarme y mirar el cursor que titila incansablemente sobre la página en blanco. 

El ping del mensaje de WhatsApp. La vibración del correo nuevo. El globito rojo que apareció en el ícono de la app. El “alguien comentó tu publicación”. El “tu pedido fue despachado”. El “recordatorio: reunión en 15 minutos”.

Cada uno de esos estímulos interrumpe algo. Y lo interrumpe aunque no lo atiendas. Porque el solo hecho de notar que llegó — de desviar la vista, de preguntarte si es importante, de decidir ignorarlo — ya rompió el hilo de lo que estabas haciendo.

Eso se llama cambio de contexto. Y tiene un costo que casi ninguna empresa mide. 

Según investigaciones de la Universidad de California, Irvine, recuperar el nivel de concentración previo a una interrupción toma en promedio 23 minutos. No 23 segundos. 23 minutos. Y el mismo estudio encontró que después de 20 minutos de interrupciones repetidas, los trabajadores reportan aumentos significativos de estrés, frustración y sensación de sobrecarga. No es cansancio acumulado. Es el costo fisiológico de un sistema que exige atención constante.

En el siglo XIX, las fábricas eran ruidosas. Los obreros trabajaban en ambientes donde el ruido era parte del paisaje con máquinas, motores y herramientas. Ese ruido no solo afectaba la concentración: dañaba la salud. Tomó décadas de regulación, de estudios, de presión sindical, para que el ruido laboral fuera reconocido como un problema que el empleador tenía que resolver.

El ruido de hoy es invisible. No daña el oído. Daña la atención.

Y a diferencia del ruido de fábrica, este lo elegimos nosotros mismos. O creemos haberlo elegido.

Más de un tercio de los trabajadores se siente abrumado por la cantidad de notificaciones que recibe durante la jornada laboral, según el Índice de Anatomía del Trabajo de Asana. El 42% dedica más tiempo a los correos electrónicos que hace un año. El 52% realiza más tareas en paralelo durante las reuniones virtuales que hace un año. No son personas más ocupadas. Son personas más fragmentadas.

Pensá en cómo era trabajar antes del smartphone. No necesariamente mejor, había otros problemas. Pero había algo que hoy resulta casi un lujo: bloques de tiempo donde nadie podía interrumpirte si no estaba físicamente en el mismo lugar. La distancia física era una barrera natural al ruido.

Hoy esa barrera no existe. El trabajo llegó al dormitorio, al comedor, a la mesa de las vacaciones. Y las notificaciones llegaron con él. No como una invasión externa, sino como una consecuencia lógica de herramientas que diseñamos para estar siempre conectados sin preguntarnos qué perdíamos al conectarnos siempre.

Lo que perdemos es el trabajo profundo.

El trabajo profundo, ese estado de concentración sostenida donde se produce lo más valioso, donde se resuelven los problemas difíciles, donde aparecen las ideas que no aparecen en las reuniones, requiere tiempo sin interrupciones. No minutos. Horas. Bloques de tiempo donde el cerebro pueda profundizar en lugar de saltar entre estímulos.

El 70% de los trabajadores remotos o híbridos afirma que el trabajo enfocado es más fácil desde casa que en la oficina, según datos de Gallup y múltiples estudios de 2024-2025. La razón principal: menos interrupciones no planificadas. La oficina, que se suponía el espacio ideal para la concentración colectiva, se convirtió en el entorno más hostil para el foco individual. La notificación al menos se puede silenciar. Al colega que aparece en el escritorio, no.

El problema tiene una dimensión económica que pocas organizaciones calculan.

Si un trabajador recibe entre 80 y 120 notificaciones por día — estimación conservadora para alguien con correo, WhatsApp de trabajo y otras plataformas activas — y cada interrupción cuesta en promedio algunos minutos de reenfoque aunque no se atienda, el volumen de tiempo productivo perdido por organización es enorme. No en teoría. En horas reales que nadie está produciendo nada de valor mientras recupera el hilo de lo que estaba haciendo.

Eso no aparece en el balance. Pero está ahí.

El 43% de los trabajadores asegura que el estrés laboral aumentó en 2024, y una parte significativa lo atribuye a la dificultad de desconectarse entre el trabajo y la vida personal, según datos del informe WebWork 2025. La notificación no distingue horarios. No sabe que son las diez de la noche. No sabe que estás cenando. Llega igual. Y aunque no la atiendas, ya hizo lo que tenía que hacer: recordarte que el trabajo sigue ahí, esperando.

La solución no es tecnofobia. No es tirar el teléfono por la ventana ni volver a la carta manuscrita. Es reconocer que las herramientas de comunicación que adoptamos sin debate tienen efectos sobre la capacidad de trabajo y el bienestar que tampoco debatimos.

Algunas organizaciones ya lo entendieron. Establecen horas sin reuniones. Desactivan notificaciones en bloques de tiempo. Normalizan no responder correos fuera del horario laboral. No como políticas de bienestar cosmético, sino como decisiones de productividad: si querés que la gente produzca bien, necesitás darle las condiciones para concentrarse.

La fábrica del siglo XIX tardó décadas en reconocer que el ruido era un problema laboral. La oficina del siglo XXI todavía no terminó de reconocer que la notificación lo es.

Pero el daño no espera al reconocimiento, ya está ocurriendo.

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